Este fic participa en el minireto de abril para "La Copa de las Casas 2016-17" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
El frío de la noche helaba sus huesos. Regulus miraba continuamente a izquierda y derecha, comprobando que sus compañeros de andadas seguían vigilando el perímetro. Suspiró.
Si tan solo aquellos dos energúmenos supieran todo lo que pasaba por su mente. Si se hicieran una mera idea de lo que planeaba hacer. Suspiró de nuevo.
Regulus tenía que salvarla. Para que su hermano pudiera ser feliz con ella. O de eso le había convencido aquel muchacho rubio acompañado de la chica pelirroja.
Habían aparecido en Grimmauld Place de la nada, pero parecían conocer cada palmo y esquina de la casa.
Le hablaron de cartas de amor que su hermano le había escrito a aquella mestiza. Regulus no les creyó, pero fue tal la vehemencia en los ojos grises del chico, que acabó buscando por sí mismo aquel fajo de cartas guardado con recelo entre las tablas de madera del suelo de aquel cuarto rojo y dorado que no se había vuelto a abrir desde que Sirius se fuera.
Y entonces, al verlas allí escondidas, Regulus supo que lo que ocurría era real, no un sueño.
Aún dudaba de si se debía a esa labia tan propia de los Malfoy que él bien conocía o de las chispas en los ojos azules de la chica, pero ahí estaba, dispuesto a traicionar al Lord.
Dispuesto a cambiar el rumbo de la historia. Dispuesto a que alguno de los hermanos Black fuera feliz.
El frío de la noche cortaba su piel. Regulus miró hacia la casa donde se escuchaba cantos y risas.
Si tan solo los McKinnon supieran la que se les venía encima. Si Sirius le hubiera querido escuchar.
Regulus tenía que hacerlo. Por el amor fraternal que aún sentía por Sirius. Porque había visto como aquellos dos chiquillos se miraban ilusionados por la historia de amor que pudo y no fue. Porque él podía cambiarlo todo.
Y entonces Regulus escuchó el primer grito. Había vuelto a llegar tarde, le había vuelto a fallar. No pudo suspirar.
