Disclaimer: los personajes son propiedad de la escritora J. K. Rowling y la historia le pertenece a Susan Elizabeth Phillips.

Solo hago una adaptación por mera diversión, me gusto tanto la historia que quise adaptarla con 2 personajes que no tiene muchas historias en el Mundo de Harry Potter.

Espero les guste.

SUMMARY: Chicago no estaba preparada para Hermione Granger, -un bombón más moderno, escandaloso y curvilíneo de Paris que acababa de heredar al equipo de futbol Chicago Stars-. Y Hermione no está definitivamente preparada para el entrenador estrella de los Stars, Oliver Woods –una leyenda dentro del futbol.

Woods es todo lo que Hermione aborrece –machista, exigente y de mentalidad cerrada -. Y la nueva y bella jefa es todo lo que Oliver aborrece –una chica bonita e impertinentemente tonta que no sabe ni hacer la O con un canuto-.

Capitulo 8

Una vena palpitó en las sienes de Oliver mientras gritaba.

– ¡Macmillan! ¡En la línea treinta y dos tienes que ir por la izquierda! ¡Si no habríamos dicho en al línea treinta y dos por la jodida derecha! –Tiró el portapapeles contra el suelo.

Alguien se paró a su lado, pero él observaba el atasco del juego tan fijamente que tardó varios minutos en levantar la vista. Cuando lo hizo, por un instante no reconoció al hombre y estaba a punto de decirle que saliera del campo de entrenamiento cuando se dio cuenta de quien era.

– ¿Ronald?

–Entrenador.

No parecía el mismo; parecía un gigoló americano. Su pelo estaba engominado hacia atrás y llevaba gafas de sol, bermudas y camiseta y una de esas chaquetas de deportista europeo con el cuello subido y las mangas por los codos.

–Jesús, Ronald, ¿de qué vas?

–Estoy en paro. No tengo porqué ponerme un traje.

Oliver miró el cigarrillo que llevaba en la mano.

– ¿Desde cuándo fumas?

–Fumo de vez en cuando. Pero claro, nunca pensé que fuese buena idea hacerlo delante de los chicos. –Puso el cigarrillo en la comisura de su boca y señaló el campo con la cabeza. –Tienes un buen atasco en el campo.

–Mientras Macmillan no distinga la derecha de la izquierda.

–Jordan parece bueno.

Oliver estaba aún alucinado por los cambios que observaba en Ronald, no sólo lo diferente de su apariencia sino su inusual seguridad en sí mismo.

–Lo es.

– ¿Eligió Hermione al nuevo presidente? –preguntó Ronald.

–Joder, no.

–Eso creía.

Oliver bufó con repulsión. Hermione tenía la lista de candidatos desde el día en que había llegado hacía más de una semana, pero en vez de elegir, le había dicho que quería volver a contratar a Ronald. Él le recordó que tenían un trato y le dijo que o elegía un presidente adecuado o se buscaba un nuevo entrenador. Cuando ella se dio cuenta de lo que él quería decir, dejo de discutir. Pero aún no había elegido presidente en el partido de pretemporada del último fin de semana y teniendo encima el partido de apertura de la liga del domingo, aún no había entrevistado ni a uno sólo de los candidatos.

En vez de trabajar, ella se sentaba en el escritorio de la vieja oficina de Ronald y leía revistas de modas. Decía que no usaba la oficina de Richard porque no le gustaba la decoración. Cuando alguien le daba incluso lo más sencillo para firmar, su nariz se arrugaba y decía que lo haría más tarde, pero nunca lo hacía. El lunes, cuando la abordó porque de alguna manera había evitado firmar los cheques de los sueldos de todo el mundo, ¡estaba pintándose sus malditas uñas! Entonces él se había enfadado, pero apenas había comenzado a gritar cuando el labio superior de Hermione había comenzado a temblar y le había dicho que no le podía hablar así por que estaba con el síndrome premenstrual.

En algún momento de la semana anterior Hermione había adelantado como un relámpago a Katie en habilidad para sacarle de quicio. Se suponía que los dueños de los equipos de la NFL ofrecían una combinación de respeto, temor y alarma a sus empleados. Incluso los entrenadores más veteranos se doblegaban con precaución alrededor de un hombre como Al Davis, el dueño de fuerte voluntad de los Raiders. Oliver sabía que nunca podría volver a levantar cabeza si alguien sabia que el dueño de su equipo no soportaba gritos por que estaba con ¡síndrome premenstrual!

Era, sin duda, la excusa más pobre, irrazonable y absurda que un ser humana había puesto en la vida.

Al principio se había preguntado si ella no sería más lista de lo que parecía, pero ahora sabia que era todavía más tonta; la chica más bonita y tonta del mundo se estaba cargando su equipo de fútbol.

Si no tuviera ese cuerpo tentador. Era duro ignorarlo, incluso para alguien como él, que ya estaba de vuelta en lo que las mujeres podían ofrecer antes de tener veintiún años. Sabía que la vida de los jugadores profesionales era como pensar en una gran orgia, con todo a su alcance. Incluso ahora, cuando el sexo era demasiado peligroso, las mujeres, desde vestíbulos de hoteles a estacionamientos de estadios acosaban a los jugadores, con sus números de teléfono escritos en sus estómagos desnudos, o algunas veces incluso en otros sitios.

Recordó sus comienzos, cuando había apuntado alguno, algunas veces incluso dos y se había dado el gusto, pasando las noches perdido entre Whisky Cutty Sark y sexo. Había hecho cosas con las que el resto de la población masculina se conformaba con soñar, pero cuando la novedad había pasado, había comenzado a encontrar algo patético en esos encuentros. Cuando llegó a los treinta, sustituyó las fans del fútbol por mujeres que tenían algo más que un cuerpo caliente y el sexo era otra vez había sido entretenido. Luego había encontrado a Katie y había comenzado la espiral descendente en la que estaba en estos momentos. Pero esa espiral estaba a punto de remontar ahora que Luna Lovegood había entrado en su vida.

La tarde del martes había visitado la guardería para verla otra vez con los niños e invitarla a tomar café cuando acabó. Tenía algunas manchas en sus ropas que le hicieron querer abrazarla: Jugo de uva, pasta, suciedad del campo de juegos. Era tranquila y simpática, exactamente lo que él quería en una mujer, lo cual hacia que su respuesta física a Hermione Granger fuera aún más irritante. Era una mujer del tipo "botas altas y liguero", lo más alejado posible de un montón de niños inocentes.

Ronald se puso de pie en la grada y se quedó mirando el campo de entrenamiento.

–Hermione continúa pidiéndome que le diga quién es el mejor candidato para presidente.

Oliver le echó una mirada especulativa.

– ¿La has visto?

–Nosotros pasamos… un montón de tiempo juntos.

– ¿Por qué?

Ronald se encogió de hombros.

–Confía en mí.

Oliver no mostró nada, ocultando su desasosiego. ¿Tenía Hermione algo que ver con los cambios en Ronald?

–Supongo que no me di cuenta de que eran tan amigos.

–No somos exactamente amigos. –Ronald dio una calada al cigarrillo. –Las mujeres dicen que soy majo, supongo que Hermione no es la excepción.

– ¿Cómo que majo?

–Es por el aire que tengo a lo Cruise. La mayoría de hombres no se dan cuenta, pero las mujeres creen que me parezco a Tom Cruise.

Oliver resopló enojado. Primero Fred decía que se parecía a una estrella de cine y ahora Ronald. Pero entonces, mientras estudiaba a Ron más de cerca, no pudo negar que había un vago parecido.

–Bueno, supongo que te pareces un poco. Nunca me había fijado.

–Hace que las mujeres sientan que pueden confiar en mí. –tomó una profunda calada a su cigarrillo. –Hace que mi vida amorosa sea un infierno, si yo te contara…

Los instintos que advertían a Oliver del peligro y que estaban tan adecuadamente entrenados como soldados para una batalla, hicieron que se le erizara el pelo de la nuca.

– ¿Qué quieres decir? –dijo suavemente.

–Las mujeres pueden llegar a ser muy dominantes.

–Creó que nunca pensé que tuvieras tanto éxito con las mujeres.

–Me va bastante bien. –Arrojó al suelo el cigarrillo y lo pisó con el zapato. –Me tengo que ir. Buena suerte con Hermione. Es realmente una leona salvaje, te va a dar trabajo meterla en vereda.

Oliver ya había oído bastante. Levantando el brazo, cogió a Ronald por el hombro, haciéndolo casi caer.

–Ve al grano. ¿Qué demonios pasa?

– ¿Con respecto a qué?

–Tú y Hermione.

–Es una mujer inusual.

– ¿Qué le has dicho sobre los candidatos a presidente?

A pesar del apretón de Oliver, la mirada de Ronald era tranquila y descaradamente confiada.

–Te diré lo que no le he dicho. No le he dicho que Andy Carruthers es ideal para el puesto.

–Sabes que lo es.

–No, si no puede manejar a Hermione.

Oliver lentamente lo soltó y su voz sonó peligrosamente calmada.

–Exactamente, ¿Qué quieres decir?

–Lo que digo, Oliver es que tienes el culo al aire, porque ahora mismo, la única persona en la que ella confía y sabe alguna maldita cosa de fútbol soy yo. Y a mí me despediste.

– ¡Merecías ser despedido! No estabas haciendo tu trabajo.

–Hice que firmara esos contratos el primer día, ¿no? Por lo que he oído, nadie más ha podido hacer que firme algo.

–Tuviste tiempo después de la muerte de Richard para hacerlo, y no lo hiciste. Ni ninguna otra cosa.

–No tenía autoridad para actuar porque Hermione no me devolvía las llamadas. –Encendió un nuevo cigarrillo y tuvo el descaro de sonreír. –Pero te puedo asegurar que ahora si lo hace.

El temperamento de Oliver comenzó a arder y cogió a Ronald de las solapas de la chaqueta.

–Eres un hijo de Puta. Te acuestas con ella, ¿no?

Tuvo que apreciar el valor del chico. Su tez estaba un poco pálida, pero se mantenía firme.

–Eso no es asunto tuyo.

–No más juegos. ¿Qué quieres?

–No eres estúpido, Oliver. Averígualo tú mismo.

–No recuperarás tu trabajo.

–Entonces tienes un gran problema porque Hermione no hará nada a no ser que yo se lo diga.

Oliver apretó los dientes.

–Te voy a romper la cara.

Ronald tragó saliva.

–No creo que a ella le guste. Está loca por mi cara.

Oliver pensó enfurecido, pero sólo había una conclusión. Ronald lo tenía cogido por los huevos, él y nadie más. Iba contra todas sus creencias, pero no parecía tener otra opción. Gradualmente, le soltó la camiseta.

–Bueno, has recuperado tu trabajo por ahora. Pero como no la contrales, te colgaré del marcador con el culo al aire. ¿Me has entendido?

Ronald le dio un golpecito a su cigarrillo y luego levantó la solapa de la chaqueta con los pulgares.

–Me lo pensaré.

Oliver lo observó marcharse totalmente atónito.

Cuando Ronald alcanzó su coche, tenía sudada hasta la chaqueta. ¡Oliver! Había llamado Oliver al entrenador y todavía seguía vivo. Oh, Dios Mío. Oh, Válgame Dios.

Entre los cigarrillos y la arritmia, había comenzado a hiperventilar. Al mismo tiempo, nunca se había sentido mejor en toda su vida. Se sentó en el asiento del conductor y cogió el teléfono. Después de tocar nerviosamente los botones durante unos momentos, Hermione descolgó.

Sin aliento empujó el video de "Los riesgos de los negocios" que ella le había dejado, de debajo de su cadera.

–Lo conseguimos, Hermione.

– ¡Estás de broma! –Él podía imaginarse su gran sonrisa.

–Hice exactamente lo que dijiste –se le entrecortó la respiración –y dio resultado. Pero creo que ahora estoy teniendo un ataque al corazón.

–Respira profundamente; no quiero perderte ahora –se rió ella –No me lo puedo creer.

–Ni yo. –Comenzaba a sentirse mejor. –Déjame que me quite esta ropa y me lave el pelo y estaré en plena forma.

–No será demasiado pronto. Tenemos un montón de trabajo y no tengo la más remota idea de cómo hacerlo. –Hubo un momento de silencio –Oh, oh, viene para aquí. Oigo un furioso ruido de pasos por el pasillo.

Rápidamente colgó el teléfono, agarró un espejito de maquillaje con mano temblorosa y lo elevó justo en el mismo momento en que Oliver abría ruidosamente la puerta de su oficina. Vio por un momento la alarmada cara de su secretaria detrás de él antes de que cerrase dando un portazo.

La ventana de su oficina daba a los campos de entrenamiento, así que ella sabia como estaba él a esas alturas. Lo había visto tirar el portapapeles y cargar sobre el campo cuando alguien hacía algo que no le gustaba. Lo había visto lanzar su cuerpo sin protección sobre un jugador totalmente equipado para demostrar algún misterioso movimiento de fútbol. Y alguna vez, cuándo ya era tarde y los demás jugadores se habían marchado, lo había observado correr por la pista con una camiseta manchada de sudor y unos grises pantalones cortos de deporte que dejaban al descubierto un par de piernas poderosamente musculosas.

Tragando saliva, lo miró inocentemente.

–Oh, Dios mío. El gran lobo malo acaba de derribar mi puerta. ¿Qué hice ahora?

–Tú ganas.

–Vale. ¿Cuál es el premio?

–Ronald. –Le chirriaron los dientes. –He decidido que no me marcharé si decides volver a contratarlo.

–Eso es maravilloso.

–No desde mi punto de vista.

–Ron no es en realidad el incompetente que parece pensar que es.

–Es una salchicha.

–Estupendo, y tú eres un Hot Dog, por eso deberían llevarse de maravilla.

La miró con el ceño fruncido y luego dejó que sus ojos vagaran sobre ella con una insolencia que nunca había exteriorizado antes.

–Ronald asegura que sabe como obtener de ti lo que quiere. Pero tal vez hay algo que deberías saber. Las mujeres de negocios no se acuestan con los hombres que trabajan para ellas.

Aunque no había hecho nada malo, la puya de dolió y se obligó a darle la respuesta con mucha suavidad.

– ¿Celoso porque no te escogí a ti?

–No. Solo me temo que luego sigas con mis jugadores.

Ella apretó los puños, pero antes de que pudiera responderle, ya había abandonado la oficina.

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Marcus Flint se mantuvo en las sombras de los pinos al otro lado de la valla del campo de entrenamiento y observó las zancadas de Oliver Woods sobre la pista. Marcus tenía que dejar ese lugar pronto, pero no hizo ningún movimiento para irse. En vez de eso, tosió y apagó el cigarrillo, aplastándolo en la hierba bajo sus pies. Parte de la hierba estaba verde, pero otra parte se había quemado con las tormentas de la semana pasada, dejando solo algunos hierbajos amarillentos.

Todos los días se decía a sí mismo que no iba a volver allí otra vez, pero de todos modos regresaba. Y todos los días cuando su esposa le preguntaba donde iba, le decía que al True Value. Nunca llevaba nada a casa, pero ella seguía preguntando. Había llegado a un punto que casi no podía soportar verla adelante.

Marcus se frotó con el dorso de la mano la mandíbula cubierta con barba y no le sorprendió no sentir nada. La mañana que la policía había llegado a su casa para notificarle que Marcus Junior había muerto en un accidente automovilístico, había dejado de notar la diferencia entre caliente y frío. Se esposa decía que era temporal, pero Marcus sabia que no, de la misma manera sabía que nunca podría volver a ver como su hijo jugaba con los Stars otra vez. Toda su vida había dado un vuelco desde mañana. Miraba la televisión durante horas sólo para percatarse que no se oía. Echaba sal en su café en vez de azúcar y no advertía el sabor hasta que la taza estaba vacía.

Ahora nada iba bien. Él había sido alguien importante cuando Marcus Junior jugaba para los Stars. Para los tíos del trabajo, para los vecinos, para los niños del parque, todo el mundo lo trataba con respeto. Ahora lo miraban con piedad. Ahora era insignificante y todo era culpa de Woods. Si Marcus Junior no hubiera estado tan contrariado porque lo había echado de los Stars, no habría estrellado el coche contra esa pared. Por culpa de Woods, Marcus Sr. No podría levantar la cabeza nunca más.

Marcus Junior le había contado como Woods lo había señalado durante un mes, acusándole de beber en exceso y algo sobre jodidas drogas solo porque tomaba algo de esteroides como todos los demás en la NFL. Tal vez Marcus Junior se había comportado de manera salvaje, pero eso era lo que hacia que fuera un jugador genial. Sin duda alguna no había sido un maldito drogadicto. Brewster el anterior entrenador de los Stars, nunca se había quejado. Fue cuando Brewster fue despedido y Woods había asumido el control que los problemas comenzaron.

Todo el mundo había comentado siempre cuanto se parecía él y su hijo. Marcus Junior también había tenido la cara deformada como un boxeador profesional, con nariz grande, ojos pequeños y cejas pobladas. Pero su hijo no había vivido el tiempo suficiente para sacar panza a la altura de la cintura y no había ni un pelo gris en su cabeza cuando lo enterraron.

La vida Marcus Sr. había estado llena de desilusiones. Pensó en cuando había querido ser policía, pero cuando lo había intentado, parecía que lo querían. Había querido casarse con una mujer bella, pero había acabado con Ellen. Al principio incluso Marcus Junior había sido una desilusión. Pero su viejo lo había endurecido y el último año de la escuela secundaria, Marcus se había sentido como un rey cuando se sentaba en las gradas y observaba a su niño jugar a la pelota.

Ahora era un don nadie otra vez.

Comenzó a toser y le llevó casi un minuto controlar los espasmos. Los doctores le habían dicho hacia un año que debería dejar de fumar porque tenía mal el corazón y problemas en los pulmones. No le habían dicho directamente que se estaba muriendo, pero él lo sabia de todas maneras y ni siquiera se cuidaba. Todo lo que le preocupaba era ajustar cuentas con Oliver Woods.

Marcus Senior disfrutaba de cada partido que los Stars perdían porque probaba que el equipo no valía una mierda sin su niño. Había grabado en su mente que iba a vivir hasta el día en que todo el mundo supiera el error que aquel bastardo había cometido al despedir a Marcus Junior. Iba a vivir hasta el día que Woods se tuviera que comer toda la mierda por lo que había hecho.

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El olor a whisky y puros caros envolvió a Hermione cuando entró en el palco del dueño al domingo siguiente. Estaba haciendo lo que había jurado que nunca haría, asistía a un partido de fútbol ya que Ron la había convencido de que la dueña de los Stars no podía perderse el primer partido de la temporada.

El Midwest Sport Domo que tenía forma hexagonal en realidad se había construido en una presa abandonada rellenada de grava que se asentaba en el centro de cientos de acres del territorio al norte de Tollway. Cuando los Stars no jugaban, la cubierta del domo de vidrio y acero se alquilaba para distintas celebraciones religiosas donde se trasladaba arrastrada por tractores. Tenía instalaciones para banquetes, un elegante restaurante y asientos para ochenta y cinco mil personas.

–Esto es un desperdicio. –Le murmuró Hermione a Ron cuando entro al palco de vidrio del dueño, con sus dos televisores y su pared de ventanas sobresaliendo en voladizo encima del campo. Se acababa de enterar de que los palcos de Midwest Sport Dome se alquilaban por ochenta mil dólares al año.

–Los palcos son de las pocas cosas que nos proporcionan ganancias de este miserable estadio que contrató Richard. –dijo Ron mientras cerraba la puerta detrás de ellos. –De hecho este son dos de uno.

Ella miró a través del humo de los cigarros la lujosa decoración dorada y azul: la gruesa alfombra, confortable salón con una barra de caoba bien surtida. Había nueve o diez hombres presentes, no sabía si eran colegas de su padre o los dueños del quince porciento de los Stars que Richard había tenido que vender hacia varios años, cuando necesitó dinero en efectivo.

–Ron, ¿no ves nada raro?

– ¿Cómo qué?

–A mí. Soy la única mujer. ¿No tiene esposa algunos de estos hombres?

–Richard no dejaba que las mujeres entraran al palco del dueño durante los partidos. –Sus ojos brillaron con picardía. –Demasiada charla.

–Estás bromeando.

–Las esposas tienen asientos en el palco de afuera. No es algo raro en la NFL.

–Un club de chicos.

–Exactamente.

Un hombre demasiado gordo que vagamente recordaba haberse encontrado en el entierro de su padre fue hacia ella, con los ojos saliéndose de las orbitas cuando se fijaron en su ropa. Llevaba puesto un vestido que Lavander llamaba "Fregona" porque la parte de la falda estaba cortada en anchos listones desde un poco por encima de la rodilla hasta la bastilla. Con cada paso que daba sus piernas se entreveían entre los listones rosados. El corpiño "palabra de Honor" se pegaba a sus pechos. El hombre sujetaba una copa de cristal tallado totalmente llena de licor y su saludo efusivo le hizo sospechar que no era el primero.

–Espero que nos traiga suerte, señorita. –Miró fijamente sus pechos. –Tuvimos una mala temporada el año pasado y algunos de nosotros no estábamos seguro de que Woods fuera el hombre adecuado para el equipo. Fue un quarterback genial, pero eso no significaba que supiera entrenar. ¿Por qué no utiliza esa cara bonita para convencerle de darle un nuevo rumbo a la ofensiva? Con un receptor como Fred, se necesitan lanzadores poderosos. Tiene que poner a Peakes en lugar de Finnigan. Le dice todo eso, ¿entiende?

Ese hombre era insufrible y dijo quedadamente con voz ronca:

–Se lo murmuraré en la almohada esta misma noche.

Ronald rápidamente la alejó del alarmado hombre antes de que pudiera causar más daño y se la presentó a los demás. La mayor parte de ellos le sugirieron diversos ajustes, querían que Oliver hiciera la alineación como ellos decían y que planteara las jugadas a su manera. Su preguntó si todos los hombres aspirarían en secreto a ser entrenadores de fútbol.

Coqueteó con ellos hasta que se cansó y luego se dirigió a las ventanas y miró al campo. Faltaban menos de diez minutos para que comenzara el partido y había demasiados asientos vacíos, a pesar de que los Stars jugaban su primer partido contra los populares Denver Broncos. No era extraño que el equipo tuviera tantos problemas financieros. Si algo no cambiaba pronto, esos despidos que Oliver había mencionado iban a hacerse realidad.

Un hombre del palco observaba sus piernas mientras ella miraba como un comentarista de la televisión explicaba que los Broncos iban a darle una paliza a los Stars. Ron apareció a su lado. Cambiaba de peso con nerviosismo de un pie a otro y se dio cuenta de que parecía algo nervioso desde que la había recogido.

– ¿Pasa algo?

– ¿Te importaría mucho venir conmigo?

–Por supuesto que no. –Ella recogió su pequeño bolso y le siguió hasta fuera del palco, al vestíbulo. -¿Ha pasado algo que debería saber?

–No exactamente. Es sólo… –La guió hacia uno de los ascensores privados y presionó el botón –Hermione, es algo realmente gracioso –las puertas se abrieron y entraron –probablemente has oído que los deportistas son muy supersticiosos. Algunos insisten en llevar puestos los mismos calcetines toda la temporada o ponerse el uniforme exactamente en el mismo orden. Muchos han desarrollado elaborados rituales previos al juego durante años, como que puertas usan para entrar al estadio. Se meten amuletos en los bolsillos del uniforme. Son cosas tontas, la verdad, pero les da confianza y no hacen ningún daño.

Ella le miró suspicazmente cuando el ascensor comenzó a descender.

– ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

–No contigo exactamente. En realidad con Richard y ciertos miembros del equipo. –Miró con nerviosismo su reloj –Implica también a los Bears. Y a Mike McCaskey.

McCaskey era el nieto de George Halas, el legendario fundador de los Chicago Bears. Que era también el controvertido presidente de los Bears y del CEO. Pero, a diferencia de sí misma, McCaskey sabía algo sobre fútbol, así que Hermione no veía la conexión.

Las puertas se abrieron. Cuando Ron y ella salieron, vio la luz del sol, a pesar de que sabía que estaba bajo el estadio. Se percató que estaban en un vestíbulo al final de un gran túnel que conducía al campo. Ron la guió hacia allí.

–Ron estas empezando a ponerme nerviosa.

Se sacó un pañuelo blanco del bolsillo del pecho y se lo presionó en la frente.

–Mike McCaskey al principio de cada tiempo del partido pisa el campo de los Bears. No interfiere en el juego, pero siempre lo hace y eso es un ritual. –Volvió a meter el pañuelo en el bolsillo. –A Richard no le gustaba el hecho de que McCaskey pisara el campo mientras él permanecía en el palco de los Stars, así que unos cuantos años después comenzó a hacer lo mismo, es una especie de rutina. Los jugadores se han vuelto supersticiosos con eso.

Un desasosiego distinto la invadió.

–Ron…

–Tienes que estar en el campo con el equipo durante el primer cuarto. –le dijo a la carrera.

– ¡No puedo hacer eso! ¡Ni siquiera quiero estar en el palco para encima ponerme a pisar el campo!

–Tienes que hacerlo. Los hombres lo esperan. Terry Boot es el quarterback y es uno de los deportistas más supersticiosos que me he encontrado. Los quarterbacks son los tenores; se molestan con facilidad. Y Fred también quiere las cosas bien hechas antes del partido. No quiere tener el karma trastocado.

– ¡Me da igual su karma!

– ¿También los ocho millones de dólares?

–No pienso salir ahí.

–Si no lo haces, estás eludiendo tus responsabilidades y no eres la persona que creí que eras.

Esto último lo dijo deprisa y luego se calló. Pero la idea de salir al campo le daba miedo al que no quería enfrentarse. Buscó una excusa plausible aparte del pánico.

–Mi ropa no es adecuada.

Sus ojos brillaron con admiración mientras la estudiaba.

–Estás preciosa.

Le mostró las rodillas y una buena porción de muslo a través de los listones rosas cuando levantó el pie para mostrarle a Ron una sandalia de tiras con tacones de diez centímetros.

– ¡Mike McCaskey no saldría vestido al campo vestido así! Además, se me hundirán los tacones.

–Es astroturf (1) Hermione, estas buscando una excusa. Francamente, esperaba algo mejor de ti.

–En realidad disfrutas haciendo esto, ¿verdad?

–Debo admitir que cuando te vi el vestido, se me ocurrió que tu apariencia podría subir la venta de entradas. Quizá podrías saludar a la gente con la mano.

Hermione dijo una palabra que casi nunca usaba.

Él le dirigió una mirada de tierna reprimenda.

–Déjame recordarte el principio fundamental de nuestro trato. Yo te suministro el conocimiento y tú suministras las agallas. Ahora mismo, no estas cumpliendo el trato.

– ¡No quiero salir al campo! –exclamó ella desesperadamente.

–Lo entiendo. Desafortunadamente, tienes que hacerlo. –Con amabilidad cogió su brazo por el codo, conduciéndola por la leve pendiente que llevaba al final del túnel.

Ella trato de disimular su pánico detrás de un comentario sarcástico.

–Hace dos semanas eras una "persona estupenda" sin cualidades de liderazgo.

–Todavía soy una "persona estupenda". –La guió hacia la salida del túnel bajo la luz resplandeciente del sol. –Y tú me ayudas a desarrollar mis cualidades de liderazgo.

La escoltó hasta el camino de hormigón, justo al lado de la valla y algo por debajo del nivel del campo, guiándola por detrás de los jugadores apiñados hasta una zona justo al final del banquillo. Sabía que estaba sudando y una ola de cólera hacia su padre la atravesó. Este equipo era su juguete, no el de ella. Mientras observaba a los jugadores, con sus cuerpos acolchados de tamaño sobrehumano, estaba tan asustada que casi se volvió loca.

Los rayos del sol penetraban a través del hexágono de cristal del techo del domo iluminando su vestido rosa y parte del público la llamó por su nombre. La asombró que supieran quien era hasta que recordó que el contenido del testamento de Richard se había hecho público. Ya había rechazado docenas de peticiones de entrevistas a todos los medios de comunicación locales. Se obligó a si misma a imprimir una radiante sonrisa en su cara, esperando que nadie se diera cuenta de lo insegura que estaba.

Se percato de que Ron se preparaba para dejarla sola y lo agarró del brazo.

– ¡No te vayas!

–Tengo que hacerlo. Los jugadores creen que doy mala suerte. –Le metió algo en la mano. –Te estaré esperando en el palco. Estarás bien. Y, esto… Richard siempre le daba una palmadita en el trasero a Fred.

Antes de que ella pudiera absorber esa inoportuna información, él se apresuró a salir del campo, dejándola sola con docenas de hombres gruñones, sudorosos y endurecidos en mil batallas, un infierno cercano al caos total. Ella abrió el puño y moró fijamente su mano con desconcierto. ¿Por qué le había dado Ron un paquete chicles de menta verde de Wrigley?

Oliver apareció a su lado y tuvo que reprimir el alocado deseo de meterse en sus brazos y pedirle que la ocultara. El deseo se desvaneció cuando la miró con ojos pocos amistosos.

–No te puedes mover de ese lugar hasta el final del primer cuarto. ¿Lo sabes?

Ella sólo pudo inclinar la cabeza.

–No vayas arriba. Lo digo en serio, Hermione. Tienes responsabilidades y es mejor que te hagas cargo de ellas. Tú y yo podríamos pensar que las supersticiones de los jugadores son ridículas, pero ellos no lo hacen. –Sin ninguna explicación más, se marchó.

El encuentro sólo había durado unos segundos, pero sintió como si hubiera sido aplastada por un bulldozer (2). Antes de poder recuperarse, uno de los hombres fue hacia ella con la careta de su casco protector levantada. Aunque había mantenido a distancia a los jugadores, reconoció a Fred Prewett por su foto: el cabello rojo como el fuego, parecido al de Ron, los pómulos marcados, la boca ancha. Él parecía tenso y con los nervios de punta.

–Señorita Granger, no nos conocemos, pero necesito que me golpee el trasero.

–Tú… Tú eres Fred. –Un Fred muy rico.

–Sí, señora.

Ella no podía hacer eso. Tal vez algunas mujeres, nacieran para golpear traseros, pero no era una de ellas. Rápidamente levantó la mano, se besó las puntas de los dedos y las presionó contra sus labios.

– ¿Qué te parece una tradición nueva, Fred?

Ella esperó con aprensión si había hecho algo irreversible para su karma y, de paso, arruinado ocho millones de dólares. Él empezó a fruncir el ceño y lo siguiente que supo fue que los listones rosas batieron contra sus piernas cuando él la agarró por los brazos y elevándola rápidamente le plantó un beso que retumbó en sus labios.

Él sonrió ampliamente y la bajó.

–Esta tradición es mucho mejor.

Centenares de personas del público habían percibido el intercambio y cuando él se fue, ella oyó risas. Oliver también había observado el beso, pero él definitivamente no se reía.

Otro monstruo fue hacia ella. Mientras se acercaba se giró para hablar con alguien detrás de él y ella vio el nombre "Boot" en la espalda de su camiseta azul. Éste debía ser su temperamental quarterback.

Cuando él finalmente se paró al lado de ella, se fijó en su pelo marrón, su boca pequeña casi femenina.

–Señorita Granger, su padre… –él miró un punto justo encima de su oreja izquierda y bajó la voz. –Antes de cada juego, él siempre decía: comemierda, imbécil.

Su corazón se hundió.

– ¿No sería mejor que te golpeara el trasero en vez de decir eso?

Él negó con la cabeza, con expresión feroz.

Ella se apuró y dijo las palabras tan rápido como pudo.

El quarterback hizo un audible signo de alivio.

–Gracias, Señorita Granger. –Y se fue corriendo.

Los Stars ganaron el lanzamiento de moneda y ambos equipos se colocaron para comenzar. Para su súbita desilusión, Oliver empezó a correr hacia ella de lado dejando los ojos firmemente fijos en el campo. Estaba limitado por el largo cable auricular de su casco, pero no parecía impedir sus movimientos. Se paró al lado de ella, con los ojos todavía fijos en el campo.

– ¿Tienes el chicle?

– ¿El chicle?

– ¡El chicle!

Ella repentinamente recordó los Wrigley que Ron había metido en su mano y aflojó los dedos, que estaban rígidamente cerrados a su alrededor.

–Aquí mismo.

–Me los das cuando el Kicker (3) golpee el balón. Usa tu mano derecha. Y desde la espalda. ¿Entendiste? Pero no lo hagas ahora. Mano derecha. Espalda. Cuando el kicker golpee el balón.

Ella clavó los ojos en él.

– ¿Quién es el Kicker?

Él pareció volverse ligeramente loco.

– ¡El tipo pequeño de la mitad del campo! ¿No sabes nada? Lo vas a fastidiar todo, ¿no es cierto?

– ¡No voy a fastidiar nada! –Sus ojos volaron por el campo tratando frenéticamente tratando de identificar al kicker. Escogió al más pequeño de los jugadores y esperó haber acertado. Cuando se inclinó para situar la pelota, puso su mano derecha detrás de la espalda y pasó el chicle con la palma abierta a la mano de Oliver. Él gruñó, se lo metió en el bolsillo y se fue corriendo sin siquiera dar las gracias. Se recordó a si misma que sólo unos minutos antes, él había dicho que las supersticiones de los jugadores eran ridículas.

Segundos más tardes, la pelota surcó el aire y el pandemónium se manifestó ante ella. Nada la podía haber preparado para los horripilantes sonidos de veintidós cuerpos masculinos luchando unos contra otros y tratando de matarse los unos a los otros. Los cascos crujían, los hombros almohadillados se golpeaban y el aire se llenó de maldiciones, gruñidos y crujidos.

Ella presionó las orejas con las manos y gritó cuando un pelotón de hombres uniformados se abalanzó hacia ella. Se quedó paralizada mientras el jugador de los Stars que llevaba la pelota se dirigía hacia ella. Ella abrió la boca para gritar, pero no salió ningún sonido. La multitud vitoreó como loca mientras él corría perseguido por un jugador blanco y naranja que parecía un monstruo del infierno. Le pareció que no iba a poder pararse, que iba a arrollarla directamente pero que no podría salvarse porque sus rodillas no respondían. En el último momento hizo un quiebro y arremetió contra sus compañeros de equipo.

Tenía el corazón en la garganta y creyó que se desmayaría. Tocando nerviosamente el cierre de su diminuto bolso de bandolera, buscó dentro sus gafas de sol de diamantes falsos, estando a punto de dejarlas caer mientras se las ponía rápidamente para protegerse.

El primer cuarto pasó con una lentitud martirizante. Podía oler el sudor de los jugadores, veía expresiones algunas veces aturdidas, algunas veces rotas, oía las obscenidades que gritaban, una profanación tras otra hasta que la repetición las despojó de cualquier significado. En algún momento, se percató que estaba allí de pie no ya porque hubiera recibido instrucciones, sino como prueba de su fuerza, su propia prueba de coraje. Puede que si manejaba este desafío, pudiera comenzar a manejar el resto de su vida.

Nunca los segundos le habían parecido tan largos como minutos, los minutos como horas. A través del rabillo del ojo, observó a las animadoras de los Stars con sus uniformes dorados de mala calidad con lentejuelas azules animando a todos a aplaudir. Ella obedientemente aplaudió cuando Fred atrapó un pase después de otro contra lo que oiría más tarde era el defensor de los Broncos. Y con más frecuencia de la que le gustaría, encontró que sus ojos se desviaban hacia Oliver Woods.

Él paseaba de arriba abajo por los laterales, su pelo trigueño brillaba bajo la brillante luz del sol que fluía por el centro del domo. Sus bíceps estiraban las mangas cortas de su camisa de punto y las venas latían en su cuello musculoso mientras gritaba las instrucciones. Nunca estaba quieto. Paseaba, se enfurecía, hablaba a voz de grito, perforaba el aire con su puño. Cuando una jugada al final del cuarto le enojó, se sacó bruscamente el auricular del casco y lo tiró contra el campo. Tres de sus jugadores brincaron en el banquillo y medio se escondieron, su respuesta era tan adecuadamente orquestada que tuvo el presentimiento de que lo habían hecho antes. Si bien este equipo era legalmente de ella durante los siguientes meses, supo que le pertenecía a él. La aterrorizaba y fascinaba. Habría dado cualquier cosa por ser tan valiente.

El silbido finalmente sonó, señalando el final del primer cuarto. Para sorpresa de todo el mundo, los Chicago Stars estaban empatados a los Broncos, 7-7.

Fred se acercó a ella, con una expresión tan jubilosa que ella no pudo más que sonreírle.

–Espero que esté cerca cuando juguemos contra los Chargers la semana próxima, Señorita Granger. Es mi amuleto de la suerte.

–Creo que es tu talento el que te da suerte.

La voz de Oliver rugió furiosa.

– ¡Prewett, ven acá! Tenemos tres cuartos más, ¿o te has olvidado de eso?

Fred parpadeó y corrió afuera.

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Notas:

(1) Moqueta sintética del campo.

(2) Tipo de topadora que se utiliza para mover tierra, excavar y empujar a otras maquinas.

(3) Pateador. Su única función es dar la patada inicial del partido.

Bueno, por fin termine el capitulo. Realmente es muy largo, pensé que no lo terminaba más.

Como se habrán dado cuenta Ron aparece más y es parecido al Ron de Harry Potter, inseguro y se ve como menos pero con la ayuda de Hermione se hace más fuerte.

No se si se dieron cuenta a la mención de Tom con su película. Me imagino a Ron con la ropa de que Tom Cruise usaba en esa película y es realmente gracioso.

Espero que les haya gustado. Nos vemos pronto.