Disclaimer: Pokémon no me pertenece.
A pesar de sus dudas
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Si para Misty lo ocurrido con Gary fue una sorpresa, la visita de Ash al gimnasio la dejó definitivamente sin aliento.
No es que no deseara verlo, pero sí pasaron por su mente todas las posibilidades y excusas para evitar una conversación que pudo imaginar en el instante en que lo vio acercarse a la puerta vidriada del gimnasio, y ninguna le parecía lo suficientemente convincente. Tampoco podía esconderse en ningún lugar a tiempo; lo más probable era que él ya la hubiese visto a través del vidrio.
Ya sabía a qué venía y esa era una conversación que en realidad no deseaba tener, y mucho menos con Ash Ketchum, el Rey de la impulsividad y de las conclusiones equivocadas.
Suspiró resignada cuando lo vio entrar por completo al recinto, avanzando hacia él y recordando por un instante la primera vez que su amigo pisó la arena para tener un encuentro con el líder. De eso hace tantísimos años.
—Hey, Mist— la saludó enérgicamente el chico, escondiendo totalmente sus intenciones detrás de esa sonrisa.
Ella lo saludó de vuelta, menos enérgica pero no por eso dejando que el nerviosismo que sentía en ese momento se le notara. Ella sí estaba feliz de verlo, de todos modos.
—¡Oh, Arceus! El campeón de Kalos ha venido a mi humilde gimnasio, ¡qué honor!— exageró ella, poniendo uno de sus antebrazos sobre su frente mientras echaba ligeramente la cabeza para atrás.
Se detuvo por un segundo al notar que eso era algo que seguramente Gary habría hecho en su lugar. Pero decidió dejarlo pasar para evitar que su amigo se diera cuenta de su lapsus y sonrió. Ash también reía por su comentario.
Ambos rieron, devolviéndose las bromas el uno al otro, gritándose mutuamente como lo habrían hecho unos años atrás. Por un momento, Misty pensó que tal vez se había equivocado y Ash en realidad no venía a preguntarle nada sobre su repentina huida de Paleta. Más bien, llegó a pensar que venía a insistir sobre su charla del otro día bajo el pórtico de la casa de Gary.
Otra vez Gary Oak.
—Mist— pronunció su nombre con cuidado, como si no quisiera equivocar—, quiero saber qué es lo que sucedió contigo y Gary la otra noche. ¿Qué sucedió para que te fueras de esa manera? Quiero que sepas que si te hizo algo…yo...— se aventuró a decir él con valentía.
Tenía que ser.
Misty se sintió palidecer
—N-no, Ash, no ha pasado nada— negó ella.
Tampoco es que fuera una mentira rotunda y asquerosa. Realmente no pasó nada aquella noche, ¿verdad?, pensó. Porque Gary no le hizo nada.
—No hace falta.
—Enserio, Misty. Sabes que yo…
—Enserio— le cortó, un poco más firme—. Volví antes a Cerulean porque… mis hermanas me necesitaban para unos asuntos de la Liga— esta vez, procurando que su mentira no sonara tan ridículamente falsa. No era tan descabellado, después de todo, era perfectamente creíble, ¿no?
Aun así, agradeció enormemente que sus hermanas no estuvieran rondando por ahí para desmentirla.
—Si tú lo dices−pareció convencido y Misty sintió que pudo volver a respirar con tranquilidad.
Sin embargo, a Ash claramente algo le había quedado dando vueltas en la cabeza porque después de mirar a algún punto en el infinito, se paRó firme frente a ella con los puños apretados y una mirada decidida y determinada.
Esa que conocía a la perfección y de la que creía que se había enamorado cuando era tan solo una niña.
—Misty, yo…te mentí. Sí te extrañé mucho todo este tiempo, y sí que lamento no haberme mantenido en contacto, pero no era cierto que quisiera que todo volviera a ser como antes— tomó aire en una pausa que a ella se le antojó eterna e innecesaria, pero ya sabía cuánto le gustaba darse aires dramáticos—; quiero que las cosas sean mejor que antes. Quiero que seamos amigos nuevamente y nunca tener que separarme de ti, porque yo…te quiero, te quiero a ti y permanecer contigo todo el tiempo.
El corazón de Misty latía tan fuerte que sentía que podía oír el sonido de éste con toda claridad. Miró a Ash, que seguía de pie frente a ella, como si se tratara de una batalla de resistencia en la cual se negaba fervientemente a perder, pero a la chica no le interesaba de forma alguna esa competencia unilateral. Retiró la mirada del cuerpo de su viejo amigo y la fijó en cualquier otro punto en el suelo. Estaba nerviosa, abatida. Se sentía entre la espada y la pared.
Gimoteó de la pura frustración y eso Ash lo notó.
—Misty, como dije antes: no quiero presionarte— se acercó a ella con calma, intentando no asustarla, como si de acercarse a un pokémon salvaje se tratara. Puso ambas manos en sus mejillas, rojas por la vergüenza de su declaración—, piénsalo, ¿sí? Esperaré tu respuesta el tiempo que sea necesario; es lo mínimo que puedo hacer después de tanto tiempo, ¿no crees?
Y tras sonreír abiertamente de esa forma tan fresca y natural, se marchó, dejando a la pelirroja con las palabras en la boca. No se sintió capaz de darle una respuesta aun cuando él mismo le dijo que no había prisa. Ella nunca había sido de las que hacían sufrir a otros haciéndose las difíciles, haciéndolos aguardar por una respuesta que no llegaría, porque ella sencillamente no tenía una respuesta que dar. Pudo haberse estrujado los sesos en busca de algo que decirle y el hecho de quedarse muda no habría cambiado en absoluto.
Se sintió miserable.
Durante los días que le siguieron a la visita de Ash al gimnasio de pokémon tipo agua de Kanto, las llamadas sin contestar y los mensajes sin leer comenzaron a acumularse en el buzón de su teléfono móvil. Todos de la misma persona a la que había estado tratando de evitar ¿Qué se suponía que debía decirle, de cualquier modo?
Lo más seguro es que Ash estuviera llamando para reivindicarse por todo el tiempo que estuvo incomunicado con ella -y con el universo en su generalidad-, y de paso, saber si iba a darle una respuesta a su confesión, porque a pesar de haberle asegurado que no iba a presionarla, él jamás se había caracterizado por dejar las cosas seguir su curso natural, sino que por el contrario, durante todo el tiempo en que viajaron juntos, él se había ganado el corazón de todos sus contrincantes precisamente por no darse jamás por vencido, sin importar lo difíciles que se pusieran las cosas.
Y claro, también estaba el hecho de haberse quedado de piedra frente al Señor Maestro Pokémon, porque –oh, vamos, por favor-, de todas las personas habidas y por haber de las que se podía haber esperado una confesión, él definitivamente no era una de ellas. Ash, siempre se había caracterizado, además de ser un eterno proyecto de futuro maestro pokémon, por ser realmente obtuso en lo que a las chicas se refería.
Pero henos aquí, suspiró agotada mientras cerraba la tapa de su celular.
Por otro lado, no había ninguna llamada de Gary. Ningún mensaje. Ningún recado, ¡nada! No es que estuviera especialmente interesada en recibir alguna llamada de su parte, pero aun así le parecía extraño no tener noticias suyas después de tantos días. Además, ella era quien debía sentirse ofendida después de lo que sucedió – ¿o no sucedió?- entre ellos, no él.
Sacudió la cabeza repetidas veces con el único fin de sacar esos pensamientos confusos de su mente. Pero ya era un caso perdido, porque ella ya estaba totalmente confundida. Hace tan solo unos meses que Misty habría podido decir que lo único que deseaba era recibir una llamada de Ash; cualquier día, en cualquier momento. Al mismo tiempo que Gary llamaba sin obtener respuesta. Y mientras que ahora tenía cientos de llamados del moreno almacenados en el registro de su celular, ella esperaba alguna señal de vida del nieto del profesor Oak. ¡Quién lo hubiese dicho; definitivamente algo mal estaba ocurriendo en el universo!
Por más que lo intentara, la imagen de su medalla cascada colgando frente a sus ojos, producto de que Gary se inclinara sobre ella, le estaba siendo imposible de borrar. Era tan penetrante cómo la tristeza de sus ojos verdes y el temblor de su mandíbula. Por muy extraño que pareciera, en ese instante, tuvo la necesidad de tocarle la cara, consolarlo, coger el colgante entre sus manos y ponérselo frente al rostro; recordarle lo que éste significaba. Pero la presión que él ejercía sobre sus hombros, su mirada penetrante y la enorme sensación de pánico que la paralizaron en ese momento, se lo impidieron.
Ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Pero ya no había vuelta atrás. Tal y como se estaban presentando las cosas en ese momento, le dejaba poco espacio para moverse.
Quizás las cosas se resolverían si le respondía a Ash y aceptaba su confesión. Estuvo enamorada de él en su niñez, y tal vez no era lo suficientemente tarde para hacer revivir ese inocente amor juvenil. El tiempo que pasó viajando con Ash lo recordaba como los mejores días de su vida. Cuando llegar a la próxima ciudad parecía ser la prioridad, dejando que él la arrastrara en el camino que lo llevaría a conseguir su sueño y ella lo seguía para evitar que se metiera en problemas, para apoyarlo cuando necesitara ayuda, para consolarlo después de cada derrota y animarlo a levantarse nuevamente.
Suspiró largamente por tercera vez en esos últimos cinco minutos que llevaba mirando el techo de su habitación, tendida sobre la cama. Se había cambiado de ropa, sacándose la vieja camiseta que usaba para asear el gimnasio y poniéndose un pijama limpio y acogedor. La parte racional de su cerebro le decía que lo correcto era elegir a su viejo mejor amigo, tal como lo había hecho siempre desde que eran niños, como aquella vez en las Islas Naranja, con ese líder de gimnasio que le pidió que se quedara con él. Como cada vez que tenía la oportunidad. Más aún, de no haber sido por la insistencia presentada por él mismo en que volviera a Cerulean, habría elegido seguir con él a asumir como líder en lugar de sus hermanas sólo para que ellas pudieran irse de vacaciones.
Hundió la cabeza en el almohadón que tenía entre los brazos y gimió contra él, como si así todas sus dudas se fueran a despejar mágicamente. Pero sabía perfectamente que no era así. Porque su hemisferio emocional la traicionaba, recordándole a Gary Oak y sus ojos verdes llenos de tristeza. Gary Oak y su mandíbula temblorosa. Gary Oak y la medalla cascada que ella había confeccionado y le había dado en honor a una promesa, colgando de su cuello frente a ella, mientras se inclinaba para hablarle con voz ronca y visceral.
Cerró los ojos con cansancio, sintiéndose derrotada. Había sido suficientemente por ese día en que limpió la piscina, aseó las gradas y se enfrentó a una serie de entrenadores que supuestamente la harían morder el polvo, aun cuando tenían apenas y un mes de experiencia.
Rio inconscientemente ante el recuerdo de cierto entrenador pokémon que llegó a Cerulean con un Pikachu que se negaba a entrar a su pokébola, una medalla que el líder de Ciudad Plateada le dio por lástima, y mucho entusiasmo. Claro, él aseguró que ganaría la medalla sin esfuerzo. También recordaba que las cosas no habían terminado de la forma en que las pensó, pero sí que ese fue el inicio de su viaje con ese muchachito que juraba que sería el mejor maestro pokémon, el campeón de la Liga de Kanto, luego de Jhoto y luego del resto del mundo.
Sí, esos habían sido los mejores días de su vida. Y por un tiempo, se convenció de que eran días que no volverían, claro, hasta que recibió una confesión de Ash hace unos pocos días.
Entonces una ligera luz de esperanza comenzó a brotar dentro de sí misma. De no haber sido por él, nunca hubiese llegado a imaginar en que sus días de aventuras volverían a su vida. Tenía la oportunidad de volver a ser lo que más amó antes de convertirse en líder de gimnasio.
No es que no le gustara ser líder, al contrario; se había ganado el respeto de los demás miembros de la Liga, los altos directivos la apoyaban y se había formado su propia reputación entre los entrenadores, de manera que a su gimnasio solían acudir sólo los más capacitados retadores y únicamente como su última estación, y no la primera. Sólo los entrenadores incautos y desinformados osaban entrar al llamativo edificio de Cerulean en busca de una medalla sin tener la suficiente capacidad y experiencia. Y de todos, sólo unos pocos contados con los dedos de una mano lograban salir victoriosos de una batalla con ella en su primer intento.
Por mucho tiempo, desde que aceptó el liderazgo del gimnasio, se dedicó completamente a esa labor. Porque amaba su ciudad y su gimnasio, amaba su puesto como Líder ante la Liga, y por sobre todo, amaba a sus pokémon, que le habían apoyado totalmente en el transcurso de su profesión.
¿Aceptar la propuesta de Ash sería defraudarlos? Acabar con todo por lo que ella y sus pokémon habían trabajado juntos. ¿Quería irse en primer lugar? Quizás a los once años viajar por el mundo sí que era una idea atractiva para el futuro, pero luego de diez años, no parecía que fuera un buen plan de vida. Ash estaba destinado a la grandeza, eso lo sabía bien, pero ¿ella estaba preparada para eso?
Piénsalo, ¿sí?
Las palabras de su antiguo amor platónico resonaban en sus oídos mientras que la imagen de su encantadora sonrisa aparecía frente a sus párpados.
—Misty— ella estaba flotando bajo el agua de la piscina, mirando el techo del gimnasio a través de los rayos de luz que reflejaban el agua, cuando oyó a la distancia la voz familiar que la llamaba por su nombre.
Nadó hasta la superficie de la piscina, intentando no verse ansiosa ante su visitante que, a pesar de estar distorsionada por las partículas de agua en sus oídos, pudo reconocer perfectamente el sonido de su voz a través de ella.
—Ash— murmuró ella, bajito, mientras lo miraba perpleja aún dentro de la piscina. Él le sonrió a la distancia.
Misty sólo lo miró. ¿Qué hacía ahí? ¿Es que quería una respuesta? ¿Es que se había cansado de esperarla? Él le había dicho que la esperaría, que no la presionaría. ¿Qué hacía ahí entonces? Ash sólo le sostuvo una sonrisa fresca y amable, esa que era tan suya.
—¿Qué haces aquí?— no pudo evitar preguntarle, mirándolo de frente.
—Misty— volvió a oír, esta vez más bajito, pero Ash le seguía sonriendo, como si no supiera nada— Misty.
No, ese no era Ash. Era una voz más grave, más seria. Se volteó buscando la fuente de la voz. Esa voz que conocía bien y le traía recuerdos que sabían a agua salada. Esa voz que moría por oír, pero que igualmente se sorprendió de ver a la persona a la que le pertenecía, porque por más que se hubiese preparado, no había podido evitar llevarse las manos a la boca de la pura impresión de verlo ahí.
—Gary— su voz salió rota de su garganta. Avanzó unos pasos hacia él.
Ni siquiera recordaba haber salido de la piscina, pero ahí estaba, frente a él, goteando con un traje de baño empapado. Pero no podía evitar sonreír.
¿Cuánto tiempo había pasado? Llevaba días sin saber de él, ¿o serían semanas? El tiempo parecía haberse vuelto confuso desde entonces. ¿Qué hacía ahí en primero lugar? Lo miró a la cara y su sonrisa se rompió.
Muy al contrario de su rival, Gary no sonreía. Más bien, sólo la miraba con una expresión derrotada que a Misty le rompía el corazón.
—Misty— la voz de Ash la llamó nuevamente. Ella se giró a ver su sonrisa.
—Misty— Gary habló entonces y la chica solamente pudo ver su expresión vencida.
Ambos avanzaron unos pasos hacia ella, quien retrocedió la misma distancia. Podía sentir el borde de la piscina acercándose sin piedad, pisándole los talones, mientras que ella únicamente podía ver acercarse la sonrisa de Ash y los ojos caídos de Gary. Se llevó una mano al pecho con pesar y semi extendió la otra, sin saber exactamente a quién dirigirla. A su vez, los dos rivales extendieron el brazo, intentando coger el de ella.
Entonces sintió el suelo desvanecerse bajo sus pies y la sensación de vértigo la invadió. Comenzó a caer a la piscina de espaldas justo a un pelo de que cualquiera de los dos pudiese rozarle los dedos. Vio aumentar la distancia entre ella y sus dos amigos a medida que iba cayendo, y sin poder hacer nada al respecto, sintió su cuerpo colisionar contra la superficie del agua y hundirse lentamente, como si pesara una tonelada.
Alcanzó a divisar la figura de ambos cuerpos desde lo profundo de la piscina mientras se seguía hundiendo, como si de pronto ésta ya no tuviera fondo. Comenzó a patalear, desesperada, intentando volver a la superficie. Sin éxito. Su visión se hizo borrosa y ya no podía ver la luz del sol reflejada en la parte superior, ni a ninguna de las siluetas de Ash y Gary inclinados sobre la orilla de la alberca.
Sólo cuando sintió que perdía la respiración se permitió cerrar los ojos, dejando que el agua en la que siempre se había sentido segura, la llevara a donde fuera necesario.
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Revisado: Domingo 1ero de octubre de 2017
