Capítulo siete.

Volver al Valle de la Paz resulta un viaje largo, tedioso y complicado. El tiempo no les ayuda y Po tiembla de frío ante la mínima brisa. Pero se mantiene imperturbable. Medita y finge que no pasa nada. Intenta ayudar en lo poco que puede. Ha vuelto a necesitar el bastón.

No recuerda como volvió a la casa aquella noche, hace ya una semana, pero tampoco se ha puesto a indagar demasiado sobre el asunto. Lo ha dejado estar… así como deja estar muchos temas últimamente. Como, por ejemplo, el hecho de que lleva cuatro días sin dormir y dos sin comer en absoluto.

Con una caja de rábanos bajo el brazo, el bastón en la derecha y Asahi correteando por detrás de él, Po se despide de los chicos y toma el camino hacia el restaurante del Sr. Ping.

—¡El abuelo estará feliz de vernos! —exclama Asahi, que salta de un lado a otro alrededor de su padre, entusiasta—. Él te extrañaba mucho.

Po sonríe.

—Claro que sí, y a ti también.

—Pero no a mamá —murmura Asahi.

Avergonzado, baja la mirada hacia sus manitas, unidas a la altura del estómago. Po se contiene de esbozar una mueca.

—Eso no es cierto —intenta negarlo—. Tu abuelo quiere mucho a mamá, es parte de la familia.

Claro que Asahi no contradice la palabra de su padre, pero Po sabe que él no piensa igual.

Y no lo culpa.

Al parecer, los esfuerzos del Sr. Ping no son suficientes para ocultar su rechazo hacia Song. Po ni siquiera sabe cuáles son los motivos de su padre adoptivo y preguntar no es una opción, puesto que solo conseguiría una riña sin sentido entre ambos.

Llegar al hogar donde ha vivido gran parte de su vida supone toda una odisea: los niños quieren saludar al Guerrero Dragón, los adultos se detienen a darle muestras de respetos y Asahi no quiere que ningún cachorro siga entreteniendo a su padre. Es mi papá, le dice a una coneja de su edad, cuando Po no está mirando.

Y el Sr. Ping les recibe con los ojos a rebosar de lágrimas.

—¡Hijo! —clama, con el alivio dibujado en su rostro, ya avejentado por los años.

Po jamás sintió un abrazo de su padre tan cálido y reconfortante, no desde que era un niño.

El viejo ganso le riñó, le retó, lloró, le abrazó y volvió a reñirle. Pero Po no pudo haber estado más feliz. Llevaban meses sin verse, meses sin saber nada del otro. Por eso, cuando el Sr. Ping se secó las lágrimas y le mandó a atender mesas, no pudo importarle menos.

Se coloca su viejo delantal y el gorrito de fideos con la misma emoción con la que lo hacía a los cinco años, mientras ve a su padre repetir el mismo proceso de riñas, abrazos y besos —pero sin golpes de un cucharón de madera— con Asahi, amenazándole de ya no regalarle más dulces si vuelve a abandonarle de esa forma por ir detrás de "los locos de sus padres".

—Disculpe, ¿Podría ordenar?

Po lucha con la imposible tarea de ajustar el nudo del delantal con una sola mano —puesto que aún sostiene el bastón—, cuando le interrumpe una voz femenina desde la ventana.

—Sí, claro, un momen…

Es ella.

No, no lo es.

Lo es y al mismo tiempo no lo es.

Solo tiene que verla por el rabillo del ojo para que todo a su alrededor deje de existir. De repente, la risa de su hijo y la desgarbada voz de su padre pasan a segundo plano. El bullicio del exterior se ha vuelto simplemente inexistente. Y Po está seguro de sentir su corazón detenerse.

Pero no es una expresión. Su corazón se detiene, deja de latir, y de repente, respirar se siente más como una manía adquirida por la costumbre que una necesidad.

Ella sonríe. La tigresa de bengala, vestida en ropas de maestra, sonríe ampliamente. Su rostro es distinto a como lo recuerda… y al mismo tiempo, Po sabe que no podría tratarse de otra persona. Es ella. Sus ojos. Esos ojos son fuego en forma de rubíes. Únicos, inconfundibles.

La sorpresa que ha adoptado su rostro desaparece. Algo caliente comienza a formarse en su pecho, algo pesado e hiriente, sofocante. Ira.

Y de repente, él se encuentra avanzando hacia la salida. El bastón le es inútil, pero no lo suelta. Sale de la cocina, golpeando la puerta por las prisas, y toma a la tigresa de bengala del brazo con la fuerza suficiente como para rompérselo ante el menor movimiento. No le importa que sea una mujer. Ella ha demostrado que es más fuerte que eso.

—¿Qué haces aquí? —Masculla, jalando de la felina hacia una esquina—. ¡¿Qué buscas aquí?! ¡¿Cómo me has encontrado, como…?!

La sonrisa de ella no se debilita.

—¿Recuerdas lo que hablamos, Guerrero Dragón? —ella responde.

Y en un rápido movimiento, alza una zarpa hacia la mejilla de él. Una zarpa que ya no es huesuda, ni flaca, ni tiene largas garras curvas. Una zarpa sana y fuerte, de uñas apenas visibles. La caricia es lenta, cuidadosa, como el mimo de una madre, y el tacto áspero y tosco, como si aquella mano estuviese habituada a trabajos duros y exigentes.

Po no puede apartarse. Su atención está fija a los hilos pálidos que se enredan entre los dedos de ella. Tal como aquella noche, el otro extremo del hilo se enredaba en su propia mano. Cálido y palpitante entre sus dedos… como si tuviese vida.

Y Po, por primera vez, siente miedo.

—Acepta que ya no puedes vivir sin mí. Ahora, soy yo quien te mantiene con vida, panda.

No sabe qué decir, qué preguntar. No entiende qué está pasando.

—¿Papá?

La voz de Asahi llama su atención.

De repente, su mano agarra la nada y un pequeño empujón le obliga a retroceder un par de pasos. Asahi está en medio, enfrentándole con su entrecejo arrugado y sus labios torcidos en un gesto heredado a su madre. Solo entonces, Po es consciente de la mirada de todos los clientes sobre él.

—¿Papá, qué pasa con Tigresa? —insiste el niño.

La postura defensiva del cachorro le deja desconcertad, hasta que cae en cuenta de un pequeño detalle. El nombre. Acaba de llamarla por un nombre.

¿Tigresa?

—Tigresa.

Po prueba tal nombre en sus labios, sintiéndolo extraño y pesado, y sus ojos se estrechan al observar como una zarpa huesuda y de garras largas se posa en el hombro de su hijo.

El hilo sigue ahí, pálido y opaco, pero nadie parece notarlo.

Nadie parece ver al monstruo parado allí.