CAPITULO 8
La ex esposa de Harry sonrió distraída cuando el ojiverde se reunió con ella en su mesa de siempre en Jean George, el restaurante de la Torre Trump, donde los platos eran más pequeños pero los precios no. Ginebra había llevado la bolsa grande, a su lado en una silla. En su interior había un perro, siempre que se pudiera llamar perro a algo tan diminuto. No iba a ninguna parte sin Cosmo, y los restaurantes no eran una excepción. En todos los años, después del divorcio, que Harry había cenado con ella, jamás había oído que el animal emitiera un sonido.
¿Cómo estás, cariño? saludó la pelirroja, besando su cara muy cerca de sus labios.
Bien, Ginny. ¿Y tú? se sentó y buscó con la vista al camarero, ansioso por pedir su primera copa. Por lo general, en los almuerzos con la pequeña Wesley tomaba dos copas, aunque cuando la situación se complicaba, llegaba a tres. Esperaba que no se complicara.
Estoy un poco enfadada contigo frunció el ceño e hizo un mohín con los labios pintados de rosa.
Ginebra se mostraba tan meticulosa como siempre, con su maquillaje perfecto, el traje rosa de Chanel y los diamantes sin los que nunca salía. Uno en cada oreja y otro en una cadena de oro alrededor del cuello. Harry estaba convencido de que podía llenar una cámara de Gringoths con ellos.
¿Por qué? Soy el ex esposo perfecto y un buen amigo tambien.
No lo eres. Eres muy malo, y lo sabes.
Suspiró, deseando que el camarero saliera de su escondite.
El hecho de que no me muestre entusiasmado con tu último novio no significa que sea malo. Solo prudente. Vienen y van a tanta velocidad que si no tengo cuidado puedo recibir un latigazo.
¿Lo ves? De eso hablo. Ni siquiera conoces a Didier, y lo menosprecias delante de mí.
¿Didier?
Es francés.
Dios, eso espero.
También me ha pedido que me case con él comentó ella con los labios fruncidos.
No. Por favor, no. Mira, vive con él si es necesario, pero no te cases.
¿Cómo puedes decir eso?
Porque te he visto hacerlo cinco veces. ¿O son seis?
Didier será el último.
Dijiste eso con Don meneó la cabeza con pesar Y con Gerald. Y con todos los demás.
En esta ocasión es verdad.
Llegó el camarero y Harry escuchó como la pelirroja pedía los escalopines, una ración de foiegras y un martini con dos aceitunas. Cuando el joven se volvió hacia él, el ojiverde decidió que ese viernes se lo veía demasiado ocupado como para arriesgarse a perderlo otra vez, de modo que pidió tres Manhattans. Y también un sándwich club. Pasó por alto el gesto altivo del joven y la mirada de desaprobación de Ginebra. Un anuncio de boda era motivo más que justificado para un almuerzo con tres copas. Por desgracia, al ritmo que se casaba su ex, sería un alcohólico antes de cumplir los cuarenta.
Y bien, ¿cuándo vas a hacerlo? inquirió.
El mes próximo. Vamos a celebrar una ceremonia pequeña en mi piso, luego, nos iremos a Paris. Tiene una casa allí y desea que la vea.
Suena maravilloso. Nunca antes habías tenido una casa en Francia.
Ella sonrió y Harry vió realmente su futuro. Ella se enamoró de él siendo una chiquilla, bueno si se le podría llamar amor a lo que sentía , luego consiguió hacerle creer que él también correspondía sus sentimientos, se casaron y mandaron al traste tantos años. Ahora seguía persiguiendo al esposo perfecto y él tenía que pasar por la tortura de darle su aprobación, pues según la pelirroja era el hombre que mejor la conocía y al menos ¡tenía el deber moral! de apoyarla por todos esos años que como esposos habían tenido, en verdad que en esos momentos pensaba que Askaban no era tan mal lugar.
Veamos comentó Había un apartamento en Los Ángeles. Una casa en Las Vegas. ¿Y alguien no tenía una casa de playa en Maui?
Para, por favor.
Eh, son tus trofeos, no los míos.
Yo no los considero trofeos. Los veo como pasos mal dados en mi camino hacia la felicidad. La cual, gracias al cielo, he encontrado.
Asintió. No valía la pena discutir con ella. Nunca había comprendido su forma de pensar. O quizás sí, y no le importaba. Todo el mundo necesitaba un pasatiempo. Algunas personas coleccionaban sellos... Ginebra coleccionaba maridos.
¿Qué sabes de Ron? preguntó ella con una sonrisa cautivadora cuando el camarero les llevó las copas. Colocó los Manhattans de Harry en una hilera precisa.
Llevo sin hablar con él algunos meses -repuso. Tomó la copa número uno y la probó. Perfecta. Sabiendo que estaba armado, se relajó un poco más y estiró las piernas.
No me sorprende manifestó Ginny sin ocultar su amargura.
Creo que aún sigue con Tiffany.
Tiffany. ¿Te parece que es un nombre adecuado para una mujer adulta?
Harry estuvo a punto de mencionar a Didier, pero prefirió beber otro sorbo.
Estuvieron sin hablar unos minutos, durante los cuales pensó que la pelirroja realizaba un breve viaje al pasado, al momento en que comenzaron todos sus problemas. Cuando el divorcio se consumó. Según la leyenda, había quedado tan dolida que apenas logró sobrevivir.
El camarero regresó con la comida, y antes de que hubiera dado dos pasos para marcharse, Ginebra cortó un fragmento diminuto del foie para introducirlo en el bolso.
¿Vas a venir?
¿Perdón?
A la boda.
No lo sé. Depende.
¿De qué?
De la fecha. De si podré soportar escuchar otra vez esas palabras. Simplemente no lo sé.
Ella respiró hondo y contuvo el aire largo rato, luego exhaló despacio.
Te ahorraré el dilema comentó con voz tan frágil como las galletitas que había en el plato de su ensalada No tienes que venir. No tienes que hacer nada. Te llamaré cuando vuelva de Francia.
- Ginny...
Todos mis hermanos asistirán , pero te justificaré diciendo que estabas fuera de la ciudad. Me creerán.
Sería un grupo considerable si aparecían todos. Bill con sus tres hijos, Charly con su pareja de gemelos, Percy con una nena, George con cuatro traviesos, todos ellos gemelos. Ron con otra nueva conquista de seguro más joven que la anterior y desde luego Molly y Artur, los patriarcas, sin contar con la familia del novio.
Lo siento se disculpó Intentaré ir. Lo prometo.(siempre tenía que recurrir a sus chantajes sentimentales)
Gracias mordisqueó un trozo de escalopín Supongo que no habrás conocido a nadie, ¿verdad?
Estuvo a punto de contárselo, pero se contuvo a tiempo. Ella no comprendería su relación con Hermione. ¡Pondría el grito en el cielo, al igual que casi todos los Wesley!. Lo que Ginebra jamás entendería era que lo que tenía con su castaña era demasiado importante como para someterlo a un matrimonio.
No, Ginny. No he conocido a nadie ( la tenía frente a mi todo este tiempo, no mentía ¿no?)
Es una pena. No puedes ser verdaderamente feliz hasta haberte casado. Hasta entregarte por completo a tu otra mitad. ¿ y como está Hermione?, Ron a veces pregunta por ella…
Terminó el Manhattan número uno y se dedicó al número dos.
Hermione dejó el bolso sobre la mesa de la cocina y corrió al baño con una bolsa de papel en la mano. Tenía que saberlo con seguridad. Esa mañana, mientras se hallaba sentada en el borde de la bañera esperando que su estómago se calmara, pensó en cien motivos diferentes por los que no podía estar embarazada. Sacó el equipo de la bolsa y leyó las instrucciones tres veces. Parecía bastante sencillo. Había que hacer pis en el palito. No le hacía falta un máster para realizarlo, ¡por favor había sido premio anual durante muchos años!.
Temblando como una condenada, al final logró dar en el blanco, luego dejó el palito en el lavabo mientras se limpiaba las manos. Esperó que se pusiera azul. El azul era bueno. El rosa era malo. «Vamos, azul».
¿Qué demonios iba a hacer si se ponía rosa?. No había duda alguna acerca de tener al bebé. Pero había muchas preguntas. Por ejemplo, qué contarle a Harry. Y cuándo. ¿Después de ver al ginecólogo? ¿Cuándo empezara a notársele? Y si se lo contaba, qué iba a decirle? ¿Acabaría con su relación? ¿Le pedirá que se casara con él, por el bien del bebé, para luego arrepentirse el resto de su vida?
Se secó las manos sin apartar los ojos del palito. ¿Quién podía imaginar que cinco minutos fueran tan largos? Se obligó a desviar la vista. Pero no por mucho tiempo. Tenía que saberlo.
Mientras transcurrían los segundos, se quedó por allí con los dedos cruzados. Pensó en la ironía de todo. Cómo Luna y Nev llevaban meses intentándolo sin resultado, para que entonces Harry y ella dieran el salto horizontal unas pocas veces y, bang. Cerró los ojos, con miedo a mirar. Contó los segundos.
Acabada la espera, abrió los ojos.
El palito se veía rosa.
Estaba embarazada del bebé de su mejor amigo, ya había empezado a crecer en su interior.
Un bebé. Un bebé de carne y hueso.
Se agachó junto al borde de la bañera y cruzó las manos sobre el regazo mientras intentaba recordar cómo respirar.
Eso lo cambiaba todo. No solo la relación con Harry, sino todo. Su trabajo, su apartamento, su futuro. No tenía espacio para una habitación para el bebé. ¿Y cómo podía permitirse un apartamento de dos dormitorios en Manhattan, con los escasos que estos eran?, Tendría que recurrir a sus fondos en Gringoths, tendría que regresar al mundo mágico otra vez.
Gimió y apoyó la cabeza en las manos. Iba a ser madre. Harry iba a ser padre.
De pronto el pavor en su estómago se convirtió en otra cosa. Entusiasmo. No puro, no sin miedo, pero entusiasmo al fin y al cabo. Un bebé. Quizá una niña. O un niño. Un pequeño ojiverde que mamaría de sus pechos, cálido, rosadito y hermoso. Lleno de energía y travieso, aprendiendo a la velocidad del sonido ( je, je algo tenía que sacar de la madre ¿no?). Un adolescente... Bueno, eso era demasiado para contemplar en ese momento.
Se levantó, asombrada de que las piernas la sostuvieran y recogió el palito. Seguía rosa. Pero, para estar segura, iría al ginecólogo. Las pruebas de embarazo a veces fallaban, del mismo modo que los preservativos a veces fallaban también.
¡Por Merlín!.
Harry esperaba impaciente que la castaña contestara al teléfono. No estaba exactamente borracho, pero tampoco sobrio. Comer con Ginny siempre surtía ese efecto en él. Ella parecía contrarrestar cualquier reacción al alcohol. Era toda una hazaña, pero su ex siempre guardaba muchas sorpresas.
El marido número seis. ¡Y quería que él fuera el padrino!, eso era peor que una maldición , asistir a otra de sus bodas con la presencia de todos los pelirrojos que lo miraban como si fuera el causante de ese nuevo hobby de la única mujer de su familia, ¡por favor! Y Ron quien al menos no se había casado, aún amenazaba con hacerlo en cada matrimonio de la pelirroja. ¡Qué bonita familia!
Volvió a apretar el botón del ascensor, a punto de dejar caer el teléfono móvil, y deseó que Hermione respondiera. La plegaria funcionó.
¿Hola?
Soy yo.
Hola.
¿Estás bien?
Sí, estoy bien.
No sonaba bien.
Te importa si voy a verte?
No sé, Harry. Me encuentro algo ocupada.
Necesito verte. No te lo pediría si no fuera importante.
Ella tardó un rato en contestar. El suficiente para que el ascensor llegara a la planta baja.
dijo al fin . Ven.
Gracias. Llegaré en seguida cortó, luego entró en el ascensor. Treinta segundos más tarde, llegó a su piso y tras avanzar unos pasos se plantó ante su puerta. Llamó, y el alivio de verla, de estar con ella, fue una sensación física. El corazón se tranquilizó, la ansiedad se mitigó. Iba a entrar en su espacio seguro, el único en la tierra donde nada podía herirlo: los brazos de Hermione.
Ella abrió y Harry la besó antes de que pudiera mostrarse sorprendida por lo poco que había tardado en presentarse. La besó adecuadamente. Le acarició la espalda hasta el increíble trasero y la alzó en el aire, dándole la vuelta para poder cerrar la puerta con el pie. En ningún momento dejó de besarla. Sus preocupaciones se desvanecieron y su ánimo se elevó. Era magia.
Al final la soltó. Era tan hermosa cuando lo miraba y parpadeaba de esa manera.
¿Desde dónde has llamado?, ¡te apareciste!
- No, no, llamé desde el vestíbulo.
¿Por qué no me lo has dicho?
No lo sé.
¿Has estado bebiendo?
Sí asintió.
Oh - la castaña enarcó las cejas ¿Un vino especialmente bueno?
Nada de vino, cariño. Alcohol fuerte.
Ahhh.
Comí con Ginny.
Ahhh repitió ella, pero en esa ocasión con tono de comprensión.
¿Entiendes por qué tenía que venir?
Sí se apartó de sus brazos ¿Te preparo un poco de café?
No. Sí. Descafeinado.
¿Por qué no me lo cuentas? sugirió, dirigiéndose hacia la cocina.
Harry se detuvo para acariciar un momento a los gatos, luego la siguió. Le alegraba haberla sorprendido. De ese modo no había dispuesto de tiempo para arreglarse. Lo que Hermione no comprendía era que no había necesidad de que se arreglara para él. Le gustaba sin maquillaje, con su bata vieja y cómoda y con el pelo recogido. Incluso le gustaban sus zapatillas gastadas.
¿Y bien? preguntó mientras sacaba el café Dispara.
Vuelve a las andadas se apoyó en la nevera. En el mundo real, la cocina de la ojimiel era pequeña, pero para Manhattan resultaba bastante grande. Podía contener a dos personas al mismo tiempo . En esta ocasión se trata de un tipo francés llamado Didier.
¿Didier?
Hmm.
¿Cuántos son ya, seis?
A menos que yo me haya equivocado en la cuenta. Se casan el mes próximo, en la casa que tiene ella aquí, luego se van a la de él en Francia.
Debes reconocerle su mérito indicó ella mientras vertía el agua en la cafetera Al menos escoge a hombres ricos.
Podría dar lecciones rió él.
Lo cual no es una mala idea. Sé que en la Universidad de Nueva York enseñan coqueteo, ¿por qué no cómo cazar a un marido rico?
Se lo mencionaré. Sin embargo, cómo casarse parece un trabajo a tiempo completo. No creo que Ginebra lo tenga Hermione sonrió, pero había algo que no encajaba. La sonrisa no llegó a sus ojos. Al observarla supo que le había mentido cuando le dijo que estaba bien Sigues enferma, ¿verdad?
¿Yo? No, en absoluto.
Pero no era la verdad, porque no lo miró.
- Hermione, ¿te has quedado en casa hoy?
Ella meneó la cabeza, ocupándose con las tazas, las cucharas y la sacarina.
El pelinegro alargó la mano y la apoyó en su frente. No había rastro de fiebre. Pero se apartó ante su contacto, como si no quisiera que la...
Oh, maldición.
Sintió un nudo en el estómago y la ansiedad que había dejado antes de entrar regresó en compañía de unos cuantos amigos. De repente lo entendió. No quería que estuviera en su casa. Solo había aceptado verlo porque no le había dejado más alternativa.
Salió de la cocina y se acercó a inspeccionar la biblioteca mientras el pánico amenazaba con dominar todos sus sentidos. Ya no lo deseaba.
No, no era correcto. No quería que siguieran siendo amantes. La amistad permanecía intacta. De eso estaba seguro. Esa parte jamás terminaría.
Pero, ¿no dormir con ella? ¿No sentir su cuerpo cerca, desnudo, cálido y hermoso? ¿No mirarla mientras dormía, tan inocente y vulnerable que el corazón se le encogía hasta que no podía respirar?
Se obligó a mirarla otra vez mientras llevaba las dos tazas humeantes a la mesita. Las dejó con cuidado, luego se sentó y dobló las rodillas bajo su cuerpo en el borde del sofá.
No lo miró.
No lo hizo porque no sabía cómo decirle que el experimento había fallado, que quería que volvieran a la situación de antes.
Ven a sentarte palmeó el cojín a su lado.
Quizá se había equivocado. Los tres Manhattans. Ginebra. Didier. Eso bastaba para confundir la percepción de cualquiera. Se acercó al sofá y Hermione sonrió. Su sonrisa habitual. Hasta abarcar los ojos.
Se sentó y antes de recoger la taza se volvió hacia ella.
No te di mucha elección sobre mi visita expuso, sopesando su reacción Me iré en un minuto.
La castaña titubeó. Harry se quedó quieto. Luego ella meneó la cabeza.
Quédate pidió, y la bienvenida que captó en su voz fue lo mejor que el ojiverde había oído jamás.
Suspiró, tomó la taza y se reclinó a su lado, desterrando sus ideas paranoicas, asombrado de lo que tres copas y una sesión con su ex podían hacer.
Se había preocupado por nada. Podía revelar los secretos de esa familia disfuncional con completa seguridad. Hermione escucharía, y después haría que volviera a sentirse completo.
Apoyó los pies en la mesita y se puso a hablar.
La ojimiel ya había planeado lo que iba a decir. Harry daba por hecho que se encontraba mal, y eso utilizaría como excusa. Pero necesitaba manifestar algo en ese momento, antes de que supusiera que podía pasar la noche allí.
Había sido la velada más difícil de su vida. Él habló durante dos horas, contándole todos los motivos por los que pensaba que Ginebra estaba loca, su familia demente y que él nunca, nunca bajo ninguna circunstancia, caería en la trampa del matrimonio como ellos.
Estaba tan agobiado que no se dio cuenta de lo silenciosa que permanecía ella. Ciertamente, no se había percatado de que le rompía el corazón. Le costó no transmitirle la noticia. Pero hasta que no fuera al médico y recibiera confirmación, no pensaba hacerle eso. Además, necesitaba tiempo para pensar. Las repercusiones fluían como un río; con cada giro, se le ocurría un pensamiento nuevo. ¿Debería criar a un hijo en Manhattan? No quería vivir en otra parte. Pero, ¿y los colegios?¿Y Hogwarths?, pues estaba segura que su hijo sería mago, ¿La comunidad mágica? ¡Rita Sketer!, ¡los Wesley!. No se trataba de un río; eran unos rápidos y la castaña estaba sin remos.
Quería creer que no era justo; que, de algún modo, todo era culpa de él. Pero Harry no era culpable. Había conocido sus sentimientos desde el primer día. Ni siquiera se lo podía culpar por el bebé. Ambos habían sido cuidadosos en el empleo de preservativos, y el ojiverde no tenía nada que ver con que algo hubiera salido mal. También había sabido antes de ver el palito rosa que él asumiría la responsabilidad. Podría contar plenamente con su ayuda económica. No solo eso. Sino que sería un padre para su hijo. Un padre de verdad.
Lo único que no era «justo» era que ella deseaba más. Quería vivir con él, como marido y mujer. Quería que creyera que ella era distinta. Que no solo valía la pena casarse, sino que ello no lo mataría.
Quería pasar el embarazo con él a su lado. Criar a su hijo como una pareja y no desde dos apartamentos diferentes.
Quedaba claro que había causado un daño irreparable a su amistad. Eso ya no bastaba. Ser su amiga ya nunca volvería a bastar.
¿Estás bien?
Hermione bajó la vista. Harry se había tumbado en el sofá, con la cabeza apoyada en su regazo. Ella le había estado pasando los dedos por el pelo de forma distraída, y se dio cuenta de que se había detenido en mitad de una caricia. Él la miraba preocupado.
Ese era el momento. Lo único que tenía que hacer era decir que no estaba bien. Que no se sentía bien. Pero las palabras fueron contenidas por una poderosa y súbita necesidad de ser abrazada. Lo único que consiguió fue menear un poco la cabeza.
Harry se sentó de inmediato, luego se acercó para poder envolverla con sus brazos. Apoyó la cabeza de ella en su pecho. Le acarició el pelo, le frotó la espalda, meciéndola como a una niña.
¿Qué sucede, cariño? preguntó con suavidad.
Hermione no podía hablar. Si lo hacía, él captaría las lágrimas no derramadas. Sacudió la cabeza y rezó para que no dejara de consolarla.
¿Es tu estómago?
Quiso reír. Sí, era su estómago, bueno el útero para ser más exactos, pero no, no por un virus. Lo único que deseaba era revelarle que se trataba de un bebé... de su bebé.
Al no responder, el pelinegro se echó para atrás y con suavidad le alzó la cabeza con un dedo en el mentón.
¿No puedes contármelo? inquirió.
Sus ojos la escrutaron en busca de pistas. Una parte tonta de ella esperó que lo adivinara, que viera la verdad de alguna manera mágica. Pero Harry se adelantó y le dio un beso, con tanta ternura que la ojimiel estuvo a punto de ponerse a llorar.
Él pasó la mano de la espalda a su pecho. La sensación fue tan intensa que le apartó la mente de todo lo demás. Pero Harry la soltó y el mundo regresó a la normalidad. No sabía si era porque estaba desesperada o por su nueva condición, pero si él la tocaba, si seguía tocándola, se pondría bien. No podía soportar la idea de irse sola a la cama.
Maldición, esa noche necesitaba a su mejor amigo. Y si no era capaz de desvelarle su corazón con palabras, podía hacerlo con el cuerpo.
Se levantó, lo tomó de la mano y lo condujo más allá de la cocina, donde apagó la luz, hasta el dormitorio, donde hizo lo mismo. Por lo general no hacían el amor en la oscuridad, pero esa noche no podía dejarlo ver. No era una buena actriz y él la conocía demasiado bien.
Lo único que sabía era que lo necesitaba a su lado, dentro de ella. En ese mismo instante.
Lo ayudó a quitarse la ropa, luego se desprendió de la bata y del camisón, mientras él encontraba un preservativo y rompía el envoltorio. Quiso decirle que no se molestara. Que ya era demasiado tarde para eso, pero guardó silencio. Se metió en la cama Y lo tumbó junto a ella.
¿Qué te sucede? susurró el pelinegro ¿Cuál es la prisa?
Hazme el amor dijo Ahora. En este momento.
Bajó la manó y descubrió que se hallaba preparado, duro, excitado y ansioso, con el fino látex una barrera imposible de discernir para su curioso contacto. Lo recorrió con los dedos y apretó con suavidad, provocando un gemido.
Lo soltó, buscó su mano y lo guió por su vientre. Él se lo acarició, sin saber lo que crecía en su interior, pero explorando como si esa parte de Hermione fuera nueva. Al bajar los dedos, no se detuvo, sino que dejó que jugaran con la delicada mata de vello, tirando, pero sin dolor. Ella cerró los ojos Y se concentró solo en sus movimientos, en la reacción de su cuerpo encendido.
Al descender aún más ya no tuvo necesidad de concentrarse. Lo único que existía era la presión de la piel inflamada, la intimidad de su dedo al penetrar en sus pliegues ardientes. Arqueó la espalda y abrió las piernas en invitación, deseando más, queriendo que estuviese tan cerca como podían estarlo dos personas.
Justo cuando abrió la boca para pedirle que anhelaba, él la sujetó, sosteniendo casi todo el peso de su cuerpo sobre sus fuertes brazos. Ella extendió el brazo y con rapidez pasó la mano por su estómago hasta que encontró su erección y lo guió para que tocara sus labios exteriores con su sexo. Pasó las piernas en torno a su cadera y lo instó a avanzar.
Él se contuvo.
Despacio, atormentándola con su paciencia, la penetró centímetro a centímetro. La castaña se aferró a su espalda con todas sus fuerzas. No pudo soportarlo.
Por favor suplicó.
Por favor, ¿qué?
Por favor, entra en mí.
Estoy dentro la incitó con voz perversa y clara intención. Sabía lo que le costaba esperar cuando se hallaba tan cerca, tan preparada.
¿Qué quieres? preguntó Hermione, lista para ofrecerle la luna si...
A ti manifestó, más con un gruñido que con una palabra. Posesivo, egoísta, exigente A ti entera.
Soy tuya susurró ella, sabiendo que no entendía la profundidad de su entrega. Sufriendo porque era dolorosamente cierto.
Al final Harry no fue capaz de continuar. Entró del todo y la llenó con su carne, completándola.
No fue hasta sentir el rastro de lágrimas en las mejillas cuando Hermione se dio cuenta de que lloraba. Cerró con fuerza los ojos y se obligó a parar, o al menos a esperar. Aún no podía dejar que el ojiverde lo supiera. Esa noche no. Esa noche era suyo y serían amantes perfectos.
El día de mañana llegaría bastante pronto como para desmoronarle su mundo.
Pobre Hermione, no quisiera estar en sus zapatos y Harry, nunca lo adivinaría así se lo escribieran, buena ya falta poco, hay algunos comentarios que están muy acertados, ya sabrán luego quienes son. Nos vemos.
Bye. Cuídense.
