Aquella misma tarde partimos hacia el Arco Iris. Los nervios se sentían a flor de piel en los alrededores, productos de nuestra imaginación, el hecho de que Espectrotreimon no hubiera aparecido resultaba, cuanto menos, sospechoso, por lo que caminábamos ojo avizor, alerta ante cualquier movimiento. No fue raro entonces que nos volviéramos nerviosos cuando Joe tropezó con una rama al fondo de la fila improvisada que habíamos formado.

Me sentía extraño, más bien no sabía cómo debía sentirme. Sabía los sentimientos de Sora hacia mí pero, aún así, seguía sin saber cómo actuar en consecuencia a ellos.

- ¿No le has dicho nada? - me había preguntado Taichi, minutos después de que Sora y yo hubiéramos hecho las paces.

- No – contesté algo tímido -. No he sabido cómo...

- Joder, Matt. Sabes que es complicado que volváis a estar solos, tenías que haber aprovechado la oportunidad...

Lo sabía, claro que lo sabía. Era consciente de que aquel momento en el que los Niños Elegidos habían desaparecido proporcionándonos la oportunidad de estar a solas había resultado la idónea para confesarle mis sentimientos sin miedo, a sabiendas de que ella sentía algo parecido. Pero simplemente había dejado correr el tiempo abrazándola, asegurando que la cuidaría y que no permitiría que nada malo le sucediera.

Estaba retrasando lo inevitable, y lo raro del asunto era que deseaba contárselo. Pero bueno, no podía pretender abrime así a los sentimientos de un día para otro, ¿no?

- Es aquí – informó Koushiro en cuanto nos adentramos en un descampado.

Todos miramos a los lados expectantes, esperando ver una gran entrada, digna de toda la historia que el Arco Iris llevaba detrás. Pero no fue eso lo que encontramos, en su lugar habían dos piedras extrañamente colocadas, a cada esquina de dos árboles. Kou no tardó en acercarse a investigar.

- Interesante...

- ¿Qué pone, Izzy? - preguntó Mimi.

- No tengo ni idea – repuso franco.

- Ah, genial – ironicé yo.

- No os pongáis nerviosos – tranquilizó Koushiro sacando de su mochila su inseparable ordenador portátil -. En un abrir y cerrar de ojos estará.

- De mientras – agregó Takeru – será mejor que cubramos la zona... Por si acaso.

Todos asentimos, nerviosos una vez más. Nos dispersamos formando un círculo alrededor de Kou, vigilando desde tierra y aire, alerta de cualquier movimiento que nos viera obligados a acelerar el proceso de la entrada.

Sin embargo, mi mente no parecía estar dispuesta a colaborar. Todo lo que podía ver, oír y sentir se encontraba a varios metros de mí: Sora. ¿Cómo iba a dejar que se marchara de mi lado al extranjero sin antes hacerle saber cuánto la amaba? Tal vez fuera tarde para que cambiara de opinión y se quedara a mi lado, pero al menos tenía derecho a saber que era un imbécil con creces, que la echaría de menos cada segundo, que la amaba más de lo que jamás me atreví a imaginar que haría.

- ¡Lo tengo! - exclamó Koushiro, sobresaltándonos a todos.

- ¿Y no podrías vitorearlo algo más bajo? - lo regañó Joe - ¡Por poco me matas del susto!

- Debemos juntar los emblemas e introducirlos en estos huecos de las piedras – explicó Kou, haciendo caso omiso al comentario del mayor del grupo.

- ¿Recuperaremos los emblemas? - inquirió Hikari mientras los colocábamos.

- Sí, sólo debemos esperar a que la puerta se abra, luego los cogeremos, nos agarraremos fuerte de la mano y nos introduciremos en el Arco Iris, y...

- ¿Y? - preguntó Sora a mi lado, inquieta.

- Y a ver qué pasa.

- ¡Qué tranquilizador! - ironicé en voz baja.

Fue colocar el último emblema y comenzar a retroceder impresionados ante la visión que nos ofrecían las dos piedras. Entre ellas se había abierto una especie de puerta interdimensional formada por los colores del Arco Iris. Algunos exclamaron sorprendidos, otros pegaron un pequeño respingo, y otros (como yo) permanecímos estáticos observando la hermosura de la escena.

- Recordad que hay que desear con sinceridad llegar al otro lado – recordó Taichi, arrancando su emblema de la pared de piedra.

Los demás no tardamos en seguir sus pasos para más tarde colocarnos en una fila, frente a la puerta que se extendía ante nosotros. Nos sujetamos de las manos inconscientemente, y yo temblé al sentir los dedos de Sora entrelazados a los míos, acariciándome tímidamente con el pulgar. Sonreí e imité su gesto.

Por un momento, nadie dijo nada, permanecimos en silencio concentrándonos en el otro lado del Arco Iris, concentrándonos en la fuente de poder. E, inconscientemente, todos avanzamos al mismo tiempo, paso a paso, acercándonos a la puerta, hasta que, simplemente, desaparecimos.

Jamás había tenido la suerte de presenciar un tornado, ni un ciclón, pero supongo que la sensación que tuve fue exactamente la misma que si hubiera sido tragado por uno. La puerta nos abducía, nos tragaba y nos movía a su libre albedrío, separándonos para más tarde volvernos a juntar. Recuerdo que no pude evitar que la mano de Takeru se separara de la mía, mientras gritaba su nombre y observaba cómo él se alejaba, pero mi mano permaneció fuertemente atada a la de Sora, negándome a dejarla marchar a pesar de la presión, agarrándola tan fuerte que llegué a pensar que nuestros dedos no saldrían vivos de aquella travesía.

Cuando me di cuenta, estaba tirado en el suelo, boca arriba, agotado, con un golpe importante en la cabeza y el sol pegándome en la cara de forma constante. Miré alrededor preocupado y descubrí a Gabumon a pocos metros de mí, levantándose también. Pronto escuché un grito proveniente del cielo, y alcé la mirada para ver a Sora cayendo hacia mí.

Aún no consigo comprender cómo logré abrir los brazos a tiempo y parar su caída, para terminar ambos en el suelo, ella sobre mí, con su cuerpo pegado al mío, estremeciéndome al contacto, hiriéndome la espalda pero sin querer apartarme jamás de ella.

Permanecimos así, uno sobre el otro, nuestros cuerpos en contacto, el rostro a escasos centímetros, respirando agitados, aunque no sabría decir si por aquel peculiar viaje o por nuestro acercamiento. Fue Sora la que, sonrojada, se apartó de mí y me ofreció su mano para que pudiera levantarme. Con gusto la agarré y me coloqué a su lado, masajeándome la dolorida cabeza.

- Lo siento, Matt – se disculpó -. No sé desde dónde he caído – añadió mirando al cielo con los ojos entrecerrados por el sol.

-Tranquila, yo no sé ni si he caído.

Sora sonrió, y su sonrisa me llenó de pies a cabeza. Fue entonces, cuando nos quedamos prendidos uno de la mirada del otro, que advertí que estábamos solos, otra vez.

- ¿Dónde se supone que estamos? - inquirió Sora.

- No lo sé – repuse mirando alrededor, observando el paisaje desolado, una especie de descampado pero sin llegar a visualizar el inicio de las montañas -. ¿Seguiremos en el Mundo Digital?

- Creo que sí. ¿Qué tal si encontramos un lugar donde pasar la noche, Matt?

- Perfecto.

Y así nos pusimos en marcha, caminando sin ninguna dirección fija, muy cerca el uno del otro, rozándonos constantemente con nuestros pasos.

- Biyomon, ¿tienes fuerza suficiente para digievolucionar? - le preguntó Sora cuando llevábamos caminando varias horas.

- Podría hacer un intento.

Sora me miró y yo asentí. Llevábamos todo el día caminando sin descanso, sin estar seguros de si encontraríamos algún lugar cubierto dónde descansar, ver el paisaje desde las alturas nos ayudaría a saber al menos qué dirección tomar. Biyomon digievolucionó no sin esfuerzo y rápidamente nos subimos a sus patas, Sora tomó la postura de siempre, tal y como yo la recordaba hacía dos años, subida a Birthdramon, agarrada a sus patas, con el aire ondeando su cabello.

Yo me situé a su lado torpemente, torpemente si comparamos la elegancia con la que Sora permanecía sujeta a su digimon. Aunque no puedo decir que me sintiera ridículo, porque me ayudó a colocarme en la postura correcta, y me mantuvo todo el viaje sujeta a ella, agarrándome de la mano mientras yo me cernía a su cintura como si fuera lo único real en aquel mundo incierto.

- ¿Ves eso de allí? - preguntó señalando con la mano libre un lejano lago que formado por la trifurcación de tres ríos.

- Sí, es algo extraño. ¿No se supone que los ríos llevan el agua al mar?

- Se supone. Parece como si los esos tres ríos desembocaran en el lago. ¿Nos acercamos?

- Claro.

Pero Birthdramon poco tardó en sucumbir al cansancio. Nos sorprendimos de lo lejos que nos encontrábamos aún del lago, como si éste se alejara cuanto más nos acercábamos, de modo que tuvimos que recurrir a Garurumon. Valió la pena el esfuerzo, el cansancio y agotamiento de éste sólo por sentir las manos de Sora asiéndose fuerte a mi cintura, sujetándose para no caerse de los lomos de mi digimon. Garurumon tampoco tardó demasiado en desfallecer, aunque, por suerte, nos encontrábamos a pocos metros del maldito lago.

- Es hermoso – comentó Sora mientras más nos acercábamos -. La vegetación crece a medida que nos acercamos, mira esos árboles – señaló a un par de sauces llorones que crecían justo al pie del lago -, ¡son enormes!

-Sí, es precioso – coincidí, aunque no era precisamente a la naturaleza a lo que me refería.

- ¿Te parece un buen lugar para acampar, Matt? - preguntó colocándose bajo el sauce.

- Sí, estaremos cubiertos de los posibles cambios meteorológicos.

- No tiene mucha pinta de que vaya a llover...

- A penas se ve el cielo.

Ambos miramos hacia arriba y descubrimos que la niebla cubría la parte superior del cielo, justo por encima de donde habíamos volado con Birthdramon. Aquel paisaje era asimétrico respecto a todos los lugares que habíamos visitado con anterioridad en el Mundo Digimon, pero tenía que serlo, de lo contrario, ¿dónde nos encontrábamos?

Dejamos descansando a Gabumon y Biyomon y comenzamos a deshacer el equipaje, montando un improvisado campamento. Yo simplemente no podía quitar los ojos de Sora mientras recogía la escasa leña del lugar. Se veía tan hermosa con esa melena rojiza, esos ojos grandes y cansados del color del fuego, ese cuerpo esbelto cubierto únicamente por una camiseta de tirantes y unos vaqueros... Tan natural, tan elegante, tan Sora. Y tan modesta...

- ¿Qué ocurre, Matt? - inquirió volviendo la vista atrás, tratando de descubrir a dónde dirigía mi mirada.

- Nada, sólo estaba mirándote.

Se sonrojó, jamás olvidaré el modo en el que la sangre se instaló en sus mejillas inmediatamente, dándole un aire inocente, tierno, infantil, natural.

- ¿Tengo algo en la ropa? - preguntó modesta esperando descubrir alguna mancha, algo que llamara mi atención lo suficiente como par quedarme embobado mirándola, sin saber que era ella misma la que producía aquel efecto en mí.

- No.

- ¿Entonces?

Me acerqué a ella inconscientemente, dejándola frente a mí, a escasos centímetros, podía admirar su belleza en plenitud desde allí, tan cerca... Aunque tan lejos al mismo tiempo.

- Sora.

- ¿Sí? - murmuró ella, embriagándome con su aliento, expectante de mis palabras, esperando que le contara lo que yo ansiaba decirle.

Pero de mi boca únicamente salió un suspiro, y tras ello, una leve negación con la cabeza. ¡Maldita sea! ¡Era incapaz de decírselo!

- Eh... Tenías algo aquí – y, estúpido de mí, aparté un pequeño cacho de madera de su camiseta para seguidamente darme la vuelta y continuar encendiendo el fuego.

La cena transcurrió en silencio. Hubiera dado medio riñón en aquel momento por recuperar a Sora, porque aunque estuviera a mi lado, sentía que la había perdido. ¿Dónde había quedado aquella complicidad de hacía dos años? ¿Dónde estaba la confianza que teníamos? ¿Dónde estaban las palabras?

- ¿Crees que Tai y los demás estarán bien? - rompió el silencio mientras recogía los utensilios de la cena.

- Sí, Tai y los demás son fuertes – me propiné una bofetada mental tan fuerte que de haberse tratado algo físico me hubiera quedado la marca, ¿es que no tenía nada más inteligente que decir?

- Me voy a España en un mes – soltó de pronto, ruborizándose -. Mi padre está ya allí, quiere que pase el verano con él para que me vaya acostumbrando a la vida en otro país, para que para cuando empiece la universidad haber hecho algún amigo, o haber conocido más el sitio...

- ¿Quieres ir? - pregunté, serio de pronto.

- No lo sé – me estremecí cuando se mordió el labio inferior -. Me da pena dejar todo esto, mis amigos, mi madre, Odaiba, mi vida... Pero a veces me da la sensación de que necesito un cambio, despejarme, cambiar de aires.

- ¿Por qué?

Sus ojos fogosos colisionaron con el hielo de los míos y provocaron vapor. Pude ver en su rostro la vacilación, cómo se debatía interiormente, cómo quería contarme lo que (sin que ella supiera) me había contado días atrás, y cómo se negaba a sí misma, creyendo que yo no la correspondía, que no le suplicaría que se quedara conmigo. Y me dieron ganas de estampar mi estúpida cabeza contra el árbol, por no tener el valor de decirle que moriría con tal de que se quedara a mi lado.

- Hace mucho que espero algo... Algo que no llega – disimuló su versión.

Y yo quería insistir, porque estaba convencido de que si ella se confesaba, yo no tendría tanto reparo en hacer lo mío propio.

- ¿El qué?

Sora volvió a vacilar, apartó la mirada de mis ojos y continuó recogiendo ajena a que mi mirada pedía a gritos que lo dijera, que me diera pie a contarle mis propias confesiones.

- Nada. Siempre fueron cosas mías, supongo.

- ¿A qué te refieres?

- Supongo que esperaba algo que jamás se dio, que jamás se dará – y su mirada perdida me entristeció, me enojé conmigo mismo, por saber que la estaba haciendo sufrir en vano y aun así no me atrevía a abrirme sentimentalmente con ella -. ¿No te ha pasado nunca? Que ansíes algo con todas tus fuerzas pero no te atreves a dar el paso por temor... Que permanezcas callado, sin confesarlo, esperando que sea la otra persona quien lo haga... Pero esa confesión nunca llega, y comienzas a plantearte que has estado esperando para nada...

Sora miró mi cara de perplejidad por su exacta definición y sonrió, inocente.

- ¡Qué tonta soy! ¿Cómo vas a haber sentido tú algo así? Estoy hablando con Yamato Ishida, el bajista y vocalista de los Lobos Adolescentes. Seguro que jamás te has visto en esas circunstancias...

-Lo cierto es que sí – la interrumpí mirándola con intensidad.

Pero la cosa quedó allí, suspendida en el aire, sin nada más que decir.


Notas de la autora: Sé que llevo demasiado tiempo sin actualizar este fic, y creo que ya iba siendo hora de hacerlo. Como ya he dicho en otras historias, la falta de inspiración, los constantes trabajos de mi carrera, el poco éxito del anterior capítulo y otros factores externos han provocado una especie de parón, pero poco a poco vuelvo a la carga, poco a poco, sin precipitarme para conseguir un buen capítulo.

En principio iba a cortar el capítulo más adelante, ya que ahora que he retomado la historia, me veo inspirada para continuarla, pero he decidido cortarlo aquí, porque lo veía bastante largo ya, con todos los sentimientos y pensamientos de Matt por medio, ya que como contenido, no es que tenga demasiado, la verdad. El siguiente capítulo será el punto de inflexión de la historia, así que podéis imaginaros qué pasará ;)

Espero que os haya gustado, y que me dejéis vuestra opinión. Un beso!