Girando entre los dedos la tiza luchó contra la frustración y se esforzó en concentrarse. Llevaba varios días intentando capturar las formas de ese ejemplar de orquídea común, y cada vez sus manos fracasaban, ateridas más debido a razones emocionales que físicas.

Gentilmente hizo resbalar la tiza sobre el papel, tratando de corregir un par de líneas mal trazadas y el movimiento, sencillo y desprovisto de todo significado, realizado más por inercia que por verdadero deseo de continuar trabajando, lo sumergió en una inesperada introspección.

Gris, como las sombras esbozadas sobre la hoja, una tenue bruma mental lo envolvió, transportándolo a aquellos rincones de su memoria que todavía le faltaba explorar. En ocasiones le ocurría eso. Era una sensación extraña, pero en ninguna manera angustiante. El preludio a una avalancha de recuerdos que volvían en tropel, retomando los lugares que antaño ocupaban y devolviéndole una parte de sí que creía perdida para siempre.

Gratificado por el inesperado y generoso momento, sonrió, deleitándose en cada fragmento de vida que iba apareciendo en su mente, cobrando la dimensión justa y ordenándose conforme lo dictaban sus emociones. Caprichosos, los sonidos del ayer se combinaban, cuales notas en una gran sinfonía, ofreciéndole a su alma una música vibrante de la que sólo él conocía los matices exactos.

Gozándose en la sorpresiva vivencia, se permitió unos minutos para dar la bienvenida al pasado que llegaba, Se sentía como cuando escalaba hacia la parte más alta de la cascada y escuchaba el fragor del agua que caía, al tiempo que lo envolvían el fresco rocío y la neblina. Una especie de conquista, de logro; sencillo, simple, pero de igual forma satisfactorio.