N.A: Han pasado dos semanas y aquí os dejo otro cap que ha quedado extremadamente largo. Para quien quiera seguir esta historia si le das al boton que pone "Follow/Fav" con un corazón os mandará una notificación al e-mail con cada actualización.

Por cierto, tengo escrito un One-Shot sobre Harry e Ian que si quereis lo subo. No estoy muy segura.

Todo lo que escribo no es fácil hacerlo, pero lo hago lo mejor que puedo para que os guste. Muchas gracias por leerme. Que estés ahí ya es un honor.

Capítulo 5: Siete sombras, cinco magos y un callejón

Tenía una herida abierta en la rodilla. Las manos magulladas le escocían tras la caída. Y siguió corriendo.

La velocidad frenética de su carrera le pegaba el pelo a la cara cada vez que miraba hacia atrás. Los músculos le gritaban exigiendo descanso, junto a sus pulmones que la amenazaban con explotar.

Y siguió corriendo.

Al eco de las calles, las zancadas sonaban cada vez más fuertes tras de sí. Se acercaban. Le ganaban terreno. La atraparían. Y lo que le harían después, ... ya se lo podía imaginar.

Con su agudo gemido ahogado instó a sus gruesas piernas a moverse más rápido. Las lágrimas le empañaban la visión, quedando atrás, regando los adoquines por los que resonaban sus zancadas. Se agarró el costado cuando sintió el agudo latigazo del flato. Y siguió corriendo mientras con la cara contorsionada por el dolor maldecía su hermana mayor.

Estaba cansada de Kate. Tenía diecinueve años, pero su actitud a veces era de una niña de doce: eludiendo sus responsabilidades. Quizás saltarse las normas era su modo escapar de la sobreprotección de su padre, la unica manera de respirar libertad; pero siempre se olvidaba que el precio desu diversión, a veces lo pagaba ella.

Al contrario que su hermana, Keira había aprendido a obedecer a su padre ignorando sus propios deseos. Por esa razón, por un lado, admiraba a Kathe, la socorría, e incluso a veces la ayudaba a desobedecer; pero, por otro, deseaba con todas sus fuerzas que cambiara de actitud. Comprendía a su hermana, la quería, de hecho, le fascinaba su osadía aunque también estuviera cansada de ella.

Y por ayudarla, por cubrirla, ahora huía de siete hombres corriendo frenética y asustada por las calles de Londres.

Agarrando su colgante exigió aún mas velocidad a su maltrecho cuerpo. Acababa de llegar a la ciudad, no sabía por dónde corría, no sabía dónde estaba. Según el mapa "The Fabric" quedaba por algún lado de todo aquel mar de callejuelas oscuras.

El los sonidos propios de la noche eran ignorados por la joven solitaria, temblorosa y perdida que agarraba la cadena su cadena con tanta fuerza que se rompió, cayéndose a la entrada del pestilente callejón sin salida donde la encerraron. La habían rodeado.

La chica sentía el espasmódico temblor de unas piernas que ya no la sujetaban. La palmas heridas ardieron cuando se sirvió de ellas para aplacar su caída. Ya no podía ver los condones usados y las colillas consumidas que decoraban la grava borrosos por las lágrimas que mojaban los cristales de sus gafas. El sonido de la música amortiguada le sacudió el alma Estaba tan cerca y a la vez tan lejos de su hermana...y se encontraba sola. Rabiosa, algunas uñas se le partieron cuando arañó la grava. Nadie le haría daño. No lo permitiría mientras le quedara fuerzas.

Los miró con los ojos lagrimeando de desesperación. Mejor mirar el rostro de aquel a quien le plantarías cara. Los siete hombres eran como sombras borrosas para su vista empañada. El crujir de los cristales bajo siete pares de zapatos la pusieron en alerta mientras Keira, temblorosa, se ayudaba del muro para levantarse del suelo.

La sonrisa amarilla del imponente monstruo que se relamía quedó a un segundo plano, solapada por el brillo de su colgante a la entrada del callejón. No podía irse sin él.

Con los labios de Kate como centro, el mago sintió ul hormigueo placentero recorriéndole cada fibra. La joven aferrada a su camiseta, se dejaba acariciar por el suave tacto de su mano, mirándolo a los ojos, a la vez que él le colocaba el pelo tras la oreja. Verde y dorado se deleitaban, contectados entre sí; mientras ambos los jóvenes paseaban su nariz por la del otro recreándose en ese momento mágico, previo al beso.

— "Potter" ― El Elegido ignoró la llamada mental de Ian.

Katherine se mordía levemente el labio humedeciéndose la boca ante el joven que con su caricia la hacía estremecer y el mago leyó como su boca se abría articulando una sola palabra: "Bésame"

―" Vuelve" ― Entonces la realidad le sobrevino como un golpe.

La molestia en los oídos por la música estridente, los golpes de la gente apretujándolos, el agobio del calor, los destellos de luces molestándole en los ojos... Harry suspiró. El momento se había roto.

—Tengo que irme —susurró acariciándole la mejilla. La joven no se enfadó, ni pidió explicaciones, solo asintió con su frente unida a la suya.

—Yo también. Mis amigas me esperan. — Ella lo liberó de su suave agarre separándose de él unos pequeños centímetros que para el mago fueron un abismo — ¡¿Te veré aquí otro día?!

—¡No lo sé! ¡Mi vida es...!

—¡Ya,... claro! ¡No pasa nada! — Ella extendió la mano y él la aceptó. Sirviéndose de la que quizás fuera su última oportunidad, aprovechó el apretón de manos para acariciar su piel con el pulgar, esperando transmitirle mediante el tacto lo mucho que lo sentía. ― ¡Cuídate Harry!― antes de que se diera cuenta, de que pudiera hacer algo por evitarlo, Katherine se soltó perdiéndose entre el gentío.

El Elegido quedó solo, parado entre el conglomerado de cuerpos que, moviéndose bajo las luces de colores, eran ajenos a su desdicha.

Abriendose paso entre la gente, volvió a la barra. Ian le había ordenado volver, pero no dijo cuándo y seguro que era plenamente consciente de que lo estaba interrumpiendo. Pidió otro vodka. Lo mínimo que se merecía era que lo hicieran esperar. Bebiendo de espaldas a la barra, Katherine aún lo acompañaba como el fantasma de su recuerdo. Por Merlín, era tan perfecta. Nunca se había sentido tan abierto, tan relajado, ella era ... ¿Se habría enfadado?

—¿Eres gay? — Una voz suave y cantarina casi le hace escupir la bebida.

Los antebrazos apoyados de espalda a la barra le proporcionaban cierta chulería al joven que esperaba una respuesta. Sus ojos espliego, grandes y casi inocentes como los de un niño quedaban a su altura, contraponiéndose totalmente con su sonrisa ladeada y la ceja alzada con picardía. Harry lo supo al instante. Era un ligón de discoteca.

—No. —Miró al gentío ignorándolo mientras sorbía del vaso. A cada segundo, su aflicción se convertía en un tsunami de frustración. Las preguntas estúpidas eran lo último que necesitaba

— ¿Has hecho algún voto de castidad o algo de eso?

—No lo he hecho. — Harry apretó los labios destilando odio. De repente, la copa estalló en su mano. No se había dado cuenta de que la apretaba hasta que esta se deshizo entre sus dedos.

Por Merlín, este chico estaba buscando problemas y, como siguiera así, ... los encontraría. A su lado el ligón se remangó la camisa blanca hasta los codos y los cristales rotos apenas traspasaron sus botas de cuero cuando pasó por encima de ellos colocándose frente a Harry.

— Con la cantidad de tías buenas que se te han lanzado...― Exasperado se pasó la mano por la cabeza apartando de su rostro algunos mechones ondulados. El rubio dorado de su melena corta conjuntado con su ligero bronceado le recordaba a un surfista californiano. ―¿Y la última? Como se movía... ufffff... solo recordarlo...

Mientras retiraba algunos cristales de su palma el mago decidió no seguir escuchándolo. Había tocado el tema de Katherine y bastante molesto estaba ya por la interrupción de Ian. Su entrecejo fruncido y el temblor de su mano ensangrentada parecería un gesto vago para la cantidad de vidrios que se estaba sacando de la palma. Nadie sabía que no le dolía.

Las cejas juntas y los dientes apretados eran el único gesto de frustración que podía revelar para no dar el espectáculo. Bastante lo había hecho ya con el Porsche, Cyra, y el vaso roto.

El joven preguntón dirigió su atención a dos preciosas chicas que pasaron por su lado y el Elegido aprovechó el momento para pedir su ropa a la camarera y subir las escaleras que lo llevaban a la zona VIP. Se libraba de un estúpido y ahora debía reunirse con un imbécil.

Sentado en el sofá, Ian miraba a una bailarina con el vaso de whisky Macallan en su mano. Harry se sentó a su lado y pidió dos chupitos de Cointreau. El ambiente más relajado quizás era lo que necesitaba.

—Veo que te lo pasabas bien, mi querido aprendiz.

—Sí que lo hacía― contestó con un gruñido. Alzó uno de los chupitos que trajo Michelle y le dio el otro a su tutor. — Por el buen momento que me has interrumpido —anunció molesto alzando el vaso. El joven lo imitó.

—Por el buen momento que te he interrumpido — Sin mirarse apuraron el licor observando a la bailarina del escenario.

— ¿Dónde está J.C.?

— Enseñándole a un imbécil quien es el que vende la mercancía en su local — Unas risotadas se escucharon de uno de los reservados cercanos

— ¿Qué quieres decir exactamente con mercancía?

—Bueno, J.C. tiene otros negocios a parte de la discoteca, y ninguno de ellos es muy legal que digamos. —Harry le dio otro trago a la copa mirando a la mujer que se contoneaba en la barra vertical.

Ahora entendía la fascinación de su instrucrtor por las cosas caras. Llamar la atención era la típica conducta de mafioso. Mostrar su poder luciendo su riqueza ante los demás.

Ya no sabía que pensar. Desde el principio sabía que Ian era de esas personas que rayaban la ilegalidad, pero no sabía hasta que punto. Ahora por su amistad con J.C. podía hacerse una idea: tráfico de estupefacientes, proxeneta, dirección de bandas organizadas, ... Por un instante le preocupó la clase de persona que tenía por tutor, pero luego lo pensó mejor. Él solo quería libertad; y esta solo era alcanzable mediante la venganza. Prepararse para ella era esencial. Le daba igual si Ian era proxoneta, traficante, ladrón, asesino o butanero mientras le enseñara lo necesario para conseguir su objetivo.

—Buena conclusión Potter, pero te has ido demasiado lejos. Que J.C. se dedique a ese tipo de ... — hizo una pausa buscando una palabra que no le provocara demasiado asco — negocios; no quiere decir que yo también lo haga —el sonido de cristal contra cristal indicó que ya había terminado su vaso.

Harry asintió. Ya estaba acostumbrado a que su maestro supiera lo que pensaba en cada momento. Aunque mantuviera sus defensas de Oclumancia al máximo todavía le veía la mente como un libro abierto.

Ambos miraban a la stripper en silencio. Entre alumno y maestro no había nada más que decir. Los vítores de algunos de los clientes, tanto jóvenes como mayores, apostados alrededor del pequeño escenario les llegaban claros a pesar de la música y la distancia.

— ¿Te pone Potter?

— ¿Cómo?

—No vuelvas a ser tan estúpido como cuando te encontré. Te estoy preguntando si te gusta la bailarina.

Algunos borrachos sacaban dinero de las billeteras de cuero y se lo lanzaban a la joven mientras reían o la miraban hipnotizados. Harry se preguntó cómo debía sentirse la preciosa mujer que bailaba responfiendo todos aquellos piropos de mal gusto con una sonrisa fingida. Angustiado giró la vista a la derecha donde algunos hombres de "aspecto respetable" salían del cuarto de baño con sus costosos trajes llenos de vómito y tambaleándose cada pocos pasos.

—Potter, ¿Sabes lo de las abejitas y las flores?

—Ian, ¿Por qué nosotros no estamos vomitando mareados después de tantas copas? Hoy es la primera vez que bebo, he perdido la cuenta de los vodkas y los chupitos, y no me encuentro mal. Todo lo contrario.

—Bueno, ... nuestro cuerpo es más fuerte que el de los muggles y los magos comunes. Nuestra sangre al ser tan poderosa mata automáticamente aquello que pueda afectarnos de forma negativa. Por eso no sentimos mareos, ganas de vomitar o problemas de vocalización. Pero sí, el calor agradable del alcohol y la desenvoltura producto de la borrachera. Por cierto ¿Tu sabes lo de la las abejitas y las flores?

— No irás a darme una clase de educación sexual ahora― vaticinó mirándolo de soslayo.

— Después de que casi no dieras la talla con aquella chica, creo que la necesitas.

—¿Qué has dicho? — mientras Harry chirriaba los dientes, a lo lejosla llama de un cipo quemó las cejas de uno de los borrachos que se encendía un puro y una botella de la barra estalló empapando al barman. La gente soltó un gritito, conmocionada por el sonido de la explosión.

— Que NO. DAS. LA. TALLA.— Ian rió y de un chasquido de dedos pidió otro Macallan— Y no la darás cuando te toque polinizar abejita. Eres un inexperto — sus carcajadas aún le taladraban los oídos cuando el alumno se levantó.

Los jóvenes que charlaban en la calle se asustaron cuando la puerta V.I.P de la discoteca se abrió de un golpe y Harry salió por ella envuelto en un vendaval de furia. El imbécil de su maestro cada vez se las ingeniaba mejor para enfadarlo, seguro que lo hacía a propósito.

En una tormenta de rabia ardiente y frustración no supo que hacer excepto plantar su culo en la acera. Katherine, las chicas, el cabrón de Ian, J.C, Mark, Cyra, el imbécil de la barra,... Por Merlín, cuanta mierda en una sola noche.

Un chico bajito se sentó tambaleándose sobre el bordillo y le ofreció un cigarro intentando vocalizar. Ese Lucky Stricke tendido hacia él le recordó a cuando tío Vernon fumaba a escondidas en el garaje. Harry lo veía desde la alacena salir impregnando el pasillo con un olor rancio pero de mejor humor dentro de sus posibilidades. Decidido, se cogió un par. Dos cigarros no lo harían adicto al tabaco. El chico borracho cayó hacia atrás mientras el mago intentaba prender el cigarro con el mechero que había dentro del paquete.

La primera calada de rasgó la garganta provocándole una tos y una picazón inaguantable. De hecho, dejaba la boca pastosa y seca. Pasó lo mismo con la segunda. Y con la tercera. No comprendía lo que tenía ese fino tubo relleno de planta seca. Quizás fuera por el gesto fácil y constante de la mano a la boca, el hipnótico placer de ver el tubo de papel blanco consumiéndose, la obligación de inspirar y espirar con tranquilidad o la sensación del humo cargado de elementos químicos nocivos impregnando sus pulmones.

Acompañado por los ronquidos de ese chico ebrio Harry fumaba mirando los coches pasar, a los chicos borrachos que salíendo de la discoteca, a chicos y chicas vomitando por las esquinas y al imbécil de la barra flirteando con tres hermosas jóvenes a la vez. No había nada interesante. Nada que le importara en la puerta de "The Fabric" así que comenzó a deambular.

Aun le quedaban dos caladas cuando unas risas lejanas llegaron a sus oídos. A pesar del olor del cigarro lo primero que percibió fue ese hedor tóxico y amargo propio de los desechos putrefractos que se hacinaban en mohosos contenedores. Los vidrios rotos lanzaban destellos a la luz de la luna que dejaba ver los grafitis de las paredes la piedra tosca que envolvía a ocho siluetas ocultas en el callejón.

El grupo de hombres parecían moles gigantescas arropadas por la oscuridad. Cinco de ellos reían dándose golpecitos de complicidad mientras otros dos forcejeaban contra una chica. La joven se defendía con uñas y dientes de los tirones y agarres que intentaban inmovilizarla.

Apuró el cigarro mientras observaba. Necesitaba algo que lo relajarse y al parecer su deseo había sido concedido. Una pelea podía ser más sana que el tabaco.

Terminado el cigarro, tiró la colilla disfrutando de cómo la chusta dibujaba su trayectoria marcando una estela anaranjada en la oscuridad hasta chocar contra uno de ellos. Cinco tipos enormes como montañas se giraron en su dirección. Una vez captada su atención, Harry salió del arropo de las sombras.

―Mocoso lárgate. Estamos ocupados.― La voz ronca y amenazante provocó su sonrisa.

El Elegido no les dejó respirar. Sin pronunciar una palabra se lanzó a la pelea derribando a todos aquellos que le salieran al paso. Tres de ellos gritaron al caer sobre vidrios rotos. Los cuatro restantes se levantaron como un resorte para atacarle de nuevo.

Harry jamás negaría que disfrutaba, con cada golpe su odio se liberaba un poco más. Arropado por las sombras, en dos segundos esquivó el puño de uno de ellos y sonrió cuando el torso de este se curvó al incrustarle su rodilla en el estómago. Olió la sangre que salió disparada de la boca después de asestarle una patada en la cabeza al uno que se le acercaba por detrás. Sintió dos costillas partirse bajo su codo al golpearle con él al que le agarró por la espalda y escuchó el crujido del hombro cuando le dislocó el brazo al último que se le acercaba con una navaja. Cuatro hombres caídos y ahora, por el reflejo de la luna en sus siluetas veía como tres se levantaban entre gruñidos de ira contenida.

Chorreaban sangre de las manos, espalda y la parte posterior de la cabeza, pero no parecía afectarles que los cristales del suelo aun estuvieran incrustados en su piel. Los tres atacaron simultáneamente como toros desbocados.

En la penumbra solo se oía como Harry, esquivaba y paraba puñetazos, patadas y agarres por los tres frentes; hasta que se burrió. Tomando impulso dio un salto, hizo un giro en el aire y cayó a la espalda de aquellas tres bestias que no tuvieron oportunidad. Propinó una buena patada en la espalda del acosador del centro y este salió despedido tres metros hacia adelante, barriendo con su cara los cristales y colillas del callejón. Colocó el pie izquierdo más atrás, apoyando su peso en él y con la pierna derecha le colocó a otro dos bonitas patadas en ambos lados de la cara. Pero al tercero le tenía algo reservado, ese era uno de los que forcejeaba con la chica.

Con los ojos desorbitados el matón solo pudo distinguir la mirada verde brillante de suficiencia, por eso no pudo prepararse para el puño que le impactó en la mandíbula. Desencajándosela, partiéndosela y obligando a sus dientes a volar.

Harry miró a su alrededor preparado para recibir otro ataque. A cuatro ya debería de haberle dado tiempo a levantarse. Entonces por primera vez en aquel callejón algo le sorprendió. Unas carcajadas cercanas a la salida del callejón provenían de un segundo personaje que se reía mientras paraba puñetazos, agarres y patadas de tres mastodontes. No hubo tiempo de distinguir nada más, el filo de una navaja destelló directa a su costado. Harry paró el ataque retorciendo la muñeca de su agresor.

Las cosas estaban más serias. Los matones se habían dado cuenta de que con el cuerpo a cuerpo no iban a conseguir nada, así que sacaron sus navajas. Harry luchaba contra cuatro y podía escuchar como el otro sujeto se divertía con los otros tres. Mariposas, automáticas e incluso algún machete eran esquivados con habilidad mientras el Elegido sonreía. Esa sí era verdadera diversión, jugando en desventaja era como ocurrían las buenas peleas. Aunque tenía la daga dentro de la bota no pensaba sacarla. Así disfrutaría el combate todavía más.

Por encima de los jadeos de dolor, el impacto de hueso contra hueso y el filo plateado de las navajas reluciendo en la negrura del callejón las risotadas de su acompañante destacaban entre la noche. Entonces el mago comprendió que ese no era Ian. Con él la pelea hubiera terminado antes de empezar. Además su acompañante parecía algo más bajo y su estilo mucho más diferente. Más arriesgado, incluso imprudente.

― ¿Eso es una navaja?― ese grito jocoso llamó la atención del Elegido que, entre golpe y giro, pudo discernir como el desconocido sacaba una especie de pequeño cilindro alargado y dibujaba florituras con este. Barrió el suelo con la pierna haciéndo caer a los oponentes. Maldita sea,ese tio llevaba una jodida varita.―¡Esto es una buena navaja!― Incorporándose de un salto vió como una reluciente espada plateada de mango blanco aparecía en la mano de su ayudante.

Sus cejas se alzaron de sorpresa mientras paraba un puñetazo con el antebrazo sin siquiera prestar atención a sus atacantes. El muy imbécil había sacado una espada de la nada delante de unos supuestos nueve muggles. Por lo visto todo lo que tenía de buen luchador lo perdía en inteligencia.

A Harry las prioridades cambiaron en una décima de segundo. Ya no le importaba la diversión, ni si quiera su enfado. Tenía que solucionar este giro de los acontecimientos cuanto antes, no podía posponer más el final. Con unos ataques bien colocados y cuatro movimientos aburridos su pelea acabó.

Antes de aclarar temas de magos evaluó a la chica que los observaba al final de la callejuela. Abrazada a sí misma con los ojos fijos en la pelea la joven se apoyaba en la pared intentando mantenerse en pie. Vio su camiseta estirajada, la herida de la rodilla y el pelo enmarañado pero no parecía tener nada grave y no parecía peligrosa. Entonces se dirigió hacia la silueta del mago de la espada. Este alardeaba de sus tres enemigos derrotados con el pie sobre su montículo de cuerpos en una pose triunfal de victoria.

Y allí, en un pestilente callejón plagado de gigantescos hombres inconscientes Keira observó entre pensamientos inconexos y un maremoto de sensaciones, como dos sombras se miraban la una a la otra en la entrada del callejón, evaluándose a dos metros de su colgante. Sus voces le pusieron la piel de gallina cuando le llegaron amortiguadas e indescifrables ¿Ahora qué?

―Bueno, querido amigo de batallas. Me temo que llega la parte más molesta de esta situación―la silueta del chico profirió un suspiro de desilusión rascandos la cabezamientras sacaba la varita― Tendré que borrarte la memoria y no te acordarás de nada de lo que has visto. Una lástima, ha sido una bonita pelea― se lamentó entre risitas

―Ahórrate el Obliviate ¿Quieres?― contestó Harry apuntándole con la suya.

―¡Vaya! ¡Eso facilita muchas las cosas!

El Elegido apretó la varita aún más en su mano. Esa voz... cuando el reflejo de la luna iluminó el rostro de la silueta, deseó lanzarse desde la Torre de Astronomía de Hogwarts.

Frunció las cejas. Ante él se encontraba el estúpido ligón de la barra. Agarró aun más fuerte la varita.

―Mi nombre es Derek Jonhson.― Se presentó tendiéndole la mano con una sonrisa de portada de revista.

― John Smith― mintió Harry estrechándola

―Claro, y ¿Dónde te has dejado a Pocahontas?― contestó el joven con una sonrisa de superioridad― No hace falta que mientas campeón. Sé quién eres y me importa una mierda donde estés o dónde dejes de estar, Potter. Así que no te cubras las espaldas conmigo. Pero bueno, ... ya nos contaremos batallitas después con un cubata.―el mago emitió un gruñido cuando Derek le propinó unas fuertes palmadas en la espalda― La pregunta ahora es ¿Qué hacemos con ella?― su ayudante de batallas señaló a la chica regordeta que los miraba desde el final del callejón.

Apoyada en la pared Keira se colocaba la camiseta estirajada por los agarrones. Apoyada en la pared sus piernas apenas la sostenían por el bajón de la adrenalina. Sus ojos lagrimeaban por la desesperación y la incertidumbre. Cuando vio a una de las figuras recoger su colgante ahogó un grito de horror. Ambas sombras marcaban su paso con el crujir de los cristales bajo sus botas volviéndola a dejar sin escapatoria. Ante sus ojos dos chicos de edad similar a la suya clavaban sus ojos en ella haciendola, juzgándola.

―Cógelo y lárgate.― De un metálico tintineo el colgante cayó a los pies de la joven a pocos centímetros de un condón usado.

―Si no me dejáis pasar no me podré ir. ― La joven se colocó las gafas y se apartó el cabello oscuro en un ademán de furia.

Estaba asustada, cansada, perdida y herida. Ese colgante era importante para ella, no les había hecho nada para que la trataran de esa manera. Impulsada por la indignación, de un movimiento rápido lo guardó en su puño resguardándolo en su pecho. El frió metal contra la palma magullada fue un alivio.

―Sabes perfectamente que sí puedes. Sólo tienes que decir "Actívate". Ya has visto que nosotros también somos como tú. Así que no me hagas perder más el tiempo y vete con tu traslador.― El tono de Harry aunque pudiera parecer despectivo era fruto de su frustración.

Había notado el cosquilleo propio de un traslador al recoger el colgante del suelo y eso terminó de quemarle la paciencia. Estaban en guerra, el mundo era peligroso y la gente como esa chica, que paseaba por Londres como si todo fuera muérdago y unicornios, le crispaba los nervios. Él se sacrificaba día tras día, sufriendo, preparándose para la guerra que se avecinaba mientras los magos y brujas se dedicaban a pasear de noche sin varita. Si él no hubiera aparecido, si él no hubiera necesitado perder de vista a Ian... a esa chica,... podría haberle pasado cualquier cosa.

Derek se dedicaba a mirar alternativamente al uno y al otro como si fuera un partido de tennis.

―No hace falta que seas maleducado con la señorita― reprochó el joven lanzándole una fugaz sonrisa a la joven. Pero esta parecía inmune a sus encantos. Apretaba el colgante en su puño con la cara redonda encendida de rabia.

―Por si no lo sabías, esta ... señorita ― la señaló aburrido con la varita― es una bruja que ya ha pasado los T.I.M.O. Y por ser tan estúpida de dejar su varita en casa, hemos tenido que sacarle las castañas del fuego. Acabo de luchar contra cuatro hombres armados por ella y serían siete si tú no hubieras aparecido. Así que, concédeme al menos la satisfacción de mostrarle mi disgusto.

La joven respiraba entrecortadamente mientras las palmas de las manos y la rodilla le llameaban de saber que decir Derek abrió aun más sus enormes ojos espliego dirigidos hacia Keira, que taladraba a un Harry impasible.

―¿Saliste en Londres a plena noche, sin tu varita? ― le preguntó estupefacto. Las lágrimas de la joven corrían por sus mejillas contrastando con la altivez de su mentón elevado.

―¡SÍ! ¡Salí sin mi varita! ¡Sí! ¡Se me cayó el traslador antes de poder utilizarlo!¡No podía desaparecerme delante de muggles!¡Mi padre me lo prohibió!¡Por Merlín!¡Solo quiero encontrar a Katherine!―los gritos salivantes de la joven se entremezclaban con las lagrimas que mojaban su piel paliducha mientras Keira escupía explicaciones―.¡¿Quiénes sois vosotros para juzgarme?! ¡¿Quién?! ―La histeria de su voz se complementaba a la perfección con su pelo enmarañado y su ropa ajada, pero Harry no tuvo compasión.

―Los que te han salvado de una violación. Esos somos―la simplicidad y la dureza de la respuesta no calmó la respiración agitada de Keira―. Y tu hermana Katherine se ha ido a casa hace ya una hora. Coge tu traslador y lárgate.

―Espera, ¿Katherine? ¿La preciosidad que bailaba como una diosa es tu hermana? ― preguntó Derek. Seguro que estaba a punto de pedirle el número de teléfono.

Harry comentó un "no lo parece" mientras guardaba su varita ignorando a la joven que en ese momento le deseaba el peor de los sufrimientos. Levantó una comisura con ironía. El ya sufría cada día por salvar a gente como ella y tampoco había dicho nada que no fuera verdad. Katherine era preciosa y esa chica regordeta y, lo peor de todo, ignorante ... simplemente no lo era.

Las palabras del Elegido fueron como una daga de odio en el corazón de Keira. Estaba cansada de las comparaciones con su hermana. Estaba acostumbrada a que se burlararan de ella en un intento de dañarla, pero no a eso. No a que la agredieran así, sin intención de hacer daño, solo haciendole saber a una desconocida lo evidente de su fealdad.

Agachó la cabeza para que no vieran sus lágrimas. El pelo hasta los hombros le tapaba la cara, mientras se clavaba las uñas destrozadas en las palmas obligándolas a sangrar de nuevo. Necesitaba sentir el dolor, quizás así minimizaría la vergüenza y la rabia. Con la mandíbula apretada la joven ofreció una descripción para asegurarse.

―Si es alta ... delgada ...con el pelo largo... rubio... y ojos dorados... sí. Es mi hermana― el siseo grave de sus palabras entrecortadas fueron suficientes para que Harry asintiera. y la chica vio el gesto borroso por las lágrimas contenidas. Aliviada dentro de su dolor sus hombros se relajaron. Podía volver a casa―. "Actívate" ― echa polvo física y animicamente la bruja desapareció sin despedirse.

Unas palmadas se escucharon desde la entrada del callejón. Primero una, otra, después otra y otra. De la nada un hombre salió del arropo de las sombras con ambos chicos apuntándole con la varita.

―Vaya, vaya. Ha sido una bonita pelea querido aprendiz. Has pasado la prueba con nota aunque no esperaba que te apareciera ayuda así como por arte de magia.―ironizó Ian

―Ni yo tampoco.―contestó el Elegido guardandola.

Derek a su lado mantenía la espada y la varita en guardia alternando la cabeza del uno al otro

―No me jodas ¿Todo esto estaba preparado?― preguntó en un tono jovial.

Harry miraba a su joven maestro apostado en la entrada del callejón con la luna iluminando su perfil de camisa blanca y abrigo negro. Él no necesitaba una respuesta, ya la sabía. Ian tenía la demencia suficiente para preparar algo así.

― Necesitaba una dama en apuros. Lo que no esperaba era que mi querido aprendiz arremetiera contra la pobre damisela. Me alegra saber que no te dejas aplacar por el sexo opuesto joven Potter ― comentó sarcástico. Leyendo entre líneas Harry supo lo que sus palabras significaban. A Ian le había divertido, incluso agradado, su actitud con la chica.

Derek desapareciendo su espada suspiró resignado entre risitas por lo bajo. Tampoco le sorprendía demasiado aquella farsa maliciosa.

― Potter― Ian le lanzó un cipo/traslador― Vete.

Y el aprendiz no lo pensó dos veces, al decir "Actívate" desapareció.

Al hedor del callejón habría que añadir ahora la tensión que casi se saboreaba en el ambiente. Antes de que pudiera pronunciar palabra un hechizo de desmemorización impactó en el pecho de Derek que sonrió aun más divertido rascandose la nuca mirándolo burlón.

― Estoooo,... una cosilla,...Los hechizos desmemorizantes no me afectan―comentó Derek entre risitas. Ian formó una sonrisa ladeada mientras miraba al joven colocarse bien las ondas del pelo.

―La pregunta... es ¿Qué te hace pensar que no lo sabía?

― Vale vale,..tranquilo tío, pillo la advertencia.― contestó entrelazando los dedos tras la nuca y mirando la noche―. Yo no os he visto.―Ian sacó su varita.

― Vete.― Derek se carcajeó dedicándole una reverencia antes de desaparecer. De todas formas se hacía tarde y si notaban su ausencia tendría serios problemas.

Aparentemente solo a la entrada de la callejuela Ian inspiró hondo el tufillo tóxico y putrefacto de la basura descompuesta, del lubricante de los condones fláfidos y del corcho húmedo de las colillas. La luz de las farolas colindantes volvió con una sola de sus miradas rebelando algunos edificios de fachada desconchada. Arreglándose los puños de la camisa el joven habló a la noche.

―Espero que ye haya gustado el espectáculo ... Snape― El profesor de pociones que supervisaba la busqueda del chico Potter se tensó bajo su hechizo desilusionador. Confiaba que aquel joven no sería capaz de descubrir su posición y eso le permitiría desaparecer. Confiaba en ello, hasta que dos hechizos: uno de pacto correctivo y un modificador de recuerdos le impactaron en la frente.

Tras encargarse del profesor de pociones, con dos pasos se acercó al cuerpo inconsciente de uno de los acosadores y la abrió la boca con la punta del zapato. El cuero marron del mocasin de Hugo Boss resbaló por las encías desdentadas de aquel mastodonte.

―Dale las gracias a J.C por sus seguratas Cyra. Han hecho una labor excelente― La asesina agazapada en el tejado chasqueó la lengua por haber sido descubierta.― Dile que los dientes de Mark corren de mi cuenta―El mago alzó la vista dedicándole una sonrisa burlona antes de desaparecer.

Keira apareció en su habitación sana y salva. Por mucho que lo intentara las lagrimas escapaban más y más abundantes de sus ojos. Tras resfregarse los ojos con la manga de la camiseta hasta que le escocieron de dolor se quitó la camiseta arrojándola contra la ventana.

No lloraría, no lo iba a permitir. No por culpa de un imbécil presuntuoso. Jamás, nunca se había sentido tan humillada.

Los odiaba. Lo odiaba todo. Odiaba el nuevo trabajo de su padre en el ministerio de magia inglés, odiaba mudarse de Francia, odiaba abandonar Beauxbatons, odiaba su vida, odiaba la valentía de su hermana, ... escudriñando su propio reflejo se agarró los michelines blandos que sobresalían de su barriga,... y no solo odiaba, sino que sentía asco hacia sí misma. Keira se sentía un ser repugnante. El llanto contenido dio paso a los hipidos ahogados mientras escuchaba el click de la habitación de Katherine cerrarse con sigilo.

Keira se puso el pijama y se tumbó en la cama con las sienes palpitantes y la cabeza martilleandole de tanto llorar. Con la cara enterrada para que nadie oyera su llanto... sus lágrimas mojaron la almohada durante horas.