Aclaraciones
Declaimer: Ni los personajes de Full Metal Alchemist ni los de D. no me pertenecen sino a sus creadores (no me acuerdo de sus nombres pero cuando los sepa les pongo)
- diálogos
-(intervenciones mías)
-"pensamientos"
-[cambios de escena]
- - - - - - - - - - - - Flash Back - - - - - - - -
Capítulo 8: Procesando información. La vida de Roy Mustang en el punto de mira
Roy Mustang se encontraba sentado en el camastro que ocupaba la mayor parte de su celda con la mirada fija en la pared de enfrente. No quería pensar en lo que pasaría en las siguientes horas a la vez que no podía olvidar la razón por la que estaba ahí.
--Veo que el General de Brigada Mustang terminará pagando sus crímenes de guerra. –comentó una voz en el mismo momento en que un hombre de mediana edad hacía aparición.
--General Hakuro, no esperaba su visita. –replicó el moreno con su típico aire de superioridad.
Aquel hombre un par de rangos superior al de Mustang no había cesado en su intento por hundir la reputación del alquimista desde que éste recuperó la apreciación del alto mando. Esa inesperada guerra entre mundos como el mismo militar había relatado, había restaurado la reputación que perdió tiempo atrás; y ahora casi un año después…
--Roy Mustang, alquimista de fuego. Esta vez no podrás evadir tus responsabilidades y las consecuencias de tus actos. –dijo el militar con una sonrisa llena de satisfacción.
--No se confíe General. Puede que se lleve una sorpresa de última hora.
Ese hombre sabía perfectamente como poner nerviosos a sus superiores y ahora con éste frente a él, estaba logrando que Hakuro pensara demasiado en frases hirientes que dedicarle. El poder siempre había corrompido a los militares y el General no era una excepción. Durante años había conseguido logros en busca de un ascenso rápido a la cima y la aparición del moreno había arruinado sus planes.
--Tú niñato insolente, no podrás librarte de la condena y perderás todo por lo que has luchado. –replicó al final el mayor mientras golpeaba suavemente las rejas- Nos veremos en tu funeral.
Tras esas duras palabras, Hakuro abandonó la zona dejando a Mustang solo y pensativo. Por más que lo negara tenía miedo; miedo a perder su propia vida pero sobre todo a no poder proteger a sus subordinados como se merecían. Ya había perdido antes a uno de ellos y por más que quisiera no podía olvidar ese momento en que la pequeña Elysia gritaba con desesperación llamando a su padre.
"Maes… Ojalá estuvieras aquí para darme ánimos o al menos para echarme una buena bronca. Te extraño amigo." Pensando esto, Roy se quedó dormido en el camastro en el que se había tumbado después de la marcha de Hakuro.
[En el despacho de Roy]
Mientras a dos pisos bajo tierra un hombre moreno de pelo corto descansaba con un corazón inquieto, en su propia oficina dos mujeres de diferente edad revisaban informes antiguos de casos similares. Ellas querían ayudar a su superior aunque se notaba que la rubia ponía más interés que la pelirroja.
--Riza aquí no hay nada que nos pueda servir. –comentó la menor sosteniendo entre sus manos unas cuantas carpetas.
--Debe haber algo que nos sirva para ayudar a Roy. –replicó la interpelada con mirada seria sobre su compañera.
--Déjalo; no ha había nada igual en todo este tiempo. El General de Brigada lo tiene difícil.
La rubia lo sabía pero se negaba a creer que su superior, un hombre que siempre tenía un plan B, fuera a caer tan fácilmente después de tanto tiempo luchando por su objetivo. No, Roy Mustang no se rendiría y ella tampoco. ¿Acaso Riku no confiaba en el hombre que le había salvado la vida? ¿O es que había algo que ni ella sabía?
--Será mejor que descansemos Riza. Llevamos 3 horas aquí metidas y no puedo ver más informes judiciales sin desmayarme. –comentó Riku tratando de relajar el tenso ambiente que se había creado.
Su compañera asintió ligeramente dejando los papeles sobre la mesa para luego coger la chaqueta de su uniforme y ponérsela mientras abandonaba el despacho junto a la pelirroja. Lo que ninguna de ellas sabía es que desde el final del pasillo dos ojos sumamente fríos las estaban observando.
--Será un placer ayudarlas señoritas… -murmuró el dueño de aquellos ojos adentrándose en el despacho ahora vacío.
Por su parte Riza y Riku habían llegado al comedor del cuartel encontrándose a un grupo de soldados alrededor de una par de ellos. Con curiosidad se acercaron viendo en el centro a Havoc echando un pulso con un novatillo por la cara de miedo que tenía.
--Teniente Havoc, creía que estaría pendiente de los informes del caso. –dijo Riza con seriedad.
--Bueno, Fuery está con ello y supongo que vendrá en seguida.
De improviso se escuchó el martilleo de un arma al cargarse y la cara del hombre rubio empalideció de golpe. Acto seguido anunció su retirada de aquella ociosa actividad para cuadrarse ante su superior con el corazón bombeando con fuerza.
--Así me gusta Jean, que seas puntual a la hora de cumplir las tareas que se te encomiendan. –comentó Hawkeye con una amable sonrisa a la vez que guardaba su pistola.
--Teniente Havoc, ya estoy aquí. –dijo de improviso una voz de hombre pero algo más dulce que la de su superior.
Se trataba de Fuery que venía a la carrera cargando una fina carpeta contra su pecho. En ella estaba toda la información que había hallado sobre el caso del pueblo contra Roy Mustang. Las miradas de Riku y Riza cayeron sobre el muchacho que algo intimidado les tendió los papeles.
--Entiendo que el General de Brigada confiara en tus dotes informativas Fuery. –dijo la rubia hojeando aquellos datos- Además tienen pinta de ser de lo más fiables.
El joven se sonrojó ligeramente y asintió ajustándose las gafas. Estaba nervioso; siempre se había sentido así ante su superior y esa mujer infundía respeto con una única mirada.
--Gracias Kein. –dijo agradecida Riku- Estoy segura que nos servirá de algo.
Tras esas palabras ambas mujeres se alejaron del dúo de hombres que las miraba de diferente manera pero con admiración.
--Menuda silla tenía el alquimista de fuego. –comentaba un hombre de cabello largo y oscuro recogido en una sencilla coleta vestido de uniforme con el rango de coronel.
Ahora mismo se encontraba en el que sería su nuevo despacho y observaba con interés las vistas. La mesa todavía estaba repleta de los últimos informes que el mencionado alquimista había revisado antes del proceso de Hiwatari. El gran ventanal que coronaba la estancia dejaba ver una hermosa vista de la ciudad pues aquel edificio era de los más altos. Sin duda Kimbley estaba disfrutando de la sensación de victoria sobre Mustang con una malévola sonrisa en su rostro.
No habían pasado ni dos minutos desde que el alquimista carmesí se había quedado quieto mirando por la cristalera cuando la puerta del despacho se abrió lentamente y unas voces femeninas se oyeron. Carmesí se giró para mirar decididamente a las recién llegadas.
--Buenas señoritas. –dijo con su acostumbrada sonrisa- Es un placer volver a verlas.
--¿Qué demonios haces tú aquí? –preguntó Riza molesta por la sóla presencia del hombre.
--Vamos Teniente, debería ser más respetuosa con sus superiores. –respondió con cortesía dejando su cómoda silla para rodear la mesa y mostrar así el rango que ahora ostentaba.
--No puede ser… -murmuró Riku sorprendida y temerosa a la misma vez.
--¿Coronel?
--Veo que recuerda las graduaciones Teniente. A partir de hoy yo seré su superior así que comuníquelo al resto de mis subordinados. –dijo con una aire de superioridad que estremeció a la pelirroja.
Ella se había mantenido en segundo plano en todo momento pero tras la marcha de su compañera para cumplir las órdenes recibidas, se vio sola ante Kimbley. Le temía como nunca había temido a nadie sabiendo que su futuro estaría marcado por ese hombre y sus despiadadas órdenes.
--Señorita Harada. Le comunico personalmente que a partir de hoy haremos uso de su habilidad… alquimista de viento.
--Pero señor yo no…
--Harada. Es una orden que espero cumpla si no quiere terminar como Roy Mustang. –replicó sin dejar de mirar fijamente a la joven- Puede retirarse.
Riku no dudó ni un segundo en abandonar el despacho pero a diferencia de lo normal, no salió al exterior del edificio sino que bajó dos pisos sin darse cuenta llegando a la zona de celdas. Una vez terminó de bajar las escaleras se detuvo con la respiración agitada comenzando a llorar por el futuro que le esperaba.
A lo lejos Roy Mustang escuchaba sollozos, un débil llanto que le impedía dormir aunque ni siquiera le apeteciera intentarlo. Cerró los ojos un par de veces antes de incorporarse en el camastro y quedarse mirando hacia las rejas. Pasados unos minutos se levantó para llegar hasta los barrotes y golpearlos ligeramente.
--Algunos queremos dormir aunque no tengamos ese derecho. –dijo malhumorado.
Riku cesó el llanto para escuchar aquella voz que le había sobresaltado. No podía haber llegado a la prisión subterránea del cuartel sin darse cuenta pero así era. Sorprendida avanzó con calma, quizá con demasiada lentitud hacia el lugar del que procedía la voz con la esperanza inconsciente de encontrar a Roy. El hombre por su parte seguía de pie con la mirada fija en el pasillo circundante a la celda en la que se encontraba sin saber si quiera a quien había guiado hasta allí su voz malhumorada.
--General de Brigada… -murmuró la pelirroja nada más llegar y encontrarse cara a cara con el mencionado.
--Harada…
El moreno no supo como reaccionar más allá de sacudirse el uniforme y serenar su desaliñado aspecto. Sus profundos ojos negros habían perdido el brillo característico y su voz sonaba enfadada y apagada. Se notaba que aquella experiencia no le gustaba para nada y en aquel momento en que pudo perderse en los ojos de la joven todo parecía ser mejor.
--No esperaba tu visita. –comentó algo más animado dejando escapar una triste sonrisa.
--Bueno yo… -comenzó a decir entrelazando sus manos algo nerviosa- no sabía a donde ir. Kimbley estaba en el despacho y yo… Roy por favor sal de ésta.
Aquellas palabras que se convirtieron de una explicación a una petición, hicieron que Mustang se enterara de la situación y estirara su mano hasta el rostro de la muchacha para acariciarlo tiernamente a la vez que ella agarraba los barrotes recortando las distancias entre ambos.
--Riku no te preocupes por mí. Yo estoy bien.
--Roy... ¿Por qué tuviste que hacerlo? ¡¿Por qué no respetaste las normas?
La joven había subido el volumen de su voz a cada palabra que decía a la vez que el hombre mantenía sus ojos fijos en ella y la mano derecha en su mejilla. Aquella mirada no era de superior a subordinado sino de hombre a mujer lo que turbó ligeramente a Riku haciendo que cortara el contacto entre ambos y agachara la mirada.
--Voy a salir de esta asquerosa celda y echaré a carmesí de mi despacho. –dijo con seguridad- No permitiré que las lágrimas vuelvan a discurrir por tus mejillas.
--General de Brigada, será mejor que me vaya. –replicó ella tratando de sonreír- Buena suerte señor.
Tras esas palabras Riku abandonó el pasillo frío y en penumbra dejando solo al hombre que algún día hubiera sido su superior; y sin poder apartar de su mente aquella mirada que veía por primera vez y de la que no había querido huir. Algo en ella cambiaba tan rápidamente que no podía asimilarlo y ahora estaba confusa sin saber qué pensar. Ese hombre había sido su fiel guía y en ningún momento había vacilado en socorrer a sus subordinados. Roy no se merecía aquello, no era culpable de proteger a sus subordinados; no era culpable de protegerla a ella.
Una fuerte luz despertó al preso que entrecerraba los ojos con tal de no quedarse ciego. Le habían deslumbrado y ahora le costaba hacerse al ambiente. Un par de hombres le levantaron de donde estaba y sacaron de la celda mientras un tercero de alta graduación les miraba con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
--Es la hora joven. Ha llegado el turno de castigarte. –dijo con seriedad aquel tipo a la par que el grupo avanzaba por el subterráneo.
Le estaban llevando a la sala norte si mal no recordaba. ¿Podía ser capaz de olvidar el lugar en el que su vida ya fue puesta a prueba? Roy Mustang nunca olvidaría el foco incandescente y la larga mesa llena de militares tres o cuatro veces más condecorados que él. Le juzgarían con toda la fuerza del ejército y esta vez realmente temía por su futuro.
El trayecto que se produjo en silencio sin que nadie perturbara aquella aparente paz más allá de los pasos que daban, terminó cuando llegaron a una gran puerta de roble con el emblema del país tallado en ella. La puerta que separaba el antes y el después de cada militar, se extendía inexorable a la espera de que el reloj del Furher diera la hora. Un minuto más tarde, el moreno se encontraba sentado en una silla en el centro de aquella sala y con las manos bien atadas despojado de cualquier cosa que le permitiera realizar alquimia.
--General de Brigada Roy Mustang, también conocido como el alquimista de fuego. –dijo la voz solemne del Gran General que le miraba desde el centro de la alargada mesa- Se le acusa de un delito notablemente grave: uso indebido de un arma militar sobre un civil desarmado.
--Caballero, si es que se le puede llamar así; ¿realmente creía que saldría impune de culpa? Nunca subestime al ejército. –interrumpió otro hombre al que difícilmente se podía identificar.
--Si lo que quieren es ensañarse conmigo les rogaría que lo hicieran de manera rápida, tengo asuntos que atender en este mismo edificio. –añadió Roy con calma a las palabras de aquellos militares.
Una sonora carcajada llenó la sala mientras el moreno miraba extrañado aquella actitud tan inusual. Al cabo de unos minutos el ambiente volvió a ser tenso y silencioso, y uno de los hombres abandonó su sitio para avanzar hasta el alquimista. En la cara del moreno se podía leer la inquietud que sentía y cuando aquel militar puso su mano en su hombro, no pudo evitar girarse de golpe con una fría mirada.
--General de Brigada, usted atacó a un joven indefenso con alquimia dejando una parte considerable de su torso quemado. –dijo el hombre que estaba junto al moreno- Exigimos una explicación a ese comportamiento.
--Señor, yo sólo quería proteger a mis subordinados.
--Eso ya lo sabemos y por muy noble que sea la intención, no es excusa para su actuación nada profesional. –añadió otro militar de voz tranquila y suave.
En el preciso instante en Roy iba a replicar la puerta se abrió de golpe dejando ver una silueta a contraluz seguida de dos hombres que a duras penas la conseguían detener. La recién llegada ni siquiera se identificó y con rapidez se acercó a la mesa del tribunal sin dudar, depositando sobre la misma una carpeta.
--Explique esto señorita. –le pidió el Fuhrer que la miraba fijamente.
--Señor, en esta carpeta se encuentran los verdaderos informes de lo ocurrido con Satoshi Hiwatari en la sala de interrogatorio. –respondió ella seriamente ante la mirada atónita de su hasta el momento superior.
--¡Harada! ¡¿Qué está diciendo? –gritó el moreno poniéndose en pie consciente de la verdad.
--No es necesario que se exalte General de Brigada. –dijo el General Hakuro que esperaba impaciente la explicación que posiblemente librara a Roy Mustang de una condena segura.
--Quería hacerle pagar a Hiwatari lo que había hecho así que lo inmovilicé con el viento que me dio el título de alquimista nacional. Después sólo tuve que usar el mechero que llevaba en el bolsillo y mis conocimientos de alquimia para generar las quemaduras que tenía en su cuerpo.
--¡¿Van a creer semejante mentira? –gritó de nuevo el moreno mirando a la joven con ojos furiosos.
Él sabía que Riku mentía, lo sabía demasiado bien pues él era el culpable de aquello. No le cabía en la cabeza que su subordinada, que ella precisamente, fuera a aceptar una responsabilidad que podría terminar con su carrera. Además, ¿era alquimista nacional?
--Señores, mi superior siempre ha defendido a los que estaban bajo su mando y por eso aceptó sin reservas una culpa que no le correspondía.
--¡Riku deja de decir tonterías! –insitió el hombre perdiendo la paciencia como nunca lo había hecho.
--General de Brigada, cálmese. –dijo de improviso el Fuhrer poniéndose en pie con la vista fija en el militar sobrepasando así a la joven que había agachado la cabeza ante la voz de su superior.
--¡Pero señor…!
--Roy Mustang, por su bien le aconsejo que baje la voz.
Si todo hubiera salido como lo esperaba, el moreno se habría mantenido en silencio; ¿pero cómo estarse callado cuando Riku asumía una culpa que no le correspondía? Aquella situación le superaba por momentos y no sabía cuanto tiempo mantendría la fingida calma antes de escuchar una condena que arruinaría la carrera de la muchacha en pos de salvar la suya propia.
--General de Brigada Roy Mustang, se le degrada a Coronel manteniendo su título de alquimista nacional a plena disposición del ejército así como su propia libertad de ahora en adelante hasta nuevo aviso. –Dijo por fin uno de los hombres sentados a la derecha del Fuhrer- Por otra parte señorita Harada, usted será destinada a la fortaleza de Briggs bajo la estricta custodia del General al mando del lugar y acompañada siempre por un hombre que este tribunal destinará; así pues se prohíbe cualquier comunicación entre ustedes dos.
La sentencia apenas había tardado unos segundos en decidirse y aunque la degradación siempre sentaba mal y hería el orgullo de un militar, el hecho de que la pelirroja fuera enviada al norte y la posterior orden de no comunicarse había dejado a Roy más tocado que de costumbre. Quizá no fuera capaz de ver la realidad más allá de una fingida protección por ser su responsable pero en lo profundo de su corazón sabía que la separación no sería llevadera.
--Lleven al Coronel Mustang a su celda y pongan en una contigua al alquimista de viento. –añadió el General Hakuro a la sentencia de ambos militares.
Se podía leer entre líneas como Hakuro deseaba torturar al hombre hasta el último instante en que pudiera hacerlo. El moreno había salido más o menos entero de aquel proceso y eso era algo que no le gustaba en absoluto. Deseaba que sufriera, poder atraparle y hacerle pagar toda su prepotencia y altanería.
[En las celdas]
Tan sólo unos minutos después de recibir sentencia, ambos condenados fueron conducidos hasta la prisión de ese mismo edificio donde les encerraron en celdas contiguas. Roy se mantenía serio sentado en el camastro mientras que Riku permanecía junto a los barrotes.
--Deberías haberme dejado el problema a mí. –dijo el hombre sin siquiera moverse- Yo era el culpable y sólo yo merecía cargar con las consecuencias.
--¿De verdad ibas a arruinar tu carrera por protegerme? –preguntó la muchacha molesta por esa actitud de su superior.
--Deja de hablar de mi carrera como si fuera más importante que tu propia seguridad Harada. –replicó el moreno a la vez que se levantaba del camastro para acercarse a los barrotes- Nunca permitiré que uno de mis subordinados salga herido si puedo evitarlo; y si soy capaz de castigar al culpable, ten por seguro que lo haré.
El hombre había hecho esa promesa ante la tumba de su amigo mientras una pequeña niña lloraba la pérdida de su amado padre. Él, que no pudo protegerle, había jurado que no volvería a ocurrir mientras le quedaran fuerzas para evitarlo.
--¿Por qué siempre tienes que cargar con todo Roy? ¿Por qué no puedes dejar que los demás arreglen ellos mismos sus problemas? ¿Por qué no te olvidaste de lo que me pasó y seguiste adelante?
--Riku no podía dejarlo como estaba.
--¡Cállate! ¡Cállate! ¡No quiero escucharlo!
Mustang dejó de hablar tras aquellas palabras siendo capaz de escuchar el leve sollozo que la joven no podía ocultar. Sabía que sus frases llenas de compromisos se habían vuelto simples excusas para no decir lo que realmente quería, lo que su amigo ya sabía desde hacía unas semanas. No quería perderla a la vez que era consciente de lo contraproducente de seguir a su lado siendo además su superior. Roy Mustang debía ser fuerte para no mostrarle a Harada una razón de peso para su actuación más allá del deber como militar.
--Sé que lo hiciste por mí pero no era necesario que te arriesgaras por salvar a un hombre como yo. –dijo con calma y sin dejar de mirar al pasillo- No soy de los que se merecen la salvación de su alma.
Riku que no había dejado de escuchar a su superior quiso replicarle pero para cuando las palabras llegaron a sus labios…
--Muy bien Harada, su acompañante ha venido a recogerla. –interrumpió un soldado portando las llaves de la celda en una de sus manos.
Sin prisa avanzaba por el corredor siendo observado por el moreno desde su propio cubil. Roy sabía que poco tiempo le quedaba a su compañera por estar en Cuidad Central así que no se movió de donde estaba para verla por última vez. La muchacha no tardó mucho en pasar ante él acompañada del soldado girando levemente la cabeza para encontrarse con la firme pero triste mirada del alquimista en la que se leía una despedida. Ella sólo sonrío de manera lastimera antes de ser arrastrada hasta la salida y encontrarse con su escolta hasta el cuartel del norte.
--Es un placer volver a verla señorita Harada. –dijo una melodiosa voz.
--Kimbley…
--No seas tan efusiva querida. Además, no tenemos mucho tiempo antes de que nuestro tren salga, así que vayamos a hacer tu equipaje.
Ambas personas abandonaron la prisión segundos después mientras el soldado se quedaba allí cumpliendo las órdenes recibidas. Debía vigilar al alquimista que permanecía agarrado a los barrotes de su celda con ambas manos y la frente apoyada en ellos. Para él todavía no se había decidido nada más allá de su condena por lo que siendo degradado al rango de Coronel, esperaba el momento en que llegaran noticias sobre sus siguientes deberes como militar.
