MI GRAN BODA MUGGLE

Disclaimer: Los personajes que aparecen en la siguiente historia no son ni serán jamás de mi propiedad. Le pertenecen a Jotaká que, aunque tenga sus errorcillos, fue la creadora del maravilloso mundo de Harry Potter. Ella se enriquece, no yo. ¿Qué le vamos a hacer?

Resumen: ¡Percy y Penny se casan! Una novia histérica, un novio acojonado y dos familias totalmente opuestas. ¿Conseguirán llegar al altar, o todo terminará en desastre?

CAPÍTULO 8

La guerra de los mundos

-Kingsley Shacklebolt, Romulus Westfield, Aurora Benedict. ¿Quiénes son todos esos?

-¡Oh! Pues gente importante del Ministerio. ¿Quién si no?

-¡Uhm! Ya veo. ¿Y por qué están en nuestra lista de invitados?

Percy había sabido que llegaría ese momento desde que Charlie le hizo llegar una copia de la famosa lista que, durante el fin de semana anterior, sus hermanos y las hermanas de Penny habían tenido la amabilidad de elaborar. Aunque había procurado retrasar ese momento todo el tiempo que le fue posible, finalmente llegó y ahora tenía que hacer frente a la cara de malas pulgas que traía su novia. Ella no solía ir al Ministerio demasiado a menudo, pero esa mañana había decidido tomarse un rato libre para ir, sin duda alguna, a discutir con él. Porque Penny no había podido esperar a llegar a casa. ¡Oh, no! Era lista, después de todo, como todo buen Ravenclaw, y sabía que tenía más posibilidades de vencer en aquel enfrentamiento verbal si Percy estaba en el trabajo. Él jamás armaría un escándalo en su oficina. Tenía una imagen serena y arrogante que mantener.

-Bueno, Penny. Kingsley es amigo de la familia desde hace mucho tiempo. Durante la guerra, fue parte de la Orden del Fénix, ya sabes.

La bruja se mordió los labios admitiendo que al menos en aquel sentido, su prometido tenía razón. Percy sonrió con arrogancia, sabiendo que había dado un paso adelante para resultar victorioso, pero Penny no se rindió. No iba a ponérselo tan fácil.

-El señor Westfield es mi superior. Sería una descortesía no invitarlo.

-Está bien. ¿Pero que hay de la señora Benedict?

-Es un miembro muy destacado del Wizegamont.

-¡Oh, no me digas! ¿Y de qué la conocemos?

Percy se puso rojo hasta las orejas y carraspeó, claramente incómodo por un motivo que Penny no acertaba a comprender.

-Dice que soy...Monísimo.

Le dio un toque especial a esa palabra y Penny parpadeó, turbada y confundida, sin entender que tenía que ver una cosa con la otra.

-¿Y?

-Tiene muchas influencias, Penny. Y yo le gusto. Podría ayudarme a conseguir un ascenso y...

-Pero. ¿Qué estás diciendo, idiota descerebrado?

-¡Es obvio! Ella podría...

-¿Le gustas, dices? ¿A esa mujer? Me pregunto qué estarás dispuesto a hacer por ella a cambio de un ascenso.

Percy tardó un segundo en captar la segunda intención en aquellas palabras y se puso más rojo aún. Evidentemente, Penny no pensaba lo que estaba diciendo, pero estaba lo suficientemente enfadada como para poner el grito en el cielo.

-¿Qué? ¡No, por Merlín! ¡Si tiene ciento y pico de años!

Penny suspiró. La cara de Percy era todo un poema. Podría haberse puesto a reír en ese momento, pero no quería parecer débil ante él. Había algunas cosas de su novio que no le gustaban ni un pelo. La ambición desmedida era la peor de todas.

-La vamos a borrar de la lista. ¿Entendido? No quiero que esa bruja intente ligar contigo después de que bailemos el vals nupcial.

-Ella no...

Penny alzó una ceja. Percy se supo derrotado. De cualquier forma no había esperado poder invitar a quién quisiera a la boda, pero mereció la pena intentarlo.

-Demonios, Penny.

-Ni demonios ni nada. Dijimos que la ceremonia sería algo íntimo.

-Tú lo dijiste...

-Y, además, habrá muggles en la boda. No podemos mezclarlos con los brujos así como así. Sería un desastre.

-Pues no invitemos a los muggles –masculló con malicia, arrebatándole a Penny el pergamino que tenía entre manos y leyendo él también algunos nombres de aquella horripilante lista. Hasta que dio con uno que buscaba y que hubiera preferido no encontrar –Un momento. ¿Qué demonios pinta tu amiguito Rowling aquí?

Esa vez fue Penny la que se ruborizó, justo un segundo antes de recuperar su pergamino y enrollarlo a toda velocidad.

-Es una tontería...

-¿Tontería?

-Sólo es mi amigo.

-Y tu ex –novio –Recordó Percy, casi regodeándose –Si tú no quieres celebridades en tu boda, yo no quiero a tu soldadito heroico.

-¿Soldadito heroico? Casper no...

-¿A ti te gustaría que yo invitara a un viejo amor a nuestra boda? –Inquirió, casi socarrón. Aunque fuera cruel, estaba disfrutando de ese momento. Además, no quería a ese muggle cerca de Penny nunca más.

-Casper no es un viejo amor. Sólo nos enrollamos unas cuantas veces. Y tú no has tenido novias, así que no amenaces en vano.

-¿Seguro que no he tenido novias?

Penny alzó una ceja, dándole a entender que a ella no podía engañarla de una forma tan tonta. Finalmente suspiró, dándose por vencida y sentándose en la silla frente a Percy. Ya habían terminado de negociar.

-Tú quitas a todos esos idiotas y yo renuncio a Casper. ¿Te parece bien?

-Bueno. Podría considerarse que es un trato justo. Y ni siquiera hemos tenido que gritar. ¿No es genial?

La chica no pudo evitar sonreír. De pronto, se sintió muchísimo más relajada y supo que ya no tenía motivos para estar tensa y a la defensiva. De hecho, Percy parecía tener tan pocas ganas de discutir como ella y ya había vuelto al trabajo.

-¿Es que no descansas nunca? –Masculló con voz quejumbrosa. Percy alzó una ceja y la miró por encima de sus gafas de carey, pero no dijo nada –Percy. ¿De verdad te molestaría mucho que Casper...?

-Penny...

-Es que... Nos criamos juntos, Percy. Es como un hermano para mí.

-Normalmente, los hermanos y las hermanas no se acuestan juntos, querida.

-¡Oh, vamos! Si hasta a ti te cae bien.

Percy bufó. Bueno, era verdad que Casper no le había dado tan mala impresión como él hubiera esperado, y eso era lo que más le fastidiaba. ¿Por qué tenía que ser tan bueno aquel tipo? Mostrarse conciliador, echarle una mano con su suegro, meterse en el bolsillo a sus hermanos y, por supuesto, a las damas. ¿No podía ser alguien desagradable, arrogante, huraño, antipático? Así, hubiera sido mucho más fácil odiarlo.

-Ese hombre parece caerle bien a todo el mundo. ¿No crees? Es tan perfecto que dan ganas de vomitar.

-No seas así. Somos amigos.

-¡Claro! Y cuando tu padre lo vea en la iglesia es capaz de atentar contra mi integridad y apañárselas para que su querido Casper ocupe mi lugar.

-No exageres –Penny torció el gesto y suspiró –Papá sólo lo intentaría en una ceremonia sin invitados. No le gustan los escándalos.

-¡Oh, qué alivio!

Percy bufó otra vez y volvió al trabajo de nuevo. Penny sabía que lo conveniente era irse en ese momento, regresar con sus niños y olvidar que ese chico podía ser insoportablemente hosco cuando se lo proponía, pero quería hablar con él. Apenas habían hablado seriamente sobre la boda. Habían estado tan ocupado arreglándolo todo, que no habían hecho planes de futuro ni nada. Mientras Penny iba de un lado para otro decorando la casa, Percy había elegido el restaurante y el menú. Y las cosas habían salido bien, sí, pero a veces Penny tenía la sensación de que estaban organizando cosas diferentes y eso la hacía sentirse mal.

Se había dado cuenta cuando vio la lista de invitados. Caminaban en direcciones opuestas y, mientras que Percy optaba por aprovechar la celebración para alternar con gente importante, ella se moría por tener una boda lo más íntima y sencilla posible. Y no es que él no hubiera dejado pistas. De hecho, lo hizo varias veces, y no sólo en las últimas semanas. Pero Penny no lo había escuchado, Percy no la escuchó a ella, y por eso surgían los problemas y los malentendidos.

-Esta tarde voy a elegir las flores. ¿Quieres venir? –Habló con voz suave. Percy la miró de soslayo, como preguntándose por qué seguía allí.

-Creí que te acompañarían tu madre y la mía.

-Sí, pero he pensado que a ti te gustaría...

-Yo no sé nada de flores, Penny. Si no me has dejado decorar nada hasta ahora, es porque tengo el gusto atrofiado. Me gustarán las flores que a ti te gusten.

Penny suspiró y durante un segundo buscó algún tema de conversación que pudiera ayudarla a comunicarse con su prometido. Pero su prometido estaba trabajando, y cuando trabajaba no había fuerza humana o sobrehumana que captara su atención más allá de los pergaminos. Así pues, comprendió que era inútil y se puso en pie, colocándose su túnica sobre los hombros.

-Le pediré a Jules que venga con nosotras. Hace mucho que no quedamos.

-Bien.

-Me voy ya, Percy. No te olvides de no incluir a la señora Benedict en la lista definitiva.

-Tacharé su nombre junto al de Rowling. –Percy alzó la cabeza y la miró fijamente, claramente feliz –Y lo haré con suma alegría. Puedes creerme.

-Eres malvado –Se quejó ella, medio en serio, medio en broma.

-¡Oh, gracias! –Percy rió y algo en su rostro se suavizó –Quizá, cuando termine de trabajar podamos ir a ver el diseño de las invitaciones. ¿Te parece?

-Claro –Penny sonrió y volvió a sentirse mejor –Te esperaré en El Caldero Chorreante. ¿Te parece?

-Perfecto.

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-Insisto con los tulipanes, querida. Las margaritas nunca me parecieron lo suficientemente elegantes.

Rebecca alzó la cabeza, mirando con desagrado a Molly. La pelirroja había anunciado a los cuatro vientos que le encantaban aquellas flores, pero su futura consuegra disentía. Y sólo lo hacía por llevarle la contraria, porque Penny sabía perfectamente que a su madre sí le gustaban las margaritas y que solía tener un jarrón repleto de ellas en su cuarto. Incluso en el invierno enviaba a gente a Londres a buscarlas al mejor vivero que conocía. Penny quería protestar, pero estaba harta de discutir con ellas y de verlas discutir. A su lado, Jules sonreía y la instaba a permanecer tranquila.

-Quiero violetas y flores silvestres. No hay más que hablar.

Las dos mujeres, que parecían estar a punto de arrojarse en busca de los cabellos de la otra, miraron a Penny con sorpresa y se mordieron la lengua. Era evidente que habían enfadado en serio a la chica y, durante un segundo, se sintieron culpables por estropearle los preparativos de su boda. Al menos, Molly Weasley pareció un poco avergonzada.

-¡Claro, querida! Las violetas están muy bien.

-¿Flores silvestres, Penélope? Estoy segura de que puedes aspirar a algo más.

-No se trata del dinero que pueda gastarme, madre. Se trata de lo que quiero. Y, ahora, dejadme hacer el encargo en paz, por favor.

-Pero tenemos que ver el diseño de los centros y...

-¡Madre! Jules y yo lo necesitamos –Penny miró a su madre de forma casi amenazante y ésta retrocedió claramente alarmada -¿Por qué no vais a dar una vuelta por ahí? Seguro que encuentras alguna ganga bonita en alguna de las tiendas de la calle empedrada.

Quería librarse de ella. Rebecca era lo suficientemente lista para darse cuenta de ello, y nunca le había gustado imponer su presencia a nadie. Bueno, en algunas ocasiones lo había encontrado incluso divertido, pero ese día no le apetecía. Ni siquiera sabía por qué había acompañado a Penny. Quizá para impedir que esa zarrapastrosa que tenía al lado pudiera influenciarle en algo a su pobre niñita. Así pues, se dio media vuelta y salió de la tienda dando grandes zancadas. Molly Weasley se quedó parada, dudando antes de seguir a la rubia mujer a la calle.

-¡Argg! –Penny pateó el suelo y apretó con fuerza el catálogo de flores que, amablemente, le había prestado la chica de la floristería –Son insoportables, Jules.

-En momentos como este, me alegro de que mi madre se negara a echarme una mano con la boda –La bruja tomó asiento y miró a su amiga con gesto alegre –Seguro que terminan matándose la una a otra. ¿Por qué las has echado?

-Porque confió en que hagan precisamente eso –Penny gruó, acomodándose a su lado –Aunque me conformaría con que Molly le lanzara a mamá algún hechizo para silenciarla eternamente. Cada día que pasa es peor. Incluso peor que mi padre.

Jules rió. Había oído hablar sobre los padres de Penny y, si la chica decía aquello, era porque Rebecca debía ser realmente insufrible. Sin duda lo era, porque se parecía bastante a su propia madre.

-¿Qué crees que harán?

-Francamente, Jules. Ni lo sé ni me importa.

Aunque, tal vez, si debería importarle.

Rebecca no se molestaba en esperar a Molly. La señora Weasley estaba totalmente fascinada con la gente muggle –no tanto como lo hubiera estado su marido, claro- y corría un grave peligro de perderse en la jungla de asfalto. A Rebecca no le importaría que se perdiera para siempre, pero de cuando en cuando miraba hacia atrás para comprobar que la mujer no hiciera nada demasiado raro.

A ella nunca le hizo gracia que Penny fuera una bruja. Para Gilbert resultó más fácil aceptarlo. Él adoraba a las niñas, las quería tal y como eran y, sin por él hubiera sido, habrían crecido salvajes y maleducadas. Claro, él siempre soltaba el rollo de la disciplina militar, pero Rebecca sabía perfectamente que si alguien había mimado a sus hijas, había sido él. Si se habían convertido en lo que eran ahora, fue por su culpa. A Gilbert le pareció divertido recibir la carta de Hogwarts. Incluso se había mostrado orgulloso de Penny (todo lo orgulloso que él podría haberse mostrado, claro). Sí. Cuando fueron niñas, fue fácil. Rebecca era como la malvada bruja del oeste que, en teoría, sólo estaba allí para ignorarla y regañarlas cuando hacían algo muy malo. Y Gilbert era el padre perfecto que las consentía siempre y permitió que una fuera a esa tontería del colegio mágico, la otra se quedara embarazada siendo una niña y la tercera se convirtiera en una hippie rara y sin futuro.

Ahora eran mayores, e iban de escándalo en escándalo. Les daban un disgusto tras otro. No era lo que Rebecca quería para ella. Se había esforzado mucho por casarse con Gilbert. ¡Incluso lo había soportado durante más de treinta años! Y todo para que ellas echaran por tierra todo por lo que tanto quería. Su dinero, su posición. Su vida.

Debía reconocer que, desde aquella guerra en el mundo mágico, las cosas habían mejorado un poco. Gilbert ya no discutía con ella sobre Penny. Odiaba a los brujos porque, por su culpa, casi pierde a su hija. Era así de fácil. Y, aunque Rebecca había compartido su angustia en aquellos tiempos difíciles (también tenía su corazoncito, claro), su desprecio por aquella gente venía de antes. Del día en que descubrió lo distintos que eran. Le partió el alma saber que Penny era uno de ellos, pero la toleraba y apreciaba. Pero no le gustaba todo lo que le rodeaba. Ni su boda. Ni mucho menos Molly Weasley, que ahora estaba junto a ella, mirando con interés el escaparate que había llamado su atención unos segundos antes.

-Ese abrigo es muy bonito. ¿No le parece? –La voz de Molly sonó amable, reconciliadora. Rebecca arrugó la nariz y siguió caminado.

-Es ropa burda, señora. Yo sólo visto abrigos de piel hechos de encargo. Aunque, claro. Es comprensible que a usted le gusten.

Molly frunció el ceño. Podía intentar ser amable, pero no era tonta. No acostumbraba a dejar que la pisotearan y ese día no sería diferente. Ni siquiera por Percy y la pobre Penny.

-¡Por supuesto! A usted tampoco le resultará difícil comprarse pieles. Sólo tiene que escogerlos y dejar que su marido corra con los gastos.

-Sí. ¿No es maravilloso?

-A mi no me lo parece. Nunca me ha gustado tener cosas que no me merezco –Molly torció el gesto. Sabía que había caído en el juego de Rebecca, que no debía hacerlo, pero estaba harta de aquella mujer –Aunque, claro. Se casó precisamente para eso.

-¿A qué se refiere?

-A no tener que trabajar –Molly suavizó el tono de voz, como si estuviera hablando con alguno de sus sietecitos –Siempre es fácil subir. ¿No le parece? De donde usted procede, la gente no puede comprarse abrigos de piel. Es una suerte que el señor Clearwater la tenga tan consentida. ¿Qué haría si algún día no lo tuviera cerca para ayudarla con los gastos?

-¿Qué quiere decir con eso del lugar del que procedo?

-¡Oh! Todos sabemos que no siempre fue rica –Molly no perdió la suavidad. De hecho, sonaba casi dulce y se sentía satisfecha porque Rebecca estaba pasando del blanco al rojo a una velocidad increíble –Sólo se casó con un rico. Lo que usted obtuvo de ese matrimonio es evidente. Me pregunto que obtuvo el señor Clearwater.

Rebecca parecía estar a punto de saltar sobre su cuello. Hasta que miró a su alrededor, se acordó de que había un montón de personas rodeándolas, varias de ellas conocidas, y se negó a hacer un escándalo público.

-Una buena esposa, por supuesto. ¿Qué obtuvo su marido de usted, Molly? ¿Un montón de hijos y una vida miserable?

Molly acusó el golpe. Odiaba que se metieran con su familia, especialmente cuando mencionaban a sus hijos. Aún le tenía guardado el desafortunado comentario que hizo sobre sus hijas el día que se conocieron.

-Una vida feliz, Rebecca –Dijo con seriedad, deteniéndose en mitad de la calle –Quizá no tenga tantos lujos como usted, ni pueda vestir ropa hecha a medida o llevar un montón de collares colgados del cuello, pero soy totalmente feliz. ¿Usted lo es?

-Por supuesto que lo soy.

Molly la miró con pena. Podía ver muchas cosas en los ojos de esa mujer, y no le pareció encontrar ni una pizca de felicidad. Sí algo de cansancio y un montón de frustraciones. Mucha indiferencia y frialdad, pero no alegría o satisfacción. Y Rebecca debía ser plenamente consciente de eso, pues no sonó nada convincente cuando habló.

-Adelante. Siga engañándose a sí misma y a todo el mundo, pero es evidente que es desgraciada.

-Eso no es asunto suyo –Rebecca apretó los puños. Molly tuvo la sensación de que era momento para guardar silencio, pero estaba disfrutando. Se sentía cruel y se lo estaba pasando en grande viendo el rostro iracundo de aquella desagradable mujer.

Molly sólo se encogió de hombros y siguió caminando. Era evidente que nunca podría hacerse amiga de esa mujer, pero no le importaba. Se conformaba con ocupar el lugar que le correspondía y no dejar que nadie la moviera de allí nunca.

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Gilbert Clearwater llevaba todo el día encerrado en su despacho. En realidad, en los últimos días apenas había salido de allí para ir al lavabo, puesto que había decidido dormir en el sofá cama con el objetivo de no tener que ver ni hablar con nadie, especialmente si eran miembros de su familia.

Últimamente no estaba de muy buen humor. Después de recibir aquel disparo en sus apreciadas posaderas, había comprendido que no había mucho que pudiera hacer para impedir la boda de su hija con Percy Weasley. Todo parecía indicar que la estúpida estaba enamorada de él y que, aunque le sentara como una patada en sus partes nobles, la hacía feliz. Y él siempre se había preocupado por la felicidad de sus hijas, incluso cuando ellas se habían equivocado o no se mostraron de acuerdo con él.

Sentado en su sillón de cuero, completamente concentrado en las cuentas de la finca, procuraba no pensar en Penny y en su boda. Odiaba no haber podido influenciar en ella a la hora de escoger marido, pero Arthur Weasley le había dicho algo que era cierto. Si seguía oponiéndose al matrimonio con tanta saña, si se comportaba de forma estúpida y ponía a su hija entre la espada en la pared, era posible que perdiera más cosas de las deseables. Él podía pretender manejar la vida de sus hijas, pero ellas siempre terminaban haciendo su voluntad. Penny se casaría, igual que Maggie había asumido la maternidad en solitario o Anna había decidido que quería vivir a su aire, sin ataduras de ninguna clase. Lo único que podía hacer Gilbert era sentarse a esperar que se cayeran de bruces, y rezar porque eso no ocurriera nunca.

El hecho de reconocer que estaba metiendo la pata no le hacía sentir bien. Estaba irritable porque se sentía impotente, y había tenido más discusiones a gritos con su padre de las que eran recomendables para ambos. El viejo coronel pretendía hacerlo entrar en razón, pero Gilbert tenía su orgullo y nunca le diría a su padre que se sabía equivocado. Prefería las peleas, eso sin duda.

Su padre aún se preocupaba por él. Era hijo único y debía hacerlo a pesar de todo. Gilbert había procurado educar a sus hijas de la misma forma que el viejo lo educó a él, y había recogido los mismos frutos: una ligera decepción. Gilbert sabía que nunca cumplió las expectativas de su progenitor, de la misma forma que sus hijas no cumplieron las suyas. Y no es que las cosas le fueran mal, pero es que podrían haberles ido mucho mejor y eso le fastidiaba muchísimo.

Llamaron a la puerta. Gilbert gruñó una respuesta y una de las chicas nuevas –ni siquiera recordaba su nombre –anunció que tenía visita. Arthur Weasley quería verle, pero a él no le apetecía ni lo más mismo tener que hablar con el maldito brujo. ¿Acaso no podía dejarlo rumiar su desgracia en soledad?

Le pidió a la chica que, muy amablemente, enviara al señor Weasley a un lugar particularmente sucio y maloliente. Ella pareció abrumada al oírlo utilizar unas palabras tan bruscas como aquellas, pero obedeció. Pero no le sirvió de nada.

Cinco minutos después, y tras estar a punto de sufrir un infarto, descubrió que el señor Weasley era de los que conseguían aquello que quería, puesto que acabó por aparecerse en mitad de su despacho. Gilbert se llevó un buen susto, claro. No todos los días un hombre pelirrojo surge ante tus ojos y te mira con aire divertido, pero con los ojos cargados de frialdad.

-¡Demonios! ¿Qué hace usted aquí? –Gruñó, poniéndose en pie. Tenía los puños preparados para cualquier cosa, incluso si ese tipo sacaba su varita y lo amenazaba.

-Buenas tardes, señor Clearwater. ¿Cómo se encuentra?

Arthur sonó amable, indiferente, como si lo que acababa de hacer no tuviera la menor importancia. Estaba harto de ese muggle arrogante y obstinado. Se había pasado todos aquellos días intentando concertar una cita con él, para hablar sobre sus hijos y firmar una tregua o algo así, pero Gilbert se había negado a verlo demasiadas veces. De hecho, su actitud era declaradamente hostil, tanto que rozaba la brusquedad y, por ende, los malos modales.

-No consiento que se haga magia en mi casa. ¿Cómo se atreve a venir aquí e irrumpir así en mi despacho privado? Es usted un...

-Veo que se encuentra mucho mejor –Arthur lo interrumpió, sin perder su actitud desenfadada, y se aproximó a una silla -¿Le importa que me siente? He tenido que recorrer un par de kilómetros para llegar a la casa, procurando cumplir con sus deseos de prescindir de la magia. ¿Sabe lo absurdo que es? Va a emparentar con una familia de magos. Su hija es una bruja. Debería hacerse una idea.

Gilbert entornó los ojos. Estaba a punto de explotar, y no sólo por el comportamiento de ese hombre, pero logró controlarse. De hecho, y sin saber por qué, empezó a sentir curiosidad por el motivo de la visita de su futuro consuegro. Podía hacerse una idea de lo que quería, no era tan idiota, pero no le importaba tener que escucharlo hablar. En el fondo, y aunque le costara reconocerlo, el señor Weasley era bastante sensato. A pesar de la brujería y todas esas cosas.

-¿Qué quiere?

-Sólo hablar. Tengo que hacerle una proposición.

-¡Genial! ¡Una proposición! ¿Quiere llenar mi jardín de ogros y pegasos y todas esas cosas... mágicas durante la maldita boda?

-No sé muy bien qué pintaría un ogro en una boda –Arthur sonrió, ignorando el disgusto del otro hombre –Y los pegasos ni siquiera sé que son. Así que no. No he venido a eso.

Gilbert bufó cuando Arthur le mostró los dientes y golpeteó la mesa con los dedos. En sus anteriores encuentros, el brujo se mostró bastante menos engreído que ese día, y Gilbert no sabía muy bien si eso le gustaba o le sacaba de quicio. Aún tardaría unos minutos en decidirlo.

-Entonces, dígame lo que quiere y lárguese de mi casa. Estoy muy ocupado.

-Veo que se encuentra de mal humor –Arthur fue burlón. Gilbert comprendió que no lograría espantarlo con malas palabras. Y había sido muy directo en lo dicho antes. Ni siquiera tuvo que maldecir o decir tacos -¿Puedo hacer algo por usted?

-¿Dejarme en paz?

-¡Claro, por supuesto –Arthur rió suavemente, con la sensación de que estaba logrando doblegar el mal carácter del muggle –Me daré prisa, entonces. Molly y yo hemos decidido que le regalaremos a los chicos el viaje de novios, y hemos pensado que a su mujer y a usted les gustaría participar.

-¡Oh, ya veo! –Gilbert sonrió con malicia, cruzando las manos entrelazadas sobre la mesa –Ha venido en busca de fondos.

-No se equivoque, Gilbert. No quiero su dinero. Quizá, con el que yo tengo no pueda enviar a los chicos a ningún lugar exótico o lejano, o quizá no logre cubrir todos los gastos del viaje, pero me las apañaría, créame. No vivo en la miseria.

Gilbert le creía. Algo le decía que ese hombre jamás iría a casa de nadie a pedir dinero, menos aún por un motivo como ese, y se vio obligado a guardar silencio, mientras su cerebro buscaba algo que decir. Que fuera hiriente, a ser posible.

-En tal caso. ¿Por qué no lo hacen ustedes todo? Así quedaría patente lo buenas personas que son su mujer y usted, y lo malo que soy yo. ¿No cree?

-Usted no me parece malo. Sólo terco y desagradable. Pero estoy seguro de que es capaz de entrar en razón. ¿Me equivoco?

Desgraciadamente no se equivocaba. Gilbert respiró hondo, gruñó por lo bajo y apretó los ojos antes de enfrentar la mirada del pelirrojo mago. Estaba harto de todo y, por una vez, se rindió. Aunque sólo a medias.

-¿Qué quiere exactamente?

-Que decidamos el itinerario de forma civilizada. Elaboremos una lista de lugares mágicos y muggles que los muchachos podrían visitar. Concertemos la forma de viaje y todas esas cosas. ¿Qué le parece?

-Si no queda más remedio.

Y, así, pasaron casi una hora hablando sobre la dichosa luna de miel. Arthur venía totalmente preparado, cargado hasta las cejas con folletos de viajes, y Gilbert debía reconocer que le sorprendió tanta efectividad. Lo más difícil fue decidir el lugar, pero al final decidieron enviarlos a Sudáfrica. Estarían lejos de casa (y de los problemas), verían bonitos y diferentes paisajes e, incluso, podrían estudiar antiguas tribus de magos que, en su día, habitaron en esas tierras. Era perfecto, y consiguieron no discutir ni una sola vez, algo que no era fácil teniendo en cuenta quiénes eran. De hecho, estaban demasiado absortos en su trabajo para recordar que se odiaban.

-Pues eso ya está –Arthur se puso en pie, sonriente y conciliador, recogió todos los papeles y le tendió la mano a Gilbert –Ha sido agradable trabajar con usted. Quizá deberíamos repetirlo.

-¿Cuándo tengamos que negociar si nuestros nietos serán soldados o magos?

Aquello era, oficialmente, una broma. Arthur pensó que iba en serio, hasta que notó un brillo divertido en los ojos del hombre. Llegó a la conclusión de que no todo era tan terrible como parecía. Incluso Gilbert le estrechó la mano con fuerza.

-Tal vez sea un buen momento –Arthur dio dos pasos atrás y miró a su alrededor -¿Le importa que me desaparezca? Sería un poco violento encontrarme con esa chica otra vez, después de que me pidiera que me fuera.

-¿No cree que está intentando tomarse muchas confianzas? –Gilbert bufó, recuperando su gesto hosco. Observó a Arthur fijamente, que aún esperaba una respuesta, y terminó por revolverse, contrariado e impotente –Está bien. Haga lo que le plazca. Pero que sea esta la última vez.

-Por supuesto. Siempre y cuando usted no vuelva a darme con la puerta es las narices. Estoy seguro de que somos perfectamente capaces de hablar civilizadamente otra vez.

-¿Civilizadamente?

Arthur alzó una ceja. Gilbert quería insultar de nuevo su naturaleza de mago, pero guardó silencio. No sabía muy bien por qué, aunque sospechaba que era algo relacionado con el respeto que aquel hombre se había ganado. Después de todo, no había necesitado mucho tiempo para aprender a manejar su mal carácter.

-A Penny le gustará saber que ha colaborado con esto –Arthur habló con suavidad –No le gusta que usted se mantenga al margen de los preparativos de la boda.

-No estoy intentando echarlo a perder. ¿No es eso suficiente para ella?

Arthur cabeceó, mirándolo con algo parecido a la compasión.

-Me parece que ya ha comprendido que este matrimonio no es tan mala idea después de todo. Entiendo que le resulte difícil aceptar la magia, pero Penny no estuvo amenazada por la magia en sí, sino por un loco que quería dominar el mundo. Estoy seguro de que entre los muggles también hay muchos de esos. Usted es militar. Debería saberlo mejor que yo.

Y, tras decir eso, se largó. Gilbert se quedó mirando el lugar vacío que antes ocupara el mago, y algo en su interior le dijo que tenía toda la razón. Pero él no estaba preparado para aceptarlo, no aún. Todavía podía intentar salvar a su hija de aquel error, y quemaría todos los cartuchos posibles antes de que se produjera el desastre.

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No había mucha gente en El Caldero Chorreante a esas horas de la tarde. La mayor parte de los magos que salían del trabajo, iban directamente a sus casas para darse un relajante baño y, en cualquier caso, salían un rato después de cenar en familia. Aunque Penny no era tan amante de la tranquilidad como Percy, le gustaba el ambiente sosegado que se respiraba ese día en el local.

Jules y ella se habían acomodado en una mesa, cerca de la ventana, y bebían cada una cerveza de mantequilla. Penny estaba contenta porque había dejado zanjado el asunto de las flores y, sobre todo, porque ya se había librado de su madre y de su suegra. Las mujeres no habían dejado de lanzarse pullas en toda la tarde, y Penny había estado a punto de mandarlas al infierno, pero Jules había sabido manejar la situación y las había mantenido ocupadas viendo escaparates y esas cosas. A Rebecca parecía caerle muy bien Jules, por eso de ser de buena familia y esas cosas, y la bruja supo aprovecharse tan bien de la situación, que la mujer se fue a casa sin protestar, para alivio de Penny y, ante todo, de Molly Weasley, que se había despedido de ella con pena y había murmurado por lo bajo que no volvería a hacer nada con Rebecca nunca más. Ni siquiera si su vida dependía de ello.

-¡Oh, Merlín! ¡Hemos sobrevivido! ¡Es un milagro!

Jules era evidentemente sarcástica. La situación, aunque no tenía nada de graciosa, se lo estaba haciendo pasar en grande. Penny la miró con malos humos, a pesar de saber lo que su amiga pretendía. Relajar el ambiente y hacerle ver que nada era tan malo como parecía. Después de todo, Jules había pasado por una situación parecida a la suya, y ahí estaba, tan feliz y tranquila como cualquiera.

-No te burles. Te juro que no las aguanto.

-Vamos. No ha sido tan malo. Al menos, no ha ocurrido nada que no te esperaras. ¿Verdad?

-Ese es un triste consuelo –Penny suspiró -¿Tan difícil es que se lleven bien? O que se toleren al menos. Lo suficiente para no hacerme tener deseos de estrangularlas.

Jules rió y le colocó una mano en el hombro a modo de consuelo.

-Son como el agua y el aceite. Creo que lo más que puedes esperar de ellas es lo que ha ocurrido esta tarde. ¡Si hasta han ido de compras juntas! Es genial. ¿Verdad?

Penny alzó una ceja y se hundió un poco en su silla.

-Lo peor de todo es que no puedo dejar de pensar en mi padre. Mi madre siempre ha sido más permisiva, y mira cómo está. Él... Es tan testarudo que me pone de los nervios.

-Vamos, Penny. Tu padre no ha hecho nada hoy, ni siquiera está aquí. Preocúpate por él cuando te de motivos. Hasta entonces, intenta relajarte. Después de todo, esta tarde vas a hacer algo con Percy. Eso es genial.

-Sí –Penny sonrió, recordando la conversación que mantuvieron aquella misma mañana –A veces tengo la sensación de que no estamos llevando los preparativos de la boda como debiéramos. Optamos por dividir las tareas y nos estamos dando sorpresas desagradables.

-Como la idea de Percy de convertir su boda en una reunión de trabajo.

-Por ejemplo.

-No me digas que no te imaginabas lo que pretendía hacer –Jules hablaba con indulgencia, quitándole importancia a todo aquello. Sabía que lo que le pasaba a Penny era por culpa de los nervios, así que se impuso la tarea de ayudarla a relajarse –Tu prometido es muy transparente, así que el asunto de la lista de invitados no es motivo para enfadarse con él.

-No me he enfadado con él. Ni siquiera hemos discutido demasiado. Creo que Percy estaba preparado para renunciar a eso.

-¡Claro! ¿Y tú estabas preparada para renunciar a Casper?

No debió contárselo. Penny, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, se sentía muy incómoda cada vez que salía a colación el nombre de su viejo amigo. Aún así, le había contado a Jules su conversación con Percy en el Ministerio, y su amiga no iba a dejar zanjado el tema así como así. Parecía querer psicoanalizar a Penny, y nada iba a detenerla.

-Reconozco que me hubiera gustado mucho tenerlo con nosotros. ¿Sabes? Es un buen amigo. Hemos pasado muchas cosas juntos.

-¿Te molesta que Percy se niegue a invitarlo?

-Entiendo a Percy.

-No te he preguntado eso –Jules la interrumpió antes de que soltara un discurso sobre lo razonable del comportamiento de su futuro marido –Quiero saber si estás cabreada.

-¡No lo estoy! –Jules entornó los ojos, asemejándose mucho a sus hermanas cuando sabían que les estaba mintiendo y pretendía sacarle información –Bueno. Quizá no me haya sentado del todo bien.

-¿Por qué?

Penny guardó silencio. No quería seguir hablando, pero Jules parecía decidida a ayudarla a sacar al exterior todas las cosas que le ponían nerviosa.

-Porque Percy actúa así por celos. Odio cuando se porta como un hombre de las cavernas. No me gusta que piense que puede manejarme como le apetece.

-¡Oh! ¿Y es eso lo que hace? ¿No tiene motivos para estar celoso?

-¡Claro que no! Entre Casper y yo no hay ni habrá nada nunca –Exclamó Penny, ofendida.

-Pero lo hubo. Y aunque lo hayas hablado con Percy, estoy segura de que él aún se siente inseguro respecto a eso. Por eso no quiere invitarlo a la boda.

-Eso es estúpido.

-Los hombres lo son casi todo el tiempo, querida.

Penny guardó silencio. Sabía lo que Jules pretendía hacer al decirle todas esas cosas. Le estaba invitando a aclarar todos los malentendidos con Percy antes del día de la boda, a no arrastrar viejos problemas a su matrimonio y a enfrentar su nueva vida con todas las cuentas pasadas totalmente saldadas.

-Tendríamos que hablar sobre eso. ¿No?

-¡Oh! Yo no he dicho nada. Eso lo has dicho tú.

Penny rió. Le encantaba esa capacidad que tenía Jules para hacerla sentir mejor. Se conocían de hacía muy poco tiempo, pero habían forjado una amistad muy fuerte, y a Penny eso le gustaba muchísimo.

-Creo que ya basta de hablar de mí por hoy –Espetó con ánimo alegre, observando a su amiga detenidamente. Había un brillo en su mirada que la hacía ver más feliz que nunca -¿Qué tal tu nueva vida de casada?

-Bueno. Podría que decir que es genial, pero desgraciadamente no tengo a Lucien conmigo todo el tiempo que quisiera –Jules se encogió de hombros, como si eso no le importara realmente –Y su apartamento de soltero es un desastre. No puedes imaginar todos los trastos que tenía ahí metidos, y mucho menos lo desordenados que estaban. Incluso he descubierto un segundo dormitorio donde yo pensaba que había un armario.

-¡Oh! –Penny rió con ganas. Ella no había estado nunca en el piso de Lucien, gracias a Merlín. El hombre siempre había dicho que se sentía avergonzado de su poco talento para la limpieza y el orden –no me digas que no has hecho más que limpiar.

-Limpiar y tirar un montón de trastos inútiles. Lucien encogió unas cuantas tonterías que tenía por ahí guardadas y las metió en un cajón de su mesilla, lo que está muy bien.

-¿No ibais a compraros una casa en Hogsmeade?

-Sí. Y creo que seremos vecinas. ¿No es genial? –Penny afirmó con la cabeza, realmente entusiasmada con la idea –Aunque de momento tenemos que pagar todas las deudas de la boda y tal. Ya veremos como van las cosas, pero creo que podremos apañárnoslas en su apartamento. Incluso podremos utilizar el segundo dormitorio, ahora que vamos a ser uno más.

Penny parpadeó, captando el significado de esas palabras. Ahora sabía qué era ese brillo especial en los ojos de su amiga y, sin poder controlarse, dio un salto y la abrazó con fuerza, llevando una mano al vientre de Jules, como si pudiera sentir la vida que crecía en su interior.

-¡Es maravilloso! ¡Enhorabuena!

-Eres la primera en saberlo. Lucien quería esperar un poco antes de decírselo a los demás. Ni siquiera estoy de dos meses y, de hecho, pensábamos que era un poco pronto para anunciarlo, pero...

-¡Oh, un pequeñajo ahí dentro! –Penny la miró con ternura. Todos sabían que adoraba a los niños –Lucien debe estar tan feliz...

-¡Oh! Yo más bien diría que está cagado de miedo –Jules rió, mientras su amiga volvía a su lugar –Aún no se ha hecho a la idea de ser un hombre casado, así que imagina cómo debe sentirse.

-¡Pobre Lucien!

-A decir verdad, yo también estoy bastante asustada –Jules sonrió –Ninguno de los dos sabemos cómo cuidar un bebé...

-¡No seas tonta! ¡Ya aprenderéis! Y a Lucien siempre se le han dado bien los niños, aunque se niegue a admitirlo.

-¿En serio?

-Deberías haberlo visto lidiar con los montruitos de la guardaría. Se los metía en el bolsillo con un par de chistes y una bolsa de caramelos.

-¡Vaya! –Jules volvió a reír, imaginándose a su amigo en aquella tesitura –De cualquier forma, estamos muy contentos. Ya hemos discutido por los nombres y todo. Lucien está tan convencido de que será una niña que no me deja pensar en nombres para chicos.

-¿Quiere una niña?

-Se muere por una niña. Está dispuesto a sacrificarse para vigilarla de por vida. Porque mientras sea pequeña, bien, pero cuando se haga mayor y empiece a salir con chicos, mi pobre Luc tendrá que pasarse la vida peleando contra los moscardones que la rondarán. Dice que no soportará a un chico que se parezca a él ni un poco.

Penny rió, olvidadas por completo sus preocupaciones anteriores. Jules la acompañó en sus risas y siguió relatando las paranoias de Lucien acerca de su hija y los calaveras que la rondarían.

-Y lo peor de todo, es que dice que si tenemos un hijo, le enseñará todos los trucos para ser como era él antes de la boda. ¿Puedes creerlo?

-Puedo, te lo aseguro, puedo.

-Así pues, querida amiga, está a punto de nacer un nuevo Gilbert Clearwater. Empecemos a rezar.

-¿Otro Gilbert Clearwater? ¿Dónde?

Percy acababa de llegar. Venía vestido con la elegancia que siempre procuraba pasear por el Ministerio y las miraba con aire divertido, encantado de ver a su novia relajada por unos minutos. Jules le sonrió y se puso en pie, dispuesta a marcharse a casa.

-Tranquilo, señor Weasley. Aún falta un poco para eso.

-Menos mal. Ya pensaba que tendría que convertirme en avestruz y meter la cabeza debajo de la tierra hasta que desaparezcan todos los Gilbert del mundo.

Las damas rieron y Percy se dejó caer junto a Penny.

-Será mejor que me vaya a casa, tortolitos. Tomaré la red flú.

-¿Crees que deberías? –Inquirió Penny, entre divertida y preocupada.

-No me estoy muriendo, querida. Además, no pienso pasarme los próximos meses caminando de un lado para otro.

-Hasta luego entonces. Y gracias por acompañarme.

-Ha sido un placer. Adiós.

Jules utilizó la chimenea del bar para regresar a su apartamento. Percy tenía el ceño fruncido y parecía meditar algo.

-¿Nos ha llamado tortolitos?

-Eso parece.

-¡Oh, rayos! –Guardó silencio un segundo, siguiendo con sus reflexiones -¿Y a qué ha venido lo de la red flú?

-¡Oh, eso! Pues nada. Cosas nuestras. Quizá Lucien te diga algo dentro de poco.

-¿Tú no puedes adelantarme nada?

-No soy una chismosa, querido –Penny se levantó y lo cogió de una mano –Y vámonos ya o se nos hará tarde.

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¡Hola otra vez! Esta vez no he tardado en actualizar, menos mal :P. Acabamos de enfrentar a los muggles contra los magos, y creo que los segundos han obtenido mejores resultados, jeje. El día de la boda se acerca, pero antes tendremos las despedidas de solteros. Despedida que, desgraciadamente para Percy, organizará George. ¡Pobrecico mío!

En fin. Aquí tenéis. Espero que os haya gustado. Nos vemos pronto.