El sonido de las máquinas a las que estaba enchufado el chico italiano era lo único que se oía en aquella fría habitación de hospital. Estaba atardeciendo ya y en las calles estaba refrescando.

Un chico moreno con unos grandes ojos verdes miraba con tristeza por la ventana de la sala, perdido en sus pensamientos.

Suspiró y se giró a observar la cama en la que yacía un muy pálido joven con un rizo en la cabeza. Ese que alguna vez había sido su gran amor, con quien, a pesar del poco tiempo que se conocía, había vivido muchas cosas, estaba ahora postrado en una cama del hospital en estado de coma. Hacía apenas un par de semanas había sido atropellado en el paso de cebra en el que se habían conocido.

Era algo que llegaba a ser bastante irónico para Antonio. Jamás pensó que algo así podría pasarle a su Lovino, y menos en ese lugar en el que sus vidas se cruzaron aquella fría noche de otoño.

-Antonio-dijo una voz femenina proveniente de la puerta. El aludido apartó su vista del italiano y vio que se trataba de Eli. Desde que Lovino estaba ingresado en el hospital, la húngara iba, al igual que Antonio, todos los días a visitar a Lovino.

-Hola-saludó el español con una triste sonrisa a su amiga. Ésta dejó su bolso en la silla que había junto a la cama y se acercó a Antonio. Durante un rato ninguno de los dos murmuró palabra alguna. Hay veces en la que no hacen falta.

-He hablado con los médicos-dijo entonces Eli rompiendo así el silencio que se había formado-dicen que no es normal que lleve dos semanas en primer grado de coma y aun no halla despertado a pesar de todo lo que han hecho por intentar traerle de vuelta. Es como si...

Antonio, quien miraba al italiano a la vez que oía lo que le decía su amiga, levantó la vista y la posó en ella, que le miraba con cierto aire de preocupación.

-Es como si...- le animó Antonio a seguir.

-Es como... si no quisiera seguir viviendo. Y los médicos, a pesar de los medicamentos, el suero y todo lo que están haciendo, no pueden hacer nada por inculcarle las ganas de vivir. Eso tiene que venir de él.

Antonio miró a la húngara con preocupación, temiendose lo peor. ¿Y si Lovi...?

No.

No quería ni pensar en lo que pasaría si su italiano favorito moría. Simplemente no podía.

-Y...-murmuró el español con dificultad, mientras los ojos se le llenaban de lagrimas instantáneamente-¿Qué va a pasar, Eli?

La húngara, tardó unos momentos en contestar, sintiendo un gran nudo en la boca del estómago.

-N-no lo sé, Antonio-respondió Eli con la voz rota.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos del español ojiverde con amargura, quien sollozando se abrazó a su amiga. Ésta correspondió el abrazo al instante, sintiendo como el dolor del español era incluso mayor que el suyo propio. Ella había sido amiga del italiano del sempiterno entrecejo fruncido, quien ahora permanecía pálido y moribundo en esa fría cama del hospital; pero sin embargo, Antonio había sido la pareja de Lovino durante varios meses, y había estado perdidamente enamorado de él desde el primer momento en el que lo vio.

Tras terminar de desahogarse, el joven español se secó las lágrimas que se escapaban aún contra su voluntad de sus ojos y se acercó a su novio. Le dio un pequeño beso en la mejilla, que estaba completamente fría. Puso sus manos en las dos mejillas del italiano, intentando así que se calentasen un poco, aunque fue en vano.

Cuando ya cayó la noche, llegó la madre de Lovino. Saludó a los dos jóvenes, amigos de su primogénito, y se sentó en la silla que había junto a la cama.

Antonio recogió sus cosas al saber que Lovino no se quedaría sin compañía esa noche. Fue hacia el italiano y le depositó un beso en la frente, susurrándole al oído un quedo 'te quiero'. Eli, imitando al español, besó al italiano en la mejilla y fue junto a su amigo a la salida del cuarto.

Salieron del hospital sin cruzar ni una palabra. Antonio estaba con su mente en Lovino y en el porvenir de este. A pesar de ser una persona bastante optimista y positiva, pensaba en la posibilidad de que Lovino se muriera, o que no despertara jamás del coma.

-¿Vas a tu casa?-preguntó Eli sacando así al ojiverde de sus pensamientos.

-Supongo...aunque no iré directamente. No tengo ganas de ir a casa. Solo quiero estar con Lovino.

-pero Antonio-razonó la húngara, mirando con ternura al español-tienes que seguir con tu vida. Se que estás preocupado por Lovino, pero no puedes simplemente dejar de estudiar y de ir al trabajo. Lovino querría que siguieras con tu vida, que fueras feliz...

-No hables como si conocieras a Lovino así de toda la vida-dijo Antonio mordaz, dejando a la morena completamente descolocada. Antonio no se comportaba así...

-¿Pe-perdona?-preguntó creyendo haber oido mal.

-Digo que ninguno de vosotros sabéis como es Lovino.

-B-bueno, está bien...-dijo Eli sin querer montar una pelea en un momento tan crítico como ese en sus vidas-por cierto, yo ahora he quedado con esta gente en una cafetería. ¿Te vienes?

Antonio, a pesar de no tener ninguna gana de ver a nadie, aceptó a ir.

El camino hacia la cafetería fue silencioso. Apenas hablaron un par de frases, cada uno pensando el en italiano.

Cuando llegaron, vieron que ya estaban ahí Gilbert, Francis y Emma.

-Salut-saludó Francis a su amigo español dándole un fuerte abrazo. Gilbert saludó a su novia con un pequeño beso en los labios y Emma le dio la bienvenida a su amiga con una abrazo, al igual que el francés, su actual pareja. Llevaban juntos más de tres meses, todo un record para Francis.

-Hola-dijo con tristeza Antonio a su mejor amigo.

-¿Cómo estás?-preguntó el francés indicandole a su amigo un asinto junto al suyo. Antonio se sentó y se quitó la sudadera mientras le contaba a Francis sobre el estado de su novio.

-Y es posible...-dijo el ojiverde con dificultad-que...

-Que...-le animó su amigo rubio a seguir.

-Que no despierte nunca.

-¿E-en serio?-preguntó Emma, quien había estado escuchando de cerca la conversación entre su primo y su pareja, con los ojos vidriosos, a punto de llorar.

-Sí-dijo Antonio mirando al suelo, impidiendo que nadie viese como dejaba salir una lágrima del ojo.

-Joder, vaya mierda-intervino Gilbert, quien se estaba llevando su cerveza a los labios-¿Y como puede ser eso? No puede no despertar. Además, el otro día dijisteis que ya se le estaban curando las fracturas del brazo.

-Ya... pero no se, es todo muy raro incluso para los médicos-aclaró su novia, sentada a su lado-dicen que es como si no tuviera ganas de vivir.

-¿¡Cómo que no tiene ganas de vivir!?-preguntó escandalizado Gilbert, mirando con sorpresa a la húngara. No cabía en su cuadrado cerebro alemán que alguien de su edad no tuviese ganas de seguir viviendo.

-No lo sé, ¿Vale?, es lo que han dicho los médicos. Por eso no despierta. Por cierto, ¿Y tu hermano?

-Está con Feliciano. Desde lo del accidente de su hermano se han vuelto más cercanos y,aunque parezca increible, Ludwig parece tener sentimientos y consuela a Feli.

-¿Sí? aaaw, que monos. Yo te digo que acaban juntos-dijo Eli, sacando su lado fujoshi.

-No veo a mi hermano con nadie. Es demasiado serio como para tener pareja.

-Y Feli es demasiado abierto como para hacer que Lud acabe con él.

Antonio observó a la pareja y suspiró, pensando que él si sabía(o eso creía) cual era la causa de que Lovino no quisiera despertar. Ya se lo había dicho antes... pero nunca pensó que fuese algo tan importante en la vida de su pequeño italiano.

Lovino le había contado que tenía la impresión de que Feliciano estaba atrayendo toda la atención del grupo desde que había llegado, y no se equivocaba mucho en eso. Antonio había podido ver como su querido italiano se sumía más y cada vez más en las sombras, viviendo eclipsado por su perfecto hermano menor. Según el mismo Lovino, siempre había sido así...Feliciano se llevaba todo los méritos y felicitaciones y Lovino...Lovino nada. Él tenía que llevarse toda la mierda y los trapos sucios de todo...

Desde ese punto de vista, era normal y comprensible que Lovino Vargas no quisiera seguir viviendo esa vida tan triste y odiosa.

Antonio volvió en si cuando sintió como Francis le zarandeaba.

-¿Qué pasa?-le preguntó al rubio.

-Te estabamos preguntando que si te apuntabas a una segunda ronda de cervezas.

-No me apetece...

-Venga tío-animó su amigo albino-así te relajas un poco.

-No, de verdad. No me apetece tomar nada.

-Bueh, tu verás...-dijo el ojirrojo llamando a voces al camarero.

-¿Sabeis?-preguntó Antonio de repente, sin dirigirse a nadie en particular-Creo que me voy a ir. No me apetece estar aquí ni en ningún lado...Me voy-sentenció poniendose en pie.

-¿Te vas a ir ya?¿Y solo?-preguntó su prima con sorpresa.

-Sí-contestó el ojiverde poniendose su sudadera-Ya nos veremos en otra ocasión. Adiós se despidió con una pequeña sonrisa.

-¡Espera!-exclamó su mejor amigo cuando se disponía a salir por la puerta-te acompaño.

-No hace falta, de verdad, Francis...-dijo Antonio, pues lo único que quería en aquellos momentos era soledad.

-Si, si, lo que tu digas, mon amour. Pero insisto, en este momento necesitas de ton meilleur ami-dijo el francés empujando a su amigo para salir de la cafetería.

Comenzaron a andar hacia casa del español. Francis era quien llevaba básicamente todo el hilo de la conversación. Era bastante extraño ver a Antonio, el de la eterna estúpida sonrisa en la cara, de esa manera. Serio, desanimado, sin ganas de hacer nada. Las únicas veces en las que el rubio francés lo había visto así había sido solamente cuando algún familiar se le había muerto.

Cuando llegaron a la casa del ojiverde, Francis le despidió con un fortísimo abrazo. Antonio escondió la cara en su cuello, dejando salir un par de lagrimitas.

-Llora si es lo que necesitas-dijo el francés, apretando más a su amigo-ya sabes que tienes mi hombro para llorar. literalmente.

El español esbozó una pequeña sonrisa y sollozó un poco, aún escondido en el hombro de Francis.

-Gracias, Francis-le agradeció cuando se separaron. El rubio miró con tristeza a su mejor amigo, quiebn ya había dejado de llorar, pero tenía aún los ojos llenos de lágrimas.

-No hay de que, mon ami-le dijo Francis regalándole una sonrisa, intentando subirle el ánimo.

Antonio pasó esa noche mal, al igual que todas las anteriores desde el accidente de Lovino. Apenas conseguía conciliar el sueño, estaba toda las noche en estado de duermevela, lo que era desesperante para el español.

La mañana llegó soleada. Antonio preparó sus cosas para ir a clase y fue a la universidad, cosa que consideraba na pérdida de tiempo, pues hacía tiempo que había dejado de atender a clases.

No se quedó ni siquiera una hora entera. Sintiendo como si se ahogara, el español fue directo al hospital, dispuesto a pasar el tiempo que hiciera falta juntoa Lovino hasta que éste despertase, cosa que esperaba fuera pronto.

La planta en la que estaba ingresado el italiano no estaba muy concurrida al mediodía, por lo que llegó más rápido al cuarto de Lovino, sin tener que sortear camillas ni familiares de pacientes por los pasillos.

Cuando entró en la habitación, solo se encontraban en ésta Lovino, inerte en la cama, y un médico, que parecía estar comprobando su estado.

-Hola-saludó Antonio, acercándose a la cama. Lovino seguía igual que el día anterior. Pálido y enfermizo.

-Buenos días-contestó el médico, apunbtando algo en un cuaderno.

-¿Cómo se encuentra Lovino, doctor?

-Pues la verdad, joven, igual. Sus fracturas en el brazo derecho parecen ir sanando bien, con normalidad. Pero él sigue sin despertar-respondió el hombre, quien seguía apuntando notas en su cuaderno y no le había dirigido la mirada a Antonio.

-E-entiendo-dijo Antonio, quitándose la mochila de la espalda y sentándose en la silla junto a la cama del italiano.

-Hay una posibilidad, aunque no suele dar resultado la mayoría de las veces y hasta puede sonar cliché, que es la de que alguien cercano a él le haga venir por medio de hablarle y darle la mano. Hacerle saber que se está a su lado. Las personas en coma pueden oír lo que ocurre a su alrededor.

-¿En serio?-preguntó Antonio, sintiendo la esperanza renacer dentro de él.

-Sí. Aunque ya te he dicho que muchas veces no suele dar resultado. Aunque puedes probar a ver. No te puedo asegurar que despierte nada más oír tu voz, pero quizás a la larga si resulte.

-Muchas gracias, doctor-agradeció Antonio cogiendo entre sus manos la fría de Lovino mientras el médico le sonreía con cierta tristeza y salía de la habitación.

¿Cómo es que no se le ocurrió antes? Las veces anteriores como mucho había hablado en voz alta, pero nunca dirigiendose a Lovino ni a nadie en particular. Y, mucho menos, le había cogido la mano, pues temía que al tocarla si quiera le hiciese daño, pues tenía las manos y los brazos llenos de magulladuras y demás heridas.

-L-Lovino... creo que puedes escucharme, o eso ha dicho el médico. Espero que sea verdad-empezó a hablar Antonio, intentando que su voz no sonase muy quebrada-¿Sabes? Dice que no tienes ganas de vivir y que por eso no despiertas... los del grupo no se pueden creer esto. ¿Cómo alguien de nuestra edad, con toda la vida por delante, no tiene ganas de seguir viviendo? A pesar de eso, creo que te entiendo y me parece saber cuales son tus razones. Pero por favor, te pido y te ruego que te quedes aquí. Te quiero, Lovi. te quiero como nunca antes he querido a nadie, y si tu te vas... no quiero ni imaginarme lo que podría pasar.

Lovino no despertó ese día, ni los días siguientes, pero Antonio continuó viniendo todos los días a hablarle a su pequeño italiano. Le contaba lo que había hecho durante el día y a veces le recordaba las felices tarden que solían pasar dndo vueltas por las calles de Madrid.

-¿Sabes, Lovi?-le dijo una tarde-ya no toco más la guitarra en el metro. Lo he intentado en un par de ocasiones, pero cada vez que me dispongo a cantar veo el fantasma de esa tarde de invierno ahí, en la que me saludaste y comenzamos a vernos, y no puedo seguir. Siento que los ojos se me llenan de lágrimas y necesito estar contigo.

Antonio agachó la cabeza y comenzó a llorar silenciosamente. Sin embargo, cual fue su sopresa cuando sintió como la mano de Lovino, la cual estaba entre las suyas, se movía.

-¿L-Lovi?-preguntó el español, dejando de llorar al momento y mirando la mano, que ya no estaba tan fría como solía estarlo.

Sin pensarselo, salió a toda prisa al pasillo en busca de algún médico o enfermera que estuviera por allí para contarle sobre el lento, aunque nuevo avance de Lovino.

-parece que va progresando...-comentó la enfermera que había entrado a rastras por Antonio en la habitación-¿Y cómo dices que ha pasado?

-Pues hice como me dijo el doctor que hiciera. Que le hablase y le cogiera de la mano. Y entonces el ha movido un poco la mano-dijo Antonio super contento.

-Bueno, eso es algo positivo. Además, ¿Ya le quitaron la escayola del brazo, no?

-Exacto-afirmó el español con una sonrisa.

Le faltó tiempo para contarselo a sus amigos.

Emma y Francis fueron al hospital nada más enterarse. Con ellos vinieron Ludwig, Feliciano y la madre de éste, quien estaba llorando de la alegría. En menos de una hora la sala del italiano se convirtió en un hervidero de gente que venía a ver cómo estaba.

-Qué bien que al menos ya no esté como estaba antes, sin moverse ni nada-comentó Emma a su primo.

-Ya, espero que a partir de ahora empiece a mejorar-le respondió Antonio, quien miraba con ternura a Lovino. De vez en cuando, se podía apreciar como éste movía los párpados, como si intentase abrirlos.

Los días que siguieron a éste fueron parecidos. Lovino movía la mano izquierda al principio, y al poco tiempo la derecha también.

El último día de mayo, en el que Antonio se encontraba sentado junto a la cama de su italiano favorito, con su mano derecha entre las suyas y hablándole sobre cómo le iba en la universidad, el chico despertó del coma.

-Hoy haríamos cinco meses. Bueno, en verdad sería esta noche, pues te besé en la noche-rió Antonio-el caso es... que te echo de menos y quiero que despiertes. Por favor, no me dejes-comenzó a llorar el español con la voz quebrada, hundiendo su cabeza entre sus brazos, sin soltar la mano de Lovino.

Mientras el joven español lloraba ríos de lágrimas deseando que todo acabase ya, sintió como algo le tocaba la cabeza. Alzó la cabeza para ver al italiano con los ojos entreabiertos y una pequeña pero vivaz sonrisa pintada en el rostro.

-No llores idiota...-murmuró Lovino con la voz algo pastosa.

El ojiverde parpadeó una, dos, hasta tres veces, sin hacer comentario alguno, pensando que eso debía de ser una alucinación.

-¿Lo-Lovi?-preguntó incrédulo.

-Ya te he dicho mil veces que no me llames así, maledizione-protestó el italiano sin dejar de sonreir.

En menos de un segundo, el español gritó con todas sus fuerzas 'Lovi' y se echó encima del susodicho, quien se sentía cansado, casi sin fuerzas, aunque feliz.

La noticia de su despertar se difundió rápidamente, aunque no todos pudieron ir al hospital ese día.

La madre del italiano, acompañada de su hijo menor y del nuevo mejor amigo de éste, Ludwig, llegó a la sala en la que se econtraba hospitalizado su hijo.

-¿Cómo te has atrevido a presentarte aquí con el jodido macho patatas, Feliciano?-bramó Lovino al ver la compañía de su gemelo, pero este ignoró el comentario de su consanguíneo y se echó, al igual que Antonio, encima de Lovino en un fuerte abrazo.

A pesar de que el ambiente radiaba de felicidad, apenas pasó una hora y los médicos les pidieron irse a casi todos.

Solo su madre se quedó aquella noche con él, pues necesitaba reposo y poder ubicarse después de tantas semanas en coma.

A partir de ese día, recibió visitas diarias de Antonio, quien le regalaba hasta flores, provocando así que el italiano muriese de vergüenza y negara ante los médicos y enfermeras que se conocían y menos aún que eran pareja. Sin embargo, cuando el ojiverde le besaba, él no hacía nada para apartarse. Es más, le atraía más hacia si y más de una vez las máquinas empezaron a pitar más de lo normal por el besuqueo tan intenso y apasionado de los dos.

Los demás del grupo también le hacían visitas de vez en cuando, no tan regularmente como Antonio.

Gilbert y Eli siempre iban juntos a verle. Eli le traía comida basura de esa que a ella tanto le gustaba y la infiltraba en el hospital. Lovino,a pesar de no aceptar mucho ese tipo de comida, no se podía quejar, puesto que la comida que allí le ponían era asquerosa.

Emma solía ir a verle con Antonio, y alguna que otra vez incluso con Lili, quien había cumplido hacía poco la mayoría de edad y pudo entrar a verle en el hospital. Ésta le llevaba flores, al igual que Antonio, y hasta alguna que otra vez le llevó dulces.

Cuando finalmente Lovino salió del hospital, era mediados de junio. Los exámenes finales en el instituto se los perdió, pero poco le importó. Aunque fuese un coñazo, tenía todo el verano por delante. Además, Antonio le había dicho que le ayudaría en todo lo posible.

El verano fue inolvidable. Antonio estaba con él cada día, y hasta le invitó a pasar un par de semanas en su casa de verano en un pueblo de Valencia.

Los días se conviertieron en semanas, las semanas en meses, y los meses en años.

Cuando Lovino miraba atrás, sonreía al pensar que por una simple caída en un paso de cebra, su vida había cambiado, para mejor, sobra decir. El misántropo que huía de las relaciones humanas acabó necesitando a ese estúpido pero cariñoso español a su lado, y viceversa.

FIN