Hola chicas! Aquí tenéis un nuevo capítulo de esta historia. Lamento que ea tan corto, es introductorio a uno más largo. Puede que esta semana no me pueda parar tanto por aquí como me gustaría porque tengo a una alumna de intercambio a la que tengo que tratar también como me trató ella a mí cuando estuve en su casa. Muchas gracias por seguir con esta historia, de verdad. Espero que os guste. Besos.

Rose intentaba concentrarse en el soporífero discurso que el profesor estaba soltando mientras jugaba con su lápiz sobre la mesa –incomodando a uno de sus compañeros, aunque ella no era consciente de ello – mirando la sala circularmente.

No podía dejar de sorprenderse con los sujetos que había por allí desperdigados. Sin duda, no había ninguno que se le pudiera considerar atractivo.

El chico más guapo físicamente era un completo estúpido que se creía por encima de todos ellos a pesar de que había varios – los cuales Rose había tenido el placer de conocer un poco más durante las semanas pasadas – que le superaban con creces.

Sintió que Roger, el compañero que tenía a su lado derecho, le tocaba el hombro.

-Esto, Rose, sé que mi hombro puede resultar muy cómodo pero…se me está hormigando. ¿Te importaría mover tu cabeza?

Rose, muerta de vergüenza, cambió su posición. ¿Cuándo había quedado reposada en el hombro del chico? No se había dado cuenta pero con razón la silla hoy le resultaba mucho más confortable.

-Lo siento, Roger. No me había dado cuenta.

-Tranquila, lo entiendo. Es el cansancio acumulado, tú eres la que más prácticas a llevado a cabo hasta la fecha. Eso afecta al rendimiento normal de un cuerpo.

-¿Cuántas prácticas has hecho tú? Perdona, ¿puedo tutearte?

-Claro – Roger sonrió – De campo sólo dos. Burocráticas, todas. Me usan como el chico de los recados.

-¿De verdad? – Rose sintió en ese momento gran aprecio por sus jefes, que le otorgaban el privilegio de poder inmiscuirse en sus trabajos.

-De verdad, valora la oportunidad que tienes. Aquí hay muchos que desean quitarte esa plaza, Rose.

-Gracias por el aviso, Roger – la preocupación inundó el estómago de Rose - ¿Estás tú entre ellos?

Roger sonrió, poniéndose colorado lo que resultó altamente extraño para la pelirroja. Rose no pudo evitar sonreír.

-Ya veo que no. A pesar de que no te dejen participar activamente, te deben tratar muy bien ¿o me equivoco?

-Mis labios se mantendrán sellados a partir de este momento, el profesor nos está mirando de reojo.

Rose volvió a centrar toda su atención en su lápiz. La verdad es que Roger quizás si fuera un poco guapo. Tenía el cabello castaño claro así como sus ojos, aunque quizás lo más atractivo fuera su nariz, casi tan angulosa como la de Scorpius.

Mientras tanto, Scorpius intentaba parecer querer ser partícipe de la reunión de tutores que se estaba llevando a cabo en ese momento. Como odiaba esas reuniones. Los demás tutores – casi todos relativamente ancianos – se dedicaban a criticar a sus alumnos que querían formar parte de todo lo que los ancianos llevaran a cabo.

¿Para qué sino creían los demás profesores que se habían apuntado? Para aprender como lo estaba haciendo Rose, no para ser el chico de los recados al que le toca arreglar todo el papeleo.

La reunión acabó con el carpetazo que dio uno de los directivos. Scorpius salió de allí pensando que esas reuniones eran un total desperdicio de su tiempo.

Miró su reloj, en una media hora Rose saldría de sus clases. Scorpius pensó que podría ser una buena idea pasar a recogerla e ir a comer juntos.

Una hora más tarde, Scorpius no podía evitar reírse de la cara de asombro de Rose, que miraba todos los detalles del lujoso – y Rose suponía que caro – restaurante al que él la había llevado.

Estaba todo decorado como si de una sala de baile barroca se tratase. El forro de las sillas se alternaba; azul menta, azules y rosas pasteles; verde claro…

Rose pensaba que si en ese mismo momento entraba algún rey absolutista, se creería en un sueño totalmente rococó.

-Me encanta este lugar, Scorpius. Es precioso.

-Sabía que te gustaría. Suelo venir aquí con mi tía Daphne cuando viene de visita. Tendrías que conocerla, estoy más que seguro que encajarías con ella. Sois muy parecidas.

Rose arqueó una ceja escéptica. ¿Cómo iba ella a parecerse a una mujer tan increíble como lo era la tía de Scorpius? Llego a la conclusión de que el chico simplemente se había vuelto demente.

-No hagas eso, sé que estás pensando que me he vuelto loco pero, en cierto modo, te me pareces. O sea, que ella es muy perseverante, como tú. Sí, eso es en lo que más os parecéis.

Scorpius bebió de su copa de vino tinto mientras observaba a la gente del lugar. Reparó en una mesa ocupada por una mujer de cabello rubio platinado junto con otra de cabello rubio acastañado, ambas miraban a la mesa que él estaba ocupando con Rose.

-Me temo que hemos tenido el placer de coincidir con mi tía, Rose. Así como con mi abuela.

Rose giró la cabeza para ver la mesa ocupada por las dos mujeres, de soberbia elegancia, que estaban manteniendo lo que parecía una intensa aunque moderada discusión.

-Discúlpame un momento. Vuelvo ahora.

Scorpius se levantó elegantemente de la mesa, en cuanto llegó a la mesa ocupada por su tía y abuela, Rose se percató del gran parecido que guardaban. Scorpius, después de compartir algunas palabras con las dos mujeres, señaló a la mesa que estaba ocupando ella. Hizo una seña a uno de los camareros, el cual comenzó a disponer otros dos cubiertos en la mesa.

Rose no pudo evitar temer lo peor. ¿Cómo tendría que comportarse con esas dos mujeres? ¿Qué actitud tomarían hacia ella? A quien más temía Rose era a la abuela de Scorpius, a quien como abuela suponía que tenía en alta estima, siendo su único nieto.

Sintiendo escalofríos por toda su espalda, no pudo más que sonreír cuando ambas mujeres tomaron asiento a su lado. Estaba rodeada por las mujeres que más querían a Malfoy después de su madre, que no sabía cómo iban a reaccionar ante la cruel bastarda Weasley que hacía la vida imposible a su nieto y sobrino respectivamente.

Rose miró a Scorpius, la confianza que inspiró en ella su mirada fue más que suficiente para sonreír de vuelta. Sus ojos mercurio alejaban sus temores, los escalofríos fueron remitiendo. Se irguió cuan larga era en la silla y se dispuso a saludar a la nueva compañía.