Disclaimer: La mayor parte de los personajes, lugares, hechizos, y, en resumidas cuentas, ese mundo mágico, pertenecen a J.K. Rowling, y no a mí, que tan sólo los cojo prestados.
Capítulo 8: Dardos de hielo.
- ¿Y bien? – Gruñí, de manera exigente. Quizás era cierto que al fin me quería decir aquella verdad que todo el tiempo me había ocultado. Bajamos las escaleras, y la verdad es que parecíamos unos alumnos más, normales dentro del colegio. No podía quitarme de la cabeza todas aquellas palabras que Galiana me había dicho en la enfermería. Ni siquiera había tenido suficientemente tiempo para meditarlas con profundidad; para analizar todo lo que en estos momentos pasaba por la cabecita de la hija de Griffindor.
- Mejor mantenernos lejos de toda esta gente – me dijo con cierta preocupación – bastante hemos llamado ya la atención, ¿No te parece? – Intenté no contestarle algo grosero. ¡No tenía la culpa de haberme desmayado horas antes por su culpa!
- ¿Y a dónde vamos si puede saberse? – Pregunté, con cierto tono de arrogancia.
- A los jardines, por supuesto. Allí nadie nos escuchará.
- Por tu bien que lo que me tengas que decir sea toda la verdad, porque si no algún día esto lo pagarás muy caro – amenacé a Malfoy. Atravesamos la puerta principal, para descubrir un paisaje blanco con un sol tibio de invierno. Hacía bastante frío, pero ver de nuevo la luz del sol produjo en mí una tonta alegría, sólo sofocado por aquel estúpido que caminaba a mi lado.
- Ya deberías saber que conmigo, utilizando amenazas no se consigue nada – Arrugué el ceño. – pregúntale a quién quieras y ya verás lo que te dirá.
- No necesito preguntarle a nadie para saber cómo eres. Eso lo puedo ver yo misma. – Murmuré con la mandíbula bien apretada.
- Que lista. – Dijo con sarcasmo, Malfoy.
- Listísima. – Susurré, haciendo una mueca.
Con la tonta discusión que casi siempre reinaba en todas nuestras conversaciones llegamos hasta el lago que tenía una fina capa de hielo en su superficie de las orillas. Sin pensarlo dos veces me senté en una gran roca descubierta que había junto al lago. Por las afueras de Hogwarts no había mucha gente, y nadie se había percatado de nuestra presencia. Me crucé de brazos como una niña pequeña mientras miraba a Malfoy.
- Estoy preparada para escuchar, lo que sin duda será una compleja y trepidante historia. – dije con una mueca en mis labios.
Él no se sentó, pero yo permanecía allí, encima de la roca bañada por el agua congelada del lago, el cuál era notablemente más profundo que el de nuestros tiempos, pero la magia que lo envolvía era idénticamente igual. Era raro sentarse junto a Malfoy allí, en un lugar tan místico.
- Sabía que no te sentaría bien. – dijo, con su indudable superioridad. – Pero no veo otra salida. Si la hubiera, ten por sentado que no estaría aquí. – Puse los ojos en blanco y me armé de paciencia.
- ¿Pero qué otra salida esperas? – Dije exasperada - ¿Quizás tú queridísimo "primo" Lizardo? – me miró entornando levemente los ojos, como si le produjera más aprehensión su primo que cualquier otra cosa (Incluida yo, claro).
- Ya lo sé. Por eso, creo que debemos volver.
- ¡Ah! Claro, ya comprendo, claro, claro – Dije alzando la voz, cada vez más enfadada. – Primero utilizas a la tonta de Granger para llegar hasta aquí, y cuando veo que esto ya no me gusta, entonces quiere, con la ayuda de nuevo de la tonta de Granger…
- ¡Cállate por una vez en tu vida y déjame hablar de una puñetera vez! – Me sobresalté y pegué un respingo hacia atrás. Lo observé con los ojos desmesuradamente abiertos, y haciendo un endiablado esfuerzo por mantenerme callada. Una brisa helada llegó hasta nuestros rostros.
- Verás – dijo, tomando un poco de aire, tranquilizándose un poco. – Mi padre. – Me observó de nuevo con desdén. ¿Su padre? ¿Qué pintaba ese aquí? – Es un seguidor del Señor Tenebroso.
- Eso no es nuevo – No pude evitar murmurar. Me echó la mirada asesina de costumbre.
- El Señor Oscuro está cogiendo cada vez más poder. Y pronto, si nadie lo detiene, será capaz de dominar el mundo con su magia oscura, y someter a todos a su voluntad. Pero, según la profecía, sólo uno lo puede detener. Sólo uno puede acabar con sus planes para siempre, y exterminar al mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos.
- Harry – murmuré, un poco más interesada por lo que aquel cobarde traidor me decía.
- Al único que teme ahora es a Potter. Es al único ser en el planeta que le teme, ya que el poder que contiene es equiparable al suyo. Aunque Potter tan sólo sea un adolescente hormonado y con el cerebro tan minúsculo como… - puse los ojos en blanco, y él pareció hacer un intento para reprimirse.
- No veo ninguna relación que puede tener todo esto con un absurdo viaje al pasado.
- Al ser yo hijo de… – prosiguió, ignorando mi comentario – bueno, de mi padre, yo automáticamente estoy como predestinado a seguir el poder oscuro que posee El Señor Oscuro. Estoy como inscrito de nacimiento en la Orden Tenebrosa.
- Pero tú ya tienes una edad. – Dije, notando como lo importunaba de nuevo, y ardía de frustración. – Quiero decir, que puedes elegir si prefieres seguir con ellos o no.
- A mí al principio me gustaba aquello, y a quién no – reprimí decirle un "yo, por ejemplo", pero esta vez guardé silencio, mientras él seguía, con una voz monótona y fría. – tienes a tu alcance magia de un desarrollo jamás soñado. Pero te arrebatan algo que nunca me había dado cuenta que tenía. Te hacen enteramente suyo, eres un peón más en un juego de ajedrez al que un día quieres salir, y ya es tarde. Sí, es divertido hasta que te das cuenta de que careces de libertad. – Las palabras de Malfoy eran verdaderamente dolorosas, y me recordaron por un instante a las palabras de Galiana. Condenada también a su condición, a lo que se espera de ella, apenas sin libertad, y lo que un día la llevaría a la torre más alta de Hogwarts.
- Debe ser horrible. – comenté, ante la mirada recelosa de Draco. Aunque él no daba ninguna muestra de que aquello fuera horrible. Su tono de voz siguió siendo igual de monótono.
- Cuando quieres salir de sus garras, comprendes que si desobedeces, el destino que te aguarda es, probablemente, peor que la misma muerte. Y te das cuenta de que ya tienes una cárcel perfecta construida a tu alrededor. Ah, eso sí que es duro, y no esas triquiñuelas de la que alardea San Potter, o tu y el Weasley. No, sin duda no sabéis nada de nada de lo que hay ahí fuera. – Fruncí el ceño cuando se empezó a meter con mis amigos y todo lo que habíamos hecho, verdaderamente molesta.
- Perdona, pero tú tampoco tienes ni la más remota idea de contra todo lo que…
- Quiero decir que – me interrumpió – El Señor Tenebroso me encomendó una nueva misión en Hogwarts. Era el único que quedaba allí de confianza, entre las paredes del colegio. Esa misión era perfecta para mí. El Señor Oscuro me dijo los pasos que tenía que seguir para poder regresar al pasado y, moviendo las piezas necesarias, cambiar el presente de manera favorable para él. – parece que cada vez le costaba más seguir y elegir las palabras adecuadas para decir aquello que había ocultado. – Y poder triunfar en la batalla que hace años, planea ganar. Y que, no me cabe ni la menor duda, logrará ganar.
- Desde luego quién-tú-sabes está completamente loco – pensándolo bien, ese ser jamás había estado con los pies en el suelo. No era de extrañar un plan tan maquiavélico para cambiarlo todo a su favor. – Pero sigo sin entender muchas cosas – dije deprisa, antes de que me pudiera interrumpir. - ¿Qué pinto yo en todo este juego? ¿Y qué es exactamente lo que tienes que cambiar?
- Los pasos que debía seguir para abrir el agujero temporal, para volver justo a la época dónde debo intervenir, implicaban a una no sangre limpia. Eso es lo que mi Señor me dijo que buscara – Me enfurecí todavía más.
- Ah, claro. Y de todas las personas que son sangre sucia, ¿Por qué yo? ¿Por qué? Me has engañado en contra de mi voluntad y ahora yo también estoy atrapada aquí. ¿Crees que me gusta estar aquí? ¿Qué me divierte viajar en el pasado? Tengo muchos hobbies, Malfoy, pero te aseguro que este no es uno de ellos. – Se notaba que trataba de rehuir mis preguntas, y eso me enfureció más todavía. Dirigió su mirada hacia el lago. Quería evitarme. Y sabía que jamás escucharía de sus labios un "lo siento". O algo por el estilo. Él siempre me vería como un ser inferior o algo así, por no ser de familia de mago.
- Yo tampoco he elegido esto, ¿sabes? – volvió a su arrogancia habitual. Todavía me rehuía la mirada que tenía clavada en él, y mantenía sus ojos en algún punto indefinido del bosque. A las claras se veía como era un completo cobarde.
- Pero, aquellas runas, alguien las debió dejar allí – murmuré, recordando los principios del viaje, dónde había empezado todo.
- Son posteriores a esta época, porque en el baño de Slytherin no hay nada. Ni una sola marca. – dijo, levantando las cejas, algo molesto.
- Tú ya sabías la contraseña antes de que yo te ayudara. ¿No es cierto?
- Claro que no, a mí solo me dijo dónde estaba la entrada, pero no la contraseña, eso lo debía averiguar yo – dijo apesadumbrado. O sea que cuándo acepté ayudar a Malfoy ya nos estaba condenando a un viaje, y, posiblemente sin retorno. Estás cosas le hacían a una sentirse mejor, en serio.
- ¿Y que se supone que tenías que cambiar de hace nada más y nada menos que dos siglos casi? – dije, con tanto desdén, que él arrugó ligeramente la nariz.
- ¿No lo adivinas?
- No tengo humor para adivinanzas –Me quedé pensativa un rato, sin dar respuesta.
Malfoy comenzó a caminar, con el ceño fruncido, mirando todavía al otro lado del lago, dónde también había un pequeño bosque, posiblemente un anexo al bosque prohibido. Del bosque surgió, hacia el lago, una bandada de hipogrifos, y entre ellos destacaba uno flamante, con un pelaje grisáceo, casi plateado y brillante, que volaba con increíble elegancia, haciendo piruetas. Fijé más la vista y comprobé, asombrada, como el hipogrifo tenía jinete. Malfoy a mi lado, se puso tenso, y les echaba a los hipogrifos una mirada de desconfianza, que no llegaba a comprender. El hipogrifo que tenía jinete, descendió hasta rozar, con sus pezuñas, la superficie del lago que no estaba congelada. Yo estaba maravillada con un espectáculo así surgido de la nada.
- Maldito niñato. – susurro para sí Malfoy. Entonces comprendí quién era el jinete, con esa capa blanca que ondeaba con el viento y con la velocidad del vuelo, tan ligero y a la vez tan decidido. ¿A quién me recordaba ese muchacho?
- Nikel. – murmuré yo. Después de ascender de nuevo, hasta lo que parecía que era alcanzar las nubes, descendió a la velocidad del rayo en picado, hasta alcanzar la orilla del lago, bastante lejos de dónde nos encontrábamos. No sé si en su vuelo nos había visto, pero yo intuía que sí.
Me levanté, y me dispuse a bajar de la roca dónde estaba subida.
- ¿A dónde se supone que vas? – Bramó Draco.
- Tengo que hablar con él. – le dije, como única respuesta.
- Ni se te ocurra ir. – Dijo, como si se tratara de una orden. ¡De una orden!
- Ah, ¿no? Y si no ¿Qué va a pasar? ¿Nuevos rumores de un embarazo Weasley? – le insté, desafiante de nuevo. Para sorpresa mía me agarró del brazo. Otra vez. Miré como me cogía, perpleja. Sólo atiné a decir unas palabras, temblando de ira.
- Suéltame, Malfoy. Ni se te ocurra tocarme. – mi voz se había vuelto fría y calculadora. Logré soltarme de su agarre, y salí corriendo en dirección dónde Nikel debía estar. Sólo quería pedirle disculpas a Nikel, por lo del día anterior. Pero eso no se lo pensaba contar a él. Llevaba un rato corriendo, cuando noté que Malfoy me daba alcance.
- No me sigas, maldita sea – dije entre jadeos. La conversación con Malfoy había sido bastante extraña. Nunca lo había visto hablar así, y me había dejado algo impactada, aunque aún sentía la rabia, por saber en como yo había acabado por ser víctima de una decisión precipitada de un adolescente de pelo rubio, rabia. Estaba claro que él y yo jamás nos podríamos llevar bien.
- A mí no me des órdenes, y menos que nadie, tú. – Noté como mis mejillas ardían de ira. Llegamos pronto a un claro del bosque al otro lado del lago de dónde habían descendido los hipogrifos. Pero no vimos a nadie.
- Qué raro.
Miré a mí alrededor. La nieve cada vez era más espesa por allí, y el frío viento junto con el suave movimiento de esos árboles no ayudaba a recobrar la calma.
- Seguro que al oírnos se han marchado. – miré escéptica de nuevo a Draco. Aún estaba enfadada. Entonces escuché la voz de un hombre entremezclada entre el viento. No sabía de dónde provenía, pero sabía que fuera quién fuera, andaba cerca, y estaba segura que no era la voz de Nikel. Me agaché instintivamente detrás de un árbol especialmente grueso, y Malfoy me imitó, mientras me escrutaba con la mirada.
Fue bastante sorprendente, porque vimos a Godric Griffindor y a Slytherin que estaban hablando.
- Sabes que no vas a poder llevar durante mucho más tiempo ese comportamiento anómalo, Salazar – dijo Godric, su figura se erguía en un claro de un bosque. Su vestimenta era dorada y blanca, llevaba una espada en el cinturón. Su pose era bastante orgullosa – Tus salidas del colegio no hacen nada más que probar más y más habladurías, y sabes que eso no es bueno para el colegio. Tendrás que dar explicaciones.
- Te estás metiendo dónde no te llaman de nuevo, Godric.
- No me parece justo tu comportamiento; esto nada más está dañando más la imagen de la institución. – pareció calmarse unos instantes antes de seguir hablando.
- ¿Para eso querías hablar conmigo, Godric?
- No, está claro. Pero tiene que ver.
- Suéltalo ya, no andemos con rodeos. –se notaba a las claras que no se llevaban muy bien entre ellos, y la sola presencia del otro les producía una incómoda sensación.
- Es sobre mi hija. – el ambiente se puso aún más tenso, si podía ser.
- ¿Qué quieres saber sobre ella? – dijo rozando el tono estúpido y elocuente.
- Mírame bien, Salazar… Quiero que te alejes de ella. –¿Había Godric descubierto a Salazar y a Galiana? Lo dudaba bastante, más bien diría que se habría basado en las habladurías. – Por el bien de ella… y por el tuyo propio.
- No sé de qué me hablas. Ella es mi alumna. Más no me puedo alejar. – Miré a Salazar. Después de todo, ese era el hombre del que Galiana se había enamorado.
- Prefiero que la gente no tenga un motivo para murmurar, y más acerca de mi hija. Plantéate dejar la docencia. – se fulminaron con la mirada el uno al otro. – También te quería hablar de otra cosa.
- Tengo prisa, Godric, no todo el mundo tiene vacaciones – le exigió, siseante, Slytherin.
- Es sobre las listas de admitidos para el curso que viene. Estás denegando a casi todos los que no son de pura sangre.
- Siempre he pensado que deberíamos ser más selectos con los alumnos. No todo el mundo debería utilizar ese don, porque después tendremos como resultado una sociedad con unos magos mediocres.
- ¿Mediocres? La magia es concedida aquellas mentes y corazones más capacitados. Nosotros sólo nos basamos en instruirlos, para que la puedan controlar. No tiene nada que ver con su condición. – Parecía furioso al decir, lentamente, cada una de las palabras dirigidas a Salazar.
- ¿Cómo estás tan seguro? En mi opinión admitimos a demasiada gente en Hogwarts; la selección debe ser más estricta.
- Dirás TÚ selección, porque tan sólo has eliminado del mapa a los que tienen sangre muggle
- Y los más vulnerables. ¿No lo entiendes? – Exasperó Slytherin – no busco cantidad, sino calidad. – Salazar podía ser atractivo, pero sus ideales eran bastante…
- Rowena y Helga están de acuerdo conmigo de que no puedes ser tan estricto con respecto a las admisiones.
- Ya veo… Un complot. No sé cómo no me he dado cuenta antes.
- ¡No se trata de eso! Ya sabes que somos los cuatro, y debemos tomar las decisiones todos juntos.
- La verdad es que me estoy cansando de vosotros y de todo esto. – dijo, con odio y rabia cargada. – Pero sobretodo me estoy cansando de ti, Godric. De tu insolencia. De querer siempre controlar la vida de todo el mundo. A tu hija la voy a tratar igual que siempre, no pienso dejar de ser profesor por lo que digan cuatro necios, y además, si no tenéis en cuenta mis principios acerca de cómo llevar este colegio, está claro que este ya no es mi sitio. – Un sudor frío recorría la frente de Salazar.
- Haz lo que quieras, Salazar. Como siempre. – Salazar se disponía a perder de vista a Godric andando hacia el corazón del bosque. – ¡Pero ni se te ocurra tocar a mi hija! ¿Entiendes? Aléjate de ella. – Repitió.
Salazar se paró en seco y apretó muy fuerte los puños. Se volvió rápidamente y abriendo su mano le lanzó a Godric dardos de hielo enormes, y Godric los derritió con una gigantesca llama, surgida de su propia mano, a una velocidad demoledora.
- Cuidado, Godric. Mucho cuidado. – resplandeció entonces una luz, y Godric desapareció, apareciendo en su lugar un grandioso león de pelaje brillante y melena marrón clara. Rugió, e hizo temblar todos los árboles del bosque a la vez. Le enseñó los colmillos a Salazar, dispuesto a atacar, aunque sólo de manera amenazante. El león debía ser tan grande como un caballo, y era muy hermoso. Salazar pareció no querer seguir el juego y se internó por completo en el bosque. El león se dio la vuelta, para dirigirse de nuevo al castillo. Para mi desgracia, el león pareció captar el olor de algo mucho más interesante. Olisqueó la zona, hasta que llegó a los matorrales detrás los cuales nos ocultábamos. Pero se escuchó el graznar de un águila, y sin pensarlo dos veces, el león se perdió de vista entre la espesura.
- Casi nos descubren espiando por tu culpa. – Me espetó Malfoy. Pero no le hice caso. Seguía con los ojos como platos. El enfado con Malfoy había pasado a segundo plano.
- Es increíble el poder que poseen – dije fascinada. – Jamás había podido soñar con hacer la mínima parte de lo que han hecho hoy.
- ¿Te sorprende eso? – Me preguntó irónico Malfoy – No es nada, pero NADA de lo que son capaces de hacer.
- No deberíamos haber escuchado todo eso. - murmuré, llena de preocupación.
- Es el resultado de tus geniales ideas de salir tras quién no debes.
- ¿Ahora también seleccionas mi amistades? – Levanté una ceja. – Por cierto, Malfoy, aún me tienes que decir qué parte del pasado tenías que cambiar. – No pareció hacer ni un además por contestar a aquello.
- ¿Qué tal si vamos volviendo ya? – Dijo, estúpidamente, Draco.
- Sois los de las cañerías – siseó una voz a nuestras espaldas. Cerré los ojos con fuerza. Mierda.- ¿Qué se supone que hacíais aquí? – Nos volvimos lentamente para ver recortada la figura de Salazar Slytherin, de nuevo.
- No….Nos hemos perdido, señor. – intervine yo, antes de que lo hiciera Malfoy y lo echara todo a perder, que sería típico de él.
- Veo que sois propensos a acabar en los lugares menos… inusitados. – dijo mirándonos con mucha intensidad y hablando con autoridad. Ahora mismo no tenía ninguna similitud con el hombre que había salvado la vida a Galiana. – Será mejor que volváis al castillo. – dijo sin más. Aunque en su rostro parecía que lo sabía todo, que no había secretos para él. – Va a haber una tormenta de nieve pronto. – y miró el cielo con súbita intensidad. Las cosas no parecían querer marchar a nuestro favor. Iniciamos de nuevo el camino hacia el colegio. Dejando atrás a uno de los magos más poderosos de todos los tiempos, y si nos hubiéramos dado la vuelta, hubiéramos contemplado un hombre triste en medio de un bosque oscuro.
La conversación escuchada había sido verdaderamente trivial para la historia. Pero la reacción de Malfoy al querer hablar con Nikel, no dejaba de ser menos inquietante. Seguimos atravesando el bosque hacia Hogwarts, yo demasiado deprisa, porque esta vez era a él a quién le costaba seguirme. Cada vez el viento helado rugía con más fuerza. Y Malfoy y yo permanecimos sin dirigirnos la palabra para nada, hasta llegar al vestíbulo de Hogwarts, nuestro colegio de magia y hechicería.
***.
¡Hasta aquí el capítulo de hoy! Espero que os haya gustado, la verdad es que no pasan grandes cosas, ¡pero bueno! Espero que os queden fuerzas para el siguiente.
Antes de nada ¡MUCHAS GRACIAS POR LOS REVIEWS! Por ello, especialmente muchas gracias a:
Namine1993, Liale, Araceli, vanessa, ly-draco, Sandy, Mione N. Malfoy, Draki, Pauli, Evans Balck, Pau Tanamachi Malfoy.
Y al resto, igualmente ¡mil gracias por leer!
Espero que os queden suficientes ganas para seguir leyendo.
Maghika
