CAPÍTULO 8: RESCATE A MEDIANOCHE

Con cierta dificultad, logró levantar los párpados. Se sentía incómoda estando boca arriba sobre un objeto frío y duro, y se le ocurrió que seguía inconsciente en el piso. Pero cuando percibió la presión en las muñecas y en los tobillos, se dio cuenta que en realidad, estaba atada a una mesa.

Miró horrorizada ya a un lado, ya a otro. Estaba en una habitación pequeña que no pudo reconocer, rodeada de objetos extraños; frente a ella, había tres cabelleras, y reconoció con espanto la cabellera de su hermana, Catherine, y la suya propia.

Jadeando, Jena buscó alguna manera de zafarse de las ligaduras, y con tanto forcejeo no notó que no estaba sola.

-Señorita Longlake. –musitó una horrible voz ronca. La joven dejó de pelear con las cuerdas y miró a su lado derecho, palideciendo de terror.

-¿Quién es usted? –preguntó en voz baja.

-No importa en lo más mínimo quién soy yo. –dijo la voz nuevamente. –Resulta más importante lo que tú eres.

Una silueta alta y oscura se acercó a ella. Jena dio un respingo al reconocer el rostro del hombre.

-¿Usted? –musitó.

-Veo que sabes quién soy, muchacha. –dijo el hombre. Hubo un súbito silencio, en el que solamente se escuchó un golpe sordo, como si jugaran con algo en las manos. Reuniendo el valor que le quedaba, Jena preguntó:

-¿Va a matarme?

Una fría carcajada resonó por la habitación como toda respuesta.

-¡Por supuesto que lo haré, jovencita! –explicó el otro. –Pero no temas. No tendrás que pasar por lo mismo que tu hermana… que tu tía… -hubo un tintineo extraño, y Jena no despegaba sus ojos del hombre. –No… tú… pasarás por algo… mucho peor…

Se inclinó frente a su cara, tomándole el rostro con una férrea mano, y con la otra sostenía un objeto al que Jena parecía tenerle profundo pavor.

-Abre la boca… -le ordenó el extraño. Jena se mantuvo con los dientes apretados. -¡Que la abras, te digo!

-¡No! –con un brusco golpe de la cabeza, Jena le hizo soltar el objeto al asesino, el cual rebotó contra el suelo, haciéndose añicos y derramando todo su mortal contenido en el suelo.

El gesto enardeció al hombre.

-¡Maldita…!

Se abalanzó sobre ella. Jena forcejeó mientras gritaba, intentando quitarse de encima aquélla mole que intentaba matarla. Tal era la pelea que ninguno de los dos escuchó los golpes afuera de la habitación, hasta que la puerta se abrió de golpe.

Sherlock Holmes y Watson estaban de pie, entrando a la habitación. Watson apuntaba al desconocido con un revólver, y Sherlock sostenía en alto un bastón.

-¡Quieto! –ordenó Watson. Es desconocido se dio la vuelta, revelando el rostro aterrorizado de Jena, a la cual mantenía sujeta de la quijada, mientras con la otra mano enarbolaba un cuchillo.

Watson no pudo evitar demostrar su desconcierto.

-Wood… -musitó. El hombre, el dueño del Asilo Barker, asintió lentamente.

-Veo que se han tardado un poco en darse cuenta de la gravedad de la situación.

-Solo unos pocos días. –afirmó Holmes, que medio miraba a Jena, que gemía sobre la mesa. –Hubo un pequeño error de cálculo que me apresuraré a arreglar.

Wood sonrió malvadamente.

-¿Cómo diablos han dado conmigo, Holmes?

Por toda respuesta, el detective extrajo un retrato que, al verlo, Wood palideció.

-Lo saqué de su oficina esta misma noche, lo había visto en su oficina junto con ése encantador broche en forma de luna menguante. Una marca muy particular para un hombre como usted. Pasé por lato la posibilidad de que existiera una… esposa.

Watson y Jena miraron a Holmes con gran interés, mientras Wood perdía color en las mejillas a cada momento.

-Así es. –dijo el detective. –Su esposa, una gitana, tal y como lo era el señor Longlake, quien aceptó el apellido de su mujer. Su esposa hizo lo mismo con usted, Wood. Pero no contó con que ella había tenido un conflicto anterior con Longlake. Había intentado embrujar a su familia como pago por haberse desprendido tan tranquilamente de su comunidad y, cuando ella hizo lo mismo, cayó enferma. Creyendo que era el precio que debía pagar por haberse casado con usted, ella le contó antes de morir lo que había ocurrido con los Longlake, y le pidió llevar a cabo un ritual muy particular como modo de venganza. Empezaron con la tía lunática, la presa más fácil y que ya estaba en su poder. Todd fue un participante accidental, usted hizo un trato con él para que cortara el cabello a las mujeres de la familia; en su locura, la vieja Longlake presintió el peligro y huyó para salvarse, pero usted dio con ella y la asesinó. Después, claro, fue Catherine Longlake la próxima, quien también cometió el triste error de cortarse el cabello con Todd, y al poco tiempo, también murió.

-¿Porqué no me detuvo entonces? –preguntó Wood.

-Había un hueco informal en el patrón. Al final apareció una tercera cabellera con las características de la familia Longlake y una dama muerta que se salió del patrón. Todd la mató simplemente por el gusto de sentirse tan poderoso como usted; pero la cabellera pertenecía a Jena, la última víctima. Usted decidió tomar cartas en el asunto y seguirla para poder atraparla y terminar con lo que empezó. Simple y llano. –agregó con felicidad. –Debo reconocer que la joven señorita Longlake hizo bien en explicarme la situación, de otro modo habría un asesinato más esta noche.

Wood parecía al borde del colapso, y Watson no relajaba ni por un segundo el brazo con el que tomaba el arma. Al fin, Wood musitó:

-Ella reconoció su error… no me culpaba por ello, claro… pero ésa Longlake había cometido un crimen… Ella debió unirse a los gitanos, nunca a la inversa… Y fue así como mi preciosa Rubí se culpó a sí misma de su momento de debilidad. Pero yo lo supe… supe que los Longlake fueron los causantes de su desgracia… ¡hasta el padre de ésta criatura lo sabe! –añadió. –Abandonó a su esposa y a su querida niña para salvar su pellejo… Pero no importa… la maldición no es de él, sino de ella…

-Lo puedo ver. –dijo Holmes.

-¡Señor Holmes! –chilló Jena, y Wood le oprimió la quijada con tal fuerza que le arrancó unas cuantas lágrimas.

-¡Cállate, maldita! –le ordenó.

Watson avanzó, con el revólver en alto, y Wood le colocó el cuchillo a Jena sobre el cuello, y bramó:

-¡Un paso más, doctor, y la pobrecita Longlake se va al infierno!

La situación estaba muy tensa. Jena respiraba irregularmente y parecía estar a punto de sufrir un colapso. Holmes notó que estaba más pálida que nunca, pero no era señal solamente del estrés.

-¿La ha drogado con algo para traerla hasta aquí? –le cuestionó a Wood.

-Pues sí. –dijo. –Una planta bastante curiosa que induce a un sueño profundo.

-Y muy violento. –dijo Holmes. –Al parecer se ha excedido un poco.

-¿Le importa tanto? –preguntó Wood.

Ésa pregunta pareció flotar en el aire por varios segundos. Los ojos de Jena se encontraron con los de Holmes, como si un rayo de entendimiento los hubiera cruzado. Watson notó aquéllas miradas, y también sintió un escalofrío en su interior. Verdaderamente, sí le importaba. Y mucho.

-Bueno… -agregó Wood. -¿Listos para el gran final? –apoyó el filo del cuchillo sobre el cuello de Jena, y se preparó para cortarla. La joven cerró los ojos, llorando en silencio.

Lo próximo que pasó fue confuso. Hubo un golpe, un grito, un forcejeo, y entonces, Holmes estaba peleando a golpe limpio contra Wood. Watson se había abalanzado sobre él en un instante de distracción y le había hincado el cañón del revólver en el costado, haciendo que soltara el cuchillo, con el cual ahora estaba cortando las ligas que sujetaban a Jena.

-Tranquila, señorita Longlake. –le dijo el doctor.

Holmes y Wood peleaban fieramente no muy lejos de ellos. Cuando la última soga cayó, Holmes salió despedido a la pared, con el rostro manchado de sangre y mirando a Wood.

Hubo un segundo golpe, y esta vez fue Wood quien rebotó violentamente contra el piso. Se quedó tendido boca abajo, y Holmes se acercó solo lo suficiente como para mirarlo.

Watson, que estaba intentando atender a Jena, la oyó gritar:

-¡Holmes!

Justo a tiempo, Holmes había saltado para esquivar el golpe traicionero de Wood, que empuñaba una pequeña navaja. Con un elegante giro, el hombre atacó a Watson, quien intentó proteger a Jena sin éxito alguno. Tanto el detective como su compañero fueron a dar al suelo.

-¡Se los advertí! –dijo Wood. Tras él, Jena corría al lado de los dos caídos, pero Wood fue más rápido. Dándose la vuelta, alcanzó a la joven y le pasó el filo de la navaja cerca del rostro.

-¡Jena! –exclamó Holmes. La joven se llevó las manos a la garganta, con los ojos horrorizados, y cayó de rodillas.

Watson salió despedido hacia ella. Wood intentó herirlo también, pero Holmes ya le había atestado un golpe en la frente, obligándolo a soltar la navaja. El hombre cayó al suelo con la mirada desenfocada, y se arrancó de la camiseta el broche con forma de luna menguante, temblando.

Acto seguido, se abalanzó sobre Holmes, intentando hundirle el broche en el pecho. Holmes le sujetó la muñeca con ambas manos, obligándolo a dar la vuelta. Entonces, cuando Wood quiso acercarse más, abrió los ojos, desconcertado, y miró a su pecho. Se había clavado él mismo el broche justo sobre el corazón.

Le dirigió una mirada de odio a Holmes, y luego, cayó de espaldas, con los ojos abiertos e inexpresivos.

Holmes se puso de pie, cansado y lastimado, pero victorioso nuevamente. El reloj marcaba ya la medianoche. El caso estaba cerrado.

Entonces reaccionó al escuchar a Watson llamarlo:

-¡Holmes!

El detective se acercó a su compañero, quien estaba atendiendo a Jena. Tenía el cuello manchado de sangre, y estaba a punto de perder el conocimiento.

-Watson. –dijo Holmes.

-Está bien. –le aseguró. –No morirá. La herida ha sido demasiado superficial.

Jena tenía los ojos entrecerrados y temblaba. Holmes se acercó a ella, mirándola intensamente. Ella extendió suavemente una mano en dirección al detective, el cual la sujetó delicadamente. Jena sonrió con dificultad, y luego se desvaneció, cansada por tantas emociones.

Hubo un instante de silencio, en el cual Watson observó la significativa mirada de Holmes. Después el silencio se quebró al escuchar pasos en el exterior. Por fin, Lestrade y sus hombres habían llegado.

El primero en entrar fue el inspector, seguido de cerca por Clark. Al ver las señales de lucha en la habitación y el cadáver de Wood en el suelo, musitó:

-¿Qué pasó aquí?

-Lestrade. –dijo Watson. –Tenemos que llevar a esta joven al hospital.

Con la ayuda de Clark, Watson se llevó a Jena de la habitación. Holmes permaneció ahí mirando el rostro desconcertado de Lestrade.

-Pues, como le había dicho antes, inspector, -dijo él antes de retirarse. –había algo de magia en todo esto.

Dicho eso, salió de la peluquería.