Título: Elixir aeternus.

Autor: Suzume Mizuno.

Disclaimer: los personajes de Vocaloid no me pertenecen y tampoco hago este fic con ninguna intención lucrativa.

Nota de la autora: siento mucho, en serio, haber tardado tanto en subir este capítulo. Pero es que los exámenes han venido de la mano y todavía tengo metida a fuego la escultura del románico… Gracias por vuestro apoyo y ojalá disfrutéis de este capítulo. Un saludo a los dos nuevos lectores, Mr Arnold y Lily, gracias por haber elegido esta historia. Como siempre, muchas gracias a Ade Mozart por dejar comentario. Y especialmente a Mon FG. Me da vergüenza decirlo, pero se me saltaron las lágrimas al leer tu review. ¡Espero que pronto puedas volver a pasarte por aquí!

CAPÍTULO OCHO

Cuando Ted se recuperó lo suficiente de la bala de plata como para levantarse, no fue tras la camioneta, lo que suponía que debería haber hecho, sino que regresó al hotel lo más rápido posible. La pierna le ardía y aguijonazos de dolor le atravesaban el cerebro, advirtiéndole que debía estarse quieto. Pero, terco, subió de cuatro en cuatro los escalones, nada dispuesto a esperar al ascensor, y llegó al pasillo donde había dejado a su hermana.

Teto se había desmayado. Estaba tan pálida que por un momento creyó que la había perdido. Después, su racionalidad de contratista le hizo agacharse a comprobarle el pulso. Aunque débil, continuaba allí.

No pensó en qué dirían la bruja y su inmortal, sólo imaginó fugazmente que su representante pondría el grito en el cielo. No le importó. El pago de Teto empezaría de un momento a otro y que no quería que nadie la viera así.

La llevó a su habitación, la tumbó en la cama, preparó un par de toallas mojadas y rebuscó entre su escaso equipaje para sacar el estimulante. Los vampiros, a menos que acabaran de atiborrarse de sangre, tenían la piel tan frágil como la del resto de los humanos. Lo que les hacía excepcionales era su capacidad de regeneración. Por eso, al contrario de lo que pasaba en las películas que había visto de niño, la punta de la jeringuilla se hundió sin dificultad en su piel. Dejó preparadas varias dosis sobre la mesa. Ninguna le daría más que dos horas de tiempo. Normalmente el pago de Teto era breve pero sospechaba que, aunque no hubiera usado mucho su poder, por la brusquedad y la violencia con la que lo había manipulado, sería una tortura muy larga.

Cinco minutos más tarde, Teto soltó un suave gemido. Él se dejó caer de rodillas al lado de su cama y le cogió la mano, preparándose para soportar la agonía de ver a su hermana retorcerse de dolor y no poder hacer nada para evitarlo.

Empezó por unas pequeñas convulsiones. Su temperatura subió y Ted, que desde hacía un año podía percibir el calor ajeno con una facilidad increíble, tuvo que morderse los labios para contener una exclamación de alarma. Si sólo fuera una simple fiebre demasiado alta, la habría llevado directa a darse un baño helado, como siempre hacía tras el pago. Pero recordaba muy bien lo que su representante le contó: la primera vez que Teto usó su poder delante de él, trató de llevarla al hospital de la Organización. Al moverla, soltó un alarido tan penetrante que habría jurado que le estaban partiendo los huesos.

Teto jadeó y gruñó. Ted la soltó, a sabiendas de que cualquier roce era peor que un acero al rojo vivo y se clavó las uñas en las manos. Su hermana abrió los ojos, que se le pusieron en blanco. Podía oír latir su corazón con una furia desesperada, sus músculos chirriar y sus huesos astillarse. Los dedos de Teto se crisparon y arañaron las sábanas hasta desgarrarlas. Luego todo su cuerpo se arqueó, con la piel casi amoratada, la boca desencajada en un grito mudo. Las lágrimas bajaban imparables, empapando la almohada e hilillos de saliva resbalaban por las comisuras de sus labios. Un gorgoteo escapó desde lo más hondo de su garganta.

Ted cerró los ojos.

Daba igual las veces que hubiera visto la misma escena. Todas y cada una se desgarraba por la impotencia.

Fue una de las peores crisis que había sufrido. Teto siempre evitaba por todos los medios usar su poder más de unos segundos. Para ello necesitaba estar cerca, muy cerca de su presa, y actuar sin dudar. Porque una vez detenía el tiempo, por poco que fuera, debía pagar.

Con su propio "tiempo".

Al terminar la retribución, Ted rodeó con ternura la espalda de su hermana e hizo que bebiera unas gotas de agua. La llevó al jacuzzi, que llenó con agua fría, y le quitó la ropa. No ocultó un gesto de dolor al ver que el ya de por sí delicado y rejuvenecido cuerpo de Teto parecía ahora el de una niña de once años.

– Y no debieron pasar más de dos minutos… – se dijo, furioso.

En condiciones normales, no habría cambiado más que unos cuantos meses, puede que un año como mucho. Pero casi dos de golpe… Si no hubiera sido por aquella maldita mujer… Si no le hubiera entretenido con la jodida pistola…

Sumergió a su hermana en la bañera. Apenas sí soltó un quejido, demasiado cansada para nada más. Se metió con ella, sin quitarse nada, arropándola entre sus brazos y percibiendo cómo su temperatura bajaba por momentos. Cuando volvió a ser más o menos normal la envolvió en una toalla y, con toda la dulzura del mundo, secó su irritada piel. La llevó a la cama, donde le soltó el pelo y lo extendió por la almohada después de ponerle un pijama. Sólo entonces se preocupó por el rastro de agua que había dejado su propia ropa y se desvistió. La cabeza comenzaba a embotársele. Hacía un buen rato que había amanecido y la modorra le tiraba de los párpados, pesados como losas.

Había bajado las persianas, de modo que no entraba ni un hilo de luz. Sus ojos de vampiro atravesaban la oscuridad sin problemas, aunque la visión se le estaba emborronando. Llamó a recepción y les dio el número de la habitación de su hermana para que NO entraran bajo NINGÚN concepto. Apagó el aire acondicionado, lo último que necesitaban era que Teto cogiera un catarro, arrastró un sillón hasta la cama y se desplomó, medio muerto, sobre él.

Se centró en la acompasada respiración de su hermana desterrando de su cerebro los sonidos que le llegaban del resto del hotel, que empezaba a ponerse en marcha, y contó los latidos de su corazón, latiendo ya con normalidad. Bum-bum, bum-bum, bum-bum, bum-bum… La melodía del órgano que mantenía a Teto con vida, el constante recordatorio de su fragilidad, de su efímera existencia, terca a pesar de todo y que se aferraba al mundo que le había dado la espalda, distendió sus nervios a flor de piel, sumiéndolo en un dulce arrullo, en una nana sin palabras pero que expresaba mejor que cualquier otra la presencia de su hermana. Estaba ahí, viva.

A su lado.

¿Cómo se le había podido pasar por la cabeza querer alejarse de ella?

X

Cuando Ted, a la noche siguiente, salió de la habitación para enfrentarse a sus inevitablemente furiosos clientes, dejó a su hermana durmiendo sin tenerlas todas consigo. Se había despertado poco después que él, pero sólo acertó a pedirle un vaso de agua para caer inconsciente tras probar un traguito.

Se había peinado y arreglado la ropa sin entusiasmo. La pierna todavía le hacía daño. La herida casi cicatrizada seguía mandándole oleadas de dolor cada vez que apoyaba el pie. Su aspecto exterior era serio y frío, pero por dentro maldecía con todas sus fuerzas a la mujer que le había disparado. La plata no afectaba igual a los vampiros que a los hombres-lobo, pero continuaba siendo muy dolorosa. Los músculos le latían en torno al pasaje abierto, se estremecían por el rastro venenoso que había dejado la bala de plata.

Se detuvo delante de la suite conteniendo el aliento. ¿Qué debería decir? ¿Cómo se disculparía? ¿Y si se negaban a pagar? El dolor le nubló la cabeza al pensar en lo que le había dicho Teto. A ella la perdonarían por fallar una misión. Pero, ¿a él?

Si al menos hubieran sido ellos quienes encontraron al inmortal podría decir que su trabajo ya se había terminado, que no habían tenido la culpa de lo que sucedió después. Sin embargo, la situación se había ido enredando hasta el punto de que no comprendía nada. Debería llamar a su representante pero, entonces, tendría que explicarle todo, incluido que fue Gakupo quien dio con su objetivo y que, además, lo dejaron escapar. Lo que no le daría ningún punto a favor. Y menos si pensaba que su representante ya le había avisado que las brujas eran clientes muy poco comunes y que la Organización estaba más que dispuesta a darles la razón, fuera la que fuera.

Haciendo de tripas corazón, extendió una mano hacia el picaporte.

– ¿Maestra?

Sus dedos se congelaron a unos milímetros del pomo.

– Cuánto tiempo, Luka.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

– Alegrarte el día – respondió la voz, cargada de ironía.

Ted dudó. ¿Debía interrumpir? Prefirió esperar. Y se alegró de contar con su fino oído de vampiro.

– Parece que no estáis de muy buen humor – continuó la maestra con alegría –. ¿Ha pasado algo malo?

– Nada… en especial.

– Oh, vamos, Luka. Encima que venía a darte datos sobre Miku…

Una exclamación ahogada y el sonido de una silla siendo bruscamente arrastrada hacia atrás. No le costó imaginarse a la bruja levantándose de un golpe. Oyó un carraspeo y cómo colocaban la silla de nuevo en su sitio.

– ¿Hablas en serio?

– Muy en serio. Pero sólo a cambio de información.

Hubo unos segundos de silencio, durante los cuales seguramente Luka estuvo considerando la oferta.

– De acuerdo. Contacté con Shion. Y se ha escapado, con la ayuda de alguna bruja.

– ¿Ah, sí? ¿Cómo lo sabes?

– Me enseñaste a reconocer la magia de las nuestras. Y no es que se hubiera esforzado por ocultarla. Les perseguimos, pero el rastro fue borrado, probablemente con un conjuro de ocultación.

– Ya veo… ¿Y Shion – dijo, burlona – te dio alguna información sobre el paradero de Miku?

Un resoplido.

– Nada en absoluto. Dijo que no sabía lo que había pasado. Parecía que… no estuviera al tanto de lo que ella hace.

– Qué interesante… – murmuró la voz, tan bajo que incluso a Ted le costó escucharla –. Eso explicaría unas cuantas cosas…

– ¿Como qué?

El cambio de tono hizo comprender a Ted que la maestra de Luka sonreía al hablar:

– Piénsalo de este modo: Miku no ha estado en contacto con Kaito desde que asesinó a Noel.

– Y a Froid – recalcó Luka.

– Y a Froid – consintió la extraña.

– Eso es imposible. Aunque… cuando se lo dije pareció horrorizado de que hubieran muerto… Aun así, es imposible.

– Sigue pensándolo: Miku no ha vuelto a ser vista con Kaito desde antes del asesinato.

– ¿Y? Shion podía haber estado escondido, cubierto por un conjuro de invisibilidad, o Miku podría haberlo transformado en un animal.

– No está mal razonado, pero déjame terminar. ¿Has visto los cuerpos de Noel y Froid?

– …No.

– Yo tampoco. Pero utilicé mi cabeza y fui a interrogar a los Arcanos – alguien, Ted supuso que Luka, se removió en su asiento –. Los encontraron tras la convocación del primer Aquelarre. Sus cadáveres llevaban en descomposición… ¿cuánto me dijeron? Ah, sí, en torno a un año. A pesar de eso, todavía se notaban los efectos de la magia.

– ¿Magia? – repitió Luka.

– Sí. Los dos cuerpos fueron semidestruidos con magia.

– Miku podría haberse ensañado con ellos después de que Shion los matara.

– Podría. Aunque los Arcanos me han asegurado que lo que los mató fue magia.

– ¿A dónde quieres llegar?

– ¿Se puede saber qué has hecho estos diez años desde que dejaste mi tutela? ¿El vago? ¿Tirarte a tu inmortal?

Por primera vez, Ted oyó a Gakupo carraspear, con obvia incomodidad. ¿Había estado dentro todo el rato?

– Nuestros asuntos personales no te interesan – dijo Luka, tensa y cortante.

Su maestra rió por lo bajo. Cuando Ted se paró a pensarlo, se dio cuenta de que tenía una voz muy juvenil. Tuvo que esperar un rato a que la conversación se reanudara.

– ¿Podrías explicarme qué has visto tú que no veo yo? – pidió Luka, casi consiguiendo mantener bajo control la frialdad de su voz.

– Muy bien. ¿No te hablé jamás del Elixir aeternus?

– ¿Elix…? Ah, sí. Cuando estudiamos las leyendas de las primeras brujas. ¿Por qué lo nombras…? No… Espera, ¿estás insinuando que Miku lo tiene…? ¿Que existe?

– Antes de que me saltes con tu racional imposible te diré que los Arcanos admitieron que, tras investigar las radiaciones mágicas que dejó Miku en los lugares donde se… se dejó llevar, encontraron pocos restos de conjuros en sí. Todo magia pura. Desatada.

– ¿En bruto? ¡Eso es una locura! ¡Ni Miku ni ninguna bruja puede usar su poder de esa manera! ¡Se consumiría!

– ¿Empiezas a ver mi lógica?

– En absoluto. Debe haber otra explicación. Hay que agotar todas las teorías antes de… depender de un mito.

– ¡Jajajaja! Todavía me acuerdo, niña, de la cara que pusiste cuando te dije que había brujas. Y duendes, hadas, vampiros, ángeles, demonios… ¿Cómo te atreves a calificar algo de "mito"? – y se rió durante un buen rato.

– Entonces, ¿me estás pidiendo que me crea que hay un Elixir capaz de conceder cualquier deseo, de alterar el orden cósmico y obedecer la orden de quien lo posea? – Ted no había oído hablar muchas veces a Luka, pero el retintín con el que expuso su ironía le resultó un poquito pedante e infantil para alguien de su edad. Aunque, pensándolo bien, no tenía ni idea de cuántos años tenía.

– Si ya decía yo que eres demasiado joven para ser bruja. Tu mente sigue encerrada en tu mundo tecnológico y sujeto a la lógica de tu generación.

– ¡Incluso en la magia hay reglas!

– Incluso en la magia se nos escapan cosas. Las brujas no lo sabemos todo. Tampoco nos interesa saberlo todo – la escuchó levantarse y dar unos pasos, probablemente acercándose a su alumna –. Somos egoístas y egocéntricas. Y podemos serlo porque sólo nos interesamos por algo cuando nos es necesario. No necesitamos depender del conocimiento. ¿Comprendes, Luka, el motivo por el que el Elixir es considerado un mito? Ya veo que no: tu lógica cabecita no es capaz de llegar a una conclusión tan sencilla: porque nos interesa. Las brujas o los seres que hayan llegado a poseerlo no desearían, precisamente, que el mundo entero se les lanzara encima para arrebatarles lo que consideraban suyo. ¿Lo ves? Si realmente quieres entender algo, tendrás que rechazar tu insoportable mundo sujeto a leyes y abrir la mente. Siempre ha sido tu mayor fallo y el que más me ha sacado de quicio – un golpe en la mesa. Ted casi visualizó a la maestra apoyando las manos en la mesa e inclinándose, amenazante, sobre Luka –. ¿No aprendiste cuando eras pequeña que nada se sostiene por sí mismo? ¿Que cualquier cosa segura, con un diminuto soplido, se evapora? Me decepcionas, querida.

La puerta se abrió repentinamente y Ted saltó hacia atrás, en un acto reflejo, hasta casi chocarse con la pared.

Una chica joven, de amplios ojos rosáceos, una larga cabellera de la misma tonalidad que Luka, con dos moños a los lados de la cabeza, menuda, con carita inocente y un vestido blanco se detuvo para observarle.

Durante unos instantes, fue incapaz de relacionarla con la persona que le había estado echando la bronca a su cliente. Cuando los labios de la muchacha se alzaron para formar una inquietante sonrisa, decidió que habría sido mejor no estar pegado a la puerta. ¡Si estaban hablando a voces! Podría haberles escuchado perfectamente desde una buena distancia.

La maestra de Luka se arregló el pelo, pasó por su lado con un paso firme y Ted ya estaba soltando un suspiro de alivio cuando su voz le llegó, como si le estuviera susurrando al oído:

– ¿No te gustaría comprobar que lo que hemos dicho es cierto? Un poder que solucione todo...

Ted giró en redondo. No había nadie en el corredor.

– ¿Kasane?

Kamui se había acercado. El chico se pasó una mano por el cuello, incómodo, e intentó ignorar el hecho de que se le habían puesto los pelos de punta. Visualizó a Luka hundida en su silla, apretando los labios tan fuerte que se le habían puesto blancos. El inmortal le llamó la atención y Ted carraspeó.

– Mi hermana está indispuesta. Venía a disculparme por nuestro fallo de ayer – informó tan frío como fue capaz. No podía dejar de sentir el hormigueo donde la joven le había murmurado.

– Ah… No fue culpa vuestra – Kamui negó con una débil sonrisa que dejó sin palabras a Ted.

– ¿Perdón?

– No hemos tenido tiempo de hablarlo demasiado, pero hemos decidido que vamos a dejar las cosas como están. Recibiréis vuestro pago tal y como acordamos.

Durante unos segundos, Ted se quedó en vilo, asimilando lo que significaba eso.

– Gracias… – consiguió musitar, demasiado sorprendido para nada más.

Kamui le puso una mano en el hombro, apretó suavemente, y empezó a cerrar la puerta.

– Si tu hermana necesita algo, puedes pedirnos lo que sea necesario.

Y dejó a Ted en el pasillo. Por un momento quiso quedarse a escuchar de lo que fueran hablar. Pero la habitación se había sumido, de repente, en un silencio sobrenatural. Como si fuera un vacío. ¿Magia, quizá? Se encogió los hombros y dio media vuelta para regresar al dormitorio de Teto, molesto consigo mismo. ¿No debería estar dando saltos de alegría? Si al final las cosas iban a salir bien y todo… Pero su cuerpo pesaba, sentía algo extraño dentro de él. De haber sido un humano, habría dicho que se le había encogido el estómago. Sólo pudo relacionar el sentimiento con las veces que estaba rodeado de enemigos o sabía que iban a atacarle de un instante a otro.

No es que estuviera en medio de una emboscada. Habría oído llegar a cualquier persona en un espacio tan estrecho como el pasillo. Y la mayoría de las habitaciones estaban vacías. Sus ricos ocupantes debían haber salido a disfrutar de la noche, todavía joven. Así que, no, no estaba en peligro.

Lo que pasaba era que tenía un mal presentimiento. Dejó la mente en blanco, permitiendo que sus piernas lo guiaran de vuelta, para que los pensamientos que se le estaban arremolinando de tal manera que parecía una masa informe e incomprensible emergieran poco a poco.

Un Elixir de leyenda. Una esencia que lo daba todo. Luka había dicho que era un mito. Pero su maestra le había rebatido que existía. Y Miku, la bruja de Kaito, lo tenía… ¿No habían dicho también algo de asesinatos? Sí, seguro, habían hablado de cadáveres. Sintió un ligero malestar. Kaito no había hablado casi de su bruja, huía de ella como si lo repeliera con fuerza magnética. Después de tantos años en un trabajo donde la mayoría de las personas a las que asesinaba eran o claramente inocentes o ratas que merecían todas y cada una de las torturas que pudieran realizárseles, había aprendido a distinguir por las miradas, por la forma de actuar de la gente, si habían hecho algo malo. O, al menos, si se arrepentían de ello. Y no había imaginado en ningún momento que Kaito pudiera… colaborar en un asesinato. No uno a sangre fría, al menos. Aunque, si lo pensaba, le sonaba que hubieran mencionado algo de que Kaito no había estado con su bruja desde antes del asesinato. Eso significaba que era inocente, ¿no?

Todavía no muy convencido, dejó el tema de lado, con la inquietud de estar pasando por alto algo muy importante.

Entró a su habitación. Teto se había incorporado contra el cabecero de la cama y se miraba las manos con expresión ausente. Sus nuevas y pequeñas manos. Al oírle levantó los ojos, que lo traspasaron, llenos de amargura y decepción.

– Ted…

Sin decir nada, el chico se sentó a su lado y atrapó sus manitas entre las suyas, repentinamente grandes en comparación. Se las acarició. Eran cálidas y suaves. Su calor recorrió su piel congelada como un ansiado bálsamo. Una punzada de sed contrajo su garganta. La maldita herida le había consumido más energías de las que esperaba y, a ese ritmo, necesitaría urgentemente un largo, largo trago de sangre.

Pero a Teto… No podía hacerle eso, justo después del pago.

Mientras divagaba, la cabeza de su hermana se había hundido entre los casi esqueléticos hombros. El cuello de la camisa que le había prestado dejaba asomar uno de ellos, pálido y tembloroso.

– Me han dicho que pagarán – dijo, ansioso por romper el silencio.

Teto ni siquiera pareció darse cuenta de lo que había dicho. Ted levantó una mano, dudó, y tiró suavemente de la barbilla de su hermana mayor.

Se olvidó, literalmente, de respirar.

Los ojos granate se habían humedecido y una delicadísima lágrima asomaba por uno de ellos, demasiado tímida para atreverse a salir. Un prolongado gemido escapó de los labios de Teto, un sollozo que retumbó mil veces más fuerte que los que le torturaban durante el pago. Porque esos eran totalmente inconscientes y estaban fuera de su control.

Los contratistas no dejaban aflorar sus sentimientos.

Jamás.

– Ted… ¿qué… qué voy a hacer ahora…?

– ¿Cómo…?

La voz de Teto tembló.

– Este cuerpo… ya no sirve para nada… No puedo pelear con él… No… no puedo enfrentarme a nadie frente a frente… La Organización no esperará a que crezca… – aspiró entrecortadamente una bocanada de aire –. Yo-yo no quiero que me usen para… para…matarles mientras me… me…

Teto no había llorado jamás delante de él. La solitaria lágrima le recorrió la mejilla, marcando un camino de angustia y alaridos mudos que ensordecían a cualquiera que prestara la suficiente atención.

Ted olvidó la delicadeza y la aprisionó contra su pecho, enterrando la cara en su cabello y acariciándole la espalda en círculos.

– No te harán eso. No lo harán. No les dejaré.

Un débil suspiro que se ahogó en su camisa. Ted apretó más fuerte, hasta el límite que los huesos de su hermana podían soportar.

Teto. Valiente. Fría. Dura. Estricta. De sangre fría. Racional. Meticulosa. No hacía daño a los que no estaban relacionados con el trabajo. Su madre y su padre. Su hermana. La que lo había ayudado a sobrevivir. La que, en sus recuerdos más brumosos, jugaba con él, le hacía pedorretas y cosquillas en los pies. La que lo subía a hombros y corría hasta que le dolían las piernas de estar en la misma postura. La que lo había protegido de los demás niños a los que entrenaban para convertirse en contratistas. La que le cogió la mano cuando tuvo que matar por primera vez y le juró que cargaría con todos sus pecados. Que jamás serían sólo de él. La que se acostó a su lado cada noche que tuvo pesadillas. La que sacrificó su cuerpo y parte de su vida por salvarle. La que siguió a su lado aun cuando dejó de ser humano…

Se había roto.

No. ¿Cuánto llevaba rota? Muchísimo. ¿Lo había sabido desde siempre? Sí. Pero no había hecho nada.

Nada hasta que la máscara de frialdad que tenía que usar se había roto. Se había resquebrajado ante sus ojos.

La Organización no renunciaría a ella. Todavía tenían que devolver muchísimo dinero. Y Teto tenía razón: no esperarían a que creciese y pudiese volver a matar. Sin embargo, había muchas personas a las que les gustaban los niños y que no se dan cuenta de nada mientras se aprovechan de ellos. Entonces sacar una aguja envenenada, echar unos polvos en un vaso de agua o, simplemente, cortarles la aorta, era más que suficiente… Un trabajo menos remunerado… pero mucho más abundante y solicitado.

¡No! ¡No, no, no, no! Sólo imaginar a su hermana esperando a que alguien intentara… intentara…

Hizo chirriar los dientes con tanta fuerza que Teto se estremeció entre sus brazos.

– No, yo lo arreglaré. Te lo prometo.

Teto sonrió amargamente.

Al menos las palabras consiguieron calmar una parte de la tormenta que había estallado en su interior.

X

Gakupo había salido a la terraza del dormitorio. Entrecerró la ventana a su espalda para que el ruido de los coches no molestar a Luka, que estaba intentando dormir, y se apoyó en la barandilla, pensativo.

A pesar de todos los años que habían pasado bajo la tutela de Sai, apenas la conocía. Fue Luka la que tuvo que pasar horas y horas con ella, aprendiendo los secretos de la brujería y soportando su terrible temperamento. Pero lo que sí sabía era que la bruja no si no recibía beneficios. Estaba claro que había sembrado la duda en su antigua alumna porque pretendía que hiciera algo relacionado con el Elixir. De lo que ya no estaba seguro era de qué pretendía que hicieran. ¿Lanzarse tras el Elixir? ¿Investigarlo para dar con algún dato que les llevara a otro camino? Fuera lo que fuera, acabarían obedeciendo, porque Luka todavía no se había independizado de Sai. El Aquelarre no la consideraba más que una niña y sus "superiores" tenían derecho a manipularla como les viniera en gana. Eso si estaban interesadas, claro. Y la alumna siempre debía respeto y obediencia a su maestra, aunque ya se hubiese convertido en bruja. Así que, tarde o temprano, tendrían que seguirle el juego.

Exhaló un suspiro. No quería imaginar los tejemanejes que Sai debía estar trayéndose entre manos.

Casi sin pensarlo, su mano voló hacia su cinturón para ceñirse en torno a un pequeño adorno. Al entrar en contacto con su piel resplandeció y en un instante sostenía una larga katana, cuya hoja era tan brillante que reflejaba las luces de las interminables ventanas iluminadas.

– ¡Espera, no quiero hacerte daño!

– ¿Kasane?

De un ágil y veloz salto, Ted Kasane pasó por encima de la barandilla y cayó sin hacer ruido a su lado. Gakupo lo contempló unos segundos antes de aproximar la katana a su cinturón para que se convirtiera de nuevo en un adorno.

– Qué práctico – silbó Ted, siguiendo sus movimientos con los ojos como platos.

– El regalo que me hizo Luka cuando se convirtió en bruja – sonrió levemente –. Dime qué necesitas tan urgentemente como para escalar desde el piso de abajo.

El joven vampiro carraspeó, azorado.

– Intenté llamar a la puerta, pero no podía: mis nudillos rebotaban sin hacer ruido.

– Ah, es cierto, Luka no ha quitado el conjuro de silencio. Disculpa.

Ted negó con la cabeza, poniéndose serio. Gakupo se apoyó de espaldas a la barandilla, preguntándose que necesitaría el contratista.

– ¿Está bien tu hermana?

– Ahora duerme. Físicamente está sana. Pero el problema es otro.

"El pago" pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta. Había un dolor latente en el fondo de aquellos ojos granate y no quería reavivarlo. El muchacho lo miró directamente, inquieto, aunque sin un asomo de duda. Al abrir la boca para hablar, vio que tenía los colmillos un poco afilados. Eso significaba que debía empezar a tener sed.

– Antes has dicho que podía pedirte cualquier cosa.

– Eso dije – asintió.

– Yo… necesito un favor – aguardó un momento, como esperando a que Gakupo dijese algo. Como no fue así, continuó: –, tenemos que ausentarnos durante un tiempo. Pero la Organización nos reclamará en cuanto terminemos el trabajo. Así que, ¿podrías decir que nos necesitas por un tiempo indeterminado? Reuniré el dinero suficiente para que no os cause problemas – soltó de tirón. Al terminar apretó los labios y esperó en vilo.

Gakupo se cruzó de brazos. No veía ningún problema. No después de haber visto cómo la hermana mayor protegía al pequeño y ahora se daba el caso contrario. Sospechaba que el joven quería darle un descanso a la contratista y, aunque antes de encontrarse con Teto ni había imaginado acabar sintiendo simpatía por los hermanos, le parecía que si podía hacerles un favor después de humillarles al "ayudarles" durante el trabajo, mejor.

– Lo haré. Y no hace falta que reúnas dinero.

– Pero…

Gakupo lo cortó con un gesto y le sonrió.

– Cuando una bruja puede crear dinero y jugar con billetes de mil a las cartas, no resulta problema pagar mucho más o mucho menos.

– Que puede crear… – asombrado, se pasó una mano por el pelo –. Increíble… – entonces carraspeó –. Y… ¿puedo preguntar una cosa?

– Veré si puedo responder.

– Eh… ¿Es cierto lo del Elixir? ¿Puede cumplir cualquier deseo?

– Sabía que estabas escuchando – sonrió Gakupo. De haber sido humano, Ted habría enrojecido –. Yo no soy el experto. A los inmortales no se nos enseñan esas cosas. Pero parece ser que sí. Ya oíste a Sai, la maestra de Luka: parece ser que los poseedores del Elixir difundieron que era un mito para proteger su secreto – se encogió de hombros –. No tengo ni idea de si es verdad o no. Aunque es muy tentador pensar que hay algo así en algún lugar.

– Y que lo digas.

Gakupo sonrió interiormente. El chico le caía bien.

– ¿Por qué lo preguntas?

– Por curiosidad – respondió, rehuyendo su mirada.

Había algo más que curiosidad, pero Gakupo imaginó que no iba a contárselo.

– ¿Se te da bien memorizar números?

– Sí.

– Entonces te daré mi móvil.

La boca de Ted se abrió con una cómica lentitud. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo sacudió la cabeza, si bien continuó mirándole como si estuviera delante de un extraterrestre.

– ¿Así que es verdad que usáis móviles? ¿Como cuando ella nos llamó? ¿No era ningún truco de magia para que pareciera una llamada?

– Míralo así: somos modernos, no llevamos mucho en este mundo – le ofreció –. Memoriza mi teléfono – se lo dictó y le hizo repetírselo tres veces, sólo para comprobar que sí que tenía muy buena memoria –. Cuando necesites el dinero… o algo en especial, llámame.

La expresión del chico gritaba a voces "¿por qué está haciendo esto por mí?". Entonces se miró los pies con el ceño fruncido durante un buen rato, dándole vueltas a un pensamiento que Gakupo no consiguió adivinar. No podía adivinar que Ted se estaba planteando seriamente su oferta. Si le pidiera que acabara con todas sus deudas. Él y su hermana serían libres. Podría estar con Teto, no necesitarían volver a usar sus poderes, ni realizar un pago, ni depender de los trabajos… Estuvo a punto de lanzarse a pedirlo. Le faltó un segundo para tirar a un lado todo su orgullo y arriesgarse a que el inmortal sólo hubiese hablado por compromiso. Sin embargo, predominó la prudencia. Esos días se había vuelto demasiado jovial con dos hombres a los que no conocía de nada y que no tenían por qué preocuparse por él. Además… la Organización podía dejarles en paz por un tiempo, pero quién sabía si al final decidiría que el poder de Teto era demasiado peligroso para permitirles vivir en paz. No. El problema que tenían no podía solucionarse con dinero. Haría falta un milagro para librarse de la Organización.

"Un milagro…".

– ¿Qué haréis con lo del Elixir? – inquirió.

– No lo sé – intuitivo, Gakupo imaginó a dónde quería ir a parar –. ¿Te gustaría saber más sobre él?

– Sí.

– Ya veo… – consideró las opciones durante unos segundos –. Tu hermana necesita descansar, ¿verdad? Supongo que podría encontrar información interesante para mañana por la noche.

– No creo que mi hermana pueda moverse hasta dentro de dos días – confirmó él. Arqueó una ceja, repentinamente serio –. ¿Me pediréis luego mi alma como pago por estos favores?

Gakupo soltó una carcajada.

– No. Te lo juro por los Ángeles.

– Entonces tendré que fiarme – Ted se atrevió a sonreír y Gakupo le devolvió la sonrisa –. Gracias.

– Vuelve con tu hermana – le recomendó con suavidad –. Mañana te contaré lo que he averiguado.

Ted asintió con la cabeza y se subió de un salto al borde de la barandilla. Se quedó en cuclillas, en un equilibrio perfecto.

– Una cosa más…

– ¿Sí?

– ¿Tú piensas que Kaito asesinó a esas personas?

Sorprendido, el inmortal miró la espalda del vampiro, tan inmóvil como una gárgola. Ladeó la cabeza, pensando seriamente en la contestación que iba a dar, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

– No.

– Ya – se preparó para dejarse caer –. Me alegro de que estemos de acuerdo.

Y se deslizó a la terraza de abajo sin levantar ni un solo ruido.

La ciudad seguía despierta en medio de la noche. Las estrellas de la tierra, con sus colores brillantes, intensos y molestos, impedían ver las del cielo. Podía escuchar la música de los coches, algunos gritos, los pitidos, el tráfico, el zumbido de las televisiones de las infinitas casas que lo rodeaban.

Suspiró. No veía el momento de dejar el centro de la ciudad. Corrió la puerta de cristal y se dirigió a la cama. Luka se había quedado dormida. Uno de los tirantes de la camisa había resbalado sobre su hombro y sus piernas desnudas se habían encogido para protegerse de la fresca brisa de la noche. La tapó con la sábana y, tras retirarle el cabello de la cara, recorrió los bordes de su rostro con la punta del índice, haciendo que Luka se estremeciera sin llegar a despertarse.

– Yo también me alegro.