INUYASHA NI NINGUNO DE SUS PERSONAJES ME PERTENECE, SOLO LOS TOMO SIN ANIMOS DE LUCRO.
Queridas lectoras, tardé porque tuve que reescribir este capítulo completo. Estaba hermoso, pero terriblemente mal escrito, así que tuve que dedicarle tiempo. Aprovecho para agradecerles su apoyo en esta nueva actualización de "Amplitud"; me gustaría aclarar que estoy resubiendo esta linda historia para que más personas tengan la oportunidad de leerla y acceder a su mensaje, espero que a las viejas lectoras no les desagrade. Esta versión no tiene cambios argumentales, solo corrección parcial de la ortografía y la gramática.
He recibido varios Follow/Favorite en los capítulos anteriores, y me gustaría pedirles (no descaramente) que me dejen sus comentarios. Esta historia es algo controversial en algunas cosas, y bastante fuerte en otras, y realmente sería bueno para mí saber qué piensan al respecto. Si creen que les falto el respeto a ustedes o a sus personajes díganmelo con confianza, les responderé a la brevedad. :)
Espero que disfruten este capi tanto como yo disfruté escribiéndolo. En esta ocasión, dedicaré el chapter a dos amigas muy queridas: Tamara Allende y Daniela Velez. Daniela, espero que este fanfic ilumine tus días :)
Un besito a todas y espero sus reviews!
Cuando la vida de Sesshomaru Taisho termina de ser destruida por una horrible calumnia, jamás imaginó que la idea de su hermano lo llevaría a vivir con Lin Susuhara. Ahora el destino lo obligaba a sacarla de un abismo y construir sobre una vida llena de heridas. ¿Podrá encontrar los trozos del corazón de su pequeña pesadilla sin empeñar el suyo propio en el intento?
AMPLITUD
Claudia Gazziero
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica molesta. Tenía la cabeza muy alta. Ella tenía un orgullo al cual defender. Claro que sí, y ese hombre no la humillaría más.
—Vine a buscarte, volveremos a casa —sentenció con su vozarrón duro y fuerte. La enfermera lo miró confundida. ¿Ese no era su tutor? ¿Por qué era tan agudo con ella? Bueno, eran problemas de familia y lo mejor era no husmear.
Lin lo observó sin poder creer sus palabras, no porque estuviera sorprendida positivamente, sino porque no le cabía en la cabeza que él la estuviera invitando a regresar a la tortura que él llamaba "convivencia".
Definitivamente, Sesshomaru Taisho era su última opción. No volvería con él, ese hombre ya era parte de su pasado.
—¡Tienes que estar bromeando! —lo miró iracunda. Su sola presencia la enfermaba—. Podría morir tres veces antes de regresar a tu casa. No, diez veces. ¡Mátenme mil veces antes de volver a vivir contigo!
CAPÍTULO VIII
NATURALEZA
I
—No, no lo estoy —aseguró el peliplata.
La enfermera lo miró absorta. ¿Por qué siempre le tocaban a ella los pacientes difíciles? Lo menos que quería era una discusión familiar en su rutina diaria, los dramas de telenovela la enfermaban.
Sesshomaru trató de acercarse a su pupila para hacerla recapacitar, pero la enfermera se opuso y, dejando un paquete con ropa sobre la cama, habló con voz autoritaria:
—Señor, creo que debería salir un momento. La joven ha pasado por una crisis nerviosa recientemente y no es bueno que se altere. Cualquier emoción fuerte podría ponerla en ese estado otra vez —dijo, mirando a ambos con reprobación—. El mensaje es para los dos, será mejor que solucionen sus problemas.
—Bien —respondió la chica ofuscada. En el mundo no había nadie con sentido común. Sesshomaru Taisho creía que tenía el poder sobre todas las cosas solo por ser rico, y la regañaban a ella. ¿A quién le quedaban ganas de vivir en ese planeta si las personas eran de esa forma?
Sesshomaru refunfuñó, no estaba acostumbrado a que un desconocido le llamara la atención, y tampoco estaba dispuesto a permitirlo. Sin embargo, por primera vez la situación ameritaba silencio. No estaba en un posición para protestar, de hecho, estaba en deuda con esa chiquilla irresponsable que había llegado a su casa para complicar su vida.
Encima, ella seguía en pie de guerra, y no podía culparla. Se había comportado como un verdadero animal: territorial y autoritario, y estaba lejos de poder enmendar sus errores. Los prejuicios y la desconfianza le habían pasado la cuenta.
—¿Te das cuenta de que solo quiero ayudar? —murmuró complicado.
Lin se mantuvo estoica en su sitio. Las palabras amables de Sesshomaru Taisho no la engañarían de nuevo. Él era una persona que estaba acostumbrada a abusar de los débiles y a posicionarse en la cima; además, no había ninguna razón para que fuera amable con ella.
Si algo había aprendido de él, era a desconfiar.
—¿Nos puede dejar solos? —le pidió a la enfermera, sin ser cortés.
La desagradable mujer se dio la vuelta y abrió la puerta, no sin antes proferir una advertencia.
Lin se sentó en el borde de la cama y suspiró:
—Escucha —se revolvió el cabello—. Agradezco tu extraño y poco usual gesto de amabilidad, pero no regresaré contigo. Es una locura, estar contigo ha sido una mierda —enfatizó—. No quiero convertirme en una mujer que se pasa el día asustada, y que no sabe cuándo sus palabras te caerán en gracia o despertarán al monstruo. Tú, simplemente, te enfadas por todo… y yo ya no tengo la fuerza para ponerme a prueba.
El peliplata guardó silencio, sin saber qué decir. Todo lo que Lin decía era cierto, y ¡maldición! No tenía cómo justificar ese comportamiento frente a sus ojos. Cualquier motivo suyo, era irrisorio frente a los de ella. Se había comportado como un verdadero imbécil durante meses, ni siquiera tenía el derecho de ser gentil.
Y todavía así, quería compensarlo.
—Te esperaré en recepción —sentenció con voz inefable, antes de darse la vuelta y cerrar la puerta tras su espalda.
Si discutía con ella en ese momento, indudablemente no llegaría a ningún lado. Lo mejor era llevarla a casa y resolver todos los problemas allá, cuando ella estuviera cómoda y segura en su habitación. Ponerla de regreso en su departamento, era la única garantía que tendría para solucionar el problema.
Estaba en deuda con ella, y quería enmendarlo aunque ella no estuviera de acuerdo. Ya habría tiempo para explicar sus razones en el futuro…
El reloj de la sala de espera apuntaba las diez de la noche. Era muy tarde y afuera hacía frío. El clima estaba raro, parecía que en cualquier momento podía desatarse una tormenta, algo muy inusual en esa época del año. Alrededor suyo había varias mujeres mayores, algunas lloraban. Tragó saliva incómodo, ese lugar emanaba tristeza y añoranza en cantidades industriales, hasta él se sentía acongojado y apesadumbrado.
Su padre lo había botado de la empresa y había puesto a Inuyasha en su lugar, un joven que no tenía experiencia ni vocación para los negocios. La compañía había sido lo único que le había dado refugio en los momentos difíciles, y no había pasado mucho tiempo desde que el trabajo se había declarado irrefutablemente como su único hogar. Perderla había sido un error muy tonto y grave, sobretodo porque de pronto, se descubría con demasiado tiempo y nada que hacer.
¿Cómo podía sobrevivir sin ninguna excusa para evadir su propia vida. Y peor, cuando además de toda esa porquería también estaba a cargo de una muchacha con heridas mucho peores? Al menos, el no tener que ir a trabajar le dejaba tiempo para solucionar lo último.
Ya que sabía más sobre la vida de Lin Susuhara, y cómo había llegado hasta su vida, podía entenderla de mejor forma y hacerse un panorama más claro sobre cómo ayudarla. Se sentía optimista, ella era una buena excusa para poner su propia vida en su lugar. Si quería ser útil, debía cambiar muchas cosas sobre él mismo que estaban mal.
Aunque costara admitirlo, era como si hubiera estado esperando una oportunidad para volver a tomar las riendas de su vida. Iba a ser difícil, sí, pero se esforzaría: dejaría de beber, contaría hasta diez, pensaría antes de hablar. No fallaría como la última vez, la historia de Kaguya no tenía por qué repetirse.
Además, ¿qué tan difícil podía ser? Solo le quedaban siete meses y medio junto a ella, tiempo que, aunque escaso, alcanzaba para al menos demostrar que estaba arrepentido. No tenía la confianza para disculparse formalmente con ella todavía, pero si demostraba con acciones que había cambiado, tal vez ella volvería a confiar en él.
Cuando el plazo se acabara, la enviaría de regreso a la vida con el futuro asegurado, y si tenía suerte, nunca más la volvería a ver… todos felices.
Pestañeó varias veces luego de pensar aquello, "nunca más" sonaba a demasiado tiempo. De pronto, volteó al sentirse observado, pero no había nadie tras suyo. La piel de su espalda se erizó, su corazón comenzó a latir rápido. Tenía un buen presentimiento, algo andaba mal. Pidió a su olvidado dios que no le mandara otro pesar, porque ya había tenido suficiente con lo de Rin. Pidio también, que le mandara un Whisky de despedida, ya comenzaba a extrañar su sabor.
¡No! Él había dejado de beber, maldijo. Sesshomaru Taisho no era más un alcohólico.
Rin, que espiaba desde el umbral de su puerta, lo observó con un sabor agrio bajo la lengua. ¡Ese malvado jamás dejaba de molestarla! ¿Por qué no, simplemente, desaparecía? Claro, con su porte elegante y su traje de ochenta millones de dólares creía que era el dueño del mundo, de todo y de todos. Había salido de un antro, para llegar a la cueva del lobo. ¡Qué maldita suerte la suya! Entre uno y lo otro, prefería sin duda el primero. El Hogar de Niños, con Bankotsu incluido, era mucho más tranquilo que la casa de Taisho. Él la odiaba y disfrutaba al verla humillada.
Exactamente por eso seguía ahí, para torturarla.
—¿Por qué estás aquí? ¡He dicho que no quiero volver a verte! —chilló al escuchar la puerta, mientras arreglaba las últimas cosas.
—No soy Sesshomaru —dijo una voz totalmente desconocida del otro lado, alertando todos sus sentidos—. Él no sabe que estoy aquí, pero debe estar buscándome.
Al abrir tímidamente, se encontró de lleno con una mujer alta, de cabello negro, voz sensual y ojos pardos. Una mujer con clase, algo que, por supuesto, ella no tenía.
—¿Quién eres tú? —exigió saber con voz neutra. Hasta donde sabía, Taisho estaba ahí para ver su espectáculo, no para pasear con su novia.
La mujer la miró de arriba abajo y sonrió burlescamente:
—No puedo creer que tú seas la chiquilla que le da tantos dolores de cabeza a Sessh…
Bien, de pronto las amantes de Sesshomaru también se creían con el derecho de burlarse de ella.
Qué mierda.
—Vete, por favor —le pidió, intentando ser educada. Acto seguido, terminó de arreglar la cama y, sin mirarla, cogió sus cosas para marcharse de ahí.
La mujer recorrió a paso lento la pequeña habitación antes de volver a hablar:
—Pensé que eras… más mujer, pero solo eres una niña. ¡Qué estúpida fui al pensar en ti como una amenaza!
Bla bla bla, ofensa tras ofensa. ¿Hasta cuándo se perpetraría esa maldito círculo de violencia?
—Me halaga que me hayas considerado una amenaza —rio, ocultando su nerviosismo—. Lamentablemente para ti, no estoy interesada en Sesshomaru. Puedes quedártelo todo si así lo quieres, es tu problema.
Sí, siempre que las personas la hostigaban, su mano tiritaba, se le trababa la lengua y el corazón se le disparaba. Sin embargo, había aprendido a dominar la angustia y hacerle frente con dignidad.
—Bien —murmuró la estirada—. De cualquier forma, recuerda mi nombre: soy Kagura Touma, la novia de Sessh, y estaré vigilándote de cerca.
—¿Mandarás algún sirviente tras de mí? Recuerda que puedo seducirlo, ya sabes… como soy taan prostituta —ironizó, pero a la chica no le cayó en gracia.
Era irrisorio recordar que ella, alguna vez, había tenido esperanzas en Sesshomaru Taisho. Incluso había llegado a creer que con él podía descubrir lo que era tener una familia de verdad, alguien que se preocupara por sus problemas y que la ayudara incondicionalmente a salir adelante.
Qué tonta había sido, ese hombre no era capaz de amar a nadie más que a sí mismo. Kagura Touma se equivocaba si creía que él estaba interesado en ella; seguramente, él solo estaba fingiendo por interés, igual a toda la gente rica.
Le había ofrecido la oportunidad de tener a alguien que realmente estaba preocupada por sus problemas con el alcohol y todo eso, y él la había rechazado. ¡Seguro esa estirada podría ayudarlo en algo!, rio, se veía más inútil que una escoba deshilachada y vieja. Ambos eran tal para cual, no merecían el cariño de nadie, no necesitaban de nadie más y destruían los sentimientos de las personas que tenían cerca.
Su corazón se detuvo de improviso al descubrir que había albergado sentimientos para él, emociones fuertes que no sabía describir. La prueba de ello era que su rechazo dolía, dolía en el alma.
—Prostituta, esa palabra te queda como anillo al dedo —se mofó la chica, sentada en la cama del hospital y mirándola con cizaña. Su escrutinio fue tan fuerte, que Sara, con su bolsa y todo a cuestas, volteó con una extraña sensación—. No puedo creer que tuvimos que salir de la cama para venir a verte.
—Parece que lo de prostituta también te queda a ti —dijo sin pensar.
Odió a Taisho por eso, odió su machismo y su injusta forma de ver la vida. Él no la dejaba tener una vida de verdad con Kohaku, pero disfrutaba su gran vida sexual con mujeres como esa. ¿Por qué él podía y ella no? ¡Por Dios, ni siquiera iba a acostarse con Haku, él solo era un amigo!
—Déjate de juegos y escucha, querida —arremetió con tono autoritario—. Quiero que desaparezcas de la vida de Sessh lo antes posible, y de preferencia para siempre, ¿entiendes?
—Pero si no lo había visto en más de un mes —respondió Rin, sin entender la estupidez de esa mujer—; si estabas con él esta mañana, no entiendo por qué no impediste que viniera. La última persona que quiero ver es a él, eso te deja en una posición más que indeseable.
—No te hagas la ruda, jovencita —se levantó Kagura—. No es necesario que estés en la casa para que seas un problema: él siempre está preocupado, no sabe cómo deshacerse de ti y tiene miedo de que la cagues.
—Problema suyo, una lástima.
—Es problema mío también…
—¿Y qué harás? ¿Me enviarás a Alaska?
Touma chilló de histeria:
—¡No, por dios… solo desaparece! ¡Desaparece ya!
Sara estalló en risas; a esa mujer estaba dándole una pataleta.
—Está bien… sus deseos son órdenes, alteza —se despidió con una risotada que enfureció a la chica todavía más.
De pie y mirando por la ventana, Sesshomaru Taisho esperaba a que ella saliera de su cuarto para ir a casa. Llevaba una camisa blanca y un traje oscuro, no traía su saco. Su reflejo en el vidrio mostraba un rostro serio, perturbado y casi desesperado. No tenía el ceño fruncido, pero parecía como si el peso de diez años hubiera caído de golpe sobre él. Sus ojos ámbares brillaban en la vitrina e iluminaban toda la habitación.
Desde el pasillo, lo observó compungida. Él se había encaprichado con ella y se divertía con su sufrimiento, pero ella también se había obsesionado con él, con la posibilidad de una nueva vida… juntos. Qué triste era volver a verlo y verlo como realmente era: un hombre que no tenía nada y que tampoco le interesaba tenerlo.
Si Sesshomaru Taisho quería librarse de ella a toda costa, ¿para qué hacerlo esperar? Apretó con fuerza el paquete entre sus manos y comenzó a caminar con paso blando, casi derritiéndose, hasta la salida. Su espalda se contrajo gradualmente a medida que avanzaba por el blanco pasillo de hospital. Despacio… cada vez más cerca de las puertas, inevitablemente más lejos de él. Esa era la última vez que lo vería, ese día se cerraban todas las etapas y comenzaba de nuevo.
Sin poder controlarse, volteó de improviso y miró su reflejo en la gran vitrina de la sala de espera. Nunca más volvería a verlo, y solo por eso se permitió admitir lo hermoso que era… él era la persona más despampanante que había visto en su vida; estaba segura de que tardaría tiempo olvidar esos ojos dorados, su espalda ancha y porte elegante y altanero.
Su pecho se oprimió y unas incontenibles ganas de llorar se apoderaron de ella.
—Adiós, Sesshomaru Taisho… adiós para siempre —musitó a penas, cerrando los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, dudó. ¿Qué era lo que la decepcionaba tanto? No lo sabía, y tampoco quería saberlo. Lo que más necesitaba en el mundo era alejarse de ese sujeto y comenzar a vivir su propia vida. Por eso, emprendió una difícil carrera lejos de ese lugar sin pensar en nada más que en su libertad. Corrió por la avenida con todas sus fuerzas, esquivando a la gente y convenciéndose a sí misma de que eso era lo mejor, de que él le hacía mal y de que no tenía sentido llorar por un hombre para el cual no significaba nada.
Además, él tenía una mujer, y en su departamento no había espacio para alguien más. Regresar con él no era una opción bajo ninguna circunstancia.
Casi sin aire, dobló en la primera esquina que encontró y buscó refugio bajo la techumbre arruinada de un local de comida rápida abandonado. El cielo sobre su cabeza estaba comenzando a reventar, y las gotas de lluvia pronto la empaparon completamente. Quiso reír ante la ironía de la vida y recordó las películas en la que la lluvia terminaba de arruinarlo todo.
—No puedo creerlo —murmuró sin ganas, al ver que su ropa y su bolsa chorreaban agua por montones—. Algo debe estar realmente mal conmigo…
II
—¡Señor Taisho! —exclamó la enfermera de cabecera, señalando la puerta principal—. ¡La muchacha ha huído!
Sesshomaru se volteó de golpe y corrió hasta la entrada sin pensar en nada.
La mujer recogió sus carpetas y lo siguió hasta la avenida.
—¿Por dónde se fue? —preguntó escandalizada. Todavía no habían firmado el alta, por lo cual su escape era responsabilidad del Hospital.
—¡No lo sé! —respondió gritando e intentando no maldecir—. A la izquierda… —jadeó, su instinto le decía que debía ir en esa dirección.
Sin detenerse a analizarlo, echó a correr en esa dirección. En la calle había pocas personas, pero de igual forma no podía verla.
¿Y si había ido en la dirección opuesta?
¿Y si había tomado un taxi?
Cientos de preguntas se amontonaron en su mente, torturándolo. El miedo de nunca volver a encontrarla lo sumió en la desesperación. Había sido un verdadero idiota y ella lo sabía, ¿cómo no había previsto que escaparía?
¿Era egoísta intentar retenerla junto a él, sabiendo que ella no podía ver siquiera su cara?
¿¡Cómo podía desaparecer tan rápidamente, maldición!?
La lluvia empapó su cuerpo y congeló sus venas, el viento comenzaba a azotar las calles y algunos relámpagos iluminaban el cielo, seguidos de poderosos estruendos que no hacían más que prever un desastre.
Por primera vez sobrio, quiso llorar. Se sentía impotente, frustrado a más no poder. Era un imbécil que mataba todo lo que le importaba, y por su causa, Rin estaba sola en una ciudad que no tenía compasión.
Se recargó en la pared de una esquina y miró a su alrededor: la gente corría enajenada buscando un lugar donde resguardarse, los paraguas cedían ante la inclemencia de la tormenta y las luces de los faroles comenzaban a parpadear. De Rin, nada. No estaba por ninguna parte. Se sintió patético: justo después de jurarse no fracasar, la chica desaparecía. Era un inútil que no sabía nada de la vida, a pesar de que creía saberlo todo.
¿Debía rendirse?
No.
¿Qué haría él si fuera una chica intentando escapar de sus manos? Se iría por el lugar más oscuro de todos, para que nunca pudiese encontrarla. Su cabeza se giró automáticamente al pasaje a su espalda.
Entonces la vio: asustada y con la respiración entrecortada, intentando protegerse de la lluvia.
—¡Rin! —gritó para llamar su atención, pero apenas ella lo vio comenzó a correr otra vez—. ¡Espera, no te haré daño!
Si Sesshomaru Taisho creía que podía convencerla con eso, se equivocaba olímpicamente. Ella ya no caía más en sus patrañas, era libre desde el momento que cruzó la puerta del hospital y no se dejaría alcanzar. Esa era su última oportunidad de descubrir quién era Rin Susuhara en circunstancias normales y no la desperdiciaría. Por eso, corrió con todas sus fuerzas para alejarse de él y de su labia; no quería volver a verlo en su vida.
Sin embargo, luego de varias cuadras su velocidad comenzó a disminuir. Las pisadas de Sesshomaru sobre los charcos de agua comenzaron a sentirse cada vez más cerca y el miedo de tenerlo sobre ella se hizo real. El viento golpeándole la cara empaló todos sus sentidos, y pronto ya no fue consciente de sus extremidades. Su cabello húmedo se pegó a su cara y el paquete que sostenía con fuerza comenzó a despedazarse.
La ropa que llevaba era demasiado ligera, parecía que el frío la atravesaba con cada paso. La falta de brassier congeló sus pezones y entumeció su espalda. Todo estaba oscuro en ese viejo callejón, los comercios estaban cerrados y nadie aparecía para auxiliarla.
La Luna, ausente, aumentó más la incertidumbre. Debía huir, debía huir, no podía detenerse. Su congoja era el combustible y el miedo su mejor aliado.
De pronto, una mano poderosa se agarró de su brazo y la obligó a retroceder. Cerró los ojos con fuerza para no ver el rostro del hombre que la obligaría a renunciar a ella misma.
—¡Suéltame! —rogó gritando—. ¡Por favor, déjame ir!
Sesshomaru la observó confundido. Lin no dejaba de revolverse entre sus brazos y lloraba aterrada. Le costó trabajo sostenerla, lo golpeaba en el pecho y pedía clemencia. A pesar de que había abierto los ojos, parecía no reconocerle. ¿Qué estaba pasando?
—¡Por favor! —chilló martirizada—. ¡Suélteme, no! —repitió sin razón. Estaba en otro lugar, con otro hombre y escapando de otra cosa.
—¡Lin, soy yo! ¡Mírame! Soy yo… —trató de calmarla el peliplata—. Soy yo… Sesshomaru, no te haré nada, solo soy yo…
Lin observó a todos lados para finalmente posar su mirada en sus ojos ámbar profundos y volver a la realidad. Entonces dejó de golpearlo y moverse como condenada, al tiempo que su respiración volvía a serenarse.
—¿Qué…?
—Shhh… —murmuró el mayor—, no tengas miedo. Voy a protegerte, te lo prometí. No volveré a lastimarte…
La chica subió la mirada y se quedó viendo sus ojos.
—¿Ves que soy yo? —sonrió Sesshomaru—. Todo está bien —aseguró, cobijándola en su pecho.
Entonces, ella dejó de luchar y escondió su cabeza en el cuello de ese hombre, buscando abrigo. No entendía lo que sucedía, pero por alguna razón, sentía que todo estaba bien. Podía escuchar los latidos en el pecho del peliplata y su respiración agitada volver a relajarse.
—Lo siento… —musitó nerviosa, escondiéndose bajo su abrazo.
Y el corazón del ambarino se desbordó de emociones. Admiró su rostro cubierto de lágrimas y supo que no había persona más hermosa que esa; sus ojos castaños llenos de melancolía brillaban de inocencia y sus mejillas alborozadas construían el retrato perfecto de la sencillez.
Ella era como un ángel en medio de la tormenta, un ángel desolado que había venido al mundo para despertarlo.
Antes de que pudiera decir algo más, llevó sus dedos a su boca y sonrió:
—No digas nada… —pidió en voz baja—. Estoy aquí para ti…
Y su voz suave y cálida ascendió como una promesa.
CONTINUARÁ...
Muchas gracias por llegar hasta aquí! Les recuerdo que en mi página personal claudiagazziero punto com pueden leer el remake de esta historia, convertida a novela original. Su nombre es "La vida es un barco de papel", no olviden pasarse por ahí. Besos!
Republicación: 21/04/2015
