Hola, hola. ¡Feliz día Después de San Valentín¿A que no esperabais verme por aquí tan pronto? Consideradlo un regalo de San Valentín un tanto retorcido, principalmente porque como que escenas de amor no es que haya muchas en este capi... Cosa que tampoco vendrá mal, así nos sacudimos las melosidades relacionadas con el día del enano gordo alado y en pañales que a veces tiene una pésima puntería.
Sin más rollos, aquí os dejo un nuevo capítulo. Como siempre los RR los encontraréis contestados en otro RR. ¡A disfrutar!
Prácticamente arte 8.
Esos caminos de licántropos.
- ¿No los vais a invitar a entrar? –fue Lily la que rompió el tenso silencio, les tendió los brazos a los recién llegados y exclamó–: Jack, Remus, bienvenidos a casa.
Jack sonrió, atravesó el umbral a tal velocidad que los rizos de Bell revoletearon al viento y se lanzó a los brazos de Lily.
- Habéis estado ocupados –observó la licántropa, dedicándole a la tripa de la pelirroja una de sus clásicas sonrisas de diablilla. Sólo que, ahora, esa sonrisa tenía un matiz lobuno–. ¿Qué va a ser?
- Niña/niño –replicó la pareja a la vez antes de intercambiar una mirada de irritación.
- Entiendo –Jack sonrió con complicidad, alegrándose de que esos dos siguieran como siempre. En ese momento, alguien le tocó en el hombro.
- ¿Te acuerdas de mí, no? –le reclamó su hermano Will.
- Me suenas... ¿Cómo va la sífilis? –le preguntó mientras le abrazaba.
- No tengo sífilis –corrigió el ex prefecto con un gruñido.
- Aún –matizó Jesse, reemplazando a su amigo en los brazos de Jack y depositando un beso en cada una de sus mejillas.
Por su parte, Lily observaba el cuadro que se había montado en la puerta de su casa: James lanzándole miradas de pura furia a Remus, el licántropo removiéndose incómodo, Bell colorada como un tomate y totalmente paralizada, la pequeña de pelo cobrizo aferrando más y más las manos de Remus y, por último, el que parecía ser su hermano observando ansiosamente a Jack y los que la abrazaban...
¡Cómo le habría gustado que Sirius estuviera allí! Ella no era buena anfitriona, lo único que iba a lograr era dar un paso en falso que aumentaría la tensión que se respiraba en aquellos momentos.
- ¿Por qué no pasáis dentro? Debéis de estar cansados del viaje... Y hay caramelos de sabores –por fortuna, Dumbledore sí que era bueno rompiendo situaciones incómodas.
- No comemos caramelos. Somos carnívoros –gruñó el joven licántropo de pelo cobrizo.
- Ryan, controla tu lengua jovencito –Jack volteó rápidamente hacia él para dedicarle una mirada de advertencia antes de volverse hacia Dumbledore con expresión de madre pidiendo disculpas por el comportamiento de su hijo–. No se lo tenga en cuenta, es que es muy temperamental.
Entre tanto, Ryan se había metido las manos en los bolsillos de la chaqueta con expresión herida y molesta. Lo que nadie habría sabido decir era si se debía a que Jack le hubiera regañado o a que le hubiera llamado jovencito siendo sólo cuatro años más joven que ella.
- Es demasiado joven para ti, Will –le advirtió Jack a su hermano al ver que no le quitaba la vista de encima a la niña.
- No se trata de esto –el ex prefecto dio un brusco respingo y se volvió hacia su hermana–. Me preguntaba quiénes eran. Como no te has tomado la molestia de presentarnos...
- Ella es Ámbar –intervino Remus, con una media sonrisa por la breve pulla entre hermanos–, y él, como habréis deducido, es Ryan.
Como es natural, todos los presentes se morían de ganas de resolver las dudas obvias: porqué Jack era una licántropa, dónde coño habían estado todos esos años y de dónde habían sacado al par de niños que Jack trataba como si fueran hijos suyos... Pero primero, habría que romper esa barrera de hielo que James parecía haber construido usando para ellos las amargas palabras cruzadas en la discusión que él y Remus mantuvieron dos años atrás.
Dumbledore ya se estaba planteando cómo lograrlo cuando Michael regresó de su conversación con Sirius.
- ¡Vaya! Esto sí que es una sorpresa –exclamó el druida al ver a Remus.
- Lo mismo digo –coincidió el licántropo, antes de dirigirle la palabra por primera vez a James–. ¿Qué hacen aquí él y Lizbell?
Durante unos segundos, Lily temió que su marido le espetara a su antiguo amigo que él en su casa admitía a quien quería y que él no se contaba entre ellos. Pero en vez de eso, James sonrió, comprendiendo el motivo de la pregunta y respondió casi con amabilidad:
- Es por Evy. Resulta que está viva...
- Siete vidas,. ¿no? –dijo irónicamente el licántropo tras superar la sorpresa inicial–. ¿Y dónde está? –agregó en tono levemente amenazador, deseando encontrarse con la Onza para decirle cuatro cosillas.
- No lo sabemos. Estaba confinada en mi casa, pero se escapó –explicó Dumbledore.
- ¿Y quién la estaba vigilando para que se pudiera escapar de tu casa? –se extrañó Remus.
- ¡Remus! –la respuesta vino por sí sola, saltando hacia él alegremente, feliz de verle de vuelta.
- Hola, Peter –ni siquiera notó el gélido saludo de su amigo de tan feliz que estaba de que los cuatro merodeadores volvieran a estar juntos.
- Puck –gritó de pronto James. Si esperaba que elfo se materializara allí mismo... Pues iba a ser que no. Visto que Puck seguía sin hacerle el menor caso, el moreno de pelo revuelto cambió de técnica–. Ryan, Ámbar,. ¿por qué no vais a comer algo a la cocina?
- No tenemos hambre –gruñó el adolescente. James arrugó la frente¿eran todos los licántropos adolescentes tan irascibles? Porque no recordaba que Remus fuera tan cortante salvo cuando había luna llena y no era el caso.
- Da igual. ¿No ves que lo que quieren es hablar de sus cosas sin nosotros? –intervino ásperamente Ámbar. Su voz era extraña, demasiado ronca para pertenecer a una niña–. A veces pareces tonto...
Ryan volteó hacia la pequeña agresivamente para encontrarse con una mirada de advertencia tanto de Jack como de Remus. Ámbar, muy segura y tranquila, le sacó la lengua burlona.
- Yo os acompañaré. También tengo hambre –al igual que Joy, Jack no formaba parte de la Orden del Fénix. La diferencia era que ésta tampoco quería ser parte de ella. Con ayudar a Remus en las misiones se sentía satisfecha.
Mientras Remus bajaba junto a los otros al sótano, Will siguió a su hermana y la interceptó antes de que llegara a la cocina.
- ¡Suéltala! –gruñó Ryan al ver que se la llevaba prácticamente a rastras hacia el jardín.
- Tranquilo, Ryan, pedidle a Puck que os ponga un filete poco hecho, que yo enseguida voy –le aseguró Jack, dejándose arrastrar. La verdad es que no le gustaba nada el recibimiento que Will le había dispensado a Remus y se moría de ganas de reprochárselo.
- ¿Me los vas a contar o qué? –preguntó Will antes de que su hermana atacara.
- ¿Contar el qué? –fue tan seco el tono del ex prefecto que Jack se olvidó por el momento de lo que quería decirle.
- No sé. ¿Qué tal si empiezas por decirme cómo es que estás viva y eres una chica-lobo?
- Me mordió un licántropo –Jack se encogió de hombros. Para un auror no debía suponer el menor misterio...
- Eso ya me lo imagino –durante un breve instante, los ojos verde jade se desviaron hacia la puerta que llevaba al sótano.
- ¡Oh! –comprendió Jack al notar el breve movimiento–. ¿Piensas que fue Remus el que me mordió? .¿Estás loco?. ¡Él es enfermizamente cuidadoso con estas cosas!
- ¿Entonces quién...?
- ¡Pues el mismo que a Ámbar, Alan y Albert! –gritó Jack, como si ese fuera un nombre que su hermano debiese conocer.
- ¿Quién es Albert? –pero, obviamente, ese nombre no le decía nada a Will.
- El abuelo de Ámbar... –Jack rodó los ojos, como si no entendiera que alguien no supiera algo tan básico–. Le mordió un licántropo cuando volvía de jugar al ajedrez en el parque y se le olvidó comentar ese detallito en casa. Bueno, dijo que fue su perro porque no quería reconocer que se había escapado de casa. Al mes siguiente se transformó, solo los niños sobrevivieron...
"Después de eso fue más cuidadoso... Remus y yo nos hospedamos en su casa de Suiza durante una luna llena.
- ¿Y si tan cuidadoso era, cómo terminó mordiéndote?
- Albert no me mordió. Fue Greyback... ¡A todos nos mordió Greyback!
- ¿Pero no acabas de decir que...? Vale, mejor empieza desde el principio... No, –cortó Will, al darse cuenta que esa frase podría conducir a que su hermana rememorara para él su más tierna infancia–. Empieza desde que os fuisteis a Alemania...
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Frontera suizo-alemana, 1978.
Llovía.
¿Cómo no iba a llover? Era típico de su suerte que el mismo día que Remus decidía dejarla tirada (por novena vez desde que se fue con él de Inglaterra, siempre coincidiendo con la luna llena) cayera la mayor tormenta desde el diluvio universal.
En realidad era el mismo jueguito de siempre: se acercaba la luna llena, a Remus le daba la paranoia sobreprotectora con que si insistía en estar con él su vida correría peligro, Jack le recordaba que su vida YA corría peligro. Al día siguiente, descubría que él se había largado sin dejarle siquiera una nota.
Y empezaba la persecución. Si Jack insistía en ir tras él, era por tres razones básicas: no le apetecía nada volver a Inglaterra, nadie se atrevía a dejarla tirada y porque la mayoría de las veces no tenía ni idea de dónde estaba (era Remus quién llevaba los mapas).
Puede que fuera una persona geográficamente despistada (ahora mismo no sabía si estaba en Francia, Alemania, Suiza o ese país de nombre impronunciable que empezaba con L) pero lo compensaba con una gran habilidad para hacerse entender sin tener ni pajolera idea de otros idiomas y con su talento como rastreadora.
Además, localizar a Remus no era demasiado complicado. Bastaba con encontrar a una mujer con una mínima capacidad visual (incluso medio ciega servía) y preguntarle si había visto a un joven de pelo castaño y magnéticos ojos dorados.
Tres segundos después estaba sobre la pista con un hatillo lleno de comida que ella tiraba poco después sin probarla. Era lo suficiente precavida para sospechar que los celos podrían hacer que alguna de esas mujeres tratara de envenenarla.
Para lo que no había sido lo bastante precavida fue para llevar un paraguas en la maleta. Además, cuando llovía la cosa se complicaba un poco: no había nadie por la calle y nadie abría a desconocidos la puerta de su casa en esos tiempos tan oscuros.
De hecho, con los mortífagos por ahí danzando, tampoco era muy prudente que una jovencita indefensa como Jack saliera sola en una noche en que el estruendo del agua cayendo acallaría todos sus gritos. Pero cuando una ha excedido en dos meses el tiempo de vida que los médicos "generosamente" le calculaban, sabe que forzar los límites de la prudencia es un riesgo más que asumible.
¿Habría salido ya la luna? Tenía que llegar a Mülheim antes de que anocheciera. Alzó el rostro hacia el cielo, pero estaba tan oscuro que lo único que consiguió fue empaparse la cara...
Con un suspiro, sacó la varita, realizó un lumos antes de sujetarla con la boca y alumbrar un mapa de la zona. Había una razón por la que Remus se encargaba de la cartografía: nadie tenía peor sentido de la orientación que Jack.
Si no se había perdido, por allí debería haber una encrucijada con indicaciones para llegar a una posada mágica llamada "La marmita de Morgana". Tras alumbrar con la varita un poco más allá del mapa, Jack recibió dos noticias: una buena y una mala.
La buena era que había logrado llegar a la encrucijada sin más contratiempos. La mala, que el panel de indicaciones estaba caído en el suelo y con la tinta borrada.
¡Genial! .¿Qué más podría salir mal?
Respondiendo a su pregunta, un aullido resonó por el valle. Fantástico. Eso le pasaba por hablar...
Había pasado el tiempo suficiente persiguiendo licántropos para saber que ese aullido pertenecía a uno de ellos. ¿Qué debería hacer: volver atrás o seguir adelante? Sabía que estaba más cerca de la "marmita de Morgana" que de la anterior posada así que, suponiendo que tomara el camino correcto, lo más rápido sería avanzar.
Claro que, como "retroceder" era una palabra que no entraba en el vocabulario de Jack, ella hubiera seguido adelante aunque la faltaran ciento diez mil millas para llegar.
Tras unos segundos de vacilación, optó por el camino de la derecha, que le parecía el menos encharcado de todos. No tardó en darse cuenta del error que había cometido ya que, pese a su desconocimiento absoluto de los puntos cardinales, hasta Jack notó que discurría hacia el sur en lugar de hacia el este como debería...
De nuevo escuchó otro aullido. Esta vez a su izquierda y más cerca. Peligrosamente cerca...
Sin embargo, Jack no le dio la importancia que debería haberle dado, después de todo, por ahí tendría que haber presas más apetecibles que ella. Probablemente habría tenido razón de no ser porque sufrió un repentino ataque de tos sanguinolenta...
El olor de su sangre flotó por el bosque hasta llegar a las fosas nasales de Fenrir Greyback que, atraído por él, viró hacia su nueva presa para alivio de la pobre liebre, que era la anterior.
Greyback no fue el único en captar el olor a sangre humana: el grupo de tres licántropos al que Jack escuchó aullar también lo hizo. Sabiendo que su presa, otro licántropo, iría hacia él, no tardaron en cambiar de dirección.
Entre tanto, Jack proseguía con su paseo por el bosque, bajo la lluvia, sin saber el caos que había desatado hasta que lo vio parado en medio del camino.
Color gris plata. Pelaje largo desgreñado. Malévolos ojos amarillo mugroso. Uñas demasiado largas para un cánido. Le bastó eso para saber que no era Remus y que lo más sensato sería trepar a un árbol lo más deprisa posible...
Tanto Jack como el lobo iniciaron la carrera a la vez: ella hacia el árbol más cercano y él hacia ella. Pero las piernas humanas no eran competencia para las cuatro patas del depredador.
Aunque Jack estaba lo bastante cerca del árbol para llegar a agarrarse a una de sus ramas bajas, antes de que pudiera tomar impulso y empezar a trepar el lobo había clavado sus dientes en su pierna derecha y trataba de arrastrarla lejos del árbol. Jack se aferró con fuerza a las ramas, tratando de izarse con los brazos al tiempo que golpeaba el morro del cánido con la pierna libre.
Un gemido de dolor y la liberación de su pierna le indicaron a Jack que había dado en el blanco. Ignorando el dolor de la pierna herida, empezó a trepar por el árbol.
No había ascendido medio metro cuando sintió de nuevo los dientes del lobo, que de un salto había logrado hacer presa en los músculos lumbares de la muchacha y tiraba de ella hacia atrás, tratando de hacerla caer. Sabiendo que si se soltaba sería su fin, Jack se agarró a la rama como si le fuera la vida en ello, cosa que, por otro lado, era cierta...
Pero las fuerzas de una humana no pueden medirse contra las de un licántropo transformado, al menos, no por mucho tiempo... Tras lo que a Jack le pareció una eternidad, sus nudillos empezaron a aflojarse, el cansancio la incitaba a rendirse...
De repente, oyó el sonido de un golpe seco, como el de un saco de patatas al chocar contra el suelo. Durante unos terribles segundos, Jack pensó que el ruido lo produjo ella misma al soltarse y agradeció que ser desmembrada por un licántropo hambriento no fuera tan doloroso como había imaginado.
Sintiendo una morbosa curiosidad, la joven se atrevió a abrir un ojo y se quedó muy sorprendida cuando lo único que vio fueron ramas donde esperaba encontrar los colmillos de un lobo. Desconcertada, miró hacia abajo: el lobo gris estaba luchando con un lobo blanco como la nieve.
Justo cuando Jack estaba a punto de soltarse, el lobo blanco había llegado, derribando al gris y logrando que liberara a su presa. Ahora los dos luchaban, aunque el gris parecía tener más posibilidades de ganar.
Consciente de que si caía en medio de la pelea no tendría demasiadas posibilidades de sobrevivir, Jack gastó sus últimas fuerzas en trepar hasta las ramas más altas y estables. Una vez allí, se posicionó de tal manera que pudiera ver como terminaba todo.
Parecía que mientras ella se ponía a salvo, había aparecido el resto de la manada del lobo blanco: dos lobeznos cuyos pelajes mostraban reflejos rojizos bajo la luz lunar y que se lanzaron a la melé. En pocos segundos, el lobo gris huía con el rabo entre las piernas. Uno de los lobos rojizos salió en su persecución, pero el blanco lo detuvo con un aullido de advertencia.
En cuanto al otro lobo rojizo, el más pequeño, se había sentado sobre sus cuartos traseros y miraba hacia Jack con curiosidad. Tras unos segundos, decidió acercarse a investigar, pero antes de que pudiera dar más de un paso otro lobo más (este de color castaño) se interpuso en su camino.
Al ver a un depredador más grande, el lobo rojizo corrió junto a sus compañeros y, todos juntos, se enfrentaron a él. Jack no supo cómo terminó la cosa, ya que la pérdida de sangre la hizo desmayarse (aunque no caer del árbol), pero de haberse mantenido consciente habría visto como los dos lobeznos y el lobo blanco terminaban reconociendo al castaño como su líder.
Cuando Jack se "despertó" ya era de día, pero no fue la luz del sol lo que la hizo recuperar parcialmente la consciencia, sino la sensación de que alguien trataba de bajarla del árbol. En su mente se había infiltrado a fondo la idea de que si se soltaba del árbol moriría y la idea de que alguien tratara de alejarla de él, hizo que recurriera a sus últimas fuerzas para evitarlo.
- Tranquila, Jack, confía en mí, por favor –le suplicó una voz que ella conocía muy bien.
- ¿Remus? –susurró, tratando de abrir los ojos, pero el sol daba directamente en ellos y no le sirvió de nada.
- Tranquila –repitió Remus mientras pasaba el cuerpo herido de la chica a Ryan, que esperaba al pie del árbol–, Albert se va a ocupar de ti.
- ¿Y quién es Albert? –quiso preguntar, pero se sentía demasiado cansada como para mantenerse consciente un poco más.
- ¡Ey, no, Jack! –Remus volvía a cargarla y, al notar que se dormía, la sacudió para evitarlo–. ¡Ni se te ocurra!. ¡Sigue conmigo!
- Pero estoy cansada –protestó Jack, sin fuerzas–, anoche me atacó un licántropo... Duele mucho.
- Lo sé, Jack, lo sé –asintieron tanto Remus como Ámbar y Ryan. Aunque viviera mil años, ningún licántropo era capaz de olvidar el dolor que les acompañaba el mes previo a la primera transformación.
La casa donde vivía el pequeño grupo de licántropos no quedaba muy lejos. Remus había puesto unas vendas apretadas para que cortaran la hemorragia, ya que las heridas producidas por una mordedura de licántropo no se pueden cerrar con magia, pero en el trayecto se quedaron empapadas y hubo que cambiarlas.
- ¿Podrás curarla? –le preguntó Remus al anciano Albert.
- Curé a los niños –Albert examinó las heridas de la muchacha apenas fue depositada en la cama–. Las heridas son bastante limpias, no creo que conlleven ninguna dificultad...
Sin embargo, tres días más tarde, Jack no estaba para nada recuperada: sí, las heridas habían cerrado, pero padecía una fiebre que iba desde los 31 a los 43 grados y de vez en cuando vomitaba sangre.
Albert estaba desconcertado: nada procedente de su corta experiencia le indicaba qué podía estar mal con esa chica. Lo normal es que tras unos días estuviera dolorida y débil, pero en pie.
Para colmo, Ryan presionaba continuamente porque quería ir tras Greyback, al que odiaba con toda su alma.
- No es el momento –solía ser la respuesta de Albert.
Albert había sido un buen líder, aunque un líder viejo y prudente, más propenso a meditar las cosas que a actuar impulsivamente (lo que no cuadraba para nada con la impetuosidad adolescente de Ryan), pero ahora que Remus era el líder, un líder joven y fuerte, las cosas cambiarían. Ryan estaba deseando que su amiga se recuperara para ir junto al inglés a cazar al malvado Greyback.
- Sin embargo, Jack no mejoraba. Diez días después de la luna llena, Albert se confesó totalmente incapaz de curar a Jack.
- Deberíamos llevarla al hospital –Remus se pasó las manos por el pelo y cerró los ojos con arrepentimiento–. Debimos llevarla al hospital desde el primer momento.
- Está a dos días de marcha –le recordó Albert.
- Me apareceré con ella en la puerta –Remus avanzó decidido hacia la cama.
- No lo resistirá –Albert le detuvo agarrándole por el codo.
- Me apareceré y traeré un sanador conmigo –decidió el licántropo inglés tras unos segundos de meditación.
- No querrá acompañarte. Todos saben que esta es una casa de licántropos: en cuanto se den cuenta que los traes aquí, se desaparecerán de vuelta –señaló pacientemente el anciano.
- Lo secuestraré...
- ¿Y poner en peligro a la manada entera? –Albert trató de que el nuevo líder reaccionara sensatamente.
- ¿Y dejar que muera si no lo hago? –replicó desesperadamente Remus.
- ¡Por Hécate! –exclamó de pronto Ámbar. Al notar las miradas extrañadas de los varones de la habitación señaló la cortina–. Allí hay alguien...
- ¿Fuera? –Ryan ya iba a salir a investigar, pero su hermana negó con la cabeza.
- Dentro, detrás de las cortinas –explicó la niña.
- No hay nadie –Albert levantó la tela raída para demostrarlo.
- ¡Está ahí, lo juro! Era una mujer... Olvidadlo –decidió finalmente Ámbar con un gruñido de frustración.
No tardó en abandonar la habitación. Estaba un poco harta de ser la pequeña del grupo y de que por eso mismo nunca la tomaran en serio. Dado que no había nada mejor por allí, decidió desfogar su rabia dando una fuerte patada a una piedra.
- ¡Vaya! –la piedra salió volando y terminó aterrizando en el puño del ser más extraño que Ámbar hubiera visto en toda su vida. Gracias a los libros de Remus, que había cotilleado aquellos días, le pareció una especie de elfo doméstico, sólo que mucho más fuerte que los que aparecían en los dibujos.
- ¿Es tuyo? –el elfo le tendió la piedra a la niña.
- No exactamente –Ámbar le miró con desconfianza–. ¿Qué hace por aquí?
- Busco "La marmita de Morgana", pero creo que me he perdido. Vi el humo de vuestro fuego y me acerqué a investigar –explicó la extraña criatura.
- ¡Ámbar! –al volverse descubrió a su hermano y a Remus, que acababan de olisquear al extraño–. Entra en la casa...
- Licántropos –suspiró el elfo, rodando sus enormes ojos–. No os quiero hacer ningún daño, sólo busco un lugar donde pasar la noche...
- ¿Qué hay en ese maletín? –quiso saber Remus tras examinarle atentamente y sentir que había algo familiar en él.
- Mis instrumentos. Mi nombre es Ariel y soy el mejor medimago especializado en semihumanos del mundo –explicó el elfo con orgullo, omitiendo que era el único dedicado a dicha especialidad.
Si hubo un momento en toda su vida en la que Remus pudo llegar a creer que el universo no se regía por los caprichos del azar sino que existía algo parecido a la predestinación, fue ese. Después de todo, no podía ser casualidad que justo cuando él estuviera considerando seriamente la idea de someter a base de Imperius a un sanador, apareciera uno por allí.
Y tenía razón, la presencia de Ariel allí no era en absoluto casualidad: el elfo estaba pagando una antigua deuda con una amiga común de ambos.
- Pues nos viene de perlas –habló Ryan, impaciente porque Jack se recuperara para que todos juntos pudieran salir a cazar a Greyback–, tenemos una enferma en casa. Podría darle un vistazo de paso que se queda a pasar aquí la noche...
- Si no le importa... –agregó Remus, molesto por la ansiedad del joven.
- Oh, no, me parece lo más justo – "teniendo en cuenta que para eso estoy aquí", pensó Ariel mientras seguía a los licántropos a la casa.
Realmente no hay nada como estar en las manos de buenos profesionales: a Ariel le llevó menos de cinco minutos y tres preguntas averiguar lo que le pasaba a Jack.
- ¿Es esta la paciente? –fue la primera pregunta que hizo al ver a Jack pálida y sudorosa en la cama.
- Sí –contestó Albert en tono de "eso lo sé hasta yo".
- ¿La mordió un licántropo?
- Sí –repitió Albert en el mismo tono.
Al contrario que los sanadores normales, Ariel no fue tan estúpido para preguntar cuánto hacía que estaba así sino que él mismo dedujo que unos quince días.
- ¿Saben si padecía alguna enfermedad degenerativa previa? –quiso saber en su lugar.
- Sí –Remus estuvo a punto de empezar a darse cabezazos contra la pared–. La enfermedad de Lamia.
- Bueno, eso lo explica todo –Ariel empezó a revolver su maletín mientras explicaba a la manada lo que ocurría–. Supongo que ha sufrido también oscilaciones fuertes de la temperatura¿verdad? –no esperó a que nadie contestara–. Eso es porque el lobo y la lamia están luchando por su sangre. Cuando gana la Lamia la temperatura cae, cuando lo hace el lobo, aumenta. ¡Aquí están!
Ariel sonrió triunfal mientras mostraba dos viales con pociones: una era del color blanco amarillento de la luna llena mientras que la otra era color sangre oscura.
- Bueno, caballeros y señorita, tienen cinco minutos para decidir qué quieren que le cure: la licantropía o la enfermedad de Lamia.
- ¿Se puede curar la licantropía? –se emocionaron Ámbar y Remus. Albert y Ryan gruñeron en desacuerdo.
- Sólo si se toma esta poción antes de la primera transformación y no en todos los casos –Ariel les mostró el vial blanco–. Es un invento mío, aún está en fase experimental. Creo que con vuestra amiga funcionará, claro que, es probable que la enfermedad de Lamia acabe con ella antes de la próxima luna llena.
- ¿Y si le das el rojo oscuro? –quiso saber Remus.
- Reprimirá los virus de la Lamia haciendo que la licantropía gane la batalla. De esa forma vivirá más tiempo –Ariel miró intensamente al castaño de ojos dorados sabiendo que la decisión dependía de él–. Tú dirás... No es por presionar, pero no tenemos mucho tiempo.
No, no lo tenían. Y aún así, esa era la clase de decisión que debían tomar sus padres o, por lo menos, Will. ¿Le daría Ariel los segundos justos para aparecerse en Inglaterra, explicarle lo sucedido, traerle allí y que tomara la decisión?
- ¿Y bien? –preguntó el elfo al notar que el joven ya había tomado una decisión.
- Verás... –Remus hizo una breve pausa, ordenando sus ideas antes de exponerlas–, creo que yo no tengo derecho a tomar una decisión así por ella, pero tiene un hermano mayor y...
- ¿Y qué derecho tiene él a tomar la decisión por ella? –cortó Ariel.
- No sé... ¿Porque son familia? –sólo por la cara que puso el elfo cuando Remus uso esa palabra, ya sabía que no era el argumento más convincente.
- Familia –bufó Ariel–. Si yo hablara de familia... Mira, si realmente hubiera tiempo, te mandaría a Inglaterra a que trajeras a toda su familia para que montaran un debate aquí mismo, pero no lo hay: es momento de actuar. Tú la debes de conocer bien, debes de saber lo que ella elegiría, de estar consciente en estos momentos.
- ¿Y si tuvieras que tomar tú la decisión? –preguntó Remus.
- Probablemente, curaría la enfermedad de Lamia. Después de todo, sé que esa poción funciona al cien por cien –contestó el elfo-médico sin dudar.
- Pero será un licántropo –apuntó Remus.
- Pero vivirá.
Aquella discusión podía haberse prolongado por los siglos de los siglos (o hasta que la paciente muriera, cosa que ocurriría mucho antes), pero entonces Jack empezó a hablar en sueños.
- Aún no, por favor... –fue lo único que dijo entrecortadamente.
- Está bien –suspiró Remus rindiéndose y volteando hacia el elfo–, haz lo que creas que debes hacer.
Ariel asintió e hizo beber a Jack la poción rojo oscuro. Con la primera dosis no se notó la diferencia. Para la segunda, suministrada ocho horas después, su temperatura se estabilizó en 39º. Las siguientes dosis hicieron que dicha temperatura se redujera hasta la normal para un ser humano, o mejor dicho, para un licántropo durante la luna nueva.
Tres días después, Ariel le comentaba alegremente que los "anticuerpos licántropos" (aunque cualquier hombre lobo, habría usado la expresión "virus") estaban reparando todos los estragos que la enfermedad de Lamia había producido en el cuerpo de Jack.
Cinco días después, la joven recuperó la consciencia totalmente hambrienta. Ámbar le preparó liebre al ajillo poco hecha y Ariel le retiró la medicación, aunque le recetó reposo absoluto hasta después de la primera transformación.
Sobra decir que Jack no llevaba nada bien lo de reposo absoluto...
- ¿Vamos a tener que atarte a la cama para que te estés ahí quieta? –se irritó Remus cuando la pilló por tercera vez en la misma hora tratando de levantarse.
En vista de que la paciente ya no requería más cuidados especiales, Ariel había continuado su viaje esa misma mañana, dejando a Remus al cargo de la situación.
- Me encanta cuando me haces proposiciones –replicó Jack con su humor totalmente recuperado. Ámbar, que traía un vaso de agua, dejo escapar una suave carcajada.
- La estás dando mal ejemplo –Remus arrugó la frente.
- ¡Qué va! –negó la lobita pelirroja divertida–, necesitaba influencia femenina, aunque sea de la mala.
- Me cae bien –comentó Jack cuando la niña se fue–. Los tres me caen bien.
- Me alegro. En cierto modo, acabamos de adoptarlos –como la joven alzó las cejas con curiosidad, Remus le explicó la situación–: Albert me ha cedido el mando de la manada.
- Vaya –fue lo único que atinó a opinar la chica.
Antes de que pudiera añadir algún comentario más sobre su recién adquirida manada, una lechuza muy familiar entró volando por la ventana.
- ¿No es la lechuza de Bell? –preguntó Jack.
Remus asintió con la cabeza y tomó el pergamino. Jack tomó un poco de liebre y se lo tendió a la lechuza, pero el animal detectó al lobo en ciernes y se alejó prudentemente de ella.
- Joder –gruñó Remus al leer la carta.
- ¿Qué ocurre? –quiso saber Jack, impresionada por su tono.
- Tengo que volver a Inglaterra...
- Bien. Iré contigo –Jack empezó a incorporarse en la cama, pero Remus negó con la cabeza.
- Tú te quedas aquí. Aún estás débil para viajar... –ordenó secamente el castaño.
- Y también está el hecho de que en Londres no me necesitarás porque allí tienes a Bell –soltó Jack sin poder contenerse.
Hubo un destello de acero en los ojos del merodeador al captar la nada velada acusación. Si fuera otra persona, le habría dedicado la cruel réplica que se merecía, pero como se sentía culpable de que Greyback la hubiese mordido, se limitó a guardar su cabreo para más tarde.
- Dudo que Bell esté para muchos trotes (en particular de ese tipo), ya que su padre ha muerto –se limitó a contestar fríamente antes de ir a recoger sus cosas.
No se despidió de Jack antes de partir para Inglaterra.
&·&·&
Cuarenta y ocho horas después, Jack y Ryan trataban de jugar al ajedrez (tarea imposible cuando ninguno de los dos conocía las reglas del juego ni prestaban atención a la partida). Jack se dedicaba realmente a mirar cada tres segundos la puerta principal a la espera de que Remus apareciera por ella. En cuanto lo hiciera, se abalanzaría sobre él y le acribillaría a preguntas hasta sacarle todos los detalles de su visita a Londres. Ella nunca había sido celosa, pero la loba en ciernes la estaba haciendo explorar nuevas y violentas emociones. Al menos, ahora tenía una ventaja sobre Bell: a ella ya no le podía soltar el rallado discurso de que un licántropo era demasiado peligroso para ella.
En cuanto a Ryan, su mente divagaba con las fantasías eróticas propias del primer cuelgue adolescente. Es que Jack era la licántropa más guapa que había visto en su vida. Vale, que sólo conocía a dos y una era su hermana pequeña, pero eso no quitaba validez a su opinión.
Cuando finalmente la puerta se abrió para dejar paso a un Remus muy cabreado tras su viaje relámpago a Londres, ambos reaccionaron de forma muy dispar: Jack fingió estar concentrada en el tablero mientras que Ryan dio un respingo y miró a su líder con expresión culpable.
- Pues yo muevo esta –Jack movió un peón tres casillas en diagonal antes de alzar sus ojos verde jade hacia el recién llegado–. ¡Hola, Remus! Perdona, la partida estaba tan entretenida que no te vi... ¿Qué tal en Londres?
- Entretenido.
- ¿Entretenido? –Jack arrugó la frente ante la escueta respuesta–. ¿Y eso qué significa?
- Es sinónimo de divertido –aclaró Remus con tono irónico y servicial.
- Oh, vale. Me alegro que te divirtieras con Bell –contestó la joven con tono celoso.
- No tengo tiempo ni ganas para esto, Jack –la advirtió Remus–. Me he peleado con Sirius, James, Lily, Peter, Bell, tu hermano... ¡Y lo que menos me apetece es pelear contigo¿Vale?
- Vale –concordó Jack.
El silencio reinó en la habitación. Remus paseó por ella un rato, farfullando. Jack le miraba. Ryan se planteaba la idea de largarse y dejar discutir a la pareja con comodidad.
- ¿Y por qué te has peleado con ellos? –quiso saber Jack.
- No hemos peleado, discutimos –matizó Remus–. Por ti, básicamente. Por mis prisas por volver aquí.
- ¿En serio? Oh, Remus, es lo más bonito que nadie ha hecho jamás por mí... –se emocionó Jack–. Hala, pensaba que al ser licántropa las emociones pastelosas se me suprimirían...
- Tú nunca has tenido emociones pastelosas –gruñó Remus.
- Tú eres perfecta –agregó apasionadamente Ryan.
- Oh, qué mono –Jack le golpeó suavemente la barbilla en agradecimiento–. Ahora tú y Ámbar sois algo así como mis hijos...
¿Hijo?. ¿Había dicho como su hijo? La burbujita de ensoñación adolescente de Ryan explotó en mil pedazos. Le pareció escuchar la suave risa de su hermana pequeña.
- ¿Y cuál es el plan para cuando mamá Jack se reponga? –preguntó Ámbar poniendo un particular énfasis al nombrar al nuevo miembro de la manada.
- Dumbledore me ha encomendado una misión –contestó Remus.
- ¿Dumbledore?. ¿El de las ranas de chocolate?. ¿Ese Dumbledore? –se asombraron los hermanos Ledyard.
- Sí, ese mismo –suspiró Remus, un poco cansado de la reacción que provocaba el nombre del director de Hogwarts.
- ¡Qué guay!. ¡Trabajamos para el loco de los cromos de las ranas de chocolate! –exclamó Ámbar totalmente entusiasmada.
- ¡Ahora somos algo así como sus agentes especiales! –le apoyó su hermano.
- No es necesario que os arriesguéis por mí –Remus trató de refrenar a los dos lobeznos, pero era una batalla perdida.
- Claro que lo es: perteneces a nuestra manada –intervino Albert–. ¿Qué quiere el viejo de nosotros?
- A Greyback –la respuesta de Remus hizo que Ryan mostrara su sonrisa lobuna: no conocía al viejo de los cromos, pero le caía bien.
&·&·&
- Y eso hemos hecho hasta ahora: perseguir a Greyback por media Europa –finalizó Jack, sentada en una de las tumbonas del jardín de James. Bueno, y Lily.
No serviría de nada contarle a su hermano que ella nunca había sentido el vengativo interés que el resto de su manada puso en esa cacería. Sí, Greyback la había mordido, pero, irónicamente, estaría muerta si no lo hubiera hecho. Ese pensamiento, bastaba para mitigar el odio y el asco que sentía por ese "mordedor de niños".
- ¿Qué fue de Albert? –quiso saber Will.
- Murió hace seis meses en Yugoslavia. Era realmente viejo, simplemente se durmió y ya no se despertó –susurró Jack–. Se le echa de menos...
- Y, si vosotros estáis aquí... –empezó Will con voz vacilante.
- Debo deducir que Greyback también –terminaba Dumbledore en esos momentos en el garaje. Acababan de poner al licántropo al día sobre el tema de Evy y en esos momentos era él quien les daba información a ellos.
- Voldemort en persona lo reclutó –confirmó Remus.
- ¿Cómo lo sabes? –receló James. El licántropo se permitió una media sonrisa de "así que así es como van a ser las cosas", antes de contestar.
- Él nos lo dijo. De hecho, presumió de ello cuando nos enfrentamos a él en Praga hace tres semanas –Remus hizo una mueca al recordar la forma en que les venció... ¿Cómo iban a competir contra el licántropo más violento del mundo dos niños y dos adultos poco dispuestos a dejarse llevar por sus impulsos más sangrientos?-. ¿Y qué pasa con Evy?
- Sirius ha ido a buscarla –durante unos segundos las miradas de James y Remus conectaron como cuando estaban en la escuela.
- ¿Y esperas que no tarde? –bromeó el castaño con una media sonrisa lobuna.
- No tardará –intervino fríamente Giselle.
Remus la miró con una ceja alzada, apenas se acordaba de su existencia y mucho menos de que estaba casada con Sirius. Con Evy danzando por ahí, eso se iba a poner interesante... aunque primero tendría que hablar con ella.
Bell iba a comentarle a su prima que le parecía muy optimista, dado que hacía más de una hora que Sirius se había ido a buscar a Evy y que aún no daban señales de que fueran a regresar. Y una hora a ese par les daba para mucho...
Pero antes de que pudiera mandar a Giselle al psiquiatra de por vida, Frank se apareció en medio de la reunión. El auror parecía muy agitado cuando se volvió hacia Dumbledore.
- Tiene que venir al Museo de Historia Natural –pidió el joven sin pararse siquiera a saludar.
- ¿Qué ha ocurrido? –Dumbledore se incorporó rápidamente, al igual que todos los miembros de la Orden presentes y los dos Mahutam.
- Tiene que verlo. Yo... –Frank hizo un intento de explicárselo, pero terminó tragando saliva y negando con la cabeza–, tiene que verlo –repitió.
- Está bien. James, si conoces alguna forma de comunicarte con Sirius, avísale de que se reúna con nosotros allí –el aludido asintió.
- Y James... –Giselle iba a pedirle que le dijera a su marido que se alejara de la guarra de su ex, pero algo en los ojos castaños del moreno le indicó que su petición se traduciría en un "tómate el tiempo que necesites" y optó por cerrar la boca.
- ¿Y bien? –preguntó Lily en tono amenazante, como si ahora hasta el nombre de su marido fuera exclusivamente suyo.
- Nada. Iré al Museo de Historia Natural con vosotros –dijo simplemente la castaña clara.
- Será interesante –dijeron los dos merodeadores a la vez. Lily asintió.
- ¿El qué? –preguntó Peter, que no entendía de que iba la cosa.
- Voy a avisar a Jack y Will que nos vamos al Museo de Historia Natural –de repente, la idea de que Greyback hubiese atacado en un lugar que era frecuentado por familias enteras hizo que a Remus se le quitaran las ganas de reír.
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Cuando eran todos pequeños, la madre de Sirius pasaba mucho tiempo enseñando a sus hijos y sobrinas la importancia de ser un Black. Dicha importancia era subrayada explicando los logros de los más eminentes miembros de la familia. La conclusión era que el honor familiar estaba por encima de todas las demás cosas terrenales, incluidas sus propias vidas.
Sirius lo odiaba. Odiaba esas tardes encerrado en casa mortalmente aburrido por la voz de su madre. Odiaba ver la cara de embeleso de su hermano, bebiéndose todas las palabras de Walburga. Odiaba el brillo fanático que lucían las pupilas de Bellatrix. Odiaba el sonido de la voz de Narcisa pidiendo que le hablara más de Elladora Black. Odiaba hasta la manera en que Andrómeda le pedía a su tía que le dejara acariciar el rubí de su anillo de bodas... Y él, en general, adoraba a Andrómeda.
Pero si había algo que Sirius odiaba por encima de todas las cosas era cuando esas sesiones de adoctrinamiento eran realizadas en la cripta familiar de los Black. Como no podía ser de otra forma, era el mausoleo más impresionante jamás concebido por funeraria alguna, toda en mármol negro y ónice...
Desde que su padre murió y Sirius se fue a vivir a casa de James no la había pisado ni una sola vez. Hasta ahora. Y no lo habría hecho de no estar seguro en un 99,9999999 por cien de que Evy estaría allí... Después de todo, una vez que supo que estaba viva, fue cuestión de un segundo deducir que fue ella quien le mando a Regulus la corona de girasoles.
Mientras paseaba por los pasillos repletos de tumbas de adoradores de la Sangre Limpia, Sirius se preguntó distraídamente que les molestaría más: que el último Black (sus primas no contaban por estar todas casadas) hubiera llegado en una moto voladora en vez de aparecerse como cualquier mago decente o que al penúltimo le hubiese ido a visitar una semihumana.
O, tal vez, lo que más les molestaría, lo que lograría que se removieran en sus tumbas, sería que el último Black se enrollara con la semihumana en cuestión en esa misma cripta. Sí, esa era una gran idea que se le ocurrió nada más verla, de pie, frente a la tumba de su hermano, lanzándole al finado la bronca del milenio.
- ¿Pero cómo pudiste ser tan gilipollas? Primero por unirte a él... ¡Claro! Por los caprichos de mami,. ¿no? Pues ni puto caso, a la que podían matar un grupo de aurores desquiciados no era a ella... Luego, quieres salirte de sus filas. ¡Vaya gilipollez!. ¿Me vas a decir que eras tan gilipollas como para no saber dónde te estabas metiendo?. ¿Qué pensabas que sería? .¿Una partida de parchís los viernes por la noche mientras se discutía la posibilidad de matar un par de Sangre Sucias? Y no me digas que fuiste tan gilipollas de creer que te dejarían irte así como así –Evy hizo una breve pausa para tomar aire.
"Y al menos deberías darme las gracias por la corona de girasoles... No nos fue nada fácil conseguirla a Edmund y a mí¿sabes? No la había en ninguna floristería mágica así que tuvimos que tomarlas prestadas de un campo de Texas. Allí nos persiguió una panda de mocosos armados con guadañas e intenciones homicidas. ¡Y el coche no arrancaba! Aunque eso fue un poco culpa mía, que se me olvidó quitar el freno de mano...
La Onza cortó su relato al escuchar una carcajada desquiciantemente familiar. Con una ceja alzada, se encaró con su dueño.
- Es una conversación privada.
- No, en realidad es un monólogo –la corrigió Sirius, aún sonriendo–, pero por favor, continúa. Termina de contar lo de los niños del maíz...
- No había maíz. Eran girasoles.
- Pues los niños girasol... Era fascinante, como una historia de Tarantino. Jamás había escuchado tantas veces seguidas la palabra "gilipollas".
- Tarantino usa más el verbo joder –matizó Evy, logrando que él soltara una nueva carcajada.
- No me vas a dejar pasar ni una¿verdad, nena?
En vez de contestar, Evy dejó escapar una especie de gruñido y devolvió su mirada a la lápida de Regulus. Eso le permitió a Sirius seguir mirándola a placer: se había lavado el pelo y algunos mechones aún estaban mojados, también se había cambiado de ropa, aunque seguía llevando las botas de piel de Naga, y, por último, ahora lucía una mano vendada.
Eso último sólo podía significar una cosa: se había desecho de la llave. Por eso mismo se escapó de casa de Dumbledore.
- ¿Sabes lo que le pasó? –al mirar hacia Sirius, Evy se sorprendió de lo cerca que estaba de ella. Trató de que eso no la alterara... pero la alteraba.
- Sólo que le encontraron muerto cerca de la casa de Grimmauld Place debajo de una Marca Tenebrosa. ¿Y tú?
- Nyall, el vampiro de Joy, nos avisó de que Voldemort le buscaba por alta traición. Pero en un visto y no visto, antes de poder hacer nada, nos dijo que le habían encontrado.
- ¿Por eso busca Voldemort a Nyall? .¿Por pasaros información sobre mi hermano?
- Entre otras cosas... También nos ayudó en Anath... La verdad es que sí tiene motivos para estar cabreado con él –admitió la Onza tras pensarlo detenidamente.
- ¿Y dónde está?
- ¿Quién?
- Nyall –se impacientó Sirius.
- ¿Por qué iba a saber yo eso?
- No sé... ¿Tal vez porque tú organizaste el ataque al Admiral Arm's? –sugirió Sirius, un poquito harto de que todas las conversaciones con la Onza tuvieran que ser así: ella a la defensiva y él sacándole las palabras con sacacorchos.
- Estaba encerrada en casa de Dumbledore, por si no lo recuerdas...
- No debe de ser un problema para alguien que puede proyectarse astralmente y que nos conoce lo suficiente como para predecir nuestro próximo paso.
Evy hizo una mueca al saberse descubierta. Ella ya sospechaba que ellos sabían lo de sus poderes astrales (¿a qué si no lo de los cazadores de sueños?) pero tenía la esperanza de que no hubieran ligado los mismos con el ataque al Admiral Arm's.
- Sigo esperando que me digas dónde está Nyall –le recordó Sirius.
- En Anath. Edmund y Ariel lo necesitan para desintoxicar a Joy –se rindió finalmente la Onza.
- Joy está en Los Ángeles –rebatió Sirius.
- No, mandé a mi prima Edna a recogerla –corrigió Evy.
- ¿La misma Edna a la que mandaste que se hiciera pasar por July Worstblood en la firma de libros? –preguntó el merodeador con tono irónico.
- En realidad, ella se ofreció voluntaria –y sospechosamente ansiosa por hacerlo, además. De ahí que Evy le soltara la amenaza de la llave inglesa, tratando de mantenerla a raya.
- ¿Así que estuviste a punto de sacrificar una de tus preciosas vidas por esto? –Sirius señaló con desdén la corona de girasoles que permanecía fresca frente a la tumba de su hermano.
La Onza le miró desconcertada, sin saber a dónde quería el moreno ir a parar, antes de soltar un cauteloso "sí".
- No sabía que tu relación con mi hermano fuera tan... íntima como para correr ese riesgo –así que era eso: un simple ataque de celos. Debió imaginarlo...
- Sirius, madura. Que estás casado –le aconsejó Evy.
- ¿Y eso qué se supone que significa?
- Que tu matrimonio con Giselle te quita cualquier derecho a tener celos de mi relación con tu hermano muerto –aclaró ella con un tono cortante que sólo logró enfurecer a Sirius. Tal vez fue eso lo que hizo que el merodeador sufriera una nueva punzada de celos, más violenta que la anterior.
- Veo que te vas por la tangente... No te esfuerces, nena, puedo hacerme una idea de vuestra relación...
Sirius se refería al beso que Regulus le dio a Evy la noche que ella se fue de Hogwarts. El problema era que Evy no recordaba en absoluto ese beso, así que no entendía a qué venían esas insinuaciones, sólo que la estaban cabreando. Y mucho.
- ¿Ah, sí? –Evy cruzó sus brazos y alzó las cejas, instando al otro a seguir hablando. A ver si pillaba de qué iba eso...
- Seguro que él sí sabía que estabas viva –Sirius siguió dejando que los celos le dominaran y sin parar de soltar disparates sin pies ni cabeza–, tal vez incluso os veíais: ibais juntos al cine, a cenar... Esas cosas.
- Por "esas cosas" estás sugiriendo que me acosté con tu hermano –dedujo Evy, logrando sonar fría aunque ese comentario la había herido.
Ya le dolía bastante que Ethan la creyera tan puta como para acostarse con cualquiera, pero que Sirius (que supuestamente la conocía mejor que nadie) tuviera también tan alta opinión de ella como para pensar que se acostaría con su hermano, era demasiado.
Sí, Evy había bromeado con la idea de liarse con Regulus, pero nunca había pensado en serio pasar a realizarlo, principalmente por razones prácticas: temía que acostarse con Regulus le recordara a Sirius, lo que la llevaría cometer alguna estupidez (por eso de que el merodeador le anulaba el instinto de supervivencia y tal)
De todas formas, también estaba el detalle de que dada la agitada vida sexual que Sirius había disfrutado los últimos meses, no era el más adecuado para juzgarla a ella.
- No es que sea asunto tuyo, pero nunca me acosté con él –contestó finalmente la Onza–. ¡Joder, si ni siquiera le besé!
- Sí que lo hiciste –contradijo Sirius, lo bastante seguro de sí mismo como para hacer que la otra dudara, pero no para que lo recordara...
- Y aunque eso fuera cierto, tú eres la persona con menos derecho a juzgarme del mundo. ¡Te casaste con Giselle cinco minutos después de que yo muriera! Al principio pensé (con la ayuda de otras personas) que te casaste con ella porque siempre la quisiste y yo sólo fui una especie de placentera distracción... No, por favor, déjame terminar –le pidió Evy al ver que el moreno iba a interrumpir–. No tienes ni idea de las tonterías que tuve que hacer para reafirmar mi ego... Luego me enteré de que eres totalmente incapaz de mantener tu polla dentro de la cama conyugal, así que el enamoramiento que te impulsó a esa boda relámpago se te debió de pasar enseguida.
- ¿Puedo hablar ya? Gracias –Sirius no esperó una confirmación por parte de ella, para seguir hablando–. No me casé con Giselle porque estuviera perdidamente enamorado de ella, sino porque estaba embarazada...
- Ah,. ¿significa eso que hay un mini Sirius danzando por ahí? –interrumpió Evy con tono burlón.
- No –negó Sirius gélidamente.
- Entonces fue niña... eso sí que es grave.
- ¿Quieres dejarme terminar? –se irritó el merodeador. Y con razón, después de todo estaba tratando de contarle algo importante–. No estaba embarazada¿vale? Era una trampa para obligarme a casarme con ella. Fue a partir de que descubrí el pastel, que "mi polla empezó a explorar fuera del lecho conyugal", como tan delicadamente lo has expresado... ¿Entendido, nena?
- Todo salvo una cosa¿por qué te casaste con ella?
- Te lo acabo de explicar.
- Ya, pero es que lo que realmente no entiendo es porque era imprescindible que te casaras con ella sólo porque estuviera embarazada... ¿Por qué no pudiste decir que el niño no era tuyo y pasar de todo? Muchos lo hacen... –por supuesto, Evy se acordaba de su prima Edna.
- No iba a dejar tirada a una amiga que me necesitaba. Y menos cuando el problema era en parte responsabilidad mía...
- Sí, sí, sí –Evy hizo con la mano un gesto de "ese discurso ya lo he oído"–. Pero aceptar tus responsabilidades paternas no implicaba necesariamente que te casaras con ella. Eneas y Eirene no están casados (al menos entre ellos) aunque tienen una hija en común. Y los dos se apañan muy bien...
- Si no están casados entre ellos es porque están casados con otras personas y porque el matrimonio entre hermanos es legal en pocos países –repuso Sirius alzando las cejas.
Antes de que Evy pudiera replicar que aunque el ejemplo no fuera el mejor, tenía igual de validez, el espejo que Sirius usaba para comunicarse con James empezó a vibrar. Cuando el merodeador apartó la vista de ella, la Onza comprendió que era el momento de escapar...
- ¡Quieta ahí! –no fue muy lejos: Sirius sacó unas esposas aparentemente de la nada y las usó para encadenar a la castaña a su muñeca. Evy forcejeó y empezó a exigir a gritos y de forma muy poco delicada que la soltara.
- Chist –Sirius le hizo un gesto con el dedo para que guardara silencio–, que no escucho a James... ¿Qué pasa, Prongs?
- Ha habido un ataque en el Museo de Historia Natural, en la parte mágica –informó el joven de pelo revuelto. Al escucharlo, Evy dejó de forcejear.
- ¿Cuántos muertos? –preguntó Sirius con voz cansada, más propia de un hombre de cincuenta años que de un joven de veintipocos.
- Aún no lo sé. Salimos ahora para allá.
- Nos reuniremos contigo allí...
- ¿Nos? –repitió Evy cuando el chico colgó–. No es por ser insensible, pero no puedo acompañarte... Tengo otros compromisos anteriores.
- Pues me temo, nena, que vas a tener que acompañarme lo quieras o no... –Sirius alzó las muñecas esposadas de ambos–, porque yo no tengo las llaves.
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Y por hoy se ha acabado. Bueno, cosillas que hay que saber. En este capi pocas, la verdad.
El "país de nombre impronunciable que empieza por L" mencionado por Jack es (a ver si soy capaz de escribirlo bien) Liechtenstein, un pequeño principado situado entre Suiza, Austria y Alemania. Pero pequeño, pequeño: tal que de dos calles y una colina.
Los nombres completos de Ámbar y Ryan son Ryan John Ledyard un explorador americano nacido en 1751. (Supongo que habéis notado las iniciales)
En cuanto a Ámbar también se apellida Ledyard y procede de mi fict "El favor", sólo que aquí es bastante más joven.
Uf, que poquitas cosas tenía hoy... Bueno, la próxima actualización seguramente será para marzo, no creo que me de tiempo antes.
Muchos besos de corazones de todos los sabores imaginables.
No os olvidéis de reír y hasta pronto.
Carla Grey.
Orgullosa Lupina. MOS. Hermana de Mya, Paula & Maru Malfoy. Tía de Azi Black. Paciente de Serenity. Hija política de Veronika. Emperatriz consorte de Alonning. Ahijada del hada madrina Noriko. Prima de Miss Molko e Inna. Miembro de las 15 de Mey. Amiga por correspondencia de una miembro de LODF. Pariente de Anvy Snape. Casi pariente de Libertad, la amiga de Mafalda. Chica del espejo de lujuria de Dreaming. Hermana Escorpio de Moony Lunática. Musa de MikaGranger. Ganadora de dos premios anuales de HA. Luz al final del túnel de Deathkisse. Creadora del amor platónico de Liesl Von Kaulitz. Alumna de la Casa de Ravenclaw en HA. Autora de la versión de Sirius favorita de Elarhy.
