Sip, van a ir más largos a partir de ahora (pero no por mucho tiempo XD, después volveré a la otra extensión, es que esto ya lo tenía escrito así).


VIII


La mujer pegó un grito cuando vio a un hombre demasiado guapo salir de entre el follaje cubierto de hojas, sucio y desalineado. Duval intentó tranquilizarla, pero lejos de conseguirlo la señora había optado por salir corriendo.

Viró y vio una pequeña casilla. ¡Al fin civilización! Adentrándose en el pueblo notó sin dificultad que los aldeanos no eran muy adeptos a conversar con extranjeros. Ir preguntando por un pirata cuya cabeza tenía un precio demasiado alto no le parecía prudente tampoco, así que decidió averiguar el paradero de la niña.

Fue peor. Quedó como todo un pervertido acosador de niñas. Al finalizar el día pensó en darse por vencido. El All Blue poseía demasiadas islas como para dar con el maestro de forma tan rápida y sencilla; podía estar en esa, como en cualquiera de las otras islas.

Sin embargo cuando ya pensaba en claudicar, un rejunte de niños que venía acompañado de un adulto llamó su atención; quizás porque caminaban en dirección a él, quizás porque lo señalaban, quizás porque lucían muy amenazantes.

—Este —dijo el niño—, este es el hombre que andaba persiguiendo a Umi.

Duval intentó agudizar la vista en la negrura de la noche, pero sólo podía percibir las ansias asesina de quien, evidentemente, era el padre de la niña acosada.

—Te voy a quitar las ganas de perseguir niñas a patadas, malnacido —bramó el pirata, y Duval reconoció el tono de voz de inmediato.

—¡Maestro! —Se puso de pie de un salto, justo al mismo tiempo que Sanji había levantado la pierna que bajó justo a tiempo al reconocerlo.

—Ah, eres tú —murmuró con desaire luego de unos segundos de infinita sorpresa.

—¡Tantos años y me dice así! —se lamentó el pupilo—¡Está como siempre, maestro! —Lo tomó de los brazos—Aunque con tanta barba y el pelo tan crecido se me hace difícil reconocerlo —y lo sacudió.

Ponte de acuerdo Duval: ¿Cómo siempre o cambiado? Sanji alzó las cejas, preguntándose qué motivos podía tener ese loco narcisista para haber cruzado todos los mares hasta el All Blue.

—Luces fatal —Sanji lo miró de arriba abajo y pitando de un cigarrillo, los niños al ver que no correría sangre se dispersaron para ir a sus respectivas casas—, ¿qué te pasó?

—¡De todo, maestro! —Dramatizó—¡Por empezar…! —pero Sanji no lo escuchó, dio la vuelta para volver por donde había llegado—¡¿No va a escucharme?

—Supongo que estarás cansado y hambriento, sígueme. Me contarás en el camino.

Y mientras Duval lo seguía supo así que Sanji era bastante conocido en esa cadena de Islas. No era para menos, nunca habían tenido un cocinero tan diestro. Que fuera pirata a la gente no le quitaba el sueño, ya que el All Blue albergaba a las personas más extrañas del planeta; a fugitivos, a soñadores que creían en su existencia, a locos.

Cuando llegaron a la modesta casa del Mugiwara, a la mesa estaba sentada la niña que en las primeras horas de la mañana Duval había visto.

—¡Tú!

La niña no dijo ni hizo nada, volvió a tomar otro bocado con la cuchara y siguió comiendo, a su lado había un niño pequeño de cabello negro y rizado. De esa forma Duval confirmaba lo que sospechaba: ese angelito de cabellos rubios era la hija de su maestro y el niño sentado a su lado que lo miraba con extrañeza, su hermanito.

Se sentó a la mesa a comer mientras Sanji acostaba a sus pequeños en sus respectivas literas, y por eso le llamó la atención no ver una figura femenina en la casa, aunque sin dudas el toque de una dama había. Aquel orden, aquellos adornos… Quizás no hacía mucho sí había una mujer viviendo bajo ese mismo techo.

Cuando Sanji volvió y le ofreció café ambos se sumieron en una conversación más suelta ya sin la presencia de los niños.

—Sí, me casé —respondió el cocinero—, pero mi esposa murió poco tiempo después de dar a luz a Ice. —Encendió el cigarrillo para continuar hablando al soltar una gran bocanada de humo—, los doctores dijeron que era algo, dentro de todo, normal. Algunos embarazos debilitan a las madres y sacan a relucir enfermedades —dejó caer la ceniza, el tono de su voz era parco, casi sin emoción—. Su corazón estaba gastado, eso dijeron.

—Oh, lo siento. —De inmediato se sintió arrepentido de haberle orillado al maestro a revelar esos recuerdos que, sin dudas, debían ser dolorosos.

—Está bien, pasó hace tres años… ya lo he superado. Los niños me necesitaban —suspiró recargando la espalda contra la silla—. Umi no habla.

—¿Eh?

—Desde la muerte de su madre —alzó los hombros—sin razón aparente, dejó de hablar. Ni una palabra. Desde hace tres años que no me dice papá —sonrió, con cierta melancolía que a Duval no le pasó desapercibida.

De golpe y sin razón comenzó a llorar escandalosamente.

—¿Qué te pasa, imbécil? —Iba a despertar a los niños si seguía gritando así.

—¡No, es que… me emociona que comparta todo esto conmigo!

—Me preguntaste, ¿no?

—Sí, pero… ¡Es terrible! ¡Peor que Una casita en la pradera, maestro, debería escribir un libro!

—Ya… dime, ¿qué demonios haces aquí? —Porque era evidente que Duval no estaba allí de visitas o vacaciones.

En ese punto no supo si era prudente revelar de buenas a primeras sus razones, así que optó por hacerse el misterioso.

—¿Qué es lo último que sabe de los Mugiwara?

—Pues —alzó las cejas, suspirando en señal de sentido hartazgo—, Usopp volvió a su aldea, mi adorada Nami-swan se quedó con Shakky, Zoro aceptó ser… shichibukai —en ese punto silenció, porque hacía años que había dejado de mencionar el nombre del espadachín en voz alta.

Algo dentro de él se había quebrado. La distancia y los años de ausencia volvían a doler como al inicio.

—Bueno —continuó Duval al ver que su maestro se había quedado suspendido en el tiempo—, vengo de Sabaody con noticias frescas sobre la mugiwara Nami.

—¿Qué pasó con ella? —Sanji recuperó toda la atención que nunca le ponía a Duval.

—La apresaron y, aparentemente, la vendieron a un tenryuubito. —Se aclaró la garganta—Alguien tan lindo como yo tiene muchos contactos, y en este momento deben tener más novedades, pero yo opté por hacerme a la mar en busca de usted.

—¡¿Que a Nami la tienen esos bastardos? —Se puso de pie para sacudirlo de la camisa.

Sanji sabía lo que eran capaces de hacer los nobles con un humano que, encima de humano, era pirata… y se le hizo un nudo en el estómago.

—Es imposible, Nami es fuerte —se puso de pie para apagar la hornalla antes de que el agua se evaporase—. Nami es…

—Los tenryuubitos se han hecho fuertes en todos estos años —explicó Duval—. La milicia que se encarga de protegerlos son los marines más capacitados. Lo mejor de la elite. El gobierno…

—Ya sé toda esa mierda —lo calló despectivamente, no quería escuchar lo que ya sabía sobre la supuesta nobleza de la Tierra. Le daban tanto asco.

—Shakky y Rayleigh están buscando la mejor ruta para ir tras ella sin que por eso los tenryuubitos sepan quienes están involucrados.

Sanji asintió, sabía de lo que eran capaces de hacer en represalia. Toda la gente que amaban, todos sus conocidos estarían en peligro.

—Rayleigh está viejo y muy enfermo, pero sigue siendo un digno tripulante de Roger.

Ya para esas alturas Sanji no lo escuchaba, se había sumido en sus pensamientos. En su interior sabía que sus nakama no se quedarían de brazos cruzados al saber que Nami estaba en tierra enemiga. Pensó en Zoro, que debía haber sido el primero en enterarse. Quizás él solo ya le hubiera dado ayuda. Y a raíz de eso nació otro pensamiento que hizo verbal.

—Nami no es la clase de princesa que se sienta a esperar a que la rescaten. Seguramente debe estar tramando algo.

Duval siguió hablando, notando que la decisión que le dejaba a Sanji era una difícil. Había ido en su búsqueda sabiendo que su maestro sería incapaz de darle la espalda a un nakama, había salido de Sabaody prometiéndoles a Shakky y a Rayleigh que volvería con Kurohashi, pero la situación que tenía en frente era complicada.

—Lamento mucho haber venido con estas noticias.

—No, está bien —negó el cocinero, todavía perdido en sus pensamientos, mirando un punto fijo en la mesa—. Prefiero saber.

—No tiene que darme una respuesta hoy —aclaró—. Mañana buscaré mi moto y volveré a Sabaody, si quiere venir yo gustoso lo acercaré, y si no, es entendible.

Sanji lo miró sorprendido, como si no pudiera creer que detrás de toda esa masa narcisista se escondiera una persona verdadera, alguien capaz de ver a través de la situación en sí. Hasta se sintió orgulloso de que su joven padawan hubiera madurado tanto.

—No tengo nada qué pensar, Nami está en problemas.

Duval no quiso decir lo obvio, además estaba cansado, quería acabar con la charla para darse un baño —porque ya no soportaba verse tan feo— y acostarse a dormir. Sanji, en cambio, permaneció despierto, fumando en el descanso de la puerta delantera y mirando las estrellas.

No sabía si estaba preparado para esa nueva aventura, quizás tenía miedo porque sabía que existían altas probabilidades de volverlo a ver. A Zoro. ¿Todavía estaba enojado con él? Nunca supo si lo suyo era en verdad enojo, tal vez más bien se trataba de decepción.

Cuando llegó al All Blue para asentarse en esas aguas creyó fervientemente que Zoro algún día iría a por él, como en su momento se lo había prometido. Pero los días pasaron, las noticias llegaron y con él las esperanzas murieron. Porque Zoro se había hecho shichibukai, porque Zoro, pese a saber donde estaba él, jamás se había molestado en irlo a visitar, siquiera en mandarle una mísera postal.

Era como si de repente ellos dos hubieran pasado a ser simples desconocidos. Se sintió tan idiota por aguardarlo con ilusiones cual princesa virgen que espera por el arribo gallardo de su príncipe azul.

Patético.

Y en esa soledad, que sublimaba cocinando como si su vida dependiera de eso, la conoció a ella.

Le recordaba tanto a su capitán, no físicamente ¡por Dios! Que Sara tenía pechos pequeños y una cadera diminuta, parecía una niña casi, pero era mujer de pies a cabeza y aun más elemental: en espíritu. En lo que le recordaba a su capitán era en detalles que más de uno tildaría tontos. Porque Sara tenía un hambre voraz y nunca olvidaba sonreír. Era obstinada y muy descuidada en el trato.

La conoció justamente porque él se había hecho un famoso cocinero en el All Blue y ella quería comer la mejor comida de todo el All Blue. Claro que no tenía suficiente dinero para pagar platos tan caros, pero Sanji también era famoso por no preocuparse por esos pormenores, menos si esos pormenores venían de muchachitas.

De esa manera llegó a preguntar cómo podía comer tanto y no engordar un gramo. Tiempo después lo supo: trabajaba sin descanso labrando el campo junto a su madre. Las dos estaban solas y no tenían otra entrada de dinero.

No se enamoraron de inmediato. Sanji tenía una herida abierta y muy profunda que Zoro le había dejado, y su mera sombra ni siquiera le permitía ser el Sanji de antaño: no correteaba chicas, no las llenaba de cumplidos. Seguía siendo atento con las damas, pero ya sin esperanzas de encontrar amor en ellas.

Ya no creía en el amor. Podía darle las gracias a Zoro por eso.

No quería volver a enamorarse de alguien y atravesar todos los estadios de un corazón roto. Él, aunque pareciera un hombre muy fuerte, era demasiado frágil en ese aspecto.

Pero Sara se fue colando en su día a día. Le ofreció trabajo en uno de sus restaurantes, para al poco tiempo retarla por comerse todo y acabar sonriendo al darse cuenta que hasta los gestos de ella cuando le regañaba le recordaban a su capitán. Luego se sentía culpable por haberle retado —era una mujer, aunque sus actitudes distaran de ser femeninas— y la colmaba de regalos y cumplidos que ella apreciaba más allá de lo común. Es que no estaba acostumbrada a ese tipo de atenciones por parte de los hombres.

No pasó mucho tiempo hasta que Sanji logró resaltar por encima de otros cocineros, su fortuna no era cuantiosa, pero si lo suficiente para vivir cómodamente. Le ofreció matrimonio a Sara, con el fin de aliviar en parte su soledad y en parte la calidad de vida de ella. Con el tiempo nació Umi, y más tarde Ice. Antes de que Sanji pudiera darse cuenta de que sí, la amaba, Sara había partido del mundo.

Nunca dejó de sentirse agradecido por su presencia. La ausencia de Zoro no dolía tanto cuando ella estaba a su lado, y los niños, benditos sean, le habían dado más de un motivo para seguir adelante.

Durante ese tiempo había vivido por y para ellos, pensando en su futuro y en verlos crecer, pero ahora Duval aparecía con una terrible noticia que lo llevaría irremediablemente a ese pasado que creía haber dejado atrás.

Lo cierto es que Sanji siempre se sintió un pirata. Podía culparlo a Zeff y a Luffy por ello, pero su corazón estaba en el mar, en las aventuras. Y en Zoro.

Viendo el día clarear lentamente se puso de pie sabiendo que ya había tomado una decisión, pero no podía irse así como así.

Cuando Duval despertó escuchó la voz de dos adultos discutiendo entre sí y la de un niño jugando a ser pirata. Ice se acercó al camastro donde estaba acostado y berreó blandiendo una espada de madera:

—¡Tú, sucio pirata, ahora morirás!

Duval alzó una ceja, ¿qué clase de educación tenían esos niños? Claro, con un padre así no se podía pedir demasiado.

—¡Ice, ven aquí! —Lo llamó Sanji, y Duval entonces se puso de pie para levantarse, motivado por el aroma de un suculento desayuno. En la mesa ya estaba sentada la niña quien se limitó a mirarlo un instante para después seguir comiendo lo que estaba en el plato.

Sanji entró sacudiéndose las botas sucias de barro y hablando con el menor.

—Te portarás bien y cuidarás a tu hermana, ¿cierto?

—Sí —afirmó con convicción.

—Umi —le sonrió—tú eres la mayor así que ayúdala a la abuela con las tareas de la casa —luego los miró a los dos—; no la hagan berrear que ya está viejita.

—¡Viejos son los trapos! —gritó una mujer mayor entrando por la arcada, eran tan gorda que Duval temió que no lograse atravesar el marco de la puerta—¡Sanji! ¡Quiero hablar a solas contigo! —Lo llamó con un dedo y una mirada muy intimidante.

Otra vez afuera ambos parecían mantener una nueva discusión acalorada. Duval sentado con los niños no podía oír lo que conversaban, pero parecía que su presencia había desatado una tormenta en la familia.

—¿Te lo vas a llevar a mi papá? —Preguntó Ice sumiéndolo en la desesperación.

—Pero lo devolveré pronto —dijo, al no saber qué decir para consolar al crío.

Umi dejó la cuchara dentro del plato y se puso de pie para ir hasta su cuarto y acostarse en la cama abrazando su muñeco favorito. En ese punto Duval se sintió el malnacido más grande del universo.

Cuando Sanji volvió a entrar tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando, la señora regordeta en cambio pasó con un semblante furioso rumbo al cuarto de la niña.

—¿Qué le sucede a mi princesita? —preguntó sentándose como podía a un costado del camastro logrando que por su peso este tambalease peligrosamente con la niña en él.

—¿Has terminado de desayunar? —Le preguntó Sanji a Duval.

—Todavía no empecé.

—Apura, que cuando termines nos iremos.

Duval no necesitó preguntarlo, se notaba que Sanji había tomado ya una decisión y por lo apurado que parecía temía arrepentirse antes de dejar atrás el All Blue.

Mientras Duval terminaba de desayunar, Sanji hizo un pequeño bolso de mano con lo más elemental. Sentado en su cama no notó que Ice se había acercado a él. Cuando levantó la vista y lo vio le dio un abrazo fuerte que lo llevó al pequeño a reclamar.

—Papá, me estás dejando sin aire.

—Cuida a tu hermana, ¿sí?

—Ya me lo dijiste cien veces —bufó molesto.

—Y cuídate tú también.

—Eso también ya me lo dijiste cien veces.

Sanji sonrió acomodándole uno de los pequeños resortes que le caían desordenadamente sobre la frente. Él le recordaba tanto a Sara que a veces le dolía verlo fijamente a la cara y reparar en esas mismas facciones.

—¿Cuándo volverás?

Sanji tragó saliva, sabía que la vida que llevaban los Mugiwara no era una muy segura. En el All Blue hallaba el confort de un hogar y una familia, pero a bordo del Thousand Sunny y con los tenryuubitos como enemigos la muerte podía llegar en cualquier momento.

—No sé, trataré de que sea pronto.

—Si te vas yo también voy a dejar de hablar como Umi —amenazó.

Sanji rió apenas, aunque en realidad sentía ganas de llorar. De golpe entendió lo que el pequeño trataba de decirle.

—Te prometo que volveré, no sé cuando, pero volveré.

No pensaba morir; no estaba en sus planes dejarlos solos. Si bien tenían a su abuela y eso le reconfortaba, sabía que la vida sería dura para ellos si él no regresaba. Había cometido el error de hacerlos muy dependientes a él.

Se puso de pie tomando el bolso que estaba a un lado y caminó hasta la cocina donde Duval lo esperaba ya listo para volver a Sabaody. La señora tenía a Umi bajo el ala de su brazo, la niña había depositado la mirada en el suelo, incapaz de poder reaccionar de otra manera.

—Gracias, Hana —saludó a la anciana, pero esta miró hacia otro lado murmurando que no tenía nada que agradecerle porque eran sus nietos—. No podría irme tranquilo de no saber que dejo lo más importante de mi vida en buenas manos.

Hana no pudo sostener más su postura de mujer fuerte, el enojo por la decisión de su yerno desapareció de golpe. Y es que, a pesar de todo, quería a Sanji como si fuera su propio hijo.

—Más te vale regresar, infeliz.

Sanji sonrió, Hana era "dulce" como una flor muy a su manera. Su trato siempre le había tenido sin cuidado, quizás porque Zeff había sido diez veces peor que Hana durante su infancia.

—Ya sabe que tengo un viejito muy lindo para presentarle, creo que harán buena pareja, cuando vuelva…

—¡Otra vez con eso!

Sanji prorrumpió en carcajadas sabiendo lo mucho que a ella le molestaba que tocase el tema. A veces se preguntaba si Zeff seguiría vivo. "Yerba mala nunca muere" le había dicho el viejo la última vez que se vieron, pero lo cierto es que los años no habían pasado en vano.

Se agachó para besar a Umi, pero la niña no quería levantar la vista y esa despedida le partía el alma en mil pedazos. Al final fue ella la que corrió tras él para colgarse de su camisa y reclamar su beso. Así, Sanji se fue, con la promesa de volver.

No había muerto teniéndolo a Luffy como capitán, no pensaba tampoco morir en esas circunstancias. Vería cuál era la situación de Nami y sopesaría las consecuencias de sus actos antes de actuar precipitadamente. Si algo le había enseñado la paternidad era a ser más comedido. Porque ahora debía cuidar su vida por dos buenas razones.

(…)

No notaron su presencia, tan emocionados que estaban revisando el viejo barco. Pero la nariz aguda de Chopper le hizo reparar en ese aroma que le resultaba tan familiar. Justo cuando pensaba hacer mención al respecto reparando en lo mucho que extrañaba los mimos de Robin en la barriga, la voz de ella llegó débil desde la ensenada.

—Chicos, tanto tiempo.

—¡Robin! —el reno bajó del barco de salto en salto para caer en los brazos de la dama. Desde lo alto Brook se quitó el sombrero.

—Benditos los ojos que te ven, Robin-san, aunque claro… no tengo ojos.

Franky sonrió cruzándose de brazos y obvió el dato, porque era claro que durante todo ese tiempo la arqueóloga había permanecido allí.

—Nos preguntábamos con Brook cómo haríamos para encontrarte —dijo Chopper con una gran sonrisa.

—El mundo no es un lugar seguro para ninguno de nosotros así que pensé que lo mejor era quedarme con uno de mis nakama —explicó Robin con su calma habitual—. Tampoco tenía adonde ir.

Cierto es que podía haber elegido seguir a cualquier nakama, pero no, ahí estaba con Franky. Una bendición para Iceburg, porque Nico Robin era la única que sabía controlar al cyborg cuando este parecía olvidar el significado de permanecer oculto. De no haber sido por sus oportunas intervenciones seguramente la marina hubiera dado con Franky tarde o temprano.

—Supe por Iceberg-san que Nami está en problemas —Robin decidió ahorrarles el disgusto de tener que darle la mala noticia.

—Debo hablar con él —Franky pareció repara en ello—, quiero pedirle una mano para aprovisionar el Sunny, ponerlo en condiciones y…

—Ya está en eso —le interrumpió ella sonriendo delicadamente—, en este mismo momento los chicos de Galley-La deben estar en camino.

Dicho y hecho estuvieron trabajando toda la tarde; llenaron los tanques con cola, limpiaron y lustraron el barco y lo atiborraron de alimentos.

Durante el día se pusieron de acuerdo con el camino que tomarían. Era lógico ir al punto de partida, no dudaban de que en Sabaody recibieran no sólo ayuda sino datos del paradero de Nami.

Partirían durante la noche para que esconder tremendo barco de ojos posiblemente atentos fuera tarea más sencilla. Cuando la noche comenzaba a ser un hecho, Robin se acercó a un pensativo Franky quien contemplaba la puesta del sol sentado en una de las maderas y con una lata de refresco en la mano.

—¿No irás a despedirte?

Franky la miró con una enorme sonrisa y negó con la cabeza. Sabía que se refería a Iceburg.

—Ya nos despedimos en su momento —recalcó, y ella asintió despacio—, esto fue sólo… una transición; yo en realidad nunca estuve aquí, siempre estuve allí —señaló el mar extendiéndose a lo ancho.

—Y yo siempre te envidié.

—¿Eh?

—Todos estos años —se sentó a su lado mirando la misma porción de agua—. Tienes un lugar al que regresar...

Franky nada dijo, había entendido esa oración a medio formar. Durante ese tiempo había aprendido a hablar con la arqueóloga sin necesidad de usar más palabras que las elementales. Sabía que para ella su lugar era donde estaban sus amigos, y que estaba tan ansiosa y contenta por hacerse a la mar como él.

Pese a que la situación de no saber cómo la estaba pasando Nami los angustiase, sabían que era algo pasajero, que la navegante era un hueso duro de roer y que todo volvería a ser como antes.

Cuando parte de la tripulación abandonó el puerto viejo de Water Seven, sólo una persona quedó mirando la partida hasta que el enorme navío desapareció de su vista. Y Franky sabía que era Iceburg. Como así también sabía que quizás nunca más lo volvería a ver.

Fue primero al lugar en donde supo que lo encontraría y efectivamente allí estaba. Dormitando sobre su brazo cuya mano aferraba con fuerza la botella que la noche anterior había comprado. Jango colocó le tocó el hombro y lo sacudió apenas.

—Vamos, hombre… o el barco zarpará sin nosotros.

Pero Fullbody no respondió de inmediato. Estaba despierto porque levantó la cabeza y miró hacia al frente. En el espejo pudo ver su cara demacrada y desfigurada. Era un asco, llevaba días sin bañarse y sin alimentarse como era debido.

Y no dudaba de que la marina ya lo hubiera echado a la calle de no ser por los esfuerzos de Jango. De no ser por la insistencia de este hubiera sucumbido más de una vez. A veces Fullbody se preguntaba por qué, ¿qué motivos tenía Jango para lidiar con él? Era un pésimo amigo, nunca le dabas las gracias y siempre se olvidaba adrede de su cumpleaños.

Sin embargo ahí estaba; bien que podía tomar ese barco sin él, pero no… Jango sabía que si Fullbody no se presentaba tendría una mancha más en su expediente y a su vez un paso más hacia la calle. Para Jango era sencillo: habían entrado juntos, había lidiado contra lo desagradable de pagar el "derecho de piso" juntos, y aunque Jango había sido ascendido y Fullbody de nuevo había sido degradado, nunca olvidarían sus comienzos.

Jango era un pirata, bien o mal y aunque lo mantuviese oculto. Y un pirata no abandona a sus nakama. Fullbody lo había aceptado de buenas a primera y había mantenido el secreto bien guardado.

Hasta la fecha, el antiguo pirata no entendía qué era lo que había convertido a su amigo en lo que actualmente se mostraba: un despojo de ser humano. Sabía lo muy orgulloso que era Fullbody, y podía suponer el golpe duro al ego que debió haber sido tener que empezar de cero.

Había canalizado esa frustración buscando a alguien a quien echarle la culpa, pero desde que aquellos dos Mugiwara habían escapado del barco de la marina, nunca más había mencionado al cocinero con el que había estado tan obsesionado hasta hacia pocos años atrás. Y no fue hasta que lo vio a Zoro deambulando por los cuarteles que empezó a ir en picada.

Pasaba todas y cada una de las noches en el bar y rara vez llegaba al servicio sobrio o presentable. Sus superiores sentían que era un caso perdido y le tenían lástima. Lo peor que podían hacerle —pensaba Jango— era tenerle lástima. Porque Fullbody odiaba esa clase de sentimientos compasivos.

Jango no entendía qué demonios venía a recordarle ese mugiwara en particular, ni tampoco le echaba la culpa a Zoro de que su amigo se encontrase en ese estado, pero sabía en su interior que Fullbody había cambiado de obsesión. O de excusa. Ahora gustaba de echarle la culpa de todas sus desgracias, hasta de estar lanzando todo lo bebido en la puerta del bar, a Roronoa Zoro.

Durante todo el viaje en barco no le quitó los ojos de encima. Decía que un pirata no dejaba de ser lo que era, muchas veces obviando que Jango lo era, e incluso diciéndoselo a él. Por eso cuando llegaron al Archipiélago, los movimientos del espadachín no pasaron desapercibidos para él; quizás sí para el resto, pero no para Fullbody.

Entró al bar de Shakky sintiendo una nostalgia innecesaria e inexplicable. El lugar lucía vacío, como si por durante años nadie hubiera ido a pedir una copa; pero Zoro recordó de golpe que el bar de esa mujer siempre lucía así.

Se sentó a la barra y esperó por ella. Cuando la mujer atravesó la misma puerta y vio la espalda del hombre, lo reconoció por la cabellera.

—Oh, llevo días esperando a uno de ustedes—. Se acercó a la barra y buscó unas copas para servirse y servirle un trago.

—Entonces, ¿el rumor es cierto? ¿Dónde está Nami?

—Si esperabas encontrarla aquí lamento decirte que sí, el rumor es cierto. Llegas en buen momento —tomó el contenido de su copa de un trago— Rayleigh se mantuvo sereno porque dijo que sabía que ustedes llegarían a tiempo.

—¿Cómo está el viejo?

—Viejo —sonrió ella. —Lleva en cama unas cuantas semanas, pero la cabeza le funciona bien —se golpeteó la sien con un dedo—, tuvo tiempo de sobra para pensar la manera más idónea de sacar a Nami de la isla de los nobles —. Dio una calada al cigarrillo notando como el espadachín fijaba la mirada en el contenido de su copa, para después beberla de un sorbo.

Es que esa clase de gestos le recordaban tanto al cocinero. No es que toda persona que fumase le trajese a la memoria la figura de Sanji, pero había sido la manera de colocarse, o quizás de exhalar el humo, o tal vez el saber que existía la posibilidad de volver a verlo.

—Sabes, ¿no? de lo que son capaces los Tenryuubitos si descubren quién interrumpe el orden.

Zoro asintió. Como shichibukai había estado al tanto de aquellas cosas que la marina, por orden del gobierno, tapaba. Islas enteras arrasadas por supuestos fenómenos naturales e impredecibles no eran otra cosa que el accionar de los nobles cuando se sentían insultados o amenazados por tan sólo una persona. Una sola persona era suficiente pretexto para una matanza indiscriminada.

—¿Dónde está?

—Es difícil saberlo, la isla de por sí es enorme —Shakky alzó los hombros—. Una parte de mí está tranquila, sé que Nami no se dejará subyugar así como así, y también sé que es lo suficientemente inteligente como para no provocar su muerte.

—Me han encomendado escoltar a un tenryuubito hasta el otro lado —hizo un gesto adusto con los labios—, pensé en infiltrarme y buscarla, pero sé que no me van a dejar.

—No, ni podrás poner un pie. Rayleigh puede decirte de ello.

—Tengo dos oportunidades, de ida y de vuelta.

—No te precipites, Zoro-kun —pidió la dama recargándose sobre la barra—, eres la mejor carta en este momento. Si lo hechas a perder será muy difícil después…

—¿Qué propones?

—¿Tú que tenias en mente?

Zoro alzó los hombros, despreocupadamente.

—Una vez en la isla pensaba usar la fuerza bruta, ya sabes: o me dan a Nami o me la llevo por la fuerza.

Shakky rió bajito. Era de esperarse de ese espadachín; parecía saber usar mejor los músculos que el cerebro.

—Si tienes dos chances entonces lo mejor será atacar en la segunda. Que la primera sea para recaudar cualquier tipo de información.

—¿Y me voy a quedar sin hacer nada? —Eso para Zoro no era práctico.

—Hay que esperar…

—¿Qué? —Negó con la cabeza—Yo no tengo nada que esperar.

—¿Quieres que la aldea de Nami y la tuya sean arrasadas por algún fenómeno natural?

Zoro suspiró escandalosamente fastidiado y perdió la mirada.

—Pronto llegarán.

—¿Quiénes?

—Tus amigos —respondió ella dando vuelta para buscar en la heladera un sencillo refrigerio—, a estas alturas deben estar enterados y seguramente vendrán hacía aquí; además por mucho que quieras entrar en acción de momento estás atados de pies y manos.

—Puedo dejar de ser shichibukai en este preciso momento —desafió el espadachín, autosuficiente.

—¿No lo entiendes? Esa es nuestra mejor carta por el momento —¿Cuántas veces se lo tenía que repetir para que le entrase en la cabeza?

Roronoa comenzaba a entender mejor qué era lo que pretendía la mujer.

—Podemos suponer lo que va a intentar hacer Nami si sabe que tú estarás en terreno enemigo.

Zoro ladeó la cabeza descreyendo esa suposición.

—No creo que se lo permitan si tienen muy en claro que ambos somos Mugiwara. Por muy shichibukai que yo sea en el presente…

—Pero eso no quiere decir que ella no lo intente —le interrumpió dejando una fuente con embutidos frente a él—, de alguna manera va a buscar la forma de acercarse. Ir sin tener un plan es una locura.

—Gracias —rechazó gentilmente la comida—, pero debo volver antes de que amanezca del todo o se darán cuenta de que dejé mi puesto.

Hasta entonces ese detalle no le había inquietado, pero entendía que cuidar de momento su título podía resultar a favor de ellos. Salió del bar cuando comenzaba a amanecer. Antes de ingresar al bosque sabiendo de ante mano que volvería a perderse, suspiró fastidiado.

Odiaba que lo controlasen y más odiaba que fuera ese maldito marine. Desde que había pisado la marina en calidad de aliado no había podido evitar sentir ese recelo. Tal vez porque una parte de él sabía lo que en verdad había pasado, aunque prefiriese negárselo.

Antes de seguir su camino, volteó y cortó una de las ramas gruesas de un arbusto de un solo tajo. Eso había sido suficiente para develar la presencia del fisgón.

Chistó, para después torcer la boca en una sonrisa socarrona. Fullbody en cambio se quedó estático, sorprendido por la percepción del espadachín.

—Detesto que me sigan.

—Veo que tenía buenos motivos para hacerlo —irguió la espalda, tratando de mostrarse sereno y firme—, no podía esperar menos de un mugroso mugiwara. ¿Cómo crees que tomará esto la marina?

—Me importa poco lo que opine la marina; porque además no se van a enterar de nada —desenfundó lentamente una katana, observando fijamente a su adversario.

Fullbody se colocó su nudillera, listo para írsele al humo. Roronoa sonrió para sus adentros; por lo precipitado que había sido el marine deducía sin dificultad que no era un oponente digno. Con el revés de la hoja de su katana y un leve retroceso logró desviar el primer puño de una lluvia de ellos.


Aclaración: Nudillera es el puño americano (arma de Fullbody).

Bueno, ahora que estoy a punto de terminar con "Eso" podré subir un capítulo de este fic todas las semanas. O al menos intentaré de que la publicación sea más seguida =)

Gracias por leer.