Lo que a continuación están a punto de leer es el capítulo más largo que he escrito. Sin embargo, fue necesario, pues las cosas ya comenzarán a ponerse interesantes y el desarrollo de la historia comenzará a transcurrir en dos o tres lugares al mismo tiempo, por lo que muy posiblemente juegue un poco con el tiempo, tal como lo hice con el capítulo 4.
Al momento que escribo esto, ya tengo avanzado el capítulo 8, donde las cosas comenzarán a ponerse más densas.
Por cierto, aquí hay un poco más de acción.
Sin más que agregar...
Disclaimer: Halo no me pertenece; si fuera mio, yo no estaría escribiendo este fic.
Capítulo 7: Vida normal; buscando al Spartan perdido.
―Creo que ese trabajo va perfecto con tu personalidad ―comentó Cortana a John mientras este hacía ejercicio en el patio trasero de la casa.
―Tal vez este sea el definitivo ―comentó el hombre mientras seguía con lo suyo.
―Espero que si, porque la verdad, ya me está preocupando que no te puedas quedar en un trabajo más de tres días seguidos, ya sea porque rompiste algo o porque simplemente te aburre ―la voz y actitud de Cortana era relajada. Aquel era su día de descanso y había planeado pasarlo en la casi total inactividad.
―No todos podemos hacerlo todo ―decía John mientras continuaba con sus ejercicios, aunque por su condición de Spartan el esfuerzo era mínimo. Se detuvo y tras un sonoro suspiro de resignación dijo―: Definitivamente necesito más peso para poder sentir el ejercicio.
―Si... somo sea. Creo que ser guardia de un antro es un trabajo muy bueno para ti, ya que no te oxidarás en tus habilidades para controlar situaciones difíciles. Además, la paga que ofrecen es muy buena y sobre todo, podrás mantener tus capacidades de pelea en buena forma ―animaba la muchacha.
―Aunque no tan buena como cuando peleaba con los Elites o los brutes ―afirmó el Spartan.
―Pero algo es algo ¿no lo crees? ―comentó la mujer.
―Tienes razón ―el hombre detuvo sus ejercicios, miró a Cortana y le preguntó―: Y ¿cómo te ha ido en tu trabajo?
―No me puedo quejar. Me encantan los libros y siendo sincera, el trabajo de bibliotecaria me fascina. Me siento como cuando viajaba en las redes de UNSC o las civiles. Hay mucho conocimiento y... ya sabes, me encanta aprender ―Cortana sonreía alegre a causa de su trabajo.
―¿Dónde está Catherine? ―preguntó John al no ver a la doctora.
―Debe estar platicando con alguno de los vecinos, ya sabes que aún no se integra por completo con sus compañeros de la escuela, así que busca la compañía de personas mayores para no sentirse tan fuera de lugar ―John la vio serio, sus ojos estaban fijos en ella―. Ya sabes como es ella. Un momento se comporta como una niña y al siguiente es nuevamente la anciana doctora. De hecho, a veces me he puesto a pensar que algo debió salir mal con la clonación.
―Yo más bien creo que lo hace para molestarnos.
―Si, también he pensado en eso.
―¿Y ha estado tomando sus medicamentos?
―A su respectiva hora, como si fuera reloj.
―Bien ―John se levantó del suelo, se quitó la camiseta que vestía y se acercó a Cortana, quien de inmediato se paró.
―¿Ya tienes hambre? ―preguntó ella viendo la bien formada figura del supersoldado.
―Un poco, pero primero quiero ducharme, he sudado demasiado. Aunque no por el ejercicio.
―Bien, entonces voy a buscar a Catherine para que venga a acompañarnos.
John entró en la casa, Cortana se quedó parada mientras observaba la espalda del musculoso hombre. Y ¿qué mujer, en su sano juicio, no voltearía a ver aquél cuerpo que parecía de piedra por su firmeza? Ni parecía que John pasaba de los 45 años de edad. Claro, la criogenización había sido en parte responsable de que el hombre aparentara menos edad. Cuando por fin John desapareció de la vista de la chica, esta se fue a buscar a su hermana.
Dos meses habían pasado desde que John, Cortana y Catherine llegaron a Minister y se establecieron en el pueblo de Rose Valley. Durante ese tiempo, los tres habían tomado roles que les ayudaran a integrarse en la sociedad:
Cortana había entrado a trabajar en la biblioteca del pueblo como la encargada de acomodar los libros en sus respectivos estantes, también, de vez en cuando, se encargaba de atender la recepción. Además, tenía que usar un nombre falso para evitar ser rastreada. Su nuevo nombre, Caroline. Lo había escogido simplemente porque le sonó lindo; Catherine había tenido que entrar obligatoriamente a la escuela para guardar las apariencias, aunque tal cambio en su estilo de vida no le había agradado. Su nuevo nombre, Catya, ya que se negó a usar un nombre que difiriera demasiado del propio; John, quien fue el que más resintió el cambio, había conseguido un trabajo como guardia de seguridad en un antro, aunque anteriormente había pasado por varios empleos donde no duró mucho tiempo. Johnathan fue el nombre elegido por Catherine y Cortana para el Spartan. Sin embargo, el soldado protestó argumentando que ese nombre era demasiado parecido al suyo, cosa que las dos mujeres refutaron diciéndole que había muchos Johnathan vagando por la galaxia.
A pesar de las dificultades, parecía que los tres por fin habían tomado el camino correcto para confundirse entre la gente.
Cortana volvió junto a Catherine a su casa después de haberla buscado por casi todo el vecindario. Y es que la doctora, cuando no estaba en la escuela, se la pasaba metida en cualquier rincón observando el entorno. En esa ocasión la encontró dentro de una casa abandonada, donde la doctora observaba algunos insectos. Y es que, de un tiempo a ese, a la «chiquilla» le había dado por estudiar la entomología.
―¿Qué hiciste para comer hermanita? ―preguntó Catherine con un sonrisa y el rostro lleno de mugre.
―Chuletas de cerdo con champiñones y puré de papas, acompañado con un poquito de vino para hacer la digestión. Pero para ti tendrá que ser jugo de manzana.
―De acuerdo, aunque me encantaría tomarme aunque fuera un poquito de vino, hace mucho que no pruebo una sola gota de licor.
―Y tendrá que pasar mucho tiempo para que puedas volver a probarlo.
―En fin ¿qué le voy a hacer? Por cierto ¿dónde está John?
―Debe estar aún en el baño ―las dos mujeres vieron hacia las escaleras que daban al segundo piso de la casa en donde se encontraba el hombre del lugar.
―Creo que yo también iré a asearme, no quiero tragar bacterias en vez de comida ―la doctora subió las escaleras que daban al segundo piso― ¡John, apúrate, quiero bañarme!
Unos minutos más transcurrieron antes de que John bajara de la segunda planta, para entonces, Cortana ya había comenzado a servir. Mientras lo hacía, recordaba la forma en que aprendió a hacer todas esas cosas. Ciertamente en un principio no sabía nada de lo que una ama de casa debía saber para llevar el hogar por buen camino. Sin embargo, siempre tuvo la ayuda de Catherine, quien le había enseñado a cocinar, y hacer el trabajo de la casa.
John entró en el comedor vestido con una camiseta negra con letras amarillas donde se podía leer la leyenda «seguridad» en la espalda y el pecho; pantalón negro de vestir y zapatos negros recién lustrados terminaban el atuendo. Sin duda alguna se vería intimidante en la entrada del local donde trabajaría, especialmente por esa estatura y musculatura tan desarrollada que poseía, la cara de demonio que a veces ponía y también estaba el montón de cicatrices que se repartían por todo su cuerpo. Sin duda sería un arma psicológica contra los asistentes problemáticos. El hombre se sentó, sin embargo, no comenzó a comer de inmediato.
―¿Por qué no comes? ―preguntó Cortana extrañada por la actitud de John.
―Estoy esperando a Catherine ―durante los dos meses que habían estado en Rose Valley, John había comenzado a «civilizarse», por lo que, en ese momento estaba aplicando una enseñanza que Catherine le hizo un día mientras cenaban.
―Te tiene controlado ―la chica se rió mientras John curvó levemente sus labios.
―Le debo respeto ―dijo finalmente.
―Y más que eso ―sonó la voz infantil de Catherine mientras entraba en el comedor para sentarse en su lugar. Cortana le sirvió.
La comida siguió en calma, entre conversaciones triviales y burlas hechas entre Catherine y su hermana hacia John.
Era sábado, por lo que era muy probable que el lugar de trabajo de John fuera a estar muy concurrido. Además, ese era su primer día, así que debía estar presente muy temprano para recibir las instrucciones del jefe de seguridad del local. Y John, al ser un hombre de palabra, estaría en el lugar antes de la hora marcada.
Eran cerca de las seis de la tarde cuando el Spartan llegó al lugar, lo que le dio al jefe de seguridad una muy buena impresión de su nuevo empleado, pues la mayoría de las veces, el personal que contrataba llegaba a la hora de abrir el negocio, lo que le dejaba muy poco tiempo para explicarles la dinámica de trabajo.
―Aún es muy temprano para que estés aquí, pero eso me dará tiempo para explicarte cómo trabajamos ―comentó Willy, el jefe de seguridad de la disco «Dante's hell».
Willy era un hombre de color, de más de 1.90 de estatura y complexión musculosa, pero que en presencia de John se veía como un niño; una edad aproximada de 35 años y según algunos comentarios, de carácter fuerte, debido principalmente a los años que pasó en las fuerzas armadas, por lo que era muy difícil seguirle el paso. También era famoso por despedir con suma facilidad a sus empleados y la violencia con la que actuaba cuando alguno de los clientes se pasaban de la raya. Las anteriores características le habían ganado el apodo de «perro rabioso».
John observaba el lugar mientras oía las indicaciones del que desde ese momento sería su jefe inmediato. Dentro del antro había tres niveles, cada uno dividido en tres secciones, lo que daba un total de nueve secciones diferentes, tal como el infierno de Dante del cual provenía el nombre del lugar, cada uno de ellos con una característica diferenciada de la otra y cada una solo accesible a quien pudiera pagar el precio, estos niveles se llamaban igual que en la obra de Dante Alghieri: Limbo, lujuria, Gula, Avaricia y prodigalidad, Ira y pereza, herejía, violencia, fraude y traición. De los cuales, lujuria, avaricia y fraude eran los más populares. Mientras en el primero, lujuria, era como un pequeño hotel donde los clientes podían entrar a saciar sus bajos instintos, los otros dos, avaricia y fraude eran unos pequeños casinos donde se podía jugar todo tipo de juegos de azar.
Llegaron hasta un pequeño elevador donde los dos hombres entraron, John, al ser más alto tuvo que bajar la cabeza para entrar. Todo el ascenso fue en silencio. Cuando llegaron al nivel superior, se encaminaron por un pequeño y largo pasillo.
―¿Este lugar qué es? ―preguntó John.
―Vamos a la oficina del dueño, debes conocerlo en caso de que necesite nuestra ayuda en eventos «especiales» ―aquellas palabras le hicieron sospechar al soldado de tales eventos.
―¿Como cuales? ―preguntó nuevamente.
―Cuando lleguemos con el jefe te explicaremos― fue toda la respuesta que recibió de Willy. Poco tiempo después, llegaron a la oficina del dueño ―Buenas noches, señor ―saludó Willy.
―Buenas noches Willy ―contestó el dueño, un hombre cuya edad rondaría los 50 años, estatura mediana, les daba la espalda mientras miraba hacia el interior del antro por una ventana estratégicamente colocada.
―Señor, este es el hombre que contraté para la seguridad de la puerta ―parecía que Willy respetaba mucho a ese hombre por la forma de hablarle.
―Bien, veamos ―el dueño se dio la vuelta para conocer a su nuevo empleado. La cabeza del hombre tuvo que subir más de lo normal para poder ver a la cara a John, quien, con rostro serio le miraba―. ¡Vaya que eres alto hijo! ¿Cómo te llamas?
―Johnathan ―respondió John dando su nombre falso.
―Bien, Johnathan, como ya debes estar enterado, yo soy el dueño de este lugar, por lo tanto, jefe de Willy y tu jefe máximo. Me llamo Linus Levinson ―el hombre extendió la mano, John secundó el gesto estrechándola ―Bueno, no les quito más su tiempo señores. Willy, explícale bien como se trabaja aquí.
―Si, señor ―miró a John―. Vamos ―los dos salieron de allí.
―¿Y... la explicación sobre los eventos especiales?
―Ah, eso... pues verás. Los eventos especiales son cuando el jefe tiene invitados o gente importante que contrata otro local que tenemos en el otro lado del pueblo, ya sea para sus eventos personales o de otras personas, también preparamos eventos para gente importante, como pueden ser: banquetes, visitas diplomáticas, bodas, conferencias, y un largo etcétera. En esos casos, el personal con mejor desempeño es llamado, ya que como debes saber, es importante la eficiencia y el profesionalismo. También la paga es mejor, digamos que el triple de lo que ganarías aquí en una buena noche.
Las explicaciones de Willy continuaron por varios minutos, durante los cuales, John fue memorizando cada uno de los detalles que consideró importantes para desempeñar su trabajo. Cuando llegó la hora, fue presentado con el resto del personal y finalmente, a la hora de apertura del Dante's hell, John se posicionó en su lugar a ejercer su trabajo como portero y guardia.
En un principio, todo fue tranquilo, incluso, se le asignó un compañero, que al parecer era uno de los más veteranos en eso.
―Todo se ve tranquilo ¿no? ―comentó Rolando Cháves, el compañero asignado a John.
―Así parece ―contestó el Spartan.
―No te confíes, siempre es así al principio, la mejor parte viene a partir de las nueve, entonces te darás cuenta de lo difícil de este trabajo. Pero no te preocupes, aquí estoy yo para ayudarte colega ―por el tono de voz usado por aquél hombre, John dedujo que no era una buena persona.
A las nueve y casi como si hubiera sido brujería, un mar de gente se agolpaba en la puerta del negocio, haciendo difícil la tarea de mantenerlos fuera. Para John era la primera vez que veía algo así. A pesar de que había una fila en donde los clientes más frecuentes esperaban, muchos otros preferían presionar para que los dejaran pasar. Ante tales reacciones, John pensó que esa sería una noche larga, como nunca pensó que pudieran serlo.
La UNSC infinity había vuelto a la Tierra tras la inconclusa persecución que inició meses atrás, lo que no tenía muy contento al capitán Lasky. La persecución había terminado al irse difuminando los rastros dejados por la pequeña nave, lo que provocó que la inteligencia artificial de la Infinity no puediera calcular el rumbo seguido por los fugitivos. Aún así, en cuanto la enorme nave volvió a su lugar de origen, fue asignada a una nueva misión: encontrar y aprehender a John 117 y a la misteriosa Spartan que lo acompañaba.
En un principio, aquella noticia sorprendió a Lasky, pues nunca imaginó que el piloto de aquella pequeña nave que los dejó en ridículo fuera el Spartan que tanto admiraba. Ciertamente sintió una terrible decepción al enterarse de eso. Pero se sintió aún peor cuando fue comisionado para transportar al oficial de alto rango que se encargaría de rastrearlo y detenerlo para ser llevado a juicio.
―Capitán, entiendo que usted es uno de los oficiales más valorados por la fuerza naval de UNSC. Espero que sirva honorablemente al propósito de esta misión ―decía el contralmirante Harrison.
―Si, señor ―guardó silencio unos segundos―. Aunque todavía me cuesta creer que el jefe maestro haya desertado.
―El jefe maestro en otras ocasiones mostró cierto grado de rebeldía al recibir órdenes. Y estoy enterado que usted estuvo presente en uno de esos momentos.
Lasky recordó el episodio cuando Andrew del Río, el anterior capitán de la infinity, le ordenó que retirara a Cortana de los sistemas de la nave y el jefe maestro se le adelantó para después implantarla nuevamente en su casco. Así mismo, la orden que del Río le dio al Spartan para que le entregara el chip donde Cortana estaba contenida y la consiguiente respuesta negativa del supersoldado.
―Así es, señor ―muy a su pesar, el capitán respondió.
―Entonces estas son las órdenes: buscaremos en cada uno de los planetas controlados por UNSC y los insurreccionistas hasta que encontremos al Spartan 117 y su acompañante. Ahora, ponga rumbo a un espacio equidistante de los planeta a visitar.
―Si, Señor. ―se dirigió a los encargados de la dirección de la nave―. Preparen el salto ―se acercó a una consola de control―. Puente a todo el personal no indispensable, prepárense para un salto desliespacial en 10 minutos.
―Capitán, soy consciente de que hay muchos planetas, por lo que solo nos concentraremos en los que hayan arribado parejas de hombre y mujer en los últimos dos meses y que lo hayan hecho en condiciones extrañas.
―Si, señor.
―Bien, iré a prepararme para mi criogenización. Espero que su desempeño esté a la altura de su reputación capitán ―Harrison se retiró.
Lasky se quedó viendo hacia la dirección por donde se retiró el contralmirante. En su mente aún no había terminado de procesar la información recibida, pero ya había comenzado a crear algunas conjeturas sobre los motivos que llevaron al jefe maestro a huir de la Tierra. Tal vez no todo era como el contralmirante Harrison le había informado, debía haber un motivo más profundo que el simple propósito de desertar.
No conocía bien a Sierra 117, pero por lo poco que pudo convivir con él, tenía la impresión de que le era más fiel a UNSC que a cualquier cosa en la galaxia. Quizás, la única excepción había sido Cortana, pero ella fue destruida junto con el compositor de Didacta; no le dio más vueltas al asunto, debía ir nuevamente a las cámaras criogénicas. Un escalofrío recorrió su espalda al anticipar las quemaduras que sufriría a causa de eso.
Los diez minutos transcurrieron rápidamente, para cuando todo el personal estuvo listo en perfecta hibernación, un portal desliespacial fue abierto por la enorme nave y cruzado por esta casi de inmediato. La búsqueda de John 117 y su extraña acompañante había comenzado.
―Deberíamos ir al lago ―comentó Catherine en la mesa mientras miraba un video en la red―. Ya es sábado y creo que sería agradable que nos separáramos un poco de la rutina. Ya sabes, no todo en la vida es trabajo o escuela.
―Eso sería genial, pero no creo que John quiera ir, seguramente llegará cansado y con sueño, ya que hoy es su primer día... mas bien, noche de trabajo ―Cortana se llevó un pedazo de pastel a la boca mientras miraba el video junto a su hermana.
―Entonces podemos cambiar el paseo para el día en que esté libre ―añadió la más pequeña.
―Por mi no hay problema. Aunque creo que esos días preferirá dormir.
―Si, tienes razón. Es una lástima que ahora su trabajo vaya a ser por las noches ―Catherine sonrió maliciosamente antes de volver a hablar―. Rodeado de toda esa gente. Muchas mujeres insinuándose para poder entrar, algunas de ellas vestidas con unos cuantos trapitos tapando sus cuerpos, otras tantas sensuales, provocativas, eróticas... ―ante cada palabra de la doctora, la imaginación de Cortana creaba una imagen, así como su rostro comenzaba a ponerse rojo por los celos que estaba comenzando a sentir― ...y quizás hasta se llegue a enredar con alguna de ellas ―concluyó como si estuviera platicando cualquier tema sin importancia.
―No lo permitiré. ¡Si me entero que alguna lagartona sedujo a John, te juro que le voy a arrancar los ojos, la lengua, los brazos y las piernas! ―dijo todo eso con verdadera ira.
―¡Esa es la actitud! ¡pelea por lo que amas! ―Catherine se calló un momento. Luego continuó―. Pero todavía no. Eso solo hazlo cuando tengas verdaderos motivos. Además, no creo que John sea capaz de algo así. Ya ves que no es muy sociable. Y en todo caso, estoy segura que él solo te ama a ti.
―¿Y cómo estas tan segura?
―Porque me he dado cuenta la forma en que te mira. Esa mirada hace mucho la tiene, incluso desde antes de que fueras humana. Y yo sé el motivo.
―¿Y cuál es ese motivo?
―Tú lo has tratado con más humanidad que cualquier otra persona, incluida yo. Si él no te amara, no te habría respondido aquél beso que le diste el primer día que estuvimos en este planeta ―Catherine solo había presenciado el segundo beso que Cortana le dio a John, por lo que no sospechaba que anterior a ese le había dado otro horas antes―. Aunque he observado que últimamente te has alejado de él y no has trabajado mucho en su relación.
―Yo no me he alejado de él. Sigo siendo igual que siempre.
―Me refiero a que no has continuado con tu acercamiento «romántico».
―No he encontrado el momento adecuado para ello.
―Y nunca lo encontrarás. Para estas cosas, cualquier momento es bueno. Habla con él cuando estén juntos, ayúdalo en sus actividades aquí en la casa, abrázalo cuando sientas deseos o cuando mires que está triste, bésalo sin razón aparente, cualquier cosa, pero no permitas que la llama se extinga ―la voz de Catherine era emotiva.
―Tienes razón. Pero con una condición.
―¿Cuál?
―No hagas bromas al respecto.
―De acuerdo. Pero recuerda que lo hago por el bien de John. ―unos segundo después―. Pero sigamos viendo videos, al cabo que mañana no tengo clases y puedo desvelarme todo lo que quiera.
Sorpresivamente, el ruido de un vidrio quebrándose llenó la casa. Las dos ocupantes miraron hacia donde escucharon el vidrio para ver que se trataba de una piedra. Cortana, siendo fiel a algunas enseñanzas de John, se posicionó detrás de la ventana, desde donde observó el exterior.
En la calle, un grupo de aproximadamente 20 hombres estaban parados frente a la casa. Al frente de todos, estaba el mismo sujeto que había tratado de agredirlos con una pistola dos meses antes y a cuyo hermano, John dejó inconsciente al estrellarle una botella en el estómago.
Otra piedra cruzó el aire dirigiéndose nuevamente hacia la ventana, pero en esa ocasión, Cortana la atrapó.
―¿Quién es, Cortana? ―preguntó Catherine asustada.
―El tipo que nos recibió cuando llegamos a la casa ―respondió―. Pero ahora viene acompañado de unos 20 sujetos. Supongo que quiere ajustar cuentas ―comentó la mujer.
―¡Eso será un gran problema! ―Catherine había comenzado a temblar de miedo. Pues, aunque había compuesto a Cortana con las capacidades de un Spartan y John le había enseñado algunas técnicas de pelea, temía que tantos contrincantes a la vez fueran demasiados para su hermana― ¿Vas a salir?
―Por supuesto, quiero que de una vez por todas ese idiota nos dejen en paz. Si no lo hago ahora, esto podría ponerse peor con el tiempo.
―Entonces, ten mucho cuidado ―Cortana caminó hacia la puerta. Una vez parada frente a ella―: esto me hará mucho provecho como entrenamiento ―abrió.
Cuando salió pudo ver que todos los presentes frente a la casa iban armados con cadenas, garrotes, piedras y demás objetos que pudieran servir para hacer daño. Cortana estaba nerviosa, nunca se había enfrentado a otro hombre que no fuera John y solo como entrenamiento. Aún así, se armó de valor.
―¿Qué quieren aquí y por qué me han roto el vidrio de mi ventana? ―Si Cortana fuera como otras mujeres, en ese momento estaría escondiéndose en el rincón más recóndito de su casa o tal vez huyendo hacia la casa de un vecino. Pero ella nunca fue así, siempre había sido desafiante y audaz y ese era el momento de confirmarlo.
―¿Te acuerdas de mi? ―preguntó el que estaba al frente del grupo.
―Tu hermano intentó asaltarnos y mi esposo lo derribó con la botella con la cual quiso golpearlo. A ti... ―se rio al recordar la cara de terror que John le provocó al sujeto― ...a ti te quebró un brazo y casi lloraste de miedo cuando te quitaron tu arma ―la muchacha se rió con sorna. Lo que provocó la ira del hombre.
Ante tal burla, el tipo se lanzó contra Cortana, tratándola de golpear con una barra de acero. La chica, en un rápido movimiento, le quitó la barra y lo golpeó con ella a la altura del pecho, fracturándole varias costillas en el acto. El sujeto voló hasta la calle, cayendo a los pies de sus otros compañeros, quienes, al ver tal acción, se asustaron, pues nunca esperaron que una mujer sola pudiera hacer tal cosa, pero el orgullo pudo más y enfurecidos se lanzaron todos contra ella. Fue entonces que Cortana aplicó todo lo que John le había enseñado hasta ese momento.
La chica repartía golpes a diestra y siniestra, siempre midiendo sus fuerzas, pues no quería matar a nadie, mucho menos querían notoriedad, pero aquellos malandrines no se lo estaban poniendo fácil, ya que, alrededor de la casa, se había formado una muchedumbre de vecinos que miraban admirados lo que la mujer de la casa hacía con los pandilleros.
La gente miraba asombrada lo que sucedía con los tipos que intentaban golpear a la muchacha. Catherine observaba desde la ventana rota, ya sin temor alguno al ver lo bien que su hermana se estaba defendiendo. Y es que, la manera en que la joven se movía era increíble, era como si lo hubiera hecho toda la vida, sin duda, había sido una buena idea que John le enseñara a defenderse. Un patada detuvo en seco el avance de uno de los pandilleros, mientras que un puñetazo ponía fuera de combate a otro, incluso se trenzaba a golpes con dos y hasta tres a la vez. Si la gente supiera, se darían cuenta de lo que un Spartan es capaz de hacer, incluso, uno tan inexperto como Cortana.
Minutos después, las sirenas de un auto patrulla se escucharon en la lejanía, producto seguramente de alguno de los vecinos que habría llamado al servicio de seguridad pública. Para cuando la patrulla llegó, los 20 agresores ya estaban en el suelo, repartidos por todo el jardín de la casa y en medio de todos, Cortana, como si nada hubiera pasado, su respiración apenas se había agitado un poco. Más allá de ella, Catherine se había quitado de la ventana y en ese momento se encontraba sentada en los escalones que llevaban a la puerta de su hogar, en su rostro se dibujaba una expresión divertida al presenciar aquel espectáculo.
―¡Bravo! ―gritó emocionada mientras aplaudía― ¡Esa es mi hermana!
―¿Qué pasó aquí? ―preguntó Sánchez, uno de los oficiales que habían llegado al lugar.
―Estos pandilleros agredieron a Caroline, pero ella ya se encargó de ellos ―explicó Bob, uno de los vecinos.
―Parece que no nos necesitaron mucho ―comentó García, el otro oficial en la escena al ver el reguero de hombres por todo el jardín. Los dos policías se acercaron a la única en pie.
―¿Los conoce? ―preguntó Sánchez.
―Solo al que está tirado en medio de la calle, aunque no sé su nombre ―respondió Cortana.
―¿Entonces no es la primera vez que es agredida? ―volvió a cuestionar el oficial.
―No, de hecho, esta es la segunda vez que lo hacen, la primera fueron solo el tipo tirado en la calle y su hermano ―Cortana trataba de sonar calmada― aunque esa vez fue mi esposo quien se encargó de él.
―Bueno, en ese caso, esperaremos a que llegue el transporte para llevarnos a todos estos... maltrechos malhechores ―los ojos del oficial se cerraron levemente mientras sonreía divertido. Al parecer, la mujer no era una damisela en apuros.
Minutos después un camión de la policía llegó al lugar y comenzaron a meter a los delincuentes en él, algunos aún inconscientes. Cortana, como la única adulta de la casa, acompañó a los policías a la jefatura para rendir su declaración y hacer la correspondiente demanda.
Catherine se quedó en la casa a la espera de que su hermana volviera. Algunos vecinos se quedaron con ella para comentar lo sucedido.
―Fue increíble lo que hizo tu hermana ―comentó Martha, una adolescente de 16 años que había hecho amistad con Catherine a los pocos días de haber llegado al lugar. La niña se rió con orgullo.
―Eso fue gracias a lo que mi cuñado le enseñó ―la sonrisa no desaparecía, sin duda estaba muy orgullosa de Cortana.
―Hace mucho que no veía algo igual ―intervino James Williams, un hombre de ascendencia africana de unos 50 años, muy querido entre los vecinos por ser un hombre íntegro―. La última vez que vi algo así fue cuando servía en el cuerpo de marines.
―James ¿Estuviste en el cuerpo de marines? ―preguntó Martha con sorpresa.
―Pero fue hace mucho.
―Y ¿qué fue lo que te recordó la pelea de Caroline? ―cuestionó nuevamente la muchachita.
―Me recordó a los Spartan cuando peleaban cuerpo a cuerpo contra los elites y los brutes en la guerra ―la afirmación del hombre puso un poco nerviosa a Catherine, pues nunca imaginó que alguno de sus vecinos hubiera sido militar. Un error imperdonable para la orgullosa doctora, que se jactaba de ser muy observadora.
―¡Wow! Debió ser emocionante ―dijo con asombró la adolescente―. ¿Y conociste a alguno de ellos?
―Solo uno. Sierra 058, una mujer.
―¿Era bonita? ―las preguntas no se acababan de parte de la chiquilla. Catherine miraba expectante a los dos interlocutores.
―Depende.
―¿Depende de que?
―De si llevaba casco o no ―James se rió sonoramente ante la respuesta que dio.
―¡Ay Jimmy! No me respondas así.
―Esta bien, está bien. Sí, era muy bonita, pero...
―¿Pero qué? ¡No me tengas en ascuas! ―había ansiedad en la voz de Martha. Catherine solo se limitaban a seguir la conversación.
―Tenía la cara cubierta de cicatrices. Y no es que las cicatrices me atemoricen, pero considero que el rostro de una mujer siempre debe lucir inmaculado.
―¡Increíble! ¡conociste a una mujer Spartan! Oye ¿es cierto que son muy callados y serios?
―Si, al punto de que no hablan con casi nadie, solo entre ellos.
Catherine recordó aquella característica de sus Spartans, casi siempre recluidos en sus propios pensamientos y solo mostrando sociabilidad con otros Spartans. Las únicas excepciones allí fueron Kurt 051 y Samuel 034, quienes siempre fueron muy sociables y buscaban la amistad de todo ser humano que se cruzara en sus caminos.
―Ya es tarde ¿por qué no vas a dormir Catya? Tu hermana llegará tarde y tu cuñado está trabajando y también llegará tarde ―dijo James.
―Esperaré aquí. No creo que volvamos a tener problemas ―la voz de Catherine sonaba confiada.
―Mejor me quedo con ella. Ve a dormir Jimmy ―ofreció Martha.
―De acuerdo, pero tengan mucho cuidado y pongan la llave a la puerta ―el hombre se retiró del lugar. Las dos niñas se quedaron solas.
―Como si cerrar la puerta con llave fuera a reparar la vetana rota ―comentó Catherine con sarcasmo.
―Lo dice con buenas intenciones ―defendió Martha a James.
Pasaron alrededor de dos horas hasta que Cortana volvió, sus ojos estaban enrojecidos y medio cerrados por el sueño que sentía. Cuando estuvo frente a la puerta, recordó que se había ido sin llaves. Entornó los ojos reprochándose su estupidez. No le quedó más opción que tocar a la puerta.
―¿Quien? ―se escuchó la voz de Catherine desde el interior.
―Soy yo, tu hermana ―contestó la mujer.
―¿Cuál es la contraseña?
―¿Cuál contraseña? ―preguntó Cortana al escuchar la pregunta de su hermana―. Catherine y sus molestas bromas ―pensó.
―La que acordamos que diríamos cuando yo estuviera sola.
―¡Abre de una maldita vez!
―Dime la contraseña.
―No acordamos ninguna contraseña y ya deja de estar bromeando que no tengo tu tiempo ―La puerta se abrió― Cat... ―Cortana se dio cuenta que su hermana no estaba sola― ...tya no me vuelvas a hacer bromas como esta ¿de acuerdo?
―Qué poco sentido del humor tienes hermanita.
―Tú eres la que hace bromas molestas.
―Buenas noches ―saludó Martha con voz somnolienta y los ojos hinchados por el sueño.
―Gracias por quedarte con Catya. ¿Cómo te lo puedo agradecer?
―No es nada, para eso estamos los vecinos ―la chica se acercó a la puerta, Cortana le dio el pase―. Buenas noches, debo ir a dormir.
―De nuevo gracias y buenas noches.
―Hasta mañana Catya.
―Hasta mañana.
Mientras Martha se alejaba de la casa, Cortana cerró la puerta, caminó hacia la sala donde los vidrios ya habían sido recogidos por Martha y Catherine. Se dejó caer en el sofá más grande mientras Catherine se sentaba a su lado.
―Fue más agotadora la declaración y denuncia que la pelea.
―Eso suele suceder en este tipo de cosas ―afirmó Catherine mientras se recostaba sobre el regazo de su hermana―. ¿Tienes sueño?
―Mucho. Pero creo que es mejor esperar a que John vuelva del trabajo, no sea que todavía haya algún amigo de aquellos tipos y quiera venir a golpearnos ―Catherine la vio con cara de burla. Cortana se dio cuenta de eso―. ¿Qué? Es mejor eso a que nos atrapen dormidas ¿no crees?
―Tienes razón.
Las dos chicas se quedaron en el sofá a la espera de John, quien llegó hasta pasadas las tres de la madrugada, momento para el cual, ya las dos muchachas se habían quedado dormidas por lo que no se dieron cuenta cuando él entró.
John, para quien el contacto con otras personas era algo extraño, había concluido su jornada con un terrible dolor de cabeza. Había tenido que lidiar con la terquedad de varios clientes, las ganas de ir al baño y el horrible griterío de todas las personas reunidas allí, incluyendo a las del interior. De todos los trabajos por los cuales había pasado, ese sin duda era el peor. Pero ya no se podía dar el lujo de perderlo, pues si lo hacía o renunciaba, Catherine y Cortana seguramente le reprocharían y no estaba de humor para aguantar los reclamos de las dos mujeres.
Se disponía a subir las escaleras que llevaban a las habitaciones cuando se dio cuenta que Cortana y Catherine dormían en el sofá, seguramente se habían quedado esperándolo. Él no era muy emotivo, pero si algo sabía apreciar, era el cariño que sentía de y hacia esas dos mujeres. Además de su paciencia y consejos para que pudiera adaptarse a la vida civil, cosa por la cual siempre estaría agradecido.
Bajó de las escaleras y se acercó al sofá. La imagen que vio le hizo olvidar el dolor de cabeza. Catherine dormía sobre Cortana. La mayor abrazaba a la niña y más que hermanas, parecían madre e hija. Algunos recuerdos de su infancia vinieron a la mente de John. A veces, se quedaba dormido en los brazos de su madre mientras ella le leía algún cuento o sentía miedo de quedarse solo en la oscuridad de su habitación.
Observó con más detenimiento a Cortana, sus ojos cerrados se movían rápidamente, signo de que soñaba, se preguntó «¿con qué estará soñando?», el cabello esparcido por la superficie del sofá, los labios ligeramente abiertos lo invitaban a besarlos, pero se abstuvo, no quería arruinar la imagen que veía. En silencio, John se alejó y subió hasta su habitación, donde, sin quitarse la ropa, se acostó a dormir. El sueño lo envolvió inmediatamente mientras la casa permanecía en silencio.
―Me gustas ―decía una voz femenina perdida en la oscuridad― hace mucho que siento esto por ti.
―¿Qué quieres decir con eso? ―preguntó otra voz, esa vez masculina.
―Me atraes y me gustaría que fuéramos más que compañeros; más que amigos.
―No comprendo ―la oscuridad se iba alejando, permitiendo ver a las personas que hablaban.
―Tal vez esto te ayude a comprender ―la mujer, Serin Osman, besaba al hombre, John 117.
El beso se prolongó por varios segundos, durante los cuales, John no respondió. Serin aumentaba la pasión del beso hasta que John la separó de él.
―Ahora comprendo ―John la miraba fijamente, aumentando las esperanzas de Serin.
―Pero él no puede corresponderte ―se escuchó otra voz femenina. Serin volteó para todos lados pero no vio a nadie―. ¿Quién es?
―Yo soy aquella que te quitará su amor ―respondió la misteriosa voz.
―¿Quién eres? ―volvió a preguntar, pero con más fuerza.
―Ya te lo dije.
―¡Muéstrate!
―De verdad ¿quieres saber quién soy? ―la voz sonaba burlona, sarcástica.
―¡Quiero ver tu rostro! ―la ira en Serin aumentaba con cada segundo transcurrido.
―Si tanto quieres verme, aquí estoy.
La voz poco a poco fue tomando forma. Una figura de color azul brillante apareció lentamente, abrazando a John por la espalda. Cuando el cuerpo finalmente se solidificó, reveló a una mujer cubierta por una armadura mjölnir, el casco le impedía ver su rostro.
―¡¿Quién eres?!
―Ya sabes.
John le dio la espalda a Serin, la misteriosa mujer se quitó el casco, pero el cuerpo del hombre le impidió nuevamente ver su rostro.
John se inclinó hacia aquella mujer y ella elevó su rostro hacia el de John, los ojos de Serin se abrieron enormemente cuando ambos se besaron apasionadamente.
Ella corrió para separarlos. Quitó a John y tomó por el cuello a la mujer, solo para descubrir que esta no tenía rostro.
―¡¿Quién eres?! ―los gritos de Serin eran ya desesperados.
―Yo soy a quien él realmente ama ―una risa burlona salió de aquella mujer sin rostro, la risa pronto se convirtió en carcajadas.
Los ojos de Serin rápidamente se llenaron de lágrimas y odio hacia aquella mujer desconocida. Continuó apretando su cuello, cada vez más y mas, hasta que no tuvo fuerzas para seguir. Pero la risa no dejaba de sonar.
―¡Cállate, cállate, CÁLLATE!
La almirante Osman despertó abruptamente, su respiración era agitada, sudor corría por su frente y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Todo había sido una pesadilla mezclada con recuerdos. Las lágrimas se desbordaron y corrieron por sus mejillas. Podría ser una Spartan y haber recibido el entrenamiento más duro que el ser humano haya inventado, pero eso no quitaba el hecho de que aún era mujer, y como tal, sentía.
A pesar de los años transcurridos desde que se le declaró a John, Serin Osman seguía sintiendo lo mismo. Había intentado olvidarlo y por un tiempo lo logró. Pero cuando la noticia de su muerte llegó a sus oídos, los recuerdos afloraron nuevamente y la sensación de pérdida fue devastadora. Y tiempo después, cuando se descubrió que él aún vivía, le hizo recordar que, aunque él estuviera vivo, jamás sus ojos la verían como mujer, por más que ella lo deseara. No obstante, eso no impediría que ella luchara para ganar su corazón. Y si debía matar para lograrlo, lo haría sin dudar.
La luz del amanecer llegó pocos minutos después de haberse despertado, miró su reloj de pulso, el cual había puesto en la pequeña cómoda al lado izquierdo de su cama. Las 6:23 de la mañana. Se levantó, y se dirigió al baño para satisfacer sus necesidades fisiológicas y asear su cuerpo.
Cuando por fin entró bajo el chorro de agua helada, sintió su cuerpo relajarse, a pesar de ser diciembre, a mitad del invierno. Minutos después salió, ninguna prenda cubría su cuerpo empapado. Tomó una toalla y procedió a secarse. El sueño que tuvo le daba vueltas en la cabeza una y otra vez, provocando que el odio hacia la mujer desconocida creciera cada vez más.
Ese era su día libre, por lo tanto, podría deshacerse de las tensiones en algún ejercicio de combate mientras abusaba de sus subordinados al quebrarles algunos huesos. Eso era lo que haría, imaginaría que esos soldados eran la mujer sin rostro de su sueño. Con esos pensamientos, Serin Osman abandonó su departamento.
―¡Buenos días John! ―saludó con voz alegre Cortana desde la cocina. John solo gruñó, aún sentía los efectos del desvelo―. Parece que aún te queda sueño.
―Nada que una taza de café no cure. ¿Dónde está Catherine?
―Ahí, a tu derecha.
―Hola ―dijo la doctora cuando John miró hacia ella―. Te ves horrible. Ven, te daré algo para que no parezcas zombi.
John la siguió hasta el sótano de la casa, el cual, más que un sótano, parecía un centro de comando, por todos los equipos de cómputo que había. Además, había una cama en caso de que se presentara un enfrentamiento en donde alguno de ellos saliera herido. Al lado de la cama había un estante con numerosos medicamentos, todos ellos, robados del inventario de UNSC y que un día John se había encargado de trasladar desde otro compartimiento de carga de su nave escondida en el bosque; Catherine tomó un pequeño frasco y extrajo de él dos tabletas.
―¿Esto qué es?
―Son para el dolor de cabeza. Tómatelas con el café y verás que dentro de poco estarás como nuevo.
―Espero que si ―volvieron a la cocina.
―Hay café en la cafetera, sírvete, mientras, yo te haré el desayuno.
―Será comida, ya casi es la una ―corrigió la niña.
―¿Cómo te fue anoche? ―preguntó Cortana con interés.
―Preferiría enfrentarme yo solo contra todo el Covenant y forerunners juntos en vez de eso.
―Cuidado con lo que deseas ―intervino Catherine.
―Te estuvimos esperando anoche, pero creo que nos quedamos dormidas porque no te sentimos llegar. ¿A qué hora llegaste? ―Cortana decía mientras terminaba de preparar el desayuno de su querido Spartan.
―Pasado de las tres.
―Por cierto. Cortana tuvo una gran aventura anoche ―señaló Catherine mientras se inclinaba en la mesa subida en una silla.
―¿Aventura? ―preguntó John con genuino interés.
―Si. Se peleó con 20 sujetos y los golpeó a todos sin recibir un solo rasguño. Y todo gracias a ti. Fue genial ―orgullo en las palabras de la doctora.
―¿Es cierto? ―John miró hacia Cortana.
―Más o menos ―sonrió con cierta vergüenza.
―Eso me da tranquilidad ―sonrió, algo muy raro viniendo de él.
―¿Por qué tranquilidad? Pudieron haberme matado ―reprochó la mujer.
―Me da tranquilidad porque así no tendré que preocuparme tanto por su seguridad. Míralo de esta manera: lo de anoche fue tu prueba de fuego en combate cuerpo a cuerpo. Aunque, aún debo enseñarte a disparar un arma.
―Eso puede ser después. Por lo pronto, Catherine y yo iremos a dar un paseo por el lago ¿Quieres venir?
―De acuerdo, aunque preferiría quedarme a dormir un poco más. Sin embargo, si lo hago corro el riesgo de dormir de más.
Media hora después, los tres caminaban tranquilamente por el malecón construido en la orilla del lago. Catherine en medio de los dos adultos bajaba la velocidad de su andar en un intento porque aquellos dos se acercaran más y cada vez que lo hacía, los otros dos la apuraban. Pero su mente siempre en movimiento ideó un nuevo plan.
―John, ya me cansé ¿por qué no nos sentamos un rato? ―Catherine fingía cansancio, aunque distaba mucho para eso.
―De acuerdo ―los tres se sentaron en una banca cercana a la orilla del lago. Sin embargo, el plan de Catherine no fue tan eficaz, pues volvió a quedar en medio de los otros dos.
―Debo hacer algo, pronto... ¡ya sé! ―la pequeña doctora giró su rostro hacia Cortana― ¿Hermanita, me das dinero?
―¿Y desde cuando te debo dar dinero? Que yo sepa, tú siempre traes el tuyo en la bolsa.
―Lo olvidé ¿de acuerdo? Soy humana, a veces me olvido de las cosas ―guiñó un ojo, gesto que Cortana no supo interpretar― ahora dame dinero, quiero comprarme un helado ―Cortana le dio el dinero. La aparente infante se acercó a su oído―. Suerte con John ―inmediatamente se alejó de ahí.
En ese momento, Cortana entendió todo el teatro hecho por su hermana. Aún así, el nerviosismo comenzó a invadirla, no se sentía segura para dar el siguiente paso en su relación con John. Entonces, recordó la conversación que tuvo con Catherine la noche anterior, y los consejos que ella le dio. Finalmente, decidió que no debía seguir con su indecisión, si continuaba así, corría el riesgo de que otra mujer le ganara la partida. Fue así que ella comenzó a hablar.
―Oye, John ―Él gruñó―. ¿Sabes? el otro día me estaba acordando de algo que ocurrió hace poco.
―¿Qué era? ―preguntó John sin interés, tenía más sueño que otra cosa.
―El beso. Cuando descubrimos a Catherine en la cámara criogénica y huí, te dí un beso ¿recuerdas?
¡Y vaya que lo recordaba! Incluso le había estado dando vueltas en su pensamiento por varios días, para finalmente restarle importancia. Aún así, cuando lo recordaba, los sentimientos afloraban con fuerza, creándole la extraña necesidad de volver a repetir la experiencia, mas acallaba tales sentimientos bajo la excusa de que no quería incomodar a la chica. Por su lado, Cortana había estado ansiando una oportunidad como esa para poder repetir lo que había hecho.
―Lo recuerdo ―trató de fingir indiferencia. Su intento no fue del todo exitoso.
―Veo que si, estás ¿ruborizado? ―aunque la chica sonreía, se sorprendió al ver que John tenía la cara roja, y su palidez natural no le ayudaba, a pesar de que ya no era tan pálido como antaño―. ¿Y sabes otra cosa? ―él volteó a mirarla, aunque su mente le dijo que no lo hiciera―. Todo ese tiempo he estado deseando hacerlo de nuevo. Y no creo que este sea un mal momento para repetirlo.
La chica se fue acercando lentamente a John. Él, por su parte, permanecía inmóvil, como si su cerebro y su cuerpo se hubieran desconectado. Cortana estaba cada vez más cerca, sus ojos medio abiertos le daban un aspecto dulce, soñador y muy sensual a la vista del gran Spartan. Permaneció así hasta que los labios de la mujer tocaron los suyos.
La sensación, aunque conocida, despertó en John los mismos sentimientos que aquella primera vez. Y como esa misma ocasión, se dejó llevar por sus instintos correspondiendo al beso. Eso agradó a Cortana, que profundizó el acto. No era un beso apasionado como en las películas o la televisión, más bien, era tranquilo, pero no por eso menos intenso.
Catherine observaba desde la distancia, oculta detrás de unos arbustos, su rostro cubierto de alegría. Sus niños finalmente estaban creciendo, solo esperaba que ese crecimiento no se volviera a detener por tanto tiempo. Le dio una probada a su helado mientras seguía viendo a los dos enamorados.
Después del beso, Cortana se recostó en el hombro de John.
―Cortana, quiero saber algo ―aunque seria, la voz de John denotaba cierto nerviosismo.
―¿Qué cosa? ―ella sonaba relajada.
―¿Desde cuándo?
―¿Desde cuándo qué?
―¿Desde cuándo sientes... esto?
―Desde hace mucho... te parecerá raro, pero, desde antes de ser humana. Desde que me rescataste de Gran Caridad. Antes de eso, solo era amistad lo que sentía por tí. En un principio traté de negármelo, pero con el tiempo ese sentimiento fue creciendo y cuando entré en rampancia, ese sentimiento me hizo sacrificarme para que tú vivieras cuando destruiste la nave de Didacta. Claro que, justo antes de la explosión, esos mismos sentimientos me hicieron recapacitar y envié mi personalidad más estable a tierra, y la Cortana que viste en el cubo de luz sólida no era mas que un eco de mí misma ―la chica guardó silencio unos momentos―. Pero... ¿qué sentiste tú?
―Soledad ―la palabra en sí era triste, y oyéndola en los labios de John, lo era aún más.
―Ya veo.
―Odio la soledad. Toda mi vida estuve solo... hasta que llegaste tú. En aquel momento, por primera vez, supe lo que era no estar solo. Con el tiempo, aquella sensación fue haciéndose más fuerte, así que, cuando desapareciste, sentí la soledad como nunca la sentí...
―John ¿te me estás declarando? ―interrumpió.
―No lo sé.
―Si ese es el caso, deja que yo hable ―John volvió su rostro hacia la chica―. John, te amo... ¿tú me amas?
La pregunta del millón, «¿tú me amas?». Le gustaría decírselo, pero su carácter retraído y la incapacidad para externar sus sentimientos jugaban en su contra. Cuando se trataba de asuntos militares, era extremadamente eficiente, y su vocabulario más que amplio. Pero en cuestiones como la que en ese momento le atañía, era un completo inútil. No obstante, debía darle una respuesta a la mujer frente a él. Aquella que había sacrificado todo por él y que incluso había ofrecido su existencia para que él viviera. La chica que le había ayudado a conservar la poca humanidad que aún tenía y aún se esforzaba por mantenerlo así. Se sentía inseguro ¿Qué debía hacer? Sus sentimientos estaban claros, pero no sabía como expresarlos. Aunque, quizás era solo una palabra la que ella quería oír...
―Si ―una respuesta simple, pero encerraba todo lo que él sentía por aquella mujer. Cortana no necesitaba más.
―Entonces ¿Qué hemos estado haciendo todo este tiempo? ―hubo silencio―. Hemos desperdiciado nuestras vidas buscando algo que tal vez nunca perdimos ―se respondió ella misma.
―¡Hey, hey! ―la voz de Catherine rompió el momento―. Que bonitos se miran juntos. Hasta parecen pareja.
―¿Y a caso no lo somos? ―contestó John contra todo pronóstico, pues lo usual hubiera sido que Cortana respondiera. La joven se sonrojó y sonrió. Catherine se quedó callada, sorprendida de que su querido Spartan por fin admitiera lo obvio.
―Quieres decir que...
―John y yo por fin somos... tú sabes ―respondió Cortana.
―Se me hace que los sobrinos están más cerca de lo que creía ―comentó con sorna la pequeña doctora mientras se terminaba el enésimo helado de la tarde.
―¿Sobrinos? ―preguntó John confundido.
―No le hagas caso, está loca ―disimuló Cortana―. En fin, creo que ya debemos regresar a la casa, pronto tendrás que irte a trabajar y no quiero que llegues tarde.
Fue así que los tres regresaron a su hogar, aunque con una diferencia notable... Cortana y John iban tomados de la mano, mientras Catherine sonreía satisfecha por haber desaparecido de la escena y haber logrado juntar más a aquellos dos seres.
Unas horas más tarde, Catherine tocaba la puerta de la habitación de John, mientras la entreabría para entrar.
―John ¿Puedo pasar? ―preguntó.
―Adelante.
―John ¿Qué se siente tener una mujer que te ama? ―sin rodeos, como siempre había sido con su favorito.
―Es nuevo para mi. No puedo dar una opinión al respecto.
―Vamos, no seas tan frío. Apuesto que sientes algo. No te quedes callado, dímelo, sabes que puedes confiar en mi ―trataba de dar confianza al supersoldado. John suspiró.
―He sentido muchas cosas por Cortana desde hace mucho tiempo. Pero...
―Pero...
―Nunca había tenido la oportunidad de externarlo. Es como si de repente tuviera un mundo nuevo delante de mi. Y todo ha ido en aumento durante los últimos dos meses, especialmente en las últimas horas.
―Eso es porque realmente es un mundo nuevo. Pero no es un mundo donde puedas solamente mirar o escuchar. Es un mundo donde también debes sentir lo que el otro siente. Este es un mundo que debes explorar en compañía de quien amas.
―Esto es muy raro para mi.
―Lo es para todos la primera vez. No te sientas mal si no sabes como actuar. A todos nos sucede todo el tiempo. Pero si juegas bien tus cartas, Cortana será tuya para siempre.
―¿De verdad lo crees?
―¡Claro que si! Ella te ama mucho. Lo mejor que puedes hacer es ir saliendo de esa coraza que te cubre y abrirle tu corazón. Estoy segura de que ella se alegrará al saber que le correspondes. Pero sobre todo... ámala, eso es lo más importante.
―Catherine. Hay algo que hace un tiempo he querido platicar contigo.
―¿Y qué es?
―He tenido sueños raros, en los que Cortana y yo estamos acostados en una cama, ambos estamos desnudos y bueno... ella y yo...
―No me digas más. Eso seguramente se debe a que la deseas, lo cual no me sorprende, lo que sí me sorprende es que ninguno de los dos haya dado el primer paso para que eso se cumpla. Si lo planteamos de otra manera, son tus deseos reprimidos hacia ella.
―Pero, Catherine, yo...
―Hace mucho que no tienes contacto carnal con una mujer... ¿cierto? ―él asintió―. Bueno, a tu favor diré que ella nunca ha tenido esa experiencia con nadie, lo que te da la ventaja en ese punto. Pero en cuestión de amor, los dos son unos completos inexpertos, lo que de verdad no es malo. No tengas miedo. Y ya, termina de arreglarte porque se te va a hacer tarde para irte a trabajar.
Catherine salió de la habitación, bajó las escaleras y se fue a la sala a buscar a Cortana. La joven la vio llegar con una sonrisa que demostraba satisfacción.
―¿Por qué tan sonriente?
―Vengo de hablar con John y sinceramente necesita que lo ayudes a salir de su coraza; hoy en el lago dieron un paso muy importante en su relación, pero depende de ustedes dos que esa relación se fortalezca. Por lo tanto, cuando él se vaya a trabajar, despídelo desde la puerta, si es posible con un beso y palabras bonitas, eso le demostrará que te importa su bienestar. Y aunque no lo creas, eso lo hará sentir bien.
―¿Segura?
―¡Por supuesto! Lo conozco bien, y no es todo lo frío que aparenta. Es solo que ha pasado tanto tiempo careciendo de cariño que ha olvidado como recibirlo y como darlo. Por eso, te encomiendo esa tarea.
―Hablas como si fueras a dejarnos.
―No, para nada. Es que yo solo soy una intermediaria entre ustedes. Y por si fuera poco, solo soy una hermosa niña de seis años. Al menos en apariencia.
―Como siempre, sacando tu aparente edad cuando te conviene.
―Pero hablando en serio. Eso es algo que solo ustedes dos pueden hacer. A mi no me corresponde hacerlo.
―En ese caso, lo haré ―luego cambió su tono de voz―. Pero no quiero que andes haciendo bromas acerca de eso.
―Y ya vamos con lo mismo.
―Tú siempre estás haciéndonos bromas bochornosas.
―Lo siento, lo siento. A veces no puedo evitarlo.
John bajó minutos después, para entonces, Cortana ya lo esperaba en la puerta.
―Pensé que nunca bajarías ―la chica sonreía.
―Estaba pensando.
―¿En qué? ―curiosidad en sus palabras.
―En lo que ha acontecido con nosotros últimamente, especialmente lo de hoy.
―¿Y bien? ―la chica comenzó a sentirse levemente nerviosa.
―Tal vez no hemos avanzado lo suficiente en todo este tiempo, y me gustaría que lo hiciéramos. Quiero avanzar en esto, pero no sé cómo hacerlo.
―Quizás lo que necesitamos es un poco de privacidad para hablarlo con más detenimiento. Pero no te preocupes, ya lo tendremos y entonces, podremos hablar todo lo que queramos. Pero ahora debes irte a trabajar ―ella lo tomó por el cuello y lo acercó a ella para besarlo―. Cuídate. Te amo.
John se sorprendió gratamente con las palabras de la chica. Y aunque no era la primera vez que se lo decía, el efecto fue el mismo de siempre; la abrazó suavemente y después se marchó.
―¿Ves que yo tenía razón? ―intervino Catherine una vez que John se fue.
―Creo que seguiré haciendo esto después de todo ―la joven mujer sonrió alegre. Sin duda su relación con John estaba llegando a nuevas alturas.
Dos meses más transcurrieron, la UNSC Infinity salía del desliespacio en una zona de la galaxia carente de estrellas y casi equidistante de los pocos planetas que la humanidad aún habitaba. Viarias naves de menor tamaño salieron al espacio con la misión de encontrar a John 117 y a su acompañante, lo que sería una tarea titánica, pues cada nave llevaba diez pequeños contingentes de tres personas que se encargarían de revisar cada población de cada planeta asignado.
Franklin Harrison observaba las naves que se marchaban en compañía de Thomas Lasky, quien, a pesar de estar decepcionado por el accionar del jefe maestro, seguía admirándolo. En cambio, Harrison estaba ansioso por encontrar al hombre que permitió que su familia muriera. Sus deseos por destruirlo eran patentes, aunque tratara de ocultarlo bajo una poco convincente capa de profesionalismo y deber.
Antes de eso. El capitán Lasky, después de recuperarse de la criogenización, comenzó a hacer funcionar su cerebro pensando en las razones por las que un Spartan decidiría desertar, mas nada vino a su mente. Según la información que recibió del contralmirante Harrison, el jefe había huido con otro Spartan, una mujer.
Entonces, su cerebro comenzó a hacer las conexiones que lo llevaron a la misma conclusión que a la almirante Osman, aunque con ciertas variantes... Sierra 117 y la Spartan desconocida tenían una relación en secreto y habían decidido huir antes que aceptar su separación por orden del alto mando de UNSC, pues, como se había enterado hacía un tiempo, los Spartan tienen prohibido retirarse del servicio o formar lazos afectivos más allá de los del simple compañerismo con otros soldados.
Si todo lo anterior era cierto, no podría privar al jefe de aquello, simplemente no podría, mucho menos, sabiendo lo que el amor puede hacer con la mente de un hombre. Él lo sabía muy bien... lo había sentido con Chyler Silva, su primer amor. Su muerte fue un duro golpe para él y el único que le dio unas palabras de aliento había sido precisamente el hombre al que ahora perseguía. La conciencia de remordió al imaginarse a él mismo arrestando a John 117, separándolo de la mujer a la que tal vez amaba.
El capitán, parado allí, al lado del contralmirante no pudo evitar sentir cierta aversión por su superior, tal parecía que aquella operación era más por cuestiones personales que por la seguridad de la Tierra y sus colonias.
―Spartan Sarah Palmer reportándose ―se escuchó una voz detrás de ellos. Harrison frunció el ceño en señal de desagrado.
―Comandante ―el contralmirante ofreció su mano en señal de saludo, a pesar de su animadversión.
―Se me ha informado que tiene una misión especial para mi.
―Así es, comandante. Usted se encargará de visitar cada planeta en donde se llevará a cabo la misión de búsqueda y el primero que visitará será Lenapi, posteriormente, Minister, Nueva Cartago, Ballast, Venezia, Andesia, Cascade y Forseti. Todos en ese orden. Si encuentra algún indicio, deberá hacérmelo saber de inmediato.
―Si, señor.
―Prepárese para partir de inmediato ―la comandante estaba por retirarse cuando las palabras de Harrison la detuvieron―. Una cosa más, comandante.
―¿Cuál, señor?
―Procure no resaltar mucho, no quiero que, si por alguna razón el jefe maestro está en alguno de esos planetas, alertarlo y provocar de nuevo su huida.
―Seré silenciosa, señor, de eso debe estar seguro ―la Spartan se retiró del lugar.
La comandante Palmer caminaba por los pasillos de la infinity con dirección a la sala holográfica donde, seguramente, la mayoría de sus compañeros Spartan IV estarían entrenando. Si iba a bajar a uno de los planetas, llevaría consigo un grupo de compañeros con los cuales se aseguraría la captura, en caso de que John 117 estuviera presente.
Sarah estaba sorprendida de que John 117, el Spartan más condecorado de todos, una leyenda viviente, hubiera desertado. Simplemente aquello le parecía una locura, y lo peor del caso, es que lo había hecho junto a otro u otra Spartan. Sin embargo, lo que le parecía realmente raro era que esa Spartan era desconocida, pues según los registros de UNSC todos los Spartan de la galaxia estaban en sus respectivas bases, no había informes de que alguno, a excepción de sierra 117, hubiera desaparecido de la noche a la mañana.
Para la comandante Palmer, la extraña mujer Spartan que acompañó a sierra 117 era producto de ONI, conocidos por crear proyectos secretos, sin apegarse a cualquier base legal, ética o moral y sin tomar en cuenta la opinión de los altos mandos de UNSC ni del gobierno civil. Tal vez lo que estaba pasando era un ejercicio secreto creado por los altos mandos para evitar que los Spartan se ablandasen. Claro que todo podía ser solo una gran mentira y el jefe maestro estaba solo de vacaciones. Con las cosas que había visto, Sarah podía creer cualquier cosa, incluso que esos dos se habían enamorado y huido juntos, tal como esos personajes que salían en las películas que algunas oficiales miraban en sus tiempos libres.
Llegó a la sala holográfica, detuvo el programa de entrenamiento y entró, todos los Spartan en la sala protestaron ante la cancelación de su entrenamiento. Sin embargo, en cuanto vieron a la comandante, todos se pusieron en formación y saludaron respetuosamente a su líder.
―¡Buenos días, señora! ―saludaron todos sin excepción.
―En descanso soldados. Señoras, señores, tenemos una nueva misión. Equipo Majestic, venga conmigo ―los cinco integrantes del equipo siguieron a la comandante.
―¿Cuál es la misión, señora? ―preguntó DeMarco, el líder del equipo.
―La mayor que hemos tenido hasta la fecha ―la comandante se detuvo, los demás la imitaron.
―Esa mirada no me gusta ―murmuró Hoya.
―Ni a mi ―secundó Madsen.
―Silencio ―intervino Grant.
―Debemos capturar a un Spartan desertor y a su acompañante, una Spartan misteriosa de la cual no tenemos identificación.
―Y ¿se puede saber quien es el Spartan desertor? ―preguntó con confianza DeMarco. Palmer suspiró, no le gustaba nada eso.
―Sierra 117 ―todos comenzaron a murmurar, simplemente aquello no podía ser posible―. Silencio, soldados. Las órdenes son las siguientes: la misión al principio será solo de búsqueda, por lo que visitaremos diferentes planetas en donde posiblemente se esconda; si lo encontramos, no intervendremos en ningún momento con sus actividades e informaremos directamente al contralmirate Harrison quien nos dará la orden de qué hacer con él y su acompañante en caso de que aún sigan juntos. Vayan a su dormitorio y preparen ropa civil, nos confundiremos con la población.
―¿Usted también irá comandante? ―preguntó DeMarco.
―Esas son mis órdenes ―la mujer se retiró.
Los cinco Spartans se pusieron en marcha, aunque se sentían extraños por la misión que debían cumplir.
―No lo puedo creer ―comentó Hoya―. Debemos capturar a sierra 117.
―¿Te da miedo? ―preguntó Madsen en tono de burla.
―Por supuesto que no. Es que, escuchar Sierra 117 me sorprendió. Ya sabes, el tipo es una leyenda viviente. Ningún Spartan ha hecho lo que él. Vamos, ninguno de nosotros sobreviviría a lo que él ha sobrevivido ―había entusiasmo en la voz de Hoya.
―Pero ahora es un desertor, y como tal, debemos capturarlo. Aunque, todavía me parece muy extraña esa orden de solo observarlo. Es como si el contralmirante quisiera llevarse toda la gloria ―Grant era muy perceptiva―. Llámenlo intuición femenina, pero yo creo que esto va más allá de lo meramente profesional.
―¿Y en qué te basas para decir tal cosa? ―Madsen preguntó no muy convencido del argumento de su compañera. ―Grant iba a responder, pero Thorne, el único que no había hablado intervino.
―Escuché que la familia del contralmirante Harrison murió durante una misión de rescate en la que Sierra 117 era el encargado. La verdad, es que no me sorprendería que ahí haya odio de por medio.
―Pues si las cosas son así, nos estamos metiendo en asuntos personales. Lo que realmente no me agrada del todo ―DeMarco cerró la conversación―. Pero basta ya de tanta conversación, escojan la ropa que van a llevar y después nos reuniremos en la bahía de desembarco 10.
―Oye, Grant ¿te llevarás esas tanguitas tan sexys que guardas en tu casillero? ―preguntó Hoya a manera de broma.
―¿Esas que te vi puestas el otro día? ―bromeó la mujer del grupo. El resto rió.
―Si las llevas te enseño como usarlas. Te vas a enamorar de mi cuando veas lo bien que me quedan ―Hoya movía su cadera adelante y atrás mientras reía con sus palabras―. Oye ¿qué opinas Thorne?
―A mi no me preguntes, pregúntale a Madsen.
―Madsen, amigo ¿qué opinas?
―No opino nada. Solo me pregunto qué ropa llevará la comandante Palmer. Espero que unas tanguitas tan sexys como las de Grant ―el par chocó sus palmas en señal de complicidad.
―Hombres, todos son iguales ―comentó Grant mientras se alejaba molesta.
Una hora y 15 minutos después, los cinco integrantes del equipo majestic se encontraban agrupados en la bahía de desembarco número 10 de la Infinity.
DeMarco vestía todo de negro y combinado con su corte militar casi a rape, le daba un aspecto agresivo.
Hoya vestía camisa azul marino con pantalón beige y zapatos negros. Y por su condición de hombre de color no se veía tan «raro» como DeMarco, pues es más común ver a un hombre negro con cabello muy corto.
Thorne, camiseta estampada con motivos de un banda de rock, pantalones de mezclilla y tenis era el que más civil parecía.
Madsen era el más informal al usar short y sandalias en conjunto con una camiseta sin mangas y lentes oscuros.
La mujer el grupo, Grant, se había vestido con pantalones ultra cortos de mezclilla y blusa sin mangas blanca, como calzado unos tenis negros de lona. Sin duda, al ser la chica entre todos los hombres, no pudo evitar ser objeto de piropos y bromas subidas de tono.
Pocos minutos después, llegó la comandante Palmer, ataviada con minifalda blanca, blusa tipo polo de manga corta y sandalias a juego. Sin dudas, la sensación del momento. Aunque ninguno de los hombres presentes se atrevió a lanzarle piropos, no eran tan estúpidos como para arriesgarse a pasar un mes de arresto por andar diciéndole piropos a su comandante. Aunque interiormente, ya comenzaban a pensar en varias imágenes eróticas que la tenían como protagonista.
―Bien Señores y señora. A partir de este momento comienza nuestra misión. Sinceramente espero que no tengamos que prolongarla mucho y sobre todo, espero profesionalismo de su parte ―la comandante guardo silencio por unos segundos para luego agregar― Por cierto, Madsen y Hoya, acostumbro usar ropa interior de lo menos sexy que pueda, en caso se encontrarme entre pervertidos como ustedes. Vámonos.
Todos subieron a un pequeño transporte con capacidad desliespacial entre burlas a Madsen y Hoya por haber iniciado aquella conversación sobre ropa interior femenina. Todos se acomodaron en sus respectivas cámaras criogénicas para dormir durante las próximas dos semanas, tiempo que duraría el viaje hasta Lenapi.
Osman se había quedado en el cuartel principal de UNSC después de haber pasado su día libre golpeando marines a diestra y siniestra mientras participaba en un juego de guerra. Los pobres soldados habían tenido la suerte de que no llevara su armadura potenciada o de lo contrario estarían muertos; contrario a lo que pensó aquella mañana, su malestar no se había disipado. Los malos pensamientos que su sueño le acarrearon no desaparecieron y en cambio, aumentaron. Con cada nuevo pensamiento que su mente inventaba, su ira crecía.
Finalmente, y con todo su odio en ebullición, decidió que iría hasta la Infinity y comandaría la misión de captura de John y su acompañante personalmente. Se aseguraría de hacer sufrir a esa perra por quitarle el amor de John y al hombre por haberla rechazado.
―Deberías quitar esa cara Serin ―dijo una voz detrás de ella. La mujer se volteó para ver quien era.
―No tengo otra ―contestó. Reconocía esa voz y no le gustaba que ese hombre estuviera allí.
―Lo sé, es solo que nunca te había visto con esa expresión y me pregunto ¿qué clase de pensamientos impuros estarás teniendo para que tu rostro se tuerza de esa manera? ―Frederic 104 era uno de los mejores amigos de John dentro del cuerpo de Spartans. Con él y su compañera Kelly 087 habían llevado a cabo muchas misiones.
―No te incumbe.
―Vamos Serin, que ya no pertenezcas al cuerpo de Spartans no significa que no lo seas. Sabes que puedes confiar en mi.
―De acuerdo... supongo que ya debes haberte enterado de lo que sucedió hace unos meses.
―¿La deserción de John?
―La misma.
―Si, algo he oído. Pero... ¿no crees que todo es muy misterioso? Incluso la doctora Halsey murió por eso.
―Eso fue porque ella lo ayudó a escapar.
―Lo sé, aunque... si me permites hacer una observación ―la mujer asintió―. Creo que ella, además de estar involucrada en eso, hizo algo que no quería que supiéramos.
―¿Qué quieres decir? ―Serin entornó los ojos en señal de no entender lo que Fred le decía.
―Unos días después de la explosión donde murió la doctora Halsey, estuve en la base, justo en el lugar donde ella murió, no encontramos su cuerpo y solo recogimos algunas partes del equipo que ella utilizaba en sus investigaciones. Lo revisamos y encontramos algunas cosas que nos sorprendieron realmente.
―¿Y qué es eso tan sorprendente que te hace hablar con tanto misterio? ―Serin ya se estaba cansando de la actitud de su compañero.
―La buena doctora estaba trabajando con la información obtenida del compositor destruido por John. Y al parecer, nuestra querida «madre» logró descifrar su funcionamiento y lo aplicó en alguien... ¿quieres saber en quién?
―¡Claro que quiero saber! ―la emoción le ganó la partida a la almirante.
―Te vas a sorprender como nunca con esto... ―Fred sonreía con malicia, pues durante mucho tiempo él supo que la almirante estuvo tras de John, lo que realmente no le agradó, pues conocía la fama de la mujer de ser muy posesiva con las personas, además de un tanto cruel con quienes la rodeaban y eso quedaba patente en los entrenamientos donde nunca dejaba un marine sano.
―¡Ya dímelo de una maldita vez! ―había ira en la voz de la almirante.
―¿Te suena el nombre de... Cortana? ―Fred sonrió ante la expresión en los ojos de la ex Spartan.
―¡Eso no puede ser verdad! ¡Ella fue destruida junto con el compositor, nada quedó de ella! ¡John mismo nos lo informó!
―Pues al parecer la «chica» logró enviar una copia de sí misma a tierra antes de que el compositor fuera destruido.
―¿Cómo obtuviste esa información? ¡Dímelo Fred!
―De lo poco que pudimos rescatar de los escombros, aún no sabemos cómo lo hizo, y al parecer nunca lo sabremos puesto que casi todo se destruyó durante la explosión y por lo que pudimos observar, también había iniciado un proceso de borrado del sistema, lo que imposibilita cualquier intento por recuperar algo. Esa información que te he dado es todo lo que pudimos obtener.
―¡Esa maldita anciana! ¿Cómo se atrevió a hacer eso? Se supone que ella estaba allí para investigar otras cosas.
―Pues ya ves que la buena doctora no era todo lo que aparentaba. Pero te soy sincero en algo que he estado pensando. Si la doctora Halsey convirtió a Cortana en humana, tal vez la Spartan que acompañaba a John no era tal.
―¿Insinúas que esa mujer... era ella?
―No veo otra posibilidad ―la expresión de Fred cambió por una más seria―. Y comprendo por qué John se fue...
―Él la ama ―completó Serin con enojo contenido.
―Es algo que he sabido por mucho tiempo. Siendo sincero, creo que deberíamos dejarlo en paz.
―¡Jamás! ¡Él desertó por ayudar a esa maldita! ¡No descansaré hasta que esté destruida!
―Si ese es el caso, lo siento mucho por ti. Porque solo terminarás destruyéndote ―le dio la espalda a la mujer y comenzó a marcharse.
―¿Lo protegerás? ―preguntó ella, la ira le carcomía las entrañas.
―No... Aunque sienta culpa por lo que he hecho, él desertó, robó equipo valioso de UNSC e indirectamente ocasionó la muerte de varios buenos soldados y oficiales. Pero no esperes lo mismo de Kelly. Ella, por iniciativa propia ha comenzado la búsqueda de John. Te sugiero que comiences la búsqueda tú misma si no quieres que ella le advierta de la campaña que has iniciado contra él ―finalmente el hombre desapareció del lugar, dejando a Serin con un terrible sentimiento de ira.
―No permitiré que nadie me impida vengarme de esa maldita. ¡Destruiré a Cortana a como dé lugar! Y John tendrá que verlo con sus propios ojos.
11,849 palabras después...
Vaya que si me salió largo este capítulo.
En fin, espero que les haya gustado.
¡Nos leemos luego!
