Rivales
"Cuando una mujer tiene miedo de su rival, está perdida."
-Madame du Barry
-¿Es enserio, Westergard?- inquirió la rubia en tanto asesinaba a su apuesto compañero con la mirada- Esto es demasiado hasta para ti- puntualizó señalando el cartel promocional con un deje de desdén.
-Nada es demasiado para Hans Westergard, preciosa- se mofó el pelirrojo, admirando con aprobación la fotografía que lo señalaba como candidato a representante de los alumnos.
-¿Por qué tienes que entrometerte en todo lo que hago? ¡¿Cuál es tu maldito problema?!- la blonda lo empujó con rabia, consiguiendo moverlo tan solo unos centímetros.
-Ah, vamos, Elsa- se rió el joven, bostezando como si todo aquello le importase una mierda- Nunca viene mal un poco de sana competencia.
-Nada que provenga de ti puede ser sano- espetó- eres un maldito manipulador que está obsesionado con el control- lo miró de arriba abajo- y también eres un idiota pegado de sí mismo.
-No mezcles las cosas, bombón.
-¡No me llames así, imbécil!- el cobrizo se aproximó con una sonrisa atrevida en sus labios y le acarició descaradamente una de sus pálidas mejillas.
-Bombón- le repitió- ¿Te pone nerviosa que te llame de ese modo?- las mejillas de la blonda adquirieron un matiz escarlata, producto del enfado y la vergüenza. Estaba más que claro que ese tipo era nefasto, pero eso no quitaba que fuese un condenado modelo de propaganda, uno de esos que usualmente aparecen en los anuncios de ropa interior masculina. Su sonrojo aumentó al imaginarse al pelirrojo en esa situación.
-¡Q-quítate, idiota!- exclamó con dificultad, apartándolo de un manotazo- ¡No quieras cambiar el tema!
-¿Tema? No hay nada de qué hablar, bombón- se rió enarcando sus cejas al mencionar la última palabra- Eres candidata, soy candidato, el asiático es candidato y su amiga loca es candidata. Punto.
-Sí, pero ellos…
-Pero ellos no son competencia para ti- la interrumpió- En cambio no puedes decir lo mismo de mí.- concluyó finalmente. La rubia suspiró apesadumbrada, la había descubierto. Deseaba más que nada lograr ser la presidenta de la escolaridad de alumnos, sería una espléndida forma de demostrarle a su padre sus habilidades como administradora. Él se había encargado desde siempre en instruirla en esas cuestiones para el día en que heredase la empresa, pero necesitaba enseñarle que había atendido todas y cada una de sus lecciones ¿Y qué mejor oportunidad para hacerlo que esa?
-Eres insufrible- insultó sin razonarlo demasiado.
-¿Por qué? ¿Por qué soy el único que logra leerte?- liberó una carcajada digna de un príncipe malévolo.
-Deja de hablar como si fuese tu especialidad.
-Eres mi especialidad.- tocó la punta de su respingona nariz, aumentando el enojo femenino- Y además, tú lo dices siempre: Soy un manipulador, puedo hacer lo que se me antoja con los profesores ¿Qué son para mí un puñado de niñatos? ¿Por qué no hacerme cargo de esa estúpida presidencia?
-Tú jamás te tomas nada enserio. – rebatió.
-Eso no es cierto.- se defendió él- Si no jamás hubiese llegado hasta donde estoy en el equipo de soccer. Ese grupo está de pie gracias a mí.
-Bueno, él tiene un punto…
-¡No lo tiene si su nombre es Hans Westergard!
-Un deporte no es lo mismo que toda una institución de alumnos. –apuntó sin negarse a ceder y escuchando a su conciencia.
-Pues eso lo veremos, bomboncito.- sin que la rubia pudiese preverlo, inclinó su apuesto rostro hacia ella y besó la comisura izquierda de sus labios, arrancándole un jadeo de indignación.
-¡Eres un idiota, Westergard!- la escuchó gritar mientras él se alejaba con su habitual paso arrogante.
…
-Es un día de mierda, un jodido día de mierda.
La blonda atravesó el patio del colegio con velocidad, haciendo que la falda gris de su uniforme se ondeara con levedad. Contuvo un grito de rabia que bien necesitaba liberar y pateó una de las piedras del suelo, como si ésta tuviese la culpa de todo lo que estaba viviendo.
-No, no es un día de de mierda. Han sido unas semanas de mierda. Dos puñeteras semanas de mierda.
El día martes de la primera semana, los cuatro candidatos habían participado de su primer debate de aspiración. Tadashi, Honey y ella, se habían presentado a horario y dieron inicio a sus propuestas. Westergard arribó al evento con más de media hora de retraso, e ingresó al auditorio con su estúpido contoneo de pasarela, una sonrisa tranquila en el rostro y una mirada arrogante reservada solo para ella. Los profesores se dejaron embaucar una vez más por sus elaboradas excusas y le permitieron exponer sus ideas.
Elsa se había exasperado hasta la médula al notar como acaparaba toda la atención, haciendo gala de una innumerable cantidad de expresiones faciales que no le restaban un mínimo de atractivo. El idiota carecía de argumentos innovadores u originales, sin embargo se había ganado a la mayoría de la cursada de alumnos con tan solo unos siete minutos de exposición. Elsa se había limitado a observarlo, evitando fulminarle con la mirada mientras hablaba. Pronto se dio cuenta de que jugar a la intelectual, con Westergard como rival, no iba a funcionarle. Tendría que imitar su estrategia.
Bien, ella jamás había sido una muchacha vanidosa, pero se sabía popular entre el alumnado. No solo por su apellido, su inteligencia y su relación con los profesores… Elsa reconocía interiormente que su madre le había dejado una encantadora porción de su belleza que, combinada con la de su padre, habían generado un rostro realmente grato de ver y un cuerpo bastante proporcionado.
Aunque poca importancia le había dado a aquello en toda su existencia, ahora reconocía que le vendría bien empezar a utilizarlo como un arma. El resto del debate una sonrisa enigmática adornó sus labios mientras analizaba al pelirrojo.
Hans se había percatado de ello, pero poco podía hacer cuando debía concentrarse en seguir el juego. No tenía ni la menor idea de qué es lo que podría estar planeando la rubia, pero sí sabía que le acarrearía problemas…
Lo primero en lo que reparó Elsa, fue en el uniforme: él no lo compraba en la tienda escolar, como todos, si no que lo mandaba a hacer a su gusto. Así, el muy imbécil parecía vestir un esmoquin de gala cada vez que concurría al colegio. Salvo cuando jugaba soccer.
Rapunzel la ayudó con ese punto, sus habilidades de costura eran fascinantes.
La guerra había comenzado.
En el segundo debate, Elsa apareció con la falda ceñida a sus piernas esbeltas, con el dobladillo dos centímetros por encima de lo reglamentario, y con una abertura pequeña en uno de los costados de la prenda. Su camisa, habitualmente holgada, pasó a transformarse en una segunda piel, apenas y dejándole un poco de libertad a las mangas para disimular lo atrevido de la misma.
Comenzó a caminar como su madre le había enseñado antaño, contoneando las caderas femeninamente y con una habilidad felina. Al principio le resultó un poco complicado, pero pronto encontró la acción un tanto liberadora. Era interesante dejar de lado la timidez para dar paso a la sensualidad.
- Solo déjalo ir…
Esa vez, la joven había logrado dejar boquiabiertos a todos, en especial al bermejo, quien no pudo hacer más que admirarla con obvia apreciación y también respeto. La rubiecita estaba demostrando ser un rival de cuidado, y ya había entendido a la perfección su juego…
Zorra tramposa. Estaba adaptándose a su estilo manipulador.
Esa jornada había terminado satisfactoriamente para ambos, no así para los otros candidatos, Tadashi y Honey, que en las votaciones preliminares quedaron fuera de la competencia.
El colegio había pasado a llenarse de fotografías de Hans y Elsa, cada uno con sus lemas correspondientes, haciendo intolerable el hecho de tener que ver la cara del otro en todas partes. Compartir las clases y debatir a diario se trasformó en una verdadera pesadilla para ambos, puesto que ninguno jamás cedía en sus argumentos y un profesor debía intervenir para evitar que se estrangularan en medio del aula. Los experimentos de química, en donde el profesor los reunía debido a su potencial intelectual, acababan en terribles discusiones. En una de ellas, descuidaron los elementos de trabajo, y las sustancias inflamables se mezclaron… El resultado fue una nube de humo tan tóxica como la de los vigilantes del Vasallaje de los Veinticinco*.
Evacuaron la escuela y los castigaron con trabajo comunitario escolar durante una semana. Aún seguían cumpliendo esa condena. Faltaban dos días para que acabase.
Y para colmo de todo, en la fecha actual, una de las profesoras se había atrevido a sugerir que ambos podrían funcionar como un perfecto matrimonio en el futuro.
Estúpida vieja horrible y soñadora.
Pateó otra piedra con fuerza, ocasionando que el corte de su falda se abriera más ante la presión ejercida. Contempló el hecho, y estupefacta contuvo las lágrimas de hartazgo, ansiedad y nerviosismo que deseaba derramar con furia. Estaba tan cansada… Un chillido odioso brotó de su garganta, llamando la atención de un grupo de jóvenes que conversaban cerca.
-¡MALDITO IDIOTAAAAA!- estalló, sin poder tolerar la presión ni un instante más- ¡HASTA CUANDO NO TE TENGO EN FRENTE TIENES QUE ARRUINAR MI VIDA!- Siguió despotricando, lo cual provocó las risas discretas de los muchachos.- ¡¿QUÉ ES LO QUÉ ESTÁN VIENDO?!- les gruñó sin un ápice de vergüenza- ¡VOY A HACER QUE MÉRIDA Y ANNA LES ROMPAN LAS BOLAS A PATADAS!- Eso pareció pasmar a los alumnos- ¡Y ME ENCARGARÉ DE QUE RAPUNZEL LES MUELA LA CABEZA A SARTENAZOS!- Hizo alusión a aquella vez en la que su amiga, en la cafetería escolar, había peleado con su novio a tal punto de que terminó por herirlo con una sartén- ¡Y SI AÚN QUEDA ALGO DE USTEDES PROMETO QUE LOS METERÉ EN MI REFRIGERADOR!- Añadió satisfecha mientras los veía retirarse. Nunca había sido una persona agresiva pero, pese a ello, todos sabían que era de temer si debía defenderse. Al igual que sucedía con sus amigas. Bueno, en realidad Mérida no entraba en la categoría de damas inofensivas, pero Rapunzel, Anna y ella, solo actuaban mal en las ocasiones que lo ameritaban.
Anudó su campera alrededor de la cintura, procurando que ocultase la rotura en su falda, y recuperó su habitual postura de reina. Nadie creería que había perdido el control tan solo unos segundos atrás.
-Westergard eres un hijo de perra, un hijo de perra despreciable. Espero que te vayas al demonio, así ya no tendré que lidiar con tu insufrible persona y con ese cuerpo de adonis que no hace más que sentarme como el periodo en su etapa más agravada. ¿Pero qué estoy diciendo?
Apartó sus penosos pensamientos y acabó por llegar al otro lado del campo, en donde tres jovencitas charlaban animadas bajo un árbol. Una de las pelirrojas fijó su mirada celeste en ella, con diversión.
-Miren quien llega echando humo de nuevo- habló Mérida, una de sus mejores amigas a pesar de tener personalidades de por lo más diferentes.
-¡Tu hermano es un imbécil!- gruñó Elsa en tanto se sentaba sobre el césped junto a su mejor amiga, Anna, y la prima de ésta, Rapunzel. -¿Cómo mierda lo toleran en tu familia? ¡Es arrogante, insufrible y camina como si fuese el dueño del mundo!
-Y sus pantalones se ajustan en su entrepierna- apuntó Anna descaradamente.
-¡Si, sus pantalones se…! ¿Qué? ¡Anna!- Se interrumpió la rubia con el rostro completamente azorado. Sus tres compañeras rieron de buena gana y ella no pudo hacer más que contemplarlas con una ceja arqueada- ¿Qué es tan gracioso?- preguntó con seriedad. Rapunzel le pasó un brazo por los hombros y la acercó en un abrazo torpe.
-Nada, Elsie, nada en absoluto- las tres volvieron a reírse como idiotas, frustrándola aún más. ¡¿Qué mierda tenía el mundo en contra de ella?!
-Hans es el ejemplo de familia en casa- habló la pelirroja de cabellos salvajes y alborotados- Mamá no deja de decir cuan orgullosa se encuentra de él. Me jode los ovarios para que imite sus modales de principito marica.
-¿Un ejemplo? ¿Él? ¡Ja! – se burló la muchacha altivamente. La colorada la miró con recelo, presintiendo lo que seguiría a continuación. –Ejemplo al narcisismo, tal vez.
-Oye, te diré lo mismo que a él: cierra el culo y vete a descargar lo estúpido a otro lado- la blonda la observó con una expresión desencajada, sus orbes cerúleos estaban llenos de incredulidad… no se esperaba eso- ¿Qué? No me veas así, Elsa- gruñó la bermeja- Se supone que eres la razonable aquí, pero estás actuando como una niñita de preescolar por un puesto de mierda. ¡Los dos están haciéndolo!
-Ella tiene razón- agregó Anna con precaución- Elsa, en verdad están llevando esto muy al extremo.
-¡Él es quien lo hace!- se defendió.
-Los dos lo hacen- retomó la palabra la menor de los Westergard- Y la verdad que me importa un carajo si se matan o si terminan cogiendo como el Señor y la señora Smith*. Pero estoy cansada de oírte hablar mierda de mi hermano, luego llegar a casa y oírlo a él soltar basura de ti y luego escuchar a mi madre jodiéndome la existencia…- la empujó con brusquedad- ¡Así que si vienes con una sarta de improperios para Hans es mejor que te largues! – Bufó con energía, provocando que los rulos de su frente se elevasen- ¿Sabes qué? Mejor me largo yo.- Se levantó con violencia, alejándose a grandes zancadas.
-¡Mérida!- gritó con la esperanza de que aquella volviese, pero la pelirroja solo levantó su dedo medio por respuesta. Sobrecogida, Elsa intentó seguirla, pero Anna y Rapunzel se lo impidieron.
-No es una buena idea, está molesta- infirió Rapunzel.- Lo único que conseguirás es un ojo morado. – Volvió a ocupar su asiento, sin despegar su mirada de la joven que se alejaba a toda prisa.
-N-no… no la entiendo- musitó confusa- ¿Acaso le he hecho algo malo?- Anna le presionó su mano con cariño.
-Elsa, Mérida es mucho más sensible de lo que todos piensan. Me sorprende que no lo hayas advertido aún- La blonda le dirigió su atención, instándola a seguir hablando- Sé que tiene mañas de muchacho y que le encanta ir por ahí golpeando a la gente, pero eso no quita que sea una chica como cualquiera de nosotras. Que no demuestre sus sentimientos no significa que no los tenga.
-Anna tiene razón- convino Rapunzel- es demasiado cerrada para algo como eso… pero ponte en su lugar y recuerda cuando tú también eras así…- sugirió.
-Y ahora imagina que tienes a un hermano con el que has compartido momentos durante toda tu vida – habló la pelirroja de ojos de aguamarina- e imagina que también tienes a una amiga de años. Piensa en lo que sentirías si dos personas, importantes para ti, se odiaran a muerte. – La blonda relajó su semblante, adoptando uno más sereno y triste.
-Mérida quiere a Hans incluso por sobre sus padres. – Volvió a departir la joven de cabellos castaños y ojos de verde manzana - Se han acompañado desde que Elinor les dio a luz.- acarició el cabello platinado de su amiga- Y luego estás tú, la primera amiga de verdad que consiguió en su vida, una niña que no estaba con ella por su dinero o porque le temía, sino porque la quería en serio…
-En verdad deben hacer un esfuerzo con Hans para llevarse mejor- finalizó la bermeja.
-Eso es imposible, Anna.- espetó la muchacha con una expresión de desdén.
-¡Pues finjan! O simplemente no peleen delante de ella.
Bueno, fingir no estaba tan mal. Pero estaba convencida de que Hans y ella jamás podrían congeniar en su vida.
…
Tras abandonar a Rapunzel y Anna, la blonda se dirigió a cumplir con su castigo diario. Al menos solo le restaban dos días más. Las jornadas de las limpiezas de aulas entre Hans y ella se desarrollaban de modo silencioso, puesto que bastaba alguna palabra para que se enfrascasen en una discusión horrenda. No deseaban prolongar la penitencia más de lo estimado.
Elsa ingresó en el salón del conserje, topándose de lleno con los orbes esmeraldas que tantas molestias le habían causado. Presentía que ese periodo se desenvolvería de forma diferente, pues no podía obviar el problema de Mérida. Dedicándole su acostumbrada mirada de fastidio, procedió a dejar sus cosas en el perchero de la estancia, incluida la campera que llevaba anudada en la cintura. Era tal su nerviosismo que olvidó por completo la ruptura de su falda. Abrió el enorme armario del conserje y se introdujo en su interior, buscando los elementos necesarios para barrer el suelo. Se trataba de un espacio amplio, como si fuese otra habitación, aunque mucho más estrecha y acortada. A diestra y siniestra se encontraban los utensilios de limpieza.
En la pared del fondo vislumbró las siluetas de los escobillones y tanteó el indicado. Su rostro rosó lo que al parecer se trataba de una telaraña y retrocedió espantada, sacudiéndose el cabello. Perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, sin embargo dos fuertes brazos la sostuvieron por la cintura.
Se permitió liberar un evidente suspiro de alivio, solo hasta que recordó que no había nadie más que ella y Hans en ese lugar y que, obviamente, era él quien en esos momentos la sujetaba con firmeza, manteniendo el contacto entre su formado trasero y la pelvis masculina. Tragó saliva, agradeciendo que el lugar estuviese a oscuras, pues percibía el calor que irradiaban sus mejillas al pensar en lo comprometido de la situación. Se removió entre las extremidades del cobrizo, que la ayudó a incorporarse.
-Deberían poner alguna luz por aquí- se excusó, intentando romper la tensión. Aún con la escasa visibilidad, pudo atisbar la forma escueta en la que él asentía a su afirmación. Quizá se tratase de una nimiedad, pero era gracioso pensar que esa era la primera vez en la que estaban de acuerdo en algo- Te agradezco- convino suave.
-No hay de que- contestó él con voz neutral. -¿Me dejas pasar? Necesito el lustrador de muebles.
-Oh… sí, claro- consintió la blonda. Se apretujó contra uno de los laterales y no tardó en advertir la presión del cuerpo esculpido del cobrizo sobre el suyo. Malditos espacios estrechos. Por lo que les pareció una infinidad de tiempo, todas las formas de ambos se mantuvieron en contacto sugestivamente. Una vez liberada de su momentánea prisión, aguzó en la oscuridad la pala de basura y se la llevó fuera. Depositó el objeto junto a la puerta, para que no estorbase, y procedió a barrer el suelo, deslizando la escoba sin levantar el polvo, como bien le había enseñado el conserje hace poco. Fue un hecho bastante vergonzoso, pero no era su culpa que sus padres la hubiesen criado como a una reina, al igual que de seguro sucedía con todos los alumnos de la institución. Terminó de juntar el piloncillo de basura y fue por el recogedor. Acto seguido, se inclinó para levantar la suciedad.
Hans salió del armario, luego de arduos minutos buscando ese condenado lustrador, y se encontró sorprendido ante la estampa que tenía en frente. Elsa recogía la basura acomodada en el suelo. Su posición hacía que la falda se le levantase unos cuantos centímetros, marcándole aún más los muslos y su trasero redondo y pequeño. La ruptura de la prenda, en unos de los laterales, parecía irse abriendo cada vez más sin que la joven lo notara, permitiéndole atisbar el inicio de las medias finas de su rival. Ahogó una maldición ¿ Por qué mierda debía ser tan sensual?
Intempestivamente, la blonda volvió a la posición erguida y se volteó para dejar el polvillo en un cesto. No esperaba encontrarse con la mirada oscurecida del candidato masculino a la presidencia del alumnado. Sus pecas resaltaron ante la nueva onda de calor que invadió su rostro y, sin saber muy bien por qué, le entraron ganas de cubrirse, salir corriendo o… o acortar la distancia entre su cuerpo y el del bermejo.
Ese día se estaba tornando demasiado extraño.
Hans carraspeó incómodo y señaló a su falda gris mientras desviaba la mirada como si fuese un acto natural.
-Creo que te has roto la falda- informó dubitativo. La candidata recordó el incidente con la piedra y el tirón que acabó por arruinar su pollera. El rubor sobre sus pómulos se intensificó.
-Oh… si.- confirmó con la voz quebrajada- He tenido un percance antes de venir…- divagó como si fuese una de sus amigas, Anna o Rapunzel. Ambas lo hacían cuando estaban nerviosas. Ella y Mérida siempre habían poseído un mayor control sobre las palabras, pero en esa ocasión la rubia no podía pensar en nada. – Tropecé con una piedra y mis músculos se tensaron, y la falda se estiró y entonces comenzó a rasgarse y me había cubierto con la campera pero lo olvidé por completo y… y…- Se vio a si misma apartando los ojos del rostro inexpresivo del cobrizo. ¡Por todos los cielos, ese había sido el monólogo más estúpido que hubiese pronunciado! ¡Si hasta alteró los hechos!
-Creo que hay hilo y aguja en el armario…- pronunció sin abandonar el semblante impasible.- Tienes que coserla o a este paso acabaras…- ahogó otro improperio- …en ropa interior- finalizó.
-Gracias…- juntó sus manos cohibida- pero me temo que no sé hacerlo… - admitió con vergüenza. – Supongo que tendré que pedirle al cochero que me traiga una muda de ropa.
-Eso terminará por romperse antes de que llegue la hora de irnos- apuntó como si de una cosa, fácil de discernir, estuviese hablando.
-Mmm… quizá pueda intentarlo, pero…
-Yo sé hacerlo- le interrumpió sin pensárselo mucho. Los enormes orbes cerúleos se clavaron en él, denotando un cúmulo de emociones bastante amplio.
-¿De verdad?- el bermejo asintió- ¿Y me ayudarás?- otra inclinación de cabeza escueta le fue devuelta- ¿Por qué?- Inquirió sorprendida.
-Puede que me guste meterme contigo, Elsa- comentó ignorando que esa frase también podría ser usada en otro contexto- pero jamás te humillaría de esa forma. No soy tan imbécil.
-Bueno…- se acarició la trenza platinada que caía sobre uno de sus hombros- no tengo muchas opciones. – Sin intercambiar otra palabra, el cobrizo fue hasta el armario una vez más y tomó los elementos que viese mientras buscaba el lustrador. Volvió hasta donde había dejado a su compañera y le indicó que se sentase en una de las sillas que se encontraban desperdigadas por el lugar. Pasó el hilo por el ojo de la aguja, con una destreza de lo más interesante, y anudó la parte trasera del mismo.
-No es hilo gris…- informó- Pero servirá para mantener las cosas en su sitio hasta que llegues a tu casa. – ella liberó una carcajada sin sentido. Tuvo que reprimir un jadeo en cuanto las manos de Hans rosaron sus muslos para tomar las partes divididas de la pollera. Maldición, no se lo estaba poniendo nada fácil. Sucumbir al cobrizo era algo de lo más sencillo. Hans comenzó su trabajo, acariciando la piel nívea cada vez que traspasaba la tela con la aguja.
-¿Cómo aprendiste? – preguntó la muchacha, buscando distraerse. El pelirrojo pensó si en contarle o no la peculiar anécdota que ella pedía. Eran rivales, si, estaban en una maldita competición por un puesto en la presidencia escolar… pero sabía que ella no se abusaría de sus historias familiares.
- Si no fueses hija única, sabrías lo que uno es capaz de hacer por un hermano. - comenzó a hablar sin detener sus extremidades- Cuando aún teníamos cinco años, Mérida y yo no nos diferenciábamos en nada. Nuestros ojos, por aquel entonces, se parecían a los de tu otra amiga, Anna…- levantó su mirada esmeralda, chocándose con los fanales azules de su compañera. Continuó- Mi cabello siempre ha sido liso y al de Mérida pues… ya lo has de conocer. Mi madre quería que ella aprendiese a coser y bordar. Yo más que nadie sabía que ella aborrecía esas cosas, que deseaba meterse en problemas y hacer todo lo que a mí me permitían… Así que me ricé el cabello con la ayuda de una criada que nos consentía. Me puse su ropa y fui a la clase de costura con mi madre durante dos meses. Una experiencia nefasta, pero no quería que mi hermana la pasase mal.- La blonda no pudo evitar dirigirle una mirada enternecida. Sus padres apenas y tenían tiempo para ella, es por eso que habían decidido no tener más hijos… pero cuando escuchaba historias de ese tipo no podía evitar desear un hermano o hermana.
-Eres un buen hermano- él asintió sin negarlo.
-El mejor de todos- concordó con su habitual arrogancia, la aguja seguía deslizándose entre sus dedos.
-Mérida te quiere mucho.
-Y yo la quiero a ella- repuso- por ello aguanté todo tipo de episodios del paradigma que te acabo de contar. Eso hasta que ambos comenzamos a crecer más. Cuando cumplimos ocho su rostro se redondeó, el mío se perfiló, sus ojos pasaron del aguamarina al celeste y los míos del aguamarina al…
-Verde.- interfirió sin poder evitarlo, arrepintiéndose al instante al ver a Hans elevando su vista para cruzarla con la de ella.
-Sí, verde. – corroboró. Pero Elsa veía más que el jade en aquellos orbes. El esmeralda predominaba sin duda, hasta que rodeando la pupila el dorado comenzaba a esparcirse con presteza y, dentro de este, unas diminutas puntillas avellanas acababan por conformar un patrón desigual y encantador. Los ojos de Hans eran fascinantes. – Creo que he terminado aquí- habló satisfecho. -¿Tienes alguna tijera?
-Mmm… no- respondió- Anna se ha llevado la mía. ¿Es necesaria?- él se encogió de hombros.
-Tengo que cortar el sobrante- explicó- Pero me las arreglaré- antes de que pudiese preguntarle a qué se refería, lo vio inclinarse sobre sus piernas para morder el hilo. El instante se prolongó demasiado, causando que las respiraciones de ambos se complicaran. Hans subió su cuerpo y apreció a su compañera al completo. Su pecho subía y bajaba visiblemente, sus labios se encontraban entreabiertos, sus pecas, sobre los pómulos y el puente de la nariz, se perdían en el color escarlata que habían retomado sus mejillas… Desde luego, lo que más lo impactó fueron sus ojos azules y cargados de deseo.
Mierda.
Sin pensárselo mucho, separó las piernas femeninas y se movilizó hasta quedar en medio de ellas. Elsa no lo detuvo. Las pequeñas manos de la rubia subieron hasta el trabajado pecho del cobrizo, atrayéndolo con necesidad. Los labios del joven rosaron los suyos, sin unirlos, causándole un estremecimiento placentero…
-¡¿Qué es lo que están haciendo, mocosos?!- inquirió el conserje, un vejestorio antipático y molesto que siempre debía andarse por ahí corrigiendo la pronunciación de su nombre. Los candidatos se separaron mortificados.- ¡Sanguijuelas precoces, largo de aquí!
-Pero aún no acabamos de…
-¡Dije largo!- interrumpió el anciano a la joven-¡Vuelvan a sus casas y dense una maldita ducha fría! Mañana limpiarán el doble. – Se alejó mascullando hacia el armario- ¡Niñatos insolentes!
Sin querer tener que entablar una comprometedora conversación con el hermano de su amiga, tomó su mochila y su abrigo para huir de ese lugar.
Hans gritó su nombre, más ella hizo caso omiso a sus palabras.
…
-Prométeme que no dirás nada, Anna ¡Ni siquiera a Rapunzel!- rogó la rubia. La pelirroja poseía una mueca bobalicona en su rostro a causa de lo que su amiga acababa de contarle. Era obvio que, tarde o temprano, su compañera le vendría con algo como aquello. – Sabes que siempre se va de boca y si le dice a Mérida ella va a pensar que estoy jugando con su hermano y…
-Y te tirará tres dientes, igual que a Charlotte. – recordó la joven de ojos aguamarinas. Aún no se le olvidaba el día en que la greñuda Westergard había oído decir, a Charlotte la Bouff, que pretendía acercarse a su hermano para ser más popular. Las cosas no terminaron nada bien para la rubia… - Si me preguntas, no creo que eso vaya a pasar.
-¡Claro que pasará! ¡Los dos viven celándose! ¿Recuerdas esa vez en la que Fred intentó flirtear con ella y se fue de mano?
-¡Uy, esa paliza sí que fue memorable!- la pelirroja soltó una larga carcajada- Lo peor fue que, después de que Hans lo golpeara, la propia Mérida se cobró lo suyo. Pobre Fred…
-Pues ya ves mi situación.
-Vamos, Elsa, Mérida es tu amiga. Jamás haría algo como eso. –insistió la bermeja.
-Se trata de Hans, Anna. Golpearía a sus padres por él.
-Bueno eso es verdad, pero a lo que me refiero es…- buscó las palabras necesarias- Mérida sabe que tú no eres de las golfas del campus, además es obvio que tarde o temprano pasaría algo entre ustedes.
-¿Estás loca? ¡Entre Hans y yo no pasa ni pasará nada!
-Me meteré en un convento si eso es cierto- se burló la muchachita mientras afianzaba su agarre sobre los libros que cargaba en la mano. – Se nota a leguas como se comen con la mirada el uno al otro.
-Como si nadie se comiese con la mirada a Hans- se defendió, torpemente, la blonda.
-Ajam… ¿Pero con cuantas Hans hace lo mismo?
-Probablemente con todas- recibió una colleja por parte de la colorada y liberó un improperio- ¿Qué te pasa?
-Sabes que eso no es cierto, Arendelle- le espetó- Pero no voy a repetirte cosas que son más que obvias.
-Dios, lo peor es que hoy tenemos el último debate previo a las elecciones- se cubrió el rostro con las manos- ¡Y luego tendremos que pasar la tarde limpiando! ¡Los dos! ¡Solos! ¿Sabes lo incómodo que será eso?
-Pueden hacerlo incómodo o pueden hacer lo correcto.
-¿Y qué es lo correcto?
-Admitir lo evidente y arrancarse la ropa- confió despreocupada la joven de trenzas. El rubor se extendió por los pómulos de la blonda al pensar en esa posibilidad.
-¡Anna!- exclamó indignada- Eres una pervertida… - le reprendió. Las jóvenes comenzaron a subir las gradas del campo de deportes, debían esperar a que Mérida saliese de la clase de gimnasia para luego asistir a biología juntas.
-¿Y qué? Es mejor que ser una frígida- se encogió de hombros, defendiéndose. Con un bufido exasperado la blonda tomó asiento en una de las butacas y procedió a buscar la melena indomable de su otra colega, a lo lejos. No tardó demasiado en ubicarla. - ¡Oye!- volvió a hablar Anna de repente. – Pero si es el equipo sexy entrenando en el lateral derecho… - Elsa dirigió su atención hacia donde la pelirroja señalaba, solo por costumbre y no porque le interesase en verdad saber de lo que estaba hablando. Desde su sitio, atisbó a dos muchachos altos y esbeltos realizando flexiones. Eugene, Flynn, Fitzherbert y Kristoff Bjorgman. Al primero lo conocía bastante, pues era novio de Rapunzel, más del segundo solo sabía que era bastante aplicado en los estudios, que tenía una extraña fijación por los renos y que últimamente rondaba a Anna. – ¡Oh, Elsa!- exclamó su amiga con una voz de por lo más depravada- ¡Mira lo que son esos bíceps! Kristsexy si que sabe elegir su ropa de gimnasia, hasta puedo ver cuán marcados están ese par de pectorales.
-Por favor, solo cállate- pidió la candidata a la presidencia del alumnado, apartando sus orbes cerúleos de lo que apuntaba su colega. La pelirroja no hizo caso a sus palabras.
-Eso es Eugene, sigue con tus sentadillas- pronunció por lo bajo- ¡Elsa estás perdiéndote un jugoso trasero! ¡Maldita Punz, que suerte tiene! ¿Crees que se lo apriete?
-¡No lo sé! ¡Por favor para!
-Tendré que preguntarle, yo lo haría si fuese ella. – Continuó la joven, ignorándola.-Y estás de suerte Elsa- soltó de repente. La aludida arqueó una ceja, aunque no dejó de darle la espalda al par de jóvenes- Porque el rey de los sexys acaba de unírseles- la codeó con insistencia, más ella se contuvo de voltear- ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Elsa, ese pelirrojo está quemando el campo!- la blonda apretó los dientes- ¡Se está quitando la remera!
-¡Al diablo!- Elsa se rindió ante lo informado por la colorada. En efecto, Hans se había deshecho de su camiseta. El sol se desparramaba en su piel curtida y delicada, moteada por unas cuantas pecas esparcidas a lo largo de todo su torso. Lo vio recibir un golpe amistoso en el hombro por parte de Kristoff, mientras que Eugene se ganó uno de su propia mano tras acariciarlo con sorna en sus abdominales. La muchacha capturó su labio inferior al detenerse en el abdomen trabajado del muchacho, y luego en sus brazos fuertes… los mismos que la habían atrapado el día anterior. Tragó saliva con dificultad al verlo recostarse boca abajo en el suelo para dar inicio a una serie de flexiones. La musculatura de su espalda se contraía con cada movimiento…
-¡Kristoff!- La vocecita chillona de Anna la extrajo de su análisis. La vio agitar su mano con fuerza cuando el aludido volteó para buscarla con la mirada. Hans detuvo su ejercicio y, junto con Eugene, enfocaron sus ojos en las gradas.
-Anna ¿Qué crees que estás haciendo?- le preguntó por lo bajo, manteniendo su expresión inexpresiva ante los otros.
-Saludando a mi novio, ¿No ves?
-No es tu novio- rebatió molesta.
-Lo será, no pienso dejarlo escapar- repuso la muchacha con seguridad, empuñando una de sus manos y estampándola contra la palma de la otra. Kristoff deslizó sus orbes ambarinos por el campo, probablemente buscando a su entrenador. Tras unos segundos, ambas alumnas lo vieron saltar la barra de las gradas y encaminarse hasta donde estaban sentadas. Elsa miró disimuladamente al pelirrojo, quien tenía sus ojos clavados en su persona. Lo vio discutir con Eugene sobre algo, probablemente sobre ella, para luego volver a su ejercicio. El castaño no quedó conforme con ello, al parecer, pues vació una de las botellas de agua sobre el cuerpo de su amigo. Los improperios de Hans se extendieron por el sitio, y no consiguió ocultar una risita. Flynn palmeó a su empapado acompañante y lo obligó a caminar a las gradas junto con él.
Genial.
-Hola, Anna- la voz fuerte, pero dulce, del pretendiente de su amiga la devolvió a la realidad.
-¡Hola!- exclamó la pelirroja, una sonrisa adornando sus facciones agradables.
-Elsa- saludó a su vez, la rubia le contestó con un movimiento de su mano. – No esperaba verlas por aquí- confesó.
-Siempre venimos a esperar a Mérida- se explayó Anna sin borrar su mueca embobada- Fuimos nosotras las que nos sorprendimos al verlos.
-Claro- el blondo se ruborizó tenuemente- Es que el instructor insistió en entrenarnos separadamente para la competencia de atletismo. – se excusó.
-Ya veo… -Los ojos aguamarinas de su amiga se abrieron sin razón aparente- ¡Hans, Eugene, no los vi acercarse!- El bermejo le obsequió una mueca indiferente y su amigo extendió la sonrisa socarrona que predominaba en su apuesto rostro.
-Eso es porque, cuando el señor reno está cerca, tú no tienes ojos para nadie más- se mofó Eugene, provocando que tanto el rubio como la pelirroja se abochornaran con profundidad. Kristoff le propinó un golpe poco cortés.- ¡Ya cálmate, estúpido! – se quejó, sobándose el hombro.- No aguantas nada, eres peor que la cosa aborrecible y melenuda que nuestro principito tiene por familia- Hans le golpeó el omóplato contrario, haciéndolo liberar otro alarido.
-No te metas con mi hermana- gruñó el cobrizo. Por un instante, en la mente de Elsa apareció la escena que hubiese tenido lugar la jornada anterior, con él remendando su falda y hablándole de su unión con Mérida. Escondió la sonrisa cálida que se dibujó en sus labios.
-Ustedes dos son una mierda- les espetó el castaño.
-Oye, Hans, estás todo mojado- advirtió la pelirroja, codeando ligeramente a su amiga e interrumpiendo la pelea. El cobrizo la miró con aburrimiento.
-Fue culpa de este imbécil- respondió en tanto empujaba a Eugene.
-Podrías enfermarte- prosiguió la de trenzas- Elsa, ¿Por qué no lo ayudas a entrar en calor?- La platinada se tensó en su asiento, el ardor llegando a su rostro. Eugene liberó una sonora carcajada y Kristoff negó disconforme mientras detenía a su amigo pelirrojo, que se disponía a destrozarle la cara al castaño.
-¿Tú también te has enterado?- logró indagar Flynn entre risas.
-¡A-Anna!- le gritó la rubia. Hans la tomó por el brazo intempestivamente, sobresaltándola.
-¿Le has contado?- La rubia se soltó de su agarre y lo encaró con la misma furia que él a ella.
-¡Parece que tú tampoco te has quedado callado, idiota! – gruñó empujándolo. El novio de Rapunzel se acercó a ambos y puso una mano entre sus cuerpos.
-Tranquilicémonos, Tranquilicémonos…- habló- no hay nada de malo en que dos personas le hayan dicho sus secretos a sus mejores amigos- Ninguno de los dos relajó su postura. El castaño bufo- ¿Saben qué? Mejor me voy a buscar a Punzie, aquí hay mucha tensión sexual. – Eugene y la pelirroja rieron sonoramente al ver como la vergüenza de sus amigos aumentaba.
-¿Kristoff, tu y yo podemos ir a por un helado? De todas formas ya he reprobado biología este trimestre y creo que tu entrenador no volverá- impartió la muchacha de trenzas. El blondo la miró desde su altura y carraspeó nervioso.
-C-claro, An. –Respondió sonriéndole.
-Bien, nosotros también nos vamos. Ensayen sus discursos- propuso altiva- Los veremos en el debate. – La joven tomó sus cosas, permitiéndole al blondo ayudarla con sus libros, y se marchó en su compañía.
La rubia y su contrincante volvieron a mirarse molestos, las ganas de destrozarse mutuamente eran tan obvias como la química que se negaban a admitir.
-Tú y yo resolveremos esto como se debe, Westergard- habló la joven tras dejar pasar unos cuantos segundos- ¡En el puto debate! – sin importarle su vocabulario y la cara de sorpresa del cobrizo, la muchacha recogió sus pertenencias y bajó hasta al campo para esperar a la hermana de ese hombre nefasto, cuya clase acababa de terminar. En un principio, creyó que había logrado cerrarle la boca, pero su exclamación a lo lejos le demostró que estaba equivocada.
-¡Pues será un placer ganarte, Bombón!
…
Un desastre. Todo había resultado un completo desastre.
El debate había comenzado de forma amena, haciendo que ambos mantuviesen sus fachadas de jóvenes aplicados y sin rencores mutuos. Ni bien los alumnos habían tomado sus asientos, el profesor a cargo de aquellas dichosas elecciones los había instado a iniciar.
Hans, en su papel de caballero, le había cedido muy amablemente la palabra a su contrincante, haciendo que muchas jovencitas suspiraran ante su sonrisa sugestiva y sus modales galantes. Elsa le agradeció el gesto con una escueta inclinación de cabeza antes de comenzar a exponer sus argumentos, los cuales no demoraron en verse restringidos por su oponente. El pelirrojo sabía lo que hacía, conocía las palabras exactas que debía emplear y los gestos precisos que le valdrían una notable diferencia ante las muchachas de poco cerebro y exceso de vanidad. A diferencia de la rubia, que aún imitándolo conservaba un amplio sentido del honor, estaba dispuesto a jugar sucio si la situación lo ameritaba.
En cuanto llegó el momento de presentar las sugerencias, y al ver que las proposiciones de su adversaria superaban levemente las suyas, comprendió que tendría que emplear su arma más letal y efectiva: avergonzarla. Fue así como sugirió que los encargados de la fabricación de los uniformes tendrían que poner más atención en cuanto a las telas para faldas femeninas respectaba, puesto que las mismas tendían a romperse con facilidad. El comentario le había arrancado a su hermosa compañera un notorio sonrojo, acompañado de su típico ceño fruncido y molesto.
Claro que ella no se quedó atrás en cuanto sugirió la creación de actividades extracurriculares para aquellos muchachos que desearan desempeñar labores como costura u otros quehaceres. En esa ocasión, el pelirrojo debió de apretar los puños para contener las ganas de insultarla.
Si, el primer tiempo fue el detonante de todo. Para el segundo lapso ambos ya se asesinaban con la mirada, sin disimulo. Para el tercero los dos dejaban escapar algún que otro comentario sarcástico en ataque. Para el cuarto, dichos comentarios pasaron a transformarse en frases acidas y demasiado evidentes.
Para el quinto inició la sarta de insultos y acusaciones mutuas.
Los sacaron del recinto.
La rubia no lograba describir cuán grande había sido su vergüenza al notar la situación en la que se había metido, en especial cuando uno de los alumnos había sugerido escandalosamente que los metieran en una habitación. El único consuelo que le quedaba, era saber que probablemente lo castigarían por ello.
Y para peor, estaba a nada de tener que verle la cara a Hans Westergard de nuevo, pues aún debían terminar de limpiar el cuarto del conserje.
Con esos pensamientos en mente, empujó la pesada puerta que la separaba de su demonio personal y ahogó un largo suspiro de hastío al ser recibida por la penetrante y furiosa mirada esmeralda. Hans estaba colgando su abrigo en el perchero, y sobre una de las ventanas reposaban sus pantalones de gimnasia, los cuales Eugene se había encargado de empapar esa mañana. De solo recordar la forma en que el agua oscurecía su cabello de fuego, y se derramaba entre cada curva que le proporcionaban los músculos, sus hormonas se alteraban de una forma peligrosa. Aún en esos instantes, su cabellera se notaba algo desprolija a causa del secado natural que de seguro debió tolerar el joven…
Haciendo acopio de la poca dignidad que le quedaba en esos instantes, carraspeó para obtener su atención y se avocó a la tarea de intentar forjar una tregua temporal.
-Te lo haré sencillo, Westergard- espetó sin ninguna consideración- Tu no me hablas. Yo no te hablo. Tú limpias. Yo limpio. Tú te vas. Yo me voy. Y los dos somos felices ¿Está bien?- El muchacho se pasó una mano por la barbilla, sopesando las posibilidades de salir bien librado de esa tarde de limpieza. Pelear con Elsa no le traería nada bueno, de hecho hasta ahora solo le había causado problemas. ¿Qué más daba si se quedaba callado y sin importunarla el resto de la tarde?
-Limpiaré las ventanas- repuso con neutralidad, sin aceptar o denegar la proposición de su compañera- Tu ve barriendo, debemos asear el suelo. – Tomando esa respuesta como la mayor afirmativa que podría conseguir de él, Elsa se encaminó hasta el armario estrecho y largo para tomar un escobillón y la pala de basura.
Tal como ambos acordaron, limpiaron en silencio, mirándose discretamente en alguna que otra ocasión y percibiendo la tensión que insistía en permanecer entre los dos. Casi al final de la tarde, cuando Hans le pidió amablemente que le alcanzase el cubo de agua para limpiar los vitrales superiores, la joven volvió a retomar la palabra, algo mortificada por su actuar en el debate.
-Oye…- musitó dubitativa- Yo… lamento haber sacado el tema de la costura en el debate…. No debí hacerlo. – se disculpó. El pelirrojo la contempló desde la altura de la escalera de madera que reposaba contra la pared.
-Yo te provoqué- afirmó encogiéndose de hombros- Los dos fuimos unos idiotas, déjalo.
-Sí, pero…
-Elsa, si quieres que acepte tus disculpas, lo haré. Pero no son necesarias. Recuerda que eres, de los dos, la que menos ha jugado sucio. – El cobrizo regresó a la tarea de limpiar los últimos retazos de vidrio y descendió cuando acabó con ello. La blonda se mordió el labio, incomodada al verlo descender hasta pararse frente a ella, en una cercanía de por lo más perturbadora. Hans arrojó la esponja dentro del cubo de agua que su compañera sostenía y luego lo tomó de entre sus manos para ir a vaciarlo al cuarto de baño. Acto seguido, regresó con el balde lleno de agua limpia y lo dejó frente a su contrincante. – Vamos a acabar con esto- sugirió- es hora de limpiar el suelo.
Tras mostrarse de acuerdo con la afirmación de su compañero, lo siguió hasta el armario del conserje. La joven ingresó en la estrecha oscuridad y tanteó los trapeadores en el oscuro. Percibió un ruido tras de sí y pudo adivinar que Hans también se había aventurado al lugar, probablemente en busca de los desodorantes de piso.
-¿Por qué mierda no ponen una luz en este lugar?- lo escuchó mascullar- ¿puedes ver algo?- La blonda retrocedió un par de pasos, tanteando el frente en el oscuro hasta que su mano se topó con algo.
-¿Eres tú?- preguntó dudosa mientras figuraba lo que estaba en contacto con sus extremidades. Le escuchó tragar saliva con dificultad y luego atisbó el modo en que le respondía.
-Elsa…- pronunció con la voz un tanto ronca- Tienes tus manos en mi entrepierna- La joven lanzó una exclamación y se volvió sobre sus pasos bruscamente, con el rostro ardiéndole de sobremanera. Tropezó con una de las estanterías y cayó de bruces al suelo, causando un estrepitoso sonido que se extendió por todo el recinto. - ¡Maldición, idiota! ¿Estás bien?- preguntó el muchacho, inclinándose un poco para encontrar a su oponente. Elsa liberó un quejido y él caminó a gatas hasta donde creía que se hallaba.- ¿Elsa?
-Estoy bien…- musitó la muchacha débilmente. El joven extendió su mano hasta encontrar su rostro en el oscuro y la oyó quejarse una vez más- ¡Acabas de tocar mi ojo, imbécil! – gruñó en tanto se llevaba una mano a la zona afectada. Hans liberó una disonante risotada, haciendo que la muchacha se sobresaltase al sentir el aliento masculino tan cerca de su mejilla. Si en verdad se hallaba tan próximo a ella, significaba que…- Westergard- habló dudosa.
-¿Qué?
-Tengo falda, ¿Sabes?- indagó cínica.
-¿Y?
-Me he caído.
-¿Y?
-Creo que estás entre mis piernas. – Eso lo hizo crisparse. Lentamente extendió sus brazos a ambos lados, percibiendo la calidez de dos pares de extremidades que se le antojaron infinitas. La muchacha lo escuchó murmurar algo ininteligible para luego distinguir otro abrupto silencio- Oye, ¿No piensas moverte?- inquirió un tanto más irritada y abochornada que de costumbre.
-Si…- respondió él. Contrario a lo que esperaba, el peso masculino se intensificó sobre su cuerpo, alertando a todos sus sentidos. No estaba segura de qué pretendía, pero el suspiro ahogado contra su oído le hizo intuirlo.
No era nada bueno.
-Ha… Hans…-lo sintió aspirar el aroma de su cabello, desplazando la nariz por su nuquilla, haciéndola avanzar por debajo de su barbilla hasta rozar sus mejillas, las cuales le ardían insoportablemente- ¿Qué estás…?- una suave y húmeda presión sobre su pómulo la silenció por completo. ¿Acaso la había besado?
-Solo cállate- espetó el cobrizo- por una maldita vez en tu vida, cierra la boca.
-¡Tu no me dirás a mí lo que puedo o no…!- La palabras murieron en su garganta al descubrir como los belfos de su compañero se apoderaban de su boca, acariciándola con propiedad y sin decoro alguno si de explorar su cuerpo concernía. Las manos de Hans se desplazaron por aquellas pálidas piernas, tomándolas con rudeza para cernirlas en torno a su propia cadera, terminando por acabar con el poco espacio que persistía entre sus entrepiernas. Elsa gimió para regocijo de su contrincante y enredó sus manos en su cabello, arrastrándolo al suelo junto con ella para que la verdadera competencia se estableciera entre ambos.
Los labios finos y expertos del pelirrojo quemaban los de ella con cada movimiento, en tanto la continuaba acercando con una mano posicionada en la estrecha cintura, mientras que con la otra se permitía levantar lentamente la apretujada camisa escolar de su oponente. La piel de la rubia se estremeció ante aquel contacto y no pudo hacer más que morder el labio inferior del muchacho en la búsqueda de canalizar todas aquellas sensaciones que estaban surgiendo en su feminidad.
El bastardo había logrado humedecerla.
Dispuesta a demostrarle que dos podían jugar al mismo juego, se frotó contra el miembro del joven, que en el transcurso de los besos había comenzado a endurecerse. Un gemido ronco huyó de entre los belfos del bermejo, llenándola de euforia. Ya descubriría que otros sonidos podía robarle…
-¿Mocosos? – La voz del molesto conserje resonó desde la puerta del armario, provocando que se separasen con brusquedad.
-¡Hijo de…!- intentó despotricar el pelirrojo, pero la mano de Elsa sobre su boca lo detuvo.
-Mocosos, este suelo ya debería estar limpio ¿En dónde demonios se metieron?
-¡Estamos en el armario!- respondió la muchacha, aún intentando normalizar su respiración- No podemos encontrar el desodorante de pisos, todo está muy oscuro aquí.
-¡Pues apresúrense, niñatos!- gritó el hombrecillo- Quiero cerrar este lugar de pacotilla para volver a mi casa.- los pasos del anciano se alejaron hasta convertirse en un sordo murmullo, y los jóvenes se incorporaron para salir del lugar.
Ambos estaban totalmente desalineados. Sus cabelleras se hallaban desprolijas y repletas de la basurilla del suelo, sus rostros poseían un intenso escarlata que resaltaba las pecas de sus rostros, y sus labios hinchados no hacían más que evidenciar todo lo que habían estado haciendo, al igual que las pupilas brillosas y dilatadas que terminaban por darle un toque esencial a sus aspectos.
Se analizaron durante unos momentos, buscando las palabras apropiadas aunque bien sabían que jamás podrían encontrarlas.
-Quédate con la presidencia si quieres, me importa una mierda- alegó el muchacho.
-Después del debate de hoy no creo que nos la den a ninguno- rebatió la joven, consiguiendo un escueto asentimiento por respuesta. Hans avanzó hasta el abandonado cubo de agua que se hallaba reposado en el suelo de la habitación y procedió a llenarlo de desinfectante- Westergard…- la mirada esmeralda de su compañero se posó sobre la de ella- ¿A las seis en los vestuarios? –una sonrisa de medio lado adornó las apuestas facciones del pelirrojo mientras se aproximaba a ella con un andar casi gatuno. El susurro masculino penetró por sus oídos al igual que el tacto que volvía a apropiarse de su cintura.
-Más te vale estar preparada, bombón.
Vasallaje de los Veinticinco:Una variante de los Juegos del Hambre que se realiza como aniversario cada veinticinco años en el universo creado por Collins (Alabada sea). Estos juegos conllevan siempre una nueva particularidad, la cual nunca resulta satisfactoria, precisamente.
Señor y Señora Smith: Supongo que todos sabemos de qué va esta película 7u7
Nota de autor:
¡Ok, Ali, doce minutos y contando para publicar esto!
¿Cómo están? Lamento haberme tardado bastante pero estoy de viaje y en muy raras ocasiones logro un buen acceso a Internet. Benditas sean las YPF de Argentina ajaja.
A Frozen Fan, aquí está tu OS, no sé si es lo que esperabas o si en verdad es un fiasco jeje pero es lo que se me vino a la mente en los escasos momentos libres que pude tener estas semanas. Quise que los dos se mataran, que descubrieran facetas ocultas recíprocamente (por eso la inclusión de Mérida) y que hubiese pasión entre ambos.
Hablando de Mérida, pienso que sería una estupenda hermana para nuestro colorado, no sé si alguien ya les ha dado esa relación antes, pero debo decir que me encanta la idea ¡Más si son mellizos!
En fin, si hubiese una especie de mafia para fics creo que yo estaría muerta, ¡Porque estoy más que endeudada! D: Hice una mini lista, y la cosa me quedó más o menos así: Dos del aún top secret frozen para AFF jaja, Cinco para el fandom THG (¡Mierda, perdón por eso!) y ahora también uno para el de Suicide Squad que le prometí a una autora amiga (Estúpido y sensual Jared Leto con su estúpido y sensual Joker, todo esto es su culpa)
¿Me falta alguno más? ¿Si? ¿No? ¿Que me vaya a la mierda? ¡Ok!
¡Les deseo una linda semana!
Los quiere,
Aliniss.
PD: Al adorable comentario de "Orguyo Jelsa", agradece que estoy corta de tiempo, porque pensaba redactar una no muy bonita respuesta a tu review. Por lo pronto, me limitaré a decir que yo voy a shippear a quien quiera con quien quiera, voy a escribir lo que se me venga en gana y demás. Me vale que Hans haya intentado matar a Elsa, al menos no soy una imbécil adepta a la pedofilia y gracias al cielo tengo una ortografía decente para decir todo esto. Entonces, te lo diré como lo hacemos en Argentina, podes meterte ese comentario por el orto, porque me importa una mierda lo que me digas n.n
¡Bye!
