LOVERS WHO UNCOVER

Así es mi amor

"Ellos dicen que la vida no es fácil

Dirán que tu amor es un crimen

Destruyendo cada buena razón

De cómo estoy vivo"

The Smashing Pumpkins – That´s the way my love is

Antonio se levantó un día más y apenas se quitó los cobertores de encima y miró por su ventana sintió el imperante deseo de volver a enterrarse en su cama y no salir hasta que el mundo se hubiera acabado o le dijeran que había una cura para inhibir los sentimientos, algo como extirparle esas partes inservibles de su cerebro que le hacían sentir tan mierda.

Se quedó mirando el árbol viejo que a veces colaba sus ramas por su ventana y cayó en la cuenta de que eso no iba a pasar aquella mañana así que forzándose a levantarse salió de la cama, fue hasta el baño, recargó sus manos en el lavamanos frente al espejo y puso una gran sonrisa en sus labios que incluso dejaba ver sus bien alineados dientes… pasados apenas unos segundos se sintió cansado de esto y desdibujó aquella mueca de su rostro.

-Que fastidio- murmuró abriendo la llave de la regadera para bañarse o por lo menos remojarse ya que eso hizo.

Se quedó parado bajo el chorro de agua pensando en absolutamente nada hasta que vio la piel de sus dedos arrugarse mientras escuchaba a su madre llamarle pues ya había estado demasiado tiempo en el baño, soltó un resoplido sintiendo el agua tibia recorrerle de manera agradable por todo el cuerpo esta vez deseando que al salir del baño todo hubiese desaparecido junto con el vapor del agua caliente y solo quedara su cama pero por segunda ocasión esto no pasó así que se vio a si mismo obligado a seguir con la rutina que había retomado desde apenas tres semanas.

Si, tres semanas habían pasado desde que decidió mantenerse limpio, reconstruir su vida y olvidar que hubo una persona que pudo haberse convertido en su universo. Ahora poco a poco se iba acostumbrando a algo que antes solía ser natural para él sin embargo en esos momentos volver a integrarse a su rutina conllevaba esfuerzos sobrehumanos.

Salió del baño para empezar a vestirse con una pereza y desgana que a cualquiera le hubieran parecido desesperantes; tras terminar de atarse los cordones de los zapatos tomó de su tocador una de las cajetillas de cigarrillos que estaban apiladas, la mayor parte de ellas vacías y arrugadas. Agarró la que todavía tenía por lo menos cinco cigarrillos y se la metió a la bolsa no sin antes pasarse las manos por el cabello húmedo intentado acomodarlo, de paso miró su reflejo y se sintió un poco ansioso.

-Es por tu bien Antonio- se dijo a sí mismo al notar que de nuevo a primera hora del día la ansiedad lo acompañaba, cosa que ya se había agregado a su rutina y razón por la cual los niveles de nicotina en su sistema habían incrementado considerablemente.

Guardó las cosas que necesitaba para el día en la universidad pues había empezado a asistir a algunas clases como oyente para poder pasar los exámenes de recuperación y salvar algunas materias, bajó a desayunar o al menos eso decía pues solo tomó una manzana y un trago de café como desayuno, le dio el acostumbrado beso a su madre, el buenos días a su padre y salió de casa para encontrarse justo en el portón a Francis.

-Llegas temprano- dijo Antonio sonriendo contagiando a su amigo que a veces dudaba acerca de que tan sincera era esa mueca.

-Como siempre mon ami- respondió Francis esperando a que el otro llegara a su lado y emprendieron el camino a la escuela.

Después de la pelea que ambos tuvieron y luego de que Antonio decidiera dejar de ver a Lovino, el español no perdió el tiempo y fue a disculparse con Francis e incluso llamó a Gilbert pues había decidido hacer las cosas bien, fue entonces que les confesó todo.

Francis y Gilbert escucharon con suma atención todo lo que Antonio les contó, les habló acerca de sus encuentros con Lovino, de las personas que conoció, las drogas que probó, incluso les confesó que aquella vez que inventó haber sido asaltado en realidad había sido una pelea en la que él había participado estando bajo el efecto de la metanfetamina. Les dijo cada cosa que pasaba en su vida y en su cabeza, contestó a cada pregunta que sus amigos le hicieron con total seriedad y preocupación y al final de aquella larguísima charla y tras las respectivas disculpas, sus amigos prometieron ayudarle a salir de aquello.

Antonio pensó que era demasiado afortunado por tener amigos que en lugar de darle la espalda después de todas las mentiras y cosas que hizo, decidieran apoyarlo y darle otra oportunidad… entonces pensó en Lovino deseando con todas sus fuerzas que él también tuviera a alguien como Gilbert y Francis a su lado porque obviamente él no lo era... no lo podía salvar.

Como parte de su plan para sacarlo de aquel mundillo en el que se había metido Antonio, Francis y Gilbert prácticamente se convirtieron en su sombra, todo el tiempo estaban con él para cuidar que no cayera ante la tentación de la droga o de Lovino. Lo acompañaban a casa, a la escuela y a todos los lados a los que el español pudiera ir, incluso habían intercedido por él con algunos maestros para que le permitieran entrar a sus clases como oyente.

Trataban de distraerlo haciendo las cosas que solían hacer antes de que Lovino hubiera aparecido en su vida y parecía funcionar… aunque reitero… solo parecía

-Deja eso, te vas a pudrir los pulmones antes de que podamos sacarte la droga del cuerpo- comentó Gilbert cuando se reunieron con él en la parada del autobús y Antonio ya iba por su segundo cigarrillo.

-Tienes razón ¿Alguien tiene un porro que me regale?- dijo Antonio en respuesta y los tres rieron ante la broma ácida pues a veces les gustaba sobrellevar la situación con algunos chistes que disiparan la tensión o distrajera al castaño al menos un poco de su evidente ansiedad, la cual se le notaba en el temblor de sus manos y dedos al sostener el cigarrillo.

Siguieron el camino de siempre haciendo otros chistes, comenzando una plática trivial y esas cosas mientras que Antonio se llevaba el cigarro a la boca o a veces lo dejaba entre sus labios; por segundos sin que sus amigos se dieran cuenta, miraba a través de la cortina de humo de tabaco, debilitaba ligeramente su sonrisa, pensaba en Lovino y se preguntaba si después de superar aquello dejaría de ver todo a su alrededor como si fuera una película de bajo presupuesto.

Todos sobreactuaban y el paisaje a su alrededor se veía en tonos sepia… seguían el guion establecido y sonreían como si de un comercial de pasta dental se tratara. Así que cuando el humo gris del cigarrillo se desvanecía junto con el viento, cuando soltaba el aire y se forzaba a seguir caminando a un lado de sus amigos con el libreto de su vida memorizado, volvía a preguntarse si de verdad cuando estuviera completamente limpio ¿Volvería a ser parte de esos actores de sonrisas prefabricadas y acciones prescritas? ¿Actuaria de manera tan natural que lograría incluso engañarse a sí mismo y comenzaría a pensar que era realmente feliz? Si, tal vez eso pasaría porque todos parecían estar conformes con aquello, parecía que su sobreactuación era convincente para ellos mismos; lo era para Francis, para Gilbert, para sus padres y seguramente en algún momento de su recuperación lo sería para Antonio también como lo fue antes de conocer a Lovino. Volvería a incorporarse al elenco de ese pésimo largometraje que erróneamente titulaban vida.

-¡Antonio!- escuchó que Francis le llamaba sacándolo de su ensimismamiento y el otro reaccionó justo a tiempo antes de cruzar la calle y ser arrollado por un camión, si Francis no lo llama y lo toma del brazo ya estaría hecho una masa sanguinolenta en el piso.

-Eso estuvo cerca- dijo Gilbert viendo el camión pitar en forma de reclamo avanzando a toda velocidad hasta el que el semáforo se puso de nuevo en rojo.

-Si… estuvo cerca- coincidió Antonio con una risita nerviosa cruzando la acera unos pasos detrás de sus amigos viendo el pedazo de pavimento donde pudo haber sido arrollado y se lamentó por un instante de que lo hubiesen detenido… le hubiera gustado averiguar si su sangre aún era roja y no se había coloreado ya de gris como todo lo que estaba en su rededor.

Siguieron el camino correspondiente hasta la universidad, saludaron a algunos compañeros, maestros, gente en general que a Antonio no le interesaba realmente pero se esforzaba por aparentar lo contrario y entraron al aula para tomar la primera clase.

Apenas empezaba la clase la voz del profesor y lo que decía perdía sentido, escribía cosas en el pizarrón que Antonio copiaba a pesar de no entender ni la mitad de lo que estaba enseñando el maestro y fingía poner atención a esos detalles supuestamente importantes mientras que su cabeza se dedicaba a vagar en pensamientos que sabía no debía estar teniendo, pensamientos acerca de Lovino.

El castaño entrecerraba sus ojos tratando de reprimir ese dolorcillo que se posaba en el centro de su pecho cada vez que pensaba en el italiano, era como si le estuvieran enterrando una aguja lentamente en la piel y esta atravesara sus músculos y huesos hasta llegar a algún órgano vital que le producía ese dolor que a veces hacía que se le quisieran saltar las lágrimas.

Antonio podía soportar la ansiedad, los escalofríos, la necesidad de meterse algo en el cuerpo para aguantar el día a día, claro que podía soportar eso pero lo que de verdad conllevaba usar toda su resistencia era ese maldito dolor, toda su energía era consumida en intentos de no echarse a llorar como una niña en pleno salón de clases porque había momentos en los que parecía que esa aguja invisible lo atravesaba de lado a lado, le desgarraba las paredes de su corazón su espina dorsal y se retorcía como un constante recordatorio de la persona que había dejado atrás.

-¿Antoine, estás bien?- preguntó entonces Francis pasándole una mano enfrente de la cara al castaño para que este saliera de su limbo mental.

El castaño parpadeó un par de veces para espabilarse, después sonrió abiertamente y contestó

-Sí, solo estaba aburrido- y dicho esto solucionaba todo al ver a Francis aliviado y correspondiéndole la sonrisa sin saber que tantas connotaciones se le podían dar a la palabra "aburrido".

Finalmente tras seis insoportables horas de clases continuas, una montaña de deberes por hacer y algunos cuantos libros que repasar para los exámenes, los tres chicos decidieron regalarse un momento de relajación e ir por algo nada nutritivo para comer, algo como una enorme pizza chorreante de todo menos algo saludable. Por lo tanto llegaron a la pizzería en donde engulleron el peperoni como si no hubiesen comido en días aunque Francis llegó a quejarse más de una vez que eso no le haría nada bueno a su dieta pues el francés era muy quisquilloso en cuanto a comida se tratara.

Por otro lado Gilbert devoraba la pizza aunque no tan rápido como se bebía la cerveza que había pedido en lugar de refresco, poco le importó la observación de sus amigos acerca de que era muy temprano para tomar alcohol y Antonio se limitaba a comer y a reír esperando no escupir todo por culpa de los otros dos chicos que no perdían oportunidad de molestarlo.

Ya solo quedaba una rebanada de la mentada pizza, Antonio y Gilbert estaban a punto de pelearse por el último triangulito cuando Antonio antes de lanzarse por la comida alzó su vista y justo desde la ventana, afuera del local vio a una persona que deseó no haber tenido que encontrarse en ese preciso momento.

El castaño se agachó cubriéndose con el brazo de una manera no muy discreta y por ende sus amigos notaron esta extraña actitud.

-¿Qué pasa?- preguntó Gilbert con la boca llena.

-¿Podemos irnos por favor? No quiero que me vea, vámonos rápido- dijo Antonio en voz baja escondiéndose de los ojos verdes de Feliks que se daba vueltas por la acera frente a la pizzería.

Sin saber realmente lo que pasaba Francis y Gilbert hicieron caso, dejaron el dinero de la cuenta en la mesa y salieron apresurados sin embargo no fueron tan sigilosos pues apenas cruzaron la puerta el rubio pareció reparar de inmediato en ellos, sobre todo en el español.

-¿Tony?- preguntó en voz baja Feliks cuando vio al trio alejarse rápidamente, enfocó mejor sus ojos y sonrió al notar que no estaba equivocado.

-¡Tony!- llamó en voz alta.

-No volteen, vámonos, vámonos- ordenó Antonio que sabía que si Feliks le hablaba no podría evitar preguntar por Lovino y eso era como jalar el gatillo de un arma cargada y el rubio era esa arma

-¿Quién es ese tipo?- preguntó Gilbert que sin saber el significado de la discreción, echaba miraditas de soslayo a quien los empezaba a seguir.

Pero antes de poder responder a la pregunta el insistente Feliks ya los había alcanzado y tomaba por la ropa al otro ojiverde para detenerlo.

-Sabía que eras tú Tony ¿No me escuchabas hablándote?- preguntó el rubio viendo a los tres darse la vuelta para por fin darle la cara.

-Ah… hola Feliks- dijo resignado Antonio sintiéndose un poco seguro tan solo por la compañía de sus amigos que veían con caras no muy gratas al chico a quien no parecía importarle esto.

-Huy ósea cuanto tiempo sin verte, dime ¿Es súper cierto eso de que ya no sales con Lovi?- preguntó con una sonrisa de placer al mencionar al italiano y ver la cara de dolor que Antonio dibujaba en su rostro.

Ahí estaba, acababa de mencionar a Lovino y el escuchar su nombre de otros labios era como golpear al español con una tonelada de concreto en la cara y dejarlo noqueado en segundos.

-Oh, perdón por la pregunta, como que es así súper incomodo hablar de tu ex pero es que Lovi nunca me dice nada, ya sabes que él siempre se comporta como un viejo cascarrabias y estos días que lo ha estado pasando fatal pues solo empeoran todo… ¡Ay, perdón! Otra vez lo mencioné, soy una perra, discúlpame- decía con fingido arrepentimiento el ojiverde incluso frotando el brazo de Antonio de vez en cuando como si estuviese consolándolo.

-Antonio ya no tiene nada que ver con ese tipo ni con nada relacionado a él- intervino entonces Francis poniéndose frente al moreno que estaba abatido.

Feliks volvió a sonreír de esa manera rara mientras se cruzaba de brazos y se llevaba una mano a la barbilla.

-Entonces estás limpio Tony…- dijo arrastrando las palabras sin dedicarle ni una sola mirada al francés o al alemán. Feliks soltó una risa afeminada y dio un aplauso de manera alegre.

-Tal vez suene raro que yo lo diga pero que súper buena noticia- dijo dándole un breve abrazo pero dejando sus manos en los hombros del castaño al separarse.

-Desde que te conocí supe que tú eres diferente a nosotros, que eres bueno. Estoy feliz por ti Tony, después de todo tú nunca fuiste parte del mundo de Lovino- decía el rubio y en su último comentario un tono cruel se dejó colar entre sus palabras que hicieron al moreno abrir un poco más sus ojos mientras el dolor de su pecho se extendía hasta su estómago.

-Me gustaría quedarme a platicar y así súper bonito pero Iván me espera. Suerte en tu recuperación Tony- dijo y corrió hasta un auto negro sin placas que se detuvo en la esquina de la calle. Feliks se despidió desde lo lejos una vez más antes de entrar al auto mirando una última vez la cara pálida de Antonio.

-¿Por qué tardabas?- preguntó Iván indicándole a su chofer que avanzaran al momento en que Feliks cerró la puerta del coche.

-Negocios, estaba recuperando vieja clientela- respondió Feliks cruzando las piernas tranquilamente.

-¿A plena luz del día vendiendo medicinas y/o tu cuerpo?- preguntó Iván con su sonrisa infantil pintada en sus labios.

-Nada de eso Ivancito, como que no soy una vulgar puta o alguno de tus vendedores adolescentes de barrio. Yo hago las cosas con clase- dijo Feliks echándose el cabello detrás de la oreja con presunción.

-¿Tú? ¿Tener clase? Quisiera ver eso- se burló el ojivioleta sacando un puro del bolsillo interior de su abrigo.

-Lo verás cuando Tony toque a mi puerta buscando algo para meterse junto con Lovi sin haber tenido la necesidad de ofrecerle siquiera una pastilla. El arte de esto Ivancito, es darle al cliente lo que realmente necesita: autoestima, amor, alivio, escape, compañía… una persona… las drogas y el sexo son solo el pretexto- explicó Feliks mientras Iván terminaba de prender su puro y lo quitaba de su boca para cerciorarse que lo había prendido bien.

-¿Lo dices por experiencia?- cuestionó el ruso y antes de que pudiera volver a fumar, Feliks le arrebató con suavidad el puro de su mano enguantada para darle una fumada aguantando el humo que le raspaba de manera desagradable la garganta.

-No precisamente experiencia, más bien alguien me enseñó que se le puede sacar mucho provecho al placer y a las debilidades de la gente- respondió Feliks dejando salir el humo por su boca extendiendo de nuevo el puro a Iván dedicándole una mirada cómplice.

-Y ya sabes lo que dicen jefe, el sexo y el dinero mueven al mundo- agregó el ojiverde con un brillo extraño en sus ojos gatunos.

Iván soltó una risa estridente que no dejaba de tener aquel característico toque infantil.

-Cuando hablas así hasta me dan ganas de invitarte a ser parte de la familia- dijo el ruso fumando de su puro.

-Eso de los trajes negros y los asesinatos como que no es para nada lo mío- Feliks declinó la invitación mientras se recogía el cabello en una coleta y se quitaba su chamarra de piel sintiendo de pronto como Iván le tomaba por el brazo con demasiada fuerza.

-Mira como tienes ya este brazo ¿Cuántas veces te inyectas al día?- preguntó Iván viendo los moretones en la coyuntura del brazo de Feliks. Los hematomas sobresalían demasiado entre su piel blanca, era como si alguien le hubiese golpeado repetidas veces en el mismo lugar.

-Hey, eso a ti no te importa- dijo Feliks queriendo zafarse pero Iván no se lo permitió y estaba a punto de contradecir esto pero prefirió quedarse callado antes de soltarlo.

-Estás en una cuerda floja Feliks, no te confíes y des un mal paso inyectándote más de lo que puedas aguantar- le advirtió Iván dejando escapar al ojiverde.

-Sería tan lamentable matarme y que ya no tengas con quien jugar. Estoy seguro que no tardarías ni dos días antes de encontrar otro entretenimiento- dijo el rubio y apenas terminó de pronunciar esto, Iván lo tomó esta vez por la cara con una sola mano mientras que con la otra sacaba su inseparable pistola y ponía el cañón de esta entre las cejas de Feliks.

-El día que me aburra de ti yo mismo te voy a desechar, hasta entonces procura no hacerme enojar con esos comentarios o podría botarte a la basura antes de tiempo- le amenazó Iván con el cañón aun puesto en la frente del otro, sonriente como de costumbre y el tono inocente marcado en su voz.

-¿Y? ¿Tienes que ponerme eso en la cabeza para sentirte más seguro de ti mismo o solo quieres impresionar al chofer?- comentó Feliks que a pesar de seguir siendo sujetado por Iván sonreía con aquella mueca burlesca y altiva que hizo rabiar al ojivioleta pero obviamente no lo dejó ver y dio por zanjada la peculiar conversación cuando soltó al otro rubio y siguieron con su camino.

Mientras Iván y Feliks se alejaban, Antonio y su par de amigos también tomaban su propio camino aunque Antonio caminaba demasiado rápido a veces dejando atrás a los chicos que daban zancadas para alcanzarlo.

-Oye, no le hagas caso a ese tipo, se veía que solo quería molestarte- decía Gilbert dándole palmadas en la espalda a Antonio cuando lograba mantenerse a su paso sin embargo era como si Antonio no lo estuviera escuchando pues solo iba caminando tan rápido como podía mirando al frente y nada más.

-No caigas en su juego Antoine- también comentó Francis mirando con preocupación al ojiverde que seguía sumido en su propios pensamientos que no parecían nada buenos pues una expresión de aflicción se reflejaba por completo en su rostro mientras seguía caminando en silencio ignorando a los chicos.

-Me voy a casa- solo dijo el castaño después de diez minutos de caminata y antes de que se desviara, Francis logró alcanzarlo tomándolo por la muñeca.

-No vayas a hacer alguna tontería Antonio o ese tal Feliks te va a tener donde te quiere, prométeme que no harás nada estúpido cuando llegues a casa y eso incluye buscar a… bueno… tú sabes a quien- le advirtió Francis a su amigo que se veía cada vez más desesperado.

Antonio asintió varias veces con su cabeza liberando su muñeca del agarre del galo.

-Te lo prometo- dijo el español mirando directamente a los ojos a su amigo y de paso también a Gilbert –Se los prometo- agregó y sintiéndose un poco más tranquilos, los chicos lo dejaron ir.

El español entonces se apresuró a llegar a casa, el único lugar en el que últimamente se sentía completamente seguro. Entró, saludó en un murmullo a su madre anunciándole que estaba en casa y subió hasta su habitación; se sentó en la cama, tomo su almohada y se la puso en la cara respirando agitadamente mientras enterraba sus dedos en ella y amortiguaba unas cuantas palabras que se decía a sí mismo para intentar tranquilizarse.

-Lovino Lovino…- repetía ahora meciéndose de adelante hacía atrás apretando todavía más fuerte la almohada, cerrando sus ojos con mucha fuerza hasta que se levantó por fin.

¿Y si lo llamaba? No lo iba a ver, solo lo iba a llamar para saber cómo estaba, Feliks había dicho que la estaba pasando mal, tal vez era por su culpa… debía disculparse como correspondía, eso no significaba que volvería con él… solo… solo tenía que hacer las cosas bien.

Una llamada nunca había matado a nadie y no estaba fallando a su promesa con sus amigos porque solo iba a llamar para pedir perdón por haber terminado con él sin razones ni motivos, le diría que estaba limpio ahora, que volvía a ser el de antes y le desearía lo mejor al italiano. Solo eso haría, solo eso le diría.

Si, solo llamaría, solo una llamada bastaría.

Sacó su teléfono celular y a pesar de que había borrado el número de su agenda eso no conllevó problema ya que se sabía el número de memoria así que lo marcó y sintiendo como si el corazón se le subiera hasta la garganta esperó a que contestaran pero nadie lo hizo, marcó una vez tras otra pero nadie nunca atendió. Antonio supuso que era normal no querer contestar las llamadas del tipo que un día sin más te había dejado y conociendo a Lovino era una actitud completamente predecible.

Frustrado Antonio se sentó de nuevo en su cama, mandando un montón de mensajes al mismo número pero estos jamás fueron contestados, incluso intentó llamar del teléfono fijo de su casa pues ese Lovino no lo tenía registrado pero tampoco contestaron ¿Qué pasaba con Lovino? ¿Por qué no contestaba? El español se desesperaba cada vez más, iba hasta la puerta de su habitación pero se detenía y regresaba a su cama, se enojaba con él mismo y repetía la acción hasta que en un momento dado abrió la puerta decidido a encontrar al italiano.

-Si llama Fran o Gilbo diles que me estoy bañando o que estoy dormido, no tardo- le pidió el ojiverde a su madre con toda la buena voluntad de cumplir con su palabra. De verdad lo haría, vería a Lovino y esa sería su prueba de fuego, le diría de frente sus razones para dejar de verlo, se despediría y volvería a casa, a su vida… a su mundo.

El ojiverde pensaba en los diferentes lugares en los que el italiano podría estar, pensó en la casa de Feliks pero decidió no acercarse ahí, no quería tener una doble tentación tan cerca de él y después le vino a la mente aquel edificio abandonado en donde pasaron tantas noches, tardes y mañanas juntos por lo tanto optó por ir a ese lugar.

El camino jamás le había parecido tan largo y nunca en su vida se sintió tan nervioso como en ese momento que hasta sentía vomitaría en cualquier momento gracias a los nervios, las rodillas le temblaban cuando llegó al edificio chamuscado y subió por las escaleras de azulejo ennegrecido; por cada peldaño que subía un recuerdo se le venía a la mente acerca de todas las veces que subieron en medio de besos y traspiés, risas y otras boberías, subir esas escaleras se estaba tornando doloroso.

Llegó finalmente al cuartucho abandonado y un golpe de nostalgia le atacó el pecho, tanto que un nudo en su garganta no lo dejó hacer sonido alguno. Casi pudo verse a sí mismo y a Lovino en aquel colchón viejo devorándose las bocas y acariciándose como locos, pasó sus manos por las paredes llenas de hollín que eran testigos silenciosos de todas las confesiones que se hicieron ahí recostados, de las promesas de jamás soltarse, de las muchas cosas que consumieron ahí bajo el resguardo de las ruinas.

Si ese cuarto pudiera hablar…

-¿Qué haces aquí?- Antonio pudo haber jurado que el alma le abandonó el cuerpo cuando la voz de Lovino hizo eco en la habitación, le dio miedo voltear pero aún con ello se obligó a hacerlo, y lo vio… sintió que acababa de perder la batalla, Lovino lo acababa de desarmar usando solo su mirada.

El español intentó decir algo pero no pudo.

Por su parte el italiano miraba con tristeza disfraza como desprecio a Antonio, lo vio frente a él enmudecido, con su boca entreabierta y los puños fuertemente cerrados; en ese momento el menor agradeció tanto estar bajo el efecto de las píldoras de oxicodina ya que de no ser así pudo haberse derrumbado en ese mismo instante por el dolor que le provocaba ver al español. Benditas drogas que incluso adormecían las emociones.

Lovino no recibió respuesta, tampoco insistió demasiado en recibir una.

-No quiero verte aquí cuando regrese- advirtió el italiano caminando a un lado del español agachándose hasta el viejo colchón alzándolo un poco para sacar de debajo de este lo que parecían ser unos billetes, se los metió a la bolsa y volvió a pasar a un lado del mayor que sintió el rozar del brazo de Lovino contra el suyo… el tiro de gracia que lo hizo agarrar de la mano a Lovino deteniéndolo, el chico entonces volteó con el entrecejo fruncido.

-Lovino… yo…- Antonio intentaba hablar con su mano rodeando la mano del otro sintiendo sus dedos fríos al tiempo que aquel sentimiento de infinita nostalgia parecía estarle desgarrando hasta la garganta.

Pronto sin darse cuenta apenas y podía respirar, apretó la mano del italiano que daba la impresión de estar esperando a que dijera algo más… y Antonio entonces pudo descifrar la mirada de Lovino, bajo esa fachada de enojo parecía que el chico le estaba rogando que no lo soltase otra vez.

El ojiverde soltó un jadeo producto de su dificultad para respirar, cerró sus ojos con fuerza, jaló a Lovino hacía él y lo besó en los labios.

Le apretaba la mano y con la otra tomaba su rostro, empezó a llorar no sabía si de júbilo o rabia hacía si mismo pero lloraba mientras besaba con desespero a Lovino, lo envolvía en sus brazos, lo acaparaba por completo sin dejar de poseer su boca.

Que estúpido, que idiota era, que débil pero estaba feliz, si, lo diría, estaba feliz de volver a su droga. No le importaba si rompía promesas o decepcionaba gente… ¡Oh!… que se fueran todos al infierno, él estaba con Lovino de nuevo y se sentía tan bien, tan malditamente bien que incluso la piel le hervía.

-Perdóname Lovino, perdóname- le decía en los breves momentos en los que separaba su boca antes de volverlo a besar como si la vida se le fuera en ello.

Y Lovino con el cuerpo débil aceptaba los besos que le estaban robando el aliento, intentaba dejar sus ojos abiertos solo para estar seguro si ese verde de las orbes de Antonio era real, le alzaba el cabello, dejaba pasear sus manos por sus parpados y sus mejillas y ahí estaba ese color esmeralda que no se desvanecía que se veía incluso más puro bajo las lágrimas del castaño.

-Me mentiste idiota, me dijiste que no me soltarías- le reclamó Lovino mientras se abrazaban y se besaban sus cuellos.

-Perdóname- volvió a disculparse Antonio metiendo las manos por debajo de la ropa de Lovino acariciándolo todo escuchando la respiración acelerada del otro.

-Eres un imbécil y un estúpido- le insultó Lovino que con sus manos bajo la camisa de Antonio le rasguñaba la espalda haciendo a este arquear su columna por el ardor

-Perdón- volvió a decir Antonio que buscaba la hebilla del cinturón del italiano.

-Idiota, maldito, tonto- seguía insultándole comenzando a tocar al contrario y sintiendo a su vez las caricias que este le daba.

Dedicándose insultos y disculpas se deshicieron de la ropa, fueron a dar a ese colchón en donde ahora los gemidos hacían inentendibles las maldiciones y las apologías. Las lágrimas de dolor se mezclaban con el sudor, los gritos que soltaba Lovino eran ahogados por los quejidos que a veces daba Antonio cuando alguna mordida o rasguño se marcaban en su piel.

Dolía pero al mismo tiempo era placentero, se odiaban el uno al otro, uno por ser abandonado, otro por estar siendo destruido, pero el amor era todavía más fuerte y más fuerte aún que el amor era la adicción.

-Dímelo Antonio, dime que esta vez de verdad no me soltarás- le ordenó Lovino en el momento que el español le dominaba por completo y se adentraba en él haciéndose paso en su cuerpo.

-Te lo juro, no te soltaré- respondió el ojiverde aferrándose a los muslos del otro.

-Dime que caerás conmigo, dime que estarás conmigo incluso si me voy al infierno- decía el acelerado Lovino echando su cabeza hacía atrás en el momento en que un grito placentero se escapó de su boca.

-Iré contigo… vamos juntos Lovino… aunque sea al infierno pero juntos- le decía Antonio sin dejar de penetrar en Lovino que alzó sus brazos por encima de su cabeza aun echada hacía atrás viendo la luz que entraba por la ventana a través de la gruesa cortina, viendo el arcoíris que se movía por la habitación envolviéndolos a ambos, atrapándolos entre listones multicolor, amarrándolos para estar siempre juntos.

Perfecto… esas palabras, esas sensaciones, esas promesas, ese momento… eran todos perfectos.

Y el resto del día pasó, la noche también, la mañana llegó llena de vida para Antonio que al ver a Lovino despertando a su lado rectificó que aquello era vida, Lovino era su vida. Lo besó, lo mimó a pesar de los reclamos del italiano, lo miró fijamente y sin pudor mientras este se vestía y de inmediato quiso quitarle la ropa otra vez.

-Solo te lo preguntaré una vez más- le dijo el italiano cuando al terminar de vestirse se sentó a un lado del colchón en donde Antonio aun recostado estiró su mano para jugar con el rizo travieso del italiano.

-¿Estás seguro de que quieres quedarte conmigo?- dijo Lovino en un tono tan serio que incluso daba un poco de miedo, aun así Antonio sonrió como de costumbre, esta vez una felicidad genuina.

-Si- contestó rápidamente y Lovino se levantó extendiendo su mano.

-Entonces vamos- dijo el menor, Antonio tomó su mano y se fue con él.

Llegaron al lugar frecuentado por ambos y apenas les abrieron la puerta fue como si el mismo Cheshire les hubiera recibido pues una sonrisa larga y extraña era lo que más resaltaba en el rostro de Feliks cuando ambos tocaron a su puerta.

-Los estaba esperando- dijo el rubio dejándoles pasar arrastrando la voz como un ronroneo.

Ah… ¡Que gran farsa es la sobriedad!… esa que pinta todo de gris y te convierte en un mimo tonto que actúa sin escenario, poniendo en escena una pantomima burda que imita lo que es el vivir, exagerando las sonrisas y las tristezas para aparentar un poco de veracidad en ellas. ¡Farsa farsa! Eso era todo.

La verdad, la realidad, la vida misma estaba en el torrente sanguíneo de Antonio, goteaba de la delgada aguja de la jeringa que recién salía de su piel morena, ahí estaba la vida.

Tenía forma de jeringa, tenía ojos marrones y cabello castaño, ahí estaba la vida… en el amor de Lovino y en una dosis de heroína.

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¡Toñoooo eres un perdedor, solo duraste tres semanas sobrio! Ja ja ja, ah… amo a mi Toño porque es un adicto consumado ¿Se dan cuenta que su adicción a Lovino pudo más que su adicción por las drogas? Esto es amor gente.

Creo que este capítulo hasta ahora es el que más he disfrutado escribir, amo cada capítulo pero este tiene un poquitín más de amor que los demás, además pude escribir de mi Feliks bien badass; no sé porque siempre lo ponen como una nenaza cuando puede ser un hijo de puta y ser sumamente gay al mismo tiempo pero bueno…

Mil millones chorrocientas gracias por seguir leyendo, por supuesto también por sus reviews, sé que muchas personas han retomado clases estos días y yo desde mi cueva les mando todo el ánimo del mundo, fusososososo hechizo de felicidad para que sobrevivan al regreso a clases y les esté yendo de maravilla. De nuevo mil gracias por seguir acompañándome en esta historia y nos estamos leyendo (espero)