NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE RUMIKO TAKAHASHI, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS
¡Hola a todos! ¿cómo han estado? Estoy MUY impresionada por la cantidad de comentarios y alertas que me llegaron en la última actualización, me dejaron tan contenta que quise traerles este capítulo lo más pronto posible =D Ahora bien, como notaron en el capítulo anterior, ya no se están saltando los años, éste capítulo le da inmediata continuación al anterior. Entre escenas puede haber espacio de semanas, pero eso queda especificado en la narración.
Reviews
Lola: Me alegra muchísimo que te haya gustado mi fic, Inuyasha también es de mis animes favoritos, lo veía de niña y me enamoró, entiendo lo que dices, hay varios fics trabajados de manera muy sencilla, y unos cuantos encantadores, espero que el desarrollo de mi historia aún así te guste (lo que respecta a Counting Stars, tengo la mitad del nuevo capítulo listo, estoy apurándome lo mejor que puedo, mil gracias por leer también ese otro fic =D)
LovesInu: ¡6 veces, wow! seguro te ha gustado ¡no tienes idea de cómo me emocionó leer eso! =D espero te guste este capítulo. No puedo decirte nada de Kikyou jeje, pero sí te adelanto que en este capítulo hay una escena Kagome/Inuyasha ;)
Marilole: ¡me alegra que te gustara! el póker es el juego clásico de barajas y en las escenas Kagome le ganó siempre a Naraku muy aplastante XD y el ajedrez, bueno, es más complicado, pero el punto es que también ganó Inuyasha. Ambos son juegos de astucia, por eso los usé de referencia.
Mizuki09: Me encanta que desconfíes de Kikyou porque esa era mi intención jeje, y también que las escenas con los juegos fueran divertidas c:
Danessa: ¡gracias! a veces cuando escribo siento que narro demasiado, pero ahora que dices que eso te gusta me siento más tranquila jeje, nadie se ha quejado por ahora así que dejaré de pensar en eso. Ojalá si te saque una que otra sorpresa este fic.
Kag: no te preocupes, muchos odian a Kikyou XD francamente yo la odiaba hasta Kanketsu-Hen, sentí que se redimió un poco ahí. Total, no puedo adelantarte nada, sólo diré que no muere en este capítulo.
Monroe21: Principalmente eso, Inuyasha y Kagome se relacionan de manera muy inconsciente, me alegra que eso quedara claro.
Forever MK NH: Yo también opino lo mismo de Kikyou c:
Yani Anderson: No te culpo, el dictador de voz es muy liberador jeje. Ahora bien, con las teorias de Kikyou no puedo responderte nada, sería spoiler, pero me alegra demasiado cómo te emociona esta historia, realmente me llenan de muy buenas vibras tus comentarios ¡muchísimas gracias!
The1975ale: ¡muchísimas gracias! ^^
Laura: te juro que el juego de póker entre Miroku y Kagome fue bastante divertido para mí de escribir, me alegra que te gustara =D
A leer
Capítulo 8
Inuyasha había sido entrenado en el arte de la espada desde que era pequeño, pero al cumplir los catorce años, su madre le reprendió por ser bastante impulsivo. Era, en palabras de Izayoi, el peor defecto que un gobernante pudiera tener. Por tal motivo, a escondidas de la corte, mandó a su hijo a clases especiales para controlar la ira, a cargo del General Totosai.
El General Totosai fue en vida uno de los hombres de más alta confianza de Inu-no Taisho, por razones que Izayoi no creía prudente revelar pronto a su hijo. Pero ambos sabían perfectamente el destino de Inuyasha, y sabían cómo había que prepararlo. Ya que poseía una personalidad relajada –lo cual irritaba mucho a Inuyasha– el viejo General Totosai encontró sencillo molestar al príncipe para enseñarle a superar sus arranques de ira.
Aprender a controlarse fue difícil para Inuyasha, había mucha rabia y dolor acumuladas en su interior, pero semana con semana parecía ir mejorando en esa materia. Al mismo tiempo que le enseñaba a controlar su ira, Totosai lo instruía en el arte del sigilo y espionaje. Por su naturaleza imprudente, Inuyasha vio muy difícil el adoptar el pensamiento astuto que se requería para eso, y Totosai, a pesar de su paciencia, no podía ocultar a veces su frustración por lo lento que era el príncipe en ese entrenamiento.
Ahora que estaba cerca de cumplir los 18 años, tras cuatro años de desgastante, pesado y difícil entrenamiento, por primera vez Inuyasha estaba viendo los frutos. Había detectado algo extraño en el juego de ajedrez que tuvo con Kikyou (no podía ponerle palabras, sólo lo llamaba presentimiento) por eso, después de ver a Kagome entrenando arquería –hizo nota mental de buscarla después, era obvio que la princesa tenía algún problema– se deslizó por el corredor cerca de las habitaciones de la baronesa.
No podía decir que hubiera algo extraño, pero esperó a que Kikyou saliera de su recámara para ir a cena (su madre lo mataría por llegar tarde, pero ya que) y entró a su cuarto. Rápidamente buscó en los lugares que Totosai le había enseñado, eran los más comunes para guardar secretos. No demoró muchos minutos en encontrar la carta, que estaba sellada. Respiró profundo ¿estaba dispuesto a correr el riesgo de lo que pasaría después?
Tras una profunda meditación, rasgó el sello y leyó la carta. Por un lado, agradeció que se tratara de un material comprometedor ¡al fin estaba desarrollando una buena astucia! Pero por otro lado, sintió enfado y miedo ¿con quién estaba trabajando Kikyou y por qué? Una sensación de traición surgió como fuego en la boca de su estómago y escalaba por su pecho hasta la garganta, su primera reacción fue golpear con su puño el escritorio y pensó en encerrarla, pero… no. No podía hacer eso.
Respirando para calmarse –como Totosai le había enseñado– meditó cuál sería el mejor plan a seguir. Tenía evidencia en sus manos, si involucraba a los guardias ¿no sería esa una ofensa mayor y más pública? Necesitaba respuestas, pero involucrar a más personas, al menos por el momento, resultaba contraproducente, sólo complicaría más las cosas.
Escribió un pequeño mensaje: "Veme en el jardín norte" que colocó en el lugar donde estaba la carta, luego se la llevó consigo a la cena. Su madre se molestó de que llegara tarde, él se disculpó diciendo que estaba leyendo y no se le avisó que era hora de cenar. Actuó lo más normal que pudo, y nadie pareció percatarse de que estaba algo nervioso, lo que sí le sorprendió fue ver a Kagome y Kikyou platicar muy amenamente.
Terminada la sobremesa, deseó las buenas noches a todos y se fue, pudo ver a Kikyou marcharse también –por el pasillo que agarró, iba a su cuarto– así que se dirigió a uno de los armarios, sacó una capa y caminó silencioso por el pasillo oscuro hacia el jardín norte. Esperó unos veinte minutos, hasta que Kikyou apareció, la baronesa también tenía puesta una capa intentando ocultar su identidad, y se mostró bastante sorprendida de que él estuviera esperándola.
—¿Alteza? ¿qué hace aquí?
—Esperándote, desde luego—sacó la carta cuidadosamente doblada de entre sus ropas y se la mostró—Esta carta es muy comprometedora, es evidente que nos estás espiando.
El rostro usualmente sereno de la baronesa se crispó, tenía el ceño fruncido y los labios apretados, en na expresión de molestia combinada con preocupación.
—No es lo que usted cree.—dijo, en tono fuerte—Pero es libre de sacar sus propias conclusiones.
—Si lo que quisiera es sacar conclusiones por mi cuenta, no te hubiera citado aquí. Me explicarás para quién estás trabajando, y a quién iba dirigida esta carta.
—Yo no…
—O lo haces, o llevo esta carta al General Mayor y vemos cómo se complican las cosas—luego dijo, en tono más amable—No quisiera que acudieras a un juicio del Tribunal, no suelen ser lindos.
Kikyou se mordía el labio inferior, incapaz de mantener su póker face. No tenía idea de qué había hecho para que el príncipe sospechara de ella ¡habían tenido una conversación tan agradable en la tarde! Debía únicamente analizar sus variables inmediatas, el príncipe podía en ese instante acusarla de alta traición y ciertamente un juicio del Tribunal no era una experiencia que deseara agregar a su vida. Además, estaría manchando el honor de su familia y no podría ver a su padre a los ojos otra vez.
¿Qué hacer? Si se rebelaba, nada garantizaría que el príncipe entendería. Pero si se negaba, el desenlace sería por mucho aún peor.
—Le explicaré todo—suspiró al fin con resignación, entregándose a los dioses—Pero debe prometer, su alteza, que escuchará todo mi relato, y sólo hasta el final podrá juzgarme.
Inuyasha asintió, lo que él quería era precisamente eso, saber la verdad. Kikyou le miró a los ojos fijamente, sabiendo que se estaba jugando algo más que su vida, y empezó a hablar.
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Koga se marchó del Palacio de los Vientos dos días después, con la impresión de algo se estaba cocinando frente a sus narices, aunque no entendía qué podía ser. Izayoi fue muy espléndida en la despedida, deseándole las mejores de las suertes y un excelente clima para el viaje, luego, Koga le dio un ramo de flores a Kagome a modo de despedida y le pidió mantenerse en contacto, ella le dijo que podía escribirle cuando deseara (Inuyasha resopló sonoramente al escuchar eso).
Kikyou se quedó una semana más, y esos días Kagome pudo ver que había surgido una especie de complicidad entre Kikyou e Inuyasha. Era extraño, porque los dos habían pasado mucho tiempo juntos, pero ahora intercambiaban miradas como… como si compartieran un secreto.
Kagome estaba confundida, había pasado más tiempo con Kikyou, y se entendían mejor, pero esa complicidad que compartía con Inuyasha le ponía los pelos de punta. No sabía si llamarlo enfado o incomodidad, pero sabía que no era una reacción normal, así que la minimizaba. Además ¿cómo enojarse si Kikyou había sido tan atenta con ella esos últimos días? Incluso la abrazó cuando se despidió de ella, preguntándole si podía escribirle.
—Claro—respondió medio confundida, preguntándose en qué momento hicieron tanta amistad.
—¡Maravilloso!—sonrió Kikyou—Te escribiré en el otoño, cuando ya estés en tu reino ¿te parece?
"Sí" respondió. No había manera de negárselo. Luego, cuando Kikyou se despidió de Inuyasha, le vio susurrarle algo al oído, y él asintió ¿qué rayos se traían esos dos? "No es de tu incumbencia, Kagome ¡no es asunto tuyo!"
Finalmente, con las visitas yéndose, los mismos jóvenes de cada verano quedaron solos en el Palacio de los Vientos, pero en vez de disminuir la tensión, ésta pareció llegar a su punto máximo, se renovaron las apuestas por parte de la servidumbre y se posicionaron en lugares estratégicos para ver el desenlace. No tardaron mucho, un día después, en la mañana, Kagome e Inuyasha coincidieron en la plaza de armas y ahí estalló todo.
Ella estaba practicando arquería, él quería hacer su práctica de esgrima, Inuyasha amablemente –sí, muy amable– le preguntó si podía entrenar, pero Kagome le respondió malhumorada diciéndole que no sabía cuándo terminaría y que su presencia le estorbaba. Inuyasha después reconocería que fue culpa suya, porque sabía muy bien desde que eran niños que interrumpir a Kagome en su práctica era cometer suicidio, pero en su primera reacción siguió la discusión hasta que los dos príncipes terminaron en lados opuestos del palacio sin querer hablarse ni para la comida.
Y las apuestas llegaron hasta los propios reyes, Izayoi y Takahari tenían su propio sistema en el cual dejaban en un cofre de madera de su despacho la cantidad apostada con un papel que tenía escrito el número de horas o días que tardaría la reconciliación (el ganador simplemente recogía el contenido del cofre entre risas discretas), mientras los sirvientes hacían turnos para rondar las habitaciones de los príncipes y enterarse de los mejores detalles.
Fueron los sirvientes que fingían limpiar en el pasillo al lado de la biblioteca, donde estaba Inuyasha, quienes contemplaron el primer acto. La princesa Kagome entró también, buscando unos libros, fingió que no notó a Inuyasha –sentado casi frente a la puerta– y caminó hasta el fondo haciendo resonar sus tacones bajos sólo para fastidiarlo. El príncipe rechinó los dientes fingiendo concentrarse, pero ante el ruido de Kagome, le resultaba imposible, al final le dijo: "¡Basta ya con esos tacones!" y ella le recriminó.
Pegados a la puerta, los sirvientes escuchaban cada frase "Es por el suelo" "¡No me quieras hacer el tonto!" "¡Por supuesto que no!" "Estás así desde la mañana ¡disculpa por interrumpir tu importante práctica!" y así continuaron, hasta que Kagome suspiró con pesadez e Inuyasha gritó un "¡No, perdona!".
—Está llorando—susurraron los sirvientes. Todos sabían que Inuyasha no soportaba ver a Kagome llorar.
Después de eso fue más difícil oírlos porque susurraban, pero escucharon algunas palabras como "perdona" "culpa" "sensible" y "confundida" tras eso, escucharon los zapatos de Kagome acercándose a la puerta y de inmediato se alejaron yéndose hacia la ventana, pretendiendo que la limpiaban las cortinas, justo cuando la puerta se abrió.
—¡No importa!—dijo Kagome—Nunca lo entenderías.
Cerró la puerta y se alejó por el pasillo, unos diez minutos después Inuyasha salió y caminó justo hacia donde Kagome se había marchado "La está siguiendo" pensaron, y de la manera más sigilosa posible, los siguieron. Pero apenas estaban bajando el piso cuando llegó el mayordomo, los reprendió por chismosos, y los regresó a limpiar las ventanas.
El segundo acto lo contemplaron las sirvientas de la cocina, estaban terminando de preparar la cena cuando Kagome entró apurada y pidió un plato con pasteles, con los años, habían aprendido que la princesa sólo pedía merienda cuando estaba muy perturbada o triste. Inmediatamente le dieron un plato con pastelitos y un vaso de leche, ella se sentó en la mesa y mordisqueó con ansiedad mal disimulada el pastelito de chocolate, cuando entró Inuyasha a la cocina buscándola.
—No quiero hablar contigo.
—No es opción.
Palabras más, palabras menos, los príncipes salieron de la cocina, haciendo que todos los sirvientes corrieran hacia la puerta para escuchar lo mejor posible (¡qué rabia no poder asomarse por la pequeña puerta de cristal, pero si lo hacían, seguro los descubrían!) no podían escuchar gran cosa, porque hablaban en voz baja, pero eventualmente ellos fueron subiendo el tono.
—Es ridículo.
—Basta ya, Kagome, sólo dilo de una vez.
—Estaba molesta por Kikyou—él rio un poco—¡No te burles!
—Parecía que ustedes se llevaron bien.
—Bueno, sí, pero…
—¿Qué te preocupa?
—Inuyasha, tú y ella…
De repente, ya no hablaron ¿qué rayos estaba pasando? ¡ni siquiera se escuchaba un murmullo! Al diablo, se asomaron por la ventanilla, y vieron con perfecta claridad al príncipe abrazando a la princesa.
La olla donde se estaba cociendo el estofado emitió un chillido agudo y molesto que los asustó, saltaron de improviso y la puerta se movió un poco, rebelando su presencia a los príncipes. Inuyasha y Kagome les riñeron con la mirada y después se fueron caminando, mientras la cocinera principal movía el estofado afanosamente intentando que no se quemara y pidiendo ayuda para que bajaran un poco la flama.
El tercer acto y el definitivo lo tuvieron los asistentes de jardinería, que estaban podando discretamente los árboles que rodeaban el porche este y no fueron detectados por los príncipes –ya que las ramas los cubrieron desde su perspectiva– inmediatamente dejaron de cortar las hojas para no hacer ruido, y prestaron oídos atentos. Pensando que estaban solos, los príncipes fueron mucho más expresivos.
—Kikyou es sólo una amiga—dijo él—Lo sabes ¿verdad?
—Supongo…
—¿Estás celosa?
—¿Yo? ¿Por ti?—intentó sonar jocosa sin éxito—¡Sueñas!
—Sí, estás celosa.
—Que yo no…
—Está bien, yo también estuve celoso de Koga.
Kagome no dijo nada ante semejante verdad, los asistentes de jardinería se asomaron discretamente, viendo cómo Inuyasha eliminaba la distancia entre ambos, quedando de pie frente a la princesa y viéndola a los ojos muy fijamente. Kagome no hacía ademán de alejarse, y fue ella quien cautelosamente colocó sus manos sobre los antebrazos de él, permitiendo que la abrazara por la cintura con suavidad.
—Qué… ¿qué pasa?
Había un sonrojo en las mejillas de los dos, ninguno de los dos parecía entender ni querer detenerse a comprender, sólo se miraban.
—Kagome… Kikyou jamás podría tomar tu lugar—lo dijo con firmeza, viéndola con tanta intensidad que Kagome sintió cómo penetraba a lo más profundo de su alma.
—Ni Koga el tuyo—respondió ella con un suave murmullo—Nadie, de hecho.
—No, nadie.
De repente, el tiempo pareció detenerse, y ahí estaban los dos abrazados viéndose a los ojos. Los asistentes de jardinería disimularon lo mejor posible la emoción que los embargaba ¡ya era hora que esos dos se decidieran! Años y años viéndolos corretearse de esa manera dizque indiferente hicieron que toda la servidumbre del palacio deseara, aún más intensidad que los padres, que esos dos jóvenes testarudos aclararan sus sentimientos.
Estaban ahí, abrazados, Inuyasha parecía inclinarse hacia su rostro, el momento era tan hermoso y tan perfecto… pero antes de que algo más pasara, se escuchó la lejana voz del duque Miroku buscando al príncipe, Inuyasha y Kagome se sonrojaron, permanecieron abrazados un poco más antes de separarse y, antes de irse, Inuyasha se inclinó y le besó la mejilla con ternura.
Kagome se quedó de pie, acariciando la mejilla donde Inuyasha la besó, preguntándose cómo había pasado eso. Los ayudantes de jardinería querían gritar de frustración ¡a tan poco de besarse venía ese duque a arruinar el momento! Y empeorando todo, perdieron la apuesta, ellos dijeron que se reconciliarían hasta en dos días más.
Todos estaban enfadados, excepto uno, era un hombre de unos treinta años, y del personal más nuevo del palacio, él había visto con la mayor seriedad posible la escena frente a sus ojos y fue el único que notó un brillo rosado en el pecho de la princesa. Sabía lo que ese brillo significaba y, simulando que estaba enfadado por haber perdido la apuesta, se alejó de sus compañeros.
Los demás corrieron a la cocina y contaron a las cocineras lo que vieron, ellas agregaron los detalles del segundo acto, poco después bajaron los sirvientes que contemplaron el primer acto y empezaron a contar lo que habían visto. Pronto, reconstruyeron toda la reconciliación de los príncipes, exagerando en algunas cosas pero reafirmando mil y una veces lo más importante: aquél abrazo sincero, y el beso en la mejilla.
Los pocos que apostaron por la reconciliación rápida cobraron sus monedas entre sonoras risas, después, se marcharon para contar a los demás sirvientes (aquellos que estaban en otras partes del palacio) las noticias. En menos de dos horas, Takahari escuchó el tumulto hasta el despacho y suspiró frustrado ¡Izayoi le había ganado!
Ni bien pasaron diez minutos cuando la reina entró al despacho sonriente y caminó al pequeño cofre, sacando la apuesta, luego le miró con fingida inocencia.
—Te lo dije, ya se están acercando mucho más de lo que admiten.
—¡Yo aposté a su terquedad!
—Y yo a sus hormonas, ya vimos quién tenía razón.
Metió las monedas de oro en su monedero y siguieron bromeando un poco más, después, los dos caminaron juntos hasta el comedor, faltaba poco para la cena.
Durante la cena, Inuyasha y Kagome hablaron bastante animados, toda la tensión había desaparecido y fue reemplazada por un gozo muy extraño. Lamentablemente, no les duró mucho, porque un par de semanas después, con la llegada del otoño, los Higurashi empacaron sus maletas y se fueron al Reino del Norte.
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Nunca en toda su vida Kagome se había sentido tan decepcionada de tener que regresar pronto a casa. Ella solía desear con todas sus energías volver al Palacio de Shikon cuando era niña, pero justamente ese verano, sus sentimientos la traicionaron. Todavía se maravillaba cuando llegaba a su reino y la esplendorosa visión de su hogar la llenaban de calidez y seguridad, pero extrañaba al Palacio de los Vientos ¿eso era una especie de traición a su patria?
A pesar de ser madura para su edad, Kagome aún tenía dieciséis años (aunque faltaban pocos meses para que cumpliera los diecisiete) y las emociones abrumadoras que conllevan las hormonas nunca son fáciles de soportar. Ahora que era mayor, y que su infancia estaba llegando a su fin en todos los sentidos –físicos, emocionales y mentales– comprendía que le tenía mucho cariño al Reino del Oeste, y que lo consideraba su segundo hogar.
Era lógico, pues llevaba diez años visitándolo anualmente en los veranos más emocionantes de su vida. Si, al principio se quejaba y decía que eran viajes molestos, pero ahora entendía que esos veranos encerraban muchos de los momentos más felices de su vida. Las meriendas con Izayoi, las prácticas con los generales de Inuyasha (tan astutos y fuertes) las cabalgatas con su padre en las praderas floreadas afuera del Palacio de los Vientos, las bromas y juegos con Miroku y Sango (cuando su amiga la acompañaba) y… la compañía de Inuyasha.
Ese Inuyasha torpe y molesto que la hacía llorar del enfado cuando era niña, también era el único que podía encontrarla cuando se escondía, el único que no la consideraba débil por ser una niña (había aprendido muy bien en la infancia que el entrenamiento de Kagome no fue menos riguroso que el de ningún príncipe) y también el único que podía animarla con las palabras correctas cuando estaba mal. Lo comprobó ese mismo verano, cuando la consoló de la situación con Naraku.
Podía engañarse y pensar que él la conocía muy bien porque habían crecido juntos, pero no era cierto, Sango y Miroku también la conocían bien ¡hasta su padre, que la había criado, era incapaz de calmarla de la manera en que Inuyasha lo hacía! No, era algo más. Ese sentimiento de rechazo que le inspiraba el príncipe en la infancia ahora era muy agradable en su pecho, y a veces molesto en el vientre, causándole un revoltijo incómodo y casi doloroso.
¿Acaso se estaba enamorando de Inuyasha? Se sonrojó violentamente cuando recordó la forma en que la abrazó, cómo la miró intensamente y el dulce beso que le dio en la mejilla, sólo de recordarlo, su corazón volvía a latir estrepitosamente y sentía que le faltaba aire ¡pero qué tonta! Según lo que había leído en sus libros, se estaba comportando como una colegiala.
"Bueno ¿y acaso no lo soy?" pensó, a su edad la mayoría de las muchachas educadas estaban aún en los institutos chismeando entre ellas, sonriendo bajo el sol y coqueteando con los jóvenes que las visitaban los domingos. Pero ella no, era una princesa con una esmerada educación, que había conocido a demasiados hombres y jóvenes en la corte, coqueteado con algunos, rechazando a otros, y comprometida desde su infancia con el príncipe Inuyasha Taisho. Se esperaban demasiadas cosas de ella, menos que actuara como una típica colegiala de novela.
Pero ahí estaba, recostada en su cama, escuchando a la doncella desempacar sus pertenencias mientras sujetaba con su mano derecha la perla de Shikon. La perla había brillado cuando ella e Inuyasha se abrazaron, y él lo notó, pero no dijo nada (¡qué considerado!) debería escribirle a Kaede para hacérselo saber y preguntarle por qué había pasado eso.
De una cosa estaba segura, si seguía pensando tanto en Inuyasha, se volvería loca. Demasiado confundida la tenían esos celos y esa escena entre ellos como para darle vueltas en la cabeza a preguntas sin respuestas. Se puso de pie y se cambió el vestido, eligiendo uno de los más cómodos, para salir al patio a practicar. En su camino por el porche, vio la silueta de un niño corriendo hacia ella con la sonrisa más enérgica del mundo.
—¡Kagome!—la llamó.
—¡Shippo!
El niño de ocho años saltó hacia ella, desestabilizándola, pero no la tumbó. La princesa lo abrazó con fuerza y besó su frente varias veces ¡cuánto había crecido! La última vez que le vio no debía tener más de cinco años ¿por qué el tiempo pasaba tan deprisa?
—Nanna me mandó a pasar aquí un par de meses—le explicó—Pero llegué y no estabas ¿a dónde fuiste tú y mi tío?
—Estábamos en el Reino del Oeste, si te portas bien, te llevaré conmigo en mi próxima visita—estaba segura de que Izayoi adoraría la presencia del niño—Dime ¿qué has hecho si estás solito aquí en este enorme palacio?
—Obviamente jugar conmigo—dijo Sango, apareciendo de repente—Y con mis hermanos ¡no sabes el cariño que le ha cogido Kohaku!
Saludó a su amiga y entre los dos la pusieron al corriente de todo cuando aconteció en el palacio en su ausencia. Shippo Motonishi era sobrino del rey Takahari (hijo de un primo segundo, muerto tiempo atrás) y lo cuidaba Nanna Higurashi, hermana de la ya fallecida madre del rey. Vivían en una hermosa finca a dos horas de la capital, Kagome lo visitaba constantemente y también a Nanna, una anciana encantadora y estricta que la adoraba con todo su ser.
Olvidó por completo sus intenciones de practicar y en vez de eso se fue con Sango y Shippo a la sombra del árbol, donde estaba Kohaku –llevaba muchísimo tiempo sin verlo– y los cuatro empezaron juegos para entretener al menor. El tiempo pasó rápido y la diversión le permitió olvidarse por un momento de sus dudas, pero cuando atardeció y la niñera llamó a Shippo para darle un baño, el ambiente infantil desapareció, y con el tono maduro del ambiente regresó su angustia.
Kohaku no dijo nada, solo se disculpó para irse a tomar agua y darles espacio. Sango esperó pacientemente hasta que Kagome bajó la guardia, recostándose en el árbol, y preguntó:
—¿Qué ha pasado? Tienes cara de pocos amigos—Kagome movió los labios pero no la dejó hablar—Y no me digas que es por el cansancio.
Enfurruñada, la princesa se cruzó de brazos, reacio a responderle, pero no hizo falta insistir mucho para que Kagome le contara la visita de esa tal Kikyou y cómo se sintió al respecto.
—Así que estabas celosa.
—Bueno, supongo… ¿se puede celar a un amigo, no?
—Desde luego, pero Kagome ¿segura que era celo de amiga?
No, no estaba segura.
—Yo…—Se encogió de hombros, sin poder responder algo coherente.—Pero ¡eso no es todo!
—¿Ah no?
Sabiendo que sus mejillas estaban más rojas que un tomate, le comentó sobre las conversaciones amenas que tuvieron y también el abrazo, el beso y cómo su vientre se retorcía causándole sensaciones raras. Sango escuchó todo, sabía el diagnóstico antes de que ella describiera la enfermedad, pero tras la charla, la condesa estaba más segura que nunca de los sentimientos de su amiga.
—¡Estás enamorada de él!
—No—frunció el ceño—Eso no puede ser ¡crecimos juntos!
—Razón de más.
—Es un amigo.
—No te quieras engañas.
—Pero Sango…
—¿No escuchaste el relato que acabas de darme? Ni las novelas románticas son tan dulces como tus palabras al hablar de Inuyasha. Amiga ¿por qué no aceptas tus sentimientos?
¡Porque era aterrador! Los libros mentían diciendo que el amor era dulce, hermoso y perfecto. En realidad, daba miedo, confundía y te dejaba el estómago peor que una infección estomacal. No quería estar enamorada, y menos de Inuyasha, lo conocía bien, él jamás la miraría de esa forma.
—Es difícil.
Sango escuchaba y veía a su amiga, su pudiera, tomaría la parte de su cerebro que la tenía confundida y la quemaría para que Kagome fuera más segura con sus emociones. Pero no podía hacer eso. Ella no era princesa, no tenía las responsabilidades que Kagome sí tenía, y por más que se esforzaba, sabía que no comprendía varias cosas.
—Nadie dijo que amar fuera sencillo—susurró.
—Oye, estoy enamorada ¡eso no es lo mismo que amar!
—¿Así que lo admites?—dijo jocosa—Que estás enamorada de Inuyasha.
—Tú… ash ¡sí, lo estoy!—gritó—¡Estoy enamorada de él!
Maldita sea, justo cuando pensaba que no podía actuar más como una boba colegiala de novela barata ¡y ahí estaba, gritando a los cuatro vientos que estaba enamorada, bajo la sombra de un árbol, con la melodiosa risa de su mejor amiga como música de fondo!
—¡Esto es bueno! ¿por qué no te alegras?—dijo Sango—Después de todo es tu prometido ¿no?
¡Y dale con eso! Era el peor momento para recordarlo. Antes, pensaba que rompería el compromiso sin problema alguno, ella misma lo haría sin preguntarle a Inuyasha y se deleitaría sabiendo que no tendría que verlo otra vez en su vida. Pero ahora, la sola idea de pensar que él quisiera romper el acuerdo, dolía en su corazón como mil agujas incrustadas al mismo tiempo.
Esa vez Sango sí pudo interpretar su miedo, así que la abrazó tiernamente y dejó a su amiga sollozar. No derramó lágrimas, pero sí tembló por sus abrumadores sentimientos, desbordándose a cada segundo, y que se esmeraba en volver a controlar.
De lo único que Kagome estaba segura, era que necesitaba pensar, y pensar muchísimo, antes de saber cómo actuar.
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Sango regresó a su casa con Kohaku después de la cena, estaba feliz de que su amiga estuviera enamorada y algo molesta de que ella pensara que era malo. Había que ser muy tonto o despistado para saber que Inuyasha no sentía lo mismo por ella, pero bueno, aparentemente sólo los dos príncipes ignoraban sus propios sentimientos.
Cuando visitaba el Palacio de los Vientos, ella y Miroku buscaban maneras de acelerar la relación entre sus amigos. Al principio pensó que Inuyasha era grosero y maleducado, pero con la convivencia diario supo que era más bien cuestión de fachadas, pues era un hombre de corazón bondadoso y lleno de buenas intenciones. La verdad era que él y Kagome, cuando dejaban de lado el teatro, se llevaban tan bien que enternecían a cualquiera.
Sabía que Inuyasha y Kagome habían montado desde su más tierna infancia un espectáculo perfectamente diseñado y cuidado con recelo para llevarse mal y evitar así el compromiso que los unía. Pero el tiempo y el amor hicieron sus jugadas, ahora los dos estaban enamorados, a pesar de todas las barreras que pusieron para evitarlo, pero la costumbre de esa dinámica infantil les impedía avanzar al siguiente nivel y tratarse como la pareja que muy en el fondo deseaban ser.
Sango y Miroku lo sabían y hacían cuanto se les ocurría para sacarlos de su zona de confort y obligarlos a enfrentarse a su realidad. Según lo que Kagome le contó, la aparición de Koga y Kikyou ayudó mucho para que eso dos fueran más honestos con sus sentimientos.
—Seguro Miroku se divirtió mucho con esos dos este verano—decía para ella misma en su cuarto—Debería escribirle para…
Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio sobre el escritorio su correspondencia de ese día: tres cartas de Miroku. No era la primera vez que se escribían, lo hacían con más frecuencia de la que le gustaría admitir, eso era precisamente lo que la confundía. Vaya ¡criticar tanto a Kagome para caer en el mismo enredo!
Aunque, en su mente, la distancia era lo que los separaba. No lo había visto en más de un año y esos eran sentimientos que no se trataban por medio de cartas. Si todo salía bien, lo vería el próximo año, quizá entonces pudiera aclarar su mente y tener una buena y larga charla con el duque.
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A pesar de haber perdido diez monedas de oro en la apuesta, el rey Takahari Higurashi estaba harto contento de que su hija e Inuyasha hubieran solucionado sus conflictos tan pronto ¡Izayoi definitivamente era muy buena leyendo a las personas! Siempre se decía que confiaría más en su intuición y siempre volvía a apostar en su contra, no tenía remedio, era un masoquista de primera.
Que Kagome se estuviera llevando mucho mejor con Inuyasha era como un sueño, justo en el momento que más lo necesitaba. Apenas regresó a su casa, uno de sus generales le entregó el informe que tardó tres meses en terminar sobre Naraku y el Reino del Sur. Ese asunto lo tenía muy nervioso, y habló del tema con Izayoi.
—Si hasta Kagome ha rechazado ese acuerdo nupcial, no sé qué te preocupa—le había respondido la reina—El Consejo no tiene autoridad sobre ella, y la fuerza de voluntad de Kagome es enorme, nada la hará ceder.
—Eso no significa que las cosas no se estén complicando.
—Ten algo más de fe en nuestros hijos, sé que resolverán todo esto—le sonrió amable—Pero lo más importante, debes estar listo para aceptar que pasarán muchas cosas que escaparán de tu control.
Ella tenía razón, como siempre, mientras Takahari leía el informe que le entregaron más se preocupaba. Naraku estaba contratando a grupos de mercenarios para liderar sus ejércitos y así tener mayor fuerza militar contra él. Izayoi le hizo saber que contaría con el respaldo del Reino del Oeste, independientemente de lo que pasara con sus hijos, pero Takahari estaba muy reacio a aceptar eso ¡debían poder defenderse de esa amenaza!
Con cada músculo de sur tenso por lo que estaba a punto de hacer, Takahari preparó tinta y se puso a escribir una misiva a Kaede. La sacerdotisa necesitaba terminar el entrenamiento de Kagome lo más pronto posible.
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Mi señor
Escribo esta misiva para hacerle saber: llevo poco más de dos meses de infiltrado como ayudante de jardinería en el Palacio de los Vientos. Nadie ha sospechado. He podido presenciar en primera fila un momento íntimo entre los príncipes Inuyasha y Kagome, seguro son novios.
No sólo eso, mi señor, la princesa posee la Perla de Shikon. Ese legendario tesoro ya no se encuentra en el Santuario de las Cuatro Almas. Pude ver a la perla brillar, supongo que la princesa la tiene bien purificada. Espero que esta información le sirva para su gloria, señor.
Firma, su devoto siervo.
Naraku leyó la carta y después la quemó, esas eran muy buenas noticias, si la perla ya no estaba en el Santuario entonces no tenía porqué atacarlo. Eso le restaría muchísima complejidad a su estrategia de guerra, ahora tenía que acudir con sus generales para plantear una nueva manera, más rápida y concisa, de atacar al Reino del Norte.
Además, la perla estaba con la princesa ¡no podía ser mejor para él! Antes, había planeado cómo hacerse con la perla y con la princesa por separado, pero si ella la poseía, entonces su objetivo era más directo y sencillo. Llevaba tantos años investigando sus debilidades que estaba seguro de tener el sartén por el mango.
Desde su trono, cerró los ojos para imaginarlo: la rosada perla de Shikon en su mano, otorgándole ese sobrehumano poder que lo volvería invencible, el emperador por excelencia de todos los reinos, el absoluto conquistador; en la otra mano, a la princesa Kagome, tan hermosa, de sedosa piel blanca y brillante cabello negro, como debe ser una mujer. Él obtendría esos dos tesoros.
Atacar al Reino del Norte por sorpresa nunca fue una opción per se, Naraku sabía que el rey Takahari no se fiaba de él y seguro estaría planeando ya una defensa. Pero ahora que la perla no estaba en el Santuario, Naraku pensó que podía mandar un mensaje, no al tonto de Takahari, no, el mensaje sería para la princesa. Sabía que de alguna forma ella lo interpretaría.
Salió de la sala del trono y se fue a sus aposentos, había un pequeño cuarto anexado donde estaban sus libros de conjuros e ingredientes, nunca tuvo un poder muy grande, pero eso cambiaría cuando tuviera la perla de Shikon. Además, para el aviso que deseaba mandar no ocupaba mucho, sólo colocó la pócima especial sobre el espejo negro, y convocó sin mayor problema a un alma en pena. Era sencillo engañar a las almas en pena, estaban siempre tan desesperadas por conseguir la paz, que cometían los actos más ruines con la esperanza de que un médium los guiara a la luz. Naraku llevaba años haciendo lo mismo, convocaba almas en pena, hacían sus cometidos y después las devoraba, eso permitía que sus poderes espirituales se mantuvieran con relativa fuerza, al menos la necesaria hasta que la perla de Shikon llegara a su poder.
El alma en pena adoptó la terrible forma de un espectro negro y apenas recibió las instrucciones, desapareció entre las sombras. Naraku sintió al espectro desplazarse lejos del castillo, hacia el norte, llevando su mensaje.
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El Santuario de las Cuatro Almas era un lugar silencioso y pacífico, pero apenas oscurecía se volvía un poco sombrío, la costumbre dictaba que no podían prenderse hogueras cerca de los templos, y sólo se permitía una veladora pequeña en las habitaciones personales de las sacerdotisas (algo alejadas de los templos) para que acomodaran sus habitaciones antes de dormir.
Era por eso que Kaede tenía una excelente vista de noche, estaba acostumbrada a ver la absoluta penumbra, y usualmente no le molestaba. Pero esa noche era de luna nueva, y todos sabían perfectamente que cuando desaparece la luna, los demonios salen a hacer de las suyas. En el Santuario todas sabían que en luna nueva se debían encerrar en sus habitaciones y no salir bajo ningún motivo.
Todos hacían eso, menos Kaede, que como Líder debía revisar al menos una vez durante la noche el perímetro, para asegurarse de estar a salvo. Realizó la rutina muy temprano, aún no era medianoche, sabiendo que los espíritus debían estar algo débiles aún, y rezaba por lo bajo intentando protegerse. En todos sus años sirviendo en el Santuario, sólo había tenido dos accidentes: el primero por un descuido estúpido, el segundo, por un ataque deliberado.
Esa noche tuvo el tercer accidente, por un ataque deliberado y un descuido estúpido. Después de todo, sólo a una tonta se le ocurre salir en noche de luna nueva sin su rosario sagrado que puede protegerla de las energías malignas.
El espectro desapareció tan rápido como había aparecido, aullando de manera aterradora para asustar a las novicias, pero las sacerdotisas veteranas sabían que algo malo había ocurrido y salieron, contra todas las tradiciones, sosteniendo sus pequeñas velas, hasta encontrar a Kaede. La anciana estaba en el suelo, frente a la estatua de Midoriko, con un espantoso corte en el hombro.
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La noticia oficial fue que la sacerdotisa Kaede estaba enferma en cama, pero Kagome sabía que algo más había pasado, no podía explicarlo, era mera intuición, así que inmediatamente preparó sus cosas y salió a visitarla. No fue en comitiva, ella sola con Pearl y un soldado común y corriente cabalgaron hasta el Santuario de las Cuatro Almas. Incluso cuando llegaron, Kagome seguía sorprendida de que su padre la hubiera dejado irse tan deprisa y sin escolta, sin hacer nunca ademán de detenerla.
Subió las imponentes escaleras sintiendo que a cada paso su corazón se aceleraba más, aquellas voces que escuchó desde su primera visita al Santuario sonaban muy preocupadas, esa fue la primera vez que les prestó atención: "Cuidado" "Se está acercando" "Protege la perla" "Debes decidirte" "¡Aprende!" ¿de qué rayos estaban hablando?
En la entrada del Santuario tres sacerdotisas la esperaban, se apeó de Pearl y caminó por el precioso sendero empedrado que conectaba los templos con las recámaras, dos hileras de sacerdotisas, desde expertas hasta novatas, permanecían alrededor de la habitación de Kaede, con incienso, velas y entonando cantos para pedir su recuperación. Se hicieron a un lado para permitirle entrar, pudo ver el pequeño y limpio cuarto lleno de humo de incienso y con el espantoso olor de las amargas medicinas caseras, Kaede estaba recostada en un futón, se veía pálida y débil, una enfermera a todas luces experta le atendía con mimo.
Kagome sintió el ambiente pesado, fue tan extraño, como un frío combinado con malestar. No estaba segura de cómo nombrar a esa sensación, pero no le gustó en absoluto. Se sentó al lado de Kaede, observándola a detalle, la conocía desde que era una niña y siempre la consideró como una especie de tía protectora, estricta e inesperadamente cariñosa cuando se lo proponía.
—¿Princesa?—Kaede no abrió los ojos, y su voz sonaba muy cansina—¿Está aquí?
—¡Sí, sí, aquí estoy!—se reclinó hacia la sacerdotisa y tomó una de sus viejas manos entre las suyas, esperando que le diera consuelo—Vine tan pronto pude ¿cómo se encuentra? Dígame lo que quiera y yo…
—Suri, sal por favor—le pidió a la enfermera—Quiero estar a solas con mi princesa.
La enfermera hizo una reverencia respetuosa y salió, afuera se volvieron a entonar los melodiosos y suaves cantos, dándole al ambiente un aire más surrealista. Kaede apretó la mano de Kagome, luego la miró, sus ojos estaban opacos y llenos de angustia, asustando a la princesa.
—Niña mía ¿leíste todos los materiales que te mandé?
—Si.
—¿Incluso los que te dije que escondieras de tu padre?
—Sí—sonrió de recordarlo.
—Aún así, no estás lista… y es mi culpa.
Kaede se reprochaba por haber dejado pasar tanto tiempo, debió ser más firme, aunque el rey no deseara que le enseñara a su hija, no debió de dar su brazo a torcer. Ahora estaba pagando las consecuencias: el mal estaba cada vez más cerca y la joven princesa se quedaba sin tiempo.
—La perla…
—La tengo aquí—con cuidado, sacó la perla de Shikon, que llevaba siempre oculta entre sus ropas—Nunca la dejo.
—Bien ¿alguien sabe que la tienes?
—Sólo Sango. Ella mataría antes de dejar que alguien lo supiera—confiaba ciegamente en su amiga.
—Sí, sí… es una Fukugawa… el honor es su naturaleza.
No había mejor forma de describirla.
—Niña, hermosa princesa, hay algo que debes saber… todo eso que has leído, de la energía, los espíritus… todo eso es verdad. Muy en el fondo lo sabes.
Kagome no dijo nada, sabiendo que Kaede estaba tomando fuerzas de donde las poseía para seguir hablando.
—Esas voces que oyes, los resplandores que ves, los presentimientos que tienes… son sólo la punta del iceberg. Tú puedes hacer muchas más cosas, tienes un poder espiritual enorme, mi joven princesa.
—Entonces… ¿eso es normal?
—No—respondió con firmeza—No todos los humanos tienen esas habilidades. Eres especial, chiquilla, lo supe desde que naciste.
Sentía que estaba teniendo la conversación que llevaba años esperando.
—Tu madre… los Shikiomi… ellos han tenido siempre gran poder espiritual, tu madre lo tuvo. Pero eres más fuerte que ella, Kagome, tú… tú eres muy poderosa. Sólo debes entrenar.
—¿Y cómo entreno en eso?
—Yo debí enseñarte, hace tiempo. Perdóname Kagome, te he fallado.
—¡No!—no se dio cuenta de que se habían formado lágrimas en sus ojos—¡Jamás me has fallado!
—Sí… debí enseñarte… hace tiempo. Ahora mírame, estoy muy enferma, no puedo enseñarte nada hasta que sane, niña mía.
Bien, la misma Kaede había dado por sentado que sanaría, sólo escuchar esas palabras llenaron a Kagome de un enorme alivio. Respiró más liviana y pudo componer una modesta sonrisa.
—Entonces me quedaré hasta que te recuperes, y me enseñarás lo que deba saber.
—No.
—Pero…
—Sin la Perla de Shikon, el Santuario ya no posee la misma protección que antes. Aquí no estarás segura, no hasta que yo pueda reestablecer las defensas y, como ves, estoy débil para eso…
—Puedo traer soldados…
—Sabes que no me refiero a soldados.
Sí, lo sabía. Kagome se llevó la mano hacia la perla, pero antes de que pudiera decir algo, Kaede se adelantó a su pensamiento.
—Si la dejas aquí, correremos aún más peligro, mientras no puedas usar tus poderes como es debido, necesitas estar en lugares que puedan cuidar de ti.
—Entonces ¿qué debo hacer?
—Regresa con los tuyos, vive tranquila, no pienses mucho en estas cosas… cuando sane, te entrenaré, lo prometo, y entonces comprenderás todo lo que necesitas.—Kaede respiró hondo—Cuida de la perla, van tras ella Kagome, debes cuidarla a todo costo…
—Lo haré.
—Confía en los tuyos Kagome… y en Inuyasha.
—¿Inuyasha? ¿Qué tiene que ver él con esto?
—El General Perro… confía en su linaje, Kagome, tú se lo debes más que nadie…
—¿Eso qué significa?
Kaede ya no respondió, se había quedado dormida. Cuando salió para decirle a la enfermera que la revisara, encontró a Pearl esperándole, Kaede había dado indicaciones de que la princesa no pasara más de una hora en el Santuario, al cual no consideraba seguro. Enfurecida, pero sabiendo que debía atender esas indicaciones –era princesa, pero Kaede era la máxima autoridad ahí– se subió a Pearl y se despidió, repitiendo mil veces que acudieran a ella si ocupaban algo más.
Cogió las riendas y cabalgó como una loca, el pobre soldado que la escoltaba se las vio duras para seguirle el paso, Pearl era muy rápido, no fue a la carretera principal que la llevaría a la capital, en vez de eso dio la vuelta y anduvo directo hacia el Castillo de Shiomi, necesitaba ver urgentemente a sus abuelos. Llegó en poco menos de una hora, los guardias la reconocieron de inmediato y abrieron las puertas con rapidez, se apeó de un salto y entró corriendo al Castillo, ignorando todo protocolo y gritando que atendieran a su caballo.
Su abuela estaba bajando las escaleras, le miró impresionada, nunca antes había llegado su nieta sin avisar. Kagome le besó la mejilla y preguntó al mismo tiempo:
—¿Qué es realmente la perla de Shikon?
Pálida, su abuela balbuceo, pero Kagome no estaba dispuesta a escuchar mentiras improvisadas. Corrió hacia la biblioteca, notando que había cuadros, reliquias, espadas y arcos que nunca antes vio en los corredores ¿acaso los escondían cuando ella los visitaba?
En la biblioteca estaba su abuelo, pero no reparó en su presencia hasta que le preguntó a gritos que estaba haciendo, ella murmuró un "lo siento" muy hipócrita mientras buscaba en las repisas hasta que lo encontró, un libro antiquísimo titulado "Perla de Shikon y sus cuatro espíritus" escrito por un supuesto "Guerrero del Sol".
—¡Kagome!
Con el libro en mano, ella miró a su abuelo a los ojos, él no vio a una niña pequeña, ya no, vio a una mujer con dudas y dispuesta a todo para disiparlas. La abuela llegó en ese momento, algo cansada –ya no tenía edad para esas carreras– y fue entonces cuando la pareja comprendió que había llegado el momento. Aquél muro que Takahari construyó alrededor de su hija estaba colapsando, no había ya manera de repararlo.
—Tienes mucho que leer—dijo su abuelo—Cuando termines, búscanos, responderemos todas tus dudas.
Ella le besó la mejilla a modo de agradecimiento, tomó asiento en uno de los escritorios y contempló el libro, era tan viejo, parecía que se haría polvo si respiraba cerca de él, pero al abrirlo, notó a la tinta tan clara como si hubiera sido escrito el día de ayer.
"A mi amada Midoriko. Espero que este escrito ayude a tu descendencia a poder liberar tu alma y descansar al fin en paz. Con todo mi amor, devoción y lealtad, el Guerrero del Sol"
"Qué bella dedicatoria" pensó Kagome.
"Capítulo 1: el origen de la Perla. Hace muchísimo tiempo, cuando era un joven tonto y despreocupado, vivió una sacerdotisa llamada Midoriko Shikiomi, tan poderosa como hermosa, y con el corazón más puro que haya conocido en mi existencia…."
Conforme iba leyendo, Kagome se percató de que era la Leyenda de la Perla de Shikon, pero escrita no como un cuento, sino como un libro de historia. Había tantos detalles y tantas reflexiones que la princesa ya no pudo considerar a la leyenda un simple mito, todo sonaba tan real. En ese punto, sacó la perla de sus ropas y la contempló impresionada ¿realmente estaba ahí atrapada el alma de Midoriko, con el de cientos de demonios, peleando por la eternidad? Lo que más la perturbó, fue el final del libro, que decía:
"He buscado durante décadas una forma de purificar esta perla y liberar así a mi amada, pero no lo he encontrado. Ahora, mis fuerzas me fallan, y sé que la muerte me persigue. Supongo que, por haber cometido tantos pecados en mi juventud, éste ha sido mi castigo, el de ser incapaz de liberar a mi amada Midoriko, pero no me rendiré, esperaré hasta que ese milagro suceda. Dejo este escrito a la familia Shikiomi, para que los descendientes de Midoriko sepan cómo deben cuidar esta perla, y para pedirles que busquen liberarla, sólo un descendiente de la poderosa familia Shikiomi heredará el poder suficiente para destruir a la perla de Shikon, hasta entonces, esperaré. Firma, Guerrero del Sol".
Guardó el libro y caminó hasta el despacho donde sus abuelos la estarían esperando, su abuela tenía un arco viejo en las manos, su abuelo un libro enorme en el regazo.
—¿Es cierto?—preguntó.
Ellos asintieron.
—La perla otorga poder a quien la use, pero desde que murió el Guerrero de Sol, todos los poderes de la perla fueron sellados, y parecía una joya más—dijo su abuela—Pero cuando tú naciste, el sello se rompió, y supimos que eras la encargada de protegerla.
—Es por eso que me la dieron.
—Sí, encanto, pero todos esperábamos que se tratara sólo de un mito—continuó el abuelo—No fue así, ni siquiera un anciano puede engañarse tanto a sí mismo.
—Pero ¿por qué el sello se rompió cuando yo nací? ¿por qué yo debo protegerla?
—Los Shikiomi hemos tenido poderes espirituales desde hace siglos, tu madre también los tuvo, y nosotros tenemos algunos. Pero no es sólo eso, tu ancestro, Sohar Higurashi, también tenía un enorme poder espiritual, por eso cuando conquistó esta región él mismo juró proteger a la perla, evitando así que cayera en manos malignas. Al ser descendiente de dos linajes poderosos, tú has heredado un don impresionante, Kagome, la sacerdotisa Kaede cree que tu poder es igual al de la difunta Midoriko.
—¿E-En serio? P-pero yo… ¡yo no sé hacer nada!
—Nunca fuiste entrenada.
—Si mi deber era…
—¡Fuimos ingenuos!—gritó el abuelo—Creíamos que si no te enseñábamos, la amenaza nunca existiría, quisimos tapar el sol con un dedo y ahora nos hemos quemado los ojos.
—El mal se está acercando.
—El mal—Kagome, sin saber cómo, sólo dijo una palabra—Naraku.
Sus abuelos asintieron, la princesa se dejó caer sobre el sillón más cercano, asustada, impresionada y muy confundida.
—Kaede… ella dijo algo de un General Perro ¿saben a lo que se refería?
—No, hermosa—dijo su abuela, y Kagome sabía que no le mentía—Nunca escuché sobre eso, todo lo que nosotros sabemos es de la perla, nada más.
Sabiendo que no podía hacer nada más que esperar a Kaede, Kagome abrazó a sus abuelos y lloró, de repente sentía el peso de la responsabilidad y le aterraba no ser capaz de soportarlo.
Ahhh, siento que lo corté en la mejor parte (o será idea mía) pero es que se alargaría interminable y mejor lo dejé para el próximo capítulo. Primero que nada ¿les ha gustado ese momento entre Inuyasha y Kagome? los sentimientos de esos dos están llegando a la cúspide, igual que su relación, como verán en el próximo capítulo. Y también la situación de la posible guerra y la perla.
¡Ha salido Naraku! un momento muy corto, de hecho, pero es sólo para introducirlo. Se desarrollará su personaje más adelante. Cualquier duda o comentario que tengan, siéntanse libres de decírmelo. Mil gracias por leer, escribiré lo más rápido que pueda para traerles el nuevo capítulo ¡les mando muchos besos y abrazos!
