Ni la historia ni los personajes son míos, solo soy una simple mortal que ha querido adaptar esta historia con los personajes de Stephenie Meyer.


Resultó imposible concentrarse después de aquello. La boda transcurrió en una neblina de conversaciones y protocolo, demasiado rápido para el gusto de Bella y demasiado despacio al mismo tiempo.

Edward estuvo presente todo el rato, aguardando el momento oportuno y mirándola. Esperando. El brillo de sus ojos le demostraba su deseo, el contacto de su mano en el hombro y el mero roce de su mano en la suya encendían el cuerpo de Bella con la promesa de mucho más.

Edward le estaba haciendo saber de todas las maneras posibles que él también esperaba que terminara la boda y tener la oportunidad de quedarse a solas con ella. Y a pesar del miedo que sentía por acceder a acostarse con un hombre que parecía odiarla y estar cometiendo el mayor error de su vida, aquello no era suficiente para atajar la emoción que crecía en su interior como una bestia hambrienta.

Finalmente terminó la celebración de la boda. Los novios se despidieron de los invitados, que también se marcharon, incluida Bella, que se sentía mareada mientras la bestia se revolvía en su interior, negándose a permitir que su cuerpo escapara del remolino de su mente.

Sola en su habitación, recorrió la alfombra arriba y abajo. Debería estar agotada, pero la emoción se lo impedía.

Emoción y un creciente nerviosismo. Podían pasar horas hasta que el castillo se calmara, horas que tenía que llenar, y lo que le había parecido tan obvio en la terraza, tan lógico, ahora sentía como si amenazara todo lo que era importante para ella.

¡Una noche con Edward! Para el caso era como si fuera a pasarla con el diablo. ¿No había estado los últimos trece años diciéndose que ya no le importaba? ¿Tratando de borrar hasta el último recuerdo de aquel hombre? Y ahora estaba esperando a que llamara a la puerta de su cuarto. ¿En qué estaba pensando?

Estaba pensando que lo deseaba y que ahora era su oportunidad. Su única oportunidad.

¿Y si terminaba mal otra vez? Ya no era una adolescente frágil, pero ¿cuánto tiempo tardaría esta vez en recuperarse? ¿Por qué le estaba dando una segunda oportunidad?

Frustrada por el lío que tenía en la cabeza, se dirigió al cuarto de baño, decidida a hacer algo más que dejar un surco en la alfombra. Pero quitarse el vestido dorado y la ropa interior sólo sirvió para que una nueva oleada de preguntas le demostrara una vez más que la lógica se le había escapado cuando accedió a aquel loco acuerdo.

Cuando se duchara, ¿qué se suponía que debía ponerse?

O para ser más concretos, ¿qué esperaría él? Seguramente no el pijama corto de algodón que solía ponerse para dormir.

Maldiciéndose a sí misma por su ingenuidad, permitió que el torrente de agua de la ducha le masajeara los hombros, tensos ante tantas preguntas sin respuesta. ¿Quién le aseguraba que Edward fuera siquiera a aparecer? Se le había ocurrido aquel plan en un instante. ¿Y si cambiaba de opinión con la misma rapidez?

Entonces Bella recordó la ardiente promesa de sus ojos cuando salieron del salón de baile y sintió su dedo pulgar recorriéndole el brazo cuando se separaron, y supo que Edward no había cambiado de opinión.

Acudiría.

El contenido de los espaciosos armarios de la suite le proporcionó cierta esperanza. Finalmente se decidió por un camisón de seda color crema de diseño sencillo sin ser remilgado que se ajustaba a su piel como un guante. Bella se estremeció al pensar en los besos que iba a recibir, y los pechos y los pezones se le endurecieron. Se dio cuenta de que no podía permitir que la viera en aquel estado, así que se sacó una voluminosa bata del armario y se la puso apretando con fuerza el cinturón. Se sintió mejor al instante. No era ninguna seductora, sino más bien un cordero camino al matadero.

Dejándose caer sobre una silla, se quitó las horquillas del pelo y se lo cepilló con fuerza. Le dolía el cuero cabelludo, que protestó contra aquel abuso. Las cepilladas transformaron su melena en un velo rojizo de electricidad estática. Se peinó con tanta fuerza que cuando llamaron a la puerta, casi no lo escuchó por encima del silbido del cepillo. Para cuando se giró, Edward ya había entrado cuando ella se giró, emocionada al ver que había venido y temerosa de lo que iba a ocurrir a continuación, todo combinado con una oleada de adrenalina.

Edward se quitó la corbata y se desabrochó los botones del cuello, pero su expresión no era en absoluto indiferente. Tenía las mandíbulas apretadas y le brillaban los ojos.

Era muy alto. Muy peligroso.

Sus labios se curvaron en una sonrisa sinuosa mientras se la bebía con la mirada.

—No has cerrado la puerta por dentro.

— ¿Creías que había cambiado de opinión?

Edward se detuvo antes de responder, tenía la mirada tan ávida que parecía dispuesto a devorarla.

—Ni hablar.

Entonces Bella se puso de pie y se giró para mirarle. De pronto sentía las piernas muy débiles. ¿Cómo podía estar Edward tan seguro cuando ella no lo estaba de sí misma?

Sentía el cepillo muy pesado en la mano. Sólido. Real. La otra mano tiraba nerviosamente del lazo de la cintura, y lamentó no haber pensado en atenuar las luces, aunque sólo fuera para ocultar el sonrojo de sus mejillas. Pero aunque estuviera nerviosa, no tenía que actuar de acuerdo a ello Edward no era el único que podía parecer profesional.

—Bien, entonces. Ya que estás aquí, supongo que podemos ponernos a ello.

Edward cruzó el suelo con el silencio de un felino. Sus pasos largos se comieron la distancia que había entre ellos.

— ¿Por qué tanta prisa, princesa? Tenemos toda la noche —le quitó el cepillo de la mano, dejándolo caer al suelo, y le pasó los dedos por el cabello—. Estabas preciosa hoy con el cabello recogido hacia arriba, pero así es mejor. Mucho mejor.

Le dio un beso en la coronilla, agarrándole el cabello por detrás de la cabeza de modo que Bella no tuvo más remedio que alzar el rostro hacia él.

Se estremeció ante su contacto, fundiéndose en él a pesar de los nervios y de la fuerza con la que le latía el corazón.

—Ise thea —le dijo Edward en griego—. Eres una diosa —descendió los labios hacia los suyos mientras ella suspiraba dentro del beso rindiéndose a él, encontrándose de nuevo en aquel lugar donde el mundo desaparecía y sólo estaba él.

Edward le soltó despacio el cabello y deslizó las manos por su espalda, haciéndola ser más consciente que nunca de los contornos de su propio cuerpo. Sintió un tirón en la cintura... le había deshecho el nudo del cinturón. Sintió la repentina corriente de aire cuando Edward abrió la bata.

Sus manos se deslizaron entonces por los hombros de Bella, quitándole la bata hasta que la tuvo delante de él protegida únicamente por una fina capa de seda.

—Dios —gruñó Edward girándola hacia el espejo—. ¿Tienes la menor idea de cómo eres? ¿De cómo me haces sentir?

Bella contuvo el aliento al verse. La seda del camisón que había creído pudoroso era casi transparente y se le pegaba a la piel, sin ocultar nada de su cuerpo. Miró el rostro de Edward en el espejo. Tenía la mirada ardiente, y ella se estremeció ante su intensidad.

—No puedes tener frío —murmuró él. Y Bella tuvo que darle la razón aunque se sentía como un cordero recién nacido y expuesto a los elementos. No tenía frío. Ardía por sus besos, sus caricias, por su mera presencia.

Las manos de Edward se deslizaron por la tela del camisón, un material tan fino que no suponía ninguna barrera para el ardiente deseo que acompañó sus caricias. Bella tuvo que hacer un esfuerzo para recordar cómo se respiraba.

Las manos de Edward se deslizaron por sus costados, sus dedos le moldearon el cuerpo, subieron por su caja torácica y le sujetaron los senos. Ella contuvo el aliento, el cerebro dejó de funcionarle cuando se los cubrió y sus pulgares le acariciaron los pezones antes de darle con facilidad la vuelta para colocarla de cara a él, y resultó inmediatamente recompensando. Bella ya estaba mareada, sentía bullir la sangre, su anterior nerviosismo había quedado olvidado, al igual que el miedo a que no la deseara.

Era Edward el que la tumbó sobre la ancha cama. El que le apartó tiernamente el cabello de la frente antes de incorporarse para quitarse los zapatos y desabrocharse la camisa.

Su Edward.

Entonces él se quitó la camisa, y Bella hizo un esfuerzo por no gemir. Le siguieron los pantalones.

«Oh, Dios mío». Lo había visto desnudo con anterioridad, lo había visto excitado, pero eso fue trece años atrás. Ahora, a pesar de que todavía estaba en ropa interior, quedaba claro que el tiempo no había hecho más que mejorarlo.

Sus anchos hombros enmarcaban el pecho del que un nadador olímpico estaría orgulloso, firme y fuerte, de piel aceitunada cubierta de un suave vello que descendía en línea hacia la cintura y más abajo.

El deseo de Bella se mezcló con el pánico. Si a él se le había dirigido la sangre hacia el sur, tal y como atestiguaba aquel bulto, la de ella había viajado al norte, hacia sus mejillas. Le ardía la piel y su cabeza le daba vueltas a la imposibilidad de la tarea que tenían delante. ¿En qué había estado pensando? Igual que la otra vez, no iba a encontrar la forma de acomodarse a Edward...

Él escogió aquel preciso momento para quitarse la última prenda de ropa, y a Bella se le quedó el aire retenido en la garganta. Lo que le pareció tan sencillo unas horas antes ahora le parecía misión imposible.

Debería decir algo. Quería decir algo. Pero tenía la lengua pegada al paladar y no era capaz de articular palabra. Y menos cuando Edward se tumbó a su lado seduciéndole la boca con la suya. Y una vez más, la palabra «beso» se quedó corta.

Y también la palabra «magia. No podía definir el modo en que sus labios se movían sobre los suyos.

Tal vez funcionara. Quizá si seguía besándola así, tal vez no sintiera nada y él nunca lo sabría.

La mano de Edward encontró su seno, sedoso y ardiente, y trabajaron juntos en perfecta y sensual armonía. Bella arqueó la espalda en su palma. Quería más. Edward se llenó la boca con su seno, deslizándole la lengua por el pezón tirante y enviando chispas de sensación hacia el centro de su cuerpo. Y sin embargo, ella quería más. Edward le dio más con la boca, con la lengua, con su ardiente respiración. Pero ni siquiera eso era suficiente.

Bella lo quería todo.


Hola mis lindaaaaas! Como las trata la vidaa? :D Aquí les dejo un nuevo capitulo, me alegro que les guste...

Las espero en el próximo, un gran beso.