Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.
CAPITULO 7
Edward llevaba una caja de cannolis en una mano y una botella de champán bajo el brazo. Al llamar a la puerta, tuvo que atrapar la bebida antes de que cayera al suelo. Mia abrió un poco la puerta y lo miró, antes de abrirla del todo. Mirando por encima del hombro, gritó:
—Trae pasteles y licor—, y dio un paso atrás para dejarle entrar.
Era la primera vez que estaba en el apartamento desde que Isabella se fue a casa después de su primera pelea. Al entrar, miró alrededor y vio a Leah, Jane e Isabella sentadas en el sofá, y a Cal en el suelo, todos mirándole con gesto extrañado. Cuando Mia le siguió dentro del cuarto, él le ofreció los dulces y el champán.
—Creo que hay bastante para todos— dijo, mientras ella tomaba la caja.
—Oh, es de Luigi's. No va a salir ninguno de la cocina— dijo Mia, girándose para irse.
—En ese caso, será mejor que te ayude—, dijo Jane levantándose y agarrando a Leah: —Venga chicos, Mia no va a poder hacerlo sola.
Cal miró confundido a las chicas— ¿Para qué necesita Mia tanta ayuda?
—Es su forma nada sutil de dejarnos solos a Edward y a mí para que hablemos— respondió Isabella con acento seco.
—Ah, no digas más— replicó Cal, levantándose y dirigiéndose a la cocina.
Isabella miró a Edward y no pudo evitar sonreír. Nunca le había visto tan fuera de lugar, con la expresión asustada que, según su tía Victoria, llevaba cuando fue al rancho de la familia para pedir su mano a su padre. Su tía se había reído con ganas mientras le contaba lo mal que se lo habían hecho pasar. Compadeciéndose de él, le hizo señas para que se sentara con ella en el sofá.
—¿No quieres sentarte? —Asintiendo con la cabeza, se sentó a su lado, pero no dijo nada. —Es un bonito detalle, los pasteles y el alcohol.
—Hay más en el coche. Pensé que tal vez podríamos tomar los nuestros más tarde— dijo, por fin.
—¿Ah, sí?
Tomando aliento, agarró su mano. Le dio la vuelta y acarició el punto sensible del interior de su muñeca.
—Entiendo que necesites tu independencia. Es algo a lo que no estoy acostumbrado. Las mujeres con las que he estado... Kate… esperaban que las mantuviera. Pero Sam dice…— se detuvo.
—¿Sam?
Edward tomó aliento y continuó: —Sam dice que soy más agradable cuando tú estás en la oficina, y que no te debo prohibir trabajar.
Mientras Edward hablaba, Isabella apoyó la barbilla sobre sus rodillas. Se tapó la boca con la mano, para ocultar su sonrisa.
—¿Eso es lo que dice Sam?
—Bueno, dice más cosas, y algunas de ellas no muy buenas, y la mayor parte es lo mismo que dices tú, pero, sí, dice eso. Kotyonok, perdóname por haber sido un burro. Otra vez. Por favor, vuelve a casa. Puedes ayudarme con los cannoli— terminó, con una sonrisa.
Riendo, Isabella se levantó, y se le abrió el abrigo. Llevaba unos leggings y una camiseta.
—¿Cuándo te has cambiado?
—Cuando he llegado aquí. ¿Crees que iba a llevar sólo eso estando aquí? —le preguntó. Sacudiendo la cabeza, se puso en pie y la siguió. Al pasar por la cocina, Isabella golpeó la puerta.
—¡Eh! Ya podéis salir. Nos vamos, y eso significa que hay más para vosotros—. Cuando llegaron a la puerta de entrada, Mia salió de la cocina, limpiándose los labios con el pulgar.
Sonriéndoles, abrazó a Isabella y le dio un beso en la mejilla a Edward.
—Ya os dije que no iba a salir ninguno de la cocina— bromeó, y les dijo adiós con la mano.
