Ocho.

El sábado por la noche, Jasper y Alice me llevan a hacer un recorrido turístico, que consiste en ir en coche a la heladería y pizzería de la calle principal, a la peluquería donde Jasper se corta el pelo y a una pequeña tienda de ultramarinos que vende de todo: desde rastrillos de jardín hasta hortalizas. Nuestra última parada es en una cafetería que, en palabras de Alice, es el local menos patético del pueblo.

Agotada, como siempre, pido un espresso doble.

– ¿Estás de broma? –pregunta Alice con un grito–. El cartel de la puerta dice Stanley's, no Starbucks. Aquí no tienen eso.

Los tres acabamos con una taza de café corriente y luego Alice nos lleva a un reservado en un rincón.

–Bueno, ¿a qué viene esa necesidad de estimulantes? –pregunta.

– ¿Cómo dices?

– ¿Espresso doble? –picada por la curiosidad, eleva una ceja–. Creía que el problema consistía en que no podías dormir. Con un pase como ese, me pasaría la noche pegando saltas por mi habitación.

–Una visión edificante, sí señor –tercia Jasper.

Doy un sorbo de mi taza de café de Java, no precisamente apetitoso, a sabiendas de que sí quiero dormir, pero una parte de mí sigue asustada de lo que pueda encontrar, o lo que pueda significar. Aun así, desde el sueño que tuve el otro día en el autobús, desde que empecé a investigar y a acumular información sobre Edward, no puedo evitar preguntarme si volveré a verle.

Si me tomará de la mano.

Y hará que el corazón se me acelere.

– ¿Te resulta un poco más fácil, por lo menos? –pregunta Jasper–. Dormir en la casa nueva, quiero decir.

Me encojo de hombros mientras me viene a la mente el collar que he encontrado. Lo he escindido dentro de una zapatilla de tenis al fondo de mi armario, al lado de los patines de ruedas, los que no le presté a Emma.

Aunque son por lo menos tres números más pequeños del que calzo ahora, los he guardado desde aquél día, incapaz de olvidarme de lo que ocurrió.

–He estado hablando con mis viejos sobre tu casa –prosigue Jasper–. Sobre los residentes del pueblo de toda la vida, los aldeanos... Mis padres han vivido aquí desde que nacieron. El caso es que la historia del asesinato... es mucho peor de lo que pensaba al principio.

– ¿Peor aún que una bañera ensangrentada? –pregunta Alice.

Jasper asiente con un gesto.

–Por lo visto, aquel día Edward intentó evitar que su madre sufriera una paliza. Por lo visto, cuando llegó a casa vio que el novio le estaba asestando puñetazos. Edward intentó desviar la atención del hombre, provocándole para que le atacara a él. Cuando su madre fue a llamar a la policía, no le salieron las palabras. Me figuro que le aterraba lo que su novio le pudiera hacer. Acabó escondida en el armario de la planta baja porque no soportaba escuchar cómo apaleaba a su hijo.

–Menudo encanto de mujer –comenta Alice.

Jasper se encoge de hombros.

–Supongo que, después de eso, se volvió aún más loca. Se sentía culpable. Eso dice la gente.

– ¿Dónde está ahora? –pregunto yo.

–También vive aquí –responde–. En una de las urbanizaciones al otro lado del lago. Eso dicen mis padres.

–Más te vale tener cuidado –se mofa Alice–. Empiezas a hablar como otro aldeano más.

–Más vale hablar como un aldeano que parecerlo –replica mientras señala la sudadera de su amiga. En ella hay dibujado un tiburón gigante, la mascota del instituto, que nada por encima de la leyenda: Addison High muerde.

–Sueño con él –suelto yo de sopetón, poniendo fin a las bromas entre ambos.

– ¿Con quién? –pregunta Alice.

–Con Edward Cullen.

– ¿Pero de qué estás hablando? –pregunta Jasper.

Respiro muy hondo y les cuento todo: que el asunto empezó con el sonido de su voz; que me despertaba con moretones inexplicables y que últimamente se me aparece él, pidiéndome ayuda.

–Te dije que esa casa estaba encantada –insiste Alice.

–Puedes que sueñes con él por las cosas que has oído –argumenta Jasper–. Yo también habría tenido pesadillas, la verdad.

–Imposible –insisto yo–. Empecé a soñar con él antes de saber nada del asesinato, antes de enterarme de que la casa tiene fama de estar encantada.

– ¿Y cómo se supone que vas a ayudarle? –pregunta Jasper.

–No lo sé –sacudo la cabeza de un lado a otro.

– ¿Es guapo, por lo menos? –Alice deja escapar un suspiro–. Porque he oído que el chico estaba como un tren.

–Ya empezamos –Jasper pone los ojos en blanco.

No puedo evitar sonreír ante el comentario. Me esfuerzo todo lo posible para detener la sonrisa, pero se extiende por mi rostro y me enciende las mejillas.

Porque, sí; el chico está como un tren.

Porque una parte de mí está deseando volver a verle.