¡Hola! El bendito capítulo al fin ha llegado con la categoría M. Ha sido un desafío personal que me ha entretenido durante varios días. Me disculpo si la extensión es menor a comparación de la anterior, pero hubo sucesos particulares a los que quise enfocarme.

¡Oh, cierto! Vi muchas dudas con respecto a Kise. ¿Qué puedo decir al respecto? La verdad, no mucho. Creo que es la propia historia la que dará su resolución, y si hay giros o no, habrá que averiguarlo.

Cielos, ¡nunca podré cansarme de agradecerles por seguir la historia! Ya sea por sus lecturas, favoritos y follows, por like en la url de Tumblr y comentan desde allí, a quienes me dan ánimos a través de pm o Facebook. Y por supuesto, a quienes dejan su valioso review. ¡Me llenan de sonrisas al leer sus comentarios!

¡Aprecio mucho su tiempo!

LuXi3l, LEGNAEL, Nozomi, Autum, Armys, chokito, NIGHT, rinachi, Scarlett-nyan, Lu, Uchiha nagashi, mari-chan511, Lipshia, Eirin Halliwell, LadyAkaiKoga, KittyCiel656, dolce, Moka shijagami, AmanthaB, Kiryu Zero, LadyDy, Chris Melian Black, Rikka Yamato, Sayuki Yukimura, YEYESMITHSHINGEKINOKYOJIN, Yukie, TETSU.

¡Millones de gracias, pequeños soles~!

Ya, mucho. Sé que quieren averiguar si Daiki le ofreció o no galletitas a Tetsu~ xD.

La canción que viene de enunciado es de Suwabe Junichi (seiyuu de Aomine Daiki).

¡Qué disfruten la lectura!

Advertencias: Spoilers, relación chicoxchico, smut.

Disclaimer: Kuroko no basuke no me pertenece, sino a Fujimaki Tadatoshi.


Capítulo 8: Fragmentos de dos almas contrariadas.

"Los días a los que no puedo volver, lo son todo para mí en mis sueños".

(Netsu no Kakera)

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Durante gran parte del trayecto, Kuroko solo se permitió a sí mismo depositar su mirada a las manos que mantenía férreas al bolso de Seirin, que estaba por encima de sus piernas. Si bien tenía el asiento que daba hacia la ventana, ver el paisaje no le atraía en lo absoluto; era un camino que conocía a la perfección hace años. Además, si lo hacía, se toparía de manera inevitable con la mirada persistente de su acompañante que estaba en el espacio contiguo. Se trataba de una inspección breve, pero minuciosa por parte de Aomine, y aunque no alzara su vista para corroborarlo, todos sus sentidos lo alertaban por estar demasiado consciente sobre él.

Cerró sus ojos, recordando la instancia que lo había conducido hasta este punto sin retorno.

—Te irás conmigo.

Con tales palabras, Daiki ni siquiera se tomó la molestia por escuchar su respuesta, sino que, sencillamente, prefirió darle la espalda para mirar hacia la puerta de emergencia que estaba a su izquierda, por la que supuso que era por donde planeaba salir.

Kuroko no lo entendió de inmediato, puesto que aún estaba aturdido tras la falta de oxígeno generado por el beso, pero luego de un silencio prolongado, bastante incómodo por lo demás, comprendió que existía un significado implícito en su acción, uno que no esperaba por parte de Daiki a esas alturas: otorgarle la posibilidad de arrepentirse.

El pasillo que estaba adyacente hacia a él, a su derecha, era por el que Seirin y Kagami se habían retirado. Solo bastaba que siguiera dicha trayectoria y se alejara de Aomine sin mirar hacia atrás. Sin embargo, por más que instaba a sus pies que se movieran por dicho pasillo, teniendo presente que era lo correcto, éstos no se dignaron en hacerlo. El peso que sentía en sus hombros no lo permitía y, del mismo modo, sus ojos parecían estar esclavizados a la figura que estaba frente a él.

Durante ese segundo de duda, el más largo de su vida, una única pregunta se instaló en su mente, consumiendo aún más la endeble estabilidad que poseía: "¿Realmente, podría alejarse de Aomine?". Encontrar por sí mismo una salida a la oscuridad que cernía sobre él era poco factible, como tampoco tenía las fuerzas necesarias para forzar a una. La luz de esperanza por la que trató de cobijarse no volvería y la calidez que irradiaba ya no lo alcanzaría, arrebatándole una parte esencial de sí tras su desvanecimiento.

Con ello, la respuesta de Kuroko surgió solo en base a lo que tenía, sobrecogiéndolo por su veracidad: marcharse no cambiaría nada, pues el vacío seguiría siendo igual de desolador.

¿Qué más daba, si ya todo en él eran fragmentos difíciles de reparar?

Podría estar dándole la espalda a todo. Estaría retrocediendo un sinfín de pasos, pero en ese instante el único soporte que tenía a su alcance, y el más prohibido, de hecho, solo era a partir de los vestigios de su antiguo ser. Aquel que con todas sus defensas destrozadas lo ataban, sin lugar a réplicas, a Aomine Daiki.

Su alma, agrietada y entumecida, era quien dictaba la dirección por la que debía de seguir, mientras que la consciencia le gritaba de fondo que necesitaba poner un alto a la situación, advirtiéndole que se arrepentiría con creces por lo que haría si continuaba; siendo demasiado tarde para abstenerse, pues parte de su corazón había confabulado en su contra, ignorando todo aviso, al estar aferrado con obstinación del chico que esperaba por su decisión.

Y el buen juicio estaba lejos de ser una prioridad.

Incapaz de hablar por el debate que mantenía en su interior, Kuroko solo se atrevió a empuñar suave la chaqueta deportiva del moreno por su espalda, sentenciando así su respuesta.

—Tardaste mucho, Tetsu —fueron las únicas palabras que escuchó pronunciar por parte de Aomine.

Desde entonces, no existieron más diálogos entre ellos, y si debía ser aún más sincero, ni siquiera eran necesarias. La situación estaba lejos de arreglarse por medio de palabras, dado que nada conseguiría llenar el vacío que poseían ambas partes.

Kuroko abrió sus ojos con lentitud y dando un vistazo hacia la ventana, descubrió sin sorpresa que ya habían ingresado al sencillo barrio en el que residía Aomine, restando solo una cuadra para culminar el viaje.

Daiki también se percató de ese hecho, ya que se levantó con pereza del asiento a la vez que apretaba el botón del timbre.

El bus se detuvo, paulatinamente, abriendo sus puertas traseras.

Kuroko se limitó a seguirle en silencio mientras bajaba de éste. Su cuerpo se estremeció, sin proponérselo, ante la súbita brisa helada que le dio como recibimiento el exterior. Pese a sentir sus músculos y huesos calándose por el frío, se ubicó junto al moreno para realizar el último tramo de caminata. Aomine lo miró con el ceño fruncido por un instante, pero no le dio mayor importancia. Solo alcanzó a dar un par de pasos cuando un peso extra se dejó caer en él, cubriendo gran parte de su cabeza, hombros y espalda.

Alzó su mirada sorprendido, encontrándose a un estoico Aomine portando solo su camiseta negra de manga corta en la parte superior, aparentemente, indiferente al frío que ofrecía la noche.

—Aomine-kun… —musitó bajo el mismo tono de incredulidad, percibiendo con intensidad la frescura del aroma cítrico impregnado en la chaqueta que estaba abierta sobre él.

—Solo avanza, Tetsu —respondió Daiki volviendo a retomar el paso, sin intención de referirse más al tema.

El peliceleste lo miró absorto por unos segundos, apretando con fuerza la prenda que le había sido otorgada.

No tenía sentido, porque solo debían caminar, a lo mucho, unos diez minutos. Decidió no darle más vueltas al asunto y tras acomodarla correctamente en su cuerpo, alcanzó a Aomine en la trayectoria que hacía mucho no realizaba.

Fueron diversos los motivos que gatillaron a transitar allí años atrás, tales como celebraciones, estudios, cumpleaños, citas, etc. Por lo que resultaba imposible, para Tetsuya, que la nostalgia no se apoderara en él. Todas esas memorias parecían ser solo parte de uno de sus mejores sueños; demasiado inconcebible a que se repitiera bajo las mismas circunstancias de antaño.

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La casa del actual As de Tōō se hallaba al interior del único pasaje sin salida que poseía la avenida. Siendo la última, y que cerraba en definitiva la vía, la vivienda en la que moraba Aomine consistía en una práctica construcción de dos pisos de color ocre, sin jardín ni reja de protección hacia al exterior, sino que solo con una reducida entrada que topaba a un par de metros a la acera.

Daiki sacó su llave del bolso, abriendo la puerta en silencio.

No esperaba que alguien estuviese. Su padre trabajaba mayormente fuera de la región como camionero, y su madre, que si bien era dueña de casa, de vez en cuando se dedicaba a ayudar en el cuidado de adultos mayores para solventar alguna que otra necesidad. A Daiki no le afectaba demasiado sus ausencias… Siempre y cuando le dejaran algo de comida preparada y envasada. Le resultaba engorroso tener que cocinar por su propia cuenta.

—…Ya llegué —dijo por inercia, dejando sus zapatos a un lado para ir a prender las luces de la casa, internándose por el corredor principal, y desapareciendo en medio de éste.

—Disculpen por la intromisión —pronunció Kuroko. Apartó sus zapatillas del mismo modo, y colgó la chaqueta de Tōō en uno de los percheros del vestíbulo.

Las luces se prendieron al minuto después, por lo que prosiguió en su marcha.

A medida que avanzaba por el pasillo central, Kuroko lograba reconocer cada habitación a la perfección, como si el tiempo que se mantuvo alejado nunca hubiese transcurrido en primer lugar.

A mano izquierda se hallaba la sala de estar, en donde incontables ocasiones se dedicó a leer apacible sus novelas mientras Aomine copiaba desesperado sus trabajos de lengua japonesa. El siguiente cuarto, por el mismo sentido, era el baño para invitados, espacio que Daiki utilizó una vez para acorralarlo, con tal que dejara de ocultarle un esguince en su muñeca tras una de las prácticas. Paralelo a esta habitación, se encontraba el sector de lavado; y Kuroko recordó con tristeza que fue allí tras un inesperado día de lluvia, a mediados de marzo del primer año, cuando se percató por primera vez del rostro ruborizado que le dirigía Daiki al proporcionarle una toalla para secar su cuerpo.

El pasillo se acortaba, dando a conocer una última habitación frente a él. La cocina, tipo americana, y el comedor se hallaban fusionados en ella, mientras que en la esquina del cuarto, se ubicaba la escalera en caracol que conectaba hacia el segundo piso.

Aomine se encontraba de pie al lado del comedor, bebiendo casualmente de un refresco. Cuando vio que Kuroko estaba ya cerca de él, se separó del juego de muebles para entregarle una lata de "Pocari Sweat" que había apartado sobre la mesa, el sabor predilecto del peliceleste.

—Deberías avisar que te quedarás aquí —soltó de repente el moreno, apartando sus labios de la gaseosa por la que bebía.

—Gracias —pese a estar desconcertado por sus palabras, Kuroko aceptó la bebida—. ¿A qué viene eso, Aomine-kun? —le cuestionó, ya que no era común por su parte que se preocupara ante esos detalles.

Daiki frunció el ceño.

—No me malinterpretes, Tetsu. Si piensas llamar o no, es tu maldito problema —respondió, dejando de lado el refresco—. Solo ten en cuenta que esta noche no volverás a casa, porque no permitiré que lo hagas —advirtió volviendo hacia a él, clavando su mirada en el menor.

La oportunidad para arrepentirse se había dado, y ya no estaba dispuesto a tranzar por otra; pues en el segundo que Tetsuya decidió marcharse con él, la balanza también terminó por inclinarse con claridad hacia una sola dirección.

Y por más prohibida que fuese aquella resolución, por más difícil que se volviera llenar el vacío existente tras ello, no estaba dispuesto a dejarlo esfumarse de sus manos en esta ocasión.

Rotundamente, no.

Daiki caminó por su lado, rozando su brazo con el hombro de Kuroko.

—Ya sabes el camino —le murmuró, devolviéndose hacia la entrada. Probablemente, para asegurar la puerta principal y apagar las luces del primer piso.

Kuroko apretó el refresco entre sus dedos mientras lo veía marchar.

Las palabras de Daiki causaron un leve dolor en su estómago, por lo que prefirió descartar la bebida apartándola sobre el centro de la mesa. Agradecía que el alimentarse no estuviese dentro de su lista de máximas prioridades, ya que al parecer, solo podría mantener la energía suficiente en base a los limones que había sido obligado a comer gracias a Kagami.

Sacudió su cabeza en medio de un suspiro.

¿Qué hacía pensando en él en un momento así?

Regañándose mentalmente, y tras acomodar el ajuste del bolso en su hombro, se dirigió hacia la escalera. Los peldaños de metal de ésta resonaron estridentes pese al suave andar que tenía por costumbre.

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La oscuridad le dio la bienvenida en el segundo piso. Las ventanas del pasillo, junto a sus respectivas cortinas, ayudaban a este propósito al estar cerradas de par en par, impidiendo que la luminosidad de los faroles de la calle o la luz tenue de la luna se filtrara por ellas.

No obstante, Kuroko se mostró impávido. Por triste que sonara como analogía, cobijarse entre las sombras formaba parte habitual de su vida, en el que en base de constantes tropiezos, aprendió que la luz no siempre permanecería a su lado. Un hecho que, nuevamente, se había ratificado el día de hoy.

Dobló hacia su izquierda, ya que el cuarto de Daiki quedaba contiguo a las escaleras, lo cual no causaba un gran recorrido.

La puerta de su habitación estaba apenas entreabierta, por lo que Kuroko se introdujo, con lentitud, incapaz de desechar por completo la opresión que nacía en su pecho al verse a sí mismo junto a Aomine, como simples fantasmas del pasado, disfrutando la compañía del otro tras las prácticas. El frío hizo mella en él, debido a que la ventana se encontraba abierta sin escrúpulo alguno, ayudándolo a reaccionar. Las cortinas estaban apartadas en cada esquina de ésta, otorgándole la posibilidad de chequear el cuarto gracias a la luz facilitada por el exterior, sin impresionarlo en absoluto al hallarse con un desorden de proporciones por los alrededores; sello indiscutible por parte de Aomine.

Esquivó diversas vestimentas desparramadas en el suelo —y eso que había un armario espacioso para guardarlas, al lado de la puerta—, como por igual de ciertas revistas que prefirió ni siquiera mirar de qué se trataban. Tenía una idea bastante formada debido a los gustos de Daiki, en el que se incluían desde cómics hasta chicas en bikini con senos de copa "D", como mínimo.

Dejó el bolso de Seirin a los pies de la cama, que topaba hacia la pared de la esquina izquierda. Sacó su celular de la chaqueta, procediendo a marcar el teléfono de su madre. Tras unos minutos de entregarle la información necesaria, colgó, apartando el móvil en el velador situado a un costado del catre.

Suspiró. La reacción de su progenitora distaba bastante al de un regaño normal que se daría por avisar a último minuto que no llegaría esa noche, pero claro, era ella después de todo. Sonaba muy contenta a que se quedara en casa de Daiki, pues de acuerdo a sus propias palabras: "Era una forma de reanudar su vieja amistad". Aunque, obviamente, ésta no tenía idea de qué clase de cosas 'reanudarían'. Desafortunadamente, era en ocasiones así que Kuroko agradecía que viviera en dicha burbuja, ya que no estaba en condiciones de explicarle la extraña relación que mantenía con el moreno, defraudándola en el proceso. Suficiente había tenido ya con Kagami.

Los ojos de Kuroko se expandieron, abrumados por el reconocimiento de aquel hecho.

Las cortinas comenzaron a desplegarse en un suave vaivén producto de la brisa. Kuroko volteó hacia la ventana, observando el esplendor de la luna que, majestuosa, posaba en lo alto del cielo nocturno.

"Al parecer este es nuestro límite…".

Kuroko apretó su mano a nivel del estómago.

Ni la luz de la luna serviría para desplazar la incomodidad concebida por dicha frase.

—¿En verdad lo fue, Kagami-kun? —musitó cabizbajo, dejándose llevar por el contacto del viento en su rostro.

Las palabras de Kagami seguían resonando en su mente. Pero si no había podido olvidar las de Aomine hace dos años, ¿cómo podía esperarlo de un diálogo realizado en menos de un día por el pelirrojo? El vacío que había suscitado en él no se removería de la noche a la mañana, ni siquiera con la más fría ventisca entumeciendo sus sentidos.

Las bisagras de la puerta rechinaron hasta escucharse un portazo definitivo, finalizando con un ligero 'clic'.

Voltear para ver qué había sido era un movimiento innecesario, ya que ciertos pasos se escucharon por detrás de él.

—Dejaste tu bebida —le increpó Daiki, posando el mentón sobre su cabeza. Solo instantes después, rodeó su cintura con uno de sus brazos, apresándolo con facilidad. La extremidad restante pasaba por al lado de su cabeza, para cerrar parte de la ventana y cortina, dejándola levemente entreabierta—. ¿Quieres desmayarte igual que la primera vez que lo hicimos? —se burló, girándolo hacia a él, acorralándolo bajo su cuerpo con ambos brazos interpuestos a los extremos de su cara.

—Agradezco la consideración —respondió Kuroko, comprendiendo la finalidad de aquella gaseosa—. Y no me desmayé, solo me dormí producto de la fatiga acumulada de ese día. Nada fuera de lo común —precisó, impasible por el recordatorio.

Daiki soltó una carcajada.

—Vaya, aún estás a la defensiva —le sonrió ladino—. Mal por ti, Tetsu.

—No pensé que lo recordarías, Aomine-kun —añadió Kuroko, mirándolo a los ojos.

—Asumo que piensas que tener sexo contigo es lo único que he hecho —siseó en un tono más rígido, mientras elevaba el rostro del menor con sus dedos—. Pero no mezcles las cosas, ambos sabemos que jamás ha sido así —chasqueó su lengua, irritado.

Kuroko empuñó sus manos con fuerza.

—Decirlo ahora… —murmuró con cierta resequedad en su boca, percibiendo el tacto gélido del moreno. Seguramente, por haber permanecido sin la chaqueta desde que bajaron del autobús o al sujetar por mucho tiempo su refresco directo de la nevera.

Aomine inclinó aún más su cuerpo, quedando a pocos centímetros de él.

—No cambiaría el resultado. Es la realidad —concluyó, entrecerrando sus ojos al dejarse envolver por el brillo melancólico que poseían las orbes celestes de Kuroko, expresando a través de éstos el dolor que mantenía en su interior y del que no era capaz de revertir—, nuestra realidad —enfatizó áspero.

—Se puede modificar —musitó el peliceleste, con evidente frustración.

Existía aún una parte ínfima en él que le instaba a seguir luchando contra la corriente generada por Aomine. No podía hallar su origen, pero bajo las condiciones en las que estaban, no servía de mucho su ayuda.

—Ya no, Tetsu —le corrigió el moreno—. Porque no lo has hecho.

Kuroko desvió la mirada, apretando su quijada al escuchar las crudas palabras provenientes de su parte, que de paso, laceraban aún más la herida punzante en su interior. La evidencia era clara tras demostrarlo en el partido de horas atrás, como por igual, en el minuto que decidió aferrarse a él en los pasillos del gimnasio. Por mucho que le doliera aceptarlo, Aomine tenía un punto del que no podía desmarcarse con facilidad, ya que en efecto, seguía siendo el mismo iluso que abandonó Teiko.

Aquel que no había cambiado en lo más mínimo, ni siquiera en su estilo de juego, y que sabía a la perfección que su tiempo para estar juntos ya había perecido.

Aquel que persistía hurgando en sus memorias la calidez que alguna vez le proporcionó el chico en más de una forma.

—...Sí —aceptó Kuroko, prácticamente inerte.

Lo que pasara esa noche entre ellos, solo se quedaría allí estancado entre la oscuridad.

No existía un futuro posible para ambos; ésa era la realidad.

La brisa helada que se filtraba por la rendija de la ventana no se comparaba, en absoluto, con la fusión que se había producido entre ellos por el choque de sus alientos, y sumado a la intensidad con que le observaba Aomine, provocaba que se rompieran aún más sus cimientos.

—Entonces no hay nada más que decir al respecto —gruñó Aomine acortando en definitiva la brecha, para cazar sus labios sin mayor reparo.

Kuroko jadeó ante el contacto abrupto de su boca en él, sin embargo, no lo rechazó; Daiki sabía a la perfección qué hacer para tenerlo bajo la palma de su mano. Por lo mismo, no era de extrañarse que éste mordiera y absorbiera su labio inferior en un vaivén que lo deshacía, logrando sonsacarle gemidos del que no podía jactarse por sacar a flote.

Su lengua paseaba dentro de su cavidad reclamando terreno, chocando contra la suya para impedirle que se mantuviera quieta. El sabor agridulce que tenía Daiki le resultaba desconcertante, tal vez por efecto de la bebida de pomelo que había tomado con anterioridad. Kuroko nunca se había familiarizado ante tal sabor, pero a esas alturas, ese detalle resultaba una nimiedad que fácilmente podía dejarse en un segundo plano, pues nada podría demeritar el sonido obsceno de sus bocas al colisionar; buscándose, atrayéndose, haciéndolo caer absolutamente rendido entre sus brazos, sintiendo que el aire no sería suficiente para traerlo de vuelta a la realidad.

Las manos de Aomine no se quedaron atrás. El cierre de la chaqueta de Seirin fue bajado con precisión en cuestión de segundos, tirando de la prenda hacia al suelo. El cuello de Kuroko estaba más que expuesto y los dedos del moreno no tardaron en trazar un recorrido por éste, estremeciéndolo.

Aomine sonreía malicioso, incluso satisfecho, por saber que su tacto provocaba aún esa reacción en él. Con lentitud, se separó de su boca para abordar el lugar descubierto, en el que sus labios se posaron gloriosos al probar dicho terreno. Si no mal recordaba, había dejado una serie de marcas en su último encuentro que, obviamente, realizó aposta para alejar a cierto individuo.

—No allí… —refutó Kuroko en un susurro, temiendo que volviera a hacer lo mismo que la vez pasada. Utilizar vendas para esconder los chupones que dejaría Daiki solo daría pie a una pésima excusa. Ni siquiera los tips de Kise podrían otorgar una eficacia instantánea para ayudarlo.

Lamentablemente, debía atenerse a las consecuencias.

Daiki elevó una ceja regodeándose por el tono de voz empleado por el chico.

—Al decirlo así, ¿sabes que provoca el efecto contrario? —masculló, absorbiendo porciones de su piel con lujuria.

—Por favor —repitió casi inaudible el ojiceleste, incapaz de controlar los espasmos que recorrían en su columna.

—Me parece que no —Aomine delineó con su lengua el cuello de Tetsuya, insistiendo en cada punto que lo excitaba.

—¡N-Nh…!

Consiguiendo su propósito.

Deshaciendo la fuerza que mantenía en sus puños, Kuroko alzó sus manos hacia la espalda del moreno, aferrándose a éste para intentar hallar mayor estabilidad e, inconscientemente, arqueando aún más su cuerpo, lo cual facilitaba un mejor ángulo para que Aomine acechara contra él en la zona de su clavícula.

Era apenas el comienzo, y lidiar con la sofocación que le provocaba estar apegado a él ya era una causa perdida. La respiración de Kuroko se volvía cada vez más discontinua, encadenando con desesperación sus manos a la espalda del otro; avivando aún más la chispa que emanaba, constantemente, ante la peligrosa y consciente cercanía que ambos daban a lugar.

Daiki se separó, levemente, de Tetsuya para inspeccionarlo. Sus ojos lucían vidriosos, pero no de la forma melancólica que le hacía perder los estribos; la excitación lo cegaba, y no podía estar más de acuerdo con ello.

Aún necesitaba más, mucho más de él.

Kuroko aprovechó la instancia para recuperar el aliento, intentando atar la pisca de cordura existente en él. Pero fue inútil, ya que durante ese limitado tiempo, Daiki comenzó a despojarlo de la camiseta de Seirin bajo una insólita paciencia, recorriendo con sus ojos cada parte expuesta de su piel, en donde silenciosamente exigía por volver a degustar.

Apartando la tela por completo de él, jaló al peliceleste en dirección hacia la cama, sentándose sobre el borde de ésta para apresar entre sus piernas a Kuroko, reduciendo así la diferencia de estatura. Finalmente, quitó su propia camiseta que ya comenzaba a estorbar. El calor del momento lo asfixiaba, por igual que en la zona de sus pantalones.

El abdomen bien perfilado y trabajado de Aomine quedó a la vista, y sumado a la forma lasciva con que relamió sus labios, un acto que desbordaba en sensualidad, Kuroko logró apartar apenas su mirada de él, por más incómodo que resultara. Dicho gesto siempre causaba que su corazón latiera desenfrenado, imposibilitándolo aún más de obviar el cosquilleo que nacía en su vientre, y que se ramificaba hacia la parte más baja de éste.

¿Cómo algo tan simple podría causar tanto estupor?

—¿A dónde crees que vas, Tetsu? —le susurró Aomine, cogiendo su barbilla para volver a besarlo con ímpetu.

Ante la intensidad con que exploraba su boca, resultaba imposible para Kuroko no jadear por la falta de oxígeno, mucho menos cuando Daiki posaba ahora sus manos en la parte superior de su cuerpo, acariciándolo en un vaivén lleno de avidez. Aunque debía de admitir que ya fuese en su espalda, torso, vientre, o por el lugar que quisiese, el roce proporcionado por sus manos ásperas, de todos modos, lograba nublar su razón.

Aomine dejó de acaparar sus labios, descendiendo para recorrer cada centímetro de su piel desnuda.

Kuroko alzó sus manos en el cuello del moreno, enredándolas en éste, al instante que comenzó a palpar, lamer y jalar la zona más sensible de sus pezones. Todo en Kuroko vibraba. Sus piernas no eran suficientes para mantenerlo en pie, y los gemidos que se filtraban de su garganta lo tenían al borde de la locura. Aomine Daiki moldeaba cada fibra de su ser con una dedicación que su cabeza no era capaz asimilar a cabalidad, pero su cuerpo traicionero sí recordaba a la perfección, aceptándolo con total naturalidad.

Porque la conexión seguiría siendo la misma, pese a todas las grietas existentes en el camino.

—Aomine-kun… —la voz de Kuroko salió entrecortada, mermando con cada letra pronunciada.

Daiki ciñó sus brazos a las caderas del peliceleste y, en un movimiento ágil, lo volteó hacia al centro de la cama. Los resortes de ésta crujieron sin ninguna sutileza, pero a ambos no les importó; solo el sonido producto de sus respiraciones agitadas era lo que causaba el verdadero éxtasis, creando una nueva burbuja que no podían evadir. Era inevitable, ya que independiente de la distancia interpuesta por sus decisiones erradas, seguirían buscando la mirada del otro, siendo incapaces de ignorarse.

O inclusive, de olvidarse.

En el caso de Daiki, el rostro febril que poseía Tetsuya, dado por la excitación, era una imagen invaluable para él. Tenía sentido, ya que cada vez que se introducía en el mundo onírico le asaltaban los recuerdos que habían construido juntos, en especial, de aquellos que le hacían revivir el calor proporcionado del chico que, sin palabra alguna, decidió abandonar Teiko.

Entrecerró sus ojos.

¿Cuántas veces soñó abrazar su cuerpo, intentando retenerlo a su lado?

¿Cuántas veces tuvo que verificar durante su rutina diaria que Tetsuya, efectivamente, ya no estaba junto a él?

Esta vez no sería necesario introducirse a un maldito sueño para hallarlo, ni tampoco requeriría desviar su puta vista hacia una esquina opuesta para vislumbrar la silueta de su pasado. No, porque ahora lo tenía junto a él, derrumbándose ante la química innegable que poseían; la misma que los destruía con cada paso en falso.

Retiró el pantalón y bóxer de Kuroko sin dificultad, para luego aventar los propios hacia a un lado. Apartó sus piernas a ambos costados para instalarse en medio de ellas, imponiendo su figura.

—No te dejaré escapar más, Tetsu —anunció grave, acariciando posesivo sus muslos, besando cada segmento de sus pliegues inguinales, sin apartar su mirada de los entrecerrados ojos de Tetsuya, que evidenciaban una leve curiosidad por aquella frase.

Pero Daiki no haría nada por desentrañar una respuesta. Se limitaría a reservar las explicaciones bajo las cadenas de su orgullo, ya que ninguna serviría para salvarlos del abismo en el que estaban insertos.

Porque se trataba de un amor contrariado. Uno tan potente, que no se podía resolver, ni abandonar con facilidad.

Kuroko jadeó al sentir una de las manos de Aomine en su miembro, masajeándolo de extremo a extremo y, con mayor ahínco, en la punta de éste. El movimiento resultaba en cierta forma contenido, pero a medida que los segundos transcurrían, se profundizaba transformándose en uno totalmente desenfrenado, del que no podía parar de removerse inquieto en la cama, pues la boca del moreno se había sumado al sabotaje.

Sus caderas se sacudían al tener a Daiki allí en medio, mientras sus piernas, que parecían no tener lugar al que ir, solo se enganchaban aún más al cuerpo del moreno. Mordió su mano, pero no bastaba para ayudar a controlarlo; el corazón parecía querer escabullirse de su pecho, y los latidos se agolpaban sin piedad en la base de su garganta impidiéndole respirar.

Miró a Aomine suplicante, odiándose a sí mismo por hacerlo, pero necesitaba desfallecer; le urgía acabar con tales sensaciones que lo sacaban de quicio.

—Déjame —logró decir con dificultad por la resequedad de su garganta.

—Aún no —le masculló Aomine en respuesta, irguiéndose mientras lamía cada uno de sus dedos ya humedecidos por el líquido pre seminal que le había sonsacado.

Sin moverse de su posición, se acomodó lo suficiente para tantear rápidamente el velador, sacando desde el interior del cajón un sachet de preservativos. Abrió el paquete sobre la cama, en el que, además de los condones, venía adjunto un lubricante.

Bajo la atenta mirada del ojiceleste, procedió a retirar del envoltorio el preservativo con sus dientes.

Por supuesto, aquella facilidad había sido adquirida con bastante práctica, en donde el único testigo e involucrado de sus fallas y aciertos había sido Tetsuya.

Al tener ya cubierto su propio miembro con dicho método de barrera, procedió a verter una generosa porción de lubricante en su mano más diestra. Separó un poco más las nalgas de Tetsuya para tener más espacio, y mediante una leve advertencia dada por el rabillo del ojo, invadió la entrada del chico con uno de sus dedos, con algo más de sutileza de lo habitual, pero aun así era apreciable el dolor del peliceleste, que se contraía ante cada movimiento ejercido para lograr favorecer la escasa dilatación de la zona.

—¡Nh! —se quejó Kuroko, mordiendo el dorso de su propia mano para aplacar los sollozos que luchaban por salir.

Aomine se encaramó encima de éste mientras introducía un segundo dedo. Tocó su rostro con la mano restante, obligándolo a posar su mirada en él. Eran pocas las ocasiones que lo veía así de vulnerable ante su presencia, pero eso no lo desmerecía en absoluto; Kuroko Tetsuya seguiría siendo el único que podría gatillar una emoción de dicha naturaleza en su quebrantado ser.

Lo besó como si la propia vida dependiese de ello, aunque, de hecho, fuese así.

Porque no importaba qué idiota de turno estuviese a su lado, nadie podría compararse al nivel que él poseía parte de su alma. Sin importar el tiempo, la distancia o el daño provocado; por más marchita que fuese su relación, siempre acabaría absorbiendo todo de Tetsuya.

Era suyo, y punto.

Sus cuerpos friccionaban acelerados al momento que ingresó el tercer dedo. La agitación de sus alientos, junto a la fogosidad que espesaba el aire, lo volvía aún más insoportable.

Necesitaba fundirse en él.

—Basta de rodeos —Daiki mordió sus labios con afán, separándose en definitiva de la boca del aludido. Tras asegurarse de haber ampliado la entrada de Kuroko, retiró sus dedos para apartar aún más sus muslos a los lados. Apresó sus caderas con ambas manos, e introdujo su miembro en él bajo una certera estocada.

El peliceleste jadeó exaltado, arqueándose de dolor por el intruso.

—Maldición, Tetsu. Relájate un poco —se quejó Aomine, chasqueando la lengua. Le costaba horrores moverse por la estrechez que mantenía, pero aun así decidió continuar, alzando su pelvis para encajar mejor y lograr desplazarse.

Kuroko estrujó con fuerza el cobertor a la vez que apretaba su quijada.

Existía demasiada ambivalencia en lo que sentía por el palpitar que consumía su interior; una presión tan desbordante por la unión de la que no hallaba manera de salir. Se hundía, se cegaba, tanto del suplicio mismo como del placer que comenzaba a seducirle ante cada penetración hecha.

Y su cuerpo ya reclamaba para dejarse llevar.

—¡Ah! —gimió Tetsuya, inclinando su cabeza contra la cama y elevando sus caderas por reflejo, ante el ritmo vehemente por parte de Aomine.

Daiki se reclinó hacia a él para morder su cuello demandante, sin aminorar por nada la intensidad de sus movimientos, mientras que, por otro lado, Tetsuya posaba sus manos en la espalda del moreno, enterrando sus uñas en ésta con fervor por el vaivén de la pelvis que colisionaba contra él.

Un curioso sonido hizo que Kuroko desviara su cabeza, con gran dificultad, hacia al velador: Era su celular, vibrando y titilando por una llamada entrante. Sabiendo que era un acto estúpido de su parte, vacilante, estiró su mano solo para chequear el contacto, no obstante, otra más grande que la suya lo impidió, entrelazando sus dedos con los suyos para desviarlo de su propósito.

—Aomine-kun… —pronunció débil, volviendo hacia a él al sentir una estocada más profunda en su interior.

—Olvídate de todo —le murmuró gutural Aomine en su oído, mordiendo de paso su lóbulo—. Al único que debes de observar es a mí, Tetsu —sentenció mirándolo con un peculiar destello, a la vez que aprisionaba sus labios con los propios.

Kuroko cerró sus ojos con fuerza, terminando por ceder ante la nueva oleada de electricidad que lo recorría; dejándose envolver por la mano de Daiki, por sus besos, por la fusión abrasadora en la que se sumergían sin control…

Los gemidos y las embestidas aumentaban cada segundo; los soportes de madera de la cama crujían por cada oscilación realizada, asimismo, los resortes del colchón también parecían competir por predominar como acústica de fondo.

Sin embargo, mientras todos éstos luchaban entre sí, el celular de Kuroko repicaba por segunda vez con insistencia, e igual que la característica esencial de su dueño, éste se opacaba siendo finalmente olvidado entre el bullicio del cuarto.

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—Te lo advertí, pero fuiste terco como siempre —rezongó Aomine, tomando de la bebida energética que Kuroko había rechazado al principio. Miró al chico en cuestión por el rabillo del ojo, que se hallaba profundamente dormido en su cama—. Quedarte así apenas me levanté para ir al baño… No tiene perdón, Tetsu —prosiguió tosco, acariciando sutilmente los cabellos celestes de su acompañante, aprovechando que éste no se daría cuenta de ello.

Efectivamente, tras haber secundado a Kuroko para llegar al orgasmo, y en el que un par de minutos después también lo hizo por su parte, Aomine se había levantado para ir al baño, encontrándose en su regreso al menor respirando, acompasadamente, en el borde de la cama. Sin mayores opciones a la mano, acomodó a Kuroko en el interior de ésta, cubriéndolo con las mantas. A final de cuentas, se colocó su bóxer y bajó al primer piso a buscar algo de beber.

De todos modos, no le extrañaba que sucediera. La primera vez que tuvieron relaciones sexuales, Kuroko se había desplomado instantáneamente tras el orgasmo, mientras que él, escéptico por la situación ocurrida, solo pudo terminar a través del sabio camino de la masturbación en el que, por supuesto, no dejó de mirar nunca al culpable de aquello con reproche y frustración.

Daiki sonrió leve mientras apartaba el refresco a un lado.

Fue en esa época donde la luz y la sombra sí coexistían como un todo; un vestigio que quedaría como una huella por siempre en ellos.

Dejó de revolver los cabellos de Kuroko para mirar al velador, donde permanecía el celular maldito que, últimamente, se atrevía a interrumpirlo en los momentos más inoportunos, emputeciéndolo de sobre manera.

Asegurándose de ver a Tetsuya dormido, procedió a coger el móvil para revisar quién había sido la fastidiosa persona que estuvo a punto de arruinarlo todo.

—Maldita sea —siseó Daiki, hastiado al comprobar que en la pantalla se hallaba registrado el nombre de "Kagami Taiga", con una llamada perdida, mientras que la otra era notificación del correo electrónico.

No negaba que la idea de borrar el historial lo seducía, pero solo traería con ello dudas por parte de Kuroko, más aún porque éste sabía que alguien había llamado. Y, de cualquier forma, era él quien debía de lidiar con ese problema.

Además, si lo pensaba fríamente no debía de sentirse amenazado, mucho menos con todo lo que había pasado entre él y Tetsuya hace poco. ¿Qué podía hacer Kagami al respecto para revertirlo? Nada.

Entrecerró sus ojos.

Él jamás podría reemplazar el lugar que le pertenecía.

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Kuroko parpadeó somnoliento mientras se acurrucaba en sí mismo. El frío lo había incomodado, de ahí derivaba su despertar.

Por la oscuridad que aún reinaba en la habitación, supuso que tal vez aún sería de madrugada; las luces de los postes del exterior seguían filtrándose por las cortinas.

Alzó su cabeza por fuera de la manta que lo cubría, descubriendo que estaba en la orilla de la cama que daba hacia la pared. Se acomodó, escuchando de fondo la acompasada respiración de Aomine por detrás de él. Levemente, giró su cuerpo hacia a él, topando solo con su espalda, lugar específico en el que se hallaban las pruebas de su desenfreno por los arañazos realizados. Kuroko no se enorgullecía de ello, pues si eso había conseguido hacer él, no podía imaginar cómo había quedado su propio cuerpo por Aomine, que podía ser cien veces peor. Suspiró. Debería de perfeccionar las maneras de cubrirlas para que no hubiese posibilidad de avistarlas.

Con el dolor punzando en la parte baja de su columna, solo recordó, vagamente, que su celular había resonado contra las tablas del velador. Se inclinó lo suficiente hacia la pequeña mesa, pasando por encima de Aomine para coger su móvil.

—¿Qué haces? —La voz de éste sonó gutural en medio de la penumbra.

Kuroko, estupefacto, se detuvo en plena acción, dejando aún estirado su brazo por sobre la cabeza del moreno.

—Solo quería tomar mi celular —respondió sincero. Retiró su mano, y volvió a su lugar para sentarse con cierta dificultad—. Creí que estabas dormido, Aomine-kun.

La cama se sacudió.

—Son apenas las dos, y he dormido lo suficiente —masculló Daiki, reincorporándose de la misma forma—. ¿Qué? ¿Piensas devolver el llamado a esta hora? —cuestionó sarcástico, inclinando su cuerpo hacia a él—. Tendrás todo el tiempo del mundo para revisarlo por la mañana. ¿Quieres que te recuerde el por qué?

Kuroko cerró sus ojos al ser rodeado por Aomine con uno de sus brazos a nivel del torso, atrayéndolo con facilidad hacia su abdomen.

—No.

—Entonces, solo dime con quién estás, Tetsu —murmuró en su oído, mientras cogía su barbilla con lentitud hacia a él.

Kuroko se estremeció al tener encima los ojos azules de Daiki, que intentaban de cualquier manera ahondar en su interior para desarmarlo.

Y a esas alturas, por supuesto que conseguiría su objetivo.

—Aomine-kun —pronunció quedo a la vez que sus labios eran absorbidos con ímpetu por enésima vez.

Daiki había sido claro desde el principio: No lo dejaría en paz durante el limitado tiempo que les quedaba juntos. Arrastraría cada parte de su conciencia consigo hasta exceder sus límites; grabaría su nombre en él, en todo su ser, para impedir que se desvaneciera entre las cenizas del recuerdo.

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En el inicio del solsticio de verano en Tokio, la luna llena posó en lo alto del cielo para darle la bienvenida. A modo de cortesía, ésta se ofreció a cobijar a través de sus diversos haz de luz a las almas desamparadas, quienes suplicaban en ser liberadas de sus cadenas solo por un breve período.

La luna escuchó paciente sus lamentos, pronunciando solo una advertencia a cambio: "Al llegar los primeros destellos del alba debían de volver a retomar sus lugares, de lo contrario, el infortunio caería aún más sobre ellos al ser revelada su magia".

Reluciendo imperiosa en el firmamento de aquella noche, cubrió todo a su paso bajo un conjuro piadoso que consistía prolongar aún más el espacio-tiempo, desatando la locura en aquellos amantes sin esperanza.

Ella ya había escuchado y actuado, sin embargo, la magnitud de las secuelas no serían su falta, sino de responsabilidad exclusiva de quienes pidieron su gracia.

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Pese a que los ánimos estaban por los suelos tras la derrota que tuvieron contra la Academia Tōō, el equipo de baloncesto de Seirin se reunió de igual manera al día siguiente de su fatal encuentro a practicar en el gimnasio después de la hora de almuerzo. Por la tarde no había clases, así que se agradecía que el sábado tuviera esas facilidades.

Kagami había sido obligado por la entrenadora a que solo mirara desde la banca el entrenamiento conjunto. Pero sin importar las razones, ardía de furia y de impotencia, a lo cual nadie se acercaba a calmarlo.

El trío inseparable de primer año, Furihata, Kawahara y Fukuda, se sentían realmente intimidados por el aura que despedía, mientras que los de segundo año no estaban tampoco en su mejor momento para animarlo o regañarlo. Bueno, excepto por Hyuuga o Riko, que lo golpeaban con alguna que otra pelota para que dejara de irradiar su rabia y desanimar aún más al resto.

Pero ¿a qué venía su mal comportamiento? Claro, una parte era por no poder jugar al tener su maldita lesión en la pantorrilla, siendo entendible para alguien que se desvivía por el básquet. El lado opuesto, de igual relevancia, y tal vez la verdadera fuente de su irritación, se hallaba por cierto punto celeste que corría apenas por la cancha.

Ese pequeño chico que lo ignoró por completo al estar abstraído en su novela, desde el minuto que entró al salón de clases, y que continuó en dicho plan durante los dos recesos de la jornada, al esfumarse con apenas el resonar del timbre.

Sí, había sido él que interpuso la distancia entre ellos. No obstante, era imposible que no le sacara de quicio, porque de tal forma no existía oportunidad alguna para poder pronunciar aquellas palabras que, con fuerza, querían salir expelidas tras haber releído de forma masoquista el mensaje abominable de Kise: "¿Estuviste con Aomine?". Solo eran tres malditas palabras con un significado tan letal que, desde la pasada noche, estallaban en su interior carcomiéndolo de los celos, y que con cada segundo que no podía aclararlo, solo se confirmaba aún más el suceso que se negaba por creer hasta escucharlo por el mismo Kuroko.

Así mataría sus esperanzas. Así podría deshacer la maraña de emociones que revolvían a su estómago de la peor forma.

Quería acabar ya con todo.

Era molesto.

Pero no podía… Porque estaba malditamente enamorado de aquel chico fragmentado.

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—¡Ah, Kuroko! ¡Esta tarde hay reunión con el comité de biblioteca! —le recordó Furihata desde el lado opuesto de la cancha. Había sido la pareja del peliceleste para el entrenamiento.

Kuroko frenó su trote con la pelota.

—Oh, lo había olvidado. Gracias por el aviso, Furihata-kun —agradeció Kuroko, respirando con dificultad tras la corrida.

Aquella información dada por el chico no nacía sin fundamentos. Se había hecho miembro activo hace un par de semanas a dicho grupo, generando un pequeño alivio para Kuroko al saber que éste recordaba que pertenecía allí.

—Pensé que te había llegado el mail ayer —Furihata se acercó a él, rascando su mejilla.

—No he podido revisar nada en mi celular porque lo extravié —se disculpó secando el sudor de su frente y cuello con su muñequera—. Lo siento, intentaré utilizar más la computadora mientras espero encontrarlo.

—Pero, ¿no te molestará estar sin uno provisorio?

—No, estoy seguro que lo recuperaré —dijo mirando ceñudo su muñequera por lo que había en ella—. Iré a los vestidores por un momento, enseguida regreso.

—¡O-Oh, adelante! —le instó Furihata, volviendo hacia la cancha con los demás.

Kuroko apretó su muñequera con fuerza mientras salía de la cancha. Había sido demasiado descuidado.

Al llegar a los camarines, exhaló profundamente. No le había mentido a Furihata sobre el estado actual de su celular. Se había ido temprano de la casa de Aomine para dirigirse a la suya, olvidándolo completamente por su afán de llegar puntual a la escuela. Pero no iría a recuperarlo, no hasta haber calmado un poco las cosas entre ellos.

El cansancio resentía en su cuerpo —sobre todo en la parte sacra— y sabía muy bien que dicha condición no lo dejaría en paz por un tiempo. Sin embargo, no podía demostrarlo; mucho menos tenía derecho a quejarse, pues él mismo se lo había buscado.

Y además del dolor, existía otro punto más preocupante del que debía de atender con urgencia. Abrió su casillero, rebuscando en su bolso un pequeño pote que había traído consigo; era la base de maquillaje de su madre, la única solución provisoria que le podía servir al tener el mismo tono de su piel. Tragó duro, pues odiaba tener que recurrir a ello. Fue durante el tedioso trayecto de retorno en bus que recordó los tips de Kise, siendo la una única opción viable para que nadie notara de momento las marcas distribuidas por doquier de Aomine en él.

Había funcionado en un comienzo, pero el sudor ayudaba a que la base se debilitara y se removiera con facilidad. Su muñequera había sido la prueba fehaciente.

Aplicó una porción en la zona del cuello, al igual que en la parte de las clavículas con cuidado. No podía excederse, de lo contrario, llamaría aún más la atención por los disparejos matices que otorgaría.

La puerta del vestidor se abrió cinco minutos después. Afortunadamente, Kuroko ya había terminado de cubrir las marcas en su totalidad, verificándolo tras ir al baño.

—El resto va a comenzar a jugar, te están esperando —dijo Kagami, ingresando al camarín.

Kuroko continuó en lo suyo, ignorando la leve vacilación que se originó en él tras escuchar su voz. Debía de calmarse, ya que el casillero de Kagami quedaba a metros del suyo y estaba obligado a caminar por su lado.

—Gracias —respondió apático, devolviendo el pote de maquillaje en el bolso, listo para marcharse.

—Kise te vio salir del gimnasio con Aomine —pronunció Kagami con acritud, mientras abría su estante—. ¿Es verdad?

Los ojos de Kuroko se abrieron alarmados por dicha fuente de información. De todas las personas posibles, había sido él, involucrando de paso a Kagami.

Empuñó su mano y cerró el casillero, suave.

—Lo que haga o no, no debería de importarte, Kagami-kun —dijo serio, recuperando su postura indiferente.

Kagami apretó su quijada, al haberse detonado otra bomba en su interior. Cerró de un portazo el casillero en un arrebato de furia, bloqueándole además el paso con su brazo.

—¡¿Te humilla y luego te vas con él?! ¡Es de lo más absurdo!

Por supuesto que Kuroko lo sabía, no era necesario que se lo recordara.

—Reitero, no te concierne —Kuroko se deslizó hacia a un lado.

Pero Kagami se lo impidió al cogerle por el antebrazo.

—¡Quisiera que no lo hiciera, maldita sea! —Exclamó, estampando su puño contra el estante—. ¡¿Pero cómo mierda quieres que no lo haga si me gustas, Kuroko?! —vociferó en alto.

Oh, sí.

El inicio del verano sí que comenzaría particular ese año.

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Notas:

Me iré a esconder a mi cueva para no ser golpeada ;A;

Ah, momento de la acotación ñoña relacionada con las bebidas, por si alguien le llegara a interesar (estuve obligada a incursionar en esta mini investigación~):

1) "Pocari Sweat" es el nombre real que se vende en Japón.

En el anime aparece como "Pocapi Sweat". En el manga, al comienzo, aparece como "Pocori Swichi" (cap. 60). Cuando viajan a las aguas termales (cap. 109), Kuroko lo menciona como "Pocari" a Kagami. En la máquina expendedora se ve el nombre de la marca real, al igual que en el envase entregado por Daiki.

Sí, un lío. Así que para evitar mayores confusiones lo dejé tal cual (esta bebida es ícono del AoKuro xD).

2) El nombre real del refresco que bebe Aomine es "Kirin Mets Grapefruit" (pómelo para fines prácticos).

En el manga cuesta apreciar los detalles, ya que solo aparece parte del logo y "Kirim" como rotulado. En el anime se confirma al mostrarse como "Kirin Meta Grapefruit", calzando con el dibujo original.

Ñoñez extrema me dirán al realizar todas estas comparaciones.

Como siempre, atenta a todos sus preciados comentarios~.

Iré a erradicar mi vagancia tirando currículum para no escribir más (?).

¡Gracias y nos leemos pronto!