Siento haberme demorado más de lo previsto. Cuando volví de Praga, mi novio me regaló un viaje a Disneyland con todo pagado por nuestro aniversario, ya que ambos estaríamos trabajando por entonces y no podríamos celebrarlo. Han sido tres semanas de locura, sin parar de un lado a otro. Ahora que ya estoy con los pies bien firmes sobre tierra os traigo el siguiente capítulo y ruego me disculpéis por el retraso.

Capítulo 8:

Kagome estaba enfadada con él desde el sábado y ya era miércoles. ¿Cómo podía durarle tanto el enfado? De hecho, ¿por qué estaba tan enfadada? Todavía no comprendía el motivo por el que se había puesto tan furiosa, y ella se negaba a hablar del asunto. Cada vez que intentaba sacar el tema, fruncía el ceño, le lanzaba una mirada asesina y sus movimientos se volvían bruscos y violentos hacia él.

Eso sí, el sexo era fantástico. Al menos no le había prohibido tocarla, cosa que hubiera cumplido muy a pesar suyo. Le respondía con absoluta pasión y devoción. Se entregaba completamente hasta el último aliento. Así pues, no lograba comprender que continuara enfadada. ¿Cómo podía estar enfadada con él mientras se entregaba tan abiertamente? Se negaba a creer que era una pasión fingida y unos orgasmos falsos. Kagome disfrutaba verdaderamente en la cama y él también. Era en el único sitio en el que no se mostraba enfadada con él. Allí, volvía a ser la amorosa y dulce Kagome que él conocía. En cuanto terminaban, se volvía fría y arisca.

Las mujeres humanas eran todo un misterio para él. Un rompecabezas demasiado complejo. Le pareció que era una buena idea proponerle ser amigos. ¡Por Dios! Cuando se conocieron eran una prostituta y un cliente. Más tarde, acordaron ser amantes. Finalmente, le propuso amistad, un lugar en común en el que ambos serían iguales. ¿Qué más quería? Él no pensaba ceder más en esa cuestión, pues todo el amor que había en su corazón había muerto, no podía ofrecer nada más. Aquello era el máximo. Kagome lo había rechazado y se lo había tirado en la cara.

No sabía cómo apaciguarla. Probó a disculparse, pero, cuando lo intentó, ella le exigió que expusiera todas las razones por las que se disculpaba. Se quedó en blanco. Kagome hizo amago de marcharse al ver que no decía nada. Entonces, empezó a insultarse a sí mismo. Había oído decir a sus compañeros de trabajo que humillarse a uno mismo funcionaba con las mujeres. Se equivocaban. Kagome se enfureció más todavía. También probó la baza del sexo, exigiéndoselo en el mayor momento de placer, y ella le abofeteó. Lo último que probó fue hacerle bonitos regalos: flores, plumas, cuadernos adornados de esos que tanto le gustaban, vestidos y joyas. Nada le hizo cambiar de opinión. De todas formas, se lo quedó todo encantada. Quiso invitarla a cenar para hablar en privado, mas rechazó todas sus ofertas. ¿Cómo iban a arreglar sus diferencias si ella no cedía ni un poquito?

Pidió consejo a Sango cuando se vio acorralado. No le fue de gran ayuda. Su única respuesta fue que estaba metido en un buen lío y que no había salida posible. Bien, si una humana le decía eso, estaba realmente jodido.

Se reclinó en su sillón y apartó los últimos documentos que había firmado. Estaba cansado, aburrido y estresado con la situación en su hogar. Souta no era tonto, sabía lo que ocurría entre él y su hermana, todo lo que ocurría. Él creía que eran novios, se lo preguntó, y le contestó que sí para que no pensara mal de su hermana o se sintiera decepcionado. No sabía cómo funcionaban los humanos, pero Kagome no parecía querer contarle nada de su "acuerdo".

Agarró el auricular en cuanto lo escuchó sonar.

― ¿Sí?

― Señor Taisho, tiene una visita.

¿Sería Kagome? No esperaba a nadie y ya no era hora de reuniones.

― ¿Es Ka…?

― Kikio Tama. ― lo interrumpió ― Se está poniendo muy pesada.

― Échela.

No tenía ni tiempo, ni ganas de vérselas con Kikio Tama en ese momento. Lo había dejado bien tranquilo desde que se coló en su despacho por la ventana, ¿no podía seguir así? Al fin, había llegado a pensar que ella se cansó de molestarlo. ¡Qué decepción!

― Se niega a irse, señor Taisho. ― contestó su secretaria ― Llevo media hora intentándolo, por eso lo he llamado.

― Llame a seguridad, entonces.

― El equipo de seguridad ha recibido órdenes del Ministro de Justicia. No deben acercarse a la señora Tama.

¿Su mujer estaba intentando ponerle los cuernos con él y su respuesta era dejarle el camino libre? Interesante reacción a decir verdad. Esperaba que utilizara todos los medios posibles para evitar que ella se acercara a él, pero aquella reacción lo había dejado sin palabras. Menudo demonio más estúpido. Muy bien, hablaría con Kikio Tama y se ocuparía de que no volviera nunca más a irrumpir en su vida. Aquello tenía que acabar.

― Hágala pasar. ― accedió ― Me ocuparé yo mismo de ella.

― En seguida, señor Taisho.

Mientras esperaba, se levantó de su sillón y se acercó a los ventanales de su despacho para contemplar la gris y lúgubre ciudad. Nunca se había fijado hasta entonces en el poco color que había en la ciudad y en él mismo. Se vio reflejado en el espejo tan gris como la ciudad, y se percató de que Kagome a su lado era pura luz y colores. ¿Qué podía un ser como él ofrecerle para que ella fuera feliz?

El olor perfumado característico de Kikio inundó su despacho. Sus dedos le cosquillearon por los deseos de taparse la nariz. ¡Menuda peste! Nunca había olido su olor natural, sólo su perfume. Siempre llevaba litros y litros de colonia encima e incluso después del sexo le había costado olerla. Aunque ya no importaba. El olor de Kagome era excepcional y único.

― ¡Inuyasha, querido!

― ¿Qué quieres ahora? ― ni siquiera se dignó a mirarla ― Estoy trabajando.

― Sólo quería retomar lo nuestro.

Lo que le faltaba por oír para mejorar esa semana.

― No hay nada que retomar.

― Yo creo que sí.

Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se volvió con una ceja alzada, intentando averiguar si en verdad hubo algo alguna vez. Cuando la vio, hizo una mueca de desagrado. Ataviada con un vestido rojo que mostraba más de lo que cubría, se había sentado sobre su escritorio en una clara invitación que él iba a rechazar.

― ¡Márchate! ― le gritó ― ¡Me pones enfermo!

― ¿Enfermo de amor?

Kikio se dejó caer sobre el escritorio y se tumbó sin dejar de mirarlo como si creyera que lo tenía bajo control. ¡Qué equivocada estaba!

― Tú no sabes lo que significa la palabra "amor". ― le aseguró ― Tú tienes un matojo de esparto en el pecho, en lugar de corazón.

― ¡Oh, qué cruel! ― hizo una cruz en el aire ― Tacho a Inuyasha.

― Nada me gustaría más.

Lamentablemente, Kikio no iba a tacharlo de su dichosa lista de amantes o lo que quiera que fuera. Eso lo ponía furioso. Debió hacer caso a su padre y alejarse de ella antes de dejarla preñada, antes de que ella pudiera hacerle verdadero daño.

― No quiero volver a verte en mi despacho.

― Mmm…

Se volvió de nuevo hacia el ventanal, enfadado con ella y consigo mismo. Si Kikio continuaba haciendo lo que le daba la gana, era porque él no se había puesto lo suficientemente serio. Ya iba siendo hora de usar mano dura.

― Sí que es guapa… ― escuchó a su espalda ― ¿De qué me suena esta carita?

Al escuchar esas extrañas palabras, se volvió, y la encontró con la fotografía de Kagome. Él le pidió a Sango que enmarcara la fotografía que le tomaran a Kagome en el parque de atracciones y la colocó en su escritorio. Contemplaba su imagen con frecuencia durante sus descansos, y, muchas veces, interrumpía su trabajo sin percatarse de ello para disfrutar de la calma que transmitía la fotografía. Cuando permitió entrar a Kikio, había olvidado esconderla.

― ¡Dame eso! ― le ordenó.

Kikio saltó del escritorio con la fotografía y retrocedió mientras que él avanzaba hacia ella, con la clara intención de recuperar lo que era suyo.

― No estoy jugando Kikio. ― le advirtió.

― Yo tampoco.

― ¡Devuélvemela! ― exigió.

― Te la devolveré a cambio de un beso.

¡Ni en sus mejores sueños! Jamás volvería a besar los ponzoñosos labios de esa mala pécora. ¡Jamás!

― ¿No vas a besarme? ― insistió con una sonrisa maliciosa.

― Sabes bien que no.

― Muy bien.

Kikio dejó de retroceder para empezar a avanzar hacia él. Por fin esa mujer razonaba y empezaba a comportarse como le correspondía. Ella se detuvo junto a él. No hizo ni el menor amago de intentar besarlo, no estaba haciendo trampas, y eso hizo saltar todas sus alarmas. Kikio no podía tener un comportamiento maduro. Eso era imposible.

La mujer le ofreció el marco con la fotografía. Sorprendido por su repentina obediencia, tardó unos segundos en reaccionar y adelantar su brazo para coger lo que era suyo. Justo cuando estaba a punto de alcanzar el marco, Kikio abrió la mano y lo dejó caer en el suelo. Entonces, avanzó un paso, y, con su tacón, pisoteó la fotografía. Rompió el cristal que protegía la fotografía mientras clavaba sus ojos en él y se reía en su cara de su reacción. ¡Quería matarla!

― Si no quieres jugar por las buenas Inuyasha, ― le dijo ― jugaremos por las malas.

― Lo lamentarás, Kikio. No permitiré que juegues conmigo una segunda vez.

― ¡Oh, Inuyasha! ― se carcajeó de él ― El juego ya ha comenzado. Estás a tiempo de echarte atrás antes de que algo terrible le ocurra a tu hembra humana.

No lo permitiría. No permitiría que ella se acercara a Kagome. ¡Maldito sea el día en que la metió en el ministerio! Si Kikio se la cruzaba… ¡No quería ni pensarlo! Tendría que ponerle guardaespaldas que la vigilaran sin que ella se diera cuenta.

― Si le pones un solo dedo encima…

― ¿Yo? ¡Ja! ― dio un paso atrás ― No me hará falta. Estoy segura de que más de un hombre querrá… Digamos que intimar con ella. ¡Es una monada!

La vio marchar con los puños apretados a los costados de su cuerpo y la vena de su cuello peligrosamente inflamada. Si Kikio se atrevía a hacer algo semejante, si Kagome sufría el menor daño de cualquier clase… ¡Lo pagará caro! Ella y su marido, pues era evidente que estaban de acuerdo. Además, todavía tenía que resolver el asunto de por qué su marido había hundido en la miseria a la familia Higurashi. Habría venganza.

Se inclinó y recogió la fotografía de Kagome. Apartó con cuidado de no dañarla los cristales rotos y contempló furioso la marca del tacón de aquella mala mujer justo en la cintura de Kagome. Hecho una auténtica furia, salió de su despacho, y dejó el marco sobre la mesa de Sango.

― ¿Se‐Señor Taisho? ― balbuceó sorprendida.

― Haz que arreglen esto.

Sango apartó el marco y sacó con delicadeza la fotografía dañada.

― No sé si esto tiene arreglo señor Taisho.

― ¡Lo tendrá!

Su secretaria no se atrevió a cuestionarlo y buscó los números de los mejores fotógrafos de la ciudad para ocuparse cuanto antes de su encargo. Él volvió la cabeza hacia el ascensor y vio las puertas cerrarse con una Kikio Tama muy sonriente en su interior. Pensaba que ella había ganado, pero estaba equivocada. Él… ¡Un momento! El ascensor acababa de detenerse en la planta en la que trabajaba Kagome. ¿Y si Kikio ya lo sabía? ¿Y si ella estaba por comenzar su plan?

Por primera vez en mucho tiempo sintió auténtico terror. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo, sus manos temblaron, le dolieron las sienes y su corazón comenzó a golpear con fuerza contra su pecho. ¡Tenía que salvar a Kagome! Salió corriendo hacia las escaleras. No tenía tiempo de esperar al ascensor. Tenía que llegar mucho antes hasta Kagome así que bajó los escalones de dos en dos, saltando los últimos de cada tramo hasta llegar al piso del Ministro de Cultura. Cuando abrió la puerta de golpe, casi todas las cabezas, sumidas hasta entonces en su trabajo, se alzaron para mirarlo sorprendidos. Él se irguió con los hombros rectos y la cabeza alzada, se colocó bien la corbata, y avanzó a paso acelerado hacia el final de la planta.

Ignoró cada comentario y cada mirada, plenamente centrado en su destino hasta encontrar a Kagome. Ella no estaba en su mesa y el miedo lo atenazó. ¿Le habría dado tiempo a Kikio para secuestrarla? ¡No era posible! Tenía que recorrer toda la planta frente al personal de trabajo para sacarla de allí. No había otra forma. Los demás empleados la hubieran visto y no le habría dado tiempo de sacarla antes de que él llegara. Seguro que Kagome habría luchado contra la otra.

A lo mejor Bankotsu sabía algo sobre el asunto. Abrió la puerta de su despacho sin llamar y lo encontró completamente vacío. ¿Dónde estaba el Ministro de Cultura a esa hora? Y lo más importante, ¿por qué tampoco estaba su secretaria? Entró en el despacho alterado y rebuscó sobre el escritorio hasta encontrar la respuesta en una nota escrita con el puño y letra de Kagome. Tenían una reunión en la sala de reuniones 8‐B. Estaría allí en menos de cinco minutos. Así, podría cerciorarse de que ella estaba bien. Si ella no estaba allí…

Salió corriendo hacia el ascensor y lo llamó. Sólo se podía llegar hasta las salas de reuniones a través del ascensor con una llave especial que se introducía en el botón y sólo poseían los ministros. Afortunadamente, él era un ministro. No sabía si ella estaba allí o no, pero necesitaba verla y comprobar que estaba bien. Comprobar que Kikio no estaba cerca.

Corrió por los pasillos de la salas de reuniones y no se detuvo hasta alcanzar la 8‐B. Sin llamar, sin preámbulos, ni presentaciones, abrió la puerta. Congregados alrededor de una mesa rectangular se encontraban cerca de veinte hombres mientras que Bankotsu presentaba unos gráficos. Él lo miró sin entender qué estaba haciendo allí, pero Inuyasha lo ignoró y se fijó en Kagome. Ella sostenía una cafetera con una mano y estaba rellenando la taza de uno de los asistentes. Lo miró con cara de pocos amigos.

― Disculpen las molestias. ― fue rodeando la sala ― Necesito llevarme a la secretaria del señor Shichinintai.

Rodeó la mesa y se acercó a ella como un depredador. Kagome se apartó e hizo amago de retroceder para librarse de él, pero no pudo hacerlo. Inuyasha la agarró y tiró de ella, arrastrándola fuera de la sala de reuniones ante la incrédula mirada de todos los asistentes. Una vez fuera, cerró la puerta para que no pudieran verles y algo caliente le cayó encima. Entonces, descubrió que Kagome le había tirado encima todo el contenido de la cafetera.

― ¿Te has vuelto loco? ― le dijo con tono de reproche, sin alzar demasiado la voz para que no les oyeran ― ¿Acaso quieres que me echen?

― No van a echarte, recuerda quién eres. ― contestó, evitando la cuestión del café caliente sobre él.

― Cierto, la "amiga" especial del Ministro de Trabajo.

Le sentó como un golpe en la entrepierna. La miró encolerizado en respuesta. Ella le dio la espalda y se cruzó de brazos.

― Kagome…

― ¿Qué quieres? ― le preguntó.

― Necesitaba verte…

― ¿Sólo eso? ― giró la cabeza para mirarle, asombrada ― ¿Te has vuelto loco?

― Creo que sí.

Volvió a apartar la mirada de él, intentando estar enfadada por lo que acababa de hacer, pero no podía enfadarse después de lo que acababa de escuchar. Así que Inuyasha necesitaba verla. Por eso había interrumpido una importante reunión, buscándola. ¡Qué dulce! Jamás habría podido imaginarlo capaz de algo tan sumamente romántico por sí sola, aunque no fuera a admitirlo ante él. Era encantador.

Se encogió de hombros y suspiró, pensando que se suponía que debía estar muy enfadada con él y no sólo por lo acontecido recientemente. Aquello que Inuyasha le dijo tras hacer el amor, por primera vez, le dolió en el alma. No esperaba que Inuyasha le dirigiera palabras semejantes y mucho menos que él creyera que iba a aceptar su nuevo "trato". ¿En qué estaría pensando ese hombre? ¡Ser amigos! Ellos nunca podrían ser amigos; ellos estaban destinados a ser más que amigos. Si él pudiera entenderlo, si él lo viera como ella…

La culpa fue de ella. Inuyasha dejó muy claro desde el principio que lo suyo era un "acuerdo comercial". Nunca le dijo o le dio a entender lo contrario. Fue ella la culpable de su propio enfado por haberse olvidado de los términos y haber soñado con mucho más. No debió enamorarse del Ministro de Trabajo, del demonio que les ofreció casa y comida a su hermano y a ella a cambio de sexo. Era más que evidente desde el primer día que él nunca la amaría. Ella se hizo esas ilusiones porque era estúpida. Inuyasha no tenía la culpa de absolutamente nada.

Los demonios no amaban. Eso era algo que estaba aprendiendo por el mal camino. No sólo lo veía en Inuyasha sino que también en muchos otros. Su jefe nunca quería hablar con su esposa cuando llamaba y hablaba de ella como si no le importase que un día desapareciera. Algunos de sus compañeros dirigían los comentarios más despectivos hacia sus esposas o novias y hablaban de ellas como si fueran totalmente sustituibles. A la larga y por las malas, había aprendido que no amaban. Ninguno lo hacía.

Seguía haciendo el amor con Inuyasha, claro. Se decía a sí misma que aceptaba y que, en realidad, cedía ante él porque era su acuerdo y se lo debía. Se suponía que Inuyasha podía tomarla cuando quisiera. En realidad, lo hacía porque estaba deseando sentir el contacto de Inuyasha contra su cuerpo. Tal vez no la amase, pero, cuando estaban haciendo el amor y sentía los latidos de su corazón contra su pecho, imaginaba que él la amaba. Toda aquella fantasía femenina se volvía realidad, y, por un momento, se sentía en verdad amada por aquel hombre que la había enamorado perdidamente. Entonces, todo terminaba y volvía a la realidad, a la cruda realidad.

Inuyasha no la amaba y ella era estúpida por enfadarse con él. Sabía desde el principio que no sería más que sexo para él.

― Tengo trabajo.

Intentó pasar a su lado para volver a entrar en la sala de reuniones. Él se lo impidió.

― Escúchame, por favor.

No podría soportar que volviera a disculparse con ella, no más.

― Ten cuidado, ¿vale? ― dijo entonces, consiguiendo sorprenderla.

― ¿A qué te refieres? ― preguntó extrañada.

― Hay gente que quiere hacerme daño. No quiero que tú sufras las consecuencias.

― ¿Quién? ― quiso saber.

― Eso no es relevante. ― echó a andar hacia el ascensor.

¿Cómo que eso no era relevante? No podía pedirle que tuviera cuidado porque había gente que quería hacerle daño y pretender que a ella no le importara, que no quisiera saber más sobre el tema. Enfadada de nuevo con él, dejó la cafetera en el suelo, y salió corriendo tras él a la carrera. Sus tacones se oían por todo el pasillo e Inuyasha se volvió para recibirla de nuevo. Quería saber qué estaba sucediendo.

― Inuyasha…

― Kagome, es mejor que no sepas más. Por una vez, hazme caso.

Él hizo amago de volver a marcharse, pero ella lo agarró, y lo miró fijamente a los ojos.

― Te perdono, ya no estoy enfadada contigo.

― Si pretendes que te lo cuente porque has di… ― empezó a decir.

― ¡Serás idiota! ― lo interrumpió.

Antes de que Inuyasha tuviera tiempo de fruncir el ceño tan siquiera por el insulto, se abalanzó sobre él. Rodeó su cuello con sus brazos, se apretó contra su cuerpo y lo besó, recreándose en la maravilla de estar así con él. Tal vez no fuera recíproco su amor, pero aquellos momentos eran algo mágico que nadie podría robarle jamás, ni el mismísimo Inuyasha. Movió sus labios contra los suyos y gimió al sentir sus brazos estrechándola contra él. Sus manos la acariciaban violentamente sobre el traje mientras rompía cada defensa hasta dejarla totalmente indefensa. Fue en ese momento cuando perdió el control por completo y se entregó.

Una puerta se abrió a su espalda y fue empujada. Era una sala de reuniones más pequeña y vacía. Inuyasha cerró la puerta a su espalda, apagó la luz y la empujó contra la puerta, teniendo cuidado de no hacerle daño. Aún le resultaba increíble ver cómo podía seguir siendo delicado con ella a pesar del empuje violento de sus instintos más primitivos. Siempre tenía cuidado con ella. Se besaron y sus ropas empezaron a estorbar. Inuyasha se quitó la americana y le quitó a ella la suya. Los botones de su blusa saltaron cuando él tiró de ella para dejarle el pecho al descubierto.

― Nos van a descubrir… ― quiso hacerle razonar.

― No, estamos a salvo. ― volvió a besarla.

― ¿Y si nos oyen? ― continuó diciendo aunque ella ya estaba más que convencida.

― Nadie oirá nada, te lo prometo.

Y con esa promesa en mente se entregó por completo. Inuyasha le bajó las bragas y le pidió con un ronco gruñido que le rodeara las caderas con las piernas. Ella lo hizo, se dejó alzar a horcajadas, y gimió de puro placer femenino al sentirlo plenamente dentro de ella. Se movió contra ella, embistiéndola contra la puerta. Ella subía y bajaba, la seda de la blusa emitía un suave y acompasado sonido que los acompañaba. Ambos querían gemir y gritar así que se besaron para silenciarse el uno al otro.

Cuando al fin culminó la cúpula, se recostaron contra la puerta, agotados y plenamente satisfechos. Inuyasha apoyó la frente contra la suya y respiró hondamente mientras que ella buscaba su propio oxígeno. Había sido realmente intenso. Era bien cierto eso de que las reconciliaciones eran maravillosas. Por fin sabía hasta qué punto era cierta esa frase.

― ¿Te he hecho daño? ― le preguntó él ― ¿Estás bien?

― Estoy perfectamente.

Inuyasha se atrevió por fin a dejarle los pies sobre el suelo y se colocó su propia ropa mientras que ella hacía lo mismo con la suya. Algunos botones de la blusa sí que saltaron, pero, por suerte, se mantenía el botón que la americana dejaba entrever.

― Lo siento, no quería atacarte de esta forma.

― Es una lástima porque yo sí que lo quería.

Él sonrió al escucharla y se inclinó para recompensarla con un beso en los labios.

― Deberías volver a tu reunión, ― le colocó bien un mechón de cabello rizado ― ya te he causado bastantes problemas.

― Cierto. ― coincidió ― Pero antes tenemos que hablar de algo.

No pensaba marcharse sin saber qué estaba sucediendo. Si Inuyasha creía que ella estaba en peligro, era porque algo le estaba pasando, algo que se negaba a contarle. Sabía que no podía exigirle que se lo confiara todo ya que él no la amaba, mas si ella estaba metida en el problema, si corría algún riesgo, merecía saberlo.

― Cuéntamelo.- exigió.

― ¿El qué?

Era demasiado mayor para hacerse el tonto de esa forma.

― Sabes de lo que hablo, Inuyasha. No puedes pedirme que tenga cuidado porque pueden hacerme daño y pretender que no quiera saber la razón. ― le recordó lo obvio ― Además, dijiste que querían hacerte daño a ti…

― No te preocupes, no permitiré que nadie se acerque a ti.

Eso no era suficiente. ¿Y qué pasaba con él?

― ¿Y tú?

― Yo estaré bien. ― aseguró.

¡Y una mierda! Estaba harta de que Inuyasha se hiciera el machito con ella alegando que él era más fuerte y que podía defenderse de todo. Ella no era ninguna cría tampoco.

― Ya, igual de bien que si unos demonios de alcantarilla te emboscan en la calle. ― lo encaró, aprovechándose del incidente que sufrió el otro ministro y ellos mismos.

― Exacto. ― continuó en sus crece.

― ¡No puedes pretender que no…!

― Puedo y lo pretendo.

Se quedó callada al escucharle, percatándose de que un ataque directo no funcionaría con Inuyasha. Tenía que ser menos directa y más sutil. Volver en contra sus argumentos y atacarlo con sus propias armas.

― ¿Estás preocupado por mí?― le preguntó.

― Es evidente que sí. Sólo quiero protegerte.

A lo largo de toda su vida, había deseado escuchar a un hombre decirle eso. Curiosamente, el hombre que se lo decía, era precisamente un demonio que no la amaba. Extraña paradoja.

― ¿Y si te dijera que yo también estoy preocupada por ti?

― Te diría que no tienes que preocuparte por mí. Sé cuidar de mí mismo.

¡Increíble! Inuyasha era pura arrogancia. Seguro que en el diccionario, junto a la definición de arrogancia, aparecía su fotografía.

― Entonces, yo también sé cuidar de mí misma.

― No, no sabes. ― gruñó.

Kagome puso los brazos en jarra y lo miró desafiante, retándolo a volver a llevarle la contraria si era capaz de hacerlo. Inuyasha la contraatacó frunciendo el ceño y apretando los puños a sus costados. No quería volver a enfadarse con él ahora que por fin se habían arreglado, pero él se lo estaba buscando solito. De repente, el semblante de Inuyasha se relajó. Ella también se relajó al ver que se rendía. Cometió un gran error. Justo cuando pasó junto a ella, la atacó.

Se inclinó la rodeó con sus brazos y la alzó en volandas contra su cuerpo sin el menor esfuerzo. Ya había descubierto a lo largo de esa semana que podía levantarla y sostenerla en cualquier postura, bajo cualquier circunstancia. Era inútil resistirse.

― ¿Ves cómo no puedes cuidar de ti misma?

Furiosa con él por su demostración de fuerza y posterior burla, se removió entre sus brazos y luchó contra él. Inuyasha, en cambio, lo único que hizo fue reírse de sus pobres intentos de defenderse contra alguien que era claramente superior. Kagome lo odió por reírse de ella y se bajó de un salto cuando llegaron a la puerta de la sala de reuniones que ocupaba su jefe.

― Eso ha sido muy infantil por tu parte. ― le recriminó.

Se inclinó y recogió la cafetera vacía, sin prestarle la más mínima atención.

― Bueno, tú antes me has tirado encima el café.

Se sonrojó al recordar aquel momento y se volvió sólo para ver una enorme mancha en la camisa de Inuyasha. Todavía seguía húmeda. La camisa de ese día era gris. Le quedaría una mancha oscura enorme durante el resto del día.

― Siento haber hecho eso, de verdad.

― Lo sé.

Inuyasha se inclinó para darle otro beso y se marchó, dejándola sola en el largo pasillo. Kagome respiró hondo y volvió a entrar en la sala de reuniones. Agachó la cabeza, avergonzada, cuando todos los asistentes la miraron con interés y se deslizó hacia la mesita que había preparado anteriormente con el café y las pastas. Rellenó la cafetera y se volvió hacia su jefe con una disculpa escrita en la cara. Él le sonrió, y le restó importancia, sabiendo de antemano cómo era Inuyasha.

Quedaba poco para terminar con la reunión. Sólo faltaba revisar unas cuentas y firmar unos documentos. Cuando al fin terminó, subió con Bankotsu en el ascensor. Él se rió con ganas del episodio de locura de Inuyasha, y se despidió de ella al llegar a la planta de cultura. Ella se desvió para coger unos archivos que le había encargado. Cuando volvía con la pila de archivadores a su escritorio, chocó con alguien y se le cayeron al suelo todos los archivadores.

― Lo siento. ― se disculpó mientras se acuclillaba para recoger.

― No tiene importancia.

Alzó la vista para ver a la mujer de la que provenía aquella voz tan exótica. A penas pudo ver una sonrisa en sus labios pintados de rojo. Su melena negra, balanceándose a su espalda, fue lo último que vio antes de que desapareciera tras las puertas del ascensor.

Continuará…