— ¡Roma! —exclamó Germania, lanzándose encima del Imperio.
—Suéltame—siseó el castaño.
Antes de la Era Cristiana, en Europa, se encontraban Roma y Germania.
— ¿Porqué tantas ganas de molestar? —preguntó el romano.
—Me divierte tu ceño fruncido~
—Fastidioso.
Germania rió. Era igual de alto y musculoso que Roma, aunque no tenía cicatrices (o al menos, éstas no estaban a la vista). Tenía la tez bastante blanca, ojos violetas, y el cabello rubio. Lo llevaba bastante largo, recogido en una trenza.
— ¿Qué has hecho? —quiso saber el germano.
—Batallas. Batallas. Batallas. Y… Batallas—respondió el castaño, con desgana.
— ¿Muchachas bonitas?
—Para mis soldados. Yo prefiero quedarme afilando mi lanza.
—Tu actividad sexual es menos de la que creía. Nula, me atrevo a decir.
—Oh, ¡cállate! —Gruñó—Tú no tienes ni idea.
…
Alemania contemplaba a Italia, con los brazos cruzados. Gracias al tiempo que llevaban como aliados, el rubio había logrado entender al italiano, o al menos conocer su carácter y algunas manías. Aunque claro, tampoco lo entendía del todo. Por lo tanto, como era tan meticuloso con los detalles, decidió iniciar un diario de observación.
Me levanto a las 6 de la mañana. Y no sé por qué él está a mi lado.
En realidad lo sospechaba, pero no quería que sus pervertidos pensamientos sean más reales de lo que ya eran.
Italia dormía junto a Alemania, en la cama de éste. A pesar de que la cama era de dos plazas, el castaño se las arreglaba para apretarse contra la espalda del rubio.
—Italia—gruñó el alemán, intentando apartar al más bajo. Pero era inútil, el italiano se le había pegado como un chicle.
—Vuelve a dormir, rubio—ordenó Italia.
—No me des órdenes en mi cama.
Las 9 am. Por alguna razón, un balde cayó del cielo. Y sobrepasando todas las probabilidades astronómicas, le cayó a Italia encima. En la cabeza.
Italia estaba levemente mareado. Ese golpe había dolido. ¿Quién había sido el desgraciado que había lanzado ese balde?
En un avión que sobrevolaba la zona…
—Tenemos peso extra—comunicó China—Creo que deberíamos tirarte, Rusia.
— ¿Insinúas que estoy gordo? —Inquirió el ruso—Yo diría que te tiremos a ti.
— ¡Soy una pluma! Y tú estás… con huesos grandes.
—No me tiraré del avión. Ya lo hice una vez, y no repetiré la experiencia.
—Rusia, sabes que te arriesgaría cualquier cosa por salvarnos.
—China…
—Tirarte por el avión suena como algo que yo haría.
— ¡Estúpido!
Los dos comunistas comenzaron a forcejear, tirando por la puerta del avión varias cosas. Entre ellas, el balde.
—Sí, los culpables pagarán—siseó Italia, todavía viendo estrellas a causa del golpe.
Las 10 am. Al parecer, se cruzó con un gato. El gato y él fueron a molestar a los perros de Grecia. Éste se enojó, por lo que tuve que ir a supervisar que Italia se disculpara.
— ¿Qué clase de perros son esos? —Cuestionó el italiano—Es decir, ¡míralos! ¡Se asustan con los gatos!
—Los gatos son malos—sentenció Grecia—excepto Misifú.
— ¿¡Qué clase de nombre es ese!?
—Pobre gato…—murmuró Alemania, compasivo.
Las 13 horas. Se puso a fabricar un montón de banderas blancas. Le di un sermón de lo que significa ser soldado.
—Deberías relajarte, y dejar de repetirme siempre lo mismo—dijo Italia.
—Es que no entiendes la importancia de…
—Alemania—interrumpió el castaño.
— ¿Qué? —preguntó de mala gana. El italiano acarició la barbilla del rubio.
—Adoro cuando te afeitas. Además, la espuma de afeitar huele sexy en ti—susurró.
—… ¿Q-qué acabas de decir?
—Jo, era sólo un cumplido—refunfuñó, apartándose.
Alemania todavía deliraba.
Las 2:30 pm. Se cayó en un agujero que cavó Inglaterra.
— ¡Maldito inglés! ¡Lo mataré! ¡Le meteré su comida por el…!
—No en necesario saber tantos detalles—cortó el alemán, mientras sacaba al enfurecido italiano de aquél hoyo.
—Es que debo vengarme. Me preguntó que será mejor… tal vez deba depilarle las cejas.
—Suena doloroso.
—Tengo la sensación de que arrancarse los pelos a la fuerza es una nueva forma de tortura en Europa—comentó Francia, desde su casa, y tembló. Todavía tenía escalofríos desde su pelea-depilación con Austria.
A las 3 en punto, siesta. Él nunca dobla su ropa.
Alemania observó al italiano dormir plácidamente. ¿Cómo se le hacía fácil dormir a esas horas de la tarde?
Comenzó a doblar la ropa de su aliado. No soportaba ver tanto desorden.
Lo que más lo alarmaba, era terminar abrazado a una de las camisas ajenas, hipnotizado por el aroma de dicha prenda. Le recordaba mucho a Italia.
Y se sentía extrañamente agradable.
Se despierta a las 4 pm. Suele pelear con un gato por la comida.
—Veamos, gatito alemán. La comida es mía—gruñó Italia. El gato también, en respuesta—Pero si pareces un tigre enano~
Al escuchar eso, el felino se lanzó a arañarle la cara.
— ¡Maldito desgraciado! ¡Quítamelo, Alemania! ¡Llama a tus perros! ¡Córtale las uñas! ¡Me duele! ¡Bola de pelos del infierno!
Las 5 de la tarde. Comenzó a hacer algo con Japón, seguramente comida.
—Ah, Alemania, llegaste justo a tiempo. Acabamos de terminar la comida. Espero que sea casualidad, y que no signifique que eres un maldito aprovechado—anunció el italiano.
—Italia y yo hicimos onigiri—comunicó Japón.
El alemán los miró, desconfiando. Viniendo de esos dos, se esperaba que le retiraran la bandeja en el último segundo, o que le comunicaran que sólo habían hecho dos, y que él quedaba afuera. Pero no, había tres. Así que, por esa vez, no planeaban atormentarlo. Estiró la mano para coger un onigiri.
Y antes de que se diera cuenta, alguien le había estampado un pastel de crema en la cara.
— ¿¡Pero qué!? —exclamó Alemania, lleno de crema.
—Oh sí, también hicimos un pastel. Espero que no te moleste—le dijo el japonés, yéndose de allí, riendo a carcajadas.
—Si te sirve de consuelo—le dijo Italia—Yo creo que luces apetecible.
—No necesitaba esa frase—lo reprochó el alemán.
El italiano rió. Lamió la mejilla del rubio.
—Delicioso—murmuró el castaño—Soy un buen chef.
—No te felicitaré.
—Aunque claro, no todo el mérito es mío.
—No, claro que no. Es de Japón, también.
—No exactamente. Yo solito hice el pastel.
— ¿Entonces?
—Yo hice el pastel, pero tú estás jodidamente bueno.
—… Te odio.
—Si no le molesta… y si le molesta, con más razón; seguiré comiendo pastel, capitano~.
—Aleja tus babas de mí.
— ¡Le quitas el romanticismo a todo! ¡Desgraciado!
Así termina un día. Tampoco pude comprenderlo hoy. Dicho sea de paso… ya van 28 días.
Alemania estaba a medio camino de conciliar el sueño. De repente, sintió cómo el italiano se infiltraba entre sus sábanas.
—Buona notte, Germania~—dijo Italia. Alemania no respondió—Afloja esa expresión. Desde aquí, y con los ojos cerrados, estoy seguro de que tienes el ceño fruncido a más no poder.
Lo peor de todo, era que el castaño estaba en lo cierto.
—Y los dientes apretados—continuó el italiano—aunque claro, eso lo sé por el ruido que haces.
El rubio intentó aflojarse un poco.
—Eso es—lo felicitó Italia—Ahora, sólo falta un beso de buenas noches…
— ¿Porqué duermes conmigo? —lo cortó Alemania.
— ¿Y en todo este tiempo no te has dado cuenta de nada? Jo, y eso que mis indirectas parecían más bien directas…
…
Austria observó severamente a España. Se sostuvieron la mirada. Eran bastante más jóvenes, aunque si más grandes que el pequeño Italia, que refunfuñaba en contra del austríaco.
— ¡No te lleves a mi insoportable hermano! —se quejaba el pequeño Italia.
—Sobre eso…—dijo Austria, mirando al español e ignorando al italiano—Dejaré al hermano mayor de este niño bajo tu control.
— ¿En serio? No sé, no soporto a los niños que se quejan tanto…—murmuró el ibérico, con el ceño fruncido.
—Créeme, ellos dos son bastante diferentes, tanto en el aspecto físico como en la personalidad.
— ¡Por supuesto que somos distintos! —interrumpió Italia, que había comenzado a cortar con una pequeña tijera los bordes del abrigo de Austria. Éste parecía demasiado empeñado en ignorar a la pequeña nación. Demasiado— ¡Yo soy mejor que mi hermano!
—Tendrás un subordinado. Alégrate—continuó el de habla alemana, aunque comenzaba a notarse una leve molestia respecto a la "Obra de Arte" que Italia hacía con el borde de su chaqueta.
—…Supongo que me darás a ese niño porque no lo soportas, ¿verdad? —quiso confirmas España.
—…Eres inteligente—reconoció Austria—Pero la cosa es así: Lo tomas, o lo dejas.
Y España decidió tomarlo. Peor era nada.
…
Al llegar a su casa, el español no se sentía muy emocionado por conocer al niño que quedaría bajo su custodia, aunque tenía cierta curiosidad.
Abrió la puerta. Allí había un niño rubio, con ojos rosados abiertos enormemente, que observaban emocionados la decoración. El pequeño tenía un extraño mechón saliendo por un costado de su cara.
—…Hola—saludo España. El niño se sobresaltó, y giró para ver al español.
Se observaron el silencio, un buen rato. El pequeño Romano pestañeaba, mirando con suma atención al mayor. Éste último comenzaba a pensar que tal vez aquél niño no fuera tan malo.
Ése último pensamiento no duró mucho.
El rubio corrió a toda velocidad hacia dónde estaba España. Pegó un salto, y se aferró fuertemente al mayor, abrazándolo.
El español abrió los ojos, sorprendido. No estaba acostumbrado a ese tipo de contacto. Le desagradaba levemente. Pero aún así, tenía miedo de apartar a ese niño. Se veía increíblemente frágil y pequeño.
—Ciao! —Exclamó el niño, esbozando una sonrisa gigantesca— ¡Soy Romano!
—España—se presentó el más alto, tratando de apartarlo lo más suave que podía.
— ¡Me gusta cómo suena tu nombre! ¡Es muy original!
—Gracias… supongo—comentó extrañado el mayor— ¿Y si te quitas?
— ¿Y si me haces caballito?
Y al final, le mostró toda la casa, mientras el rubio reía sobre sus hombros, aferrado a sus cabellos castaños.
España no tuvo la fuerza de voluntad necesaria como para apartarlo.
El Jefe España y Chibiromano.
—Escucha, niño—dijo España.
—Romano—corrigió el aludido.
—Seré tu jefe, de ahora en adelante. Espero que escuches bien lo que digo.
— ¿Tú, un jefe? —Cuestionó Italia del Sur—Pero tú pareces… un… un… ¡un oso de peluche con forma humana que es mejor que cualquier oso de peluche!
—…Hablas demasiado deprisa—murmuró el español— ¿Entiendes la posición en la que te encuentras?
—Estoy sentado en un sillón.
—Me refiero a tu posición como nación.
—En una península con forma de bota.
—…Esto será difícil.
…
—Ese niño es demasiado listo—dijo España.
—…Todos lo son—murmuró Francia, pensando en Canadá.
— ¿Quieres quedártelo?
—…No deberías decir eso. Es de muy mal gusto. El niño no puede ser tan malo.
—Es demasiado… niño.
—Pues… ¡porque es un niño, imbécil! ¿Qué esperabas?
—…Ni yo lo sé.
Continuará~
Y aparecen Roma y Germania :D Esos dos son muy lindos juntos, aunque si se juntaran con sus versiones originales, explotarían. Se imaginan? Sería épico :'D.
