La Venganza de Ozai

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Resumen: Doce años después de la batalla final, Zuko llama a Katara para que cure las víctimas de una epidemia que azota la Nación del Fuego.

Rating: T por AdolescenTe.

Notas: Gracias son debidas a aquellos que han leído, dejado review y añadido esta historia a sus Alertas y Favoritos. Perdón por hacerlos esperar tanto por este capítulo.


Agarrando con firmeza su taza de té y mirando fija pero ciegamente las figuras, Zuko apenas podía recordar los eventos de las pasadas horas. Se volvían borrosos como bailarines en un festival de primavera. Recordaba las sensaciones, no los hechos: el olor a sangre seca de la refinería, el horror nauseabundo, el remordimiento, y la ira al descubrir que sí, que esas barras de plomo estaban simplemente asentadas en el agua, su furia apenas contenida cuando los aldeanos confirmaron que el nuevo capataz – Tizo era su nombre – había dicho que sería bueno para los ingresos eliminar unos cuantos pasos en el proceso de refinería, las manos de Katara aferradas a su ropa mientras bajaban por la montaña montados hacia la casa del capataz, su furia aumentando al tiempo que el rinoceronte chocaba con colas y helechos y finalmente explotaba cuando irrumpieron por la puerta de Tizo y encontraron… nada.

Solo basura. Solo polvo y muebles y unos cuantos cachivaches y puntas tiradas en sus costados, sin duda bruscamente descartados durante el escape de Tizo días atrás – era todo lo que quedaba del traidor Tizo.

-El capataz de la refinería es un puesto designado municipalmente –había dicho Zuko, parado dentro de la casa vacía y rechinante-. Por todos los dioses, ¿por qué no vine a verlo antes?

-No sabías –había respondido Katara-. Ninguno de nosotros sabía. Pensábamos que era una enfermedad normal, o una clase diferente de envenenamiento – se golpeó la frente-. Maldición, pero mi teoría era estúpida.

Zuko no la contradijo. En vez de eso reunió lo que pudo – futones y viejas sábanas y un extraño retrato a pincel – en el medio de la sala y lo encendió. Observó y esperó a que la llama se extendiera. Recorrió las tablas del piso y trepó hacia arriba. Cuando la casa, la más fina de la calle, era una hoguera desmoronándose, les dijo a aquellos que se habían reunido:

-Tizo es un traidor a la Nación del Fuego. Sus prácticas en la refinería en Tetsushi envenenaron a cada hombre, mujer y niño en esta aldea. Su plomo barato, comprado con las vidas de gente inocente, ha contaminado el agua, los peces, y la tierra. A través de su avaricia y su rechazo a asegurar la calidad del producto y de la vida, se ha exiliado a sí mismo de esta nación. Si regresa a este puerto, es peor que un extraño, es no deseado. Si descubro que alguno le ha dado refugio, la quema de su hogar será la menor de sus preocupaciones. No habrá lugar para esconderse.

Había empezado a andar y la multitud se había dividido para él. Ignoró el temor y la reprimenda en los ojos de Katara. Empezó a gritar ordenes a sus hombres para encontrar a Tizo, para comisionar carteles de se busca, para enviar halcones con mensajes demandando el envío de ingenieros a Tetsushi para arreglar de forma segura y apropiada la refinería. Miraba la multitud de refugiados de Tetsushi y abría cofres llenos de precioso oro de emergencia y ordenaba que se comprara comida, agua y abrigo, y comandaba la escuadra del pueblo y describía una ciudad carpa para los que se quedarían atrás. Sacaba de sus camas boticarios que sabían sobre limpieza de hígados – o ordenaba que debía hacerse, al menos. Estaba siendo un líder y se sentía bien porque significaba estar haciendo algo y se había sentido peor que un inútil todo el viaje.

Y ahora estaba sentado solo en su camarote – en el camarote de Katara – sosteniendo su taza y mirando fijamente las coordenadas de diminutos números sin comprenderlas verdaderamente. Katara abrió la puerta de un empujón. Su rostro estaba hinchada y roja. Se combó contra la puerta y la cerró torcida. El torno chirrió. Se contemplaron a la luz de las velas y volvió con premura a él: su mano en su rostro, su casi-pelea sobre cuando y por qué y por cuánto tiempo.

-Su-Lin está muerta –exclamó, y de repente su vergonzosa confesión se sentía muy pequeña e insignificante en la enorme marea de muerte y desesperación que había barrido cada rincón de su país.

Se puso de pie.

-Lo siento.

-Cayó durante la evacuación. Rodó sobre unas rocas… -Katara parpadeó y se deslizaron lágrimas por su rostro-. No estaba ahí.

Mudo, Zuko abrió sus palmas y las extendió. Sus dedos cazaron el aire – una invitación, si ella quería. La vio decidirse. Se apartó de la puerta, cruzó la habitación y deslizó sus brazos alrededor de él. ¿Por qué siempre es la muerte la que nos acerca? La sostuvo con fuerza y presionó su mejilla contra su cabello. Olía a humo. La respiración de ella se estremeció.

-¿El niño? –averiguó, y su voz salió más ronca de lo que había querido.

-En mi camarote –respondió Katara, sorbiendo por la nariz-. Lo llevaré conmigo al templo cuando regresé.

Sus palabras se asentaron en sus entrañas pesadamente. Se apartó.

-Y eso será pronto, ¿no?

Su mirada cayó.

-Yo no…

Él tragó.

-Está bien –aseveró-. No me debes nada. Como me siento – como me sentí – no levanta súbitamente los deberes de tus hombros, tú todavía tienes que…

Su mano acarició su rostro, los dedos recorrieron la grumosa masa de su oreja. Se quedó quieto y la observó.

-¿Por qué no puedes ser diferente? –Preguntó ella con la voz queda, mirando fijamente su boca-. ¿Por qué no puedes ser el chico que nos perseguía?

-No he sido ese chico en un largo tiempo –como antes, el se estiró y presionó la mano de ella contra su rostro-. ¿Todavía eres la chica que até a un árbol?

Ella sacudió la cabeza.

-Ya no estoy segura de quién soy –su otra mano agitó la tela de su camiseta, retorciéndola entre sus dedos-. He estado tan confundida, últimamente. Solía saber hacer lo correcto todo el tiempo. Me acuerdo como eso se sentía – su rostro hizo una mueca-. Nunca pensé que diría que la guerra era más fácil durante la guerra, pero…

-Pero tenías un enemigo que pelear –completó él-. Y tenías tu libertad.

-¿Cuándo te volviste tan listo? –ella parpadeó-. Me di vuelta, y creciste.

-Tú también –su otra mano cubrió la de ella que estaba sobre su pecho y la sostuvo contra su corazón.

-¿Qué nos está pasando?

Dejó caer su otra mano y apoyó su frente contra la de ella. Sintió un torrente de gratitud cuando ella no se alejó.

-Estamos continuando con nuestra vida.

Katara sonrió suavemente.

-¿Es así como le dicen? –Enlazó sus dedos sobre su corazón-. Creo que quizás todavía estamos creciendo.

-¿Es por eso que mi estómago esta lleno de pericos-gorrión?

Ella reprimió una carcajada y luego ambos se estaban riendo quedamente el uno al otro, sus labios casi tocándose.

-Quizá –concedió-. Pero ser mayor sí que tiene sus ventajas.

Su corazón se atenazó.

-¿Oh?

-Újum.

El movió sus manos entrelazadas hasta sus labios y besó suavemente cada uno de sus nudillos, de forma reverencial, mirando como se oscurecían sus ojos azules. Su mano tembló dentro de la de ella.

-¿Me mostrarías?

Muchas veces, Zuko había imaginado como sería esto. Sus aproximaciones siempre eran efímeras, desconectadas, carecían en lo narrativo que verdaderamente se desarrolla entre dos personas: de esto, a eso, a aquello, comienzo y medio y final. Acción de alza, acción de caída. Su yo adolescente había visto solo lo que deseaba por el momento: el cabello de Katara como una cortina a su alrededor, su collar atrapando la luz mientras se movía a tiempo del ritmo que habían adquirido. Había imaginado como se sentirían sus labios y sus manos y su piel y su lengua. Había pensado que oiría su voz metiéndose dentro de su oreja sana.

No había imaginado risas o perfumes o como ella dijo No soy tan bonita como recuerdas, soy más vieja ahora, o como él contesto Yo juzgaré eso, y Déjate el collar, en mis sueños usabas el collar. Él no había sabido que ella le mordería el hombro o le diría exactamente que hacer (no, más despacio, más suave, así, por favor, así) o que se aferraría estremeciéndose a él, tan sorprendida por la intensidad de su propia reacción como él.

No se había imaginado adoptando un Toph-ismo y diciendo Gracias, Dulzura entre besos o el hum de agotamiento en sus miembros después de todo o cuán firmemente se había moldeado a ella cuando rodó lejos de él.

-Debería ir a ver a Kurzu –dijo, al borde del sueño.

-Tráelo aquí con nosotros –le contestó, pero la rodeó con un brazo y ella no se movió.


Zuko abrió los ojos a una pálida luz azul. Pájaros del alba chillaban fuera del puerto. Una sensación cálida, agotada y de aturdimiento lo llenó. Se dio la vuelta – debió de haberse movido durante la noche – y miró a Katara. Suspiró con alivio. Todavía está aquí. Su cabello cubría su rostro. Se había retorcido fuera de él. Ahora sus hombros se sacudían levemente.

Oh, no.

-¿Katara? –Se estiró a por ella, pero retiró su mano a último momento-. Dulzura, ¿Qué pasa? –el temor se expandió por su estómago. Apartó la sábana y buscó sangre-. ¿Te lastimé? ¿Estás bien?

Ella solo lloró con más fuerza.

-Estoy bien –aseguró entre sollozos.

-¿Entonces por qué estás llorando?

Ella se enrolló aún más fuertemente en sí misma.

-Hay algo que tengo que decirte.

Él deslizó un brazo cauteloso alrededor de ella.

-Entonces dime, para que pueda arreglarlo –apremió.

-No puedes arreglar esto –replicó bajito-. Es sobre Aang.

La piel de Zuko se puso fría. Todavía lo ama. Se siente culpable y va a irse. Se acabó antes de empezar.

-¿Sí?

-Realmente amaba a Aang –exclamó Katara.

-Lo sé.

-Los otros hombres que trataron de llamar mi atención sólo querían la maestra agua del Avatar, ¿sabes? No les importaba quien era antes de la batalla final. Aang me trató como una persona de verdad.

-Él te amaba –Zuko le acarició el brazo-. Eres muy fácil de amar.

Vio la punta de una sonrisa.

-Gracias –suspiró-. También me necesitaba. Y supongo que me gusta ser necesitada por alguien. Antes de que dominara el estado Avatar, tenía que sacarlo de él. tenía que abrazarlo y sostenerlo mientras él lloraba, hasta que dejaba de brillar –sorbió por la nariz-. Me gustaba ser la persona que podía hacer eso por él. me hacía sentir especial.

-Tú ya eres…

-Déjame terminar –le cortó-. Lo que estoy intentando decir es que a veces, me sentía más como si fuera la madre de Aang que su amante. Y eso no cambió durante nuestro matrimonio – se giró de modo de quedar apoyada en su espalda, y miró fijamente el techo-. ¿Te acuerdas cuando Aang fue a buscar más maestros aire?

-Por supuesto.

-No encontró ninguno. De veras él era el último. Y eso lo golpeó muy fuerte. Creo que bien en el fondo siempre había esperado encontrar unos cuantos. Así que cuando me encontró a mí de nuevo, creo que respondí a lo triste que estaba. Y mis viejos instintos regresaron. Era mío de nuevo. El mundo había vuelto a la normalidad.

-Porque tenías un Avatar para cuidar.

Ella asintió con la cabeza.

-Correcto. Así que fue fácil acceder, cuando se me propuso. Porque él tenía estos enormes proyectos planeados – restaurar el templo, organizar el orfanato – y era como antes: optimismo ilimitado, energía interminable. Y quedé atrapada con eso.

Zuko frunció el ceño.

-¿Qué estás diciendo? Amabas a Aang. Me acabas de decir eso.

-Lo sé. Pero estar casada con él era como estar casada con mi mejor amigo – si mi mejor amigo quería niños, porque él esperaba que fueran maestros aire. Y pensaba que yo sería la madre perfecta para ellos, porque lo había experimentado de primera mano.

Fue el turno de Zuko de rodar sobre su espalda. Se quedó ahí acostado respirando y digiriendo la información.

-No tenía idea que los niños eran tan importantes para él.

-Él no tuvo mucha infancia. Ninguno de nosotros la tuvo, supongo. Pero él quería compensar el tiempo perdido, y la única manera de hacerlo era rodeándose con otros niños. Creo que es parte del por qué empezó el orfanato. Pero incluso eso no alcanzó lo que realmente quería, lo cual era más maestros aire.

-Pero el control no se transmite por sangre –recordó Zuko.

-Pero es más probable en familias con la habilidad –reconvino Katara-. No es como si Aang no los hubiera querido de no haber sido maestros aire. Él quería niños. Los quería conmigo. Es solo que yo no pude dárselos.

Zuko se giró.

-¿Qué?

Ella parpadeó. Una única lágrima rodó por su sien y hasta su cabello.

-Aborté –respondió.

-¿Estuviste embarazada? –apoyó su cabeza en un codo-. Tío nunca me dijo…

Ella sacudió la cabeza.

-Nadie sabía. Ni siquiera Sokka. Quería esperar hasta la marca de los tres meses. Pero el bebé no lo logró –su rostro se arrugó y él buscó sus manos para cubrirlas. Katara tomó una honda bocanada de aire. Llevó sus manos al estómago-. Dolió. Un montón. No solo en mi corazón, sino en todo mi cuerpo. Era como ser dada vuelta desde adentro. Estaba demasiado adolorida como para hacer agua control, y ni siquiera pude curarme.

-Por todos los cielos…

-Aang vio lo mucho que me dolió, y juró nunca más hacerme pasar por eso de nuevo. Dijo que los niños no eran importantes si iban a ponerme en peligro. Le dije que podíamos ver otros curanderos, tratar de descubrir que había salido mal, pero no él no escuchó. Podía ser tan terco, a veces –se encogió de hombros-. Y después de eso, dejamos de compartir la habitación.

Zuko parpadeó.

-¿Disculpa?

-Le dije que los maestros sanadores podían controlar la concepción. Podemos mover los fluidos hacia arriba y debajo de nosotros mismos. Es complicado, pero aún así es sangre control. Así que todavía podíamos dormir juntos. Pero él no quiso.

Encontró que podía ser irónico.

-Confía en mí. Quería.

Katara meneó la cabeza.

-No, no quería. Sé que con el tiempo, las parejas se separan. A veces es simplemente difícil encontrar algo de privacidad, especialmente en un orfanato lleno de niños. Pero no era así con Aang. Era como si hubiera apagado una vela. Era así de simple. No podía creer lo fácil que fue para él. Solo descartó esa parte de la vida marital de la manera que rechazaba la carne.

-Entonces era un tonto más grande de lo que alguna vez pensé.

Ella sonrió.

-Gracias por decir eso. Pero esa es la diferencia entre ustedes dos. Aang era el Avatar. Requiere de esa clase de fuerza para rechazar la tentación y mantener los chakras limpios. Vale la pena si significa que otro Avatar puede tomar su lugar. Como su esposa, tenía que aceptar esto –suspiró-. Al menos, es lo que pensaba.

-¿Y ahora?

-Ahora… -Katara miró la cara de Zuko-. Ahora no estoy segura –se ruborizó-. Porque por mucho que Aang me amaba, y por mucho que yo lo amaba… -sus ojos se llenaron de lágrimas-. Lo que tú y yo tuvimos anoche fue algo que Aang y yo nunca compartimos. Y me perdía de eso porque ni siquiera sabía que era posible, y porque tu estúpido honor te frenaba –lo golpeó en el pecho débilmente-. Parte de mí se siente realmente culpable, ¿sabes? Ni siquiera debería compararte con Aang en esa manera. No es justo. Las personas son diferentes.

Él trazó una línea desde su vientre hasta su rodilla y de vuelta al inicio.

-¿Y la otra parte?

Ella se mordió el labio inferior antes de responder.

-La otra parte se siente muy liberada.

Después de eso, se sentó en la cama y lo observó afeitarse en un pequeño espejo puesto en ángulo para atrapar mejor la luz del sol.

-Nunca vi esto cuando estábamos viajando juntos.

-Lo hacía cada mañana antes de que te levantaras.

-Oh, cierto. Los maestros fuegos se levantan con el sol y todo eso.

Él agitó la navaja en un cuenco de agua. Iroh le había enseñado a afeitarse. Era más difícil cuando estaban viajando y no tenían espejos. Usaba el brillante y liso costado de una tetera. Esa era una de las pocas cosas que realmente le gustaba de su lugar en Ba Sing Se: el lavabo. Era un pequeño espacio compartido al final del pasillo, pero tenía un espejo y podía calentar el agua tanto como quería cuando la puerta estaba cerrada. Gracioso, no había pensado en ese lugar en años.

-¿Crees que alguien sabe? –preguntó Katara.

Él la miró por el espejo.

-¿Te importaría si supieran?

-Pensaba que a ti si. Eres el Señor del Fuego, después de todo.

Él sacó la navaja de entre espuma caliente.

-Por el momento, me siento más como Lee.

-¿Quién?

-No importa. ¿Quieres desayunar?

-Eso suena fantástico –se deslizó fuera de la cama y recogió su vestido-. De veras debería ir a ver a Kurzu. Estoy segura que él también tiene hambre.

-Ey. Detente –sacó con la toalla el resto de la espuma y cruzó la habitación. Le sacó el vestido y la rodeó con sus brazos. Sus pieles desnudas se presionaron cálidamente.

-¿Por qué es esto?

-Quería hacerlo –enterró la nariz en su cabello e inhaló-. Umm…

Katara soltó una risita.

-Me estás abrazando como si fuera a salir volando en cualquier momento.

-Puede que lo hagas.

Ella se apartó.

-Voy a vestirme ahora, y luego voy a ir a por Kurzu, y los tres vamos a comer algo. Lo prometo –sonriendo de oreja a oreja, se metió dentro de su ropa-. Puedes mandar una partida de búsqueda después de cinco minutos.

Él sonrió.

-Ve que no tenga que hacerlo.

-Ey, no acato órdenes de tu parte –su sonrisa se ensachó-. Bastante al contrario, de hecho.

-Es siempre un placer servir.


Los siguientes dos días fueron los mejores que Zuko recordaba desde el festival de tres días que siguió a la muerte de su padre. Se movieron a un ritmo mucho más lento, aunque a veces parecía que se daba vuelta y toda la tarde había pasado en un borrón de sol y olas y comidas. Va a terminar cuando llegues a casa, le dijo una voz en su interior. Sonaba como Azula. Nada así de perfecto puede durar, especialmente no para ti. Pero él la ignoró y caminó a lo largo del barco con Katara y Kurzu. El mantenía al niño a un brazo de distancia mientras Katara levantaba el agua desde el mar para bañar su pequeño e inquieto cuerpo. Ahora que recibía raciones regulares de arroz congee sin contaminar y puré de mango, el color de Kurzu había mejorado y parecía empujarse lejos de Zuko y Katara constantemente para gatear por la habitación sobre sus codos como un soldado haciendo ejercicios de sigilo.

-Debería de caminar a esta hora –observó Katara, acomodando su peso y ladeando la cabeza mientras miraba a Kurzu hacer sus torpes recorridos.

-Muchos de los que maduran tarde alcanzan grandes cosas –retrucó Zuko-. Lo que carece en gracia lo compensa con entusiasmo.

Ella se giró hacia él y deslizó un brazo alrededor de su torso.

-Sonaste como Iroh.

-Gracias –le respondió, y le besó el pelo.

Las ansias más íntimas de Katara seguían sorprendiéndolo, también. Era como un hambriento niño suelto en una panadería. Lo arrinconaba en cada siesta de Kurzu, y entre sus juergas de llanto a altas horas de la noche. No que Zuko tuviera objeción alguna – aunque sí se preguntaba si el espíritu del Avatar llegaría pronto para impartir castigo. Era como si ella hubiera destapado un manantial dentro de si misma. Esa energía, deseo y placer lo desbordaba y lo dejaba sintiéndose joven, sino un poquito agotado. Su piel no había cosquilleado desde esa manera desde antes de la muerte de Ozai. Y su espíritu no había ardido con tanta esperanza desde los momentos justo después de ella.

La noche anterior a la llegada la capital Kurzu simplemente se negaba a dormir. Lloraba si lo bajaban, y se aferraba a las piernas de Katara si ella se alejaba.

-Creo que finalmente entiende que su madre no va a regresar –supuso, alzando al niño por lo que parecía como la centésima vez. Kurzu berreó en su cuello y se retorció en su agarre. Le tiró el cabello, causando que reprimiera un juramento-. ¿No puedes ordenarle que la pare, o algo? Es de la Nación del Fuego, después de todo.

Zuko levantó la mirada del pergamino que estaba leyendo.

-Kurzu, tu señor te ordena que dejes de darles tantos problemas a su Lady.

-Tu Lady, ¿eh? –Inquirió Katara. Su voz se burlaba, pero sus ojos sonreían.

-Solo estoy intentando inculcarle algo de buena ciudadanía –repuso Zuko. Se paró y rodeó a Katara de forma que quedó parado detrás de ella. Le retiró el cabello del cuello y la besó ahí-. Debería aprender que este Señor del Fuego se pone muy contento de recompensar la lealtad.

-Lealtad, ¿Mmm?

-Efectivamente.

-¿Qué hay de los extranjeros? –preguntó-. ¿Cómo los recompensa este Señor del Fuego?

-Con frecuencia y entusiasmo –contestó, besándola hasta los hombros. La oyó contener el aliento y sonrió-. Creo que es necesario un baño.

-Ya…

-Me refería a nosotros.

Ella se giró a medias.

-Ahora que lo pienso, me estoy sintiendo un poquito sucia.


Esa mañana mientras el alba iluminaba la habitación, los ojos de Zuko se abrieron para ver a Katara al otro lado de la cama, su cuerpo formando una pared defensiva para que Kurzu no pudiera caer. El niño dormía entre ellos. El corazón de Zuko dio un vuelco y se hinchó con un sentimiento demasiado grande para que lo abarcara. Una calidez febril lo hizo presa, como si acabara de reunir una enorme ola de fuego. Su vista se volvió difusa y el aire abandonó sus pulmones. Es el cambio, se dio cuenta. Pasó después del Lago Laogai, y de nuevo cuando llegó el cometa y me dio la fuerza necesaria para derrotar a Ozai. Es una premonición, una explosión de poder para hacer lo que es necesario.

-¿Pero qué debo hacer? –susurró. Katara se movió, y él se estiró a por su cara-. Esto está bien –aseveró, recorriendo su mandíbula con sus dedos-. Sé que es así. Solo dime como quedarme contigo, y lo haré.

Pero ella no respondió, y él se quedó dormido con sueños de dos peces rodeándose entre sí sin tocarse.