Cáp. 8 —Cuentos infantiles y molinos rotos.

—Mierda, mierda, mierda... —mascullaba Ariadne mientras se vestía precipitadamente y salía de su habitación con las zapatillas a medio poner. Se había quedado dormida. Otra vez. Siempre le pasaba lo mismo; le costaba horrores ser puntual. —Mierda, mierda, mierda... —seguía murmurando para sí mientras corría por el pasillo y bajaba los escalones de dos en dos, atrayendo la atención de los poco clientes que había en el local. En un exhalación, había llegado junto a Sting y Rogue, con la respiración agitada, despeinada y las mejillas enrojecidas. Y para empeorar la situación, tenía ganas de vomitar, con los sentidos embotados y un espantoso dolor de cabeza. Un bonito recuerdo de la primera borrachera de su vida.

—Estábamos empezando a preocuparnos, —le dijo Rogue con una sonrisa maliciosa. —pero hemos querido ser un poco condescendientes.

Sting la miró de arriba a abajo y no tuvo ningún inconveniente en carcajearse alegremente. Ariadne se sonrojó violentamente, siendo consciente de que debía ofrecer un aspecto de lo más deplorable. Haciendo un mohín molesto se dejó caer en la silla que estaba libre y guardó silencio, expectante.

—Come algo, —ofreció Sting, tendiéndole una manzana. —eso siempre sienta bien. —el brillo divertido de su mirada delataba que se lo estaba pasando en grande. A pesar de que estaba algo más pálido de lo habitual, no parecía que el alcohol de la noche anterior se hubiera tomado muchas represalias.

—No voy a beber nunca más. —masculló la chica, pasando por alto el comentario del rubio y aceptando la manzana.

—Imagino que es tu primera resaca, ¿verdad? —preguntó Rogue con una sonrisa condescendiente. —Recuerdo que la primera de Sting fue desastrosa. No se movió de la cama en toda una mañana.

—No tienes por qué contar eso. —masculló Sting.

Rogue y Ariadne se rieron al ver la expresión del rubio, pero no tardaron en ponerse serios, decididos a comenzar la misión oficialmente.

—Bien, propongo que nos separemos y que busquemos información discretamente. —sugirió el moreno. —Así llamaremos menos la atención.

—También podríamos echar un vistazo a los destrozos causados por el dragón. —añadió Sting, rascándose la barbilla pensativo.

—Ahora que lo pienso, anoche escuché por ahí que hace dos días hubo otro ataque, en un viejo molino. —dejó caer Ariadne. Los dos chicos la miraron unos instantes, antes de que Rogue se levantara.

—Muy bien. Sting, podrías pasarte por allí y echar un vistazo. Yo indagaré por el centro de la ciudad y Ari, podrías mirar en el mercado. Lector y Frosch te acompañarán. —los dos exceeds se colocaron uno a cada lado de la chica y asintieron, conformes.

—En ese caso nos veremos aquí en un par de horas. —dictaminó Sting, levántandose y encaminándose hacia la entrada del recinto con decisión, seguido de Rogue.

Ariadne salió de la taberna seguida de los dos gatos. Pudo distinguir la rubia cabellera de Sting, por un lado, y la morena de Rogue, por otro, durante unos instantes antes de que desaparecieran por entre la muchedumbre. Se quedó quieta unos instantes y luego miró a los gatos.

—Bueno chicos, creo que es hora de trabajar.

—¡Sí! —dijeron los dos a la vez, y juntos se encaminaron hacia el mercado.

Rogue se pasó la mano por la nuca, frustrado. Normalmente solía tomarse las cosas con mucha calma y sentido común; era muy difícil llegar a molestarlo en serio. Sin embargo, en aquella ciudad la gente parecía ser tan supersticiosa, miedosa y poco colaboradora, que estaban muy cerca de lograrlo. Miró al dependiente de la tienda de artículos mágicos a la que había entrado, fulminándolo con una mirada carmesí. Había pasado toda la mañana entrando a establecimientos como aquel en busca de información y no hacían más que darle rodeos o intentar venderle algún objeto inútil y sorprendentemente estúpido. Y aquel hombre bajito, con las orejas desmesuradamente grandes y pequeños ojos verdes, de aspecto asustadizo, no parecía ser la excepción.

—No me interesa comprar... —miró unos segundos el objeto que el dependiente le tendía. Un anillo de cambiaba de color expresando las emociones de su portador, ¿de verdad la gente gastaba su tiempo en crear cosas como aquellas? O peor, ¿gastaba su dinero en comprarlas? Sacudió la cabeza intentando concentrarse, en realidad no le importaba. En absoluto. Que la gente hiciera lo que quisiera. —No me interesa comprar nada. He escuchado rumores sobre un dragón atacando la zona. —no había sido un comentario muy sutil, pero desde luego estaba ya frustrado de dar rodeos sin sentido que no le hacían más que perder tiempo y energías.

Durante unos segundos el hombrecito se quedó estático, para seguidamente removerse incómodo, asustado.

—N-no he es-escuchado nada sobre e-eso. —tartamudeó. Rogue alzó una ceja, escéptico. Desde luego su actitud no concordaba con sus palabras.

—Por favor, solo necesito saber un poco de información; cada cuánto se suceden los ataques, si hay algo que parezca activarlos... —comenzó el pelinegro, aunque tras ver cómo el dependiente se iba encogiendo a cada palabra se dio cuenta de que iba a ser inútil.

—L-lo siento joven... s-si no va a com-comprar nada le ru-ruego que se marche. I-incomoda a la clientela... —dijo en un infructuoso intento de sonar autoritario.

Rogue frunció el ceño. Miró a su alrededor para cerciorarse de que en todo el local sólo había un anciano que miraba sin mucho interés un estante lleno de objetos curiosos y de vez en cuando les dirigía miradas de soslayo. Intentando conservar la calma, salió del local pensando qué otra estrategia podría tomar para recabar información; ser sutil no funcionaba, ir directo, tampoco. A ese ritmo no iban a lograr descubrir nada nuevo nunca.

Comenzó a caminar calle abajo, notando como alguien le seguía. Por tanto, no se sorprendió ni alteró cuando una huesuda mano se apoyó sobre su hombro, llamando su atención.

Era el anciano de la tienda.

—Escuché tu conversación con el dependiente. —el hombre debería rondar los sesenta años. El escaso pelo que le quedaba en la nuca era tan blanco como la nieve temprana de invierno y sus ojos azules parecían mirarlo indeciso. Las arrugas surcaban su rostro como muestra irrefutable de que había visto y vivido muchas más historias de las que él pudiera imaginar. —Odio lo miedosos que se han vuelto en este pueblo. Creo que piensan que si mencionan al dragón vendrá a por ellos como si fuera el hombre del saco.

—Eso significa que me vas a contar algo. —no era una pregunta.

—No sé mucho, la verdad. Pero creo que hay un par de cosas que tal vez puedan interesarte. —con un gesto le invitó a acercarse a una cafetería para poder charlar más tranquilamente.

Minutos después, Rogue miraba al anciano paciente, mientras éste probaba el té que acababa de pedir.

—Bien, ¿por dónde empezar? —el anciano se rascó la coronilla. Rogue se mantuvo impertérrito. —Tenía una biblioteca, ¿sabes? Una gran y preciosa biblioteca en el centro de la ciudad, no muy lejos de aquí. Hace unos meses, llegaron un par de forasteros pidiendo un libro muy concreto; parecían dos personas con muy serias así que me sorprendió que fueran buscando un cuento infantil.

—¿Un cuento infantil? —repitió Rogue, confuso. Esperaba algún libro de magia, antiguo o raro, pero no algo tan nimio como un cuento.

—En efecto. Insistieron mucho con ese libro. Casualmente tenía un ejemplar antiguo en almacén, así que les permití ojearlo. —el anciano se rascó de nuevo la nuca, pensativo. —en verdad no recuerdo haber adquirido ese libro nunca, así que no puedo decirte de donde salió...

—¿Y usted cree que está relacionado con el suceso del dragón? —el Dragon Slayer cada vez estaba más interesado en la conversación. El anciano asintió severo.

—Al día siguiente un dragón enorme y verde destruyó mi biblioteca hasta los cimientos. Fue el primer ataque del dragón.

Rogue se quedó pensativo unos segundos, no había que ser muy perspicaz para darse cuenta de que era demasiada coincidencia.

—Yo también creo que esos forasteros son los causantes de los ataques, o por lo menos algo tienen que ver. —dijo el anciano asintiendo severamente, interpretando el silencio del joven. —Además, el nombre del cuento no hace más que llevarnos a eso. —acompañó sus palabras llevándose una mano al interior de su capa y sacando un libro de portada oscura.

—¿Aún conserva el cuento? —preguntó curioso.

—Al día siguiente, quise leerlo ya que sentí curiosidad. —se lo tendió. —Fue lo único que pude salvar. Estoy seguro de que está maldito, puedes quedártelo si quieres. Es lo último que me queda de lo que logré tras muchos años de esfuerzo, pero desde que lo encontré, no me ha traído más que desgracias.

Rogue cogió el libro y contempló la portada. Se trataba de un fondo negro con el título en letras doradas: "Los cinco tesoros del pequeño dragón", rezaba. Bajo aquel nombre, la imagen de un pequeño dragón, bastante infantilizado, atraía indiscutiblemente toda la atención. Era de color granate y dormía tapado con una manta y un gorro de dormir, decorados con motivos de estrellas de colores. A su lado, un cofre a medio abrir lanzaba destellos llamativos, desde tonos carmesí, pasando por dorados, plateados, violetas... Y desde luego, con solo echarle un vistazo se podía apreciar su antigüedad.

—Muchas gracias por la información. —dijo aún observando el libro. finalmente decidió que ya lo estudiaría más tarde, puesto que aún le quedaba una última pregunta por hacerle. —¿Recuerda a los forasteros?

—Sí, ¿cómo olvidarlos? Ambos eran muy peculiares. Por un lado, una joven de pelo oscuro y ojos verdes. Era una de las muchachas más hermosas que he visto en mis largos años de vida. —el anciano sonrió pensativo. —Sin embargo no sonrió ni habló en toda la visita. Se limitó a mirar todo con impasibilidad y algo de tristeza. Iba acompañada de un hombre con el pelo rubio platino, casi blanco, y los ojos azules. Tenía cicatrices en el cuello y los brazos. Hablaba con voz dulce y persuasiva, todo un ejemplo de caballerosidad y amabilidad. Sin embargo... daba un poco de mala espina. No se si me explico. —el anciano volvió a beber de su taza antes de hablar. —Como si en verdad supiera muchas más cosas de las que debería.

Rogue asintió, comprendía lo que decía el hombre.

—Muchas gracias, ha sido de gran ayuda. —dijo poniéndose de pie. Realmente estaba agradecido, era un avance enrome con respecto a hacía un par de horas.

—Encantado. Siempre suelo estar por aquí si...

—¡Rogue! —el moreno miró alterado como Frosch se acercaba volando, con lágrimas en los ojos. —Fros está preocupado por Ari

El chico se despidió vagamente del anciano, y corrió al encuentro de su amigo, preocupado.

Realmente aquel destrozo era de dimensiones considerables, sin embargo, algo no le cuadraba al rubio. Habían destruido el molino hasta reducir los cimientos a polvo, en la tierra se apreciaban las marcas de garras y numerosos árboles del bosque cercano estaban esparcidos por todo el terreno. Le llamó la atención comprobar que la madera estaba podrida hasta tal punto, que se deshacía bajo sus manos.

—Así que el dragón atacó hace dos días. —comentó Sting mirando a la pareja de campesinos que le miraban ligeramente atemorizados. Eran los dueños del molino y todo el territorio cercano. Habían caído en la ruina.

—S-sí... —susurró finalmente el hombre.

—¿Había alguien en cerca? ¿Algún herido?

—No... Estábamos en el en el centro. —esta vez habló la mujer, que aunque asustada, estaba bastante más decidida que su marido. —Nunca han habido heridos tras los ataques del dragón. Ni muertos.

Aquello sí que le pareció peculiar.

—¿De verdad? —frunció el ceño.

—No-nosotros nos vamos. —dictaminó el hombre, tartamudeando. —Este sitio está m-maldito. L-lamentamos no poder serle de más ayuda.

Sting sacudió la cabeza sin prestarles mucha atención, ni se giró para despedirse cuando la pareja se marchó. Seguí contemplando el lugar. Sí que era cierto que olía a dragón mirara por donde mirara, y empezaba a sentirse muy nostálgico recordando a Weisslogia. Sacudió la cabeza tratando de alejar los recuerdos de su infancia dejándolos para otro momento. Ahora necesitaba concentrarse.

Aunque los destrozos parecían coherentes para tratarse de un dragón: marcas de garras, agujeros en el suelo que parecían indicar ser la cola de la bestia, marcas de mordiscos... no le parecía lógico la magnitud del ataque. Recordaba cómo habían destruido aquellos siete dragones media ciudad fácilmente, en los Juegos, y sin embargo, aquel dragón parecía moderarse y limitarse a atacar pequeñas zonas.

—Era grande, casi tanto como una casa. —Sting miró con curiosidad al pequeño niño que tenía frente a él. Tardó unos segundos en reconocerlo como el hijo de los campesinos; sus padres le habían prohibido hablar en su presencia.

Se acuclilló hasta quedar a su altura.

—¿Cómo dices?

—El dragón. Era grande. —repitió con simpleza, como si fuera algo que veía todos los días.

—¿Lo viste? —preguntó sorprendido. El niño asintió.

—Me escondí en el bosque y lo vi. Era grande y tenía alas y dientes y una cola largísima. —estiró los brazos todo lo que dieron de sí. —Casi así de larga. Mamá y papá no me creen.

—Yo sí te creo. —le dijo Sting obsequiándole con una sonrisa.

—Pero...

—¿Pero?

—El dragón temblaba. —eso le pilló desprevenido.

—¿Qué?

—Sí, los bordes del dragón a veces temblaban y parpadeaban. —el niño hizo unos gestos con los brazos, para ilustrar sus palabras no muy acertadamente.

Sting se rascó la barbilla, pensativo. Lo único que se le ocurría era algún tipo de magia ilusoria. Sabía que cuando se mantenía mucho tiempo un hechizo de esa clase, se hacía mal, o interfería con otra magia poderosa, comenzaba a fallar y la ilusión comenzaba a difuminarse.

—Jeremiah, no molestes al señor. —la campesina se acercó corriendo al niño y lo apartó en un ademán protector, mirando a Sting con miedo,

como si fuera un bandido cruel y sanguinario. —Es un hombre ocupado, no tiene tiempo para escuchar tus cuentos.

—¡No son cuentos! ¡Es verdad que lo que vi! —protestó el niño, pataleando.

La mujer miró una última vez al Dragon Slayer y se marchó tironeando de su hijo e ignorando sus protestas.

—Así que esto se pone interesante... —susurró para sí el rubio. —Me pregunto si Ari y Rogue habrán descubierto algo...

—¡Sting-kun! —escuchó la inconfundible voz de Lector y se giró con un mal presentimiento. El gato rojo volaba en su dirección todo lo rápido que le permitían sus alas. —¡Ari-chan está en problemas!


Bueno, y aquí os dejo con la intriga... ¿qué creéis que le ha pasado a Ariadne ahora? ¿Tiene algo que ver el cuento del anciano y los forasteros con todo lo que está pasando? ¿Existe tal dragón?

Pues os tendréis que esperar para descubrirlo :P

Quiero dedicar este capítulo a Chantimini, por su entusiasmo ^.^

Chantimini: Entiendo que te de por eso, sin duda alguna los marcianitos diciendo "El gaaaancho" era una de las cosas que más me gustaba de Toy Story xD Muchas gracias por comentar, me animas a seguir escribiendo :3

Un beso a todos mis queridos lectores ;)

¡Nos leemos!