Capítulo 7: La piedra del dragón
─ ¿Cómo? ─ Sorprendido.
─ Lo dicho, me gustaría tener una casa en esta ciudad. ─ Se cruzó de brazos. Imponente.
─ Llegas aquí sin previo aviso, aniquilas a mi guardia personal, ¿y osas pedirme una casa? ─ Se levantó intentando intimidar, o al menos intentándolo. Con esa barba y ese pelo en conjunto con sus arrugas no lo lograba precisamente.
─ Correcto, ¿algún problema? ─ Se enfrentó demostrando ser más alto. ─ Te recuerdo que he vapuleado a tu querida guardaespaldas. ─ Rio con sorna. ─ No creo que me cuestes mucho.
─ Eres un bastardo, un peligroso bastardo. ─ Empezó a caminar. ─ Te daré una misión, si la superas podrás obtener una casa en mi ciudad. ─ El asesino resopló molesto. No le gustaba andar con rodeos, pero a veces entendía la necesidad de estos.
─ ¿De qué se trata?
─ Que te lo explique el hechicero de la corte. ─ Dejó al hombre en la sala y se marchó, no sin antes fulminarnos con la mirada.
─ Bien, ─ Comenzó el mago. ─ soy-
─ No me importa, cerdo. ─ El hechicero de la corte retrocedió abruptamente, estaba intimidado. ─ Dime lo que tengo que hacer, ya. Y como te hagas el tonto te arranco la piel y te arrastro a caballo por toda la ciudad. ─ Sus amenazas no eran vacías, de verdad pensaba cumplirlas. ─ A lo mejor a las calles les vendría bien un tinte rojo.
─ Vale, no me andaré con rodeos. ─ Se rasco la poblada barba, por la cual sudaba a chorros. ─ Bien, los dragones están volviendo y por ello he de encontrar una manera de estudiarlos y vencerlos. ─ Fue al mapa de su mesa. ─ Aquí. ─ Señaló un punto cerca de Cauce Boscoso. ─ Si vas a este sitio, el Túmulo de las Cataratas Lúgubres, podrás encontrar una piedra que podría revelarme estas cosas. Consíguela y habrás completado tu misión. ─ El rubio se dio la vuelta marchando y nosotros lo seguimos.
Volvimos a cruzar todo sin decir ni media palabra. Fue todo un día de viaje llegando de nuevo al pueblo de noche. No tuvimos más remedio que quedarnos otra noche en la posada, rondar por ahí a esas horas era muy peligroso, sobre todo por una vieja leyenda de un caballero fantasma sin cabeza. Al amanecer, después de desayunar, seguíamos sin poder hablar. Quedaba claro que estaba de mal humor, su simple presencia bastaba para decirlo. Era un asesino, pero a pesar de eso su mera presencia era abrumadora, aunque sabía controlarla y ocultarse. En cambio, cuando estaba enfadado hacía lo contrario, la resaltaba intimidando a todo el que pasaba dando a entender su rabia. Era alguien que podría cambiar el curso de una guerra solo, todo en él daba miedo, su armadura negra como el abismo; su altura, tan grande como un oso; sus hombros, anchos como una eterna muralla; sus armas, tan afiladas que con solo mirarlas ya cortaban; su máscara, cuyas pinturas te enmudecían sin necesidad de arrancarte la lengua, y lo más temible de todo era su ojo. Aterrador, intimidante, malévolo. Podría usar tantos adjetivos para describir como era mirarlo que me quedaría sin palabras, pero es una sensación que no entiendes hasta que lo mirabas directamente. Era la muerte, un espejo donde nacías y morías de igual forma. La primera vez que lo vi pensé que estaba ante un príncipe daédrico, nunca había rezado a todos los dioses tan rápido por mi vida.
Cuando por fin emprendimos la marcha el ambiente se tensó incluso más, empezaba a pesar el aire y a faltar oxígeno. "¿Qué es eso?" "¿Es capaz de alterar el aire?" "Imposible, por muy apodo o fuerte que sea sigue siendo mortal, ¿verdad?" Todas esas preguntas rondaban mi mente por entonces, pero era más que eso. Sí, era mortal, pero al mismo tiempo no lo era.
─ ¿No notáis el ambiente un poco… caldeado? ─ Mencionó Lokir. Cosa que agradecí, había conseguido romper por un momento el hielo del ambiente y aligerado la carga psicológica que suponía esa situación.
─ Un poco, ─ Proseguí, quería seguirle el juego. ─ pero se aguanta.
─ Ahí está. ─ El rubio señaló unas escaleras que conducían a una gran construcción. ─ Preparaos, hay bandidos cerca, y dudo que sean los únicos que todavía anden por aquí. ─ Aligeró el paso.
─ ¡¿Qué quieres decir con eso?! ─ Estaba preocupado por su propia seguridad, y en parte lo entendía, es difícil enfrentarse a todo eso por primera vez. A día de hoy sigo teniendo problemas con esos no muertos. Sus huesos mohosos, sus aceros oxidados y su peste a podrido son una desventaja para los vivos, pero a alguien acostumbrado a tener la muerte justo al lado -y sí, me refiero a Scott- no supone mucho problema. Aunque por entonces no llevábamos mucho con él.
─ Draugrs Lokir, eso es lo que significa. ─ Lo callé, necesitaba concentrarme en el enemigo. ─ Ahora silencio, no vayas a despertarlos antes de tiempo. ─ Continuó temeroso.
Nos acercamos y vimos el imponente túmulo tan degradado por los cientos de años en pie. Sus paredes eran grises y tenían moho viviendo en ellas. Su hedor a muerto resaltaba para todo aquel lugar, era una pestilencia muy poco agradable. Con dos flechas atravesó el corazón de dos criminales que se encontraban lejos y con un ligero movimiento cercenó la cabeza del último bandido que vigilaba la entrada. Guardó el arco y sacó su otra espada. Al encontrarse ante la imponente puerta no dudó en patearla para matar unos cuantos skeevers sin ningún problema para adentrarse. Pasando de lado unas columnas dos enemigos lo atacaron y otro de frente apareciendo de la oscuridad refugiada en la poca luz, mas bloqueando por los laterales saltó evitando el golpe frontal y cayendo encima de este mató a los de los laterales y rematando al antes mencionado apuñalando con ambas espadas en su corazón. Dejó las armas clavadas para sacar tres dagas de hierro que lanzó matando los que quedaban. Sacó sus aceros del cuerpo, rasgando todavía más la carne junto a ese sonido desagradable que precede a la muerte, y continuó avanzando mientras hacía sus malabares típicos.
─ Increíble, tiene unas habilidades sobrehumanas. ─ Comenté. Estaba impresionada por todo lo que era capaz de hacer. Enfrentarse a tantos enemigos, aunque sean de poco nivel, no era fácil. ─ Nunca creí que vería a un humano con semejantes dotes. ─ Anonadada. Esa era la palabra.
─ No es el Demonio Enmascarado por nada. ─ Continuó el pelirrojo. ─ Es muy famoso. Tanto, que hasta tu gente lo consideran una amenaza. ─ Sacó su hacha y siguió a su jefe. Sus palabras eran rotundamente ciertas. Si hasta los Thalmor lo consideraban un objeto a vigilar es que de verdad era peligroso. Si mal no recuerdo, y eso que hace milenios de esto, tenía a todo el imperio en vela por sus acciones. Los imperiales no se daban cuenta de nada, pensaban que solo era una espada contratada, que solo buscaba dinero, pero con las investigaciones los Thalmor se dieron cuenta de que no. Era algo más. Cada objetivo, aunque hubiese cobrado por matarlo, había colaborado alguna vez con nosotros, aunque solo fuese una palabra. Siempre tenía su objetivo en mente, siempre.
Continuamos por la gran tumba matando a todos los bandidos que nos encontrábamos sin dejar rastro de vida tras nuestro paso. Pero nos detuvimos de forma abrupta en una sala más grande que el resto. Había un hombre atrapado entre unas telarañas pidiendo ayuda, pero en el intento de ir apareció una araña congeladora gigante, y no estaba de buen humor.
─ Ese bicho no parece estar de buenas. ─ Mencionó el ladrón.
─ ¡Calla Lokir! ─ Grité, estaba nerviosa, no quería oír sus tonterías. ─ Te juro que odio tus comentarios cómicos. ─ Me llevé mi mano libre al tronco de la nariz. ─ Pareces el típico personaje cómico de relleno de alguna estúpida historia. ─ Y bueno, razón tampoco me faltaba.
─ Está claro que el bicho no anda de buen humor, ─ Comenzó a andar con su pose de combate. ─ pero yo tampoco lo estoy. ─ Se lanzó fervientemente. La araña lanzó su tela en un intento de alentarlo, pero antes de darse cuenta ya tenía al asesino en sus narices cortando una de sus patas.
Saltó hacia atrás para evitar el mordisco de la gigante. Ese día estaba de un ánimo de perros y se descargó con todo enemigo que vio, incluida esa asquerosa araña. ¿Os he dicho ya el asco que me dan? Son repugnantes, sobre todo esos mini pelos de sus patas. Si me oyera alguno de mis antiguos instructores ya me hubieran azotado, menos mal que están todos muertos.
─ Ven a por mí, jodido bicho de mierda. ─ Levantó su espada derecha retándola. ─ No tendré piedad alguna, pienso torturarte hasta que aprendas a pedir clemencia en nuestro idioma. ─ Fue a por él, pero, en un suspiro, su cuerpo ya estaba hecho trizas y el rubio al otro lado de la sala mientras una sombra dejaba de cubrirlo. Sin pensárselo se dirigió al prisionero.
─ ¡Por todos los dioses! ¡Gracias! ─ Agradecía. ─ Ahora libérame por favor.
─ ¿Dónde está la garra? ─ Preguntó a lo que el dumner respondía con ignorancia. ─ Vamos, en estas tumbas se necesita una garra para acceder a lo más profundo y oí a unos imperiales hablar sobre el robo de una garra dorada. ─ Acusó. ─ ¡¿Dónde coño está la garra?! ─ Solo su tono ya podía hundirte en el miedo, y tras ver lo que era capaz de hacer tampoco había mucha duda.
─ ¡Vale, tranquilo! ─ Cerró los ojos con terror. ─ Te la daré, pero primero libérame. ─ Negó el asesino. ─ Vale, ¡te la daré! ─ Se rindió ante el hombre. ─ En la bolsa de mi cintura. ─ Scott inspeccionó el bolsillo donde encontró la ansiada garra de oro. ─ Ahora libérame por favor, ¡lo prometiste! ─ Acto seguido su cabeza rodaba por el suelo y la sangre inundaba la sala.
─ ¡Dijiste que lo soltarías! ─ Cuestionó Lokir.
─ Si, liberé su alma. ─ Miró a su compañero. ─Se la entregué a Sithis pues planeaba atacarnos cuando estuviéramos despistados. Lo vi en sus ojos, en sus asquerosos y traicioneros ojos. ─ Prosiguió pues las telarañas ya no estaban debido al corte con el que sajó la cabeza del mentiroso.
─ Eres en verdad cruel, pero no dudo de tus métodos. ─ Mencioné en un intento de ganármelo. ─ Sabes cuando has de eliminar y no dudas en hacerlo, pocos son capaces de hacerlo. Eres merecedor de mi respeto.
─ ¿Te parece que matar a alguien es merecedor de respeto? ─ El hombre paró en seco y se giró hacia mí. ─ Matar no es un juego, arrebatas una vida. No es algo merecedor de respeto. ─ Su ojo brillaba de una forma llamativa. ─ No es un juego, no todos sobreviven a quitar una vida y una vez lo haces y lo sobrepasas ya no eres capaz de matar. Asesinar a alguien siempre está injustificado, da igual el contexto, hay formas mejores de hacer pagar a alguien, se llama tortura. ¿Entiendes? ─ Ser capaz de decir eso con todas las vidas que había arrebatado me hizo estar confusa, pero llegué a una conclusión y es que estaba loco. Prefería torturar a matar, prefería hacer sufrir a alguien que quitarle la vida rápidamente, está claro cuál opción es peor.
Avanzamos a lo largo de la tumba eliminando draugrs y esquivando trampas hasta llegar a lo que parecía una puerta con tres anillos y varios animales en estos. Antes de poder cuestionarme que era, Scott ya había resuelto el misterio dejando vía libre a la sala principal de la mazmorra. Era un lugar precioso, una gran vegetación cubría el lugar y un altar grande iluminado por la luz solar que entraba por un hueco en el techo estaba en medio de este con una tumba y una piedra en un idioma ilegible. Una vez pisamos el suelo del sitio, el ataúd se abrió y salió un señor de la muerte draugr con un mandoble de ébano. Alzó su arma contra Lokir pero conseguí bloquear el ataque con mi propia espada y, aprovechando la situación, Scott saltó por encima nuestra asestando una puñalada mortal en la nuca del enemigo. Arrancó las espadas y fue al gran cofre posicionado al lado de la tumba donde encontró una piedra que coincidía con la descripción del mago, pero antes de irse algo llamó su atención, que no era menos que la gran roca con letras indescifrables. Estas brillaban con intensidad y cuanto más se acercaba un cántico se oía más fuerte. Eran voces de hombre, pero no decían nada en particular, parecía como si estuvieran resoplando. Una vez estuvo cerca se sorprendió al poder leer el texto, decía "fuerza" o [Fus]. Claramente, en aquel momento no entendía por qué observaba aquello con tanta intensidad. Todo era muy raro pues parecía que las palabras quedaban grabadas en su mente. Nunca hubiera sabido todo esto si no me lo hubiese contado más adelante.
─ ¿Qué pasa jefe? ─ Preguntó Lokir, que sentía lo mismo que yo en aquel momento.
─ Nada. ─ Posó su mano en la piedra delicadamente. ─ Solo siento algo de nostalgia, aunque no entiendo el por qué. ─ Recuperó su furiosa mirada al instante. ─ Es hora de volver con nuestro querido Balgruuf.
Editado: 16/06/17
