Capítulo 8: Días de felicidad
― Ya lo saben todos en la casa.
― A Inuyasha no le importa que lo sepan y a mí tampoco.
― Sabes que murmurarán, ¿no?
― Siempre lo he sabido.
― Y yo siempre supe que estabais hechos el uno para el otro.
Kagome se sonrojó al escuchar esa afirmación por parte de Kaede, la persona que más respetaba en ese mundo, y continuó quitándole el polvo a las complicadas molduras de las columnas salomónicas que tanto adoraba Kagura. ¡Cómo odiaba tener que limpiarlas! Tenía que subirse a una escalera enorme para poder llegar hasta arriba e ir descendiendo según iba limpiando. Además, debía rodearla porque eran demasiado anchas y esas malditas molduras eran tan complicadas. Kaede la esperaba abajo, limpiando la zona inferior de la columna como podía y hablando con ella.
Acababan de empezar a limpiar la columna puesto que estaba en lo más alto. Casi suspiró de alivio cuando por fin pudo bajar un par de peldaños. No se atrevía a mirar hacia abajo porque sabía que se marearía si era consciente de la altura a la que estaba. No quería abrirse la cabeza ahora que por fin todo era perfecto en su vida. Tenía trabajo, un lugar en el que vivir, estaba estudiando para sacarse el graduado, su hermano era feliz en la ciudad y un buen alumno, y por fin había logrado conquistar al amor de su vida. Aunque tal vez, fuera él quien la había conquistado a ella.
Estaba limpiando a fondo unas molduras cuando la voz del amor de su vida estuvo a punto de tirarla al suelo.
― ¡Kagome! ― le gritó ― ¡Baja de ahí inmediatamente!
Un mes atrás, su mayor preocupación en ese momento hubiera sido que Inuyasha le viera la ropa interior. En ese momento, su mayor preocupación era que se subiera él mismo a la escalera para bajarla a ella de ahí. Era tan increíblemente sobreprotector y tan dulce.
― Inuyasha, estoy trabajando.
― ¡De eso nada!- gritó de nuevo ― ¡Ya puedes bajar tu bonito culo de esa escalera!
― Inuyasha no seas irrespetuoso. ― le advirtió Kaede.
― ¿Irrespetuoso? ¿Cómo dejas que se suba ahí? ¡Podría matarse si se cae!
Ella lanzó un hondo suspiro desde arriba y continuó con su tarea sin dejar de prestar atención a lo que ellos decían.
― Kagome siempre ha realizado este trabajo sin problemas.
― Eso es porque yo nunca antes la había visto ahí arriba. Si lo hubiera sabido, no lo hubiera permitido.
― Si tanto te molesta, coge el trapo y sube tú a limpiar. ― le retó.
¿Cómo iba a subir a limpiar el señor? Él era el dueño de la casa, su jefe y contrataba criados para que hicieran ese trabajo. Él no iba a subir a realizar esa tarea que no le correspondía.
― Está bien. ― afirmó él consiguiendo que ella se balanceara por la impresión ― Si es lo que hay que hacer para que Kagome se baje de esa maldita escalera, trato hecho.
¿Inuyasha se había vuelto loco? No, no podía permitir que él hiciera su trabajo. Le daba igual que la gente fuera hablando de ellos, pero no permitiría que nadie le dijera que por ser la novia del señor, ella dejaba de cumplir con su trabajo. Ella siempre se había encargado de limpiar esas columnas y no iba a dejar de hacerlo por tener ciertos "privilegios" de los que el resto del personal no gozaba. Inuyasha lo llevaba claro si pensaba que iba a permitir que él hiciera su trabajo.
Terminó de limpiar ese moldeado y se bajó enfadada al siguiente escalón cuando su pie resbaló. Intentó agarrarse, pero ya era demasiado tarde. Empezó a caer de espaldas hacia abajo, cumpliendo de esa manera sus peores pensamientos cada vez que tenía que limpiar esa columna. Sin embargo, nunca llegó a golpearse. Unos brazos la rodearon y evitaron que ella cayera contra el suelo. Unos brazos que ella bien conocía.
A decir verdad, temía abrir los ojos. Inuyasha estaría furioso con ella por haberse caído y haber probado de esa forma que estaba en lo cierto. Al mismo tiempo, estaría insoportablemente arrogante por haber tenido razón. Aunque fue su culpa. Si él no hubiera aparecido allí, desconcentrándola de su trabajo, nada de eso hubiera sucedido. Ahora bien, cuando abrió los ojos, se encontró con que no había acertado. Él estaba preocupado, no enfadado ni arrogante.
― ¿Inuyasha?
― ¿Estás bien? ― la apretó contra él ― ¿Te has hecho daño?
― No… ― musitó aún consternada.
― ¿Estás segura, cielo? ― era el turno de Kaede de estar preocupada ― Podrías haberte hecho mucho daño si Inuyasha no te hubiera cogido.
― Sí, estoy bien.
Intentó poner sus pies sobre el suelo, pero Inuyasha parecía negarse a soltarla. Tuvo que decirle algunas palabras tranquilizadoras al oído para que al fin cediera y le permitiera ponerse en pie. Aún así, no la soltó. Rodeó su cintura protectoramente con uno de sus brazos, como si temiera que ella fuera a desmayarse en cualquier momento. La verdad era que ella misma dudaba de eso. El susto todavía le duraba en el cuerpo. Miró la escalera y tembló de miedo. Tenía que volver a subirse para terminar con su trabajo.
― ¡Ni lo pienses Kagome! ― la regañó Inuyasha― ¡No vas a volver a subirte a esa escalera!
A veces, tenía la sensación de que Inuyasha podía leerle el pensamiento. Aunque a veces, también era ella la que le leía el pensamiento a él.
― Muchacha, ya has tenido suficiente acción por un día.- afirmó Kaede.
― Mi trabajo…
― Tu trabajo acaba de cambiar.
― ¡Inuyasha! ― se quejó.
― No acepto quejas. Te recuerdo que yo soy el jefe.
Kagome se encogió de hombros al escucharlo y bajó la mirada. Él debió notar que estaba triste puesto que tomó su barbilla con una de sus manos y la levantó para que lo mirara a los ojos. No podía enfadarse con él, no cuando veía esa mirada tan tierna dedicada a ella. Él le sonrió y ella le respondió con otra suave sonrisa mientras se iban acercando el uno al otro para darse un beso. Les dio igual que Kaede les viera o que cualquier otro que pasara por allí los divisara. Iban a besarse de todas formas.
Sus labios acababan de unirse en un tierno beso cuando sonaron unas palmadas a muy poca distancia. Se separaron y se encontraron directamente con la sonrisa sarcástica de Kagura mientras les aplaudía como si fueran animales de circo. ¿Qué planeaba esa mujer?
― Vaya, me voy unos días de vacaciones y mira lo que me pierdo… ― frunció sus labios pintados de rojo ― Menuda parejita más variopinta.
A pesar de saber que esa mujer sólo estaba celosa y sus hirientes palabras sólo tenían como propósito que ella se sintiera mal, no pudo evitar fijarse una vez más en su vestuario y en su forma de moverse. Sus botas de piel negras hasta las rodillas le fascinaban. Ese día llevaba un aspecto más juvenil con unos leggins negros y una camisa blanca con rayas azules ajustada a su cuerpo con un cinturón elástico en la cintura. No era su estilo habitual, pero se veía estupenda.
Ella era tan elegante, justo como la mujer de la fotografía que guardaba Inuyasha. Justo como Kikio Tama. Esa mujer por la que todavía no se había atrevido a preguntar. ¿Y cómo iba a hacerlo? No podía decirle a Inuyasha que había estado fisgando en sus cosas mientras limpiaba su habitación. Ojala algún día pudiera atreverse a preguntarle por ella, por su pasado.
― ¡Qué gran cuadro! ― rió ― Me recuerda a… la verdad es que no me recuerda a nada. Los pintores del renacimiento y el barroco tenían mejor gusto y no se dedicaban a pintar a criadas liándose con sus señores y a una vieja voyeur observándolos.
Los músculos de Inuyasha se tensaron a su alrededor y pudo sentir su furia. Kagura se había pasado de la ralla en esa ocasión. Sorprendentemente, no fue Inuyasha quien intervino, sino que Kaede.
― ¿Nunca te han enseñado a respetar a tus mayores? ― no esperó a que contestara ― Es evidente que no. De todas formas, esperaba que por lo menos supieras qué cosas puedes decir y qué cosas no puedes decir delante de tu jefe.
La amenaza estaba latente en el ambiente. Kagura le dirigió una mirada de pocos amigos a Kaede y se dirigió a paso firme hacia el despacho de Inuyasha.
¡Cómo lo agotaba esa mujer! La verdad era que agradecía la intervención de Kaede porque hubiera sido capaz de estrangularla por sus palabras. Había osado insultarlos a los tres y en su presencia, además. ¡Qué desfachatez! Sabía que la razón que la empujaba eran los celos; unos celos que estaban motivados por su ansia por el dinero. Contrató a Kagura porque era la mejor en su trabajo. No obstante, siempre supo que andaba tras su fortuna. Al principio, hacía oídos sordos a sus coqueteos, pero ya no podía. Se acabó lo que se daba. Quería empezar algo serio con Kagome y no iba a permitir que nadie pudiera hacerle pensar lo contrario.
Tenía que ir a su despacho a hablar con ella, cosa que no le apetecía nada en absoluto. Empujó a Kagome para que se relajara contra su pecho ya que ella también se había puesto muy tensa y besó su coronilla mientras acariciaba suavemente su espalda sobre el uniforme. Kaede había sabido cerrarle la boca a Kagura, sin duda alguna, pero el daño ya estaba hecho.
― No hagas caso de esa mujer… ― le murmuró ― No merece la pena que lo pienses tan siquiera.
Ella asintió con la cabeza y se apretó contra él en busca de consuelo.
― Inuyasha, ― lo llamó Kaede ― deberías apretarle las tuercas a esa mujer.
― Es justo lo que pienso hacer en este momento.
Le costó una infinidad conseguir que Kagome lo soltara y, entonces, le regaló un suave beso en los labios antes de dirigirse hacia su despacho. A mitad de camino, se detuvo y se volvió de nuevo hacia las dos mujeres.
― Kagome, tienes prohibido subirte de nuevo a esa escalera. Ni se te ocurra hacerlo.
Ella asintió con la cabeza y Kaede también para asegurarle que no pensaba permitirlo. Él también asintió con la cabeza en señal de aceptación y se dirigió hacia su despacho cuando llamaron a la puerta. No prestó demasiada atención y continuó con su camino, escuchando lo que decían.
― Traigo el correo. ― informó un muchacho ― Tienen que firmar aquí.
Una de ellas, no sabía cuál, firmó el recibo mientras la otra recogía el correo. Supo que fue Kagome cuando, de repente, la escuchó gritar de emoción.
― ¡Ya ha llegado!
Sintiendo curiosidad, se escondió detrás de la última columna antes de introducirse en el pasillo hacia su despacho y espió la escena. Kagome parecía sostener unos catálogos de ropa mientras que el muchacho que traía el correo la observaba fijamente. ¿Quién no iba a hacerlo? Una preciosa mujer saltando de emoción, con sus pechos balanceándose y su falda levantándose peligrosamente. Se puso celoso. Ahora bien, Kaede le despachó en seguida de la casa y pudo volver a respirar.
― Niña, eres demasiado impulsiva. ― la regañó ― ¿Acaso no eres consciente de que te miran?
― Lo siento. ― se disculpó.
Kagome trotó felizmente hacia la escalera, lo bastante cerca de él para que pudiera fisgar, y se sentó en uno de los escalones mientras rasgaba el plástico. Emocionada empezó a ojear todos los catálogos de moda.
― ¿Te vas a comprar algo?- le preguntó Kaede con curiosidad.
― No, pero me gusta mirar. ― pasó a otra hoja ― ¡Qué bonito! ¿Crees que podré encontrar algo parecido en algún almacén?
― Seguro que sí. Mientras no te importe que no sea de alguno de esos carísimos diseñadores.
― No, eso es lo de menos… ― musitó ― No me compro nada de ropa desde hace años…
Ropa, Kagome necesitaba ropa nueva. ¡Perfecto! Más tarde, tomaría prestados esos catálogos de moda y encargaría un montón de esa ropa. Se la traerían en el mismo día si era él quien la pedía. Seguro que a Kagome le encantaría tener toda esa ropa nueva, parecía fascinada. Además, ella no se la había pedido, ni siquiera sabía que él estaba cerca. No se aprovechaba de él y nunca se le ocurriría pensar que lo hacía.
Con una sonrisa en el rostro por su maravilloso plan se dirigió hacia su despacho, pero cuando entró, y una nube de mal oliente perfume lo inundó, se acabó su buen humor. Odiaba que las mujeres se echaran tanto perfume encima, era asqueroso. Ignorando por completo a Kagura, se dirigió hacia su escritorio y se sentó en su silla, intentando mantener la calma. La mujer se había tumbado en el sofá de tal manera que parecía esperar que se fuera a lanzar sobre ella o algo por el estilo. Menuda falta de respecto. ¿Acaso pensaba que teniendo un buen plato de solomillo como Kagome iba a conformarse con un pedazo de panceta?
Le ofreció con una mano asiento en una de las sillas frente al escritorio. Ella no se movió al principio, pero, al comprobar que él no pensaba hablar hasta que lo hiciera, se movió y se sentó en la silla.
― ¿Qué tal las vacaciones? ― comenzó.
― No han estado mal. Siempre me lo paso bien en las islas griegas.
― Y por lo visto vuelves con energías.
― Y me encuentro muchas novedades.
― Te daré un consejo para que no te equivoques. Métete en tus asuntos, Kagura.
― Sé que como diversión debe ser estupenda la criada. ― señaló sin el menor ápice de vergüenza ― Pero eso no puede durar mucho, querido.
Entre Kagura y su comité de empresa llevaba una semana de un humor de perros.
― Te lo repetiré una última vez, no es de tu incumbencia y no permitiré que molestes a Kagome.
― ¿Yo? ¿Molestarla? ― sonrió con fingida inocencia ― No sé cómo se te puede ocurrir algo así.
― Porque conozco a la clase de mujeres como tú que sólo buscan un hombre rico con dinero. ¿Acaso creías que soy idiota? A partir de ahora dedícate sólo a tu trabajo si quieres conservarlo.
Kagura frunció el ceño, mostrando su enfado, y se levantó tan rápido de su silla que la tiró al suelo. Por un momento creyó que iba a insultarle o a gritarle. Ella se contuvo, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Sin embargo, cuando tenía el pomo de la puerta en sus manos, se volvió de nuevo hacia él para mirarlo con lágrimas de rabia.
― Este estúpido romance tuyo con la criada no durará mucho. ― le aseguró ― Ni siquiera hará falta que yo haga algo para separaros. Ella no encaja en nuestro mundo.
― Eso ya lo veremos.
― Si la presentas en sociedad, la despellejarán viva y lo sabes. ¿Crees que no averiguarán de dónde procede? ¿Cuál es su terrible pasado?
― ¿Qué sabes tú de su pasado?
Se levantó de su silla y apoyó las manos sobre la mesa, interesado y a la vez enfadado por lo que Kagura acababa de decir. ¿Qué sabía ella del pasado de Kagome? Y si ella lo sabía, ¿cuánta más gente podría saberlo? A él no le importaba en absoluto su pasado, sólo le importaba su presente pero a Kagome sí. Si sacaban en las revistas todo lo que ella vivió durante su adolescencia, no levantaría cabeza. Se marcharía.
― Un día la escuché por casualidad hablando con Kaede. Tiene una adolescencia encantadora. ― ironizó ― La clase de adolescencia que vende revistas del corazón.
No esperó ni un solo segundo. Rodeó su escritorio y en cuatro grandes zancadas la alcanzó, agarró su brazo y lo retorció con fuerza, haciendo que ella gimiera de dolor. No iba a permitir que llamara a ninguna parte para intentar humillar a Kagome. La protegería de ella y de cualquier otro costara lo que costase.
― Mantendrás esa boquita tuya bien cerrada si sabes lo que te conviene.
― ¡Inuyasha! ― intentó desasirse de su agarre ― ¡Me haces daño!
― Más daño te haré si veo cualquier cosa sobre ella publicada. ― le advirtió ― Ten mucho cuidado porque será a ti a quien busque si eso sucede, y no te gustará nada lo que te ocurrirá.
Tan rápido como la soltó, ella se llevó la otra mano a su muñeca y acarició la zona dolorida. No le gustaba hacer daño a las mujeres por muy víboras que fueran, pero ya que había decidido que no podía mantenerse alejado de Kagome, se ocuparía de que ella no sufriera ni un poquito. Jamás le mostraría su lado más oscuro, ni su terrible pasado tanto con su familia como con Kikio. La mantendría pura a cualquier precio.
― ¡Márchate!
Kagura no dudó ni un instante en salir corriendo de su despacho y él mismo salió para dirigirse hacia la cocina. Estaba de mal humor. Necesitaba un café y coger prestados esos malditos catálogos para encargar cuanto antes la ropa. Hacerle aquel maravilloso regalo a Kagome le alegraría el día del todo. Estaba deseando ver la cara que ella pondría cuando viera que le había comprado sus vestidos favoritos.
Cuando entró en la cocina estaba sólo Feire. ¡Estupendo! Sería tener demasiada suerte el librarse de alguno de sus comentarios. Ella lo miró de reojo y volvió a su trabajo sin decir una sola palabra. Seguro que estaba preparando algo. Esperaba el momento adecuado para soltárselo. Tal vez, esperara a que se estuviera tomando el café para que se atragantara. O tal vez a que lo viera coger los catálogos de moda que estaban sobre la encimera, tan cerca de ella. En seguida sabría para qué los cogía y se le echaría al cuello.
Se sirvió su propio café, echó la leche y empezó a tomarlo sin apartar la mirada de los catálogos de moda. Tendría que despistar a Feire para que no se percatara de nada pero, ¿cómo? La idea llegó de un plumazo a su cabeza y le pareció fantástica. ¿Por qué no provocarla para que hablara sobre su relación con Kagome? Eso la distraería.
― Kagome hoy estaba preciosa, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros.
― Siempre está bonita.
Se atragantó con el sorbo de café que acababa de tomar. ¡Eso sí que era nuevo! Feire elogiando a Kagome, aunque fuera algo totalmente cierto, era de lo más extraño. ¿Estaría bebida?
― El uniforme le sienta muy bien.
― Sí, es una chica joven. Es normal. ¿No pretenderá que una mujer de mi edad esté guapa con un uniforme como ése?
No, desde luego que no, pero sí que esperaba algún comentario que desviara su mirada de la zona en la que estaban los catálogos apostados. Algún comentario que lo pusiera furioso porque insultara a Kagome. Feire se estaba comportando muy bien con la muchacha y eso era algo totalmente nuevo en esa casa. A lo mejor estaba enferma y no bebida, ya era una persona mayor.
― ¿Sabes que estamos saliendo juntos? ― la provocó.
― No esperará que os felicite y os desee lo mejor, ¿no?
Eso empezaba a parecerse un poquito más a la Feire que él conocía.
― Tal vez nos casemos algún día.
― ¡Já! ― exclamó ― No me haga reír, señor. Los Taisho no se casan con las criadas. Los Taisho se casan con mujeres de la alta sociedad.
Era su momento para coger el catálogo y no lo aprovechó. Aquel comentario le hizo detenerse. Llevaba años tras la misma pista, años intentando averiguarlo y nunca se le ocurrió preguntarle a Feire. Le preguntó a Kaede y no supo contestarle, y, todo ese tiempo, la respuesta estuvo en Feire. Sabía que su padre le fue infiel a su madre, sabía que cabía la posibilidad de que tuviera algún otro hermano correteando por ahí, pero no sabía cómo averiguarlo. Feire sabía algo.
― ¿Por qué has dicho eso? ¿Qué sabes? ― dejó su café sobre la encimera y se inclinó para mirarla a los ojos ― Llevo años intentando averiguarlo y tú lo sabes.
― No sé de qué me habla, señor.
― Sí que lo sabe, lo veo en sus ojos. ― insistió ― ¿Quién? ¿Quién era ella?
― Señor, yo no…
― Esa mujer humilló a mi abuela, la destruyó. Ella murió de tristeza cuando descubrió que mi abuelo la había traicionado por otra. Llevo desde entonces intentando averiguar quién fue, ¡y tú lo sabes!
Golpeó con los puños la encimera, haciendo que la comida que Feire estaba troceando y las ollas se movieran de sitio. Le juró a su madre en su lecho de muerte que no descansaría hasta hacerle pagar caro a la mujer que interfirió en su matrimonio. Claro por supuesto, su padre no se libraba. No volvió a dirigirle la palabra desde aquel día. Se marchó a viajar por el mundo, a conocer gente y a hacer investigaciones hasta que le informaron de que su padre había fallecido y él había heredado todo. Volvió a casa para llevar la empresa de su familia y su antiguo hogar, pero todavía sentía dolor cuando se acercaba al dormitorio de sus padres.
― Señor, creo que se equivoca…
― Feire tú ya estabas aquí, eras la pinche de cocina del antiguo cocinero y sé que lo sabes. ¡Dímelo!
― Lo siento, señor.
Feire metió la verdura que había troceado dentro de la olla y se dio media vuelta para ponerse a cocinar, haciendo como que él no estaba en la cocina. Él gruñó frustrado, se bebió el resto de su café de un trago y agarró los catálogos de moda antes de marcharse de la cocina. Estaba completamente seguro de que ella sabía la maldita verdad y se la sacaría un día de esos. No iba a permitir que esa mujer se llevara el secreto a la tumba. ¡No, señor! Su madre sería convenientemente vengada si esa mujer seguía viva.
Subió los escalones a toda prisa y se dirigió a toda prisa hacia su habitación. Sólo tuvo tiempo a esconder los catálogos de moda tras su espalda cuando vio a Kagome salir de su habitación con el carro de limpieza. Ella le sonrió y él olvidó en ese instante todas sus preocupaciones. Olvidó a Kagura, olvidó a su comité de empresa, olvidó a Feire y a la mujer que destruyó a su madre. Simplemente fue inundado por esa paz tan familiar para él desde que conocía a Kagome. ¿Qué haría sin ella?
La abrazó con su brazo libre y le dio un largo y apasionado beso. Ella se lanzó sobre él. Teniendo en cuenta lo empeñada que estaba en separar su relación del trabajo, le sorprendió enormemente que estuviera a punto de arrancarle la camisa mientras lo devoraba en el sentido literal de la palabra. ¡Cuánto desearía poder corresponderla en ese momento! Sin embargo, tenía que preparar su sorpresa y ella lo iba a pillar a ese paso. Hizo apego de toda su fuerza de voluntad para romper el beso y tuvo que separarla unos centímetros de él para que se detuviera.
― Lo siento, tienes trabajo, ¿no?
― Sí, yo sí que lo siento. – le dio un beso en la frente- Más tarde, te lo prometo.
Ella asintió con la cabeza y se marchó, no sin antes lanzarle un beso. Él le devolvió el beso y entró en su habitación. De repente, volvía a estar de muy buen humor. Se sentó sobre su cama y agarró el teléfono. Mientras iba dando mecánicamente sus datos para el envío, iba ojeando el catálogo. Kagome estaría preciosa con todo eso. Escogió toda la ropa que ella había marcado para buscarla en algún almacén y, además, algunos vestidos más que le parecieron estupendos para ella. Después, escogió el calzado y dio gracias a saber su número de pie. Aunque ella no lo había marcado, se detuvo también en la sección de ropa interior y pidió algunas cosas que a él personalmente, le encantaron.
Tal y como pensó, el extra de dinero que ofreció a la mujer que le estaba atendiendo, la convenció para que se lo enviara en ese mismo día. Por la tarde recibiría el pedido. Contento, colgó el teléfono y fue a guardar el catálogo en el cajón de su mesilla, pero, al abrirlo, vio que la tabla del doble fondo estaba mal colocada. ¿Habría visto Kagome al limpiar lo que él guardaba ahí? No, si lo hubiera visto se lo hubiera dicho. Seguro que se movió por accidente y que ella ni se había dado cuenta. Aún así, no era un sitio seguro para guardar esas cosas. Levantó la tabla y sacó su antiguo libro de poesías y la carpeta con los documentos sobre la que podría haber sido su boda.
Cuando era joven, adoraba la poesía, le encantaba. Al descubrir la verdadera naturaleza de Kikio, no volvió a leer una sola poesía. Guardó su libro favorito como si fuera un sucio secreto y en él la rosa que con tanto cariño arrancó para ella. Kikio se olvidó de ella en cuanto llegaron a la mansión, pero él la guardó en su libro de cabecera para conservar aquel momento por siempre, sin percatarse de que para Kikio no fue nada importante. ¡Qué estúpido fue! Kikio amaba su dinero, no a él. Ella no se parecía en nada a las nobles damas que describían sus poesías. Apartó la tapa sabiendo lo que se encontraría y contempló su fotografía. Ella sonreía como si se estuviera burlando de él desde el pasado.
Cerró el libro de un golpe y se levantó de la cama con él y con la carpeta. Entró en su vestidor y en lo más alto, buscó una caja en la que había ropa vieja que ya no usaba. Metió esas cosas en el fondo de la caja para que estuvieran bien ocultas y se sentó en una silla. Algún día tendría que hablarle a Kagome sobre Kikio. Aquello era algo que no podía ocultarle.
Hacia las seis de la tarde, cuando estaba estudiando en la biblioteca, tocaron el timbre de la puerta de entrada. Como en las cocinas había comentado que ya que ella estaría cerca abriría si llamaban, dejó a la mitad la operación matemática que estaba realizando y se levantó de su asiento para ir a abrir. Sorprendentemente, cuando salió de la biblioteca, la puerta de la entrada ya estaba abierta e Inuyasha atendía el repartidor. Traía un paquete enorme. Era una caja que llegaba casi hasta las caderas de Inuyasha. ¿Qué sería?
Le vio firmar el recibo y despedirse del repartidor. Cuando se giró, él la vio. De repente, parecía muy contento de verla y ella también lo estaba de verlo a él. Le hizo señas para que se acercara y ella a punto estuvo de echar a correr. Le costó mantenerse firme por si algún otro empleado pasaba por allí y llevó un buen paso. Cuando estaba a su lado miró la caja que era casi tan grande como ella y a él con curiosidad.
― ¿Por qué no la abres Kagome?
― ¿Yo? ¿Por qué?
― Tú solo hazlo.
Asintió con la cabeza y buscó la forma de abrirla. El adhesivo se unía en un punto de la caja que aunque alcanzaba a ver no podía llegar a alcanzar. La caja era demasiado ancha y sus brazos demasiado cortos para llegar hasta el corte. ¡Qué diminuta era! Nunca se consideró bajita, pero aquella caja era enorme.
― No alcanzo… ― musitó avergonzada.
Inuyasha se inclinó en respuesta para levantar él mismo el pedazo de cinta adhesiva y se lo alcanzó. Entonces, ella continuó arrancñandolo hasta que la caja quedó accesible. Dudó en abrirla hasta él la instó a continuar y lo hizo. Apartó la capa de plástico y levantó lo que había dentro. Lo primero que alcanzó fue una preciosa falda beige de tablas envuelta en plástico que se encontraba dentro de la colección de Dior que había estado ojeando esa misma mañana. Asombrada dejó esa prenda y levantó un precioso jersey azul cielo de cachemir. Siguió rebuscando en la caja y encontró todas las prendas que ella había marcado en el catálogo de moda y algunas más que también eran preciosas e increíblemente caras.
― Inuyasha… ¿Qué es todo esto? ― preguntó al fin.
― Es para ti, un regalo.
― Yo… no puedo aceptarlo… ― se apartó de la caja ― Todo esto es demasiado caro, no podría…
― Pero lo he comprado para ti.
― Yo no te lo pedí.
― Ya sé que no lo hiciste y que nunca lo harías pero quise comprarlo. Te vi ojear el catálogo y parecías feliz. Yo sólo quiero que tú seas feliz.
― No seré más feliz por tener toda esta ropa nueva… ― le aseguró ― Yo… Yo sólo… ― musitó avergonzada ― Yo sólo te necesito a ti para ser feliz.
Su comentario se ganó un fuerte abrazo al que correspondió encantada. Le encantaba y le fascinaba toda aquella preciosa ropa, pero no quería que nadie pudiera pensar que sólo estaba con Inuyasha por su dinero. Ella lo amaba por muchos otros motivos y también por cosas que ni siquiera se podían explicar con palabras. Agradecía el regalo muchísimo y no podía aceptarlo.
― No me hagas devolverlo Kagome, por favor.
― Pe-pero… Yo no puedo… Estaría mal.
― No lo estaría. No está mal que aceptes un regalo de tu novio.
― Creo que ese regalo vale por lo menos por treinta cumpleaños. ― le aseguró ― Yo no tengo nada para ti.
― Ni me hace falta. - le sonrió ― Además, me tomé la libertad de comprar algunas cosas para mi delecte. Si las usas, compensarás todo lo que ha costado.
Al principio, no lo entendió y él se dio cuenta, por lo que la soltó, y empezó a rebuscar en la caja hasta llegar casi al fondo. Sacó una prenda negra envuelta en plástico. Apartó el plástico y se la entregó. La tela se resbalaba entre sus manos mientras la iba desdoblando hasta que vio lo que era. Desde luego, Inuyasha se había buscado su propia recompensa.
― ¿Cómo se pone esto? ― buscó ― ¡Oh Dios mío!
Debió sonrojarse hasta las raíces del cabello en ese momento. El corpiño de ese "camisón" dejaba al descubierto sus pechos, estaba diseñado para caer justo desde la parte baja de los mismos. Se ajustaba hasta la cadera y justo por en medio se abría, mostrando esa zona tan íntima. Inuyasha había sido malvado al comprarle algo así. No sabía si sería capaz de ponérselo para él, aunque teniendo en cuenta la vergüenza que pasaría usándolo, la ropa estaba más que pagada. ¡Se quedaba con ella!
― De acuerdo, me quedo la ropa. ― le devolvió el camisón ― Guárdalo para más tarde.
― Por supuesto que lo haré. ― le guiñó un ojo ― Hay unos cuantos más por si te apetece usar algún otro.
― ¿Más?
Ella misma se puso a rebuscar en la caja hasta encontrar picardías de todos los colores, diseñadores, estilos y modelos.
― ¿Sabes? Creo que tendrás que comprarme más ropa si quieres que use todos ellos.
― ¡No te pases!
La acercó a él de un tirón y la besó. Ambos sonrieron entre besos, pero hubo un momento en el que abrió los ojos y vio a Feire observándolos junto a la escalera. Los miraba de una forma muy extraña. ¿Por qué tenía la sensación de que a quien la cocinera odiaba era a Inuyasha y no a ella?
Continuará…
