Esta es la adaptación de un libro por lo tanto parte de la historia le pertenece a su autor Robyn Grady.

Siete

Tras un día inquietante que había empezado de la forma más inquietante posible, Rachel entró en su apartamento. Llenó la bañera, se quitó la ropa y se metió en el agua caliente y espumosa. Apoyó la cabeza contra una almohada de vinilo, cerró los ojos y suspiró. Se sentía agotada y confundida.

¿Qué se suponía que tenía que hacer? A pesar de todos sus esfuerzos por evitar otro incidente, aquella mañana Quinn había vuelto a besarla apasionadamente, y durante un segundo ella le había besado también.

Todavía le ardían las mejillas al recordar la facilidad con la que había sucumbido. Y peor aún, a pesar de haberse dado finalmente la vuelta, una parte autodestructiva de ella no podía evitar desear que volviera a tomarla en sus brazos.

Después de Finn, solo había permitido que se le acercara una persona. Brody Weston iba a su misma universidad, estudiaba ingeniería y le había pedido salir tres veces. Ella creía que se llevaban bien. En la última cita incluso le dio un beso de buenas noches.

Un día en la cafetería le preguntó por qué cojeaba un poco. Por aquel entonces no estaba completamente recuperada. En sus ojos vio que Brody sospechaba algo, así que se armó de valor y le contó su historia.

Brody parecía interesado y comprensivo, pero no volvió a pedirle que salieran juntos. De hecho, cada vez que la veía acercarse, se daba la vuelta y se marchaba a toda prisa. Aquel episodio le había dolido casi tanto como el rechazo de Finn. Confirmaba la sospecha que tenía desde el accidente: la mayoría de la gente era muy superficial y juzgaba a los demás por el envoltorio, no por lo que tenían dentro. ¿Sería Quinn Fabray una de ellos?

Veinte minutos más tarde, sintiéndose más relajada, Rachel se secó. Se ató el cinturón del negligé y fue a la cocina. Abrió la nevera y vio un poco de pollo que había sobrado, pero llevaba todo el día sin apetito, así que se sirvió un vaso de leche y se dirigió al salón. Podía trabajar en el discurso, ver una película o leer un

Libro o quedarse allí toda la noche lamentando que su vida fuera tan complicada. Antes de que Quinn Fabray apareciera estaba contenta, en paz consigo misma y con lo que había conseguido. Ahora estaba abrumada por el peso de muchas preguntas. A veces, como en la comida del día anterior, se mostraba casi convencida de que Quinn estaba interesada en ella, pero el sentido común le indicaba que lo que le interesaba era utilizarla para conseguir un paso para China.

Cuando sonó el telefonillo de la puerta, Rachel se puso tensa, pero al instante se contuvo. Su imaginación acabaría con ella. Por supuesto que no era Quinn Fabray. Era alguna amiga que se había pasado a verla. O venían a entregarle algún paquete.

Se dirigió hacia el telefonillo, apretó el botón y dijo hola. La voz que contestó era dulce y dolorosamente familiar.

–Esperaba encontrarte en casa.

Rachel se llevó la mano al vientre y sintió un nudo de ansiedad en la garganta. Se inclinó hacia el altavoz.

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Te he traído una cosa.

Rachel frunció el ceño. ¿Qué le había llevado exactamente? Pero no quería saberlo. Tenía que irse.

–Puedes dármelo el lunes.

–Para entonces podría estar muerta.

Ella dejó de pensar. ¿Había dicho "muerta"?

–Por favor, Rachel, déjame subir –le pidió Quinn bajando la voz–. Tengo que pedirte perdón por lo de hoy.

Ella sintió una opresión en el pecho y cerró los ojos.

–Vete –le pidió alzando el tono.

–Cinco minutos, luego te prometo que me iré.

Rachel se dobló sobre sí misma, se sentía enferma. No quería dejarla entrar, pero Quinn parecía decidida.

Apretó el botón de apertura con un gruñido y luego fue a sacar un chal del armario para cubrirse el negligé. En ese momento llamaron a la puerta.

Rachel se secó las palmas húmedas en los costados y agarró el picaporte para abrir.

Quinn estaba en la entrada, tan guapa como cuando había aparecido en su consulta sin avisar. Pero esa noche su sonrisa era más encantadora, más tentadora que nunca. Acercándose un poco, le tendió el regalo que le había llevado.

–Esto es para ti.

Rachel bajo la vista, perpleja.

–¿Me estás regalando una vara de bambú?

–Es un ofrecimiento de paz.

–Muy poco habitual –aseguró ella aceptando la caña.

Entonces se dio cuenta de que tenía un abanico de delicadas flores a un lado.

–La mayoría del bambú solo florece una vez cada veinte años.

–¿De veras? No lo sabía.

–En los países asiáticos está cargado de significado.

Rachel entendió la conexión y esbozó una media sonrisa.

–En países como Malasia, quieres decir.

–Allí cuenta la leyenda que un hombre soñó con una mujer hermosa cuando estaba dormido bajo una planta de bambú. Al despertar rompió la caña y descubrió que la mujer estaba allí dentro.

A Rachel se le subió el corazón a la boca. ¿Estaba comparando a la pareja de la leyenda con ellas? Se aclaró la garganta.

–Es una historia preciosa.

–Un anciano de Sepang me contó una vez que el bambú se cimbrea cuando hay tormenta –agarró la parte superior de la vara que tenía ahora Rachel y la arqueó

hacia la izquierda–Y cuando pasa la tormenta vuelve a ponerse firme –la enderezó–Siempre se mantiene en pie sin perder la integridad.

Rachel contuvo el aliento. Ahora sin duda estaba hablando de ella, le estaba diciendo que aunque cediera ante ella, nunca perdería el respeto profesional que se había ganado. Quinn se había tomado muchas molestias para encontrar aquel trozo de bambú en flor. Se sentía conmovida, pero una voz interior le pedía que se mantuviera alerta.

–Quinn, ¿por qué has venido?

Ella deslizó la mirada por sus labios y bajó el tono de voz.

–Ya lo sabes.

Cuando deslizó la mano por la vara de bambú y cubrió la suya, Rachel sintió un escalofrío de placer. Le gustaría ser como esas mujeres que se arriesgaban y estaban dispuestas a averiguar adónde llevaban las situaciones.

Pero ella no podía dar el siguiente paso. Estaba demasiado asustada.

–Esto no debería pasar.

Quinn le acarició la mejilla con el dorso de la mano que tenía libre.

–Demasiado tarde.

Entonces Rachel se perdió en su beso, que le resultó más erótico que nunca. Tal vez se debiera a que esa vez más erótico que nunca. Tal vez se debiera a que esa vez estaba casi rendida, dispuesta a lo inevitable, pero necesitaba aire y espacio, así que se apartó y alzó la frente.

–Quinn, me estás confundiendo.

–Estoy tratando de ser clara –sus manos le rodearon la cintura y su boca reclamó otra vez la suya. Pero ella quería explicarle, necesitaba que supiera…

Aquel pensamiento se evaporó cuando la realidad dejó de existir y le echó los brazos al cuello. Pero cuando la palma de Quinn se deslizó por su cadera y luego por el muslo, un atisbo de razón asomó entre la nebulosa. Si de verdad quería seguir adelante con aquello, había algo que Quinn necesitaba saber.

–Hay algo que tengo que decirte –se apartó de ella, esa vez de mala gana.

–Rachel… lo sé.

Ella frunció el ceño y sintió un nudo en la garganta.

–¿Lo… lo sabes? ¿Lo sabías cuando me contrataste?

–Me he enterado esta mañana cuando te fuiste. He descubierto que somos más parecidas de lo que crees.

A Rachel le daba vueltas la cabeza. No sabía qué decir, y menos en relación al último comentario.

–No me digas que llevas una prótesis, porque me habría dado cuenta.

Quinn sonrió brevemente.

–Sé lo que es vivir con las consecuencias del pasado, querer olvidar lo que sucedió.

–Yo no tengo nada que demostrar –afirmó Rachel levantando otra vez sus defensas.

–Entonces deja que te demuestre yo algo.

Volvió a besarla, esa vez con deliberada delicadeza para ganarse su confianza. Cuando la levantó del suelo Rachel no se resistió, pero murmuró:

–Si me llevas en brazos puede que te hagas daño en el hombro.

–Valdrá la pena –aseguró Quinn poniéndose en marcha.

Quinn cruzó el salón con Rachel acurrucada en sus brazos y vio una cama tras una puerta abierta. Consiguió encender el interruptor con el hombro, pero Rachel se puso tensa.

–¿Podríamos dejar la luz apagada?

Quinn la observó con preocupación. En un corto espacio de tiempo, Rachel había llegado a significar mucho más que el visto bueno para volver al circuito o que otra conquista más. Lo que había descubierto sobre su accidente no cambiaba esos sentimientos, pero necesitaba que Rachel lo descubriera a su ritmo y a su manera. Sonrió entre las sombras.

–Como quieras.

Cruzó el dormitorio y la dejó en el suelo al lado de la cama. Apartó la colcha y luego le cubrió la mandíbula de besos mientras le desataba el cinturón del negligé y le deslizaba las mangas por los brazos. Le recorrió el cuello con la punta de la lengua al tiempo que le acariciaba los senos. Gimiendo de placer, le pasó los pulgares por los pezones endureciéndoselos todavía más.

Rachel le acariciaba el pelo y le dijo suspirando que le gustaba tocarla. Quinn contuvo el deseo de acelerar el momento. Si a Rachel le gustaba tocarla, a ella la volvía loca. Más que nadie nunca antes.

Tiró del lazo de seda que tenía bajo el busto mientras le cubría de besos ardientes el escote. Cuando le deslizó los finos tirantes por los hombros y el camisón de seda cayó al suelo, Quinn alzó la cabeza y la miró fijamente mientras su erección se hacía más dura. Bajo la tenue luz vio cómo Rachel apartaba la mirada. Dejó escapar todo el aire de los pulmones.

Ella no quería que supiera lo de la pierna. Ahora estaba preocupada por lo que Quinn pudiera decir o pensar al verla al descubierto.

Y durante un instante Quinn no supo qué hacer. Rachel era preciosa, y por encima de todo quería que se sintiera así. ¿Y si lo estropeaba todo haciendo o diciendo algo indebido?

Pero entonces se le encendió una luz y lo tuvo claro. Solo tenía que ser sincera. Haría todo lo posible por conseguir que se sintiera segura. Con cada caricia, cada

beso, le haría saber que se alegraba de que hubieran llegado a este punto en su relación. Le puso las manos sobre los hombros y le murmuró al oído:

–Soy una mujer muy afortunada.

Sintió que Rachel aspiraba con fuerza el aire y se echaba un poco hacia atrás. Sus miradas se cruzaron en las sombras y entonces una pequeña sonrisa asomó a sus labios.

–Quiero que sepas que hace mucho que no…

Quinn le frotó suavemente la mejilla con la suya.

–Entonces será mejor que recuperemos el tiempo perdido.

La levantó en brazos y la tumbó sobre las sábanas. Rachel era un manojo de nervios. Quería hacerlo, estar así con Quinn, pero también la aterrorizaba.

Una parte de ella le gritaba que confiara en ella. Otra, sin embargo, había vuelto a ser la joven insegura y confusa que fue durante el primer año después del accidente.

Se sentía incompleta y extraña. Pero entonces Quinn se desnudó, se tumbó, la atrajo hacia sí, y cuando su boca volvió a cubrir la de ella, aquellos oscuros pensamientos fueron desapareciendo poco a poco. Entonces le echó los brazos al cuello y se besaron apasionadamente con el deseo que habían tratado de negar. Rachel suspiró en su boca y se entregó a la magia. Dejó que sus inhibiciones desaparecieran. El modo en que la estaba acariciando era la máxima felicidad. Nunca se había sentido tan deseada.

Cuando los labios de Quinn dejaron los suyos y se deslizaron por su cuello, sus terminaciones nerviosas se colapsaron.

Entonces Quinn empezó a besarle los senos, llevándose un pezón a la boca mientras le acariciaba el otro con los dedos pulgar e índice. Rachel dejó de sentir nada que no fuera el creciente deseo en su interior. Pero cuando deslizó hacia abajo la mano y la boca, los miedos volvieron a surgir con tanta fuerza que la dejaron sin aliento. Le apretó la mano en gesto reflejo.

Quinn alzó la vista y Rachel vio entre las sombras sus ojos abiertos por la sorpresa. Se le había olvidado. Diablos, y a ella también. Volvía a tener todos los músculos agarrotados. El corazón le latía con una fuerza que nada tenía que ver con el deseo. Cerró los ojos, giró la cabeza y le apartó la mano suavemente, pero con firmeza.

Quinn se quedó paralizada, tan rígida y tensa como estaba claramente ella. No tenía pensado ningún movimiento. Solo estaba haciendo lo que le apetecía. Lo que le parecía que estaba bien. Pero como Rachel había dicho, hacía mucho tiempo. Quizá no había vuelto a hacer el amor desde el accidente. Quería que se sintiera cómoda con la situación y con ella. Y para eso necesitaba tranquilizarla, insistir. No iba a rendirse.

Le acarició dulcemente la mejilla con el dorso de la mano.

–¿Te he hecho daño?

Ella aspiró con fuerza el aire y negó con la cabeza sin abrir los ojos.

–No.

Quinn le tomó la barbilla para girarla hacia ella y esperó a que abriera los ojos. Luego la exhorto a sentir, a entender. A encontrar la seguridad en sí misma en el cariño de otra persona. Estaba ahí, solo tenía que aceptarla.

–Confía en mí, Rachel –le buscó la mirada entre las suaves sombras–. Confía en ti.

Dispuesta a esperar toda la noche si era necesario, sonrió y poco a poco la tensión de Rachel fue desapareciendo. Mientras seguía acariciándole la mejilla, ella empezó a sonreír también. Cuando Quinn estuvo segura de que Rachel estaba preparada, le apoyó los labios en el cuello y deslizó la mano hacia abajo. Por el muslo, la rodilla…

–No supone ninguna diferencia. No importa –le susurró al oído.

Le dio más tiempo, dejó que los dedos se deslizaran mientras le cubría de besos la frente y las sienes. Cuando la respiración de Rachel cambió y sintió que estaba otra vez dejándose llevar, le puso los labios entre los senos y volvió a succionarle el erecto pezón. Rachel empezó a mover las caderas y ella la acarició entre las piernas. Gimió de deseo. Estaba húmeda y lista para ella. Le recorrió arriba y abajo la hendidura y luego rodeó lentamente su sensible protuberancia haciendo un poco de presión.

Cuando Rachel le envolvió la mano con la suya y tembló, imaginó su fuego creciendo por dentro cada vez más alto, dispuesta a abrasarla.

Cuando la mano libre de Rachel se le agarró al hombro, la besó con pasión mientras la llevaba al límite.

Temblaba debajo de Quinn, y sin dejar de besarla, Quinn confió en que pudiera seguir aguantando un poco más, aunque se sentía inclinada a hacer todo lo que estuviera en su mano para que no fuera así.

De la garganta de Rachel surgieron sonidos de placer mientras ella se colocaba entre sus piernas y movía la punta de la lengua, lamiéndola.

Rachel se agarró al instante a las sábanas, retorciéndose mientras le apretaba la mandíbula con los muslos. La dejó flotar todo el trayecto antes de retirarse y buscarle los ojos entre las cambiantes sombras. Tenía la mirada nublada, somnolienta y más feliz de lo que había esperado. Entonces Quinn supo que nunca había vivido un momento así, en el que sentía que lo había visto y experimentado todo y al mismo tiempo le quedaba mucho por descubrir.

Rachel abrió lentamente los ojos y extendió los brazos cuando el duro cuerpo de Quinn se unió al suyo. Todavía le daba vueltas la cabeza con miles de estrellas cuando Quinn entró en ella. La presión le resultó completamente natural y al mismo tiempo mágica, como una marea bajo la luna llena que crecía rápidamente, encendiendo otra vez aquellas estrellas. Se arqueó para recibirla y, gimiendo contra sus labios, Quinn la embistió profundamente de una vez. Rachel se agarró a sus hombros y gimió. Quinn se retiró, le apartó el pelo de la mejilla y la miró a los ojos con preocupación.

–Rachel, ¿estás bien?

Recuperándose y dispuesta a recibir más, ella dejó escapar el aire y asintió.

–Mejor que bien.

Quinn sonrió lentamente, luego volvió a penetrarla. Rachel sintió su mirada mientras el calor se iba haciendo más poderoso en su interior. Cuando creía que la fricción que Quinn había creado no podía brillar con más fuerza, sus movimientos se hicieron más rápidos, la embistió con más fuerza y ella gimió. Se entregó completamente a aquella deliciosa sensación, a la intensidad de la fuerza que bullía en su sangre y cuando la presión parecía insostenible, volvió a alcanzar aquella ardiente cúspide de nuevo.

Quinn dejó caer la cabeza sobre su pelo y, aspirando su aroma a flores, dejó que la marea alcanzara una altura sin precedentes. Murmuró su nombre, se hundió hasta el fondo y se mantuvo allí mientras ella se movía a su alrededor. No quería que la sensación terminara, no quería dejarla marchar. La fuerza era demasiado intensa. El placer, demasiado extremo. En aquel instante hizo explosión el orgasmo. Quinn arqueó el cuello hacia atrás y se dejó llevar por un alivio estremecedor que agitó todas las células de su cuerpo mientras se repetía en su cabeza y en su corazón: "Soy una mujer muy afortunada".

Rachel vio a través de la ventana del dormitorio las brillantes estrellas, escuchó el sonido de las olas y se acurrucó contra su mujer. Después de haber hecho el amor otra vez, se sentía agotada y al mismo tiempo llena de energía. Nunca se había sentido más satisfecha.

Quinn Fabray era más de lo que nunca pudo imaginar. Su voz surgió de entre las sombras.

–¿Estás dormida?

–No –se acurrucó más contra Quinn–. ¿Y tú?

Girándose para mirarla, le acarició con ternura la mejilla.

–Completamente despierta.

Rachel dejó escapar un suspiro contenido. ¿Eran imaginaciones suyas o Quinn se sentía tan contenta como ella allí tumbada? Aquella era la primera vez que había hecho el amor con alguien desde el accidente, pero gracias a su ayuda había superado los nervios. De hecho se sentía más plena y deseable que nunca.

Durante un largo y pacífico instante se quedó allí, disfrutando del modo en que los dedos de Quinn jugueteaban con su pelo.

–Apuesto a que estabas increíble sobre la tabla –dijo.

Rachel contuvo el aliento, pero la tristeza que experimentaba cuando recordaba aquella parte perdida de su vida no apareció. Lo único que sintió esa vez fue un poco de nostalgia.

–Fue algo natural –aseguró–. Mi abuela decía que aprendí a nadar antes que a andar.

–Supongo que nuestros talentos surgieron pronto. Yo ya hacía acrobacias en bicicleta a los seis años –se tocó la nariz–. Estuve a punto de romperme la cabeza cuando me caí por una colina a toda velocidad.

Rachel se estremeció al imaginar la sangre.

–Tu madre debía de preocuparse mucho.

Quinn apretó los músculos de las mandíbulas.

–Mi madre murió antes de mi segundo cumpleaños. Sobredosis.

A Rachel se le encogió el corazón. No podía imaginar lo que debió ser aquello. Sabía que su infancia había sido dura, pero haber perdido a su madre en semejantes circunstancias…

–Entonces no recordarás nada de ella.

A juzgar por la expresión de su rostro, pensó que debía cambiar de tema. A veces Quinn parecía muy atormentada cuando hablaba de su pasado. Pero entonces se tiró de la oreja e incluso sonrió.

–Al parecer mi madre, Judy, era aficionada a las fiestas pero no se le daba tan bien cambiar pañales.

Aunque me han dicho que quería a sus hijos. Hay fotos en las que sale disfrazándose con nosotros o construyendo castillos de arena en la playa. Incluso Russell vino un par de veces. Creo que mis padres fueron felices a su manera.

Judy parecía sacar lo peor de él, pero también lo mejor.

Quinn bajó la vista, pero no antes de que Rachel viera en ellos el dolor. Estaba claro que no había querido hablar tanto. Tal vez la ayudara que ella compartiera un poco más de su propio pasado.

–Yo estaba haciendo surf en el norte de Queensland con una amiga cuando ocurrió mi accidente –comenzó a contarle–. Fue culpa mía. Tendría que haber sido más cuidadosa.

–¿En qué sentido? –preguntó Quinn incorporándose sobre un codo.

–En primer lugar, tendría que haber esperado a mi amiga antes de meterme al agua. No había nadie más cerca. Rompí la regla número uno.

–Si tienes algún problema no hay nadie que te ayude.

Rachel asintió.

–Se había anunciado viento. Cuando me metí en el agua a primera hora, el mar estaba muy picado –Rachel se estremeció–. No me di cuenta de que había coral cerca.

Después de unos veinte minutos vi la aleta.

Quinn le apretó la mano.

–Un tiburón.

–Más tarde supe que llevaba semanas en la bahía.

Tendría que haber hecho los deberes. Me subí a una última ola pero se cerró sobre mí –explicó–. Cuando salí, sentí una punzada en la pantorrilla y me sentí desorientada. Me alegro de no haber visto la aleta una segunda vez. Solo sentí el tirón.

Quinn maldijo entre dientes y le volvió a apretar la mano.

–Mi amiga llegó justo a tiempo –sonrió recordando lo valiente que había sido Britt –Nunca podré agradecerle lo bastante que nadara hasta mí y me salvara. Hizo lo que pudo con sus conocimientos de primeros auxilios, pero estábamos lejos de la civilización, rodeadas de arena y palmeras. Envió un mensaje de auxilio por el móvil. Nos recogió un barco de rescate que patrullaba por allí cerca.

Al principio los médicos pensaron que podían salvarme la pantorrilla, pero tuve una infección y ahí acabó todo.

Quinn dejó escapar un largo suspiro.

–La lesión de mi hombro resulta patética comparada con lo que tú has pasado.

–Al principio fue duro –reconoció ella–. Pero a los seis meses ya estaba andando. A día de hoy, quien no sepa lo del accidente no se da cuenta de que llevo una prótesis.

–¿Cómo te sientes ahora cuando estás en el mar?

Rachel se subió la manta hasta el cuello.

–No he vuelto al mar desde entonces.

–Seguro que una parte de ti desea hacerlo, ¿verdad?

Rachel sintió un nudo en el estómago y se tapó con la manta todavía más. No quería llegar tan lejos. No se sentiría segura. Pero no hacía falta que Quinn Fabray, la temeraria, lo supiera.

–Tal vez algún día –afirmó con naturalidad–. Compré un apartamento cerca del mar para escuchar su sonido y aspirar su olor, pero todavía no me he animado.

Quinn le levantó la mano y le depositó un beso en la cara interior de la muñeca.

–Debiste tener buena gente a tu alrededor después de eso.

–Desgraciadamente mi novio no estaba entre ellos. Mi prometido, mejor dicho. Teníamos pensado casarnos.

Quinn gruñó.

–Por favor, no me digas que te dejó por el accidente.

–Finn surfeaba profesionalmente, como yo. Los dos vivíamos del agua. En aquel entonces también parecía que vivíamos el uno para el otro. Estábamos completamente dedicados a nuestro deporte, pero después del accidente las cosas cambiaron. Yo cambié. Finn no fue consciente de lo profundamente que me había afectado la herida. Lo cierto es que no se molestó en tratar de entenderme.

Parecía que si no podíamos surfear juntos, ya no teníamos nada en común.

Rachel miró hacia atrás y sintió la misma punzada de dolor que en el pasado.

–Finn venía a verme cada vez con menos frecuencia –continuó–. Cuando me visitaba, teníamos poco de que hablar. Nuestra relación había sido muy superficial.

No añadió que no había vuelto a tocarla desde el accidente, aunque a juzgar por la expresión de Quinn parecía que lo había adivinado.

La voz de Quinn resonó en la penumbra.

–Así que rompió el compromiso.

–Lo rompí yo. Cuando me di cuenta de lo separados que estábamos, me pareció la única opción.

Quinn apretó los dientes.

–Confío en que su tabla y él sean muy felices juntos.

Rachel sonrió con tristeza.

–Estoy segura de que sí. No estoy amargada por eso.

Mis amigos se portaron de maravilla durante esa época, y por supuesto también mis padres y mi abuela. Incluso cuando yo estaba insoportable y no quería saber nada del mundo –admitió.

Quinn la atrajo hacia sí y le rozó la coronilla con los labios. Rachel cerró los ojos y absorbió su aroma.

–Estás siendo muy dura contigo misma –murmuró.

Rachel no se molestó en decirle que sabía que no, pero había sobrevivido y florecido en ciertos aspectos. Aquella noche con Quinn la había ayudado todavía más.

–Necesitaba algo en lo que poder volcarme –afirmó–.Resultó ser algo en lo que creo mil veces más que en recolectar trofeos deportivos.–Ayudar a otros a recuperarse de sus heridas.

Y se te da de maravilla.

A Rachel se le alegró el corazón.

–¿De verdad lo piensas?

–Sé que te lo he hecho pasar mal, y te agradezco cuánto te has esforzado. Es más, creo que necesito un poco de terapia ahora mismo.

Alarmada, ella la miró a los ojos en busca de alguna señal de dolor físico. Habían sido muy enérgicas bajo las sábanas.

–¿Te duele el hombro?

–Más arriba. Me duele un poco –se dio un golpecito en los labios–. Justo aquí.

Rachel se rió y se relajó.

–Eso puedo arreglarlo –se inclinó hacia delante y la besó–. ¿Qué tal? O tal vez debería probar esta técnica –le deslizó la lengua por el cuello.

Quinn se giró y murmuró contra sus labios entreabiertos:

–Me duele todo, Rachel.


Hola a todos, espero que les haya gustado el cap, muy completo no creen?

En fin gracias por a todos los que comenzaron a seguir la historia, a los que la agregaron en favoritos y por sus reviews. Nos seguimos leyendo!

PD Un reconocimiento especial para AmunVDW que desde un principio adivino lo que le ocurrió a Rachel.