Disclaimer:

Los personajes pertenecen a S. Meyer, pero si me regala a Emmet no me quejo, y la historia tampoco es mía solo la adapto por diversión. No se olviden comentar.

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Capítulo 8

—¡Los odio! —Gritó Anthony—. ¡A los dos!

Tras dirigirles a ambos una mirada llena de odio, el niño atravesó corriendo la cafetería para dirigirse al vestíbulo de la escuela.

Edward salió disparado detrás de su hijo diciéndole a Bella, que parecía avergonzada por el modo en que la estaban mirando las otras madres:

—Espérame aquí.

Encontró a Anthony en el patio, columpiándose con más fuerza que nunca. Edward sujetó la cadena del columpio para detenerlo.

— ¡Por qué has hecho eso! —le espetó su hijo de malos modos.

—Porque tenemos que hablar de lo que crees haber oído.

—Dijiste que la señora Swan iba a ser mi madre, pero yo ya tengo una madre que me quiere.

Edward tomó a su hijo en brazos y lo llevó hasta un banco que había bajo un arce.

—Bella también te quiere. Te considera de su familia, pero de un modo especial, porque ha escogido incluirte en su vida.

—No me importa. La odio —Anthony se cruzó de brazos y bajó la cabeza.

—A mí me gusta. Mucho. Pero no tanto como para convertirla oficialmente en tu madre. Lo que has oído era una broma. Ya sabes que no me cae bien la madre de Lauren Stanley, ¿verdad? Pues quise gastarle una broma al decirle que Rose era hija mía y de Bella. Fue una broma pesada, fuera de lugar, y siento haberte hecho daño.

Edward le pasó el brazo por los hombros a su hijo y le dio un abrazo.

—Te quiero.

—Yo a ti también, papá, pero, por favor, no vuelvas a decir lo de la señora Swan y tú —le rogó girándose en el banco—. A mamá no le gustaría, y menos ahora que se van a casar otra vez.

Edward se rascó la frente. ¿Cómo iba a explicarle a su hijo que no le entusiasmaba en absoluto la idea de volver a casarse con su madre? Tal vez un año atrás hubiera pensado de otro modo, o incluso hacía un mes. Pero no desde que conectó con Bella.

—Papá, mamá y tú se van a casar, ¿verdad? —preguntó Anthony con voz entrecortada, a punto de llorar.

Nunca había sido un niño que llorara con facilidad. Verle ahora al borde de las lágrimas decía mucho de cuánto deseaba volver a ver a su familia reunida. Edward miró hacia el cielo en busca de un milagro divino, pero por desgracia lo único que vio fue un petirrojo volando.

—Lo estoy intentando, ¿de acuerdo? Pero desde que tu madre se fue no siento lo mismo por ella.

— ¿Ya no la quieres? El otro día dijiste que sí.

—La quiero —respondió Edward con un suspiro—, sin ella no te tendría a ti, pero es algo más complicado que eso.

—No entiendo —Anthony dio una patada al suelo—, si la quieres, la quieres. Es muy simpática y huele a flores. Lo único que tienes que hacer es volver a casarte con ella y vivirá con nosotros para siempre. No lo estás intentando con las suficientes ganas.

El problema era que en el caso de Kate «para siempre» no significaba lo mismo que para el resto del mundo.

—Por favor, papá —suplicó su hijo llorando.

A Edward se le rompió el corazón en dos. Su hijo era lo que más quería. Antes sentía lo mismo por Kate también. Tal vez Anthony tuviera razón y lo único que tenía que hacer era intentar con más fuerza recordar los buenos momentos y olvidar los malos.

Pero luego estaba Bella. Cuando estaba a su lado se sentía mejor. Lleno de esperanza. No tenía que «intentar» querer estar con ella. Le resultaba tan natural como respirar.

Alzó la vista y la vio cruzando el parque con Rose en brazos. Debía de haber dejado el carrito dentro. Estaba preciosa con aquel vestido de verano rojo con puntitos azules. Pero cuando se acercó más vio que tenía un gesto de preocupación.

—Hola, chicos —dijo con voz alegre—. Estábamos empezando a preocuparnos por ustedes.

—Estamos bien —le espetó el niño.

Bella se detuvo frente al banco. Rose le había agarrado un mechón de pelo.

—Anthony, ¿cuánto haces que me conoces? Como un millón de años, ¿verdad?

—Supongo que sí —murmuró él agachando la cabeza.

—Y en ese millón de años, ¿he hecho alguna vez algo que te hiciera daño?

Anthony negó con la cabeza.

— ¿Y por qué crees que lo haría ahora?

—Porque quieres robarle mi padre a mi madre.

Edward se estremeció al ver el dolor y el asombro en las facciones de Bella. No se merecía esto, y la única razón por la que tenía que pasar por ello era porque él tenía la lengua muy larga.

—Lo cierto es que nadie desea más que arregle las cosas con tu madre que Bella. Te quiere, Anthony, y quiere que seas feliz. ¿No crees que le debes una disculpa?

Anthony se encogió de hombros.

—No es necesario que te disculpes, cariño —aseguró Bella—. Solo quiero que sigamos siendo amigos.

Anthony saltó del banco y le rodeó la cintura en un cálido abrazo.

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— ¿En qué estabas pensando? —le soltó Bella a Edward aquella noche en cuando Anthony salió por la puerta de atrás para reunirse con Jacob y Seth en su fuerte.

Rose estaba tranquilamente en su balancín y Bella acababa de preparar una cena sencilla con chuletas con cerdo, patatas y ensalada cuando Edward y Anthony aparecieron en la puerta.

—Mira lo que has hecho. Anthony me odia. Me acusa de ser una destroza hogares, cuando yo…

Edward acabó con su sermón sujetándole la cara con las manos y dándole un beso apasionado.

Bella recuperó la compostura y se apartó de él.

— ¿Por qué has hecho eso? ¿Y si lo ha visto Anthony?

—Es imposible, desde aquí tengo una visión clara del patio. Es sólo que… —se llevó la mano a la frente—, parecías muy disgustada. No se me ocurrió otra manera de hacerte sentir mejor.

Bella alzó una ceja.

—Te tienes en alta estima, ¿verdad?

—Ayúdame en esto, ¿quieres? Necesito tu ayuda.

Bella le dio la espalda, siguió preparando la ensalada y se rió.

—Sí, necesitas ayuda, pero yo no estoy dispuesta a dártela. Esta situación va a explotar.

— ¿Por qué? —preguntó Edward agarrando un tómate cherry—. Tuvimos una conversación muy agradable en la escuela y Anthony y tú estan bien. Cuando Kate vuelva al pueblo tengo intención de replantearme de nuevo la situación. Pero hasta entonces me niego a actuar como si tú no me importaras.

Desesperada, Bella cortó con fuerza un pepino y se hizo un corte en el dedo. Soltó un grito de dolor y se colocó un papel en la herida.

—Déjame ver —le pidió Edward invadiendo su espacio vital y tomándole la mano—, tiene mal aspecto. ¿Crees que necesitará puntos?

—No. Sólo un minuto apretando.

—Permíteme.

Edward apretó el improvisado vendaje lo justo, no demasiado fuerte para que no doliera pero con la firmeza necesaria. En el momento, su proximidad despertó los sentidos de Bella y le hizo desear pasar el resto de la noche a su lado. Apoyando la cabeza contra su pecho, suspiró.

—Esta situación es imposible —murmuró mientras Edward le acariciaba el pelo—. Por lo que me has contado, perdemos todos excepto Anthony. Ah, y Kate.

—Ha dejado de sangrar —dijo Edward mirándole el dedo—. ¿Tienes una tirita?

—En el cajón de la izquierda —respondió ella señalando al lado del horno—. De Bob Esponja, por favor. El antiséptico también está allí.

Edward regresó al instante, le puso el antiséptico y luego la tirita en el dedo.

— ¿Mejor? —Preguntó dándole un beso en la yema—. Lo siento.

—No ha sido culpa tuya. Yo tenía el cuchillo en la mano —Bella lo dejó en el fregadero y sacó uno nuevo del cajón antes de continuar con su tarea.

—No hablo del corte. Siento lo de Jessica y también las cosas que dijo Anthony. Tiene la idea de Kate mudándose a casa y viviendo felices para siempre, y te ve a ti como una amenaza.

—Ya me he dado cuenta —aseguró ella cortando un tomate—. Pero eso no cambia el hecho de que lo que dijera sea cierto. Estoy en medio de Kate y de ti.

Ahora le tocó a él el turno de alzar una ceja.

—Te tienes en alta estima, ¿verdad?

/./././.

—Nuestra madre no va a casarse con tu padre —aseguró Jacob apuntando hacia Anthony con su espada de madera.

—No te enfades conmigo —se defendió Anthony apuntando hacia Jacob con la espada de plástico—. Sólo te cuento lo que he oído.

—A nuestra madre ni siquiera le gustan los chicos —aseguró Seth mordisqueando una galleta que se había llevado a la cabaña—. Sólo nosotros. A nosotros nos adora.

—Sí, nos adora —Jacob saltó sobre la vieja butaca que su madre les había permitido llevar allí.

—Mi madre también me quiere —aseguró Anthony.

—Nadie ha dicho lo contrario.

Jacob quería atravesar a Anthony con su espada por las cosas que había dicho de su madre. De ninguna manera les engañaría a Seth y a él con el señor Cullen. Era alto y simpático, pero no lo suficiente como para besar a su madre. Eso sólo podía hacerlo su padre, y Jacob sabía que en cuanto se cansara de Emily y de ese bebé volvería a casa. Porque si la madre de Anthony le quería lo suficiente como para volver a casarse con su padre, entonces el padre de Jacob, sin duda, les querría a él y a su hermano lo bastante como para casarse otra vez con su madre.

/././././.

El lunes por la mañana, Alice y Bella estaban tomando algo en la mesa de detrás de la clínica que utilizaban para descansar en los días soleados.

—Parece que has tenido un fin de semana horrible —comentó Alice.

—Los he tenido mejores —reconoció Bella alzando el rostro hacia el sol—. Lo peor fue que Anthony gritara que me odiaba.

—No puedes evitar que Edward ya no quiera estar con su ex —comentó su amiga.

—Edward Cullen no sabe lo que quiere —gruñó ella—. Apuesto a que si Kate despliega todos sus encantos, volverá a engancharle.

—Creo que tú no valoras tus propios encantos. Lo que necesitáis es un fin de semana sin niños. Sólo Edward y tú, para averiguar si entre vosotros hay algo más que un simple coqueteo.

Se abrió la puerta de atrás de la consulta y Paige, la recepcionista, asomó la cabeza.

—Bella, Charlie al teléfono.

— ¿Crees que tendrá noticias sobre la madre de Rose?

Bella hizo una mueca.

—Me he encariñado tanto con ella que desearía que no fuera así. ¿Está mal?

—Es comprensible —aseguró su amiga dándole una palmadita en la espalda.

Bella le lanzó un beso a Alice antes de entrar a toda prisa.

—Hola, Charlie —dijo en cuanto se puso al teléfono—. ¿Qué has averiguado?

—Por desgracia no mucho —respondió él con su tono de barítono—. Seguimos un par de pistas con chicas del instituto que dejaron las clases a medio semestre, pero no ha habido suerte. Ahora estamos comprobando los institutos de los pueblos cercanos, pero va a llevar tiempo. ¿Te las apañas o quieres que llame a servicios sociales?

—Estoy bien —contestó Bella con un nudo en el estómago al pensar en que Rose se perdiera en la burocracia de las instituciones—. Sigue buscando y hazme saber lo que averigües.

/./././.

— ¿Qué haces

Era miércoles por la mañana. Bella bostezó y se ató con más fuerza el cinturón de la bata.

—Arreglarte la puerta —contestó Edward.

Había montado un caballete para colocarla encima y estaba lijando la parte de abajo para que cerrara bien. Aunque sólo eran las siete de la mañana el día prometía ser bochornoso y a Edward se le pegaba la camiseta a la espalda. Mientras trabajaba con la lija se le marcaban los bíceps, levantando en el vientre de Bella todo tipo de fuegos prohibidos.

— ¿Por qué estás arreglando mi puerta en lugar de arreglar la tuya?

—La mía ya la he arreglado —contestó él con un gruñido masculino.

— ¿Esta mañana? Estoy impresionada —Bella se apoyó en la barandilla del porche y trató de mantener la bata atada—. ¿Y por qué estás tan trabajador?

—Exceso de energía —la miró de una forma extraña.

— ¿Ese tipo de energía? —se le sonrojaron las mejillas.

—No seas mal pensada. Tengo otras cosas en la cabeza.

— ¿Cómo cuáles? —quiso saber ella.

—Mujeres. ¿Por qué cuando quieres una no puedes encontrarla y cuando no las buscas encuentras tres?

—Corrígeme si me equivoco —dijo Bella—, pero ¿no tienes sólo una mujer, tu esposa?

—Mi ex esposa. Y luego está Rose, y también tú —puntualizó derritiéndola con la mirada—. Ya sé que no eres técnicamente mía, pero cuanto más estoy contigo más me gustas. Y teniendo en cuenta la opinión de mi hijo al respecto, es un problema.

—Hablando de Anthony, ¿dónde está? —confiaba en que Edward no se hubiera dado cuenta del cambio de tema.

—Está comiendo los panqueques de mi madre. Los miércoles viene a hacer la colada.

—Qué bien. Dile que venga a hacer la mía cuando haya terminado.

Edward pareció pensarse la respuesta.

—Tal vez esto suene mal, pero a veces me gustaría que mi madre me dejara un poco tranquilo. Ya sé que tiene buena intención, pero voy a cumplir los cuarenta y sé cómo hacerme la colada.

— ¿No has pensado que se siente bien cuidando de ustedes? No pudo ayudarte a salvar tu matrimonio pero se asegura de que Anthony y tú coman bien y tengan calcetines y calzoncillos limpios.

—Gracias —respondió él con un suspiro—. Ahora me siento mucho peor.

—No eres malo —aseguró Bella controlando el deseo de darle un abrazo—, sólo demasiado orgulloso.

— ¿Qué quiere decir eso? —Edward dejó la lija y la miró fijamente.

—Sólo es una teoría —dijo ella con una sonrisa—, pero creo que eres el tipo de hombre que cree que puede hacerlo todo por sí mismo. No llamas al fontanero ni al electricista y que tu madre te cuide como cuando estabas en el colegio te hace sentirte incómodo.

Edward entornó los ojos y apretó las mandíbulas.

¿Le habría golpeado directamente en su ego masculino?

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No me gusta como Edward se deja dominar por Kate y por Tony. Me gustaría que se pusiera los pantalones y les dijera que no se va a casar y que si no les gusta que se aguanten…. No se, esa es mi opinión. ¿Ustedes que creen?

Para cualquier pregunta o comentario ya saben que hacer…

Nos leemos este domingo…

Los quiero

Christianna