Derechos: Soy un "ciudadano" del Universo Star Wars y cuento con "pasaporte" a la Tierra Media, pero J.R.R. Tolkien y George Lucas son los amos y señores de esos dos mundos.

/ –

Belewien90: De nuevo, ¡muchas gracias por tus comentarios! Me da mucho gusto que te esté agradando tanto la historia. En cuanto a tu pregunta…tienes razón, ¡deberás seguir leyendo para conocer la respuesta…hahahaha!

Murtilla: ¿Mataré a Boromir? Bueno, en realidad odio tener que decírtelo, ¡pero Boromir murió hace más de 50 años a manos de Uruk-hai a orillas del Anduin! ;-P Hablando en serio, estoy de acuerdo contigo hasta cierto punto: Boromir es humano, con debilidades como todos. Pero me parece que el punto que quería mostrar el Profe Tolkien con él y su padre, eran los riesgos que provoca tener una soberbia desmedida. En cuanto a su destino en esta historia, tendrás que seguir leyendo si deseas conocerlo ;-) ¡Gracias por tus comentarios!

DianaPetrelli: Aquí está el siguiente capítulo, amiga. En cuanto al sable de luz de Obi-Wan...Bueno quizás pueda repararlo, quizás no y tenga que ajustarse a esgrimir una espada metálica. De cualquier manera, ¡tendrás que mantener la paciencia y confirmarlo más adelante! ;-D Gracias por tus comentarios y saludos afectuosos.

N. del A: Estimados lectores, las últimas dos semanas estuve saturado de trabajo (¡afortunadamente!); tuve que trabajar incluso durante los pasados dos fines de semana y por esa razón, no me fue posible publicar este capítulo antes. Espero que comprendan la razón de mi retraso y de nuevo, les agradezco mucho por sus amables comentarios y reseñas. ¡Espero disfruten de éste capítulo!

V I I

El Anillo se traslada hacia el Sur

Durante unos pocos días libres con los que contaron los miembros de la recién formada Comunidad del Anillo, antes de partir en su arriesgada misión, Obi-Wan aprovechó para familiarizarse con la Tierra Media, lo mejor que le resultó posible estudiando en la Biblioteca de Elrond. Si bien el recinto no era tan espacioso como los vastos pasillos y múltiples archivos de la Biblioteca en el Templo Jedi o aun pese a que la información ahí recabada se encontraba escrita en tipografía incomprensible para él, a diferencia de los archivos computarizados e imágenes tridimensionales del Templo, la Biblioteca del Señor élfico resultaba realmente fascinante.

Merry y Pippin – quienes realmente no prestaban mucha atención – pasaban la mayor parte del tiempo con Obi-Wan, asistiéndole como traductores. Al parecer, bastantes hobbits eran analfabetos, pero Frodo y sus amigos resultaban más cultos que la mayoría de sus congéneres y afortunadamente, todos ellos sabían leer y escribir. En lo que Obi-Wan no requirió de ayuda, fue en el estudio de los detallados mapas que encontró en la biblioteca, descubriendo que la llamada Tierra Media solamente era una vasta región dentro de un planeta llamado Eä o Arda en las dos lenguas élficas. Y, así fue como localizó a Mordor, la tierra del Enemigo. Evidentemente, la misión no resultaría fácil. Nada sencilla. Infiltrar a un pequeño equipo definitivamente resultaría una mucho mejor estrategia a seguir, que declarar una guerra abiertamente al Señor Oscuro. Sin embargo, Obi-Wan tenía ciertas inquietudes respecto al plan en general. Ciertamente, distaba mucho de ser un inexperto en misiones encubiertas, habiendo penetrado en lugares tan peligrosos como las fábricas de androides en Geonosis o en el escondite de Grievous en Utapau y de igual manera, se encontraba seguro que Aragorn y Gandalf desempeñarían su papel con gran eficiencia, pero no se encontraba seguro respecto al resto de la Compañía.

Rivendell resultaba un lugar verdaderamente asombroso. La Fuerza fluía con enorme intensidad alrededor de los elfos y todo lo que ellos hacían, de tal manera que, cada día, en cuanto concluía con sus estudios, Obi-Wan solía dar un apacible paseo por los jardines de la Casa de Elrond, donde podría mantener en calma y despejar la mente. En una ocasión, percibió la presencia cercana de Aragorn y se percató que una gran aprensión hacía presa del aguerrido Montaraz.

Finalmente, el Maestro Jedi se cruzó en el camino con el Heredero al Trono del Hombre, quien caminaba en absoluto silencio, sujetando gentilmente la delicada mano de la doncella élfica que Obi-Wan ahora conocía como Arwen Undómiel, la hija de Elrond. La hermosa criatura caminaba a un costado de Aragorn, intentando apaciguar al atormentado espíritu de su amado, al enviar cálidas sensaciones de amor y confianza al Montaraz, mismas que Obi-Wan podía percibir con toda claridad. En cuanto la pareja se percató de la presencia del Maestro Jedi, ambos esbozaron cálidas sonrisas en su dirección.

El destino nos ha llamado, amigo mío. – Entonó Aragorn quedamente, antes de soltar la mano de Arwen. – Y ahora, con su permiso, he de retirarme. He sido convocado por el Señor Elrond.

El Montaraz tomó nuevamente la mano de su amada, la llevó a sus labios y la besó gentil y suavemente. Acto seguido, realizó una respetuosa reverencia en dirección del Maestro Jedi y se alejó de ambos. Obi-Wan reanudó su paseo, caminando ahora en compañía de la hermosa hija de Elrond.

Aragorn parte a recibir el símbolo de su destino. – Explicó Arwen en un susurro tan suave como la seda. – Narsil: la espada que estaba quebrada y que ha sido de nuevo forjada. Comprendo lo que esto significa para ti, ¡más no pierdas la esperanza, pues toda espada quebrada puede ser forjada de nuevo…incluso la tuya."

Obi-Wan pausó brevemente, sorprendido con el comentario de la elfa. Lentamente, una sonrisa débil y triste se posó en los labios del Maestro Jedi.

Me temo que reparar mi sable de luz no es tan sencillo, mi Señora. – Repuso Obi-Wan. – Aunque, se trata de mucho más que una simple arma; en mi caso, también se trata de un símbolo."

Una espada de Luz y Fuego o eso escucho. – Dijo Arwen, asintiendo y sonriendo cálidamente, mientras ambos se aproximaban de regreso a la entrada hacia la Casa de Elrond. – Un arma digna de un caballero noble y valeroso, sin duda. Más aun así, debo insistir: no pierdas toda esperanza, pues no todo lo que ves a tu alrededor será tan distinto a tu lugar de procedencia como sospechas, apreciable amigo venido de Más Allá de las Estrellas.

Diciendo esto, Arwen realizó una profunda reverencia en dirección de Obi-Wan y se alejó del confundido Maestro Jedi, flotando cual cisne sobre las aguas del Lago Theed en Naboo. Obi-Wan devolvió la reverencia y pronto, la etérea y delicada humanoide desapareció entre los múltiples y amplios pasillos de la casa de su padre. Pronto, el Maestro Jedi se encontró con Gandalf, quien aparentemente, le había estado buscando. site direction.

¡Ah! Por fin le encuentro, Maestro Kenobi. – Dijo Gandalf con cierto apremio. – Todo se encuentra listo para nuestra partida. Elrond no se encuentra muy convencido de permitir que Samsagaz, Meriadoc y Peregrin participen en la misión. El Señor de Rivendell considera que lo más prudente sería que los tres hobbits permanezcan aquí, aunque me temo que resultaría imposible mantenerles alejados de Frodo. ¿Cuál es tu opinión al respecto, amigo mío?

Bueno, estoy seguro que la travesía no será nada sencilla. – Respondió Obi-Wan, cruzando los brazos sobre su pecho. – Pero, me parece que será mucho mejor que Frodo cuente con amigos que permanezcan leales cuando las cosas se compliquen, en vez de contar con un ejército numeroso que pudiera llegar a traicionarle en el momento clave. Lamentablemente, tengo experiencia en ese sentido, Gandalf.

Lo sé. – Repuso un pensativo Gandalf, mordisqueando la boquilla de su pipa de manera distraída. – Dime, amigo mío, ¿has tenido suficiente tiempo para apaciguar tu mente? Gandalf.

En realidad, sí. He pensado…– Obi-Wan se mantenía hablando mientras ambos hombres se aproximaban a un reducido grupo que se había congregado en una de las estancias principales de la Casa de Elrond.

En cuanto se reunieron con los demás, el Maestro Jedi se mantuvo en silencio, observando a Elrond y Aragorn erguidos frente a un herrero élfico, quien portaba un cojín color púrpura entre sus brazos y sobre el mismo, yacía una larga y resplandeciente espada de hoja plateada.

Me parece que debo retirarme, – anunció Obi-Wan, comenzando a alejarse de los demás, – este es un momento privado que no deseo interrumpir.

Por favor, no lo hagas. Envió la mente de Elrond. ¿Acaso no has escuchado las palabras de mi hija Arwen? Este momento pertenece a Aragorn, en efecto. Más, tu momento se aproxima, Maestro Kenobi.

Obi-Wan se limitó a asentir y se mantuvo firme, mientras Elrond daba unos pasos al frente, tomaba la espada en sus manos y murmuraba algunas palabras en élfico. Acto seguido, el Señor de Rivendell hizo girar la empuñadura y ofreció la recién reparada a Aragorn, quien la recibió con una respetuosa reverencia, besando la punta de la hoja como si fuera una bella mujer.

Tu nombre será Andúril. – Exclamó el Heredero al Trono del Hombre con profunda solemnidad. – ¡La Flama del Oeste!

Mientras Aragorn colocaba la espada alrededor de su cintura, Obi-Wan reflexionó acerca de las palabras de Arwen y Elrond. El Jedi conocía bien el valor de la sacudiría, aun si bien, él mismo distaba mucho de ser tan sabio como los maestros Yoda o Mace Windu. Quizá por ello era que no alcanzaba a comprender por qué insistían tanto los elfos de Rivendell en comparar el significado simbólico de la espada de Aragorn con su propio y dañado sable de luz. Narsil, ahora rebautizada como Andúril, era una simple espada de hoja metálica y fácil de reparar. Pero, ¿una espada láser? Obi-Wan no podía alcanzar a imaginar siquiera, que clase de misteriosos poderes "mágicos" pudieran ayudarle a reparar su averiada arma.

La simple pero emotiva ceremonia había concluido. Aragorn y Obi-Wan se despidieron de su anfitrión y siguieron a Gandalf hacia la entrada principal a la Casa de Elrond, donde se reunieron con Boromir, Gimli y Legolas; todos ellos, realizando sus últimos arreglos y empacando sus posesiones, listos para partir. Por su parte, una vez que se despidieron del viejo Bilbo, los hobbits se apresuraron por los corredores y se reunieron rápidamente con el resto de la compañía.

¡Muy bien, amigos míos! – Exclamó Gandalf, con un gesto de gran seriedad en el rostro, una vez que la compañía entera se encontraba lista para emprender la marcha. Sam dejó de colocar bultos sobre el lomo de Bill el pony y volcó su total y entera atención en el barbado y añejo rostro del mago vestido de gris. – Henos aquí; a punto de emprender una travesía de la cual, ninguno nos encontramos seguros de retornar. Ya han escuchado las palabras del Señor Elrond: si cualquiera de ustedes decide permanecer en Rivendell, hablen ahora, antes de partir, ¡pues para entonces, habrá sido demasiado tarde!

Nadie abrió la boca.

Veo que han tomado su decisión. – Prosiguió el venerable Istar, estudiando detenidamente cada uno de los rostros de sus compañeros. – Bien. Ahora, recuerden también que ninguno de nosotros se encuentra obligado a permanecer con la Compañía hasta que se haya alcanzado el destino final. Eventualmente, llegará el momento para que todos y cada uno de nosotros decidamos cuál será el sendero que hemos de tomar.

Nuevamente, el silencio fue total. Solo Boromir mostraba intención de añadir algo; no era ningún secreto para nadie que lo que el guerrero de Gondor realmente deseaba era regresar a su país para continuar luchando en contra de los poderosos ejércitos de Mordor. Sin embargo, nunca habló y en cuanto Sam terminó de realizar sus preparativos, la compañía comenzó con su lenta y renuente marcha, dejando atrás al fascinante reino élfico de Rivendell.

¡Soga! – Chilló súbitamente la voz de Sam. - ¡Sabía qué había olvidado algo! ¡Lo sabía! Pero, ¿cuántas veces no me dije a mí mismo "Samsagaz Gamgee, no vayas a olvidar empacar algo de soga, porque seguramente la necesitarás, so-neciol?"

Nadie es perfecto, Sam. – Observó Obi-Wan quedamente, mientras él mismo verificaba el contenido de los diversos compartimentos que portaba alrededor de su cintura y recién lavadas túnicas. – Yo cuento con algo de soga, en caso de que lleguemos a necesitarla.

Mientras marchaban a través de la frondosa maleza del bosque que rodeaba a Rivendell, Obi-Wan recordó los mapas que había estudiado en la biblioteca de Elrond, deduciendo que la compañía se dirigía hacia la sierra o región montañosa conocida como las Montañas Nubladas. Al encontrarse de nuevo a la intemperie, el Maestro Jedi recordó la forma tan intensa en que la Fuerza parecía vibrar en la Tierra Media. Podía percibir todos sus alrededores con asombrosa claridad; incluso, lograba percibir mentes racionales entre algunos de los animales y vegetales de aquél extraño mundo. Sin embargo, tuvo que tomar nota de que no todas aquellas presencias mostraban ser de naturaleza benigna.

Conforme el día menguaba, Gandalf, quien indudablemente sería el líder y guía de la compañía, decidió que había llegado el momento de tomarse un descanso y consumir algo de alimento.

Montaron su campamento sobre un rocoso monte que ofrecía una vista excelente de los alrededores. Sam desempacó sus amados utensilios de cocina y se dedicó a la preparación de la cena, mientras que Merry y Pippin practicaban en el uso de la espada con un entretenido Boromir. El resto de la compañía encontró asientos sobre las rocas del monte, todos y cada uno de ellos sumidos en sus propios pensamientos. Eventualmente, Obi-Wan se irguió de su asiento y se encaminó hacia el centro del campamento, donde Gandalf y Aragorn analizaban la situación.

…no, no me agradaría atravesar por Moria, – Decía Gandalf en respuesta a una pregunta de Aragorn, conforme Obi-Wan se aproximaba. Extrañamente, la voz del Istar, usualmente grave y vigorosa, parecía mostrar algo más que incertidumbre…quizás, temor, incluso.

Yo tampoco deseo hacerlo, Gandalf. – Rebatió el experimentado Montaraz – Sin embargo, me parece prudente tomar esa opción en consideración. Solo en caso de que resulte necesario hacerlo.

Bueno, si alguien decidiera consultarlo con su servidor, – intervino el enano Gimli con cierta indignación, - cosa que nadie parece interesado en hacer, por supuesto, yo diría que Moria es una excelente opción. Mi primo Balin es Amo y Señor de las Minas de Moria y, ¡seguramente nos daría una bienvenida digna de un rey!

Ya has escuchado a Aragorn. – Replicó Gandalf en el acto, en tono que no admitía réplica. - ¡No entraremos en las Minas de Moria, a no ser que no quede opción alguna, Gimli hijo de Glóin!

Ignoro qué camino resulte la mejor opción. – Añadió Obi-Wan, frotando su fina barba de manera inconsciente. – No estoy familiarizado con la Tierra Media, pero a juzgar por lo que estudié en la biblioteca de Elrond, el Desfiladero de Rohan podría ser una buena elección.

Rohan es amigo y aliado de Gondor. – Dijo Boromir súbitamente, ofreciendo su total respaldo a la sugerencia de Obi-Wan. – Claramente, debemos encaminarnos hacia el Desfiladero de Rohan.

¿No escuchaste nada de lo que relaté sobre Saruman durante el Concilio de Elrond, Boromir hijo de Denethor? – Respondió Gandalf airadamente. – Ignoro qué tan poderosa sea la influencia que Saruman ejerce sobre la Marca, pero mucho me temo que el Rey Théoden se encuentra bajo el encanto del mago blanco. Y más me temo que Rohan caiga pronto en las Tinieblas…sino es que ha caído ya.

Boromir se limitó a emitir un ligero gruñido de protesta, demostrando claramente que no confiaba en las ominosas palabras del mago gris y pronto, los dos poderosos y orgullosos señores se vieron enfrascados en una enardecida discusión, evidentemente encontrándose en polos totalmente opuestos respecto a la situación política del reino de Rohan. Por su parte, Boromir insistía en que Rohan habría de permanecer por siempre fiel a Gondor, mientras que Gandalf no alcanzaba a enfatizar la forma en que él había presenciado personalmente la forma en que el Rey Théoden había comenzado a decaer recientemente, cayendo presa de los malignos encantamientos de Saruman. De cualquier manera, Obi-Wan pudo percatarse con claridad de que su propuesta no resultaría la mejor opción, ni por mucho.

Súbitamente, el Maestro Jedi se estremeció.

Algo se aproxima… – exclamó de manera abrupta.

Al escuchar la advertencia del Jedi, Legolas el elfo se levantó de la roca sobre la cual se encontraba sentado y fijó sus grandes ojos azules en el horizonte. Todos los demás detuvieron lo que habían estado haciendo y siguieron la mirada del elfo con sus ojos, finalmente distinguiendo una nube tan negra como la noche, que se aproximaba en su dirección con mucha mayor rapidez de lo que pareciera ser natural.

Ah, ¡eso no es nada! – Rugió la áspera y ronca voz de Gimli, mientras el enano intentaba enfocar con claridad. – Es solo un nubarrón. Eso es todo.

Pues se mueve demasiado rápido… – observó un alarmado Boromir, – …y, ¡lo vuela en contra del viento, además!

¡No es una nube! – Exclamó Obi-Wan; una alarmante advertencia se había apoderado de su mente. - ¡Es algo viviente!

¡Crébain de Dunland! – Gimió Legolas con ojos desorbitados. - ¡Ocúltense todos! ¡Pronto!

La compañía entera echó pecho a tierra y gatearon en dirección de estrechos resquicios entre las rocas y los matorrales…y lo hicieron justo a tiempo, pues pronto, el firmamento se vio totalmente cubierto por enormes aves de largas alas negras, las cuales sobrevolaban alrededor del campamento…planeando…flotando…buscando; determinadas a encontrar a su presa. Después de varios tensos segundos, Obi-Wan percibió la manera en que aquellas criaturas parecidas a Mynocks se alejaban. Lenta y cautelosamente, el Maestro Jedi emergió de su escondite y levantó la mirada hacia el cielo.

Nada. Las ominosas criaturas voladoras o Crébain habían desaparecido.

Ya pasó todo. – Informó el Maestro Jedi al resto de la compañía. – Ya no advierto peligro alguno.

Uno por uno y lentamente, los restantes miembros de la compañía emergieron de sus propios escondites, mirando cautelosamente por todos sus alrededores con ceños fruncidos u ojos desorbitados; todos, presa de un enorme recelo y gran aprehensión.

¡Espías de Saruman! – Gruñó Gandalf con incontenible disgusto. – O, peor aun, espías del propio Señor Oscuro. Como sea, vigilan el Paso hacia el Sur.

No tenemos opción, Gandalf. – Insistió Gimli con vehemencia. – ¡Debemos dirigirnos hacia Moria!

¡No, Gimli! – Explotó abruptamente el Istar, volviéndose en el acto para clavar sus ojos – dos gélidas vibrodagas azules – en el barbado rostro del enano. La sola mención de Moria causaba un enorme temor a Gandalf. - ¡Todavía no! Antes de eso, intentaremos cruzar a través de las Montañas Nubladas.

Nadie se atrevió a cuestionar al guía de la compañía, aunque Obi-Wan presintió que la opción ahora propuesta por el Istar no resultaría muy agradable tampoco. Y, ¡yo que tanto detestaba volar! Pensó con incontenible sarcasmo, deseando fervientemente contar con una buena nave…o por lo menos, con un buen speeder.

La compañía se dirigió hacia una titánica e imponente montaña, conocida como Caradhras. Habían abandonado Rivendell al inicio del ciclo invernal de la región por lo que los picos de las Montañas Nubladas se encontraban totalmente cubiertos por blanca y espesa nieve. Una molesta y helada ventisca caía sobre ellos, acompañada de diminutos copos de nieve y obligando a que el Maestro Jedi rodeara su cuerpo con el grueso manto que le hubieran proporcionado en Rivendell, conforme todos ellos trepaban sobre el empinado y resbaloso sendero nevado que habría de guiarles hacia la distante cima de Caradhras.

De manera abrupta, Frodo resbaló y cayó de espaldas sobre la nieve, rodando hacia abajo. Un atento y veloz Aragorn logró detener la precipitación del hobbit, ayudándole a reincorporarse. En cuanto se encontró de pie nuevamente, Frodo comenzó a tentar las frías y húmedas vestiduras que cubrían su pecho, de manera frenética. ¡La delgada cadena plateada que colgaba alrededor de su cuello había desaparecido!

En el acto, Obi-Wan se volvió para mirar en dirección de Boromir. El guerrero de Gondor se inclinó, levantó la cadena semienterrada en la nieve y clavó sus agudos ojos en la dorada sortija; incapaz de retirar la vista de la misma por un solo instante.

¡Qué extraño! – Musitó un hipnotizado Boromir. Sus ojos acariciaban la redonda sortija de oro que colgaba a escasos centímetros de su rostro con inequívoca admiración. – Es tan extraño que tengamos que padecer de semejantes dudas y temor a causa de algo tan pequeño…

¡Boromir! – Exigió Aragorn, manteniendo ambos brazos firmemente alrededor de Frodo, como si fuera un padre protector. - ¡Devuelve el Anillo a Frodo!

El musculoso guerrero de Gondor titubeó por un instante, mientras Obi-Wan se aproximaba en su dirección con suma cautela. El Maestro Jedi se mantuvo caminando hacia Boromir y mientras lo hacía, se percató de que la mente del hijo del Senescal de Gondor era casi tan férrea como la del propio Aragorn; no resultaría sencillo reconocer sus verdaderas intenciones por medio de la Fuerza.

No juzgues a nada ni nadie por su tamaño, Boromir. – Advirtió Obi-Wan, mirando detenidamente al soberbio guerrero. – Por si solo, el anillo no es maligno. El mal reside en la mente de aquellos a quienes consume y esclaviza.

¡Desde luego! – Exclamó Boromir de súbito, como despertando de su ensueño. - ¡No me interesa!

Al decir esto, el guerrero de Gondor se aproximó a Frodo. Caminando con paso arrogante y confiado, extendió la Mano a Frodo, ofreciendo al hobbit que tomara el anillo. El diminuto humanoide arrebató la sortija de manos del humano y colocó la cadena de regreso en su lugar con asombrosa rapidez.

Boromir se limitó a emitir una aguda risita, mientras frotaba la rizada cabellera castaña de Frodo en una manera claramente condescendiente. Luego, se limitó a sacudir la cabeza y alejarse, jamás percatándose de la manera en que Aragorn sujetaba la empuñadura de Andúril con firmeza bajo su largo y grueso manto.

Conforme reanudaba la marcha, Boromir envió un breve y desconfiado vistazo en dirección de Obi-Wan y, a partir de ese momento, el Maestro Jedi se percató de que, sin importar cuáles fueran sus verdaderas intenciones, la gran soberbia y arrogancia de Boromir bien podría poner en riesgo la misión entera.

Trepar hacia la cima de la montaña resultó ser mucho más difícil de lo que nadie podría haber anticipado. La ligera ventisca y los diminutos copos de nieve se convirtieron en una furiosa tormenta y cada paso que la compañía daba parecía mucho más agotador que el anterior. Por medio de la Fuerza, Obi-Wan logró percatarse de que las adversas condiciones climáticas que enfrentaban no eran meramente el trabajo de la naturaleza, sino de una voluntad, tan poderosa como maligna, dedicada por completo a detener a la Comunidad.

Eventualmente, la compañía alcanzó un sendero nevado demasiado empinado y estrecho. Fue justo ahí donde la constante caída de la nieve se convirtió en una avasalladora nevada. Nubes tan negras como el espacio exterior danzaban sobre sus cabezas y ensordecedores truenos sacudían el resbaladizo y nevado suelo rocoso. De nuevo, Obi-Wan cerró los ojos y de nuevo, percibió a la misma entidad maligna, aunque en esta ocasión, no fue el único miembro de la compañía en percatarse de la sombría situación.

¡Se escuchan voces malignas por los aires! – Advirtió Legolas a todo pulmón, intentando ser escuchado sobre la escandalosa tormenta.

¡Es Saruman! – Exclamó un iracundo Gandalf sobre los rugientes vientos. - ¡Intenta enterrarnos bajo la montaña!

Actuando por mero instinto, Obi-Wan levantó ambas manos por los aires, invocando sus poderes en el acto, para intentar detener lo inevitable. Un cegador relámpago se impactó brutalmente contra la cima de la montaña, provocando una furiosa avalancha sobre la indefensa compañía. Por un instante, los esfuerzos del Maestro Jedi fueron capaces de disminuir la velocidad de la aplastante bola de nieve que se cernía sobre ellos. Pero, solo por un instante. Aun así, su intervención bien pudo haber significado salvar la vida de sus compañeros y la suya propia.

¡Cúbranse! – Exclamó el Maestro Jedi a todos y cada uno de sus compañeros, mientras él mismo se colocaba de espaldas contra el áspero muro de roca pura que se encontraba tras de ellos. Todos obedecieron en el acto, congregándose en un estrecho montón alrededor de Obi-Wan.

Conforme exclamaba, Obi-Wan tomó a Merry por la capucha de su manto y cubrió al diminuto humanoide entre sus brazos en lo que la avalancha se precipitaba furiosamente sobre la compañía, enterrándoles profundo bajo su enorme peso. Los minutos fueron pasando y lentamente, la tormenta comenzó a ceder. La cabeza de Obi-Wan emergió repentinamente de entre la nieve. Jaló una enorme bocanada de aire y superó la desesperante sensación de claustrofobia que intentaba apoderarse de él, en lo que escarbaba con furia, determinado a salir de aquella tumba de nieve, preguntándose si todos serían capaces de hacerlo. Realizando un gran esfuerzo, se relajó y concentró, permitiendo que la Fuerza fluyera a través de él; que dirigiera a sus brazos y les concediera la fortaleza que requería.

Finalmente, el cuerpo de Obi-Wan emergió de entre la nieve. Suspiró profundo y clavó un brazo hacia abajo, para jalar de un jadeante Merry. Pronto, comenzaron a emerger cabezas a todo su alrededor. Primero, Aragorn. Después Boromir y eventualmente, todos los demás miembros de la compañía habían escapado de la pesada y gélida nieve que les había enterrado.

El alcance del Enemigo se ha expandido. – Murmuró Gandalf de manera ominosa, una vez que se había cerciorado de que todos se encontraban sanos y salvos. – El Paso por las Montañas está cerrado. Deberemos encontrar otro camino.

Debo insistir, – dijo Boromir, - viajemos hacia el Desfiladero de Rohan. Desde ahí, podremos alcanzar Minas Tirith, ¡mi ciudad natal! Ahí estaremos a salvo.

Ya hemos discutido esa posibilidad. – Replicó un determinado Aragorn. – El Desfiladero de Rohan se encuentra demasiado cerca de Isengard. Es demasiado arriesgado.

¡Suficiente! – Gimió la portentosa voz de Gimli, cuya larga y espesa barba se encontraba blanca con nieve. - ¡Ya no tenemos opción alguna! Debemos cruzar por las Minas de Moria, Gandalf.

La mirada de pocos amigos que se había apoderado de los ojos del Istar se convirtió en un gesto de profunda consternación, mientras se ponderaba la sugerencia del enano. Por vez primera desde que le conociera, Obi-Wan observó al viejo mago titubear. Lentamente, Gandalf se volvió en dirección de Frodo.

Que decida el Portador del Anillo. – Anunció finalmente el Istar.

Frodo se estremeció visiblemente, pero se mantuvo en silencio, indeciso. Naturalmente, la situación se encontraba fuera de control y decidor sobre la suerte de todos y cada uno de sus compañeros no resultaba una decisión nada sencilla para el hobbit. Eventualmente, le diminuto humanoide miró detenidamente los enrojecidos y temblorosos rostros de los nueve miembros de la compañía.

Cruzaremos por las Minas. – Decidió finalmente el hobbit.

Derrotados por la montaña de nombre Caradhras, la compañía comenzó con la larga marcha de descenso. Obi-Wan suspiró profundo, deseando de manera tan ferviente como repentina que su sable de luz funcionara de nuevo.