A Rodrigo, amigo de la secundaria.
Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.
Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.
Préstame algo de tu talento para seguir adelante.
De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.
Ocho: Rupturas.
2 de septiembre de 2020.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
El día amaneció curiosamente ventoso, cosa que no agradecían algunos de los alumnos de Hogwarts. Menos cuando recibieron sus horarios para ese primer día de clases.
—¿A quién se le ocurrió ponernos Cuidado de Criaturas Mágicas a primera hora de la mañana?
Nerie Longbottom soltó la carcajada cuando los mellizos Copperfield exclamaron eso con una sincronización perfecta. No fueron los únicos: aparentemente, a nadie le hacía gracia salir a los jardines con el clima que hacía.
—¿Qué te tocaría a Benny a esta hora? —se preguntó Alan apresuradamente, al salir corriendo del Gran Comedor junto con su hermana y sus compañeros.
El menor de los hermanos Copperfield, sentado a la mesa de Hufflepuff, había entrado ese año.
—No creo que importe —aseguró Agatha con una sonrisa —Becky estará encantada de saber que quedó en la misma casa que ella y que papá.
Por otro lado, los alumnos de cuarto curso revisaban sus horarios con rapidez, antes de engullir lo que les restaba de desayuno y encaminarse al aula de Encantamientos.
No era una experiencia agradable para todos.
—¡Otra vez no! —se lamentó Henry por lo bajo.
—¿Te sientes mal de nuevo? —le preguntó Amy suavemente.
—Sí, pero no me molesta la razón.
La castaña se mostró claramente confundida, pero no pudo seguir charlando con él. Sus amigos enseguida comentaron sus horarios, despotricando contra los acomodos que no les gustaban y haciendo apuestas sobre qué verían ese curso.
—Pero mira nada más. La traidora a la sangre número uno.
La burla, proveniente de la voz aguda y desagradable de Cloe Scott, no pudo ser peor recibida que con la fría mirada de casi todos a su alrededor, esperando ante la puerta de la profesora Nicté.
—Hazle un favor al mundo, Scott, y tírate de la torre de Astronomía —pidió Cecil Finnigan con fastidio, ganándose un asentimiento de cabeza de Diane Creevey.
—Nadie pidió tu opinión, Finnigan. Hablaba de ésta.
Scott señaló a Danielle, quien arqueó una ceja, imperturbable.
—¿Y se puede saber por qué dices algo que a nadie le importa? —indagó la rubia.
La otra se notó instantáneamente ofendida.
—Claro, a ti no te importa —ironizó Oliver Mackenzie con un gesto malicioso en el rostro —Tratando con tanto sangre sucia…
—¡Sangre sucia la tuya! —exclamó Martin Fullerton desde algún punto cercano a la discusión.
El insulto tuvo eco, aunque no en voz igual de alta. Fue una suerte que se abriera la puerta del aula de Encantamientos en ese momento. El ambiente estaba tan tenso que habría podido cortarse con un cuchillo. La profesora Nicté, arrugando la frente, prefirió hacer caso omiso a eso.
Si no se concentraba en la clase, tendría una crisis con su Legado peor que la de su hijo.
La lección de ese día era doble, lo que resultó peor. A todos les parecía injusto que un pedante como Mackenzie tuviera cerebro, pero al menos no era simpático como Hally, Procyon o Henry. Y que tres Gryffindor's fueran de los mejores de la clase era, con mucho, una revancha adecuada contra un miembro de la casa de las serpientes.
Peor aún: el único Slytherin de cuarto que podía competir dignamente con esos tres era lo que Mackenzie llamaba un sangre sucia.
—¡A esto le llamo poner en alto a la sangre! —afirmó Thomas al salir de Encantamientos, con toda la intención de que Mackenzie y compañía lo escucharan.
—¿Eres idiota? —regañó Walter, dándole un golpe en el brazo al pelirrojo anaranjado —No andes buscando pleito desde el primer día de clases.
—Como si me importara lo que esos cinco piensan.
Walter se quedó extrañado no con las palabras de su amigo, sino con su aspecto en general. El día anterior había estado contento, pero hoy se veía… radiante.
—¿Qué le pasa? —quiso saber, dirigiéndose a Procyon.
—No lo sé. Quise preguntarle antes, pero no pude y…
—¡Thomas, si no te calmas, voy a noquearte!
La advertencia de Henry dejó pasmados al resto de sus amigos. Sin embargo, el amenazado no dio seña alguna de sentirse mal por aquello. Es más, sonrió otro poco.
—Vamos, Colmillo Blanco, yo no tengo la culpa de…
—¡Es que no sólo me mareas! ¡Casi me haces vomitar el desayuno! Pero cuando me vuelva loco y me tire de cabeza al lago, ya me dirás si no es tu culpa.
Sin más, Henry se adelantó unos pasos, pero no llegó muy lejos.
Danielle lo detuvo sujetándole un hombro antes de darle una bofetada.
—¡Dinos que eso significa que has vuelto al buen camino, Malfoy! —insinuó Brandon, dejando atrás al grupo mientras reía burlonamente, a la par de Sullivan y Mackenzie.
—¿Qué te sucede? —reclamó Danielle en el acto, sin pararse a pensar en las reacciones de la gente a su alrededor o en que se sentía súbitamente furiosa —Nunca te desquitas así con nosotros, por más mal que estés. Te lo advierto: dices algo parecido de nuevo y no vuelvo a dirigirte la palabra. Por más que me desagrade hacer felices a los tarados de mi casa.
A continuación, salió rumbo al Gran Comedor como vendaval.
—En algo Danielle tiene razón, Henry —le hizo notar Hally unos minutos después, cuando se recuperaron de la impresión —Estás más… gruñón que de costumbre. Si podemos ayudarte…
—Lo siento, Hally, pero no creo que ustedes puedan hacer mucho. Me descuidé, nada más.
—¿Y por qué se puso Danielle así, de todas formas? —se extrañó Rose.
—No se preocupen, yo la calmo —fue todo lo que prometió Thomas antes de dejarlos atrás.
—¡Ay, no! —se lamentó Sunny —Ya teníamos suficiente con éstos —señaló a Ryo y a Paula, quienes le dedicaron ademanes resentidos —¡Ahora tendré que ver arrumacos en mi mesa!
—No creo que sea tan malo —aventuró Amy tímidamente.
Sunny le dedicó un bufido antes de negar con la cabeza.
Llegando al Gran Comedor para el almuerzo, el grupo de amigos se separó. El bullicio no tardó en inundar el recinto, sobre todo preguntándose unos a otros cómo era posible que se admitieran tantos alumnos extranjeros sin pensar en que quizá no habría espacio para ellos o que los profesores no se darían abasto para atenderlos.
Las dudas quedaban resueltas con un simple "esto es Hogwarts".
—¿Y Amy decía que no debía ser tan malo? —le masculló Sunny a Walter.
Sentados delante de ellos, Danielle y Thomas se hallaban enfrascados en una conversación que hubiera parecido típica de ellos, de no ser por un "insignificante" detalle.
Nunca antes habían sonreído tanto. Y eso no era del todo desagradable.
3 de septiembre de 2020.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
—¿Otra vez Adivinación al empezar el día? ¿No les bastó el curso pasado para torturarnos tan temprano? Y para colmo, serán dos largas horas…
Hally y Thomas, mirándose con cejas arqueadas, intentaron no reírse ante las palabras que Rose. Sobre todo por la expresión de hartazgo que Walter había compuesto.
—Si no querías seguir con Adivinación, la hubieras dejado —señaló el castaño.
—Bueno, de haberme acordado que tendría que verle la cara a Lancaster, lo hubiera hecho. Solo espero que no me haga la vida imposible este curso.
—Con la última bofetada que le dio a Procyon, no creo que se cumpla tu deseo.
Thomas no pudo aguantarse la risa esta vez, menos cuando Walter lo secundó. Las chicas, sin embargo, se quedaron un tanto confundidas.
—¿Eso cuándo pasó? —se decidió a preguntar Rose.
Los chicos guardaron silencio y fingieron sordera, lo que no fue tan difícil al estar cerca del aula once, en un pasillo cercano a las mazmorras.
Ese curso, los de cuarto tenían asignado como profesor de Adivinación Antigua a Firenze, un centauro. Al enterarse de eso, Ryo lamentó por primera vez no haber tomado esa materia, pero el disgusto le duró poco al recordar en voz alta, para sí mismo y sus amigos, lo que una vez le habían oído decir al profesor Hagrid con hastío: que los centauros, siendo unos "malditos" astrólogos, no solían interesarse por nada más cercano que la luna.
—¿Tendrá razón Ryo con eso de los centauros? —inquirió Hally, viendo que los chicos no iban a contestar la pregunta que se les había hecho.
—Según lo que he leído, sí —Thomas arrugó el ceño, concentrado en recordar —Y por eso me sorprende que un centauro esté trabajando aquí. Esa especie no es muy dada a colaborar con los humanos. Menos con los magos, que les han jugado malas pasadas.
—Algún día deberías decirme cómo puedes recordar todo eso —alegó Rose.
Segundos después, la clase entera guardó silencio, pues la puerta del aula once se abrió con lentitud, originando un tenue rechinido que hizo que
—Bienvenidos, alumnos de cuarto curso, a Adivinación Antigua. Pasen, por favor.
La voz que hablaba era profunda, grave, incluso melancólica. Los jóvenes poco a poco formaron una fila para entrar, hallándose con una extraordinaria réplica de un claro de bosque virgen particularmente hermoso. Las paredes de piedra apenas se veían por estar recubiertas de musgo y enredaderas, lo mismo que el piso, que además de mostrar la misma piedra que las paredes, contaba con césped, musgo, tierra, pequeños guijarros y, para asombro de algunos, delgados hilos de agua que daban la impresión de ser la huella de una lluvia matinal. El techo parecía cubierto por grandes copas de árboles, dejando ver trozos de un cielo oscuro, entre azul marino y añil, salpicado de estrellas. El ambiente del lugar era roto únicamente por pares de esferas luminosas de brillo amarillento, en cada esquina del aula, que proporcionaban a los alumnos la luz necesaria por si debían leer o tomar apuntes.
La impresión de todo eso, sin embargo, no era nada comparada con la vista del catedrático, un caballo con torso humano. Su larga cola era blanca; su cuerpo, pardo; los cabellos sobre su cabeza, de un rubio pálido, y miraba a la clase con unos pálidos orbes azules de un tono precioso (algunas chicas suspiraron al notar eso). Tenía un aura igual o más misteriosa que la del profesor Cassidy.
—Pueden acomodarse donde gusten —instó el centauro, haciendo un ademán con la mano para señalar la habitación —Comenzaremos en un momento.
Los chicos obedecieron, notando que el centro del lugar era el más despejado para tomar asiento. Bridget Fonteyn, Emily Lancaster y varias más hicieron muecas de desagrado al ver que Thomas, con desparpajo, se dejaba caer en un montón de musgo particularmente mullido, antes de acomodarse la mochila en el regazo para sacar pluma y pergamino.
—Ya que estamos listos, les daré una breve introducción de lo que voy a enseñarles —indicó Firenze en cuanto el último estudiante estuvo sentado y tras pasar lista con rapidez —La sabiduría de los centauros en cuanto a la adivinación del futuro es impersonal e imparcial. Por ejemplo, leemos el movimiento de los astros —señaló con una mano el cielo artificial del aula, que nada tenía que envidiarle al del Gran Comedor —Hemos estudiado el cielo nocturnos por siglos y ni así afirmamos hacerlo correctamente. Lo único que nos queda es desear que lo bueno suceda y que lo malo no cause mucho dolor. Además, no siempre se cumple lo que creemos interpretar.
El sermón estaba causando un efecto curioso. Mientras algunos ponían caras de disgusto, como si descubrieran de pronto que la asignatura se había convertido en una pérdida de tiempo, otros se mostraban fascinados por aprender algo nuevo. Para sorpresa de varios, Walter alzó la mano.
—Walter Poe —pronunció el centauro, impresionando a la clase con su excelente memoria —Dime, ¿qué quieres saber?
—Pues… Si los centauros no están seguros de leer bien los astros, ¿por qué siguen haciéndolo?
La criatura mágica que tenían por docente caminó unos pasos hacia Walter, haciendo resonar los cascos en las piedras bajo el musgo y el césped.
—Mi especie tiene una sed de conocimiento distinta a la de los humanos —explicó Firenze tranquilamente —Eso incluye querer saber lo que puede ocurrir. Sin embargo, dicho conocimiento es tratado con sumo cuidado, por su misma naturaleza imprecisa. Si lo pusiéramos en palabras como verdad absoluta, sería algo sumamente irresponsable.
Más de uno se mostró desconcertado. Era evidente que no habían entendido del todo lo que el profesor había intentado decirles. Sin embargo, él no prolongó la charla y pasó directamente al tema de aquel día.
Gracias a sus clases de Astronomía, no les fue difícil ir identificando los planetas que Firenze señalaba con garbo, moviendo sus manos de largos dedos con una ligereza irreal para su especie. En particular, se mostró complacido con Walter y su don de observación, al cual no se le escapaba fácilmente ni la más diminuta estrella.
—Algo me dice que el profesor te adorará —bromeó Rose al terminar la clase, viendo de reojo a su castaño amigo cuando guardaban los pergaminos donde habían escrito las tareas.
—Por una vez siento que seré el primero en algo. Es fastidioso tener a tantos amigos genios.
—¿Qué quieres decir con eso? —indagó Hally, arqueando una ceja.
Walter prefirió no contestarle.
Abandonaron el aula sintiéndose perdidos, pues ésta era tan calmada que regresar al bullicio de los pasillos parecía algo surrealista. Menos creían haber pasado dos horas ahí.
—Mira nada más —Thomas le dio un leve codazo a Walter, indicándole con un gesto un punto a su derecha, antes de entrar al Gran Comedor para almorzar.
Zabini y Nott, con cara de pocos amigos, cargaban montones de libros mojados y manchados de algo que parecía lodo. Los que andaban cerca de ellos se apartaban, sin querer que los dos chicos de sexto se desquitaran con el primero que se les pusiera enfrente.
Solamente hasta que aquellos dos se perdieron de vista rumbo a las mazmorras, Thomas y Walter se permitieron reír sin tapujos.
El almuerzo resultó agradable, aunque los de Ravenclaw y Slytherin, renegando del viento como nunca, terminaron y se echaron a correr hacia los invernaderos, en tanto los de Hufflepuff y Gryffindor subían con el profesor Lovecraft.
Varios ya se habían cruzado con quienes tomaban Autodefensas Muggles quienes, a causa del viento, estaban mucho más despeinados de lo usual. Bastaba con echarle un vistazo a Karen Tate, que se rehacía sus coletas con prisas, para comprender qué tan mal andaba la cosa.
—¿Cómo les fue esta mañana? —inquirió Sunny al llegar a pocos metros de los invernaderos.
La castaña se pasaba una mano por el flequillo, intentando acomodarlo.
—Bien, Walt será el consentido en Adivinación este curso—se rió Thomas sin poder evitarlo, en tanto veía de reojo cómo Danielle se pasaba los dedos por el cabello antes de hacerse una trenza floja —¿Y a ustedes? ¿El aire los venció o qué?
—Casi —respondió la rubia.
—Varios le pidieron a Kukai que diera las clases en otra parte —señaló Ryo, a quien no le importaba su aspecto, a juzgar con su cabello aún revuelto —Pero no lo hará. Le gusta el aire libre.
Dejaron la conversación allí cuando la profesora Brownfield abrió la puerta del invernadero dos y llamó a todos a entrar.
En tanto, el aula de Transformaciones se abría para los de Gryffindor y Hufflepuff, donde pronto ocuparon sus asientos y el profesor Lovecraft le pidió a Simon Combs que recogiera las tareas de verano. Cuando los veinte rollos de pergamino estuvieron en su mesa, el profesor apuntó al pizarrón con la varita y dos gises se movieron por él, escribiendo la lección del día y elaborando un diagrama complicado sobre cómo transmutar un erizo en un alfiletero.
—Genial, con lo bien que se me da transformar animales en cosas —masculló Rose.
Sin embargo, eso no le impidió esforzarse para lograr el objetivo y al final, casi obtuvo el mismo resultado que Procyon y Hally… a excepción de que su alfiletero todavía se movía.
—Mala suerte, Weasley —desdeñó Emily Lancaster al término de la clase —¿Qué, tus amigos inteligentes no te sirven de nada?
—Cierra la boca, Lancaster —espetó la pelirroja, guardando apresuradamente sus cosas en la mochila —Como si tú lo hubieras hecho mejor.
Emily entrecerró los ojos con enojo y se marchó. Rose había dado en el clavo, pues el trabajo de la Hufflepuff no había sido precisamente impecable.
—Está peor que antes —se quejó Rose enseguida —¿Qué le hiciste esta vez, Procyon?
El nombrado, haciendo una mueca, respondió a regañadientes.
—En la salida a Hogsmeade antes de San Valentín, ¿recuerdas que viste enfadado al hermano de Lancaster? —la pelirroja asintió tras un instante de meditación —Supongo que se enteró que ella y yo charlamos un poco. Y para seguir con la costumbre, recibí otra bofetada.
—Ah, con que fue esa vez… —musitó Hally, antes de elevar el volumen y preguntar —¿Y qué le dijiste exactamente?
—Lo mismo de siempre: que no se hiciera ilusiones y que nunca me llegaría a gustar.
La sequedad de la frase les dio a entender a los amigos del chico lo que le desagradaba el tema.
—¿Tan seguro estás que nunca te va a gustar? —logró preguntar Rose al poco rato.
—Ahora mismo, sí.
Los demás no siguieron indagando. La expresión del rostro del joven Black era a un tiempo hastiada y taciturna al desviarse en uno de los pasillos hacia el aula de Runas Antiguas, a donde no tardaron en seguirlo Henry, Bryan y Hally.
—Creo que metí la pata —pensó Rose en voz baja.
No sabía cuánta razón tenía.
La hora de la comida en Hogwarts solía ser la más bulliciosa. Los estudiantes habían terminado media jornada y comentaban detalles de las clases o de algún asunto del cual se hubieran enterado. Este año, con todos los alumnos extranjeros que había, el Gran Comedor se llenaba de vez en cuando con el rumor de otros idiomas, al hallarse unos alegres compatriotas tan lejos de casa.
O simplemente, había una que otra exclamación involuntaria en una lengua extraña.
—¿Qué dijiste?
Hong Lian Xin estaba terminándose su estofado y charlando a la vez con sus amigos, cuando Drusie Dursley habló más rápido de lo acostumbrado. El problema era que había pronunciado las palabras en un idioma que no reconoció… y eso que ella hablaba cuatro.
—Yo… lo siento —se disculpó en inglés Drusie, con las mejillas coloradas —Se me escapó…
—¿En ruso? —se extrañó el otro amigo de las dos niñas, un chiquillo de tez aceitunada y corto cabello oscuro —¿Segura que estás bien, Dru?
—Sí… claro… lo siento, Quil.
—No pasa nada. ¿Pero qué no es posible?
Drusie no pudo contener una mueca. Había olvidado por completo que su amigo entendía el ruso. Nada raro si se consideraba que su padre era un embajador muggle.
—No, nada…
—¿De qué hablábamos? —intentó recordar Hong Lian, frunciendo el ceño —¡Ah, sí! Fernanda jura haber visto que dos de los amigos de tu prima, Drusilla, se encerraron en un compartimiento del tren, se lo pidieron prestado a unos niños de primero. Y luego Franz va y se entera que fueron Malfoy y Elliott, porque se lo dijo uno de los niños de primero, que es de Austria, como él…
—¿Cómo es que te enteras de todo eso, Hong Lian? —quiso saber Quil, sonriendo —No es como si Figueroa y Freud nos hablaran seguido.
—Me lo cuentan porque quieren, Esquilo. Yo no les pregunto nada.
—¡No me llames así! —pidió el chico, malhumorado —¿Qué culpa tengo yo de que a mis padres les gusten las tragedias griegas? Lo bueno es que hay magos con nombres más raros…
Hong Lian rió un poco, pero Drusie apenas pudo imitarla. Debido al Síndrome de Tardobius, en cuanto su carcajada salió de su garganta, Quil ya estaba palmeándole el hombro a la persona sentada a su izquierda, un chico de tez morena de su mismo curso.
—Eh, Pad, ¿harás las pruebas de quidditch?
El aludido, que el curso anterior había sido suplente de cazador, asintió vigorosamente.
—Buena suerte, Alpad —deseó Hong Lian sinceramente.
—Gracias, espero quedarme. Pero no sé quién es el capitán ahora.
—Con que no sea uno de los traidores o la mestiza… —masculló cerca de ellos una delgaducha niña, de cabello castaño lacio y largo, con gesto de estar junto a algo asqueroso.
—Nadie pidió tu opinión, Asquit —espetó Alpad con enfado.
—Ni yo te estoy hablando a ti, Duna.
Los dos comenzaron a pelear, lo cual no extrañó nada a los demás Slytherin's de segundo año. Para ellos, era demasiado pedir que Alpad Duna y Ashley Asquit no se enzarzaran en una disputa por motivos como aquel.
—Como sea —Hong Lian se desentendió rápidamente de aquella riña, para centrarse de nuevo en su conversación —¿No crees posible que esos dos empiecen a salir, Drusilla?
La aludida se encogió de hombros.
—Si de verdad están saliendo, al resto de puritanos de nuestra casa le dará un ataque —se burló Quil, entre molesto y divertido —Por lo que he oído, los Malfoy siempre han sido considerados unos respetables sangre limpia, ¿no? Y luego que el hijo mayor se casara con una supuesta traidora, ahora va su hermana a emparejarse con un hijo de muggles, ¿no es irónico?
Hong Lian volvió a reír y Drusie consiguió imitarla al poco rato. Sin embargo, le había costado más trabajo que la primera vez, porque ahora nada le parecía gracioso.
Desvió sus ojos color azul lavanda hacia el punto de la mesa de Slytherin donde se sentaban la mayoría de los de cuarto curso. Allí, alegando que les esperaba una siesta involuntaria por culpa de Historia de la Magia, Thomas Elliott hacía reír a Sunny Wilson y a Walter Poe. Danielle Malfoy, sentada a la derecha del pelirrojo anaranjado, a duras penas se contenía, pero sonreía ampliamente ante los ademanes de su amigo.
—¡Tienes que sentarte conmigo! —pidió Thomas entonces, mirando a Danielle —Si no, me voy a quedar dormido, lo juro. No entiendo cómo Henry y Hally aguantan a Binns…
—Henry no sé, pero a Hally siempre le ha gustado la Historia. Y pensaba sentarme contigo de todas formas, para estar segura de que tomas apuntes.
Sunny y Walter le hicieron gestos de burla a Thomas, quien no se alteró en absoluto. Por lo visto, no le importaba nada más que Danielle aceptó hacerle compañía en Historia de la Magia.
Y cuando el chico volvió a mirar a Danielle, Drusie de alguna forma lo supo.
Los rumores eran ciertos: Malfoy y Elliott estaban saliendo.
—Si vuelvo a oír algo así una vez más…
Henry y Procyon, sabiamente, se quedaron un par de pasos por detrás de Hally. Jamás la habían escuchado hablar así, con un tono de ultraje mal disimulado.
Después de comer, les tocaba ir a clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, y aunque les encantaba la perspectiva de ver al profesor Lupin y lo que sea que les enseñaría, no pudieron evitar cruzarse con Brandon y sus amigos, que no desaprovecharon la oportunidad de hacerlos desatinar.
—Eh, Potter, ¿estás contenta? Echaste a perder a Malfoy, ¡mira que elegir a un sangre sucia…!
Los cuatro amigos de Gryffindor, a una, le clavaron una mirada desafiante, incitándola a causar una pelea que seguro perdería. Brandon, sin embargo, se había contentado con soltar eso y darles la espalda, yendo a Historia de la Magia y riendo de manera despectiva.
La cosa no paró allí. Antes de entrar al aula de Lupin, oyeron un par de frases más al respecto, y lo increíble era que no provenían únicamente de los miembros de la casa de la serpiente.
—Bonita forma la de Malfoy para darme calabazas, con un hijo de muggles —soltó Sigfrid Blow, airado, mientras él y sus amigos iban, seguramente, a su sala común.
De forma que Hally apenas pudo concentrarse en lo que el profesor Lupin describía acerca de las normas básicas de un duelo reglamentado. Anotaba lo que creía oportuno, pero tan ofuscada estaba que dio un notorio respingo cuando el profesor anunció que antes de acabar el trimestre, todos los alumnos de cuarto tendrían duelos de práctica.
—Genial, me perdí la mitad de la explicación por culpa de esos idiotas —siseó la joven.
Rose, cuyo humor solía ser más volátil que el de su amiga, suspiró e intentó calmarla.
—Vamos, no es para tanto. Seguramente a Danielle no le importa y a Thomas le dará risa.
—¡Pero es que no tienen derecho a decir esas cosas! —se exaltó Hally, estrujando sin querer el pergamino que traía en la mano, donde había escrito el enunciado de la tarea ("Haga una lista de hechizos básicos que considere que un duelista debe saber y las razones para cada elección").
—Por supuesto que no —secundó Henry, para asombro de Rose —Son personas que no tienen nada mejor qué hacer que molestar a los demás. Y si ven que nos afecta, les estamos dando gusto.
—¡Oh, sabias palabras! —comentó Procyon, sonriendo ligeramente —Henry tiene razón, Hally. Mejor esperemos y guardémonos los insultos para cuando hagan algo de verdad malo.
La aludida asintió de mala gana y se fue a la sala común con sus amigos.
No tuvieron que esperar mucho. Al bajar a cenar, oían varios cuchicheos al respecto, pero la mayoría fueron hechos en tono medianamente interesado y sorprendido (como los que compartían Pía Visconti y sus amigas). Lo grave vino al llegar al vestíbulo, cuando vieron un pequeño círculo de curiosos a un costado de la entrada del Gran Comedor.
—¿Podrías repetir eso, por favor?
La voz de Danielle resonó de forma inesperada entre aquel montón de gente, con un tono claro y altanero que casi nunca usaba.
—Lo que oíste, Malfoy. Has caído muy bajo.
Como pudo, Hally se abrió paso entre los allí reunidos, seguida de cerca por Procyon y Rose.
—Disculpa que no siga tus altos estándares, Zabini —ironizo la rubia, que de pie en el centro del círculo, se hallaba erguida en toda su estatura, alzando la cara con gesto altivo —En todo caso, ¿qué más te da lo que yo haga o deje de hacer?
—Deshonras tu apellido, Malfoy. Y eso ya es decir mucho.
La chica arrugó la frente, pero no dio muestra alguna de preparar una réplica. A su espalda, preparado por si debía intervenir, se encontraba Thomas con una mano en el bolsillo. Procyon, que lo conocía bien, supuso que aferraba la varita mágica.
—¿Y si así fuera, qué? —dijo sorpresivamente Danielle, causando diversas reacciones entre los que la rodeaban —No te corresponde decidir si deshonro o no mi apellido, Zabini.
—No, pero a tu padre sí. Y él ya lo dejó bastante claro, ¿verdad?
Aquello Danielle no se lo esperaba y le produjo una sensación desagradable, como si le hubieran dado un puñetazo en el pecho, a la altura del corazón. Intentó guardar la compostura y con voz ligeramente temblorosa, afirmó.
—La opinión de mi padre no vale mucho. Estando él en Azkaban…
—Tú tampoco has de valer mucho para él. Nunca te menciona. Lo sé, mis padres le escriben.
—¡Ese maldito…! —Hally estuvo a punto de salir del círculo con varita en mano, pero Procyon alcanzó a sujetarla de un brazo —¿Qué haces?
—Créeme, también quiero echarle un maleficio, pero es prefecto, Hally. Nos iría muy mal.
La advertencia no hizo más que exasperar a la chica, sobre todo por tener fundamento. Así pues, apretó la varita con fuerza y se forzó a permanecer al margen.
—¿Qué está pasando aquí? —inquirió la voz grave y fría de Snape. Al verlo, el círculo de alumnos se rompió y la mayor parte se escabulló al Gran Comedor —¿Zabini?
—Charlaba con Malfoy, señor —respondió el joven, restándole importancia al asunto.
—Sí, claro —desdeñó Sunny en un susurro. Se hallaba tras Snape con aspecto indignado.
Hally y Procyon intercambiaron miradas sorprendidas. Fue Rose quien puso en voz alta sus pensamientos, con igual ánimo que el suyo.
—¿Sunny fue a traer a Snape?
Eso parecía. El profesor de Pociones, claramente disgustado con la situación, despachó a Zabini con un gesto. Y éste fue lo suficientemente inteligente (o cobarde) para no replicar. En seguida, Snape entró al Gran Comedor, con su túnica negra ondeando a la espalda.
—Eso fue peor que el viaje en tren —musitó Henry, acercándose por fin a sus amigos —Zabini estaba furioso cuando decía todas esas cosas.
—A mí me parecía que lo estaba disfrutando, el muy…
—¡Rose, cuidado!
La pelirroja atendió la exclamación de Hally mordiéndose el labio inferior. Pasaba cerca de ellos Oscar Wood, con la dorada insignia de prefecto en el pecho, riendo con unos amigos.
—¡Bah! Seguro que a Wood le encantaría echarle un maleficio a Zabini —aseveró Rose.
Hally se encogió de hombros.
—¿Están bien? —preguntó Henry en ese momento.
Se dirigía a Danielle y a Thomas, que tenían la vista baja y en silencio.
—Sí, claro —el primero en contestar fue Thomas, levantando la cara y formando una sonrisa poco creíble, al menos tratándose de él —Habrá que acostumbrarse, supongo.
—¡No digas estupideces! —soltaron Henry y Procyon al unísono, enfurecidos.
—¿Dónde está Walter? —quiso saber Hally de repente.
Danielle meneó la cabeza antes de contestarle, aunque no la miró.
—Nott le lanzó un hechizo muy raro cuando nos defendió. Entre Combs y Owen lo llevaron a la enfermería. Espero que esté bien.
—Lo estará —aseguró Sunny, claramente con intención de animar a todos —Pomfrey y Finch–Fletchley pueden curar lo que sea.
—¿Se puede saber qué mosca le picó a Zabini para ponerse así? —indagó Procyon, con el ceño fruncido —Si Henry tiene razón y estaba molesto por algo…
—Quizá… Walter y yo tengamos la culpa —interrumpió Thomas, titubeante —Es que… a él y a Nott… les escondimos los libros.
—¿Y eso por qué? —Rose no sonaba escandalizada, sino interesada.
—Por mí —respondió Danielle, alicaída —Como esos dos dijeron algunas cosas sobre mí…
—Entonces se lo ganaron —sentenció Henry rápidamente, asombrando de nuevo a Rose.
—¿Estar sin libros desde la primera noche aquí? —se extrañó la rubia.
Henry asintió, dando a entender que mantenía su opinión.
—No esperes que Thomas se quede quieto si te pasa algo, Danielle —avisó el castaño, con los ojos entrecerrados hacia la entrada al Gran Comedor, como si de repente distinguiera algo a duras penas. Al segundo siguiente los abrió de golpe, parpadeando con rapidez —¡Maldito infeliz…!
Comenzó a girar para ir al Gran Comedor, pero Procyon le sujetó un brazo.
—¿Qué demonios sucede? —quiso saber.
Henry respiró profundamente, le indicó a su amigo que lo siguiera y ambos se apartaron unos metros, desconcertando a las chicas y a Thomas. Al cabo de unos cinco minutos, ambos volvieron, pero Procyon tenía una expresión tan sombría como la de Henry.
—Hay que organizarnos —indicó Henry, un poco más recuperado de su arrebato —Procyon…
—Escribiré la carta esta noche —prometió, dando una seca cabezada —Si la envío mañana en la mañana, tendremos una respuesta para el fin de semana. ¿Seguro que podrás con todo?
—Sí, no habrá problema. Las pruebas de quidditch de Gryffindor serán hasta la semana que viene. Eso nos dará suficiente tiempo. Y Paula podrá programar los entrenamientos.
Procyon asintió y justo cuando las chicas querían preguntar de qué hablaban, Walter los llamó desde la escalinata de mármol, queriendo enterarse de cómo había acabado el asunto con Zabini.
—Espera, esto es más importante —Henry impidió que Thomas pusiera al corriente a Walter, llevándoselo al Gran Comedor —¡Procyon, te encargo el resto! —vociferó.
—Ustedes sí que están enloqueciendo —se quejó Rose.
Procyon meneó la cabeza.
—Vamos a cenar. No se puede pensar con el estómago vacío —aseguró.
De forma que entraron al Gran Comedor y las chicas, sin motivo alguno, tuvieron la horrible sensación de que algo malo se les venía encima.
5 de septiembre de 2020.
Norte de Escocia.
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Para el sábado, los alumnos de cuarto no estaban dispuestos a levantarse temprano a menos que fuera de verdad necesario.
—¿Quieren callar esa porquería?
Danielle dio un respingo cuando oyó el reclamo de Brandon. El despertador de Sunny apenas comenzaba a lanzar su alarma, solo que la castaña había olvidado que ese curso, su única clase sabatina era hasta después de comer.
La rubia sonrió levemente y antes que las demás chicas del dormitorio se unieran a Brandon, fue y apagó el despertador. Se halló a Sunny con la cara enterrada en la almohada, arrugando los ojos, a punto de despertarse.
—Ya me voy —se despidió Danielle y abandonó el dormitorio.
Al ir llegando a la sala común, se aflojó el nudo de la corbata y se acomodó la mochila a la espalda. De pronto, sentía un sofoco que nada tenía que ver con el clima, que después del inicio de curso tan lleno de vendavales, ahora daba un calor digno de julio. Tomando aire, se preparó para lo que le esperaba.
No fue tan terrible. No había mucha gente a esas horas en la sala común, excepto unos cuantos alumnos de tercero que alegaban algo sobre Alquimia y claro, Thomas, que como siempre que estaba solo, tenía los ojos clavados en un libro.
—¡Pero si tú no tienes clase ahora! —sermoneó Danielle en cuanto lo alcanzó.
El chico dejó la lectura un segundo y la miró, dedicándole una amplia sonrisa.
—Sí, lo sé. Intento adivinar qué nos enseñará hoy la profesora Weasley–Mao.
Le enseñó la portada de su libro, Arte Mágico para Principiantes II: De tu Cabeza a la Piedra.
—A juzgar por lo que he leído, nos tocará hacer figurillas y esas cosas —aventuró.
—¿Figurillas? ¿Como en primaria?
—No creo, eso era… —Thomas se interrumpió al darse cuenta de algo —¿Tú qué sabes de las cosas que se hacían en una primaria muggle?
—Asistí a una, so tonto. ¿Dónde crees que aprendí a leer, a escribir y todo eso?
—No sé, ¿en casa, quizá? Rose mencionó que así le enseñaron a ella.
—Su familia es estupenda, sí…
Thomas detectó la nota de abatimiento en la voz de Danielle y prefirió cambiar de tema.
—Por cierto, ya que tienes clase hasta después del almuerzo, ¿damos una vuelta? Claro, iremos a desayunar primero, ¡hasta nos podemos llevar algo a orillas del lago!
A la chica le encantó la idea y accedió. No fue sino hasta que salían por el agujero del muro que se dio cuenta de lo que estaba haciendo, poniéndola inexplicablemente nerviosa.
—Thomas —llamó con lentitud.
—¿Sí?
Danielle negó con la cabeza, logrando calmarse.
—Espero que no haya viento. Tengo Autodefensas Muggles y con este cabello…
—¿Qué pasa con tu cabello? Es bonito.
Como Thomas la aventajaba un par de pasos y miraba al frente, Danielle pudo ahorrarse la molestia de ocultar su rubor. Le costaba acostumbrarse a que el chico la halagara con esa facilidad.
—Yo… lo decía porque… es largo y estorba a veces.
—¡Ah, eso! Bueno, será gracioso verlos despeinados después de su clase.
—¡No es cierto!
Thomas se echó a reír y Danielle no pudo evitar imitarlo al poco rato. Así entraron al Gran Comedor, llamando la atención de algunos que no terminaban de creerse los rumores circulantes.
—¿Cómo estás, Drusie, linda? —saludó Thomas al sentarse a la mesa, pues la prima de Hally y dos de sus amigos ya estaban desayunando —¿Por qué te levantaste tan temprano?
—Ah… nos dejaron… muchas tareas… y…
—Suerte con ellas —deseó el pelirrojo anaranjado sin necesidad de oír el resto de la frase —Nosotros tenemos clases hoy, ¿puedes creerlo? El curso siguiente quizá estés en las mismas.
—No sé… qué optativas… voy a tomar.
—Dará igual. Danielle el curso pasado no tenía clases los sábados y ahora sí, ¿verdad?
La recién nombrada asintió, dedicándole un gesto amable a Drusie. Ésta, para su sorpresa, adoptó una expresión fría cuando se fijó en ella.
—Elliott, ¿te importa si te pregunto algo personal? —intervino una niña de rasgos orientales a la que Danielle no identificó por nombre, pero sí por ser amiga inseparable de Drusie.
—No, no me importa. ¿Eres Hong Lian Xin, verdad?
La niña asintió.
—¿Es cierto lo que hemos oído? ¿Malfoy y tú están saliendo?
Thomas parpadeó un par de veces, con auténtica sorpresa
—¿Tan rápido corren los chismes aquí? —fue lo primero que pudo decir.
—Eso parece —Hong Lian se encogió de hombros —¿Es cierto? —insistió cortésmente.
—Ah… sí, es cierto.
Al oír la confirmación que buscaba, Hong Lian se limitó a asentir, en tanto a su izquierda, un chico de tez aceitunada, emitió un quedo silbido. Drusie, por su parte, contrajo el rostro por un rictus de aversión. Si Danielle hubiera visto una foto de los Dursley, enseguida diría que la prima de Hally se veía como Dudley, su padre, e incluso como Petunia, su abuela.
—¿Pasa algo, Drusie? —inquirió Thomas amablemente.
La aludida negó con la cabeza, pero Danielle juraría que le había dedicado una mirada resentida.
¿Acaso le había dicho algo malo sin darse cuenta?
—Perfecto. Danielle, ¿me pasas el pan tostado?
Se pusieron a desayunar, cada grupo de amigos con su tema, pero aunque no lo pareciera, Thomas había detectado en Drusie los gestos dedicados a Danielle.
Y averiguaría a qué se debían, por supuesto.
Autodefensas Muggles arrancó quejas de sus alumnos de cuarto. No hubo viento, tal como deseaba Danielle, pero todos habían quedado exhaustos. Al ir a comer, se llenaron los platos como si llevaran una semana entera en ayunas.
—En serio, me alegra no tomar esa materia —musitó Rose al ver a Procyon y a Henry comer a toda velocidad, como dos desesperados.
—Creo que comerían igual aún sin haber tenido esa clase —le respondió Hally en voz baja.
La pelirroja dejó escapar una risita.
—Eso lo escuchamos —avisó Procyon, haciendo una pausa entre un bocado de su estofado y un sorbo de su jugo de calabaza —Mejor entreténganse con algo más interesante, ¿saben quiénes son parientes entre nuestros estimados compañeros de sexto?
Hally y Rose, desconcertadas por el cambio de tema, negaron con la cabeza.
—No es difícil adivinar. Al menos eso explica que siendo de distintas casas, se lleven tan bien.
—Sigo sin tener idea de quiénes son, Procyon —reconoció Rose, impacientándose.
—Blow y Zabini —indicó Henry en voz baja.
—¡No es cierto! —al exclamar eso, sus dos amigas abrieron los ojos al máximo.
—Sí, lo es. Mi abuela me contó que las madres de esos dos son hermanas. Lo sabe porque son las hijas de una "honorable" familia sangre limpia y como la familia de la abuela también lo era…
La ironía de Procyon era evidente, más al recordar que los Ferguson habían sido de sangre limpia… al menos hasta que él nació.
—¿Y por qué te contaría eso tu abuela? —indagó Rose, arqueando una ceja.
—Se lo pregunté. Queríamos saber por qué Zabini se enojó tanto el otro día, ¿no? Pues allí lo tienen: estaba siendo "solidario" con su primo, el buen Blow, que estaba frustrado por no poder salir con nuestra amiga.
Las dos chicas intercambiaron miradas, sin creerse del todo lo que Procyon acababa de decirles.
—¿Zabini, solidario? —logró soltar Hally finalmente.
—Al menos eso pretendía —respondió Henry, intentando no juguetear con lo que le quedaba en el plato —En realidad, Zabini quería que él o Blow consiguieran a Danielle, les convenía.
—¿Les convenía para qué?
—Vamos, Rose, aún con su mala fama, los Malfoy tienen… Bueno, tenían cierta reputación —por lo visto, Procyon tenía muchas ganas de soltar todo eso, porque sus palabras eran tan fluidas como un río crecido —Por ser sangre limpia, ricos y todo eso. A Blow lo único que le importa es la reputación, pero a Zabini, además, le interesa el dinero. Así que imagínense si uno de los dos hubiera logrado salir con nuestra amiga.
Hally, tras unos segundos, llegó a la misma conclusión que aparentemente, había sacado Procyon con toda aquella información y compuso una mueca indignada bastante feroz. A Rose, por otro lado, le llevó un poco más de tiempo razonar lo que había escuchado, con los ojos fijos en Henry de manera distraída.
—Por eso te enojaste, ¿no? —aventuró, haciendo que Henry la viera con el ceño fruncido —Zabini le hacía pasar a Danielle un mal rato para que considerara la idea de cortar a Thomas, con todo esa palabrería de deshonrar su apellido y que su padre no la toma en cuenta…
—No es tan simple —ahora era el turno de Henry para sorprenderse por algo que dijera Rose: definitivamente, la pelirroja podía sacar el parecido con su madre cuando la ocasión lo ameritaba —Lo que más coraje me dio fue… Zabini hablaba en serio, Rose. Cuando dijo todo eso del señor Malfoy, no estaba mintiendo. Y por la cara de Danielle, juraría que Zabini no la tomó por sorpresa.
Los cuatro amigos se quedaron en silencio por un largo rato, sin saber bien qué decir. A su alrededor, la mesa de Gryffindor se fue vaciando, con comentarios de algunos chicos de tercero que bajarían a las cocinas con la profesora Hagrid o alumnos de séptimo que maldecían los ÉXTASIS.
—¿Y qué vamos a hacer? —indagó la pelirroja de repente.
—Fácil, si Zabini vuelve a hacer algo semejante, lanzarle una maldición en…
—¡Hally, tranquila! —pidió Procyon, entre divertido y atónito. No era normal ver a su amiga tan enfadada —Por muchas ganas que tengamos de echarle a Zabini unos cuantos hechizos, es prefecto. Si no fuera por eso, ten por seguro que te ayudaría.
—¿Entonces qué, esperamos a que ese idiota vuelva a meterse con Danielle?
—No creo que suceda pronto —indicó Henry, haciendo una mueca —Escuché de Walter que Sunny vio cuando Snape, de muy mal humor, mandó llamar a Zabini. Si le dio un sermón por lo del otro día, no va a ser tan estúpido como para llevarle la contraria.
—Pues yo creía que Zabini era estúpido desde antes —afirmó Rose, encogiéndose de hombros.
Sus amigos se echaron a reír, relajándose considerablemente.
—Hally… ¿tienes… un minuto?
La nombrada se giró en su asiento, para encontrarse con una Drusie de expresión tensa.
—¿Ocurre algo? —inquirió, preocupada por su prima.
Drusie ladeó la cabeza, un tanto nerviosa.
—Muy bien —Hally se levantó y se despidió de sus amigos —Nos vemos en un rato.
Salieron ambas del Gran Comedor y no se detuvieron hasta estar en la escalinata de piedra que bajaba a los jardines, donde se sentaron en uno de los escalones.
—¿Qué pasa? —quiso saber Hally.
Drusie se removió en su sitio, sin saber cómo comenzar. Pero nada habría preparado a Hally para lo que oyó a continuación.
—Malfoy… no es… buena. Hace que… Elliott… esté triste.
—¿Perdón?
La niña intentaba explicarse lo mejor que podía y aunque Hally sabía que en parte era por su enfermedad, no comprendía gran cosa.
—En estos días… Lo he visto —aseguró Drusie en ese instante —Elliott… cuando la mira… A Malfoy… se pone mal. No… no me gusta ver eso.
—No es a propósito —logró asegurar Hally, tras dejar atrás el pasmo por inesperado tema de conversación —Drusie, ¿crees que Thomas querría a Danielle si ella no fuera buena?
Y ese era el mejor argumento que tenía. Su amigo Slytherin, con los principios que demostraba, jamás se habría fijado en alguien que tuviera algo reprochable en su persona y no tanto en su físico, sino en su naturaleza. Bastaba con acordarse del asunto de Sherry Salisbury y lo que él aseguró, que si ella no hubiera ofendido a su hermano mayor, demostrando su verdadero yo, a él de verdad le habría gustado. Hally lo conocía lo suficiente como para haberle creído.
—Malfoy… no… es… buena —repitió Drusie, terca, arrugando la frente en respuesta al esfuerzo que hacía por hablar con claridad —Lo digo… en serio.
—A ver, ¿Danielle te ha hecho algo? Si es así, dímelo y hablaré con ella.
La niña, poniéndose colorada, agitó la cabeza.
—Elliott… no debería… salir con ella —afirmó con más firmeza de la usual.
Hally arrugó la frente, intentando saber a dónde quería llegar su prima. Normalmente no se portaba así, como una pequeña a quien le negaran un capricho.
Y entonces, la mente se le iluminó.
—Drusie, ¿a ti te gusta Thomas?
La respuesta fue el balbuceo de la aludida, junto con unas mejillas más rojas que antes.
—Eso no tiene nada de malo —aseguró con voz suave —Pero debes entender que no significa que le vas a gustar a la otra persona. A Thomas le caes bien y según lo que escuché, te ve como la hermanita que siempre quiso tener. Pero nada más.
Eso causó que Drusie hiciera una mueca, meneando la cabeza con pesadumbre.
—Si sólo por eso crees que Danielle no es buena, es una descortesía —siguió Hally, recordando sin querer de todo lo que había oído en los últimos días acerca de su amiga —A ella también le agradas, Drusie. No está bien decir esas cosas a sus espaldas.
—¿No… no me crees?
Hally observó el rostro de su pariente. Drusie lucía desvalida, como la primera vez que la había visto, mucho antes de saber que estaba enferma. Sin embargo, ahora en su cara se leía algo que no era debilidad ni la habitual lucha de la niña por hacerse entender pese a la lentitud de su habla.
—Lo siento, Drusie, pero no. No te creo.
La niña, con increíble rapidez, se puso de pie y se marchó con aire ofendido. Hally se quedó más impresionada todavía, pues no creía haber dicho nada malo. Apenas volvía a la normalidad cuando Melvin Corner salió del castillo y al verla, se despidió de sus amigos y se le acercó.
—¿Cómo has estado? —preguntó él con una sonrisa, sentándose a su lado.
—Hasta hace dos minutos, bien.
Como Corner se quedó con cara de no entender nada, Hally le contó lo que recién le había sucedido con Drusie. Cuando terminó, el muchacho se quedó muy pensativo.
—Comprendo —dijo con voz grave —Hally, ¿no te has puesto a pensar que a veces, sólo a veces, debes poner a la familia antes que a nadie?
—¿Eso qué significa?
—Tu prima esperaba que la apoyaras. En cambio, te pusiste de parte de Malfoy.
—¿De parte de…? ¡Pero Melvin, no pensaba decirle a Drusie que le creía cuando no era cierto!
—¿En serio? ¿Quién te garantiza que a la larga, Malfoy no sea como tu prima dice?
Hally se indignó. ¿De verdad Corner estaba insinuando que…?
—La conozco —afirmó, ceñuda —La conozco desde hace mucho tiempo.
—Disculpa, pero las cartas no son suficientes para conocer a la gente.
—¿Y qué me dices del tiempo que la he tratado aquí? ¿Eso no cuenta?
—Las personas cambian, Hally —Corner hizo un ademán ambiguo al comentar eso.
—¡Vaya que lo sé! Pero Danielle no es así.
—Nadie te lo puede asegurar. Yo que tú, andaría con cuidado. No quisiera que uno de esos amigos tuyos te jugara una mala pasada.
—No puedo creerlo… —espetó Hally, levantándose de un salto —Son mis amigos, Melvin, ¡mis amigos! Hablas como si yo fuera tan tonta como para no darme cuenta si…
—Tú no eres nada tonta, Hally, ¡si lo sabré yo! El caso es que algunos de esos amigos tuyos tampoco lo son. Si quisieran, podrían ponerse en tu contra y ni cuenta te darías.
—¿Y para qué querrían hacer eso?
Ante esa pregunta, Corner no halló algo coherente qué decir. Al menos no enseguida.
—Simplemente por ser tú, Hally. Una persona con talento, con cerebro, ¡y la hija de tu padre!
Ella boqueó un par de veces, estupefacta.
—¡A ninguno de ellos le importa quién es mi padre! —exclamó, siseando y tratando de no ponerse a gritar —Igual que a mí tampoco me importa quiénes son sus padres.
—Debería importarte. Los padres influyen en los hijos más de lo que crees.
—¿Como el tuyo, por ejemplo?
Hally no había querido llegar a ese extremo, pero Corner la estaba sacando de quicio. En tales circunstancias, lo único que le venía a la mente eran formas de defenderse, sin pararse a pensarlas.
—¿Qué tiene que ver mi padre en esto? —quiso saber él, tratando de sonar cordial, aunque no sabía en qué momento se había puesto de pie también.
—¿No te ha dicho tu padre que los Malfoy no son de fiar?
—Sí, lo ha hecho, pero…
—¿Y tú le creíste?
—¡Es mi padre, Hally! ¡Claro que voy a creerle!
—Los padres también se equivocan, Melvin. Mira a Danielle: cualquiera pensaría que lo tiene todo, pero no. ¡Su propio padre no la quiere! Y él es el malo aquí, ella no.
Se callaron por un momento, mirándose intensamente y reflexionando lo que se habían echado en cara. Hally ya se estaba arrepintiendo de haber sido dura, pero no pensaba ceder fácilmente. Se estaba cansando de discutir con Corner por ese tipo de causas.
—Dime ahora mismo si vas a seguir tratándome así, Melvin —decidió sentenciar.
—¿Tratarte cómo?
—Como a una niña a la que tienes que cuidar.
Dio la impresión de que a Corner le dolió esa contestación, pero Hally no pensaba retractarse. No cuando finalmente creía ver qué estaba mal en esa relación, la verdadera razón de sentir que algo no encajaba entre los dos.
Ella había procurado tratar a Corner como un igual, pese a la diferencia de edad. Él no.
—¿No puedo preocuparme por ti? —inquirió el joven, con una sombra de angustia en su rostro.
—Puedes, pero no como si fuera tu hermanita y necesitaras decirme lo que está bien y lo que está mal. De eso puedo darme cuenta sola, aunque no parezca.
Corner negó con la cabeza, dando a entender que no estaba del todo de acuerdo con eso, pero no habló. Se limitó a suspirar con pesadez, casi como si no quisiera hacerlo.
—¿No piensas cambiar de opinión, verdad? —preguntó, decaído —Eso crees de mí.
—No es que lo crea, Melvin. Es lo que siento.
—¿Ya no me quieres?
Hally dio un leve respingo.
—Sí, te quiero —respondió —Pero no parece suficiente para ti.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no confías en los amigos que he elegido. Y eso es… es importante para mí. ¿Hay algo más de mí en lo que no confíes?
Cuando Corner no contestó, Hally sintió una opresión en el pecho. Tragó en seco.
—Déjalo —pidió, con un vago temblor de labios que intentó ocultar y tratando por todos los medios de no bajar la vista —Y… deja también lo nuestro.
—¿Qué estás diciendo?
Corner la miró con la incredulidad plasmada en la cara. Sin embargo, al observar mejor a Hally, supo que ella hablaba en serio. Además, a la jovencita no le estaba resultando sencillo, a juzgar por sus ojos, húmedos tras los anteojos redondos, y en cómo se mordía el labio inferior, con tanto ímpetu que temió que lo hiciera sangrar.
—No pienso seguir así —dijo Hally en voz baja —Ni creo poder, la verdad. Mejor terminemos.
—¿Estás segura?
Ella asintió con una seca cabezada.
—De acuerdo. Pero… ¿de verdad no…?
—Melvin, demuéstrame la razón por la que estás en Ravenclaw y no le des más vueltas.
En esa ocasión el muchacho se sintió más ofendido que dolido. Hally había mencionado la casa del águila con cierto desdén. Sin embargo, no se enfadó. Sentía que no tenía el derecho.
—Siempre agradecí que quisieras salir conmigo —se decidió a confesar, arrancándole a la chica un sonrojo —Al ver con quiénes andabas, pensé… Bueno, supongo que eso delata lo tonto que he sido… No creí que fueras a hacerme caso. Y siendo tan inteligente, creo que algún día terminaré agradeciéndote esto.
—¿Qué, terminar contigo? —Hally, pasmada, no creía lo que oía.
—Sí. Porque aunque no me guste, tienes razón en algunas cosas. Y hay que dejarnos por la paz.
Melvin se acercó, se inclinó y le dio un beso en la mejilla antes de entrar de nueva cuenta al castillo, dejándola con sus pensamientos en la soledad de la escalinata de piedra.
Aunque sabía que era lo mejor, aunque todo había acabado tranquilamente, Hally Potter no pudo evitar desplomarse en un escalón, inclinarse y ocultar la cara en los brazos.
No quería que nadie la viera llorar.
4 de agosto de 2011. 11:10 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
Damas y caballeros, la inspiración anda desatada. Y yo la aprovecho, ¿para qué negarlo? Así pues, bienvenidos sean a este capi de LAV, que espero les haya gustado.
Creo, sinceramente, que hubo de todo. El primer día de clases desde distintos puntos de vista me encantó: mostré un poco de tercer curso (con los mellizos Copperfield y Nerie Longbottom), con los niñitos de primero (Ben Copperfield quedó en Hufflepuff, Rebecca estará orgullosa, jajajaja) e incluso con los de segundo (Drusie y sus amigos, ¿quién viera a Hong Lian Xin tan bien informada, con lo formal que es?). Al final, Danielle y Thomas siguieron siendo mencionados, aunque en menor medida, pero se ve que andan tan felices que no les importa nada más.
Los rumores nunca faltan cuando una pareja se forma. En esta ocasión, siendo Danielle una Malfoy, no esperaban menos, ¿verdad? Aún sigo pensando que el encuentro con Zabini era excesivo, pero poner más sal a las heridas de los demás encaja con ese tipo (se nota que su servidora se esmeró en hacer detestable al hijo de Blaise). Ahora bien, ¿quiénes serán las madres de Zabini y de Blow, para ser primos? Adivinen, adivinen.
Por otro lado, el título del capítulo hace referencia a los dos sucesos del final: Drusie enojándose con Hally, mostrando su lado caprichoso (mala herencia para tu hija, Dudley) y Melvin dejando de buena manera que su novia rompa con él. Sí, damas y caballeros, el sueño de muchos se ha hecho realidad, ¡la pareja Corner–Potter ha roto! Si les digo la verdad, la pelea salió rara hasta para mí. Pero como últimamente todo lo de este fic me sale raro, mejor así lo dejamos.
Me voy, no sin antes mencionar que para La Justicia, me han sugerido a Sun Mei Weasley–Mao, pero aún no doy el visto bueno. No sé, pienso que por allí debe haber otro personaje que encaje todavía más. Espero más sugerencias y a ver qué sale.
Cuídense mucho, abaníquense (los del hemisferio norte), entren en calor (los del hemisferio sur) y nos leemos lo más pronto que se pueda.
