SANSA
Ardía por la fiebre y ardía en sueños por Sam. La cabeza le daba vueltas; cada vez que se incorporaba, sentía que la cama vibraba bajo su cuerpo desmadejado. Vomitaba y sólo cuando su madre le mojaba el rostro con agua de lavanda se sentía mejor.
Ya no se ahogaba ni tosía, como los primeros días, pero el calor de su piel no lo aliviaba el agua de lavanda. El maestre Luwin le había dado remedios contra la fiebre, mas ésta se resistía a bajar.
En sus delirios, un único pensamiento la obsesionaba: Sam podía irse en cualquier momento y quizá no volviese a verlo nunca más.
No quería verlo, pero la idea de perderlo para siempre le atormentaba.
En sueños, él la visitaba en el dormitorio. A veces, iba vestido de negro de los pies a la cabeza, con capa y guantes; otras, aparecía sin camisa, como la madrugada del incendio. En una ocasión, se presentó vestido como el maestre Luwin, pero Sansa comprendió enseguida que se trataba de uno de sus delirios.
– No os quiero, mi señora – Decía una vez.
– Soy un hombre de la Guardia de la Noche – Se justificaba otra.
– Me casaré con Jeyne Poole – Aseguró el día que llegó disfrazado de maestre.
Una noche, Sansa tenía tanto calor que consiguió llegar a la ventana y abrirla de par en par. La oscuridad le escupió cien copos de nieve, que se posaron en sus mejillas encendidas y aliviaron la quemazón.
– ¡Sansa! – Oyó su voz y creyó que la soñaba, pero estaba despierta – ¿Qué haces en la ventana? ¡Cogerás frío!
Sam corrió a cerrarla. Sansa se quedó mirándolo, con la boca abierta.
– Estás aquí otra vez.
– ¿Otra vez? – Sam meneó la cabeza – Lo siento. Siento no haber venido a verte hasta ahora. Yo… – Se interrumpió – Acostaos, mi señora. No debéis coger frío. Habéis estado muy enferma.
Le puso las manos en los hombros y la guio hasta la cama con sorprendente dulzura. Sansa se dejó hacer, disfrutando del contacto.
– Sam… – Murmuró, saboreando su nombre – Has venido de verdad. No eres un sueño, ¿verdad?
– No – El joven parecía azorado – He venido a veros porque… esta vez, soy yo quien debe disculparse – Se pasó una mano por la frente húmeda – No debí dejaros sola la otra noche. Me sentí… No sé cómo me sentí, mi señora. Sansa – Se corrigió – Sólo sé que no fui lo bastante hombre.
– Puedes serlo ahora – Susurró ella, incorporándose para mirarlo – Acércate.
– Yo…
– Acércate – Repitió – ¿No soy tu señora? ¡En ese caso, obedece!
Lo desafió con la mirada. Sam se inclinó sobre ella, ruborizado.
– Bésame – Le ordenó en voz baja.
– Pero…
– ¡Hazlo!
– No puedo…
– Debes.
Sam contuvo la respiración. Sansa temblaba como una hoja, empapada en sudor. "Debo de estar horrible". Se forzó a sí misma a no pensar en su lamentable aspecto y se concentró en él: también parecía acalorado y estaba rojo como un tomate. Sus labios entreabiertos le parecieron de lo más apetecibles…
Por fin, Sam reunió fuerzas para cubrir la distancia que los separaba. Sansa se estremeció cuando sus labios se rozaron. Tardó unos segundos en sentir la dulce humedad de su lengua en la boca. "Oh". Pensó que aquello era lo más delicioso que jamás había probado.
– No – Gimió cuando Sam se apartó de ella – No, por favor. Sigue haciéndolo.
– No debo… – El cuervo parecía al borde del llanto – Esto no está bien.
– Por favor… – Sam temblaba casi tanto como ella misma. Sansa apartó las mantas de un puntapié y tiró de él hacia la cama – Sólo un poco más.
El joven dudó y, finalmente, se dejó arrastrar. Sansa sintió que la besaba con mayor urgencia que antes, como si…
"Como si lo estuviese disfrutando".
Los besos de Sam eran húmedos y profundos, tanto que un hilo de saliva unía sus bocas cuando se separaban para respirar. Una y otra vez, volvían a la carga, como quien descubre un fruto prohibido y lo saborea con el temor de que se lo arrebaten en cualquier momento.
Sansa notaba la dureza de Sam apretada contra su vientre. Él también tenía que notarlo. Se puso roja, pero no dijo nada. Por alguna razón, aquello le gustaba. "Cree que soy bella". Era la única explicación posible. "Le gusto", comprendió.
– Samwell… – Jadeó. Su enorme cuerpo le daba calor. Él la miró y tragó saliva. Tenía las manos metidas bajo el camisón, sin importarle que Sansa no llevara nada debajo, y acariciaba los muslos de la doncella con sus dedos gruesos.
– ¿Quieres… quieres que pare? – Le preguntó con un hilo de voz. Por toda respuesta, Sansa tiró de la tela para mostrarle sus piernas desnudas. Dudó y, finalmente, tiró un poco más, lo suficiente para enseñarle también…
Sam resopló.
Sansa estiró la mano y tocó con cautela el bulto de su entrepierna.
Sam deshizo con torpeza el nudo que ataba sus calzones.
Sansa separó las piernas, sin aliento.
– Te… te deshonraré… – Gimoteó él.
– ¡No me importa! – Le urgió ella.
Estaba tan húmeda que, cuando la penetró, apenas sintió dolor. Sólo experimentó una sacudida inquietante e, instantes después, una exquisita plenitud.
– Oh – Sam hacía grandes esfuerzos por no aplastarla. A Sansa no le habría importado que la ahogase – Oh, por los dioses…
La besó en el rostro, en la frente, en los párpados y en la nariz. Luego en el pelo y en las orejas. La besó por todas partes, sin dejar de moverse torpemente sobre ella.
Sansa pensó distraídamente que, si alguien los descubría, el castigo sería terrible. Pero se deleitó acariciando las abundantes carnes de Sam, abrazándolo con las piernas y disfrutando de sus tiernos movimientos. "Me ama. Si no me amase, no haría esto".
– Te amo – Él mismo se lo confirmó – Te amo, Sansa… Sansa… Ah… ¡Ah!
Sam arqueó la espalda y contrajo el rostro en una mueca. Sansa se alarmó y se preguntó si le habría hecho daño, pero pronto él se relajó y sonrió plácidamente.
– Oh… Oh, por los Siete. Esto es lo más maravilloso que he hecho en toda mi vida – Y volvió a besarla por todas partes, con tanta delicadeza que a Sansa le picaron los ojos.
