¡Hola!... Está bien: lo siento. Lo siento, lo siento, llevo mil años sin actualizar este fic; de verdad que yo quería ponerme a ello pero no saco tiempo de ninguna parte. Primero me puse a intentar actualizar otro fic que tenía detenido desde hace siglos, luego vino la Navidad, los trabajos, los exámenes y yo ni pude escribir ni pude divertirme en laaargo rato. Además me puede la culpabilidad porque en este capítulo apenas si pasa nada, y creo que van a estar diciéndome: '¡y para esto tres meses!'. Bueno, sí, es que siempre escribo un capítulo por delante del que publico y éste estaba ya escrito (de hecho aún no terminé el siguiente pero me siento tan mal que tenía el deber de subir éste). Soy un horror actualizativo (TT-TT) *sí, me inventé la palabra*. Tuve una suerte de pequeña depresión porque me releí la historia y no andaba quedando tan novelesca como a mí me hubiese gustado, no es tan rusa como debiera... pero es que sino es imposible hacer capítulos que no sean eternos. Intentaré mejorar ese asunto. ¡Sea!

A pesar de lo floja que soy, muchas gracias por todos sus comentarios y apoyo y por seguir ahí, si es que están leyendo esto.

Los personajes históricos que aparecen en esta historia han sido mencionados siempre desde el respeto.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya.


Künstlerleben: Es war so wunderschön

Capítulo Octavo

Se sentaron, los cuatro, alrededor de una pequeña mesita ubicada a un lado, rodeada de un sofá y dos butacones. Marfa Dimitrievna trajo, al punto, cuatro copas y el mejor brandy de la casa, para que los hombres pudieran departir con el mayor de los lujos y placeres. Vash tomó disimulada pero prestamente asiento en una de las butacas individuales; la sensación de tener que sentarse junto a alguien en el amplio mobiliario de piel de cuero biplaza con el destino inefable de tragarse a quien en él tuviere a bien descansar le produjo disgusto. Aun así, no quiso relajarse en demasía y quedó discretamente sentado y algo recogido sobre sí mismo en la parte exterior del butacón, de piernas cruzadas. Apoyó el codo en el reposabrazos y la barbilla en el dorso de la mano; quiso que todo lo que sus ojos captaban en ese momento quedara grabado en su mente para siempre.

Tanto el señor Edelstein como los dos caballeros invitados se acomodaron con mucha más familiaridad y sin hacer excesivo caso a las normas de educación de la alta sociedad. Su anfitrión se había sentado en el sofá junto a Johann Strauss, dejando el otro gran butacón para el hombre de barba blanca. Intercambiaron saludos efusivos, habituales, poniéndose mal que bien al día de sus actividades. La locuacidad parecía ser en el señor Strauss una cualidad conspicua; debía ser el paraíso para el señor Edelstein, pensó Vash, pues bien sabía que este último gustaba altamente de departir sin parar cuando la situación lo demandaba. En un principio su anfitrión preguntó por el origen de la visita, a lo que el hombre del butacón comenzó a soltar una retahíla de improperios contra Johann Strauss y su impaciencia.

¡Vayamos a ver a Roderich, Johannes! Es lo primero que ha proferido en cuanto ha entrado al comedor de mi casa, antes de dar siquiera los buenos días. Total, ¿para qué? El viejo Johannes ya no necesita que le saluden, ni que le traigan caros presentes, no; Johannes es Johannes, y puedo andar por su casa como si fuese mía —bufó algo enojado con Strauss.

—Vamos, Johannes, no se enfade. Pronto por la mañana me avisaron de que ustedes, los Edelstein —contestó girándose hacia el susodicho—, habían regresado a Viena al caer la noche, así que no pude resistir la tentación de venir a saludarle. ¡Tan fenomenal es que logremos volver a coincidir! Con la expectativa de reunirnos de nuevo por primera vez en meses me dije: debo avisar a Johannes, sino de seguro que acaba enojándose conmigo, y no hay nada que me duela más que ofender a Brahms —añadió con exagerada afectación—. El punto es que fui a buscarlo a su casa y entré a por él poseído por el entusiasmo del nuevo día, de la nueva vida, ¡qué sé yo! Un ánimo novelesco, sin duda. Y cuando abriendo de par en par las puertas del comedor me presenté jovial, allí que lo hallé, con el almuerzo a medias.

—Sí, sí, pero no lo cuenta todo. A la sazón de aquel entusiasmo casi juvenil quedé escuchándole poseído por el pasmo, sin descuidar por ello la continuidad de mi almuerzo. ¿Y total? ¿Para qué avisar al viejo Johannes? A él le da igual no atinar con la mermelada en su pedazo de pan tostado.

—¿Qué es lo que ha ocurrido, pues? —preguntó curioso el señor Edelstein.

—Que se ha puesto un canapé de pan, jamón, la parte más larga de su pañuelo más caro y mermelada —contestó con simpleza Strauss, negando con la cabeza.

—¡Pero no se ha molestado en avisarme, no! —espetó de nuevo el hombre de barba blanca irguiéndose considerablemente en la butaca— ¡Se contentó con mirarme a la cara y a la pechera como si tuviese que adivinar algo cuando podría habérmelo dicho sin más! Este individuo es un canalla, Roderich. ¡Y no va y cuando finalmente acepto la idea de acercarnos hasta ésta su casa, a hacerle una visita, desaparece y marcha con total tranquilidad de espíritu! Las cosas se mueven a su aire; he tenido que cambiarme de ropa en un tiempo milagroso. No sé cómo es que Harriet, mi ama de llaves, le ríe todas las gracias... Menos gracia le hará cuando vea la prenda manchada de confitura.

Vash quedó curiosamente sorprendido de que los austriacos parecieran tener más cosas en común entre sí de las que él hubiera creído imaginar. Strauss se asemejaba en cierto modo al señor Edelstein, pero admitir algo así hacía a su corazón ahogarse un poco; Strauss era su ídolo. El señor Edelstein, un excéntrico. Compararlos no era plato de su gusto. Sin saber si esto podría deberse a que tal vez so causa de ello pudiera decaer su admiración por Johann Strauss II o porque le obligaría a tener una mejor impresión del señor Edelstein, decidió dejarlo, por el momento, apartado en su mente. Por otro lado, lo enérgico del hombre de barba blanca le recordaba más al carácter de su profesor, aunque fácilmente descubrió que no era más que una cuestión de emoción superficial. Discernían completamente en lo que refería al gasto de sus energías vitales. Richard Wagner siempre tuvo tendencia al mal humor y a los enfados, mientras que este hombre, aun estando espetando actos que consideraba atentados a su persona a su amigo, reía con ganas recordándolos. Era una presencia agradable; hacía sonreír a Vash el mero hecho de escucharle, y sus dos amigos resultaban incapaces de contener sus muestras de divertimento cada vez que le escuchaban decir El viejo Johannes.

Brahms. Era Johannes Brahms. Había sido capaz de captar su identidad a la sazón de las palabras de Strauss, cayendo de repente en la cuenta de que no estaba frente a un maravilloso músico, sino de dos. Nunca había escuchado tocar a Brahms; sentíale cercano a causa de sus composiciones. Recordaba tener y haber logrado conservar alguna de sus partituras, siempre tan personales y vivas. Recordaba cómo Lily había cantado en más de una ocasión una nana compuesta por el músico, y también recordaba su nombre en boca de su profesor. Por un momento se sintió completamente indigno del espacio que estaba ocupando, tanto en el salón como en la vida de aquellas ilustres personas. Les percibía como seres superiores, dignos de admiración; las gentes famosas siempre parecen estar por encima de lo que uno puede llegar a ser y, aunque sean tan personas como nosotros, a veces no es tan sencillo de comprender. Porque no eran Vash, ni el señor Edelstein, ni la señora Wagenbauer, ni el señor Sprugasci: eran Johann Strauss II y Johannes Brahms.

—¿Señor Zwingli?... ¿Señor Zwingli, se encuentra bien?

Volvió al mundo de súbito al ser consciente de que alguien demandaba su atención. Había quedado perdido en sus pensamientos y, en algún momento, había desaparecido por completo del curso de los acontecimientos. El señor Edelstein, dándose cuenta de que el rostro de su tan anhelado inquilino se tornaba cada vez más lívido, había decidido intervenir.

—¿Eh? Ja. Sí, lo siento, lo siento. Me encuentro bien, no hace falta que se preocupen —contestó, maldiciéndose mil veces internamente y deseando que la Providencia le hiciese desaparecer de aquel sillón en ese mismo instante. Pero entonces, sin dar tiempo a nada, Brahms interrumpió.

—Por cierto, a cuento de esto, llevo un rato dándole vueltas a la idea de que no nos ha presentado, Roderich. ¿Qué esconde en este chico? ¿Cuántos años tienes, muchacho? ¿Diecinueve?

—Veinticuatro —contestó a caballo entre el asombro de que alguien tan importante como Brahms se dirigiera a él y la ofensa de ser tomado por un chico tan joven.

—Johannes, no atosigue al muchacho. Aun así creo que nuestro buen amigo tiene razón, Roderich, más además a cuenta de este caballero que estaba reunido con usted antes de nuestra llegada. Lamento profundamente la intrusión; ¿estaban haciendo algo importante?

—No...

—Sí, de hecho. Pero supongo que puedo perdonarles —interrumpió el señor Edelstein la modesta negativa de Vash, sorprendiéndole—. Sea, ya que he sido descubierto en mi afán de quedarme con este hombre para mí solo, supongo que habré de admitir mi derrota. Señor Zwingli, éstos son Johann Strauss hijo y Johannes Brahms, dos buenos amigos y colegas de profesión. Caballeros, Vash Zwinlgi es el más apasionado violinista al que he tenido el lujo de escuchar casi, diría, hasta el momento. Estábamos ahora inmersos en una pequeña prueba, de cara al futuro que ha de esperarle ahora que vive bajo mi tutela.

—¿Es acaso eso cierto? Vaya, lamento profundamente haber interrumpido su sesión entonces, señor Zwingli —se disculpó Strauss mirando al aludido y tendiéndole la mano—. No pude contener las ganas de ver a este viejo genio.

—¿Viejo? —se indignó el señor Edelstein al punto.

—Por muy joven que sea en cuerpo es usted un viejo de espíritu, Roderich —rió Brahms, golpeándole en la espalda con brío. Vash ahogó una risa—. Como sea, eso es maravilloso. ¿Y logró llegar a una conclusión o interrumpimos demasiado pronto? ¿Hará pronto su presentación?

—Bueno, por lo pronto tenemos numerosos detalles que trabajar, y no quiero hacer una presentación formal de ningún músico, menos del señor Zwingli, sin haber pulido al máximo sus aptitudes. Precipitarme en este momento podría ser algo que lamentase el resto de mi vida.

—Vaya, mucho le aprecia Roderich para querer guardarlo a su vera con tanto celo —bromeó de nuevo el hombre de barba blanca guiñando un ojo al suizo—. Admitiré que me intriga saber cómo suena su música.

–De eso ni hablar —zanjó el señor Edelstein bebiendo de su copa, mientras el corazón de Vash volvía a su posición original—. Y no prosiga por esos lares, Johannes, que nos venimos a conocer ya desde hace tiempo y le prometo que irá a dar contra muro de piedra —bromeó riendo ligeramente.

—A mí me parece un acierto, esa última decisión —acotó entonces Strauss—. Lo mejor es asegurarse de que uno conoce de pies juntillas lo que desea presentar; lo primero es obtener, siempre, una obra perfecta. Debe ser exacta y precisa, siempre ajustada a lo que está estrictamente escrito. Esto requiere mucha práctica y esfuerzo, pero es ése y no otro el trabajo del músico. Y lo segundo, o último, a mi parecer, es convertirlo en parte de uno mismo: convertir la pieza en un trabajo personal e inimitable, que nadie pueda reproducir. Si se llega a ese punto, se convierte uno, por defecto, en alguien insustituible. Quien disfrute o guste de su música no tendrá más remedio que contratarle a usted para tener una experiencia completa, llegada esa situación —terminó apoyando la mejilla en la mano y mirando misteriosamente hacia un lado.

Vash quedó mudo ante semejante lección, tan súbita como inesperada. Nunca había sido prepotente, pero sí era cierto que tenía cierta conciencia de poseer una mínima destreza musical; repetidas veces se lo habían referido el señor Edelstein, el señor Wagner, o incluso el señor Strauss. El señor Strauss... su recuerdo llevaba flotando en su mente y corazón desde que fue consciente de que el hermano de éste se encontraba en la misma habitación que él. Le oprimía el pecho el deseo de ofrecer sus condolencias al señor Johann Strauss, pero todo el tiempo le rondaba la sensación de que sería un despropósito cometer semejante acto de confianza personal. Tratando de alejar ese impulso con una imperceptible sacudida de cabeza, se centró en las palabras que éste acababa de decir. Lo cierto es que, de un modo que él mismo no lograba entender, había interpretado todo aquello a un nivel más profundo y personal. Antes de perderse en divagaciones, él mismo había reconocido para sí mismo que tenía conocimiento de poseer una habilidad sino extraordinaria como solían decirle, nata para tocar el violín. Puede que no fueran éstas las palabras para describirlo, pero a estas alturas se hallaba plenamente convencido de que el violín formaba tanta parte de él como lo hacían sus brazos o sus piernas, y que su encuentro había sido, acaso, cosa del destino. Siempre se había mantenido con los pies en la tierra; que algunas personas le alabaran con elocuentes palabras no tapaba, por ejemplo, algunas de las críticas que había recibido en la época en la que estuvo empleado en la imprenta. No fue hasta este momento que se dio cuenta de que, a pesar de todo, sí tenía una alta estima de sí mismo. Fue cuando el señor Edelstein pronunció que tenía detalles que pulir, seguido de la plática concienzuda del señor Strauss, cuando comprendió que, realmente, tenía mucho que trabajar. A pesar de todos los elogios que el vienés había proferido hacia su persona, era obvio que había visto cosas que deseaba puntualizar; le generó esta idea una sensación extraña, como de aprensión, parecida a la que le poseía cuando terminaba de tocar y se encontraba con la mirada severa del señor Wagner. Por primera vez fue consciente de lo que estaba planeando lograr desde su posición actual: convertirse en un músico profesional.

—¡Qué visión de negocio! Está claro que Johann tiene ojo para el dinero, no puede negársele —profirió Brahms, apurando su copa—. Aunque he de admitir que es del todo cierto lo que dice; la diferencia residirá en si existe en el individuo el deseo de ser músico o compositor. Yo recomiendo a todo compositor haber sido músico en primera instancia. El músico tiene a su favor múltiples detalles: muchas son las orquestas que hay en las ciudades, también las hay en los pueblos, y siempre habrá piezas nuevas que salgan a disposición de éstas. Conseguir un empleo en una orquesta no es muy difícil si se tiene algún talento, y el dinero que se gana no es una suma despreciable. Sin embargo, es difícil salir del anonimato grupal que otorga la orquesta, en este caso. El nombre de ésta se hace popular, mientras los músicos venden su talento para elevarla, sacrificando su propio nombre. Por otro lado, para ser compositor es necesario haber sido músico primero, o así lo es en gran medida para el grueso de los mismos. Los compositores que cosechan algún tipo de éxito obtienen dinero y fama, pero en contraposición, lograr algo así es complicado. Conseguir un empleo estable como compositor es muy difícil; se necesita cierta regularidad a la hora de publicar obras, puesto que de otro modo uno acaba quedando relegado al recuerdo. Sin embargo, si uno tiene cierto talento para componer de manera imaginativa, o incluso de manera comercial, puede vivir de una manera cómoda o hasta millonaria. Igual es algo más inestable, pero la recompensa es alta.

—También hay, aunque difícil, una tercera opción —añadió Strauss, haciendo sonreír al señor Edelstein.

—La hay —añadió el anfitrión. Vash escuchaba la conversación sintiéndose extranjero, a pesar de ser consciente de que todas esas palabras eran prácticamente para él, pues a sus ojos estaba claro que todos sabían de qué hablaban menos él. Ante sus ojos curiosos, Brahms decidió proseguir, mirándole directamente.

—Puede uno intentar conseguir renombre individual como músico. Esto se hace obteniendo, normalmente, el puesto de solista en alguna orquesta, o incluso como solista nada más, hasta que los propios compositores o anfitriones demandan a esa persona explícitamente para interpretar sus piezas. Es un camino más complicado y requiere de bastante esfuerzo personal, pero no es imposible.

—Desde luego que no —intervino Strauss—. Hay muchos compositores que tenían y tienen un músico predilecto.

—¡Anda, claro! El mío es Johann Strauss —alegó con tono de obviedad Johannes Brahms, haciendo reír a los otros tres. Bien era conocido en el amplio panorama musical la admiración que abiertamente profesaba el de la barba blanca a su colega.

—Es usted un chancero, Johannes. No se confíe ninguno de ustedes —advirtió Strauss—, con sus amables palabras tiene conquistada a mi esposa.

—¡Vaya, hombre! No existe en mí tal pretensión. Aún no he conocido a la futura señora Johannes.

—¡¿Señora Johannes?! —se sorprendió el primero abriendo mucho los ojos. Decididamente, aquella salida era algo nuevo.

—Eso es, ¿qué problema hay? Está bien, está bien, ya no bebo más —se excusó el aludido.

En ese momento el señor Edelstein aprovechó para acercarse hacia Vash y susurrar discretamente:

—¿A que resulta prácticamente imperceptible que Johannes es más joven que Johann? Es esa barba blanca, le hace parecer un abuelo afable—bromeó.

—No me lo creo —contestó atónito el suizo.

—Pues sí, así es. ¿Verdad que parecen un matrimonio viejo?

En este punto Vash tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para aguantar la risa. Fue una experiencia dura; jamás había pasado por algo semejante con anterioridad. De repente se hizo el silencio, y los ojos de los dos invitados se clavaron en ellos, con una mirada que al suizo llegó a parecerle inquisitiva. Incluso para eso estaban sincronizados, pensó el buen rubio tratando de no reír. El anfitrión no parecía temer en absoluto que sus palabras hubieran sido escuchadas, y actuaba con esa naturalidad tan propia en él que, para rabia y carcoma de Vash, siempre acababa conduciéndole a buen puerto.

—Acabo de tener una revelación —anunció entonces Brahms, mientras Strauss asentía con gesto de convicción—: ¿y el Certamen de Invierno? Ese concurso es sólo una vez cada dos años, pero bien es cierto que todos los músicos que han ganado y, de hecho, muchos grandes finalistas, se encuentran hoy trabajando en sus respectivas áreas. Acaso al señor Zwingli puede interesarle.

El señor Edelstein quedó callado, y lo mismo sucedió con Strauss, quien pareció sumirse en un extraño estado de meditación. Llevándose una mano a la barbilla, el hombre de lentes y ojos violetas pareció divagar un rato, mientras el suizo y Brahms esperaban su reacción.

—...Podría funcionar —concedió finalmente, aún con la vista perdida en el infinito.

—¿En qué consiste? —se atrevió a preguntar Vash hablando voluntariamente por primera vez, sintiéndose algo más cómodo en compañía de tanta gente. Tal vez era por lo franca y amable que resultaba, en verdad, la actitud y presencia de Johannes Brahms. O tal vez porque el tema resultaba para él de particular interés.

—El Certamen de Invierno es un concurso para músicos, compositores, cantantes y bailarines. Tuvo su origen en Viena, dando comienzo el uno de enero y terminando el día seis, en Heilige Drei Könige. Es un acontecimiento que reúne a mucha gente importante; por poner un ejemplo sencillo, a día de hoy suele formar parte del jurado el director del Ballet de la Ópera de París, el director de la orquesta filarmónica de Viena y cada vez más asiduamente el director del Teatro Bolshói de Moscú. Aun así, esto es una concepción muy general de la idea, porque le digo que, en verdad, hay muchísimas personalidades de diferentes ámbitos artísticos para juzgar las diferentes disciplinas. Tiene, además, cierto grado de incertidumbre adicional.

—¿Cómo es eso?

—Eso es debido a que se elige a un determinado número de personas de entre los asistentes, gente del público, de la audiencia, que también juega un papel crucial a la hora de dictaminar al vencedor. Y no es necesario que el público tenga conocimiento de nada; de este modo se juzga la capacidad de impresionar al mismo que tiene el artista —explicó de nuevo el anfitrión a su invitado.

—Vaya... —se asombró el suizo. Jamás había oído hablar de algo así.

—Es todo un festival, es un acontecimiento asombroso; los artistas invitados también crean delicias. Yo mismo estuve de jurado hace tres años en Londres, y Johann participó en la siguiente edición, celebrada en Moscú. Aún recuerdo la cara de Wagner y sus miles de réplicas contra el frío invernal ruso —rió Brahms sonoramente, dándole a Vash un vuelco el corazón de manera inevitable al escuchar el nombre de su maestro. Negó con la cabeza; tenía que empezar a acostumbrarse.

—Es cierto, muchos problemas se presentaron ante algunos concursantes debido al frío; enero no es un buen mes para viajar a Rusia —matizó entonces el señor Edelstein.

—¿Tan lejos hay que ir? —se asombró el helvético, tan torpe en el conocimiento lo que a la música envolvía. Había tantas cosas que desconocía, tantísimos hechos y acontecimientos que de seguro le interesarían y que ignoraba por culpa del mero desconocimiento, que había terminado sintiéndose desarmado por un instante y cediendo a la primera pregunta que inocentemente afloró desde su garganta.

—Ha adquirido la mala costumbre de rotar —aseveró Brahms—. Yo como austrida gustaba de que se celebrase aquí siempre, pero, por otro lado, tampoco está del todo mal viajar. De este modo se conocen a genios de otros países que no tienen la capacidad de hacer esos desplazamientos. Aún tengo presente al tenor ruso que ganó en la edición de San Petersburgo; se me eriza el vello sólo de recordarlo. Su primera representación fue un Adeste Fideles a capela, dado que nunca antes había cantado con músicos por falta de dinero y medios, y sólo lo hacía en su casa y en su pueblo. Para cuando llegó la segunda y última representación, se había aprendido a la perfección El Coro de los Peregrinos del Tannhäuser de Richard Wagner, todo un genio. La música que le acompañó por gentileza de la organización quedó casi eclipsada por su voz. Nos quedamos todos anonadados. A día de hoy es un hombre adinerado y con mucho trabajo, a menudo es invitado al concurso para amenizar las jornadas. Con un poco de suerte, se le verá por aquí en enero.

—¡Cierto! Este año el certamen es en la Musikverein, casi lo olvido —se sobresaltó el señor Edelstein—. ¿En qué piensa usted, Johann? Hace rato que divaga.

—¿Yo? —se sorprendió el aludido—. Bueno, confieso que, ciertamente, hay algo que me ronda por la cabeza desde hace unos minutos...

—¡Diablos, pues hable! ¿De qué se trata ese concepto tan aparentemente secreto? —inquirió Brahms extendiendo los brazos.

Strauss se giró hacia Vash y dirigió hacia él su mirada, apoyando los antebrazos en las rodillas y entrecruzando los dedos.

—¿Me creería si le dijese que hace rato que tengo la sensación de haber oído su nombre antes? No sé a resultas de qué puede ser, pero tengo la figuración de que alguna vez he escuchado a alguien pronunciar Vash Zwingli a mi vera, antes de siquiera conocerle a usted.

Los tres quedaron en silencio, mirando sorprendidos por igual a Johann Strauss. El aludido estaba más bien incapacitado para el habla, en comparación a los otros dos hombres que no podían creer cuanto sus oídos percibían. Quería explicarle al señor Johann Strauss lo mucho que había apreciado a su hermano mayor, que había sido para él de mucha inspiración y ayuda, que sentía enormemente su pérdida aún hoy en día.

—Disculpen, caballeros —interrumpió entonces la voz de Eirene—. La señora Strauss se halla en un carruaje en la entrada. Ha anunciado que no es su pretensión entrar a disfrutar de ningún convite, sino, por el contrario, lograr que su marido salga del lugar cuanto antes.

El señor Strauss se tapó la cara con la mano, al tiempo que dejaba escapar un suspiro en forma de nombre:

—Angelika...

Brahms soltó una risa sonora y el señor Edelstein una discreta, dado que ambos, en mayor o menor medida, conocían la indiscreción y los roces que tenía su amigo con su nueva esposa. Poniéndole una mano en el hombro, Brahms se incorporó.

—Ea, será mejor que se levante; volveremos otro día, cuando la idea de visitar a nuestro amigo Roderich no surja tan in promptu como se le ha ocurrido hoy, que hemos venido arrastrados por la pasión. De seguro tenía algo que hacer que se le ha olvidado.

—Sí, supongo que tiene razón. Lo lamento profundamente, Roderich, señor Zwingli. Marcho con mi esposa, con deseos de poder reunirnos de nuevo en otro momento. Lamento mucho tan súbita pregunta, señor Zwingli, seguro que han sido figuraciones mías.

—Claro. No es problema ninguno, Herr Strauss.

Por otro lado, tal vez era mejor no importunar a tal genio con heridas del pasado. No eran muchas cosas las que realmente anhelaba decir, y a pesar de lo inesperado que resultó ser para él sentir que Josef Strauss había hablado de él a sus hermanos, vivía en su interior la sensación de no querer perturbar a tan gran músico como lo era Strauss con los problemas de un pequeño trabajador de imprenta como lo era él.

—Sea, nos veremos pronto entonces, espero —se despidió apretando fuertemente las manos de ambos—. ¿Quiere que le acerquemos hasta algún lugar, buen amigo?

Brahms terminó de despedirse de los dos antes de contestar.

—Pues ahora que lo menciona, no me vendría nada mal que... —escucharon decir antes de que los dos desaparecieran en dirección a la puerta principal, acompañados en todo momento por la eficiente Eirene.

Volvieron a quedar ambos a solas, dejando a Vash con la sensación de que lo que había ocurrido era del todo irreal. La voz del señor Edelstein interrumpió, entonces, el curso de sus pensamientos.

—Buenos músicos, ambos —sonrió.

—Desde luego —afirmó Vash, siendo capaz por primera vez de opinar en una conversación referente a música en mucho tiempo, dada su ignorancia del panorama de su disciplina.

—Ya comenzaba a echarles en falta... —suspiró— Tal vez Johann sea más romántico, sus obras son exquisitas. Probablemente por eso su padre terminó por odiarlo tanto. La envidia envenena las almas, señor Zwingli. Aun así, y a pesar de lo mucho que me gusta la música de Johann, creo que Johannes es mejor músico, viéndolo de una manera objetiva —explicó mientras guardaba el alcohol de nuevo en el armario. El suizo se detuvo un momento a pensar cómo podría juzgarse a un músico de manera completamente objetiva, sin llegar, empero, a ninguna respuesta—. Y creo que ha tenido, de un modo u otro, una idea a considerar. ¿Desearía usted presentarse al Certamen de Invierno? Requerirá mucho trabajo por parte de ambos, pero puede que merezca la pena.

Vash no necesitó pensar mucho su respuesta, esta vez. Se trataba de un concurso, festival, o lo que quiera que fuese en el que la gente con más talento se reunía dispuesta a obtener un nombre en el mundo de la música. Había surgido en él tiempo ha la necesidad de visitar ese lugar, la necesidad de conocerlo y de ver cuánto talento podría reunirse. Porque él, por encima de todo, amaba a la bella música.

—No importa; trabajaré.

El señor Edelstein quedó inmóvil unos instantes, formándose una sonrisa poco a poco en su rostro.

—¿Es eso un sí?

El suizo asintió, manteniendo la mirada fija en los ojos de su anfitrión como seña de decisión.

—Entonces —dijo el moreno tomando un discreto calendario que descansaba encima de una mesita casi imperceptible— nos quedan seis meses y medio... Habrán de ser intensos, esos seis meses —añadió al final con una leve inclinación de cabeza, augurando el trabajo que les esperaba.

Vash nunca habría esperado que aquella oración se fuese a adaptar tan bien a su futura realidad, o eso pensaba en un futuro mirando hacia tan lejanos días.

Capítulo Octavo - Fin


Sí, lo sé, han estado esperando todo este tiempo para que el capítulo no consista más que en una conversación. Siento si os parece poco, de verdad. De todos modos... ¡chan chan! Un concurso, esas cosas me emocionan mucho. Veremos qué gente aparece por esos lares, de verdad que siento tremendas ganas de escribirlo, si tan sólo tuviera más tiempo... Pero bueno.

Johann Strauss II y Johannes Brahms eran dos músicos de gran renombre, famosos aun a día de hoy, que eran además grandes amigos. El carácter del que les he dotado a ambos es un poco el que me transmiten sus fotografías y sus músicas, Brahms me parece un hombre afable. Angelika Dittrich fue la segunda esposa de Strauss (se casó en 1878 tras la muerte de la primera), pero terminó separándose de ella porque no terminaban de entenderse bien: a ella no le gustaba mucho su música, se decía que era muy indiscreta... Actriz y músico no parecían estar hechos el uno para el otro (de hecho Strauss cambió de religión y hasta de nacionalidad para divorciarse de ella). Johannes Brahms no se casó nunca, se dice que estaba involucrado en una suerte de amor platónico hacia la pianista Clara Schumann, esposa de su amigo Robert Schumann (que murió en 1865, por cierto). Nunca se ha sabido con certeza qué clase de relación mantenían, aunque sí se sabe que al final hubo un gran distanciamiento entre ambos (del que se desconocen los motivos).

Johannes Brahms tuvo una carrera musical excelente; Hans von Bülow le hizo parte de lo que él llamaba las tres bes o la santa trinidad, junto a Bach y Beethoven. Lo cierto es que es un gran músico, adoro muchas de sus obras. Strauss tuvo más problemas. Su padre era ya un músico reconocido y al parecer no llevaba nada bien eso de que su hijo quisiera seguir sus pasos; sólo le apoyó su madre. Por el contrario, al ser descubierto por su padre, Johann recordaría "una desagradable y violenta escena" y que su padre "no quería saber nada de sus planes musicales". Al parecer, en lugar de evitar que Strauss se convirtiera en su rival, el padre quería apartar a su hijo de los rigores de la vida de músico. Fue entonces cuando Strauss padre abandonó a la familia y encontró una amante, Emilie Trampusch, cuando Johann tenía 17 años y había decidido concentrarse plenamente en la carrera de compositor con la ayuda de su madre. Pero bueno, como ven Strauss hijo salió adelante con sus planes, no fue tanto como la traición paternal de la familia Bernoulli (matemáticos, eso es otra historia).

La Wiener Musikverein de Viena es un edificio que alberga varias salas de conciertos y demases, que se abrió al público el 6 de enero de 1870. La sala principal es famosa por su acústica, que la sitúa entre las tres mejores salas del mundo en lo que respecta a la sonoridad, junto con el Symphony Hall de Boston, y el Concertgebouw de Ámsterdam. Es la sede de la Orquesta Filarmónica de Viena.

Yyyyyy aquí termina todo el enorme texto que les dejé casi más largo que el capítulo sobre cosas varias, siento enrollarme más que las persianas *risas*. Muchas gracias por leerme, y también, de corazón, por tenerme paciencia.

Bou.