Halloween

Halloween llegó y cayó en sábado, lo que hizo que todos los alumnos – de tercero para arriba – tuviesen el día para ir a Hogsmeade, que se llenó de risas, gritos y carreras. Los merodeadores y las tres chicas no dudaron en bajar para unirse a la celebración; compraron un montón de dulces y bromas, jugaron a una guerra de nieve, y luego, exhaustos y eufóricos entraron a comer a las tres escobas. Volvieron a Hogwarts a punto para cambiarse de ropa y bajar a la cena.

Aquel era el primer banquete de Halloween de Alex, dado que en su antiguo colegio ni lo celebraban de forma oficial. Así que, tras haber oído a sus amigos sobre las decoraciones y la comida, estaba ansiosa por que comenzase el evento. Tras ponerse la túnica y el uniforme, las tres chicas bajaron y esperaron un buen rato hasta que los merodeadores decidieron bajar y se fueron todos juntos hacia el Gran Comedor.

Al entrar, Alex soltó una risa de pura delicia al ver las calabazas flotantes, los fantasmas, que se reunían todos en la sala, las velas voladoras, y todo rodeado de un ambiente cálido y distendido.

Te gusta?

Me encanta – rió la chica – No había visto nada tan decorado desde que fui a EEUU

Sí, los americanos celebran Halloween mucho más que nosotros – dijo Lily.

El banquete fue muy divertido entre bromas y risas acabaron de los últimos, cuando ya los profesores les iban echando a sus respectivas casas, y daban advertencias para aquellos a los que se les ocurriese estar de paseo por los pasillos tras el toque de queda. Los seis amigos se dirigieron a Griffindor, y se sentaron en los sillones de la sala común, frente al fuego, y hablaron hasta que los seis bostezos seguidos de Lily les hicieron reír y Remus comentó que ya era hora de irse a la cama.

Alex subió y se puso el pijama, metiéndose de inmediato entre las sábanas y dando las buenas noches a su prima y su amiga, quedándose dormida casi de inmediato. Cuando le parecía que solo llevaba dos minutos dormida, notó que alguien le sacudía el hombro y repetía su nombre dulcemente en un susurro. Gimió dormida y se dio la vuelta, acurrucándose bajo sus mantas. Oyó una risita y se decidió a ver quién parecía no querer dejarla dormir.

Sirs? – dijo un poco desorientada, viendo al merodeador a la cabecera de su cama.

Shh – susurró el otro, tapándole la boca con suavidad – ven conmigo, quiero enseñarte algo.

Mmm, voy. Espera que me ponga la bata.

Alex se puso la bata y se calzó los primeros zapatos que encontró. Luego siguió a Sirius hasta la sala común, donde le esperaba el joven, en pijama también, con una bata y con una mochila al hombro.

Sirs! Sabes que hora es? – preguntó bostezando.

Ya, pero merece la pena, ya lo verás

Cómo has subido? Se supone que hay un hechizo para que no puedan subir chicos – dijo Alex cada vez más despierta.

Secreto de merodeador – sonrió el moreno con una sonrisa matadora.

Alex sonrió y Sirius sacó una capa de la mochila y haciéndole un gesto para que se acercase, les cubrió a ambos. Los ojos de la joven se abrieron por la sorpresa, miró a Sirius interrogativamente y este respondió en un susurro en su oreja "Es de James". Alex sintió un escalofrío ante la cercanía del joven, pero intentó camuflarlo. Anduvieron para arriba, entre pasillos y escaleras sigilosos como fantasmas, y la chica se preguntaba a dónde estaría llevándola el moreno. De pronto pararon ante una puerta muy gruesa de madera, y Sirius se volvió a su acompañante y dijo de nuevo con esa sonrisa que hacía que las piernas de Alex se volviesen de gelatina.

Cierra los ojos – la joven sonrió y se dejó llevar por él – No los abras eh?

No – rió ella – Sirs, a dónde me llevas?

Ya lo verás. No abras los ojos, eh? Cuidado un escalón.

Vale – avanzaron a trompicones unos metros y Sirius paró a la chica y se puso detrás de ella.

Ahora… ábrelos.

Alex ahogó una exclamación al ver el magnífico espectáculo que se ofrecía a ella. Estaban en un balcón, en una de las torres, en piedra y sin más iluminación que la luna, casi llena que brillaba en el cielo. Todo el cuarto estaba lleno de enredaderas que le daban un aspecto encantado a la sala, y tras el balcón… una vista de ensueño. La luna soltaba sus rayos sobre los terrenos del castillo y el bosque prohibido, tiñéndolo todo de color plata. El lago refulgía y reflejaba el satélite en todo su esplendor.

Merlín – susurró Alex, como temiendo que si hablaba muy fuerte se rompiese esa tranquila atmósfera y desapareciese el encanto – es precioso.

Te gusta?

Me encanta es… es tan bonito! Me gustaría poder pintarlo para mirarlo siempre que pudiese.

Sí, yo también he querido hacerlo. Pero de esta forma tiene más encanto. Ven, siéntate.

Sin apartar los ojos de la vista, la joven se sentó entre las piernas de Sirius, que estaba apoyado en la pared que cerraba el cuarto, y miraron ambos hacia delante, observando sin impedimentos la vista, pues el balcón no tenía barandilla. El merodeador sacó otra de las capas – una estaba en el suelo a modo de cojín – y se cubrieron ambos con ella, dejando solo fuera las cabezas.

Hace mucho que conoces este sitio?

Sí – repuso él – solía venir aquí cuando tenía algún problema… es un buen sitio para pensar. Pero nunca había traído a nadie.

Gracias – susurró Alex al oír eso.

Quería compartirlo contigo. Ahora, mira… dentro de nada van a salir.

Eh? Quienes?

Mira – dijo solamente el chico.

Y de entre la espesura del bosque, salió un magnífico unicornio, brillando como una gema a la luz argenta de la luna, Alex contuvo la respiración, al ver como se acercaba a la orilla y bebía. Su maravilla creció cuando uno a uno, toda la manada de unicornios, se unieron al primero, bebiendo del lago, recostándose en el pasto o simplemente corriendo de un lado para otro.

Cielos.

Lo sé… es increíble.

Sí – dijo ella sin encontrar palabras para expresarse.

Allí estuvieron en silencio un buen rato, envueltos en paz, silencio y tranquilidad, resguardados del frío por la gruesa capa de pieles y la mutua cercanía. Alex no pudo evitar pensar que aquella era una situación terriblemente romántica, y una sonrisa cruzó sus labios al darse cuenta de que no querría compartirla con nadie más que con Sirius. Miró al cielo, a las estrellas, y sonrió aún más. Adivinando su sonrisa, el merodeador le susurró al oído.

Recuerdas cuando las observábamos juntos, las constelaciones?

Sí, podíamos pasarnos noches enteras mirando al cielo.

No ha cambiado. Yo sigo mirando al cielo, a una estrella en particular. Sigo buscando Rigel, incluso sin quererlo. Y me acuerdo de ti cada vez que la veo…

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Sirius y Alex se tumbaron en la playa sureña, mirando el cielo plagado de estrellas y sonriendo al contemplar la hermosa vista. Se habían escapado de sus respectivos dormitorios y allí estaban, abrazados, mirando la inmensidad del espacio.

Aquella es Rigel – dijo Sirius a su atenta compañera – una de las estrellas más brillantes del cielo.

Me encanta – contestó Alex con los ojos brillantes.

Te pega mucho – rió el moreno – y sabes? Rigel es parte de la constelación de Orión… qué coincidencia, verdad? Es normal que te guste, además, te pega.

Ya, dices eso porque es parte de tu constelación.

El joven solo volvió a reír y se colocó encima de la chica junto a él, mirando como la luna jugaba a dibujar sombras en su rostro y sus cabellos. La besó, intensamente, allí bajo la bóveda celeste. Allí comenzó todo… todo lo que acabaría con un joven huyendo asustado por la intensidad de sus propios sentimientos.

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El moreno volvió al presente, para ver como Alex le observaba con sus hermosos ojos brillando a la luz de la luna. Ella solo susurró su nombre, en una pregunta muda.

No quiero perderte, Alex, quiero estar contigo, y no solo como tu amigo. Quiero salir contigo, ser tu novio.

Sirs… yo, a mí me encantaría salir contigo… pero tienes que entender que yo sí que quiero que me seas fiel, he oído de todos tus amoríos, y si queremos intentarlo, tiene que ser una relación exclusiva.

Por supuesto – dijo el joven sin una sola duda – no pensaría nunca en serte infiel, Alex, nunca lo he sido con nadie. Tal vez haya tenido muchas aventuras, pero cuando salía con alguien, salía solo con ella.

Se hizo un largo silencio, ambos se miraban, examinándose para ver si sus sentimientos eran sinceros, para saber que aquello era el comienzo de algo bueno. Y sonrieron inconscientemente, sabiendo que con el otro serían más felices que nunca. Sirius rió y abrazó aún más estrechamente a Alex contra sí, pletórico de felicidad.

Merlín!!! No sabes lo contento que puedo estar!!!

Y yo – rió a su vez la castaña – lo llevo deseando desde que nos volvimos a ver.

En serio?? Pues bien que lo disimulaste ¬¬

Oye!! – Alex se hizo la ofendida.

Alex… esta vez quiero hacer las cosas bien; ya llegamos al final, y quiero que empecemos por el principio. Tomárnoslo despacio, ir paso a paso…

Gracias

Porqué?

Porque me has demostrado que me respetas, y que realmente te intereso. Yo también quiero ir lento, quiero oportunidad de conocerte mejor…

Bien, entonces empecemos por el principio: te apetecería salir mañana a dar una vuelta por los parques?

Sí – rió ella feliz – me encantaría.