¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!
By Silenciosa
Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el puro disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen (:
Capítulo VIII. De ventanas y pequeños mundos.
"I was born in another world
strictly connected to a piece of my mind.
Nothing more than a little land,
it is a small cradle where I'm a kid.
(...) As you see, I'm the only survivor in this land."
Extracto tema To myself I turned de Lacuna Coil.
жжжжжж
Craig Benjamin Tucker se sentía agitado. Muy nervioso. Los malos presentimientos son venenos suministrados a base de cuentagotas; no matan pero hacen sufrir lo indecible para aquellos quienes los padecen. Por primera vez en su vida, asumía que perdía el control sobre sí mismo. Ser incapaz de soportar sus emociones lo descolocaba por completo. Deseaba resarcirse destrozando cosas y aún así se contuvo. Estaba histérico. Su pecho ardía hasta lastimarle; si se lo hubiesen abierto en medio de un bosque, quedaría carbonizado hasta el más insignificante arbusto.
El camino de regreso a casa lo hizo solo. Nada más llegar y tomar un baño, supo perfectamente que no podía quedarse demasiado tiempo en su habitación por mucha tranquilidad que se exigiese a sí mismo. Su habitación, el impenetrable fortín en el cual se había ocultado desde niño, se había convertido de repente en el lugar más hostil del planeta. Cada rincón habido entre aquellas cuatro paredes le recordaba a Kenny. Durante un mes Craig había convivido con Kenny en su habitación sin que nadie, absolutamente nadie, lo supiera. Ni tan siquiera sus padres o su hermana Ruby habían sido conscientes de ello. Ni sus amigos. Nadie. Después de la discusión que había tenido con el chico tan rubio cual albino, tras el entrenamiento, se resignó al pensar que Kenny jamás volvería a poner un pie allí. Puede que incluso jamás volvería a poner un pie en su vida. Kenny no le volvería a dirigir la palabra, de eso estaba seguro. Craig se sentía culpable después de todo.
¿Fue apropiado el haberle dicho la verdad a Kenny? En el fondo sabía que hacía bien. Había hecho lo mejor para Kenny. Puede que no para él, pero sí para Kenny. Craig había desestimado la idea de seguir adelante con su relación con Kenny porque estaba poniendo demasiado en juego y sabía que tenía todas las de perder. Sólo necesitaba que Stan tendiese la mano para que Kenny lo siguiera. Y, aunque a Craig le gustaría equivocarse en sus indagaciones, los malos presentimientos le advertían de lo contrario. Ser sustituido no es malo... siempre y cuando al que se ha sustituido quede desterrado al olvido. Y Stan seguía ahí, rondando cual mosca cojonera en la vida de McCormick.
¿Cabría la posibilidad de que Kenny lo escogiese a él después de todo lo que habían vivido juntos y no a Stan como creía tácitamente? Sí, podría tener esa posibilidad. Pero lo veía todo tan claro ante sus ojos que le costaba asimilar ninguna otra opción. Craig tenía el mal presentimiento de que la suerte no iba a correr de su parte.
"Fue todo tan extraño, Craig", le había dicho Kyle muy apesadumbrado, aunque desencajado con una sonrisa frustrada, cuando había estado hablando con él en el aula. "Nunca he visto a Stan así, tan dolido y frustrado. Yo he discutido mil veces con Stan, pero jamás, jamás en la vida lo he visto tan hecho polvo después de discutir con Ken. ¿Sabes? Creo que es la primera vez que ellos dos discuten. Y, joder, quizá me equivoque, pero era como si hubiesen estallado, como si se hubieran estado guardando ese resentimiento no de ahora, sino desde hace mucho, mucho tiempo atrás. Eso me hace sentir idiota, Craig. En parte, porque nunca supe hasta qué punto era de importante para Stan su amistad con Ken."
Se enfureció consigo mismo pensando en por qué había dejado que todo aquello hubiera pasado entre Kenny y él. ¿Si tenía noción de lo que podía pasar entre Kenny y Stan, por qué siguió con Kenny? Muy fácil: se había enamorado hasta las trancas que muy poco le importó ser la segunda opción. Y si había ido a hablar con Kyle fue por una razón más obvia que la anterior: si ayudaba a Kyle, le sería más fácil quitarse a Stan de en medio. De todos modos, de poco le había servido. Finalmente, Craig había optado por romper con Kenny. Lo mejor era dejar que Kenny se sintiera libre de escoger. De pensar con detenimiento en lo que sentía y que aclarara sus sentimientos de una vez por todas. O era Stan o era él. Uno de dos.
Tampoco fue tan malo sincerarse con alguien. En verdad, Kyle había sido una especie de sorpresa agradable para él, de esas que no se esperan ni por asomo. Había descubierto que Kyle estaba tan desorientado como él con el tema de su sexualidad y de su enamoramiento no recíproco hacia otra persona. Aparte de eso, ambos tenían muchos rasgos en común. Y es que había algo insondable en Kyle Broflovski. Por la habitual expresión de su cara y su voz no resultaba fácil adivinar qué pensaba, qué sentía.
Craig, estando acostumbrado siempre a desvelar personalidades con facilidad, encontrarse a alguien tan complejo como él, era toda una evidente sorpresa. Y, de la misma manera que él, Kyle parecía disfrutar con ello, envolviendo a la otra persona en humo. Era tan astuto como Craig reconocía que lo era a su vez. El llamativo rostro de Kyle adoptaba expresiones completamente opuestas o sin ninguna relación con lo que, en el fondo, pensaba. Quizá, por ello, Kyle había ocultado sin problema lo que sentía por Stan durante tantos años. Se imaginó las veces que Kyle había discutido con Stanley sin dejar entrever cuán profundo podía hacerle daño.
Cuando quedó vestido, abrió la ventana de su habitación de par en par para que la luz y el calor de los rayos del sol de la tarde calentaran el interior. Quedó mirando hacia fuera absorto, intentando no pensar en nada. Un sinfín de casas de ladrillo dispuestas en hilera abarcaban por completo los dos flancos de la calle. La ventana de su habitación daba justamente al patio trasero de la vivienda. Cerca, un ceanothus, un arbusto que parecía un pequeño arbolillo reptante, se había buscado sitio contra la pared exterior del patio y subía por ésta apoyado hasta alcanzar la segunda planta. El ceanothus estaba casi a la altura de su ventana, a menos de medio metro por uno de los extremos. Estaba en época de floración. Gruñó disgustado nada más tener noción de que las florecillas eran del mismo color, de un azul índigo inmaculado, que los ojos pertenecientes a Kenny. ¿Era normal que ahora todo le recordase a aquel chico? Bufó de nuevo, con mayor frustración si cabe. Corrió las cortinas y regresó a su pequeño mundo.
Encendió el equipo de música. ¿Qué último disco había escuchado? El inicio de la conocidísima melodía de Smoke on the Water de Deep Purple comenzó a resonar en sus oídos. Esbozó una mueca. Sus padres y los médicos advirtieron por primera vez su sinestesia cuándo él, siendo muy pequeño todavía, le había preguntado extrañado a su padre por qué se llamaba la banda Deep Purple cuando su música era prácticamente verde todo el tiempo y no violeta profundo. Deep Green hubiera sido mejor nombre para la banda. O eso creyó siempre Craig hasta que le dijeron que él era una de entre casi seis mil personas en todo el mundo capaz de escuchar colores o, como viene al caso, ver sonidos. ¡Qué aterradora noticia cuando supo que las personas normales no veían sonidos! ¿En serio podían existir las personas sin ver las vibraciones de colores que emitían las cosas? A partir de ahí vinieron a su vida psiquiatras, neurólogos, test y pruebas de verificación y los medicamentos para la migraña que muchos especialistas asociaron a su sinestesia.
Aquel tema musical lo llevaba directamente a pensar en Kenny. Nació una punzada de dolor acompañada de un sutil nudo de garganta que vino a pies juntillas. De repente, las latentes palpitaciones de la migraña nacieron y casi cae rendido contra el suelo incapaz de soportar emocionalmente los acordes coloridos que bailaban ante sus ojos y que lo arrastraban obligadamente al recuerdo. No sabía si le dolía más la migraña o recordar pedacitos de pasado. Sus sentidos deseaban despertarse cuanto antes, pero el sistema de músculos también cedió ofreciendo resistencia. Recordar es nostalgia. Y la nostalgia, a veces, viste de negro.
Recuerdos. Sonidos. Imágenes acompañadas por colores. Todo estalló con un fuerte boom silencioso dentro del cerebro semejante a un latido de corazón. Por eso no le gustaba alterarse. Por eso mismo tenía que ser tácitamente frío. Siempre. Si no ponía control a sus emociones, éstas, a partir de la sinestesia, lo harían por él y sin ningún tipo de consentimiento. Casi movido por el instinto atacado por el dolor de la fuerte migraña, se dirigió tambaleando a su baño personal y abrió desesperado la ventana del espejo de baño y sacó un frasco de pastillas. Abrió el frasco torpemente, sus manos temblaban, y dispuso dos píldoras en la palma. Dejó colarse una más. Se las tragó, abrió el grifo y se inclinó para que su boca alcanzara el chorro de agua fría y beber de ella para tragárselas. Luego se empapó la cara y su corto pelo azabache. Cerró el grifo. El ataque tardaría en remitir. La frente de Craig quedó apoyada contra el espejo de baño mientras sudaba en frío. El cristal se empapó nada más estar en contacto con su rostro mojado y por la calidez de su aliento. Respiraba hondo mientras que sus manos se agarraban fuertemente al borde del lavabo. El dolor era terrible. Un dolor de cabeza normal multiplicado por mil. Maldita migraña. Maldito recuerdo.
Smoke on the Water seguía sonando de fondo en agudos verdes. Tan reverdecido como una selva tras amainar una tormenta tropical.
Craig cedió y recordó.
El día anterior, después de ser echado de clase de Lenguaje y Literatura por el profesor Smith, plantarle cara al señor Mackey y Kenny venirse con él —en más de un aspecto—, habían aprovechado el solitario vacío de casa, sin los señores Tucker ni la cotilla de su hermana Ruby, para estar los dos a su rollo sin ser descubiertos. Su familia no llegaría hasta las tres de la tarde y Kenny no entraba a trabajar hasta las cinco. Tendrían tiempo de sobra para pasarlo juntos. Después de una primera ronda de sexo, Kenny se había despertado, se había medio vestido junto a él y había puesto el CD en el equipo de música, elevando un poquito más el volumen de lo normal al no haber ningún tipo de control parental. Puso uno de sus temas preferidos de Deep Purple.
Kenny estaba medio desnudo, pecho al descubierto y vaqueros desabrochados con la gomilla negra del calzoncillo entreverse y el hilillo rubio escalando hasta el ombligo. En algún momento Kenny había ido al baño y limpiado de su bajo vientre las evidencias de disfrutar con Craig. Kenny se volvió hacia él; su rostro siempre estaba anclado en una penetrante sonrisa, a pesar de todo el mar de crueldad y tristeza en el que había navegado desde niño. ¡Y su hipnotizante pelo tan claro, de por sí blanquecino! Aquel cabello pintoresco, besado por el sol como una pálida claridad a modo de nimbo, como un resplandor de ensueño que siempre brillaba en torno a su rostro. Craig le asombraba este hecho, y no por sentir debilidad por los chicos de pelo claro, que también podía ser una opción bastante obvia. Aunque resultase extraño, Kenny llevaba el cabello igual siempre. Por los hombros, recto, ondulado pero no excesivamente, semejante a un día de marejada en la costa. Siempre, siempre igual. No variaba, ni le crecía ni lo tenía más corto. Era como si alguien hubiese trazado su cabello, pelo por pelo, con una regla. Y todo ello con una minuciosidad digna de Dios, y de toda la corte de ángeles y santos rendida besándole los pies.
Unos ojos de azul intenso lo miraban de lejos. Raros, terribles pero excitantemente raros. Demasiado intensos. Demasiado grandes: como si quisieran verlo todo y como si lo hubiesen visto todo a su vez. Retinas demasiado vivas para ser reales. Más que el cobalto y el azul ultramar, del mismo color que el aura supremo. Parecían irreales, como pintados a base de aerógrafo. Extraterrestres. Éstos apenas parpadeaban. En realidad, Kenny a veces parecía que ni siquiera respiraba. Así de quieto como estaba en aquel momento, podría hacerse pasar por una escultura de total reminiscencia erótica. Ni todos los gogós de Las Vegas, Mykonos, Ámsterdam e Ibiza juntos podrían superarle en belleza.
Seguidamente, Kenny se acercó y se desplomó sobre su cama, a su lado. Sus cabellos ahora descansaban sobre el blanco poluto de las almohadas. Era difícil quitarle los ojos de encima y no querer regocijarse en su latente plenitud y belleza. Estando acostado, Kenny encendió un Chesterfield, se lo entregó y luego encendió otro para fumárselo sin prisas, tarareando la canción y punteando con los pies descalzos en el aire, al ritmo de la música. A su vez, Craig le entregó la botella de Wild Turkey que había tomado prestada, y a escondidas, a su padre Thomas Tucker. ¡No ha habido tejano en este jodido mundo sin su Wild Turkey guardada en la caja de herramientas del garaje! Los dos se pasaron la botella varias veces, en un toma y daca, tomando tragos a palo seco que era como mejor se bebía. Cuando el tema hard rock había llegado al punto álgido, con solos de guitarra y armónicos contrapuntos de batería y bajo, Kenny se había levantado sin previo aviso y comenzó a bailotear y a dar pequeños saltos como loco por toda la habitación. Craig lo observaba sorprendido y entre risas compartidas por ambos. En parte debido a la total falta de timidez y vergüenza del muchacho albino frente a la exacerbada frialdad del muchacho sinestésico.
Reconoció lo bien que sabía moverse el muy condenado de Kenny. En cualquier caso, Kenny estaba radiante. Tan naranja como esa sudadera favorita suya. Mejor dicho, no estaba, lo era. Kenneth Stuart McCormick era radiante. Desprendía una luz que desvirtuaba por completo la sempiterna sombra que acompañaba devota a Craig. Al igual que nebulosas de reflexión, Craig brillaba si dejaba que la luz de Kenny se reflejase en él. Si el Paraíso tras la muerte existiera, su cielo debía de ser naranja, no azul. Un amanecer o un atardecer eterno. De repente, el chico hecho de luz le había arrebatado la botella de entre las manos y empezó a utilizarla a modo de micrófono.
—Fire in the sky!
Cantaba Kenny más afinado de lo que esperaba. ¿Acaso habría ido a clases de canto o algo así? Touché; ser Craig sinestésico audiovisual le haría buscar alguien poseedor de una voz que sonase y se viese bonita. Lo extraño era que Kenny no hablaba mucho, casi como él, y que quizá, por ello, el hecho de haber descubierto su voz sin ser ocultada tras una bufanda o tras una parka, fue para Craig, todo un jodido hallazgo.
—¡Vamos, ven aquí! —le tiraba Kenny por el brazo con toda intención de que se levantara de la cama—. ¡Baila conmigo!
Se rió sin poder evitarlo ante tal invitación, quedando únicamente de pie.
—¿Me ves cara de loco o qué?
—¡Maldita sea, Craig! ¡No es tan malo bailar como crees! Además, nadie te verá: sólo yo te veré. Este es nuestro pequeño mundo.
Aquella última frase agitó la sangre que fluía en sus venas. Kenny le sonrió complaciente, sabedor del hueco que había excavado en su mente. No tardó en que Kenny volviese a tirar de él a expensas de que estuviera intentando zafarse con ayuda de las manos. Los dos reían como niños. Craig intentaba reprimir todas las risas que salían sin querer de sus labios, pero le fue imposible.
Kenny, en sí mismo, era un imposible para él.
—¡Ya te he dicho que no, jodido plasta! ¡Ni de coña! No me gusta bailar ni lo más mínimo.
—¿Y por qué?
—Porque no me gusta. Simplemente no me gusta; me hace sentir idiota.
—¿Y por qué te hace sentir idiota?
"¿Y por qué esto? ¿Y por qué lo otro?", la típica pregunta de un crío insistente que, por mucho que le respondas, saltará con otro porqué y luego con otro y otro…
—Kenneth…
—¡Bah, no seas así! —le rechistó e interrumpió por enésima vez—. ¡Vamos, ven aquí! ¡Tampoco te estoy pidiendo que bailes conmigo una canción romántica de Simon y Garfunkel!
—¡Dios! Preferiría soportar cualquier otro método de tortura inhumano pero no un tema marrón de esos dos.
Kenny rió a carcajada limpia, depositó la botella en la mesilla de noche y los cigarrillos a medio fumar de los dos en el cenicero. Se le acercó a paso decidido. A continuación, Kenny se acercó para abrazarlo y bailar pegado a él. El calor del espíritu de Kenny derretía su frío corazón. A pesar de que la canción fuese movidita, a Kenny le dio exactamente igual: bailaba con él como si de una canción lenta se tratase. Craig intentó frenarlo pero éste más lo buscaba con sus movimientos y más se aferraba a su cuerpo. Le recordaba aquella situación a Stripes, la cobaya que tuvo por mascota cuando tenía la sazón de diez años. El animalillo no paraba de moverse inquieto cuando lo cogía entre las manos nada más sacarlo de la jaula. Así parecía Kenny en aquel momento, intentando resarcirse de entre sus manos que instaban por frenarlo por todos los medios posibles. ¿En el fondo quería que Kenny dejase de bailar? Eso era cuestionable. ¿No odiaba acaso los bailes romanticoides? Kenny rió con ganas, luego rió él contagiado por la alegría inagotable de su compañero.
Finalmente, Kenny frenó el baile. Craig se extrañó. ¿En serio que había bailado? Esgrimió media sonrisa nerviosa. Eso era tan impropio de él, tanto, como para que sus mejillas lo delatasen sin problema. Kenny lo observó complaciente, divertido, disfrutando en silencio de la reacción que le había conseguido sonsacar con la mayor facilidad del mundo. Craig evitó mirarlo, volviendo la cara a un lado, empero éste le frenó al instante con una mano, casi como si lo hubiera estado previendo con antelación. Luego, se volvió a enroscar sus brazos en torno a su cuello y le obligó a que se inclinase un poco hacia delante para quedar cara a cara; a ínfimos centímetros.
Marchando al ritmo de la voz de lo que decía el cantante, Kenny susurró al mismo tiempo, el trozo de aquella letra que sonaba. Su cálido y anaranjado aliento exhalado a un ritmo fijo contra su oído:
—No matter what we get out of this. I know…, I know we'll never forget.
Se miraron a los ojos. Craig terminó con el ambiguo espacio que el otro prolongaba maliciosamente entre sus labios. Lo besó. Sus manos subieron para enredarse en el hermoso cabello platino, acercándolo aún más. Kenny introdujo sus manos bajo su camiseta para acariciar la piel que ocultaba debajo. No contento con eso, Kenny levantó la tela, sus bocas se separaron el tiempo suficiente para que pasara la camiseta color gris por la cabeza de Craig y arrojarla contra el suelo. Sus pieles desnudas chocaron. Sus bocas se volvieron a encontrarse bajo una necesidad ferviente. Sin pensarlo, levantó al joven de diecisiete en brazos. Una hazaña nada fácil porque Kenny, aunque fuese unos buenos centímetros más bajito, no era pequeño. Kenny se aferró a él con las piernas alrededor de su cintura y manteniendo los brazos alrededor de su cuello. Su boca entreabierta se abrió del todo y su blanda lengua entró en su boca. Aquella varonil lengua sabía bien. A bourbon y tabaco. De forma inconsciente, la lengua de Craig correspondió a aquellos movimientos. Como dos serpientes jóvenes que despiertan juntas tras el entumecido invierno y que, llevándose únicamente por el sentido del tacto, se enredan y se devoran la una a la otra en una floresta por primavera.
La siguiente cosa que instintivamente hicieron fue acabar tirados sobre la cama. El cuerpo de Kenny era cálido y acogedor que hasta cierto punto le pareció indefenso. Pero no sudaba. Y él montado sobre Kenny. Podía sentir cómo se presionaba aquel hermoso cuerpo por debajo contra el suyo. También olía el fantástico aroma dulce que la piel de Kenny desprendía. En cualquier caso, su piel transmitía un calor que sólo los cuerpos que desbordan vida son capaces de emanar. A partir de ahí, todo fue instinto, explorándose y tomándose ambos el tiempo para excitarse. Aunque se lubricó, Craig siempre temía que su pene no cupiese. Sin embargo, como otras tantas veces, sin darse cuenta, ya se encontraba dentro de Kenny, quien no había ofrecido ninguna resistencia. El primer embiste fue lento, introduciendo su pene poco a poco para hacerle el menor daño posible. El rostro de Kenny enrojeció entre una mezcla de dolor y placer, al ritmo de un pecho alterado, subiendo y bajando. Todo ocurrió de forma lógica y natural, como algo cotidiano en su pequeño mundo. Cuando llegaron al clímax, quedaron los dos muy quietos, temblando, aferrándose con fuerza. Él eyaculando dentro de Kenny. El orgasmo de los dos flotó en el aire, naranja, y quedó visualizado en la mente de Craig como el recuerdo de una ondulante melodía, hasta desaparecer. Sólo fue consciente en aquel momento de cómo Kenny había alargado el brazo izquierdo y agarró su mano derecha. Craig la sujetó con firmeza, ante aquel par de ojos índigos traídos de cualquier otro mundo menos de éste.
Craig dejó los recuerdos atrás y volvió al presente.
El ataque de migraña había sido largo. Más largo de lo normal. Ni siquiera supo cuánto tiempo había estado así, de pie, apoyada su frente contra el cristal del espejo del baño. Cuando el dolor de la migraña se marchó por donde había venido, sentía un terrible cansancio corporal. Era la primera vez que se sentía tan fatigado después de un ataque de migraña. Tardó unos segundos más hasta que al fin abrió los párpados. Confirmó que el mundo seguía intacto, que el tiempo marchaba por su interminable camino, que él seguía estando allí y seguía siendo el mismo. Su mente regresó, progresivamente, a su sitio y sus sentidos volvieron a funcionar con total normalidad; siempre y cuando la sinestesia formase parte del apelativo "normalidad".
Craig regresó a la habitación y apagó el equipo de música de un plumazo.
Adiós, Deep Purple. Adiós, Kenneth.
Ya para ese entonces sus ojos habían comenzado a arder humedecidos. Craig salió cuanto antes de su habitación sin antes colocarse la máscara que siempre utilizaba nada más salir de allí.
La máscara de chico frío y antipático que todo le importaba una mierda.
жжжжжж
Otra pelotita de papel llegó a golpear contra su indomable pelo rizado color calabaza. Se la quitó con molestia, refunfuñando, al quedar muy enredada entre sus rizos afro, pero aún así se desprendió de ella y no desconectó ni por un solo momento la atención que mantenía con el libro que tenía ante sus ojos, reposado sobre la mesa. Dejó la bolita de papel sobre la mesa, incluso jugueteó con ella sosteniéndola, paseándola entre las yemas de sus huesudos dedos y sin dejar de reflectar los cristales de sus gafas de pasta las letras que leía del libro. Pasaron varios segundos. El sonido de rasgar un papel se escuchó frente al solemne silencio que pululaba por toda la biblioteca. Seguidamente, tras el onomatopéyico ras crujiente del papel, se escuchó el arrugar del mismo. ¡Crush, crush, crush! Y, de nuevo, otra pelotita fue lanzada y estrellada contra él. También directamente dirigida contra su pelo.
—¡Joder, Cartman! ¡Deja de tirarme pelotas de papel!
Kyle Broflovski había alzado tanto la voz debido a la pérdida de los nervios que muchos de los estudiantes voltearon sus indiscretas miradas hacia él. Dejó de mirar a los interesados y se dirigió a la persona que había propiciado el nacimiento de su insípido malhumor. En torno a la mesa había una pila enorme de libros. Era como si se hubiese construido una muralla de hojas de papel y tapas duras delante de él. Alzó un poco sus ojos color verde kiwi de su fortaleza educativa y se encontró con los abrumadores ojos color caramelo de Eric Theodore Cartman, clavados en él. Era chocante asimilar al chiquillo regordete y mofletudo de su infancia con aquel armario empotrado, una masa musculosa de casi dos metros de altura que era Eric Cartman con diecisiete años. Big boned! Éste sonreía juguetonamente de puro cinismo y volvía a tirarle otra ráfaga de bolitas de papel en toda la cara. Estaba claro que había cosas que en el hijo de Lianne Cartman en las que aún pernoctaba el olor a infancia. Una de esas cosas se basaba en su indulgencia teatralizada. Como si nunca hubiese roto un plato, cuando, en verdad, había roto vajillas de porcelana enteras.
Después de haber podido estudiar tranquilamente durante dos horas en la biblioteca, Cartman había llegado del entrenamiento para estudiar con él, tal y como habían planeado los tres. El tercero en discordia era Stanley Marsh. Sin embargo, éste no había aparecido por allí y Cartman tampoco tenía ni la más remota idea de dónde se había metido el chaval hippie.
—Perdona, Kahl, ¿qué has dicho? No te he oído bien —le dijo Eric con la típica falsa expresión infantil pintada en la mirada—. ¿Podrías repetir lo que has dicho si eres tan amable, por favor?
—¡Que pares de una puta vez, imbécil ¡No hagas que te lo repita dos veces! ¿Me has entendido?
—Ah, sí, claro. Por supuesto.
Pero su petición fue desoída. Hablando en plata, a Cartman le importaba lo que le exigía, francamente, una mierda. Riéndose con sorna, Eric volvió a lanzarle más y más pelotitas que concienzudamente había preparado con anterioridad. Para Cartman, fastidiarle era más entretenido que estudiar y analizar frases sintácticamente. Las pelotitas traspasaron la fortaleza de libros y chocaban contra él, quien las intentaba frenar con las manos. Cartman siempre hacía lo que le daba la real gana. De fondo, se comenzaron a escuchar las primeras risitas. Fue entonces cuando Kyle perdió los nervios, enseñó los dientes y arrugó la nariz de la manera que sólo él sabía hacer. Las pequitas de su nariz se estrecharon y fue entonces cuando Cartman comenzó a disfrutar de verdad con lo que le estaba causando. La risa socarrona de éste elevó su temperatura y lo enfureció más si cabe. Olvidándose de dónde estaba y en qué contexto, contraatacó lanzándole con fuerza las pelotitas que anteriormente le habían sido tiradas en su contra. Con esta encarnizada batalla, muchas de estas pelotitas llegaron a algunos de los jóvenes que estaban sentados próximos a ellos. Al cabo de unos minutos, una guerra general de pelotitas de papel invadió toda la sala de la biblioteca. Los demás jóvenes se habían unido a ellos. Todos contra todos. De ser aquel lugar el más silencioso del pueblo, había pasado a convertirse en todo lo contrario en una frívola cuestión de segundos.
De nuevo, tocó a la puerta la infancia y la dejaron pasar.
La anciana bibliotecaria retiró su mirada del libro que estaba leyendo y se ajustó mejor las gafas nada más tener noción del bullicio que se había formado en un abrir y cerrar de ojos. Estiró el cuello, vio la escenita a lo lejos y quedó tan boquiabierta como furiosa. Giró sobre sí misma en la silla rotatoria y descolgó el auricular del teléfono. Seguidamente, tecleó varios números y esperó impaciente a que respondieran por la otra línea. No tardó demasiado en que pusiera al tanto a la policía. Mientras esperaba ayuda, la mujer se levantó del sitio y marchó hacia la zona de estudio. Ya no sólo eran bolitas de papel lo que se amontonaba por todas partes, sino libros, carpetas, mesas volcadas, sillas... El papel de baño serpenteando por todas partes cual guirnalda navideña. Una treintena de jóvenes habían dejado de estudiar para participar en lo que para la anciana era una barbarie.
—¡Parad! ¡He dicho que paréis, jovencitos! —elevaba la voz la mujer que quedó prácticamente ahogada en medio del bullicio—. ¡Esto no es un sitio de juegos! ¡Iros de aquí antes de que sigáis rompiendo cosas!
Entretanto, Kyle se había escondido de Eric por uno de los pasillos flanqueados por estanterías repletas de libros. Se topó con algunos de sus compañeros. Butters le pasó un puñado entero de pelotitas que había conseguido hacer. Siguió su camino. Kyle iba a paso ligero, con el pulso acelerado de pura diversión y con una sonrisa de oreja a oreja. Con los puños colmados de munición, salió del pasillo y se ocultó rápidamente tras una columna de hormigón encalado. Inclinó un poco el cuerpo hacia un lado y escrutó con cautela la batalla de sus compañeros de instituto que habían improvisado: trincheras y muros fronterizos empleando las mesas y sillas como montículos. Ya no sólo tiraban bolitas, sino gomas de borrar y libros como proyectiles más eficaces. La bibliotecaria iba y venía gritando, frenando la ofensiva a todo aquel que se le pusiera delante. Kyle rió para sí. ¡Menuda había montado el idiota de Cartman! Sólo alguien como él podía hacer de un lugar aburrido como era la biblioteca en un patio de recreo.
Aunque, reconociéndolo mejor… Kyle, también sintió que se había dejado llevar por su carácter y que también había participado. Él también tenía parte de culpa. Pero, sinceramente, en ese momento le daba igual. Se estaba divirtiendo a sus anchas.
Hablando del rey de Roma…, ¿dónde demonios estaba metido Eric? Lo buscó con la mirada por todo el espacio que tenía ante sus ojos y no dio con él. Bufó. No sería divertido si no estaba Cartman allí. Tiró las pelotillas que cargaba en las manos al suelo, con indiferencia, y decidió que era hora de coger sus cosas, ahora regadas por el suelo, y largarse de allí antes de que las cosas llegasen a algo peor. Tuvo la intención de marcar su primer paso con intención de irse, pero una mano se agarró fuertemente en torno a su brazo y ejerció una leve presión. Kyle trastabilló y se giró para saber a quién pertenecía la mano que lo estaba refrenando.
—¡Ey, Cartman! Pensé que te habías largado ya —le dijo en una sonrisa cuando descubrió que era Eric quien estaba a su lado. Sus ojos verdes brillaron.
Sin decirle nada, éste tiró de él para que lo siguiera. Y Kyle lo siguió desconcertado. Hizo todo lo posible para no enfadarse. Cabeceó y giró la mirada hacia atrás un par de veces para intentar comprender la huída.
—¿Qué coño está pasando?
—Nada. ¿Es que no puedo coger del brazo a mi novio semita de Jersey?
Kyle frenó y se soltó bruscamente. Que todavía bromeara Cartman con esa mentira de que habían sido novios cuando niños le sacaba bastante de quicio.
—¡Vete a la...!
Su voz quedó silenciada de repente cuando escuchó un fuerte estruendo, como si hubiese abierto la puerta de la entrada al edifico de un porrazo. Luego voces de hombres adultos resonaron por todas partes y las de los jóvenes estudiantes incrementaron en gritos y más quejas. Entre los espacios que separaban las filas de las estanterías, Kyle reconoció el uniforme que llevaban aquellos hombres que habían interrumpido tan bruscamente. Eran policías. Y éstos estaban deteniendo a muchos de los chicos que estaban formando jaleo. Varios de los policías pasaron por el pasillo precedente al que estaban los dos y, si no fuera por Cartman que lo había obligado a arrodillarse en el suelo para esconderse, los hubieran pillado y, posiblemente, detenido.
—Así que por eso has venido, ¿no? —le susurró mordaz al grandullón de su amigo, todavía agazapado en el suelo.
Eric lo observó con aquellos divertidos ojos atigrados y asintió con otra sonrisa socarrona.
—Recuerda que tú has traído hoy el coche, Kahl. Ni de coña pienso volver a casa caminando.
Carcajeó y le soltó con bastante ironía:
—Así que… sólo has venido porque eres un puto interesado que quiere que lo lleve a casa en coche. Vamos, que en realidad no has venido para salvar a tu "novio" de la pasma.
—Más quisieras, Kahl —le respondió enseguida aquel intransigente y cínico chaval natural de Nebraska—. Entre tú y yo sabemos perfectamente que para salvarte el culo prefieres a Marsh, ¿a qué sí? Ah, no… ¡es verdad, coño! ¡Stan ya no es el de antes! ¡Ahora es un hippie redomado de mierda! Y como es un hippioso sentimental concienciado con el mundo sólo se dedica a salvar a seres indefensos. A delfines, terneritos, orcas, gallinas violadas, conejitos de pascua y, por supuesto, al sin techo de McCormick. Pero no a ti, precisamente.
—No empieces, Cartman. No empieces con tus sarcasmos.
El aliento de Kyle se atoró en su garganta de golpe, de seguida enmarcó sus invisibles cejas y el otro joven rió en silencio al comprender con facilidad su reacción. Finalmente, Cartman rodeó los ojos con un resoplido, muy teatralmente, e hizo luego un ademán con la cabeza.
—Vamos, sígueme. Podemos salir por la ventana que hay en el baño de los tíos sin que nos pille la pasma. Allí no nos encontraremos todavía con ninguno.
Kyle dudó en un principio bastante alterado:
—¿Tú estás bien de la cabeza? ¡No pienso matarme saltando desde una segunda planta!
—No te preocupes ahora por eso. Tengo una idea. Además…, apuesto a que prefieres saltar desde una segunda planta antes de que tu madre tenga que ir a buscarte a comisaría. Pero si prefieres quedarte aquí para que te cojan esos hijos de puta y luego llevarte una bronca cojonuda de la comprensiva de tu madre, ya es cosa tuya, Kahl. Yo me voy a casa.
En el fondo, Eric tenía razón. Si Sheyla Broflovski tuviera que sacarlo de comisaría, estaría castigado hasta finales de verano. Una visión para nada agradable en su opinión. Así que lo siguió sin remedio. Corrieron por el pasillo y subieron por la amplia escalinata que llevaban al segundo piso sin ser vistos por los policías. Muchos de éstos enfrascados en detener la algarabía montada en el primer piso. Tal y como tenía previsto Cartman, la entrada estaba flanqueada por hombres obesos uniformados de azul. La primera planta estaba anegada. Salir por allí hubiera sido imposible. Llegaron a los baños de la segunda planta. Cerró la puerta tras de sí y pasó el cerrojo. Respiró más aliviado mientras se volvía hacia su amigo.
—¿Y cuál es tu brillante idea? —le preguntó.
Cartman dirigió sus ojos hacia la ventana y él hizo lo imitó. Para su sorpresa, la amplia ventana estaba cerrada desde dentro y, para abrirla, se necesitaba de una llave. Ser consciente de ello, hizo que Kyle se tensara del mismo modo que las cuerdas de un violín.
—¡Maldita sea, Cartman! ¿Por qué confiaría en ti? ¿Es que no ves que está cerrada a cal y canto con llave o qué?
Eric Cartman lo contempló de nuevo, sin decirle nada, como si observara el recorrido de una nube lejana, y cuyo único objetivo era el crisparle los nervios aún más. Luego, de sus finos labios, casi siempre arqueados maquiavélicamente, emergió una sonrisa cómplice. Metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y puso ante sus ojos verdes un llavero enorme, circular, repleto de llaves. Era el llavero que abría todas las puertas y ventanas habidas y por haber de aquella biblioteca. El muy cabrón había cogido las llaves del despacho de la bibliotecaria.
—Escuché a la bibliotecaria hablar por teléfono con la policía —le dijo—. Así que cuando ella vino a pedir que paraseis, me colé en su despacho y cogí el llavero. Pensé que estaría genial encerraros a todos y que os enviaran a comisaría. Pero recordé que tú habías traído el coche, así que vine a buscarte pero, claro, como eres un desconfiado de mierda, perdimos tiempo para salir y ahora tenemos a la policía aquí dentro. Así que no te quejes si salimos por una puta ventana para que no nos pillen.
—Pero qué hijo de puta que eres —quedó asombrado Kyle, riéndose discretamente—. Se me había olvidado tu gusto por irrumpir a escondidas en casas ajenas y en despachos de otras personas…
Su voz, lejos de recriminarlo, sonaba divertida. Estaba acostumbrado a las malicias del chico de Nebraska.
—No, no es así, Kahl —le insistió Eric—. Esto se llama "tomar prestado".
—¡Claro! ¿Cómo no había caído en eso? Un llavero que cogiste del cajón del escritorio de la bibliotecaria sin su permiso no es robar. No, ¡para nada! ¡Es tomar prestado! Como la copia que le hiciste a la llave de mi habitación, ¿verdad?
Cartman rió, divertido. —¿Ves? ¿Lo vas comprendiendo mejor ahora? ¡Quién sabe! Algún día puedes quedarte encerrado en tu habitación y…, no sé tú, pero yo me sentiría aliviado sabiendo que otra persona tiene una copia de la llave.
Refunfuñó. —¡Que te den!
Cartman se desternilló de risa ante sus narices. Atrás quedaron aquellos bellos años en los que podía vencer a Eric a base de fuerza. Cartman había dado el espigón de un día para otro y, ahora, con un simple empujón de su parte, Kyle acabaría tirado en la otra esquina de la habitación. Eric se acercó a la ventana. No parecía que era la primera vez que robaba aquel llavero. De entre casi veinte llaves muy idénticas entre sí, Eric había reconocido a la primera cuál era la llave que abriría la cerradura de la ventana. Le dio vuelta al pestillo nada más encajar la llave y la ventana se abrió. Una acogedora brisa inundó el baño.
—Ven, acércate —Kyle fue hasta él y miró a través, a su lado—. ¿Ves el tubo de la alcantarilla que está pegado a la pared? Pues bien, sólo tenemos que subirnos al marco de esta ventana, estirar un poco el brazo y llegar hasta él. Luego será pan comido bajar y pirarnos de aquí sin ayuda de ningún poli.
—¿Y si me caigo desde tan alto?
—Tranquilo: la necrofilia puede ser una alternativa para los dos.
Kyle evitó reírse de semejante burrada. Pero, ciertamente, le pareció graciosa. Lo miró negando con la cabeza varias veces.
—De verdad te lo digo, Cartman, no sé cómo mierdas te soporto.
—Porque en el fondo y, vamos a ser sinceros los dos, soy mejor amigo de lo que es Marsh.
—Eso no es así —Kyle meditó mejor—. Sé que mi amistad con él se ha ido al carajo con los años y que, en fin, a partir de ahí me sintiera yo mejor con tu compañía siempre ha sido un hecho más que evidente, pero…, aún así, Stan siempre ha estado ahí también. Seguimos siendo los mejores amigos a pesar de todo.
—Déjate de tus típicas reflexiones baratas y sé algo más sincero contigo, Kyle.
Bajo la mirada. Recordó a Stan dormir a su lado aquella misma mañana. Hacía tiempo que no había estado tan bien con él como lo estaban siendo ese día... hasta que Stan discutiera con Kenny. Para entonces, su amistad había vuelto a ser igual de raquítica que siempre. En el fondo, sabía que su amistad con Stanley había cambiado por haberse enamorado de él. ¿Acaso estar enamorado de una persona durante ocho largos años era un motivo para convertirse en culpable de la decadencia de una amistad? Cartman tenía razón: hacía mucho tiempo que Stan había dejado de ser su amigo.
Stanley era mucho más que eso para Kyle.
Sus nerviosas uñas mordidas tamborearon en el marco añejo de madera de la ventana. Asintió con la cabeza. Sus rizos bermejos se movieron con él.
—Vale, está bien… Puede que tengas razón —le dijo con suma sinceridad, esta vez mirándole a los ojos—. Tú eres mi mejor amigo, siempre lo has sido. Creo que echaré de menos todo esto cuando nos marchemos a la universidad.
Cartman vaciló sorprendido, con una ceja levantada más que la otra; no obstante, su sonrisa fue bastante sincera.
—Sí —le respondió con deje de… ¿de nostalgia? Sí, era de nostalgia—. Creo que también echaré de menos esta mierda de pueblo.
La conversación paró ahí. Quedaron sin decirse nada durante segundos, uno al lado del otro, mirando por la ventana. Una serie de edificios sin ningún rasgo distintivo bordeaban el cielo con sus antenas parabólicas proyectadas hacia lo alto como si fueran antenas de insectos. El terreno uniforme, monótono, sin apenas nieve ante la próxima llegada del verano se expandía hasta la lejanía. Cartman carcajeó finalmente y dio varias palmaditas en el hombro.
—Venga, judío. Salgamos ya de aquí.
Kyle fue el primero en aventurarse: guardó sus gafas de pasta, se ajustó bien la mochila a sus espaldas, subió al marco de la ventana que no poseía ni cincuenta centímetros de grosor y se aferró con fuerza a éste. Cartman también lo agarraba por las piernas por si acaso perdiera el equilibrio. Kyle se levantó con cuidado y estiró su mano hasta alcanzar el tubo de la cañería. Con un leve balanceo se quedó trepando, aferradas sus dos manos en el tubo. Una vez asentados sus pies en torno al tubo y viendo que no cedía a su peso, comenzó a descender con el mayor cuidado posible.
—¡Hostia puta! ¡Mierda! —escuchó maldecir a Cartman desde arriba.
—¿Qué ocurre?
—Nada, no pasa nada, Kahl. ¡Sigue así! ¡Vas cojonudo! Cuando llegues abajo, espérame, ¡no tardaré en volver!
—¿Que te espere, dices? ¿Pero es que no piensas bajar ya? ¿Cartman? ¡Ey, Cartman! ¡Cartman!
Kyle terminó de descender el último tramo de cañería maldiciendo entre dientes. Exhaló un gozoso suspiro de alivio cuando sus pies rozaron tierra firme. Miró hacia arriba, hacia la ventana y, tal y como tenía previsto, allí no había ni rastro de Eric. Cruzó los brazos y esperó paciente durante casi cinco minutos. Al rato escuchó gritos e insultos femeninos provenientes de esa misma ventana.
—¡Que te he dicho que no! ¡No necesito tu ayuda! ¡Yo puedo sola!
Una chica de cabellos negros, muy largos, se asomó por la ventana. La brisa los meció gracilmente en lo que estuvo allí. Luego, al ver la altura que la separaba del suelo, volvió a entrar y prosiguieron sus gritos de histérica.
—¿Estás loco, Eric? ¡Esto está muy alto! ¡No creo que pueda llegar abajo sin que me mate primero!
—¡Pues cierra el pico y deja que te ayude!
Kyle quedó pasmado cuando vio a Cartman descender por la tubería con Wendy Testaburger aferrada de su espalda cual mono a una rama. La brisa empujaba hacia arriba su falda dejando entrever unas bonitas braguitas rosadas.
—¡Espera! ¡Se me está viendo todo el culo! —chilló la chica de nuevo.
—¿Has oído eso, Kahl? —le soltó Eric desde arriba—. ¡Saca fotos con el móvil! ¡Por tu madre!
Wendy soltó una sarta de improperios mientras tanto Eric como Kyle rieron. Una vez abajo, ella se arregló enseguida la falda, regocijada por la vergüenza y ajustándose la bandolera repleta de libros que le había entregado Eric después de habérsela cargado durante el descenso. Cartman y Wendy se miraron de reojo, en silencio mientras se acercaban a él. A Kyle se le formó una arruga en la frente y comenzó a pensar en un instante en esa posibilidad. No tuvo que indagar mucho más. Miró a Cartman como si le dijera telepáticamente: "No hace falta que expliques nada. Ya sé por dónde quieres ir con Wendy". Kyle no sabía si era bueno con eso de la telepatía pero Cartman pilló su idea al vuelo. Éste había estrechado sus ojos caramelizados y le sonrió suspicaz según ratificaba con la cabeza.
Caminaron sin hablar en dirección al lugar en que Kyle había estacionado el coche. Por allí cerca habían varios coches patrullas aparcados, justamente en la entrada a la biblioteca. Los tres intentaron pasar desapercibidos ante los guardias caminando por la acera de enfrente, como si con ellos no fuera la cosa. Los uniformados estaban metiendo a varios chicos, posiblemente los más bulliciosos, en la parte trasera de los vehículos. Destino: la comisaría y la posterior llamada a sus padres. También estaba allí la bibliotecaria, gesticulando con las manos mientras hablaba sin parar con uno de los guardias. Ésta los vio caminar de lejos y no tardó mucho en reconocer a Eric Cartman.
Eric fue consciente cuando la mujer lo señaló de lejos con el dedo según hablaba con los guardias.
—Me cago en la puta.
Wendy se volteó y miró a Cartman con cara extrañada. —¿Qué es lo que pasa?
Kyle también se volteó para mirarlo, siguiendo después la mirada que dirigía Cartman a lo lejos. Supo enseguida lo que estaba ocurriendo. Dos policías venían hacia ellos. Sin pensarlo dos veces, Cartman acrecentó el paso cogiendo la mano de Wendy y tirando de ella sin soltársela ni un instante. Con la otra mano, tiró suavemente de Kyle por el brazo y se acercó a su oído.
—Nos han descubierto. La momia de la bibliotecaria me tiene una manía de cojones. ¿Tienes las llaves del coche a mano, Kahl?
Asintió mientras tragaba dificultoso saliva. Las sacó de sus bolsillos. Tanto él como Wendy quisieron frenar asustados, pero Cartman tiró de ellos para obligarlos a que siguieran caminando a paso rápido.
—No os paréis, haced como si nada. Muy bien, escucha, Kyle, en cuanto lleguemos al coche lo arrancas sin pensar, te metes por el segundo cruce a la derecha y le pegas al acelerador hasta llegar por el sendero de tierra del lago Stark. Allí los despistaremos sin problema. Y luego todos a casa contentos. ¿De acuerdo?
Alcanzaron su coche, un Aston Martin de fábrica, regalo de papá tras ganar un caso en el juzgado. Desconectó la alarma y los pestillos de seguridad se desconectaron. Kyle se puso las gafas de vista mientras sus dos amigos entraban en el vehículo. Wendy en los asientos traseros y Cartman en el asiento del co-piloto. Los pestillos volvieron a activarse nada más introducir las llaves de contacto y encender el motor. Los dos guardias habían llegado hasta ellos. Uno tocó en el cristal de Kyle.
—Ni se te ocurra mover el coche, chaval —le dijo el hombre desde fuera. Lo reconoció enseguida: era el agente Barbrady tras sus gafas de aviador—. Sabemos que también habéis participado en el destroce de la biblioteca. Será mejor que salgáis de ahí y no habrá problemas.
Kyle creyó que era lo más conveniente, pero Cartman lo sujetó del brazo de nuevo.
—Ni se te ocurra. No le hagas caso a ese idiota.
—Pero es el agente Barbrady; seguro que nos reconoce —le replicó en susurros.
—¡Qué va! ¡Ese tío está tronadísimo! No reconocería ni a su madre. Vamos, ¡arranca! ¿O es que no tienes pelotas? ¡Ña ña, ña ña, ña, ña…! —le canturreó cerrando los puños y con los dos dedos índices moviéndose en el aire; cosa que hacía siempre para sacarle de quicio—. ¡Kahl es un miedica!
Kyle miró de reojo a Barbrady y luego los depositó en el rostro de Eric lentamente. Los dos se dedicaron una sonrisa maliciosa, muy desafiante, que sólo ambos podían comprender al instante. Puso el pie en el pedal y le dio marcha atrás lo suficiente para salir del aparcamiento. El motor rugió de nuevo. Tanto el oficial Barbredy como el otro guardia siguieron golpeando contra los cristales insistentemente para que parasen el coche.
—Vámonos de aquí cagando leches, Cartman.
El aludido rió entre dientes. —No esperaba menos de ti, judío.
—¡Dios! ¡Estáis como una puta cabra los dos! ¿Me habéis oído? —exclamó Wendy mientras los miraba por el retrovisor, colocándose enseguida el cinturón de seguridad.
Cuando el coche marchó por la avenida, los dos guardias retomaron sus pasos y fueron corriendo a por un vehículo para perseguirles. El trayecto por la avenida no duró demasiado. Apenas había coches transitando. Los tres escucharon en la lejanía el sonido de la sirena del coche patrulla. Tal y como le había indicado Cartman, tomó el segundo cruce con brusquedad, rechinando las gomas de freno. En ningún momento Kyle aflojó el pie del acelerador.
—Yehaa! ¡Así se hace, judío!—gritó de júbilo el chico de Nebraska mientras se sujetaba al asidero de la puerta y Wendy gritando de fondo aterrorizada—. ¡Recuerda coger ahora el camino de tierra!
La carretera que proseguía después del cruce seguía expandiéndose de lejos, pero en vez de seguir su recorrido, Kyle salió y se metió justamente por el arranque del sendero nada más llegar hasta él. El camino era de tierra y bastante tortuoso. Las piedras se escuchan golpear contra la parte baja del vehículo. Rezó por la dureza del deportivo y rezó también para que no se le rallara el chasis. Bajaron por una especie de vereda, de esas en las que, cada vez que se cruzaban dos vehículos, se sudaba la gota gorda por evitar chocar. La vereda estaba repleta de curvas y recodos. De lejos, el brillo del agua del lago Stark comenzaba a despuntar gracias a los rayos emitidos por el sol. A continuación, en vez de coger en dirección al lago, Cartman le señaló ascender por una pendiente sorprendentemente escarpada, como una pista de esquí por lo menos. Más que una huída, aquel viaje parecía una atracción de feria. Se detuvieron por fin en lo que parecía la cima de una pequeña montaña. Recordó enseguida dónde estaban: era el lugar en donde solían subir para tirarse en trineo durante el invierno cuando eran niños. Ahora, sin nieve y con el paso de los años, Kyle apenas recordaba aquel lugar. Stan primero, luego él aferrado a su mejor amigo, después Kenny y, al final del trineo, se ponía Cartman. Recordar aquello le hizo sentir bien. Deseó poder darle marcha atrás al tiempo para volver a ser niños y dejar de ser mayores.
Craig tenía razón: nada duraba toda la vida.
Vieron el coche patrulla desde abajo. Tal y como Cartman tenía previsto, el coche patrulla de Barbrady pasó por el otro camino en dirección al lago. No los habían pillado. Kyle apagó el motor y se recostó aliviado contra el asiento. Al rato, salieron los tres fuera y se sentaron bajo un árbol próximo. Deberían esperar a que la movida en la biblioteca se calmase. Sentado sobre una pequeña roca, Kyle observó descontento su coche. Estaba ahora tan lleno de polvo que el color original —verde oscuro metalizado— apenas se percibía. Se respiraba un aire muy fresco y en los alrededores triunfaba el silencio. A veces se oía el cantar de los grillos cercanos al charco, el trino de algún ave o el murmullo de arbustos y ramas al ser mecidos por la brisa. Era una quietud tan profunda que sus oídos tuvieron que amoldarse a ella. El cielo se mostraba bajo una claridad diáfana. Eran las siete y poco más de la tarde. Se sentía agradable la tibieza con que los débiles rayos del sol chocaban directamente sobre su piel revestida de pecas. Oyó sin prestar atención la conversación animada que se traían Cartman y Wendy. Los observó en silencio. Podrían llegar a ser una bonita pareja. Él sabía que a Eric le traía de cabeza Wendy Testaburguer no de ahora, sino de hacía años. "Cuando una mujer te haga tragar tus propios calzoncillos sabrás entonces que ésa es la mujer de tu vida",lLe respondió una vez Eric cuando le había preguntado por qué le gustaba aquella chica.
—Oye, ¿podremos irnos ya? He quedado con Stan —dijo Wendy dirigiéndose a Kyle.
—Sí, claro. Ya no creo que tengamos problemas con que nos pille la policía.
—Genial. Resulta que ahora vamos a ver al hippie —se quejó Cartman rezongando, rozando todo signo de molestia.
—Kyle, ¿vas a ir a casa de mi novio también?
Asintió levemente. —Le prometí a Stan que me pasaría para dejarle unos resúmenes de Lenguaje y Literatura para el examen de mañana.
A los quince minutos más tarde, el Aston Martin había sido aparcado delante de la casa de los Marsh. Era una casa idéntica a todas las demás del vecindario. Lo único que pudiera diferenciarse las casas entre ellas era por su color y poco más. Como todas las demás viviendas, ésta también daba la impresión de haber sido construida hacía bastante tiempo, por allá de los años ochenta. A pesar de la edad, se veía muy bien cuidada. Escucharon los ladridos de un perro. Después de la muerte del primer perro de Stan, Sparky, Kyle le había regalado un Golden Retriever de pelaje negro que, haciendo memoria al anterior. Stanley le había puesto el nombre de Sparky. Este nuevo Sparky, que contaba ya con cinco años de edad, comenzó a ladrar y a dar saltitos de alegría nada más ver a Kyle acercarse a la verja metálica que dejaba encerrado al animal por todo el amplio patio trasero y así no se escapase. Atravesaron sus manos los espacios de las verjas y acarició al animal que no paró de lamerle y buscarle para que jugase con él. Wendy y Eric se acercaron.
—¡Vaya, Kyle! Nunca pensé que Sparky quisiese con locura a otra persona que no fuese Stan —le dijo Wendy observando sorprendida la escena.
—Quiere a Kyle con locura desde el primer día que le vio —rectificó otra voz lejana.
Era Stanley. Kyle levantó los ojos y se cruzó con los azul cristalino de éste, quien se acercaba caminando hacia ellos tras la verja. Los dos se sonrieron como saludo. Stanley llevaba puestos unos vaqueros rotos y una camiseta de la banda sesentera Grateful Dead. Esta vez su pelo corto, de un negro intenso, estaba a la vista: no llevaba ningún gorro puesto. A Kyle siempre le gustó acariciar el pelo de Stan en las veces que dormían juntos de niños sin que éste se diese cuenta. Ya apenas se veían como antes. A diferencia de su enmarañado pelo cobrizo-anaranjado, el de Stanley era tan suave como el tacto de una pluma. Y tan, tan oscuro… parecía que la noche dormía allí, sobre su cabeza. Luego, Stanley abrió la puerta enrejada para que los tres entraran al patio. Sparky siguió pegado a Kyle como si fuese su sombra; cosa que al ser de pelaje negro, lo aparentaba aún más. Nada más abrir la puerta, Wendy se acercó para abrazar y besar a Stan; sin embargo, Sparky gruñó molesto y Wendy tuvo que cesar en su intento. Kyle rió junto a Stanley. Luego, giró sus ojos a Cartman. Seguro que Sparky no era el único que había gruñido molesto con la cercanía de la chica. ¡Qué bien le caían Sparky y Cartman! A Kyle tampoco le gustaba la idea de ver a Stan y a Wendy juntos.
—¿Qué hacéis tan temprano por aquí? —les preguntó Stan mientras terminaba de darle ponerle pienso a su mascota—. Pensé que estaríais en la biblioteca estudiando.
—Hubo una movida en la biblioteca y tuvimos que irnos —le argumentó Kyle sin dar demasiadas explicaciones. Evitaba mirarle a la cara por el trivial sentimiento de la vergüenza y la atracción.
—¿En serio?
Wendy asintió y comenzó a contarle todo con pelos y señales. Salvo la anécdota de las braguitas. Stan carcajeó negando con la cabeza.
—Menuda panda de flipados sois vosotros tres. Alegraos de que no os pillara la poli —dijo sorprendido con esa agradable sonrisa eterna suya en su rostro.
—¿Y dónde has andado metido tú, jodido hippie? —preguntó Eric de repente. Era como si diese paso a la pregunta que no se atrevía a formular Kyle—. ¿No se suponía que habías quedado con nosotros en la biblioteca?
Stan miró a Eric, borró su sonrisa y quedó absorto por unos segundos. —Estaba cansado de no haber dormido por lo de la manifestación de ayer y la borrachera que pillé luego. Después del entrenamiento de football decidí volver a casa. Me desperté hará un rato.
Kyle no había nacido ayer como para saber que Stan se ocultaba algo. Aún así no dijo nada al respecto.
—Así que no tenías pensado ir, cabrón. Ya podrías habernos avisado de que no venías —le soltó Cartman con la misma tenacidad de siempre. Diciendo de nuevo lo que Kyle se abstuvo a no reprochar. En ese sentido agradecía la amistad que tenía con el de ojos pardos. Era como si lo ayudara. Kyle tenía la vaga idea de que probablemente Eric sabía su enamoramiento por Stan.
—Lo mismo da, ¿no? —le rebatió Stan, quizá en broma o quizá no—. Lo menos que te puede interesar a ti es si voy o no. Así que guárdate ese falso interés que ya nos conocemos, Cartman.
Wendy se quedó estática igual que una piedra y tiró discretamente del brazo de Cartman para que no se fuera en dirección a Stan con malas intenciones. Tampoco es que fuese algo nuevo ese tipo de reacciones en ambos. Stanley y Eric no se llevaban bien desde hacía tiempo. Se toleraban, simplemente. Eric le había dicho a Kyle que si aguantaba a Stan era porque era amigo suyo. Y Stanley, por su parte, le instaba a Kyle que Cartman jamás sería una buena amistad para él. Que por culpa de Cartman siempre acababa metiéndose en problemas y más problemas. Stan seguía a lo suyo sin prestarle atención a Cartman. De espaldas a los tres había llenado el cuenco de agua a Sparky con la manguera, cerca de la caseta del animal, hecha en madera, construida por Kenny y el propio Stan hacía años. Dos caricaturas muy simples estaban pintadas por uno de los lados de la caseta: uno era Stanley, con su antiguo gorro de borla roja puesto, sonriendo ampliamente, y el otro llevaba puesto una parka naranja al que sólo se le veían los ojos. Las dos caricaturas iban de manos. Stan cerró el grifo de la manguera y dejó el cuenco cerca de la caseta. Sparky fue enseguida a beber de él. Mientras, Stan le acariciaba el lomo, de cuclillas. El perro movía su cola de un lado para otro por la bondad desinteresada de su amo.
Para socavar un poco la tensión, Kyle sacó de su mochila los apuntes y se los extendió a su mejor amigo, éste se puso de pie, los tomó y le sonrió agradecido.
—¿Son los resúmenes de lo que puede entrar en el examen de mañana?
—Sí, ahí está todo. Me acordé que me los habías pedido y aquí los tienes.
—Uf, me has salvado el culo de nuevo, tío. Gracias por pasármelos. Te debo una más—dijo Stan mientras pasaba las hojas de los apuntes y los miraba con atención. Luego los despegó de ahí y miró a Kyle—. Por cierto, ahora que me acuerdo te dejaste unos libros en mi habitación el otro día.
No recordaba haber dejado ningún libro. Lo miró extrañado pero Stanley abrió los ojos más de lo normal como para incitarle a que le siguiera el juego.
—Ah, sí, ya me acuerdo.
—Vamos y los recoges. Sólo será un momento.
Dejando en el patio a Cartman y a Wendy jugando con Sparky, Kyle siguió a Stan a unos pasos más atrás. Al subir al segundo piso y entrar en la habitación de su amigo, ya Kyle sentía un torrente inefable de nerviosismo atacarle por dentro con ferocidad. Hacía tiempo que la situación de estar los dos solos producía en Kyle todo nivel de descontrol y nerviosismo. Echaba de menos esa intimidad compartida entre los dos. Sentía euforia y desconcierto a un mismo nivel frenético. Maldijo estar enamorado porque, desde que lo estaba, no era sino un cúmulo de reacciones tan contradictorias en sí mismas que le era imposible controlar. Y Kyle… Kyle era una persona metódica que tenía que tener todo controlado en su vida. Quedaron de pie junto a la puerta aún después de haberla Stan cerrado. La nívea luz que entraba por la ventana de la habitación chocaba contra los iris, azul descolorido, de su amigo. Durante un rato perdió el habla y se quedó observando a Stanley con los ojos entornados, como el errante perdido en el desierto que descubrió el manantial de un oasis escondido entre gigantescas dunas y ráfagas de arena.
—¿Te encuentras bien? —se atrevió a preguntarle Kyle.
Stanley simplemente asintió con la mirada, cerrando y abriendo los párpados en consonancia con un leve sí de cabeza, pero no añadió nada al respecto. Kyle suspiró y se pidió tranquilidad. Las cosas con Stanley, a diferencia de Cartman, hay que tomárselas con mucha más comprensión.
Stan se acercó a la ventana, descorrió la cortina azul y Kyle siguió sus pasos hasta ponerse a su lado. Miraron hacia fuera. En la escena que se contemplaba desde allí daba al patio. Vieron a Wendy persiguiendo a Eric entre risas. Cartman le había quitado la boina rosa palo de la cabeza y la chica no hacía sino dar vueltas en torno al árbol del jardín del patio para pillar al grandullón. Sparky saltaba y corría persiguiéndolos, jugando alocado, pero sin tener evidentemente noción de lo que pasaba. Kyle sonrió. Le agradaba presenciar la vibrante y alegre energía que desprendía Eric. Más allá sólo se extendía el paisaje insulso de la misma insulsa zona residencial donde vivían. La casa de Kyle quedaba lejos, casi al principio de la larga avenida residencial. Los árboles de ramas deformes ya no estaban cubiertos por su típica capa de nieve. Había unas bicicletas abandonadas al borde de la carretera. Posiblemente de unos niños que las habían dejado allí por un rato. En una tapia colgaba el típico eslogan de Coca-Cola. Un anciano de aspecto indeciso paseaba apoyándose seguro gracias al bastón. Una mujer pasó con su coche utilitario feo a velocidad reducida por la carretera. Un poste eléctrico feo extendía insidiosamente los cables eléctricos en el aire. Aquel paisaje al otro lado de la ventana sugería que el mundo se situaba entre lo "habitual" y lo "esperado" y que, a su vez, se componía por una acumulación infinita de pequeños mundos individuales que habían adquirido su propia forma. Sin embargo, era su mundo. El de Stan y el de él mismo. Habían compartido esas mismas montañas, esa misma calle, esas mismas nubes. Incluso a Sparky, a Wendy y a Cartman jugando como chiquillos ajenos a sus miradas. Aquel era su pequeño mundo. Su hogar. Ellos habían crecido y convivido en un mundo que habían hecho suyo y que no le pertenecía a nadie más. Incluso aquella imagen desde su habitación, la misma que contemplaban en silencio, era suya. Y sentirlo de esa manera era, sin lugar a dudas, hermoso. Tan hermoso como el diáfano mirar de Stanley Marsh.
Puede que, en el fondo, existiesen cosas inalterables con el paso del tiempo. Y estar allí juntos no era cosa del destino o del azar. De eso estaba seguro. Miró de reojo a su amigo. ¿Sentiría Stan lo mismo aunque fuese lo más mínimo? ¿Cabría la posibilidad que pensara igual que él?
—Este es nuestro pequeño mundo —dijo sin pensar, como si su propia inconsciencia hablase por él.
Stan giró su rostro hacia él. Lo contempló. No parecía desconcertado con lo que le había dicho. Eso hizo que se calmara. Éste le sonrió al cabo de unos instantes. Para saber qué efecto producía la sonrisa de Stanley había que vivirla en primera persona; era contagiosa, dulce y eléctrica al mismo tiempo. Elevaba el espíritu. Su sonrisa hacía que Kyle no tuviera noción de la gravedad bajo sus pies.
—Sí, lo es, Kyle. Es todo nuestro.
Luego Stan quedó callado, mirándolo a la cara.
—Voy a cortar con Wendy —dijo al cabo de un rato.
Kyle se preguntó cuántas veces había oído esa frase en el pasado. Mil veces. Sin embargo, aquella vez, el tono de voz de Stanley, monocromo y seguro, hizo que se sintiera contraído. Esta vez, parecía que lo estaba diciendo de verdad.
—¿No va bien vuestra relación? —aventuró a preguntarle.
Dejó en el aire un leve carcajeo. — ¿Acaso ha ido bien alguna vez?
Kyle no supo qué decir. En verdad por sus adentros sí sabía qué decir: era fácil decirle la verdad. Que su relación con Wendy había sido tan desastrosa e insufrible como la de Elizabeth Taylor y Paul Newman en la película La gata sobre el tejado de zinc.
—Por tu silencio sé que me estás dando la razón, Kyle. Más que una relación, lo mío con Wendy ha sido una sucesión de intentos de querer que lo nuestro funcione por el simple hecho de ser algo que llevamos toda la vida intentando. No sé si entenderás lo que intento decirte con esto, pero es como… como un piso piloto: nuestra relación parece tener todo lo necesario para convivir bien pero luego me doy cuenta, y quizá ella también lo piense, que la convivencia es lo que en verdad cojea entre nosotros. En el fondo yo no me veo con ella y, créeme —Stan dirigió la vista hacia fuera. Wendy correteando con Cartman en torno al árbol del patio—: ella ya no me necesita.
Kyle puso sus pensamientos en orden, evitando alegrarse ante la declaración del chico. Llevaba tiempo deseando oír aquello en boca de Stanley. Mucho, mucho tiempo. Y, por fin, a saber por qué demonios pasaba aquello justamente en ese instante, Stan lo había dicho siendo consciente de ello. Escuchó a Stan suspirar, colocando, en un gesto, sus dedos en el entrecejo.
—Pensé que me sentiría mejor contándote esto, pero me siento igual. No sé qué mierdas me pasa hoy. Bueno, siento qué puede ser, pero no lo entiendo. Quiero contártelo pero tampoco puedo.
—Stan… —balbuceó él mientras lo tomaba del brazo y se acercaba a él para mirarle a los ojos—. Sabes que puedes contar conmigo. Sé que nuestra amistad no es la misma pero yo sigo aquí.
Stan dejó de palparse el entrecejo y miró a Kyle. Su respiración parecía más agitada. —¿Y de qué vale que estés tú aquí y yo también? Tú ya no eres el mismo. Yo…, yo reconozco que tampoco soy el mismo. Todo cambia, Kyle. Hemos cambiado y nuestro pequeño mundo también.
La voz de Stan parecía tambalearse, pero intentó parecer firme. La realidad de aquella declaración golpeó fuerte en Kyle, robándole el aliento. Kyle bajó la mirada y esperó que sus gafas ocultasen la humedad que ahora anidaban en sus pestañas invisibles. Su corazón latía con un ruido duro y seco. Se sintió mareado.
—Tú tampoco me necesitas, Kyle.
Sintió un vacío en la cabeza, con aquellas palabras resonando en un terrible eco. De un acto reflejo, apretó el brazo de Stan que aún sujetaba con su mano. Hizo que lo mirase. Quería que su amigo de toda la vida fuera consciente de lo que había en sus ojos verdes.
—¿Y tú, Stan? ¿No me necesitas? ¿De verdad te importo una mierda? Porque tú para mi no. Tú me importas.
Las palabras salieron por sí solas.
—¡Mierda, Stan! ¿Es que no lo ves? ¿Aún no te has dado cuenta que llevo ocho malditos años enamorado de ti?
Su amigo había quedado enmudecido. Las lunas llenas lo miraban perplejas.
Se limpió de sus mejillas de furtivas lágrimas que Stan no había notado cayendo y marchó a paso rápido hacia la puerta.
жжжжжж
FIN CAPÍTULO VIII.
¡Ey! Realmente no tendría que estar aquí. Realmente tendría que estar estudiando. Pero, francamente, no podía. Pensaba en que tenía que terminar este capítulo ya y quedarme tranquila... por unos días. Aquí está, recién hecho, todo vuestro. Espero que os haya gustado :D. Gracias por los comentarios que me habéis enviado, me anima mucho saber vuestras opiniones al respecto. Eso sí, apenas he tenido tiempo de responder, así que no es que me haya olvidado, simplemente no he podido. Responderé lo antes posible. ¡Lo prometo!
Gracias por leer. :D
P.D. Por cierto... he abierto la primera comunidad CraigxKenny en Fanfiction: I'm partners with Craig. He seleccionado las historias que más me han gustado (español, francés e inglés), aunque faltan muchas más por añadir -maldito tiempo que no me deja leer todo :(- por si alguien quiere unirse al grupo y estar al tanto de lo nuevo que vaya saliendo del crenny/McTucker :).
Última revisión: 28 de febrero de 2014.
