Antes de empezar el fic, quiero pedir disculpas por no haber subido antes el fic. Ya lo tenía listo, pero el usb en el que tenía el fic pasó a mejor vida. Además, mi empleo me impedía siquiera encender mi computadora.

De ante mano, gracias por leer y dejarme sus reviews. Espero que les guste el capitulo. Hora de aventura no me pertenece, este fic esta hecho sin fines de lucro.


El viento golpeaba su rostro con violencia. El suelo, cada vez más cerca de él, parecía ser un viejo amigo invitándolo a descansar, relajarse y olvidarse de todos sus problemas. La sensación de vértigo y muerte inminente nunca se habían sentido tan bien. Si tan sólo pudiera estar así más tiempo.

No sabía si llevaba cayendo minutos, horas o días, pero todo acabaría en cualquier momento. Él lo sabía muy bien. Las montañas, cada vez más grandes, eran prueba de ello.

Sólo un poco más, Pensó Simon, Sólo un poco más y todo habrá acabado.

Y de pronto, sin previo aviso, los ojos del castaño se abrieron y despertó de ese hermoso sueño. Ya no estaba cayendo, a escasos metros del suelo, estaba sobre su cama, en la misma habitación que Marceline y Bruja Cazadora. Y sus problemas estaban lejos de acabar, tal vez sólo seguían empezando.

Todavía recordaba todos los problemas por los que tuvieron que pasar para llegar hasta una posada, en los dominios de Princesa Desayuno. Habían caminado kilómetros y Kilómetros, durante casi una semana, alimentándose de peces y algunos conejos salvajes. Al menos Bruja Cazadora y Simon, ya que Marceline había logrado sobrevivir con el rojo de las manzanas que se encontraba en los árboles.

Marceline nunca perdió la oportunidad para restregarle en cara a la cazadora que no dependía de fogatas o cazar animales para sobrevivir, cada vez que esta fallaba al intentar dar caza a algún venado o conejo salvaje. Y Bruja Cazadora nunca perdía la ocasión de vengarse, lanzando flechas que casi atinaban a la cabeza de Simon, sólo para hacer enojar a la reina de los vampiros. La cazadora siempre solía disculparse, diciendo que la herida en la cabeza la hacía perder el control de sus flechas.

Otras veces Simon se daría a la tarea de evitar que las dos se mataran mutuamente, poniéndose en medio de ambas e intentando razonar con ellas. Eran estas veces en las que su vida corría peligro extremo. Las garras de Marceline lo habían alcanzado tantas veces que poco a poco su chaqueta de cuero negro ya no tenía la manga izquierda y la derecha apenas y quedaba colgando de su brazo.

Y estaban las flechas y rayos de energía de Bruja cazadora, nunca llegó a creer que la carne de humano oliera tan bien hasta que la cazadora casi lo fríe por completo. Su chaqueta y pantalón se habían llenado de agujeros. Simon se hubiera cambiado de ropa, pero habían sido destruidas el día en que se habían encontrado con la cazadora o las había utilizado para vendar la cabeza de esta última.

—Mira lo que me hiciste hacer —dijo Marceline en una ocasión, cuando le hizo un corte largo al brazo izquierdo de Simon— te voy a…

—No fue nada, Marcy —había interrumpido Simon, perdiendo la cuenta de cuantas veces su vida corrió peligro ese día— puedo vendarme con lo que queda de mi camisa.

—Te lo digo, mago, esto no pasaría si fuéramos solos tú y yo a la ciudad de los magos —dijo Bruja Cazadora, preparando una docena de flechas que rodearon a Marceline— Todavía estamos a tiempo. Sólo dilo y clavaré hasta la última flecha en ella.

—¿A salvo? —Preguntó la reina de los vampiros con incredulidad— Si estamos en esta situación es por tu culpa ¿O ya olvidaste quien intentó matar a quien primero?

—Ya te dije que fue un accidente, pensé que él era tu esclavo —mintió— Yo sólo quería liberarlo —Bruja Cazador sólo tenía que apartar al castaño y apuntar al corazón o al cuello de la pelinegra y pondría fin a la discusión— Ven conmigo, juntos podemos llegar en dos semanas a pie a la ciudad de los magos—y empezó a halar del brazo derecho de Simon.

—El reino desayuno queda a unos días de aquí —Marceline tomó el brazo izquierdo de Simon— ¿Y qué te hace creer que estará seguro contigo? Si no fueras tan testaruda, hace mucho que hubiéramos llegado volando, montón de hojas cecas.

—Ya te gustaría arrojarme desde lo alto ¿Verdad? Me he enfrentado a demonios de verdad, mocosa, podría hacer una capa con tu intento de piel demoníaca en segundos.

—¡Ven e inténtalo si te crees tan valiente, arbusto!

—¡Tú lo pediste, hija de la luz!

—¡Basta! —Gritó Simon, soltándose del agarre de ambas chicas, antes de que le arrancaran las manos— Marcy, te disculparas. Cazadora, iremos al reino desayuno. Sé que no puedo obligarte a venir con nosotros, pero quiero asegurarme que un doctor vea tu herida.

Tuvieron que pasar algunos minutos y varios insultos entre las chicas para que Marceline diera el primer paso y se disculpara. Por impulso, Simon acarició la cabeza de su mejor amiga, algo que solía hacer durante la guerra de los champiñones. Aunque el castaño no veía esto como algo extraño, para la pelinegra era algo vergonzoso que lo hiciera frente a alguien, sobre todo si ese alguien no le caía bien.

—¿Podemos seguir caminando? —Dijo Marceline, con un fuerte rubor oscuro en sus mejillas.

La pelinegra empezó a flotar. No iba a quedarse a la espera de que Bruja Cazadora se le ocurriera algún comentario sarcástico sobre su rubor o porque era tratada como una niña. Simon suspiró pesadamente, a este paso seguro tendría canas antes de que su cuerpo llegara a los treinta.

Estaba por reanudar su camino, cuando sintió que alguien lo tomaba de lo que quedaba de su manga derecha. Al girarse vio que Bruja Cazadora tenía un leve tono verde oscuro en su rostro y susurraba un "yo también lo siento", como queriendo asegurarse que Simon, y solo Simon, se enterara de lo que estaba diciendo. El humano había entendido el mensaje.

Empezó a acariciar con mucho cuidado la cabeza de Bruja Cazadora. Si no fuera por la herida, ella se hubiera sentido tentada a sentarse y disfrutar del momento. El castaño casi quita su mano, pero la de verde lo detuvo. Se sentía muy bien la manera en que él la trataba. Cuando lo veía a los ojos sentía que por fin había encontrado a alguien que la comprendiera, que supiera que la vida no era un jardín de rosas y el contacto con su mano la llenaba de calidez.

—¡Hey, ustedes! —Gritó Marceline, aún estaba flotando y esta vez tenía un par de ojos como gatos en lugar de un rubor oscuro— Si quieren podemos acampar aquí la noche.

—¡En seguida vamos! —Gritó Simon— mejor sigamos caminando.

Aunque el castaño estaba a varios metros de distancia, Bruja Cazadora todavía sentía la mano acariciando su cabeza, pero esta vez no había calidez o felicidad. El castaño notó que Bruja Cazada se estaba quedando atrás y estuvo por llamarla, cuando la pelinegra se sentó sobre los hombros del humano.

La cazadora caminó a paso lento, escuchando sus risas y bromas tontas. La reina de los vampiros le tapaba los ojos y lo guiaba. En más de una ocasión hizo que él chocara contra un árbol a propósito, diciendo que girar a "la otra derecha". Luego le gritaba que corriera, que fuera más rápido, más rápido, todavía más rápido, hasta que ya no podía más y tenía que detenerse para descansar. Momento que aprovechaban para bromear entre ellos.

Y así, Bruja Cazadora notó que cada vez que Simon le prestaba atención, él sonreía, la mimaba y le daba calidez. Pero cuando estaba con la reina de los vampiros, él no sonreía, reía, se veía tan feliz. Ella, Bruja Cazadora, jamás podría hacer que él sonriera del modo que lo hacía con la pelinegra. Se molestó consigo misma, tenía un orgullo y dignidad que cuidar… Como quería dispararle una flecha en la cara a ese intento de vampiro, así ya no tener que preocuparse (o tener celos) de nadie. El mago podría ir con ella a la ciudad de los magos, donde pasarían el resto de sus vidas estudiando y mejorando sus en las artes oscuras.

Otra noche acamparon a las afueras del bosque. La pelinegra y el castaño se sentaron sobre el tronco de un árbol caído y miraron las estrellas, dándoles formas ridículas. Bruja Cazadora quería sentarse en ese tronco y ver las estrellas. Arrojó un par de troncos sobre la fogata, se recostó en el suelo y cerró sus ojos.

Se hubiera quedado dormida, pero había dado inició una guerra de cosquillas y las risas de ambos era estridente. Se mordió el labio inferior y deseó con todas sus fuerzas que un oso apareciera de la nada. Así habría algo que los tres pudieran hacer. Las risas no se habían acabado cuando ella quedo completamente dormida.

Para cuando ellos finalmente habían llegado a su destino, Simon estaba tan feliz que casi empezó a besar cada centímetro del reino desayuno y casi le da un ataque al corazón cuando la recepcionista de la única posada abierta le dijo que no quedaban habitaciones libres. Por suerte, justo cuando Marceline sacaba sus garras y Bruja Cazadora despedía rayos de las manos, culpándose la una a la otra, una familia decidió pasar la noche en otro lugar.

Era una habitación muy espaciosa, con cuatro camas repartidas en cada esquina, una mesa con cuatro sillas en medio de la habitación y una cómoda al lado opuesto de la puerta. El castaño no podía creer lo increíblemente cómoda que podía ser una cama luego de pasar varias noches en medio del bosque, intentando sobrevivir a las discusiones de la heredera de la Nocheosfera y de una posible psicópata en serie.

Pero ahí estaba él, con su cuerpo cayendo pesadamente en la cama y sus ojos cerrándose al instante. Ya tendría tiempo la mañana siguiente para tomar un baño y de desayunar. No había podido llegar hasta la tierra de los sueños cuando escuchó al par de chicas gritar. Luego escuchó algo romperse, el familiar sonido de una flecha volando a toda velocidad y más gritos.

Cuando sus ojos finalmente se abrieron (y se dio cuenta de que para su desgracia seguía vivo) casi toda la habitación era un montón de astillas y jirones de toda clase de telas, las paredes estaban llenas de flechas o marcas de garras y ya no había rastro de la mesa, sillas, cómoda y camas, salvo por la suya.

—Yo le gané —dijo Bruja Cazadora, con su cabeza y un brazo saliendo de los resto de una de las camas— no importa lo que te diga, yo le gané —sus ojos se cerraron y empezó emitir silenciosos ronquidos.

En la misma cama de Simon se encontraba Marceline, durmiendo, transformada en una pequeña murciélago. Debía admitir que cuando las dos no estaban intentando volverlo loco o matarlo, se veían muy lindas. Acobijó a Marceline y le dio un beso en la mejilla. Caminó hasta donde estaba Bruja Cazadora, aún seguía roncando. Sólo son un par de niñas, pensó Simon. Le dio un beso en la frente y salió en silencio de la habitación, rogando que para cuando volviera todavía hubiera una habitación.

La posada tenía tres plantas, un amplio comedor en la planta baja y una tina con agua caliente en cada planta. Su cuerpo pedía a gritos un poco de comida, pero prefirió quitarse el mal olor y las manchas de sangre en su cuerpo primero.

Todos sus músculos se relajaron al contacto con el agua caliente y pequeñas manchas rojas empezaron a flotar en la tina. Quitó todas las manchas de sangre y lodo de su cuerpo, disfrutando de la calidez que le proporcionaba el agua y agradeció que no se escucharan gritos o más cosas rompiéndose.

Ya estaba por volver a quedarse dormido cuando su estómago empezó a gruñir. Había pasado más de una semana desde que probó algo decente y su boca todavía mantenía el sabor del tocino hecho por Marceline.

Buscó en las bolsas de su pantalón su saquillo con monedas de oro y le dio varios besos una vez que la encontró, después de todo lo que había pasado, casi temía que se le hubiera caído en el bosque o en el camino al reino desayuno.


—¿Qué hora es? —Preguntó la reina de los vampiros, mientras se brotaba los ojos con una mano— ¿Simon?

Marceline buscó con la mirada a Simon, pero no lo veía. Sólo estaba Bruja Cazadora recostada contra una pared, afilando con una piedra una de sus flechas. Se aseguró con un dedo que tuviera el filo necesario y la guardo en su espalda. Su traje, hecho con telas mágicas, le permitía guardar hasta cuarenta flechas en su espalda sin que se note que tuviera una de ellas.

Por desgracia, ahora apenas y le quedaban cinco en buenas condiciones. Buscó entre los muros alguna flecha que no estuviera astillada, pero todas estaban rotas o con las puntas planas de tanto usarlas.

—¿Cómo es que ustedes dos se conocieron? —Preguntó la cazadora, sin mirar directamente a la reina de los vampiros— Él es un buen mago y tú… bueno, tú eres tú.

—Fue hace mucho tiempo —Marceline contuvo con las ganas de arrancarle la lengua— yo era una niña torpe y miedosa y él estuvo ahí para ayudarme. Lo demás, lo demás es historia, niña. Además, él es científico, no mago.

La cazadora alzó la mirada para ver a la pelinegra. ¿Un científico? No, la ciencia no conduce a ningún lugar, pero la magia, eso conduce al poder. Quería saber si ella mentía, pero no, sus ojos mostraban determinación, no podía aceptar que eso fuera verdad.

—entonces ¿Cómo es que un científico es tan buen mago? —la cazadora bajo su cabeza, sacó una flecha de su espalda y volvió a afilarla— he visto lo que hace. Un mago de ese nivel necesitaría décadas enteras para hacer lo que él hace. ¿Quién fue su maestro?

—¿Por qué no se lo preguntas a él? —pero la cazadora no respondió a su pregunta— Hace tiempo, Simon conoció a un tipo, sus túnicas eran… eran negras y tenía el cabello canoso y el cuerpo lleno de arrugas. Él le dijo que podía enseñarle trucos asombrosos. Ya sabes, sacar un conejo de un sombrero, partir a un pobre diablo por la mitad sin matarlo y esas cosas.

—¿y él lo creyó?

—Quería protegerme. La ciencia no hacía más que traerle problemas, así que pensó… tal vez la magia era la salida. Le dije que no se pusiera la coro… que no fuera con el mago. Él me prometió que no lo haría.

—Promesa que luego rompió.

—Era muy joven. Quería protegerme. Pasó el tiempo y la magia destruyó su cuerpo y su mente. Y cuando me di cuenta, ni él me reconocía, ni yo lo reconocía.

—Pero ahora él te recuerda y su cuerpo está sano.

—Ahora, pero si lo hubieras visto hace unos años… No importa como lo mires, Simon no es un mago. Tal vez nunca lo entiendas, pero él es uno de los mejores científicos de Ooo, tal vez el mejor de todos. Pero no puede hacer lo que quiera con la ciencia, no todos los inventos deben inventarse.

—¿Por qué no? Si tiene el poder para hacerlo ¿Por qué no obtener fama, gloria y poder?

Marceline ya se había hecho esa pregunta antes. En la convención de científicos, ella sabía que no podía aparecer de la nada e intentar ayudarlo. Por eso envió a Grumosa y se mantuvo invisible, viéndolo desde el aire.

Y cuando vio sus inventos, ella sabía que Simon pudo haber hecho algo mejor. Pudo haber inventado cosas sorprendentes con los mismos materiales y hacer que esos intentos de científicos dejaran de reírse de él. Pero no lo hizo. Hace un milenio, Simon le contó que los inventos eran como un arma de doble filo y el lado más afilado es el que apunta a uno mismo.

Marceline no lo entendió en ese momento, pero ahora tenía la madures para saber que ciertos inventos, los autos y motocicletas, ayudaron a muchas personas, pero fue gracias a ellos que también se cometieron crímenes horrendos contra la especie de su creador. El que inventó el automóvil mancho sus manos de sangren sin siquiera saberlo.

¿El fin justifica los medios? ¿Vale la pena que mil personas sean felicez, a costa de que otros mil mueran? Para Simon no. Si él inventaba algo, si hacía grandes descubrimientos, los mostraría al mundo sólo si no podían ser usados para lastimar a otros o hasta que el pudiera hacer algo para que no lastimen a nadie. Nadie más que él sabía cuan verdaderamente destructiva puede ser la ciencia, por qué muy pocos pueden ser llamados científicos y por qué la ciencia no es un juguete.

—Nunca lo entenderías —terminó por decir Marceline— Si Simon así lo quisiera, podría conquistar este mundo en un día. Pero a él no le interesa eso, ni el dinero, ni la fama o la gloria. Para él, hay cosas mucho mejores y que sí merecen su tiempo.

—¿Cómo qué? —preguntó Bruja Cazadora, volviendo a guardar su flecha y la piedra de afilar en su espalda— ¿Qué puede ser mejor que hacer que todos se arrodillen ante ti?

—Mirar las estrellas —respondió Marceline, mirando el techo con una sonrisa, recordando las veces que ella y Simon jugaban a darle formas todas.

—Que imbécil.

—¿Qué fue lo que dijiste? —Marceline podía permitir que la insultara de todas las formas posibles, pero nadie le hablaba así a su mejor amigo y seguía conservando sus órganos internos dentro de su cuerpo— repite eso, si eres tan valiente. ¿O temes caerte y abrirte la cabeza otra vez?

Bruja Cazadora se puso de pie rápidamente. Heredera de la Nocheosfera o no, se juró que este iba a ser el último día de vida de la pelinegra. Nadie la sacaba de sus casillas y vivía para contarlo. Y la reina de los vampiros ya llevaba un par de días sacándola de sus casillas.

La pelinegra se transformó en un demonio e intentó embestir a la de verde, pero ésta la esquivó justo a antes de ser golpeada. Tenía pocas flechas en buen estado, pero sabía cómo usarlas. Marceline se preparaba para romperle los huesos y bruja cazadora había lanzado sus flechas. De la nada, un muro de hielo se interpuso entre las flechas y la chica demonio.

El muro quedó completamente destruido por el impacto contra Marceline y las puntas de flechas perdieron todo el filo por chocar contra el hielo.

—¿No puedo dejarlas una hora solas sin que intenten matarse? —Dijo Simon, trayendo consigo una bandeja repleta de carne, manzanas, bebidas y un par de cuencos con sopa— Por lo menos aún están en una sola pieza, eso ya es algo.

El humano caminó hasta el centro de la habitación. Dejó la bandeja en el suelo y, tras unos segundos en los que él tuvo que concentrarse, de sus manos apareció una pequeña ventisca de hielo, que dio forma a una mesa y tres sillas de hielo.

Simon sabía que no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que las sillas no eran muy cálidas o cómodas, pero era mejor que nada.

El humano dejó la bandeja en la mesa, a la espera de que el par de chicas se sentaran. Ellas se miraban la una a la otra frívolamente. Si las miradas mataran, ellas seguramente se estarían torturando mutuamente antes de dar el golpe, o mirada, final. El castaño daba gracias en silencio de que las miradas no fueran asesinas.

—Si tanto quieren matarse —Marceline alzó sus garras y Bruja Cazadora empezó a cargar un par de rayos mágicos en sus manos— pueden poner todo ese entusiasmo en los juegos del reino desayuno.

El castaño dejó un cartel en la mesa. Para celebrar el cumpleaños de la princesa desayuno, se realizarían competencias de arquería, justas de lanzas a caballo, carrera de obstáculos y lucha de espadas.

Bruja Cazadora miró con curiosidad la parte de la arquería. Siempre le gustaba participar en esa clase de competencias para probarse a sí misma. Y la cantidad de monedas de oro obtenidas en el primer lugar era una razón muy tentadora para participar. Nunca le gustó aceptar los premios, trofeos o medallas de las competencias, pero necesitaba el dinero si quería reponer todas sus flechas.

Marceline estaba más interesada en la parte de carrera de obstáculos, pero rápidamente declinó participar en alguna competencia. Le gustaba la idea de entretenerse en esos juegos, pero no le gustaba ser el entretenimiento de ninguna princesita de quinta. Sólo se recostó en la silla, con los pies sobre la mesa y empezó a drenar el rojo de las manzanas.

—Oh no, Marcy —habló el castaño— vas a participar en uno de esos juegos y darás lo mejor de ti.

—Meh, ¿Para qué? —se defendió Marceline— no necesito el dinero y habrán muchos tontos que quieran rodar, hacerse el muertito y dar la patita con tal de hacer feliz a la cumpleañera esa.

—Necesitamos el dinero, Marcy… Y ese "nos" también te incluye, Bruja Cazadora —ésta última estuvo por decir algo, pero Simon se le adelantó— Mira a tu alrededor. Sus berrinches destruyeron toda la habitación.

—No toda, aún queda esto —Marceline flotó hasta quedar frente a la cama en la que había dormido Simon y le dio un par de suaves patadas. Al instante, la cama cayó en miles de pedazos— Como iba diciendo, pido la carrera óbstalos.

—¿Bruja Cazadora? —la de verde alzó un pulgar. Ella quería decir que toda la culpa la tenía la pelinegra, pero sabía que el castaño nunca le creería— Eso me deja a mí con la lucha de espadas.


Doctora princesa no podía creer lo que estaba pasando. Sabía que no debía apartar la vista de su paciente.

Miro de reojo a Finn y a Jake, ellos seguían durmiendo en su sofa. Luego vio a princesa Grumosa de la misma forma que un psicópata ve a victima antes de clavarle un puñal en el estómago. La tomó por los hombros y amenazó con destruir todos los postres en el refrigerador si no le decía dónde habían llevado a Simon.

—¡Ya te lo dije, Marceline me envió para ayudar al cuatro ojos ese en la convención de nerds! —Doctora Princesa empezó a tirar al suelo cada postre dentro del refrigerador— Lo juro, no sé qué quería ella con él. Tal vez quiera ser su novia o algo… ¡de acuerdo, eso fue estúpido! No te desquites con los cupones de… adiós a todos mis cupones de dos por uno. Nunca los olvidare.

¿Por qué Marceline querría a Simon? No tenía sentido. Para colmo, no paraba de imaginarse todas las cosas por las cosas que su amigo estaría pasando en esos momentos. ¿Acaso quería que él tuviera éxito como científico sólo para humillarlo? ¿Quería que él fuera feliz para luego hacer su vida una Nocheosfera? ¿Y si lo estaba llevando al Dulce Reino para que Dulce Princesa lo desacredite como científico por el resto de su vida? ¿O si le estaba rompiendo los huesos uno a uno para escuchar sus gritos de dolor y suplicas?

El único hombre que no era un total cretino estaba en peligro y ella no podía hacer nada para evitarlo. Sabía que nunca debió haberlo escuchado cuando dijo que él podía cuidarse solo. Debió seguido su plan original y haberlo dejado dentro de su apartamento, con la puerta cerrada con cinco candados y todas las ventanas cerradas con varias tablas de madera para que él no pudiera salir.

—Si esperas a que Jake despierte, él puede llevarte hasta Marceline —Dijo Grumosa— Deja de preocuparte. Hasta donde sé, ellos dos apenas y se conocen. Incluso si él le hizo algo malo ¿Qué sería lo peor que podría hacerle al cuatro ojos?

En eso ella tenía razón. ¿Qué era lo peor que la heredera de la Nocheofera, reina de los vampiros, peligro social, rebelde sin causa y con la fuerza para aplastar cráneos como si nada podría estar haciéndole a un simple humano?

—¡Simon! —Gritó la doctora. No sabía a donde ir, ni tenía un plan. Aun así salió corriendo fuera del apartamento a toda velocidad —¡Ya voy a salvarte!

Princesa Grumosa siguió con la mirada a la doctora hasta perderla de vista. Buscó en el refrigerador algún postre sobreviviente, apenas y encontró un flan. Preparó la televisión, algunas palomitas de maíz y dejó una botella en el estómago de Jake, al que le dio la forma de porta vasos gigantes.

—¿Podrías sostenerme esto? —dijo Grumosa, dejando entre las piernas de Finn un bol con palomitas de maíz— Gracias. Por cierto ¿no te molesta que tome algunas monedas prestadas?… Tomaré tu silencio como un "te las regalo todas".

Por desgracia, todo lo que Grumosa pudo encontrar en los bolsillos del humano, fue un cartel para conmemorar el cumpleaños de la princesa desayuno. Ya había escuchado decir a Doctora que tendría que viajar al reino desayuno para atender a todo aquel que resultara lastimado en alguna de los juegos que ahí se celebrarían en una o dos semanas. Estaba por tirar el cartel cuando vio los premios que se darían al primer lugar.

—¡Finn, despierta! —Gritó Grumosa, dando bofetadas y puñetazos al humano. Cuando él despertará no sentiría ni la quijada— despierta holgazán, quiero que practiques para que ganes estos premios por mí.


—¿No podía haber elegido un uniforme más incómodo? —Preguntó Marceline, viendo el traje que su mejor amigo le daba.

El "uniforme reglamentario" de los juegos de Princesa Desayuno consistía un unos pantaloncillos de cuero café, una camisa de algodón blanco y un chaleco de cuero café. Unas botas de piel venado y unos guantes negros. Al menos en los juegos de lucha de espada, arquería y carrera de obstáculo. Para las justas de lanzas se usaba una armadura gris hecha a la medida de los concursantes.

Simon no podía negar que los pantaloncillos lo hacían ver ridículo, pero no dijo nada. Tenían que pagar ciento diez monedas de oro por todos los destrozos en la posada. El primer premio en cualquier competencia era de doscientas monedas de oro, el segundo de cien y el tercero de cincuenta. Si al menos uno de ellos ganaba el primer lugar, podrían salir de las deudas.

Bruja Cazadora no dijo nada sobre el traje de cuero y algodón. Todas sus flechas quedaron inservibles y no tenía manera de reponerlas. No tenía monedas de oro para comprar más flechas y ya que no se podía usar magia, tampoco podía comprar un arco. Su trabajo, en un principio, era buscar y matar al mago.

Nunca se imaginó que ahora estaría caminando a su lado, esperando el momento justo para convencerlo de ir a la ciudad de los magos.

La única alternativa era la justa de lanzas… No. Había otra alternativa. Irse a la ciudad de los magos y dejar que el castaño y su amiga se las arreglaran. Ella podía ingeniárselas para ganar poder por sí sola. Pasarían décadas para ello, pero era mejor que humillarse a sí misma.

Estaba por decir "me largo de aquí", cuando una niña hecha de moffin entró a la habitación y le entregó a Simon un paquete. El castaño le entrego su saquillo con monedas de oro como pago y la chica se fue sin decir nada más.

—Creo que esto te servirá más a ti que a mí —dijo Simon, entregándole el paquete a la cazadora.

Bruja cazadora abrió la caja con curiosidad. Dentro había una veintena de flechas y un arco. La cazadora miro al castaño con enojo. Ella no necesitaba la compasión de nadie y estaba por decirle que no las necesitaba, que se iría y los dejaría solos.

Pero recapacitó. Seguramente el castaño le diría que podía conservarlas, eran suyas y que de todas formas las necesitaría para llegar a salvo a donde sea que fuera. Esas flechas no eran para la competencia de flechas. Eran un regalo para ella.

—¿Por qué me das esto? —Preguntó la cazadora, aun sabiendo la respuesta— puedo competir en la justa de lanzas, carrera de obstáculos o pelea de espadas. Soy buena para otras cosas además de arco y flechas.

—Son tuyas, úsalas como quieras— respondió el castaño.

—¿Y si digo que me largo a casa, sin pagar una moneda de oro por la habitación? —pregunto la cazadora, abrazando con fuerza la caja con las flechas y el arco.

—Entonces guárdalas. Sé que puedes cuidarte sola, eso no lo dudo, pero me sentiría mejor si las conservas. Y si vas a cazar animales o peces, es mejor que uses las flechas en lugar de freírlos por completo con tus rayos.

—Gracias —Bruja Cazadora le dio la espalda al humano para decir esa palabra— juro que te devolveré las monedas de oro.

—No las necesita —dijo la reina de los vampiros, rodeando el cuello del castaño con una mano y alborotándole el cabello con la otra— una vez que gane la carrera de obstáculos, podremos pagar por esta habitación de quinta.

—Sé que los harás morder el polvo, Marcy —dijo Simon, rodeando el cuello de su amiga con una mano y con la otra alzando un puño al cielo— ¡a patear traseros!

La de verde se quedó mirando en silencio al par de amigos, sosteniendo con mucha más fuerza el regalo que el humano le había dado. Quería unírseles, saltar en la espalda del humano y pellizcarle las mejillas. Nunca creyó sentir tanta envidia de alguien.

—Oigan —dijo Bruja Cazadora, sin saber si dijo esto en silencio o lo gritó— ¿Qué tal si juntamos nuestras manos y la de tres gritamos "¡a ganar!"?

El humano y la chica demonio se miraron unos instantes y asintieron al unísono. El grupo de tres juntaron sus manos, contaron hasta tres y gritaron tan fuerte "¡A GANAR!" que todos en la posada los escucharon.