El ultimo capi que les dejo el dia de hoy.
Capítulo 7
—¿Es que has perdido el juicio? —espetó Edward, abriendo la puerta del gallinero con tanta fuerza que la mitad de las gallinas levantaron un revuelo de plumas y cacareos—. Esto no forma parte de tu trabajo como niñera.
Con cada paso encontraba más difícil controlar su temperamento. ¿Y a qué hombre no le costaría si tenía a la niñera más exasperante del planeta cavando hoyos en el gallinero?
—No, ¿verdad? —dijo Bella. Apoyó la bota de goma rosa en la pala, la hundió en la tierra y la dejó clavada—. Pero no estoy de servicio, así que no creo que importe.
—¿Que no estás de servicio? —repitió él entornando la mirada—. ¿Estás diciendo que lo dejas?
—No, Edward, aunque vayas a buscarme una sustituta. Lo hemos sabido desde el principio, y ahora es más necesario que nunca.
¿Por lo de anoche?, pensó él. Había pasado la noche en vela, intentando averiguar por qué una simple proposición de matrimonio podía causar un efecto tan negativo. Pero por mucho que lo pensara, no podía quitarse la fría punzada de decepción que lo traspasaba desde entonces.
Y mientras pensaba en todo ello, se había dado cuenta de una cosa. Bella lo había arrinconado. En el poco tiempo que llevaba en su casa, se había abierto camino hacia el corazón de los niños, y ahora sería muy cruel intentar separarlos.
—Si te vas ahora, será porque eres demasiado egoísta para quedarte y acabar lo que has empezado.
Se le hizo un nudo en el pecho mientras esperaba su respuesta.
—¿Qué quieres decir con eso exactamente? —preguntó ella, alterada—. Después de lo que pasó anoche, y de la falta de bienvenida que has demostrado desde que llegué aquí, no puedes insinuar ahora que…
—Anoche no pasó nada —la cortó él—. Únicamente te hice una sugerencia y tú la rechazaste. Fin de la historia. No tiene que suponer ninguna diferencia. Después de haberlo meditado con calma, admito que fue una idea absurda. Pero ya está todo olvidado. Pensé que aceptarías porque te preocupas por los niños. Aunque tal vez ya no te interesa lo que sea mejor para ellos.
—No, yo… Por supuesto que quiero lo mejor para los niños —respondió ella con voz débil, sin orgullo ni fuego en la mirada. Por un momento Edward creyó ver incluso el brillo de las lágrimas en sus ojos.
Pero un segundo después Bella sacudió la cabeza y se balanceó sobre la pala.
—Lo que dijiste sobre la idea de casarnos es cierto —dijo, sin parar de saltar—. Me sorprendió oírte sugerir algo tan absurdo, pero supongo que puedo olvidarlo si tú puedes.
—Estupendo —dijo él. La reacción de Bella debería haberlo aliviado, pero antes tenía que adaptarse a los cambios que había sufrido su plan.
Nada de matrimonio. Pero quería que Bella se quedara y cuidara de los niños. En una semana él quizá volviera al trabajo. Sin embargo, ahora que por primera vez se encontraba lejos de la oficina, pensó que tal vez debería tomarse unas vacaciones.
No iría a ninguna parte. Tan sólo se quedaría descansando en casa y ocupándose de la granja. Hacía mucho que no hablaba en persona con su capataz.
Mientras tanto, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo Bella en el gallinero. ¿Por qué había abandonado a los niños que supuestamente le importaban tanto?
—Quiero que aceptes quedarte indefinidamente para cuidar de mis hijos a jornada completa.
—Acepto quedarme mientras los dos creamos que funciona —dijo, asintiendo fríamente y sin sonreír.
—Y espero de ti que los cuides como es debido —añadió él, haciendo un gesto a su alrededor—. ¿Qué estás haciendo aquí cuando deberías estar dentro, vigilando a los niños? ¿Por qué los has dejado en la casa cuando yo ni siquiera había salido de mi habitación? Podrían haber hecho cualquier diablura.
—Su única diablura ha sido obligarte a levantarte antes de que estuvieras listo para dejar la cama —lo provocó ella, como si fuera un perezoso. Nada más lejos de la realidad.
—No creo que esto funcione, si vas a desatender a los niños de esta manera.
—¿Eso crees? —le preguntó, pisando con fuerza la pala un par de veces para hundirla más en el suelo… y ofreciendo a Edward una vista de sus piernas desnudas, la mitad de su trasero, enfundado en unos shorts vaqueros, y una extensa porción de vientre.
El cuerpo de Edward respondió como era de esperar, lo cual no ayudó mucho a su temperamento. Su incapacidad por reprimir el interés sexual hacia Bella era uno de los aspectos de su proposición rechazada en los que intentaba no pensar.
—Has estado quejándote de que quieres lo mejor para tus hijos —dijo ella—. ¿No?
Por un momento Edward se quedó desconcertado con las palabras «has estado quejándote». Pero enseguida consiguió ponerlas en el contexto de la conversación.
—He dejado muy claro que quiero lo mejor para ellos —afirmó, y se pasó una mano por el pelo con frustración. Lo que de verdad quería era pasarla por las piernas y el vientre de Bella. Por mucho que se estuvieran atacando mutuamente, su traicionero cuerpo no dejaba de reaccionar ante ella—. ¿Qué tiene eso que ver con que los hayas abandonado esta mañana?
—Te estoy ayudando a conseguir lo que quieres, y al mismo tiempo asegurándome de crear unas condiciones de trabajo apropiadas para mí. Necesitas dedicarles más tiempo a Tony y Matt, Edward. Y ellos necesitan eso de ti. Así que esta mañana decidí darte un pequeño empujón, eso es todo —miró a las gallinas y sonrió—. ¿No te encanta verlas picotear gusanos?
Edward le dio una patada al saco de trigo y experimentó una satisfacción juvenil cuando ella dio un respingo.
—No intentes llevarme por tu camino, Bella. Estás aquí para desempeñar un papel. Y eso no incluye manipular las cosas como te plazca.
—Muy bien. Entonces sólo hay otra razón que explique por qué me he ausentado de la casa esta mañana.
—¿Y cuál es? —preguntó él, impaciente por oírla. Bella tenía que aprender que había unos límites y que no siempre podía tener lo que se le antojaba.
Sin duda sería otra demanda inaceptable concerniente a la familia.
—Tiempo libre —dijo ella—. Ya sabes, unos descansos en mi jornada de veinticuatro horas.
Se dispuso a saltar de nuevo sobre la pala, pero entonces Edward se abalanzó hacia delante sin pensar y la agarró. Por unos momentos ella permaneció de pie en la pala y él con las manos en su vientre desnudo, mirándose fijamente a los ojos.
Bella era increíblemente suave y esbelta, y su piel era cálida y tentadoramente flexible. Edward se sintió incapaz de soltarla. Peor todavía, quería seguir explorándola hasta que no quedara nada por descubrir. La maldijo en silencio, por provocarle aquel deseo y por negarse a una solución práctica para todo.
—Deberías tener cuidado —le dijo, al tiempo que la soltaba y retrocedía—. Entonces, ¿estás aquí porque necesitas tiempo libre?
—Exacto —respondió ella. Respiró hondo y agarró la pala para disponerse a salir—. Ya he acabado, pero si quieres que me quede…
—Por supuesto que no —dijo él saliendo tras ella. Echó el candado y se preguntó qué hacer a continuación—. Tienes derecho a tomarte un día libre. Eso no hay ni que decirlo.
—Estupendo. Sabía que lo entenderías. Puede incluso que te arrepientas por no haber pensado antes en mi tiempo libre.
—Tampoco llevas tanto tiempo aquí —protestó él, pero las palabras de Bella lo hacían sentirse mezquino y desconsiderado—. En cualquier caso, te pido disculpas. He estado…
¿Distraído? ¿Cegado por el deseo? Sacudió la cabeza, harto de su frustración.
—He estado ocupado con otras cosas y no pensé en ello. Si quieres, podemos ir adentro y discutir los detalles.
—Oh, no es necesario —dijo ella con despreocupación. Edward quiso agarrarla por los hombros y besarla hasta que ella admitiese que había algo entre ellos. Algo que no desaparecería hasta alcanzar su conclusión natural… De un modo u otro.
Ajena a sus pensamientos, Bella sonrió desdeñosamente.
—Estoy segura de que ahora que has comprendido la cuestión, te asegurarás de que en el futuro mi jornada laboral no sea demasiado agotadora.
—Por supuesto —aceptó él entre dientes. Tal vez debería olvidarse del matrimonio y acostarse simplemente con ella. Al menos así conseguiría sacarla de su interior, como un cuerpo extraño que estuviera infectando su sangre—. Y espero que tú seas igual de comprensiva sobre tu jornada.
—Voy a pasar un día fabuloso, porque Jacob también lo tiene libre. Vamos a hacer algo los dos juntos —dijo ella.
—He mandado a Jacob a la ciudad con los niños —la informó él. Y si hubiera sabido que su jardinero iba a ligar con su niñera, lo habría despedido para siempre—. Tenía que ir de todos modos, así que le pedí que se los llevara a dar un paseo.
—Olvidaste que era su día libre, ¿eh? Al menos a él le has dado uno, aunque después no te importe cancelarlo.
—La verdad es que sí se me olvidó —se defendió él. A pesar de lo que Bella pensara, él rara vez olvidaba algo.
Ella se encogió de hombros y se dirigió hacia la casa.
Un vehículo apareció en el camino de entrada, conducido por Jacob. Edward se dijo a sí mismo que no le importaba que Bella fuera a pasar el día con el joven jardinero, pero no logró convencerse.
—Tenemos asuntos que discutir.
—Oh, sean cuales sean, seguro que pueden esperar —dijo ella, saludando alegremente con la mano a Jacob, mientras éste detenía el vehículo junto a los cobertizos—. Te mandaré a los niños. ¡Hasta luego!
Echó a andar hacia el coche, golpeándose los tobillos con las botas de goma. ¿Quién iba a un sitio civilizado con botas de agua, aunque éstas fueran rosas en vez de negras? ¿Y esa despedida tan frívola? Edward apretó los puños dentro de los bolsillos y fue hacia el porche.
Sólo entonces, mientras sus hijos corrían hacia él, se le ocurrió que Bella lo estaba dejando para que se ocupara de ellos durante un día entero.
Había vuelto a manipularlo, y él se lo había permitido. Tan absorto había estado deseándola y reaccionando ante ella que no se había dado cuenta de su jugada hasta que fue demasiado tarde.
Pero a pesar de los días previos tan difíciles que habían pasado, Edward consiguió disfrutar bastante con sus hijos. No le costó mucho, gracias a los columpios y el foso de arena. Y puesto que Bella había empleado el aspersor y las pistolas de agua con gran éxito, él hizo lo mismo.
Cuando Tony y Matt se pusieron un poco nerviosos por la tarde, los sacó de la casa para salvar los muebles y los llevó a dar un paseo por el huerto, explicándoles el proceso de crecimiento de las manzanas. Todo aquello les pertenecería algún día, y Edward quería que lo apreciaran. Era irónico que los enseñara a amar su herencia al tiempo que intentaba mantener una distancia emocional con ellos.
Deseó que las cosas fueran diferentes, pero no podía convertirse en algo que no era. No les podía dar algo que no tenía.
Cuando se hizo de noche y los acostó, apenas fue consciente de que no era una tarea difícil. Sus pensamientos volvían una y otra vez a Bella, y siguió pensando en ella durante las horas siguientes, hasta que ella volvió a casa.
Cuando entró en el recibidor, él la estaba esperando desde la puerta del salón.
—¿Has pasado un buen día? —le preguntó sin poder disimular su sarcasmo.
Tenía mucho más que decir. Algo como «es más de medianoche. Tú día libre ha terminado. ¿No te parece una actitud irresponsable estar fuera hasta tan tarde cuando tienes que estar despejada por la mañana para cuidar a mis hijos?».
Aquél era su trabajo, después de todo, por si acaso ella lo había olvidado. Pero las palabras se le atascaron en la garganta al quedarse paralizado en el umbral del salón, contemplando a una mujer casi irreconocible.
¿Era su pelo que brillaba como un halo alrededor de su cabeza? ¿O era el vestido, de un vivo color naranja que bañaba su piel con un resplandor dorado?
¿Qué había pasado con las botas rosas y los shorts vaqueros? ¿Y qué le había pasado a Bella?
Todo su cuerpo parecía brillar con luz propia, y una duda se le clavó a Edward en el corazón. ¿Relucía por Jacob? Y de ser así, ¿qué demonios le había hecho el jardinero para que luciera ese aspecto radiante? ¿Cuántos años tenía el chico? ¿Diecinueve? ¿Veinte? Era demasiado joven.
Sí, y Bella no era mucho mayor. Podía sentirse atraída por alguien de la edad de Jacob. Edward, en cambio, tenía casi treinta y cinco años. Casi el doble que Jacob.
Intentó convencerse de que no quería compararse con el jardinero y de que no deseaba a Bella, y esperó que su cuerpo acatara esa decisión.
—No te preocupes, Edward. Estaré bien para cuidar a los niños por la mañana —dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento. Sacó el pie de la sandalia y se masajeó el empeine—. No soy tan vieja como para no poder trabajar después de una noche de diversión. ¿Qué estabas haciendo levantado? ¿Los niños están bien? ¿Se han puesto nerviosos?
«No, es el padre quien no puede calmarse», pensó él, pero no lo dijo en voz alta.
—Los niños están bien. Durmiendo —gruñó.
—Has esperado levantado para controlarme —lo acusó ella—. No tienes derecho a inmiscuirte en mi vida privada.
—Soy el padre de los dos niños que tienes a tu cargo —dijo él—. Eso me da algún derecho, pero no, no te estaba esperando. No podía dormir, eso es todo. Es algo que le ocurre a la gente de vez en cuando.
—Pero cuando te levantaste, decidiste interrogarme para saber lo que había estado haciendo —replicó ella—. Te lo diré, ya que parece que te interesa tanto. Una de las hermanas de Jacob se está preparando para ser peluquera, y me ha cortado y peinado el pelo. Luego, Jacob y yo hemos ido de compras y me he comprado este conjunto en unas rebajas. Hemos intercambiado anécdotas… Ese tipo de cosas. He pasado unas horas muy entretenidas con una compañía muy agradable —sus labios se torcieron en una mueca de desprecio—. Hasta ahora.
—En otras palabras, un día de gandulería total, ¿no? —dijo él. Se acercó más y sintió una pequeña satisfacción cuando ella retrocedió varios pasos—. Pero así eres tú, ¿verdad? Siempre vas a tu aire sin preocuparte cómo puede afectar lo que haces a quienes te rodean.
—Me permito a mí misma tener amistades. No es ningún delito —se acercó a él, desafiante, hasta que sus labios estuvieron tan cerca que él creyó percibir su cálida humedad.
El pulso se le aceleró, la sangre le hirvió en las venas y la ira volvió a invadirlo.
—Eres una vaga —espetó—. Un caso perdido, una soñadora egocéntrica y egoísta.
—Y tú eres un abusón arrogante, autoritario y anticuado.
—No permites que la gente forme parte de tu vida —contraatacó él—. Estás tan ocupada guardando las distancias con todo el mundo que eres incapaz de ser natural.
—Eso es absurdo —dijo ella, soltando una amarga carcajada—. Y más te valdría aplicarte esa definición a ti.
Edward la acorraló contra la puerta y puso las manos en la pared, a ambos lados de su cabeza.
—Admito que me gusta tener el control, pero al menos yo sé quién soy y qué soy, y asumo mis retos en vez de estar siempre escapando de ellos.
—Eso no es verdad. Tú también evitas los retos —replicó ella. Se había puesto colorada y respiraba con dificultad—. Me has criticado mucho en el pasado, Edward, pero nunca hasta este punto. No es asunto tuyo lo que haga en mi vida ni a quién deje entrar en ella. ¿Quién te ha dado permiso para opinar?
Edward sintió cómo todos sus años de frustración contenida salían de golpe a la superficie.
—Tú no, desde luego. Lo he intentado contigo, Bella. Sabe Dios que lo he intentado todo lo posible. ¡Pero tú no me dejabas entrar en tu vida!
—Porque tú me odiabas —espetó ella, como si aquellas palabras fueran su única salvación—. No fui más que una espina en tu trasero desde el día en que nos conocimos. No encajaba contigo. No me querías cerca de ti…
—No sé por qué me sacabas de quicio. Nunca lo he entendido, maldita sea —exclamó él, poniéndole las manos en los hombros—. La mitad de las veces no había ningún motivo, y sin embargo siempre conseguías irritarme.
El enfado de Bella se mezcló con la confusión.
—Aún seguimos sacándonos de nuestras casillas, ¿verdad? Pero ahora es peor.
Fue el turno de Edward de echarse a reír amargamente.
—Oh, por supuesto que ahora es peor. ¡Y esto lo demuestra! —sin darle tiempo a reaccionar, le cubrió la boca con la suya.
Y si ella había tenido intención de detenerlo, había esperado demasiado. Su respuesta fue tan sensual como inmediata, y le devolvió el beso con toda su fuerza. Edward la devoró con la misma avidez que un niño tomaba posesión de una caja de galletas. Todas sus emociones reprimidas se fundieron en el beso.
—Deseabas esto. Y lo necesitabas.
Ella tenía las manos en torno a su cuello, y él no supo precisar desde qué instante. Agachó la cabeza y la besó en la clavícula y en el hombro, sintiendo cómo se estremecía en sus brazos.
—Admítelo, Bella. Lo necesitas. Me necesitas a mí.
Ella había metido las manos bajo su camisa y empezaba a recorrerle las costillas y el pecho. Acariciando, moldeando, aprendiendo los detalles de su cuerpo. Dios, qué sensación tan exquisita…
Pero al oír sus palabras, se detuvo y se apartó de él con tanta brusquedad que Edward a punto estuvo de dar un traspié hacia atrás.
—No me conoces —su rostro aún mostraba los signos de la intimidad, pero sus ojos despedían llamas de indignación—. No tienes ni idea de lo que quiero ni necesito.
Y antes de que él pudiera hablar, se alejó corriendo.
