Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a J. K. Rowling, a mí sólo se me fue la olla.

Este fic participa en el reto "Long Story 2.0" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"


Capítulo VI: Chispas que causan incendios

"¿Problemas en Hogwarts? Le aseguro que es sólo una calumnia, nada cierto. Hogwarts está en total estabilidad en manos de Amycus Carrow. El Ministerio de Magia confía plenamente en él"

(fragmento de entrevista a Pius Thicknesse)


28 de febrero de 1999

Hogwarts era un caos. Por más que intentaran ocultarlo, los Carrow no sabían cómo lidiar con armaduras que intentaban recuperar el colegio a ratos y a ratos sólo causar caos. Ginny había sido la primera en aprender a controlarlas, pero casi siempre necesitaba una varita prestada, ajena y la magia no era igual de esa manera. Los hechizos se le resistían, aunque había aprendido a luchar contra eso, pero efectivamente, detestaba la sensación de saber que podía hacer mucho más con una varita propia. Pero no tenía ni idea que había sido de la suya, que probablemente ya estaba rota y hecha pedazos y realmente no quería saberlo. Tenía que conseguir una nueva, una de la aceptara y que no le causara problemas.

Pero por lo pronto, lo que tenía era suficiente. Aquella era la primera vez que se atrevían a reunirse, al menos la gran mayoría, en la sala de los menesteres. Era su mejor refugio. Mientras hubiera alguien adentro, la sala los protegería de los Carrow y sus intentos de restablecer el orden en Hogwarts que casi siempre resultaban fallidos. Ginny sabía que sólo necesitaba una chispa para encender la llama y la chispa había sido ella; después de lo que Amycus Carrow le había hecho, había visto toda la cadena de apoyo.

«Hogwarts para sus legítimos estudiantes», pensaba. De repente, viéndolos reunidos, se dio cuenta de que les habían arrebatado tantas cosas que les habían quitado el miedo. Tantos meses de desesperación se habían traducido en aquello, les habían arrancado una adolescencia de cuajo y los habían obligado a luchar por lo que querían. Porque si no luchaban ellos, no lucharía nadie. De repente se habían dado cuenta de que la mayoría de la gente se había quedado sentada, viendo la desgracia pasar, callada por miedo —y razones no les faltaban—, pero ellos querían hacer algo o morirían de desesperación. Hogwarts se había convertido únicamente en otro lugar tomado, que cada vez se alejaba más de lo que era una escuela.

Se puso en pie, sabiendo que de repente las miradas estaban sobre ella y empezó a hablar.

—Somos el ejército de Dumbledore —empezó, para darse valor, intentando mostrar el aplomo que le costaba sentir después de todo lo que había pasado. Habían perdido la guerra el 3 de mayo del año anterior y allí seguían—. Sé que muchos… —hizo una pequeña pausa y recorrió a su auditorio con la mirada, descubriendo caras que ya había visto antes, y muchas caras nuevas—, de ustedes, están dudosos de esto… —Suspiró—. No puedo pedirles que se arriesguen por una causa que ya muchos consideran perdida. Sobre todo cuando hay tanto en juego… pero… —volvió a titubear, maldiciéndose internamente—, creo que es lamentable que un grupo que nació para aprender Defensa Contra las Artes Oscuras se haya convertido en lo que es ahora: la única fuerza que tenemos para oponernos a los Carrow. —Se detuvo, intentando evaluar las reacciones de su público, algunos la miraban preocupados y otros sonreían, intentando darle apoyo, pero en general eran sonrisas nerviosas, que apenas se animaban a esbozar—. Convoqué a esta reunión por la necesidad de organizarnos, no podemos seguir dando palos de ciego.

»A la larga, eso sólo nos afectará más —poco a poco iba cobrando más confianza en sí misma. Había decidido, ya, que llevaría al Ejército de Dumbledore allá donde este decidiera ir; Neville había tomado la batuta el año pasado, la que Harry había dejado y ahora le tocaba a ella—. Sacar de quicio a los Carrow es lo único que hemos hecho, sí, quizá no sea mucho, pero es un paso en el camino que tenemos que recorrer. Tenemos que recuperar Hogwarts. Y no estamos solos en eso.

Volvió a sentarse y el murmurllo no se hizo esperar, un murmullo que no hizo más que crecer.

—¿Recuperar Hogwarts?

—¡Es muy arriesgado!

—Estamos dentro…

—¡Sí! ¡Mil veces sí!

Esas fueron algunas de las cosas antes de que Luna se pusiera en pie y alzara un poco la voz, para hacerse oír, sin abandonar el tono soñador que siempre usaba.

—¡Parece que la sala se llenó de torsopolos de un momento a otro! —exclamó, y con eso logró un relativo silencio antes de sonreír—. ¿Preguntas en concreto?

Al menos una decena de manos alzadas. Ginny pudo ver como Peakes, al lado de ella, que se había sentado allí para mostrarle su apoyo, se masajeaba las sienes. Luna simplemente señaló alguna mano al azar, sin molestarse en averiguar quien hacía la pregunta.

—¿Seguiremos como hasta ahora?

—Sí… tenemos que lograr que los Carrow estén tan exasperados que se descuiden —respondió Ginny.

—¿Tendremos ayuda? Somos demasiado pocos para ellos…

—La orden del fénix —respondió, simplemente, encogiéndose de hombros—. Por eso necesitamos la distracción. Abe va a meter gente por el pasadizo.

—¿Hay algo planeado?

—No demasiado… —reconoció Peakes—. Hasta este momento todo era desesperarlos e intentar seguir vivos. Sólo que esta vez tenemos que planear todo con más cuidado. Eso es todo —concluyó—. Nos ha ido bien.

Eso era subjetivo. Dependía de lo que pensara cada quien. Para Peakes, que les hubiera ido bien, significaba que no había habido otro caso como Ginny, no así de grave. Pensar como Peakes era ser demasiado optimista, pero no tenían otra alternativa en ese momento. Como decía Luna: «no hay que vivir pensando desgracias».

Dejo que las preguntas siguieran hasta que el interés fue bajando, de todos modos, aquella reunión en la sala de menesteres sólo era mero protocolo para ver quien estaba allí. Ya después se organizarían cuando la gente se fuera acercando, para ver quiénes estaban dispuestos a qué cosas. No les podía pedir que se arriesgaran demasiado si no querían.

Lo único bueno era que tenían, de nueva cuenta, el contacto con Aberfoth. Aunque Cabeza de Puerco estaba severamente vigilado, ellos siempre encontrarían un punto ciego sobre el cuál volar. Siempre que construyeran murallas, ellos encontrarían las fuerzas para volar más alto.

—¿Se acepta alguien más?

Ginny se dio la vuelta como un resorte al oír aquella voz en la entrada del pasadizo y sonrió al encontrarse con una redonda cara magullada, pero conocida. Neville Longbottom alzaba el galeón del ED con una sonrisa, mostrando, en la palma de la mano, el tatuaje del ojo de un fénix.

—¡Neville! —Si Luna no hubiera sido la primera en correr a él, para detenerse abruptamente antes de abrazarlo, lo hubiera hecho Ginny. Pero no, ella se quedó atrás, mirando con una sonrisa. Si Neville estaba allí, las cosas iban bien, y después del primer grito sorprendido de Luna, le siguieron algunos vítores.

Después de saludar a Luna, con una sonrisa, unas palmaditas en el hombro y un apretón de manos, se acercó a Ginny. La miró a los ojos sin apartar la mirada ni un momento, intentando adivinar que se escondía tras unas pupilas cubiertas de tinieblas y una cicatriz que le cruzaba la cara y por poco la dejaba sin nariz. Al menos, si la había dejado sin sonrisa.

—Carrow pagará por eso —dijo, señalándole la cara, antes de abrazarla.

—De eso me encargaré yo —respondió ella.

—Esa es mi chica —murmuró Neville, de modo apenas audible para ella, y después se separó de ella para enfrentar a un auditorio que, con miradas curiosas, lo confrontaba en silencio—. Supongo que ya lo saben —empezó—: queremos recuperar Hogwarts. Y tenemos un plan.

Procedió a explicarlo, mientras el silencio inundaba la sala de los menesteres. No era un plan infalible, pero si estaba a prueba de errores. La última batalla, la que les dio la gloria a los mortífagos, podría haber sido ganada por ellos, si Harry Potter no hubiera caído. Pero Ginny sabía, por más que le doliera más que nada, que esa vez no dependían de un símbolo, como lo había sido Harry.

Esa vez dependían de su rabia.

Y ésta era infinita.


3 de Marzo de 1999

—A Longbottom no le gustó lo de Rookwood, me lo encontré ayer —soltó Tracey, paseándose por la sala con una simple bata, como si nada. Dennis se había acostumbrado a su falta de pudor, a su manera de andar en lencería por toda la casa y a su apestoso hábito con los cigarrillos. Decía que fumar mitigaba la ansiedad y la desesperación, por más que fuera un hábito muggle, e incluso había intentado enseñarle a fumar. A pesar de haberlo animado, diciéndole que dejaría de toser después del quinto, no había habido manera—. No al principio, al menos, pero ahora me encontró trabajo… —se encogió de hombros—. ¿Puedes creerlo que le siga sin gustar que sea una puta? No me mires así, con esa cara. A las cosas por su nombre, ¿no? —Suspiró—. Me vendo por secretos y los consigo, pero la gente prefiere no saber cómo los consigo.

Dennis no respondió. Sólo se encogió de hombros y le regaló una sonrisa, instándola a que continuara, porque lo que quería era que le contara que trabajo le había encontrado Neville.

—El caso es que, me encontraron utilidad —suspiró—. Yaxley.

—¿Qué?

—Lo quieren en bandeja. Muerto. Con todos sus secretos desvelados.

—¿Lo harás?

—¿Tengo otra opción?

—Hay rumores de Yaxley. Peores que los rumores de Rookwood, Tracey —musitó él. Nunca había visto al jefe del Departamento de Seguridad Mágica, pero había oído cosas en Azkabán. Y a él, que le había tocado sufrir las vejaciones de Rookwood, quizá por ser más joven, o por ser más indefenso, no quería ni imaginarse qué tan malo podría ser alguien peor que él—. No puedes exponerte…

—Puedo hacerlo, Dennis.

—Nunca dije que no, sólo…

La puerta se abrió de improviso. Era Vaisey. Llevaba a cuestas una mochila negra que parecía caerse a pedazos y una botella, parecía cansado, pero no más cansado que de costumbre.

—Asaltamos Zonko —murmuró—. La cerraron, pero dejaron mucho material adentro —explicó— y entre todo lo que dejaron, había bengalas. —Dejó caer la mochila—. Y esto —alzó la botella que tenía una etiqueta a medio despegar—. Whisky de fuego añejo. Listo para servirse

—¿Qué demonios esperas para servirlo? —le preguntó Tracey.

—Ya voy, ya voy, ya voy… —rezongó él.

Vaisey se metió en la cocina y sacó unos vasos comunes, donde sirvió whisky y le hecho unos pocos hielos que Tracey tenía. Los pasó y se sentó al lado de Dennis, estirándose como gato en el sillón.

—Le estaba diciendo a Dennis que me encontré con Longbottom —empezó Tracey, de nueva cuenta—. Quiere que me encargue de Yaxley.

—Uno de los peces gordos.

—Ajá —confirmó Tracey, como si hablara del clima.

—Por lo de Hogwarts —adivinó él.

—Supongo. No me importa mucho, la verdad… —musitó ella—. Quiere que le saque todo y luego lo deje seco. ¿Entiendes? —Le dio un trago al whisky—. Es irónico. Los que al principio clamaban por la paz ahora se han visto arrinconados hasta tener que recurrir al asesinato… —siguió apurando el whisky—. Ya no sólo prostituta, también sicario.

—Si sigues bebiendo te pondrás borracha… —le advirtió Vaisey, con un tono medio maternal, pero una mueca que lo contradecía.

—¿Y qué? Hoy no tengo pensando ir a ningún lado… —se excusó Tracey, de manera bastante pobre.

—Yo sí. Recibí un mensaje —contó—. Justo de Longbottom. Al parecer soy buen duelista y quiere que lo acompañe a él y a unos cuantos más a no sé dónde…

—¿Cómo demonios somos parte de esta resistencia? —preguntó Tracey, casi ignorándolo—. Óyeme hablar, óyete hablar. Somos la escoria que nadie quiere. Dos mestizos en Slytherin con todo perdido que quieren recuperar la dignidad. Y Dennis.

—Somos parte de la resistencia porque ya no tenemos nada más que perder, sólo la vida —respondió Vaisey—, y siendo sinceros, esa también nos importa un pito. —Se quedó callado un momento, antes de seguir contado—. Me encontré con Longbottom y quiere que lo acompañe. No sé que carajos planean hacer porque no me lo contó todo, pero al parecer están preparándose para tomar Hogwarts.

—Y nadie más que tú quiere ver Hogwarts libre… —le dijo Tracey.

—Me conoces.

—¿A quién quieres ayudar? —preguntó Dennis, de improviso, dirigiéndose a Vaisey, a su lado.

—A las gemelas. Las Carrow —espetó—. Sus parientes ya les jodieron suficiente la vida. —De repente, había apretado el puño de la mano izquierda—. Pero… hablando de cosas menos deprimentes…

—Dime qué en este mundo no es una asquerosidad, Vaisey y te besaré —ironizó Tracey.

—Lamento desilusionar a mis labios, pero no tendrán un beso tuyo, no hoy —respondió él—. Tengo que irme. Pero les regalo la botella. A mí de todas maneras no me sirve allá a donde voy…

—Vuelve vivo. Aunque te tengan que traer arrastrando —espetó ella.

—No te dejes matar hasta que vuelva. —Él le guiñó el ojo y le regaló una sonrisa torcida.

Se puso en pie y tomó la mochila con la que había entrado. Dennis se había acostumbrado ya a la curiosa manera que ellos dos tenían de despedirse, sin saber si iban a volver a verse la mañana siguiente. Tracey le había explicado que al principio ni siquiera se despedían, pero eso había resultado ser demasiado doloroso para los dos.

—Hace mucho tiempo, le prometí algo a alguien… —musitó Tracey, mirando al suelo, sentándose al lado de Dennis sin mirarlo en ningún momento—. Le prometí algo a alguien que luego se dejó tatuar una marca para que no lo mataran —suspiró, revelando que no le había contado eso probablemente a nadie, quizá sólo a Vaisey—. Le prometí a Blaise Zabini que no lloraría.

—¿Blaise Zabini? —preguntó Dennis, sin saber qué decir, soltando lo primero que había pasado por su mente.

—¿No lo conoces? Un idiota que estaba en slytherin, en mi curso —respondió ella—. Me hizo prometer que no lloraría, Dennis, y lo he cumplido. Llevo muchos meses cumpliéndolo, pero… joder… ya no puedo más… —y esa vez, ahogó un sollozo—. Ya no puedo más. Mira en lo que me he convertido. ¿Sabes con qué soñaba yo cuando tenía quince años? Yo ya no me acuerdo. —Agarró la mano de Dennis y la apretó—. Tengo diecinueve años y… Mírame —le pidió, así que Dennis dirigió sus ojos hasta los de Tracey—, mira qué soy. Mira en que me he convertido y dime que algún día podré volver a ser feliz.

—Todavía puedes tener sueños, Tracey…

Pero ni él mismo lo creía. Los suyos habían muerto en Azkaban. Los dementores le habían arrancado cada buen recuerdo que le quedaba y al final, lo único que le dejó mantener la cordura, fue evocar una y otra vez la muerte de su hermano. Ese no era un recuerdo feliz.

—No te crees tú ni eso —respondió ella—. Mis sueños ya los pisoteó el destino. No me mientras. No te atrevas a mentirme, por favor; tú sabes lo que significa estar en la mierda, yo lo sé, Vaisey lo sabe.

—Quiero… quiero creer que es posible —respondió él—. Quiero creer que es posible volver a soñar sin tener pesadillas.

Tracey vació el vaso de whisky y tomó la botella para tomar directamente de ella. Parecía que quería quemarse la garganta en ese momento, ahogar todos sus pensamientos y los pedazos de sus sueños rotos en aquel líquido turbio. Dennis la entendía, porque había descubierto que el alcohol hacía desaparecer las pesadillas cuando se empezaba a abusar de la poción para dormir sin soñar.

—Dennis… Dennis… —sollozó ella—. Rompí mi promesa, pero ya no puedo más…

—¿Por qué lo prometiste?

—Porque él me prometió que nunca me haría daño si nos volvíamos a encontrar… —suspiró ella, sorbiéndose los mocos e intentando esconder las lágrimas sin lograrlo de verdad—. No teníamos muchas elecciones. Yo era una paria porque era mestiza, a él lo estaban presionando y amenazando para que aceptara la marca. Entonces, hicimos la promesa. Fue la noche de la batalla, poco antes de que apareciera Slughorn y yo estaba metida en su cama, con el miedo hasta los huesos. Fue la última vez que dejé que le abrí mi alma a alguien para que la confortara. Vaisey y yo compartimos soledades, desgracias, pero sólo me he atrevido a abrirle mi alma a alguien y ahora tiene una marca tenebrosa.

—Lo siento. ¿Lo querías? —preguntó Dennis.

—Lo quería. Sí —respondió ella—. Recuerdo haberlo querido… pero, aunque la guerra acabe y los dos terminemos vivos… —volvió a llorar, a ahogarse entre sus lágrimas y a tomar whisky directo de la botella—. ¿Con qué cara lo veré yo, si estuvo entre los asesinos? ¿Con que cara me vera él, si me acuesto con los hombres a cambio de secretos? Nos hicimos esa promesa sabiendo que todo acababa allí. No había más días para nosotros.

—Y sin embargo, ha sido tu carga —comentó él.

—Como la tuya tu hermano —dijo ella—. Todos guardamos un recuerdo en lo más profundo del corazón y ese recuerdo, al final, se convierte en nuestra carga. El mío es Blaise Zabini.

—El mío Colin. Ya lo dijiste.

Ella sonrió y volvió a apurar la botella. La sonrisa de Tracey Davis fue la más triste que Dennis había visto en mucho tiempo. Después de volver a poner la botella en la mesa abrazó a Dennis hasta dejarlo sin aire, mojándole la capa que llevaba empapada con sus lágrimas. Él, Tracey y Vaisey habían congeniado porque los tres estaban rotos de alguna manera. Y de algún modo se las habían arreglado para llegar hasta allí sin tener que recoger sus pedazos.

Pero en aquel momento, sin mirar a Tracey, sólo sintiéndola llorar contra su hombro, se dio cuenta de que nunca nadie más sido más vulnerable en sus brazos.

—Tracey… —murmuró—. Desearía que hubiera cura contra las pesadillas, que los sueños rotos pudieran volver a unirse. Oh, Tracey…

—Dennis… —ella le clavó las manos en la espalda—. Dennis. A veces quiero abandonarlo todo, olvidar por qué lucho, porque obtengo secretos de hombres que se ganan la vida asesinado y torturando. Porque finjo ser francesa para satisfacer las perversiones de magos que aspiran a dominar el mundo. —Hipó y enterró la cabeza en su hombro, enterrando allí el grito que le hubiera gustado proferir. Dennis la rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.

Les habían arrancado la adolescencia de cuajo, y con ella les habían quitado los sueños y parte de la esperanza. Habían dejado a su esperanza desangrarse poco a poco, esperando que no tuvieran el valor de levantarse y luchar. Luchaban con la rabia que les quedaba almacenaba y que se alimentaba de cada desgracia, seguían en la trinchera sólo porque ya no tenían nada más. Luchar o morir. Y ellos dos habían elegido el campo de batalla.

—Dennis. Prométeme algo —dijo ella, cuando se separó de él—. Por favor.

—¿Qué?

—Que me vas a querer siempre. No importa la faceta que veas de mí, ya sé que apenas me conoces, pero… —pidió ella—. Promételo.

—Te lo prometo, por Colin —respondió él—. Pero prométeme que no me vas a dejar caer en el olvido.

—Nunca, Dennis Creevey. Te lo prometo por mi padre, que a estas alturas es la única memoria que no he conseguido mancillar.

Y lo besó. Quizá alentada por el alcohol o porque había estado sintiendo su mirada curiosa los últimos tiempos y le agradaba la manera en que los ojos de Dennis parecían ver más allá de un cuerpo bonito y de unos además seductores. Sus labios bailaron con los del chico hasta quedarse secos, hasta que sus manos se detuvieron en su pecho y empezaron a jalar la camisa, hasta que él, dudoso, con actitud casi inocente, le rozó la bata de satín que estaba usando y ella se la sacó sin el menor pudor, dejando ver la lencería que llevaba debajo.

—Prómeteme… —siguió diciendo, mientras recorría su cuello— que me vas a querer siempre…

Sellaron la promesa piel con piel, sin atreverse a llegar hasta la cama. Tracey tenía demasiado experiencia y Dennis, a los dieciséis años, ninguna. Ella quería sentir que le hacía el amor a alguien que la quería y él quería cualquier cosa que lo hiciera olvidar las pesadillas en las que aparecía Colin una y otra vez. Por eso se contorsionaron sobre aquel sillón y se sacaron la tela que les cubría el cuerpo.

Porque se les había olvidado como era soñar y estaban inmersos en sus propias pesadillas. Porque, quizá, sus monstruos se entendían.


5 de marzo de 1999

A pesar de la vigilancia, seguían siendo capaces de escabullirse por las noches y dejar mensajes en las paredes que ponían furiosos a los Carrow. Saber que algo se les estaba escapando y que la mayoría de los profesores apoyaba visiblemente a los rebeldes, los ponía furiosos y los hacía cometer errores estúpidos. Los castigos no habían acabado, pero nada había sido tan atroz como lo de Ginny, y, algo que a la pelirroja le había sorprendido, es que algunos parecían estar preparados para afrontar las consecuencias.

—Está pared va a quedar preciosa… —comentó Jimmy mirando con suficiencia lo que él, Luna y Ginny habían pintado. «Nos quitaron tanto, que nos quitaron el…»

Les faltaba únicamente la palabra miedo, que Jimmy empezó a pintar con mano firme. Estaban en el sexto piso, cerca de las escaleras que bajaban a la sala común de Ravenclaw directamente, para tener una vía de escape sencilla. No podían arriesgarse demasiado, al menos Ginny no. Ya había aprendido que si dejaba que la agarraran de nuevo, no volverían a cometer el error de convertirla en mártir otra vez.

—Los Carrow se van a enfurecer.

—Los enfurece la menos provocación… —comentó Luna—. ¿Los han visto en el gran comedor? Nunca pueden mantener la compostura… —se encogió de hombros, acercándose para ayudarle a Jimmy mientras Ginny, que había pintado casi toda la parte de arriba, elegía descansar un momento.

La palabra se fue formando poco a poco. Primero la M y luego el palo que representaba la I. Ginny se sentía satisfecha de aquello, a pesar de que redecorar Hogwarts había dejado de ser una prioridad, pero seguía siendo el truco más sencillo para enfurecer a los Carrow.

Les faltaba únicamente la O cuando oyeron los ruidos.

—¿De dónde vino eso? —susurró Ginny, lo bastante alto como para que sus dos compañeros la oyeran, pero no demasiado alto como para que pudieran delatar su posición.

—Allá. —Luna señaló uno de los pasillos con seguridad—. Vámonos.

Dejaron todo allí, sin molestarse en levantar nada más que las dos varitas que tenían para los tres y empezaron a caminar, amparados por la oscuridad. Sin embargo, Luna no había calculado que sus perseguidores estaban más cerca de lo que pensaban, así que no se movieron demasiado rápido para evadirlos.

Peakes, en la retaguardia, soltó una exclamación de sorpresa cuando un brazo lo aferró por el cuello.

—No tan rápido, Gryffindor… —oyeron la voz de Alecto Carrow, que casi escupió la última palabra—. No tan rápido.

—¡Jimmy! —Ginny ni pudo contenerse.

Sabiéndose descubiertos, el chico sólo pudo gritar. Después de todo, sólo lo tenían allí, así que lanzó su varita a los pies de Ginny.

—¡¿Qué haces?! ¡CORRE! —profirió el alarido, pero Ginny no pudo reaccionar en unos segundos, hasta que Luna la jaló fuertemente del brazo y la obligó a correr hasta las escaleras más cercanas.

—No, Luna, espera… No…

—¡No dejaré que te vuelvan a hacer daño a ti! —espetó la rubia, usando aquel tono que sólo reservaba para cuando de verdad estaba enojada. No había dejado de correr en ningún momento, escaleras abajo.

—Pero…

Luna no hizo caso de sus palabras, pero se aseguró de no soltarla hasta que estuvieron frente al retrato del fénix. Contestó a la pregunta casi con desesperación y obligó a Ginny a entrar. Ginny se dejó llevar un momento, aturdida después de la carrera, pero en cuanto pudo pararse a respirar, soltó las lágrimas.

—Peakes… Peakes…

—No puedes evitarlo —murmuró Luna, acariciándole el cabello, a modo de consuelo—. No puedes salvar a todos y sacrificarte a ti. A veces tienes que dejar que otros te salven…

Ginny se mordió la mano para no gritar; se la mordió tan fuerte que se sacó sangre y ni siquiera le importó.

Había sentido tanto dolor y de tantas maneras, que la visión de la sangre en su mano no le perturbó en lo más mínimo y se quedó viéndola con los ojos nublados un momento, sin poder reaccionar. Luna, que siempre había sido su soporte en los peores momentos los últimos meses, respetó su silencio.

—Luna… —volvió a sollozar Ginny, sin saber qué decir.

Sabía que esa noche, cuando cerrara los ojos, oiría los gritos de Peakes en la lejanía. Aun aferraba, con la mano izquierda, la varita que él había lanzado. Lo hacía tan fuerte que se estaba haciendo daño también en esa mano. No era cierto que habían perdido el miedo. Ese siempre estaba allí, latente, esperando para salir en cualquier momento. Podían estar preparados para el castigo, podían saber qué era lo que venía cuando desobedecían las reglas de los Carrow, pero no había modo de perder el miedo.

—Es mentira. Aún tenemos miedo —reconoció ella.

Luna intentó sonreír, pero no le salió.

—Ellos tienen que creer que lo perdimos —intentó explicar—, para poder ganarles. Y nosotros tenemos que sentir que lo perdimos, para poder pelear.

Ginny intentó devolverle una sonrisa, pero Amycus Carrow se la había quitado. Sólo podía esbozar una mueca medio sarcástica, sin llegar a la felicidad realmente. Aunque, pensándolo bien, no se creía capaz de volver a ser completamente feliz. Había pasado por tanto en tan poco tiempo, que ya no necesitaba pesadillas para asustarse. Estaba viviendo en una.

—No quiero cerrar los ojos —confesó, en un momento de súbita debilidad—. No puedo enfrentarme a la idea de él gritando de dolor por mí.


He de admitir que la segunda escena me daba un poco de miedo, porque esta Tracey es complicada y tiene demasiados matices. No es buena, pero tampoco es mala, ni blanca ni negra, yo diría que más bien es un gris, pero a veces muy clara y a veces muy oscura. Y Dennis también es complicado, porque una parte de él está rota y esa parte de él, precisamente se entiendo con Tracey y sus monstruos de una manera que nadie lo hace.

Lo más fácil fue Ginny, aunque a veces no me inspira mucho, como en la primera escena. Me gusta que sea una mujer de armas tomar, eso sí, por eso está al mando. Pero en la última escena dejo en claro que también es vulnerable, que también siente miedo. No sé, la segunda parte del fic empieza muy agridulce.


Andrea Poulain

a 3 de Diciembre de 2014