Penúltimo capítulo larguito. El último el miércoles que viene (y no digáis que no he sido puntual quitando los seis meses que pasaron entre el primero y el segundo).
Aviso por violencia machista y mierda en general.
Espero que por lo demás os guste, y como siempre, gracias por leer.
Capítulo 8
Grantaire tenía un secreto: un "súper poder".
No era muy espectacular. No podía volar ni tenía súper fuerza ni nada tan chulo como eso. Pero sus padres discutían a todas horas, y cuando se cansaba de oírlos él hacía que se callaran. "No discutáis", les decía únicamente. Y la discusión se acababa.
A los seis años era un niño tímido y solitario, pensativo en exceso, y tenía una imaginación desbordante. En el colegio no hablaba mucho, y se entretenía dibujando sin molestar a nadie, pero si le tiraban de la lengua era mordaz y de respuesta ágil, y dejaba a los abusones en ridículo. Solían meterse con él porque era raro y desaliñado ya que sus padres no se ocupaban de él, pero aquellos niños nunca le pegaban. Cuando le empujaban buscando pelea, Grantaire les decía "dejadme en paz", y ellos se iban por donde habían venido, bastante confusos en general, y pagaban su frustración con algún otro marginado.
Grantaire no solía intervenir; aquello no era asunto suyo. Pero había un niño que le caía bien y con el que también se metían mucho. Era bajito para su edad y siempre hacía todos los deberes, y en el recreo se quedaba en clase dibujando comics de súper héroes. Grantaire no se atrevía a hablar con él, pero un día vio que los fanfarrones de siempre lo estaban molestando. Le tiraron los dibujos por la ventana, y a Grantaire le dio tanta rabia que, en su infantil ingenuidad, le dijo al que los había tirado que fuese a por ellos.
―Salta ―le ordenó muy serio.
El crío no lo hizo. Llegó a asomarse a la ventana pero se quedó congelado allí sin moverse. Se asustó tanto que se echó a llorar, y más tarde le puso a Grantaire un ojo morado. Puede que su súper poder sólo sirviera para hacer "el bien" y por eso no había funcionado. Aquello no había estado bien, supo. No estuvo bien en absoluto.
Después del incidente el colegio citó a sus padres y a los del otro niño. El comportamiento del agresor era intolerable, pero la actitud de Grantaire también les preocupaba. Había algo en él, en su forma de hablar, que les daba escalofríos.
Los padres de Grantaire no acudieron a la cita. Estaban ocupados peleándose, rompiendo cosas y dando explicaciones a la policía, que venía casi a diario. Ambos bebían demasiado; su madre en casa y su padre fuera. Su madre no podía ni ir al mercado sin que su marido la siguiera por la calle para ver a dónde iba, y cuando él no estaba en casa ella lo acusaba en voz alta de lo que no se atrevía a decirle a la cara: que era un putero y que sabía lo de las otras mujeres, y que no era lo bastante hombre para admitirlo.
Un día ella amenazó con abandonarle, y aquella vez Grantaire no pudo hacer que se callaran. Discutieron hasta perder la voz, hasta que su padre perdió la paciencia y la emprendió a bofetadas y golpes. Su madre huyó de casa con lo puesto y se llevó en brazos a Grantaire, pero su padre tenía un buen trabajo donde no sabían la clase de hombre que era, y le arrebató la custodia para forzarla a volver con él. Ella no lo hizo y él empezó a seguirla. Averiguó donde vivía y la esperaba allí a diario con Grantaire de la mano.
―Mamá, ven a casa ―le pedía él. No quería que su padre volviera a maltratarla, pero él juraba que no lo volvería a hacer y Grantaire la echaba mucho de menos.
Su madre lloraba y lo llenaba de besos, pero no regresó. Su súper poder, decidió Grantaire, no servía para nada.
La encontraron muerta en su portal un domingo por la mañana. Se había roto el cuello al caerse por las escaleras, lo que no sorprendió a ninguno de sus vecinos. Todos pensaban que era una borracha y una mala madre que había abandonado a su hijo, e incluso se rumoreaba que se prostituía. Su padre pudo probar que había estado jugando a las cartas con un par de amigos. A Grantaire lo había dejado en casa de unos vecinos.
Después de aquello su problema con la bebida empeoró, y entonces empezaron las palizas. Su padre pagaba su culpabilidad con él y lo acusaba de ser como su madre: débil, desagradecido, mentiroso y llorica. Grantaire estaba demasiado avergonzado como para pedir ayuda. Se había encerrado en sí mismo y vivía de espaldas al mundo, y creció aferrándose a su imaginación, escapándose a algún lugar donde no fuera un cobarde y donde alguien lo quisiera.
El instituto fue aun peor que el colegio. Ni siquiera intentó hacer amigos. Estaba siempre en el lavabo donde se fumaba y se hacían los trapicheos, pero no pertenecía a aquel grupo ni a ningún otro. Trataba al resto de los marginados con el mismo desdén arrogante que a los chicos populares que lo despreciaban, pero había uno en concreto que nunca se metía con él, aunque tampoco le dirigía la palabra.
Era un dios de ojos castaños que salía con una preciosidad de chica. Estaba en el equipo de natación, y un día lo sorprendieron en los vestuarios con una erección en el bañador. Al día siguiente lo sabía todo el instituto, y el dios se calló del pedestal. Su preciosa novia cortó con él en público y sus amigos le dieron la espalda. Desde entonces siempre estaba solo, y Grantaire cometió la torpeza de intentar ayudarle. Le dijo la clase de cosas que se suelen decir: que eran unos inmaduros, que no había de qué avergonzarse… Pero él reaccionó como un animal herido. ¿Qué se había creído? Además de marica era patético y estaba desesperado por chupársela. Eso le dijo el chico con el que soñaba, en voz bien alta y delante de todo el mundo.
Por aquel entonces Grantaire ya había empezado a beber. El alcohol lo ayudaba a soportar las palizas. Tenía quince años; era casi tan alto como su padre, pero la única vez que intentó defenderse no acabó bien, y desde entonces le tenía más miedo que antes.
Se sentía impotente, miserable y atrapado, y cuando aquella noche él volvió a casa borracho y farfullando las gilipolleces de siempre, Grantaire no pudo más y le plantó cara. No tuvo ni que levantar la mano. Únicamente le dijo:
―Para.
Su padre se sentó en el sillón, y allí estuvo toda la noche. Al día siguiente tampoco se movió. Estuvo catatónico dos días enteros, y Grantaire casi se asustó.
Pero no. ¿Qué más le daba? En el fondo siempre lo había sabido, y sentía más curiosidad que miedo. Esperó a su dios de ojos castaños a la salida del instituto y, como un buen samaritano, le dio un empujoncito para que saliera del armario.
―Eres MARICA ―le dijo con todas las mayúsculas, y no se sorprendió mucho al descubrir que él se había pasado horas repitiendo aquello mismo: "Soy marica, soy marica".
Sus padres se asustaron y lo llevaron al médico, que le recetó pastillas para la ansiedad. Mezcladas con alcohol iban bien para dormir, así que Grantaire hizo que se las diera. Fue sencillísimo.
Y ahora en serio, ¿estaba alucinando? Quizá fuera cosa de las pastillas, o puede que del hachís chungo que le pasaban en el cuarto de baño, pero merecía la pena intentarlo. Hizo que el camello del instituto le diera gratis su mejor hierba, y aprobó con sobresalientes sin pisar ni una clase el resto del curso. Con su padre no volvió a tener problemas, y aquel chico había dejado el colegio. Una lástima, porque quería saber lo que podía hacer que otros hicieran; lo que podía hacer que hiciera él. Pero eso no hubiera estado bien. Eso no podía hacerlo nunca.
Que le den, se dijo. Tenía cosas mejores que hacer.
Tenía un padre que era un monstruo, así que habló con él. Se sentó y le habló a diario durante varios días seguidos, y cada día que pasaba su padre parecía más distante, más ausente y más distraído.
Una semana después se entregó a la policía y confesó el asesinato de su mujer. Fue a prisión algunos años, y cuando allí le preguntaban si tenía familia, siempre contestaba que no.
―Yo no tengo ningún hijo ―decía a su agente de la condicional.
Todos creían que había renegado del chico. No podían imaginar la verdad: que Grantaire se había extirpado a sí mismo de su recuerdo. Le había jodido la cabeza bien, y usándole de conejillo de indias había descubierto el alcance de su súper poder.
Nunca le contó su secreto a nadie, y por eso no llegó a saber cómo hacía lo que hacía. Pero lo hacía sin esfuerzo y nunca por accidente, así que no había nada que temer. De todas maneras el efecto era casi siempre breve, y no podía hacer grandes cosas de golpe: las personas reaccionaban si les ordenaba hacer algo contrario a sus instintos básicos (como saltar por una ventana), y recobraban la capacidad de tomar decisiones conscientes. Pero con tiempo y perseverancia, en las condiciones adecuadas y con las palabras correctas, usando cierto tono de voz… podía joder vivo a cualquiera.
Aquello le dio confianza en sí mismo. Acababa de coger las riendas de su vida e iba a empezar a vivirla de una vez.
Tenía quince años cuando su padre fue a la cárcel. Los servicios sociales vinieron a llevarle a un centro de acogida, pero Grantaire hizo que se fueran, cogió lo que pudo y huyó, y durante algún tiempo fue de aquí para allá como un vagabundo. Durmió en albergues para indigentes y después vivió con okupas. Hizo algunos amigos, y perdió la virginidad con un mochilero que estaba de paso y que se fue sin despedirse. Aprendió a tocar la guitarra, y subsistía cantando en la calle por unas monedas. Tenía una bonita voz, le decían algunas personas. "Gracias. Sé generoso", respondía él, y en vez de una moneda recibía un billete pequeño. Bebía demasiado y fumaba cualquier cosa. No necesitaba mucho para mantenerse, pero cuando andaba mal de fondos hacía que alguien le diera su cartera, y una vez vació la caja de una tienda.
Pero aquello no estaba bien; él sabía que no lo estaba. No es que no tuviera principios; algunos sí tenía. Pero estaba cansado de ser pobre y de vivir como un perro, sin probar nunca las cosas buenas. Trabajar ni se le pasaba por la cabeza, y como no quería robar a la gente, fue allí donde la gente tira su dinero.
A los diecinueve rondaba por los casinos de Niza y de la Costa Azul, donde frecuentaba las mesas de póker. Nunca llevaba las mejores manos, pero sabía quién llevaba las cartas peores. Eso lo había aprendido de su padre y sus amigos, que organizaban timbas los fines de semana.
―Voy con todo ―decía Grantaire mirando al perdedor de turno. Y el perdedor repetía sus palabras.
Lo hacía con tanta convicción que a veces incluso disuadía a quienes sí llevaban buenas cartas, y un par de horas después Grantaire estaba puliéndose el dinero de unos tipos bastante confusos que no entendían por qué habían ido con una mísera pareja de seises (el peor farol de la historia), o por qué habían pasado con un full en toda regla solo porque al tipo de al lado se le había ido la cabeza.
Aquello no era robar, ¿verdad? No exactamente. Al fin y al cabo, aquellos pardillos estaban dispuestos a arriesgar su dinero para quitarle el suyo, y sabían, o deberían saber, que en el juego no siempre se gana. Salvo que fueras Grantaire.
Nunca se quedaba mucho tiempo en el mismo sitio. Ganaba unos cientos de euros, un par de miles en su mejor noche, se lo gastaba todo y se iba a otra parte. Intentaba no llamar la atención, pero ella le caló nada más verle. Podía reconocer a un embaucador desde lejos porque eran de la misma calaña. Sus padres eran timadores profesionales y ella hacía de gancho. Era una chica "del montón", nada espectacular. Pero tenía diecisiete años, curvas pronunciadas y algo magnético en la mirada. Aquella noche había fichado a un primo con un buen coche, pero Grantaire le interesaba más. Llevaba un rato observándolo mientras él estaba en la barra, haciendo bailar una ficha de cien entre sus dedos.
―Eh, Bond, te invito a una copa.
Él la miró por encima, sonrió para sí y desvió la mirada.
―Gracias, pero no eres mi tipo ―dijo, haciendo que la ficha se evaporara.
―Eso ya lo sé. Pero a lo mejor soy lo que buscas. ―Ella se sentó en un taburete y le soltó a bocajarro―: He visto lo que haces.
Tú no has visto nada, podría haberle dicho Grantaire. Se hubiera librado de ella, pero la curiosidad le pudo. Había algo en sus ojos oscuros: una promesa con el brillo de un diamante.
―Conocí a un tipo que hacía lo mismo que tú ―comentó ella.
Aquello lo intrigó un poco, aunque sospechó que era mentira. Ella no tenía ni idea y estaba usando aquella treta para sonsacarle.
―¿Ah, sí? ―dijo Grantaire con socarronería―. ¿Y dónde está?
―En las Bahamas, creo.
―¿Hay buenos casinos en las Bahamas? ―dijo, haciéndose el tonto.
―Hay buenos bancos. Y playas.
―Odio la playa y los bancos.
―Ya ves ―suspiró ella―. Yo odio ser pobre.
―La vida es injusta, ¿verdad? ―Grantaire chaqueó los dedos y la ficha reapareció―. Pide lo que quieras. Pago yo.
La chica pidió el scotch más caro de la carta. Tenía buen gusto y no se cortaba.
―Que sean dos ―dijo Grantaire.
―¿Brindas conmigo?
―¿Celebramos algo?
―¿No lo sabías? ―dijo ella, probando un sorbo de su copa―. Es tu día de suerte, Bond.
Él sonrió de medio lado. Le gustaba su descaro, pero ¿a dónde quería llegar? Ella levantó el dedo índice. Llevaba las uñas pintadas de negro.
―Una noche. Esta noche. Si no es la mejor de tu vida ―chaqueó los dedos igual que él―, me esfumaré.
Sonaba tentador, desde luego. Ella no era de fiar, pero de eso se trataba. Le aburría ganar siempre; no hay emoción sin riesgo.
―Supongamos que me lo pienso ―dijo Grantaire, aunque ya estaba dentro y la chica lo sabía―. ¿De cuánto dinero hablamos?
―¿Dinero? ―Ella sonrió por primera vez. Su sonrisa fue como un flechazo―. Esta noche no.
Dos horas después conducían a toda velocidad en un TT descapotable por la carretera de la costa, aullándole a la luna y haciendo saltar todos los radares. Ella iba de pie sobre el asiento, con los zapatos en la mano y el cabello revuelto por el aire salobre. Tenían dos botellas de Salon Blanc sin abrir, y Grantaire llevaba un Rolex.
Su nueva socia se llamaba Éponine, y tenía un talento innato para "el negocio". Aquella noche le hizo ver su error:
―Juegas contra cualquiera, Gran R. Contra cualquier perdedor.
―¿Gran R? ―repitió Grantaire. Después lo entendió. Tenía gracia―. Así que R. ¿Cómo el Zorro?
―Eso es.
―Me gusta ―decidió―. Y tu estilo también. ¿Qué me sugieres?
―Fácil: que elijas bien.
―Que te deje elegir y te de una parte ―tradujo él.
Pero ella ya había elegido. Sonrió. Sonreía poco y siempre de forma presuntuosa. Sabía que el potro por el que nadie daba nada era en realidad el caballo ganador.
Y la carrera fue memorable.
Recorrieron los casinos de media Europa y desplumaron a herederos y ejecutivos. Se alojaban en las suites de los mejores hoteles, rodeados de lujo y caprichos, gastando a manos llenas. Vivían de noche y nunca dormían. Nadaban en dinero y alcohol y sexo y drogas, y se convirtieron en la realeza de los clubes de moda. Llegaban al volante de algún cochazo, vestidos de Prada y Valentino, y las puertas se les abrían de par en par mientras las colas daban la vuelta a los edificios. Cuando hacían su entrada triunfal, cogidos de la cintura bajo el estallido de las luces, se sentían como si caminaran a cámara lenta mientras las miradas los seguían. Eran jóvenes y tenían el mundo a su alcance. Podían tener cualquier cosa y a cualquiera, y lo tuvieron todo y más que eso.
De aquellas noches, sin embargo, no tenían muchos recuerdos. Era como un truco de magia: agitabas el dinero y aparecían el alcohol, los amigos y los camellos, y de pronto ¡ta da! te despertabas en la cama de alguien o con alguien en tu cama o en una camilla de urgencias. Era asombroso.
Grantaire se llevó a la cama a chicos que no le habrían mirado ni en sueños; tíos tan guapos que hacían que aquel chico del instituto pareciera feo. Se aburrió de todos enseguida y se dio el lujo de mandarlos a paseo. Podía comprar lo que quisiera, pero aquello no tenía precio.
Organizaban fiestas salvajes donde las drogas se servían en bandejas y el tequila se servía en ombligos. Grantaire destrozó tres coches en menos de seis meses; coches caros. Jugaban a ser Julia Roberts y Richard Gere en las boutiques de lujo de los Campos Elíseos, y Éponine se compraba sombreros que nunca se ponía sólo para pasearse con una sombrerera en la mano. Se compró un collar de brillantes y un vestido de princesa, y se colaron en una fiesta de gala en la ópera Garnier. Bailaron, chocaron y pisaron a un montón de gente distinguida, y al dar las doce tuvieron que salir corriendo antes de que llegara la policía. Éponine no perdió ningún zapatito, pero mientras corrían por el Puente Real los arrojó los dos al río, y más tarde se tiró a la piscina de un hotel con su carísimo vestido.
Montaban escándalos sólo porque podían, porque daban propinas escandalosas y se burlaban del desprecio de la gente. El dinero no compra el respeto de casi nadie, pero era divertido ver cómo fingían y rechinaban los dientes. Por primera vez en su vida, Grantaire estaba saboreando la injusta gran verdad de que vales lo que tienes.
Desayunaban con champagne, y no bebían nada con menos años que ellos. Cuando Éponine cumplió dieciocho, Grantaire compró todas las flores de cuatro tiendas y las hizo enviar a su suite con una tarjeta que decía: "Los bombones están en camino". La habitación quedó de ensueño, pero el olor les mareaba y acabaron tirando las flores por el balcón mientras gritaban a los asombrados viandantes que eran Flora y Dionisos. Eran la pareja más vulgar y con menos clase de todo París, y la ciudad de la luz resplandecía para ellos; la vida era dorada y decadente, y por fin, por fin, les estaba sonriendo.
Las noches que no salían las pasaban en sus habitaciones de lujo, viendo dibujos animados y películas antiguas mientras daban cuenta de todos los postres de la carta, o subían a su solárium privado a fumar hierba mirando las estrellas. Grantaire se había comprado una guitarra que había pertenecido a Keith Richards, o por lo menos eso le habían dicho.
"With no lovin' in our souls and no money in our coats
You can't say we're satisfied"
Éponine llevaba su abrigo de pieles "porque hacía fresco", medias de encaje y puede y solo puede que ropa interior. Estaba haciendo equilibrios en la barandilla a varios pisos de altura, y posó para una foto que Grantaire le sacó. Él nunca le dijo que era casi feliz desde que ella estaba en su vida. Pudo haber seguido su consejo y aprender de su experiencia, y después dejarla en la estacada y quedarse con todo. ¿Pero de que servía tenerlo todo si…? En fin, bla bla bla. Le estaba dando el bajón por culpa de la hierba, aunque últimamente se sentía así a menudo. Hacía un año y medio que jugaban a lo mismo, y lo cierto era que empezaba a resultar aburrido. Era repetitivo, sin emoción alguna. Pensaba en ello mientras veía a Éponine desafiar las alturas. Ella debía sentirse igual. ¿Qué hacía allí si no?
"Let me whisper in your ear
Angie, Angie
Where will it lead us from here"
Conocieron a Montparnasse una noche corriente en un club cualquiera. Parecía un tío cualquiera de los que Éponine se llevaba a la cama, pero no. Este era de otra clase; era de su clase: un embaucador. Los tenía calados desde el principio y quería una parte del pastel, aunque no sabía cómo se cocinaba hasta que Éponine se lo dijo.
Fue la primera vez que Grantaire y ella discutieron.
―¡Era algo nuestro! ―trataba de explicarle él―. Tuyo y mío, Ép.
Pero ella no lo entendía. Ganaban más dinero del que podían gastar. ¿Tan avaricioso se había vuelto? Grantaire intentó plantarse: o Montparnasse se largaba o se iba él, pero sabía que no era justo. Éponine no podía hacer aquello sin él, y él no quería hacerlo sin ella.
Tuvo que tragar con Montparnasse, y Montparnasse tenía ideas.
―Os conformáis con calderilla ―les dijo al cabo de un tiempo―. Dejad que os presente a un par de tipos y hagamos dinero de verdad.
Todo el mundo sabía que las buenas partidas no se jugaban en los casinos, sino en las trastiendas y los almacenes. No se entraba así como así en esos círculos, pero Montparnasse conocía a gente que conocía a gente. Allí no se jugaba por debajo de seis cifras, nadie se fiaba de nadie, y nadie perdía por las buenas, pero el riesgo era parte de la diversión, y los beneficios superaban todas sus expectativas.
Ahora sí, estaban jugando a lo grande. Estaban jugando con fuego y puede que deseando quemarse. Igual que en la pista de baile cuando la música va in crescendo, la vida alzó los brazos e intentó tocar el techo.
Aún quedaba muy arriba. Todavía estaban ascendiendo.
Pero un secreto entre dos no es un secreto, y cuando lo supo un tercero no tardó en llegar a oídos de cierta gente. Gente interesada en los secretos de otros. Querían conocer a Grantaire, y Montparnasse organizó un encuentro.
―Habla con él ―le pidieron en tono razonable―. Es un informático, un tipo de lo más corriente. Averigua lo que sabe y luego nos lo dices. ¿Trato hecho?
Los secretos valían dinero. Mucho dinero. Solo aquel trabajito tan fácil les permitió pagar al contado los dos pisos de París. A Grantaire le encantaba aquella casa. Era vieja pero señorial, y el deterioro era parte de su decadente encanto. La reformaría y sería fantástica. Las suites de lujo estaban bien, pero ir siempre de un lado a otro ya le cansaba. Quería un sitio verdaderamente suyo al que poder llamar hogar.
Hizo un par de trabajos más y se olvidó del póker, de los casinos y de las partidas clandestinas, porque los rusos cabreados le daban miedo y el olor de los casinos le daba nauseas. Siguieron divirtiéndose los tres, aunque últimamente sentía que eran dos y uno, y algunas noches dejaba que Éponine y Montparnasse se fueran solos e intentaba divertirse por su cuenta. No le fue muy mal; nunca iba mal con un buen fajo en el bolsillo y su aire descarado de aceptar cualquier oferta.
Fue una de aquellas mañanas, mientras tomaba café con la televisión encendida para despertar "sin querer" al modelo gilipollas que dormía en su cama, cuando vio en las noticias lo que había sucedido: la noche anterior, mientras él pagaba la barra libre y se llevaba a casa a aquel tío, la policía sacaba del Sena el coche de un informático de treinta y seis años que había fallecido. El coche se había hundido en el limo del fondo, atrapando a su ocupante dentro.
Aquel día, en aquel minuto exacto, todo terminó.
Grantaire cayó tan bajo y tan deprisa que si aquel golpe no lo mató ya nada lo haría. Los secretos valían dinero, pero ningún secreto valía una vida. Le había quitado a un hombre lo único valioso que tenía, y al hacerlo lo había condenado.
Culpó a Montparnasse de lo ocurrido. Grantaire no era violento y nunca se había peleado, pero estaba fuera de sí y quería matarlo con sus propias manos. Éponine tuvo que meterse en medio en la que sería la primera de muchas peleas.
Después de aquello se pasó un mes en la cama, borracho y hasta arriba de drogas, delirando y acosado por pesadillas que no eran peores que la realidad a la que despertaba gritando. Sus momentos de lucidez eran pura agonía. Se sentía atrapado mientras el fango subía y subía, gritando aterrado y dando golpes porque se ahogaba sin remedio. Ni siquiera había preguntado qué era lo que estaba robando o para qué lo querían. No sabía a quién estaba jodiendo ni le importó lo más mínimo. ¿Cómo había llegado a eso? Solía tener principios, pero aquel tiempo era un recuerdo muy lejano.
Si pudiera volver a atrás, deseaba con los dientes apretados y ahogado en lágrimas. Si pudiera cerrar los ojos y borrar los tres últimos años o su vida entera. Pero no podía devolverle la vida a aquel hombre, y no bebía para olvidar ni para mitigar el dolor que se merecía con creces, sino porque tenía que aceptar lo que era: un borracho cobarde como su padre y puede que un asesino. Su madre había tenido agallas; por una vez había demostrado valor y lo había pagado con su vida. Grantaire recordó que había intentado hacerla volver. Así de egoísta era.
Rompió con todo, incluso con el juego, pero Montparnasse no podía aceptar eso. Se había acostumbrado a cierto nivel de vida y había adquirido compromisos, y acosaba a Grantaire constantemente para que volviera al negocio. Venía con aquellos tipos y con otros de aspecto amenazante, pero a Grantaire sus amenazas se la traían floja; no tenía familia y sabía que no iban a matarle. Les decía que se largaran y ellos se iban, pero regresaban al día siguiente y al siguiente y al siguiente.
―Dejad de joderme ―les dijo Grantaire un día― o hago que os tiréis al río de cabeza. Sería irónico, ¿no? Que acabarais como ese pobre desgraciado.
Pero ellos sabían que no podía hacer eso, y no se exponían el tiempo necesario para que Grantaire los persuadiera de no volver. No sabía cómo deshacerse de ellos, y al final fueron ellos los que pasaron de él. La última vez que lo vieron, Grantaire estaba tan borracho que ni se tenía en pie, y acabaron comprendiendo que estaba a un paso de que se le fuera la cabeza o la mano con las pastillas.
Éponine fue la única que no lo presionó. Estuvo siempre a su lado, en los malos momentos y en los peores, acunándolo como a un niño cuando sufría aquellos ataques de pánico. Le hablaba con dulzura y trataba de convencerle de que la muerte de aquel hombre no era culpa suya. Montparnasse le había prometido que no había tenido nada que ver y ella le creía; necesitaba creerle.
―Eres tonta, Ép ―le decía Grantaire―. Sabes cómo acabará esto. Yo lo sé…
―Él no es cómo tú crees.
―Desearía no haberte conocido nunca ―sollozó Grantaire contra su pecho―. Ojalá pudiera olvidarme de ti.
Quería huir, pero no sin ella. ¿Cómo dejas a la única persona en el mundo a la que quizá le importas algo? ¿Cómo saltas desde esa endeble balsa al inmenso y vacío océano? Lo aterrorizaba volver a estar solo. La necesitaba. Pero ella era tan adicta a aquel hijo de puta como Grantaire a la bebida, estaba enganchada, y no quería saber a dónde iba Montparnasse cuando salía o de donde sacaba el dinero -bastante dinero- que ganaba.
Grantaire estuvo más de un año en aquel agujero, ahogándose en alcohol y autocompasión, incapaz de salir del fango. Pero Éponine no perdió la fe en él, y poco a poco, paso a paso y caída tras caída, lo ayudó a levantarse y a caminar de nuevo. Ella, por su parte, se había reencontrado con una amiga de la infancia, y salir sin Montparnasse de vez en cuando la ayudaba a respirar más libre y a ver las cosas con perspectiva. Estaba muy lejos de querer librarse de él, pero puede que estuviera en el buen camino. Grantaire, mientras tanto, había retomado los estudios, y no sin recaídas ni dificultades, encontró su vocación al cabo de unos años.
Fueron años turbulentos; no sólo para él, sino para el país entero. Una ultraderecha de tinte fascista ganaba terreno entre escándalos de todo tipo, y en las calles se sucedían las protestas. Grantaire no prestaba atención a aquellas cosas; eran demasiado grandes para él, lo superaban. Cuando veía todo aquel odio latente saliendo a la luz y volviendo a unas personas contra otras, se sentía lleno de amargura e impotencia, y se decía que aquel mundo no merecía la pena. Su fe se sustentaba en las personas individuales; como sociedad eran egoístas y egocéntricos, pero si aislabas a un ser humano, a cualquier ser humano, veías miedos e inseguridades, sueños y objetivos. Todas las personas temían fracasar, sufrir y estar solas, y se aferraban a la vida desesperadamente. Grantaire lo veía a diario en el hospital donde trabajaba.
Aquel trabajo le cambió la vida.
Sabía que nada de lo que hiciera compensaría sus terribles errores y las consecuencias que habían tenido, pero él tenía un don y lo había usado solo en su beneficio; había sido egoísta pero ahora tenía un objetivo. Había tanto dolor a su alrededor, tantas personas sin esperanza. Grantaire mitigaba parte de su sufrimiento, y poco a poco dejó de sentir aquel peso que lo oprimía. Volvió a dormir y dejó la bebida, y había días en los que incluso podía mirarse al espejo sin sentirse avergonzado y lleno de desprecio hacia sí mismo. Ayudó a las personas que pudo, y aquellas personas lo salvaron.
Todo iba bien, o al menos mejorando, hasta la noche que conoció a Enjolras.
Faltaban semanas para las elecciones y los manifestantes tomaban las calles. Montparnasse estaba en el portal, fumando mientras los veía pasar como quien asiste a un desfile. Estaba esperando a que Grantaire volviera de trabajar, y lo siguió escaleras arriba.
―Tengo un trabajo para ti ―le dijo con toda naturalidad, como si no hiciera meses que no se dirigían la palabra.
―¿Quieres que te ayude con la mudanza? ―sonrió Grantaire mientras entraba en su piso. Montparnasse sujetó la puerta cuando intentó cerrársela en la cara.
―Muy divertido. ¿Hablamos en serio ahora?
―Hablaba en serio cuando dije que lo dejaba ―le recordó Grantaire―. Sea lo que sea, la respuesta es no.
―Es importante, R.
―¿Importante para quién?
―Para todos, en realidad. ¿No quieres ser un buen ciudadano? ¿Un patriota francés? Alguien intenta empezar una guerra.
―No me digas que te has metido en política ―rogó Grantaire―. Entonces es oficial: este país se va a la mierda. Déjame en paz, Montparnasse.
―Supongo que ofrecerte dinero no servirá de nada ―dijo él con aire resignado. Sabía que Grantaire se había deshecho de todo: lo había donado a un centro de ayuda a mujeres maltratadas, y el resto se lo gastó en alcohol y en drogas―. En ese caso te haré una promesa: si no lo haces hablar, lo machacaré.
Grantaire no sabía de quién estaba hablando, aunque una cosa sí sabía:
―Parece que ya has empezado ―dijo fijándose en los nudillos de Montparnasse, rojos y arañados.
―Es un cabrón muy terco. Yo soy paciente, ¿sabes? Pero mi cliente no, y se acaba el tiempo. Tic tac.
Grantaire quiso borrarle la sonrisa de la cara a puñetazos. Le hervía la sangre sólo de pensarlo. Podría denunciarlo a la policía por lo que le había dicho, pero Montparnasse no era ningún chapucero; no trabajaba para nadie que no tuviera a la policía en nómina, y si el cliente era el que Grantaire sospechaba, la policía tenía las manos atadas.
―¿Te lo estás pensando? ―adivinó Montparnasse―. Lo del dinero sigue en pie.
―No quiero tu dinero.
―Pero quieres algo.
Que dejes a Éponine y desaparezcas, se dijo Grantaire. Que nunca hubieras aparecido.
―Que nadie salga herido ―dijo sin embargo.
Montparnasse chasqueó la lengua.
―Sssss, eso no puede ser.
―Entonces no ―dijo Grantaire.
―Insisto.
―Si hago que hable, lo mataréis.
―Bueno, nosotros no. Pero los accidentes ocurren. Entre tú y yo, R, este ya está muerto. Como si lo estuviera. ¿Por qué no le ahorras un poco de sufrimiento innecesario? ¿No es eso lo que haces ahora, con tu batita blanca y tu halo de santo?
Grantaire curvó una comisura.
―Os tiene cogidos por las pelotas, ¿eh? ―adivinó.
La sonrisa de Montparnasse se esfumó. Para ir de tipo duro, tenía una piel muy fina.
―Está bien, lo haré ―dijo Grantaire―. Si es con mis condiciones. No son negociables. Y será la última vez.
Su primera condición era saber de qué iba aquello. Montparnasse no fue muy específico, y aun así no le gustó ni un pelo. Al parecer alguien, no dijo quien, intentaba joder a su cliente desde dentro, y había robado documentos confidenciales que planeaba entregar a otras personas, gente insignificante, le explicó Montparnasse, pero decidida a llamar la atención como fuera. No operaban desde Francia, donde sus actividades les habían granjeado serias enemistades, sino desde Bélgica. Pero habían viajado a París para instigar las protestas, y aprovechando la confusión, uno de ellos había contactado con el ladrón para intercambiar los documentos robados. Por desgracia el ladrón había sufrido un "trágico accidente" antes de hacer el intercambio, y resultó que no llevaba los documentos encima. Tuvieron que ir a por el contacto y lograron capturarlo, pero él tampoco los tenía y se negaba a decirles donde estaban. Montparnasse sospechaba que intentaba ganar tiempo hasta que alguien más se hiciera con ellos y los filtrara a la prensa, y el tiempo corría.
¿Y si lo dejara correr? Grantaire no sabía qué contenían aquellos documentos, pero si alguien se tomaba tantas molestias para ocultarlos probablemente fuera bueno que salieran a la luz. La idea lo tentaba: lo único que tenía que hacer era… nada.
Pero era una partida grande, de las de apuestas desorbitadas y demasiados ases en la baraja. Grantaire no quería jugar; aquello lo superaba, pero sabía por experiencia quién llevaba malas cartas. El rehén estaba jodido tanto si hablaba como si no. Por valiosos que fueran aquellos documentos, no valían una vida.
Conoció a Enjolras esa noche. Lo tenían en un almacén de las afueras, encerrado en una cámara frigorífica apagada, aunque tan helada como si estuviera en funcionamiento. Era una silueta en la gélida oscuridad, sentada en el suelo entre las desiertas estanterías.
Montparnasse conectó la luz antes de salir y cerrar la puerta. Los tubos fluorescentes del techo se encendieron en hilera, y la fría luz parpadeante dio forma humana a la silueta.
Parecía un chico guapo, notó Grantaire cuando se aproximó para verlo de cerca, pero alguien había boxeado con su cara y con el resto. Alzó la vista para mirar a Grantaire, y tenía aquella luz en los ojos, y unos ojos como ningunos que hubiera visto. Le miró como a un insecto, y Grantaire se sintió como si lo fuera. Nadie que no fuera él mismo lo había mirado con tanto desprecio.
Grantaire se sentó en el suelo frente a él, no demasiado cerca. Le dijo su nombre y esperó por si él quería escupirle a la cara. No lo hizo, pero tampoco apartó la mirada. Apretaba los dientes a causa del dolor y del frío, y se rodeaba el pecho con un brazo para protegerse las costillas rotas. Tenía el puño cerrado y apretado contra su cuerpo, como si escondiera alguna cosa. Grantaire temió que fuera algo que pudiera usar como arma, así que le dijo:
―Enséñamelo.
Él lo hizo, aunque lo ocultó inmediatamente sin saber por qué había obedecido.
Joder…, se dijo Grantaire.
Estuvo a punto de salir y decirles que no había trato, pero si lo dejaba allí ellos lo harían hablar a su manera y después lo matarían.
Aun así no era justo. Era un ser humano y tenía una vida.
―Siento que acabe así ―le dijo Grantaire. Estaba siendo sincero, pero él creyó que se burlaba.
―¿Hemos acabado? ―dijo con voz tensa―. Si es una amenaza te la puedes ahorrar. Sé que no me mataréis hasta que os lo diga, y no pienso deciros nada así que estamos en un punto muerto. ¿Y ahora qué vas a hacer?
―Sólo quiero hablar.
―He dicho que no.
―Hablaré yo ―dijo Grantaire.
―Como quieras.
Se quedó mirando a Grantaire. Estaba esperando, pero Grantaire no fue capaz de decir nada. Su voz se resistía a salir, se negaba a hacer aquello, porque la persona que tenía ante él era deslumbrante y él iba a apagar aquella luz, iba a quitarle cuanto poseía.
Todo porque tenía un secreto por el que estaba dispuesto a morir. Ningún secreto valía una vida.
―No soy uno de ellos ―le dijo Grantaire. No supo por qué sintió la necesidad de decírselo.
―¿Ah, no?
―Estoy aquí para ayudarte, Enjolras. ―Fue la primera vez que lo llamó por su nombre, y también la última.
―¿Eres el poli bueno? ―dijo él―. Me han detenido unas cuantas veces, ¿sabes? Así que no pierdas el tiempo.
―Hablo en serio.
―Pues ayúdame.
El corazón de Grantaire se detuvo cuando él le clavó la mirada. Se lo estaba pidiendo. Se lo estaba suplicando en silencio porque ya no esperaba nada, porque todas las personas temen fracasar, sufrir y estar solas, y él estaba soportando todo eso con tanta entereza como podía.
―¿No? ―dijo al ver que Grantaire no respondía―. Lo suponía.
―Quiero ayudarte ―volvió a decirle Grantaire, aunque ya ni él mismo lo creía.
―Eres un héroe ―respondió él con desdén. Había apartado la mirada.
Grantaire sintió el escozor de las lágrimas. ¿Quién era allí el más hábil con las palabras? Por lo visto, en las Bahamas había alguien como él. Quizá fuera capaz de librarle de sí mismo después de lo que iba a hacer.
―Escúchame bien ―le dijo alzando la mirada.
Cuando, muchas horas después, salió de aquella sala, Enjolras estaba dormido. Grantaire lo había sostenido para que no se golpeara la cabeza contra el suelo, y mientras lo depositaba con suavidad oyó un tintineo. Enjolras había abierto la mano que apretaba contra su pecho, y el anillo que atesoraba rodó por el suelo.
Grantaire lo tenía en el bolsillo cuando se dirigió a Montparnasse y a sus socios.
―Están una taquilla de la Estación Norte. Es la única copia ―les dijo―. Ahora vosotros cumplid vuestra parte.
Sabía que lo harían porque conocía a la gente de su clase. Eran escoria de la peor calaña, y precisamente por eso respetaban los acuerdos y aceptaban la palabra como garantía. Grantaire había puesto sus condiciones, y a cambio les había hecho una promesa: si dejaban que viviera, él nunca recordaría.
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Montparnasse conectó la luz de la cámara. Los tubos fluorescentes se encendieron en hilera.
―Ahí tienes a tu príncipe durmiente ―le dijo a Grantaire―. Sé breve. Tenemos trabajo.
Cerró la puerta al salir, dejándolos a solas, y Grantaire sintió que el tiempo se había detenido, que nunca llegaron a salir de aquella sala. Enjolras no lo hizo.
Caminó hacia él con el aliento contenido, pero Enjolras no pudo mirarle como aquella vez, cuando le traspasó el alma con el gélido azul de sus ojos. Ahora yacía en el suelo, inmóvil y sin sentido. Seguía bajo los efectos del cloroformo, pero estaba ileso como le habían prometido.
Grantaire se arrodilló y sostuvo su cuerpo laxo e indefenso entre sus brazos, y contuvo las lágrimas mientras acunaba su rubia cabeza contra su pecho. ¿Por qué las contenía? ¿Qué importaba en realidad? Él no podía verle llorar ni acusarle de mentir también en eso. No podía mirarle como la última vez que lo había hecho, con lágrimas de rencor y de rabia en los ojos, traicionado por la persona que amaba y que nunca mereció tenerlo.
―Lo siento mucho, lo siento… No sabía cómo salvarte.
Fuiste tú, ¡tú me hiciste esto!
―Iba a dejarte marchar ―le juró Grantaire―. Pero no pude. No pude… No sé cómo hemos llegado a esto.
Nunca debió seguirlo cuando salió del hospital, pero Enjolras no tenía a dónde ir y Grantaire se sentía culpable porque era culpa suya. Enamorarse de él no formaba parte del plan, pero nunca hubo ningún plan en absoluto. Aquellos dos años y medio habían sido una larga huida hacia adelante, y en algún punto del camino, Enjolras… Eric… se había convertido en todo su universo.
Y estuvo mal desde el principio. Y siempre supo que no podía durar. Y aun así fue tan lejos. Todo para al final acabar allí, dos años y una vida entera después, justo donde habían empezado.
Éponine se lo advirtió muchas veces. Hasta Montparnasse creyó que aquello era mezquino. Montparnasse… que lo habría matado si Grantaire no se lo hubiera impedido. ¿Cómo podía decirle la verdad sabiendo que así lo exponía a ellos? ¿Debía renunciar a él para devolverle una vida que él mismo había tirado porque jugó con fuego y perdió? ¿Debía dejarlo marchar para que se inmolara de nuevo porque era demasiado terco para comprender que estaba jugando una partida amañada contra personas dispuestas a matar?
¿Y cómo podía seguir diciéndose que aquello lo justificaba en lo más mínimo?
―Quería salvarte ―volvió a decirle Grantaire, aunque no sabía si hablaba con él o consigo mismo―. Pero ya no sé si te salvé o no. Te quité cuanto tenías…
Pero todo no. Aquella pasión férrea y decidida estuvo siempre en él, tan luminosa en Eric como en Enjolras. Pero Eric sólo era un nombre elegido al azar… y Enjolras tenía una vida, una causa, y alguien que le amaba y que tal vez le mereciera.
Grantaire contempló su rostro dormido. Nunca le había parecido tan precioso como en aquel momento, aunque sabía que era una ilusión. Su sonrisa lo dejaba sin aliento; y cuando despertaba despeinado y soñoliento, y bostezaba y se peinaba con los dedos, le robaba el corazón. Pero todo eso ya lo había perdido, y Grantaire nunca volvería a despertar a su lado, helado porque él acaparaba todo el edredón, ni a pasar con él las tardes soleadas y perezosas de domingo, arrancando notas distraídas a su guitarra mientras Enjolras leía silencioso y grave, coronado de rayos de sol. Fruncía el ceño cuando lo llamaba Apolo, y Grantaire sonreía sin proponérselo. Nunca había sonreído de verdad hasta que él le amó.
―Tú no te merecías esto. Pero es que era… tan feliz contigo ―le dijo en voz baja, como si fuera un secreto―. Sé que no me oyes, pero necesito que lo sepas. Siento que acabe así…
…Eric.
…Enjolras.
―…Apolo.
Grabó en su memoria cada contorno de su rostro, cada pliegue de sus labios y cada rubia pestaña, y acarició por última vez sus dorados rizos para recordar lo suaves que eran. Ojalá pudiera recordar si lo había besado aquella noche antes de irse a trabajar, pero aunque el primer beso esté grabado a fuego, el último siempre se evapora.
―Hagamos un trato ―le había ofrecido a Montparnasse.
―Ya sabes lo que quiero.
―A mí ―supo Grantaire.
―A ti, Gran R. Sin condiciones.
―Deja que se vaya.
―Salvo esa, claro.
―Prométeme que nadie lo perseguirá. Nunca.
―Yo no puedo impedir que se meta en líos ―dijo Montparnasse―. Es muy terco y no tiene instinto de conservación. Temerario, diría yo.
―Ese es tu problema. Me da igual cómo lo resuelvas. Quiero tu palabra.
―¿Y te conformas con eso?
―Una palabra ―exigió Grantaire.
Montparnasse sonrió con arrogancia. Buena partida, parecía sugerir, pero él ganaba.
―Hecho.
Era un trato justo: una vida por muchos secretos. Una vida por otra vida.
―Escúchame, Enjolras ―le dijo Grantaire al joven que dormía en sus brazos―. Oye mi voz. Sigue mi voz. Despierta.
