¿No duré tanto, cierto? Bueno, aquí está la continuación y espero mañana escribir el siguiente capítulo y subirlo. Mi idea era que, el próximo capítulo, lo narrara Nathaniel, pero no estoy muy segura.
¿Qué opinan? ¿Que siga narrando Su o que narre nuestro delegado?
Pues, bueno, acá tenemos más participación de parte de Violeta (otro de mis personajes favoritos).
Sin nada más que decir...
Disclaimer. Personajes y demás pertenecen a ChiNoMiko y Beemov.
Capítulo siete.
Tía llevaba quizá quince minutos observándome en silencio. Me miraba con preocupación y ternura a la vez, una mezcla bastante extraña, pero que me hacía sentirme un poco peor. ¿Se habría dado cuenta de lo que pasó? ¿Me habría escuchado gritarle al rubio? ¿Lo habría visto? Seguro que sí.
Solté un suspiro, medio desesperada medio cansada.
Mi ropa aún era un desastre, pero estaba tan decepcionada que no quería moverme. Es decir, ya me conocía, y sabía que yo era así de estúpida cuando algo me molestaba. ¡Sabía lo impulsiva que soy cuando me duele algo! Pero no, olvido avisarle a Nathaniel sobre eso y sólo le tiro la bomba, como diciéndole «a ver qué haces con eso».
—Cariño, ¿pasó algo?
Me había preguntado eso unas diez veces ya, y no le respondí siquiera una. ¿Cómo explicar la estupidez más grande? Seguro por eso mis padres se habían ido de viaje sin mí: no tendrían que cargar con mi carácter. Me volteé, escondiendo mi rostro en la almohada, y mi tía soltó un suspiro. Puso una de sus manos en mi espalda, y comenzó a hacer círculos en ella con sus dedos. Eso siempre me relajaba, pero aquel día parecía no funcionar.
—Sólo fui demasiado estúpida, tía.
Ella soltó una risita.
—Oh, cariño, todas las mujeres somos demasiado estúpidas cuando nos gusta alguien—no la veía, pero supe que tenía una sonrisa pícara en sus labios—. Y estoy segura de que si le explicas las cosas, él lo entenderá.
No le discutí el tema de «gustar», porque ya era perder mi tiempo. Sin embargo, ¿Cómo suponía ella que viera a Nathaniel a los ojos en la mañana? No podría hacerlo. Y si veía a Castiel era probable que lo pateara. Me senté en mi cama, y mi tía me abrazó con cariño. Estaba tan frustrada que casi podía llorar, pero no lo haría.
No era la primera vez que mi carácter me causaba problemas, y no sería la última.
Debía ser inteligente, darme un baño y pensar en la mejor manera de explicarle las cosas. Pero en aquel momento sólo quería hacerme bolita y desaparecer. La culpabilidad me pesaba en los hombros, y pronto me desplomaría en el suelo. ¿Lo llamaba? ¿Iba a su casa? No, rayos, no tenía ni su número ni su dirección.
Tal vez Violeta.
O Iris.
Quizá Melody, pero ella no me daría su número ni aunque le diera un millón de dólares. Antes tendría que decirle que era para decirle lo mucho que lo odiaba y que no quería volverlo a ver… Sólo por decir algo.
Además, era bastante tarde. Pasadas las cinco, a decir verdad, y sería estúpido de mi parte intentar algo a estas alturas. El tiempo se me había pasado volando a su lado, y con la culpabilidad se fue aún más rápido. ¿Acaso la culpabilidad era amiga de los minutos? Quizá enemiga, porque todos se fueron corriendo.
—Te traeré unas galletas y un refresco, ¿vale?—me guiñó un ojo y salió de la habitación.
Me quedé ahí, sola.
Y entonces vi lo que podría ser mi salvación: los pocos libros que había podido traer de casa de mis padres. ¿Y si le compraba un libro? Parecería que estoy manipulando… Pero quizá podría escribirle una cartita de disculpas. ¡Era el plan perfecto! Y para mejorarlo todo, pasaría un tiempo a solas para pensar qué escribir y cómo.
Comí lo que mi tía trajo rápidamente, luego me metí a la ducha y me limpié los rastros del desastroso día que había tenido. Con el agua se iba la suciedad, y muy pronto se iría la culpabilidad… O parte de ella.
Me vestí con un jeans y la primera camiseta que me encontré, me calcé los zapatos, tomé mi bolso, mi billetera, mis llaves y salí de casa. Eran las seis, por lo que tenía poco tiempo para llegar a la librería. Mi tía no preguntó nada, sabiendo quizá mi plan, y me deseó suerte al salir.
Recorrí las calles de la ciudad casi corriendo. Había gente por doquier, aunque la mayoría iba en sus propios asuntos, un gran porcentaje estaba estorbando en mi camino. Empujé a un par, que me gritaron, y seguí avanzando en mi camino. Como por arte del destino, encontré a Violeta justo en la tienda a la par de la librería.
— ¡Violeta!—dije, casi sin aliento—. ¿Qué haces aquí?
Ella se volteó, con rostro asustado.
—Acabas de casi matarme de un infarto—me susurró—. Estaba comprando algunos pinceles; los necesito para terminar un cuadro. ¿Tú? No es normal verte en la ciudad a estas horas…
—Digamos que son compras de emergencia—sonreí con cierto aire de tristeza.
— ¿Emergencia? ¿Pasó algo en tu casa?—me preguntó preocupadísima.
—Deja de juntarte con Iris—regañé en broma—, se te está pegando su maña de tomar todo a la literal.
Violeta se carcajeó. Su cabello púrpura le cayó en la cara, y me encontré a mí misma envidiando lo pulcro y suave que se veía. ¿Por qué el mío tenía que ser siempre una maldita maraña? Precisamente por eso lo andaba recogido en un moño.
—Es sólo… Discutí con alguien—me encogí de hombros—. Venía a comprarle algo para disculparme.
— ¿Discutiste con Nathaniel?
Me ahogué con mi saliva ante lo inesperado de su pregunta. ¿Cómo rayos sabía? Quizá Nathaniel le había dicho a Melody, y Melody…
Nah, poco probable.
— ¿C-cómo supiste?—dije, carraspeando.
Negó con la cabeza, riéndose, pero se ofreció a buscar el regalo conmigo.
Entramos a la librería, casi vacía, y nos dirigimos de inmediato a la sección de novelas policíacas. Había varias que ni siquiera yo había leído, así que no tendríamos problema por la variedad. El problema estaba en elegir una que le gustara, que no la tuviera ya… Y que estuviera en el presupuesto de mi mesada.
Luego de dar unas tres vueltas, encontré el libro perfecto: "El sueño eterno", de Raymond Chandler. Tenía un argumento atrapante, conocía el autor, y el precio no era excesivamente caro. Incluso Violeta lo aprobó.
Pagué el libro, salimos y comenzamos a caminar hasta nuestras casas. Llegamos a una intersección donde tuvimos que separarnos, por lo que nos despedimos. Ella me deseó suerte, y aseguró que él no estaba enojado. Que jamás se enojaría conmigo. Pero no le creí. ¿Cómo no iba a estar molesto?
Caminé a mi casa tranquila, con una sonrisa en los labios.
Llegué y saludé a mi tía mucho más animada que la primera vez. Ella sonrió, satisfecha con mi alegría, y me dijo que la cena estaba lista. Nos sentamos, y comimos en silencio. Las manos me picaban por escribir la carta, pero a la vez el corazón me latía desbocado. ¿Qué podría escribirle sin que sonara demasiado estúpida?
Comí —casi tragué— mi comida y subí a mi habitación con la adrenalina corriendo por mis venas. Bien, era la primera vez que escribiría una carta para alguien. Y estaba demasiado ansiosa.
Me acosté boca abajo en mi cama, con un cuadernillo y un lápiz en mano. Justo a mi lado estaba el libro, y la bolsita en la que lo escondería mañana en el instituto. Suspiré. Era la hora de la verdad. ¿Cómo podría comenzarla? Ni idea, pero escribí de una vez.
«Estimado Señor Nathaniel:»
Lo taché inmediatamente. Bien, lo estimaba, pero eso era demasiado formal para dos chicos de instituto que habían discutido por una estupidez.
«Querido Nathaniel:»
Tachón número dos: listo. Sonaba soso y empalagoso. Decidí que lo mejor era escribirle como se lo diría si tuviera las agallas para hablarle y mirarle a la cara mañana.
«Nathaniel,
No creo que tenga derecho a pedir perdón. Fui… grosera y estúpida. Me desquité con un inocente, todo por las desgracias que pasé. Y lo lamento. No te culpo si no quieres dirigirme la palabra jamás, es decir, ni siquiera yo lo haría. Pero, ya ves, hasta yo misma debo aguantarme. Tú no debes hacerlo. No debes cargar con mi carácter. Ni con mis frustraciones o mis gritos. Eres un chico genial, lo juro. Y detesto ser tan estúpida con el primer amigo que hago en este instituto. No pretendo nada con este libro, ¿sabes? Pero pensé que era un buen regalo. Y una buena disculpa. Sé que no lo arregla, pero sentí la necesidad de hacerlo. Así que, si en algún momento por tu bondadoso corazón pasa la posibilidad de perdonar mis errores, esta chica torpe e impulsiva te lo agradecerá toda su vida. En serio.
No te conozco hace mucho, pero te aprecio.
Nat.»
Doblé la hoja de manera que se escondiera en el libro, por lo que, una vez metida en él, metí el libro en la bolsa, y con un marcador permanente escribí en ella un «Lo siento :c», con todo y carita triste porque así me sentía. Dejé la bolsa justo al lado de mi mochila, para no olvidarla, y con un sentimiento entre triste y esperanzador, me dormí esa noche.
