"El legado de Navidad"

"La Navidad para muchos era una época más del año; sin embargo nuestras almas siempre pueden buscar en el pasado la esencia que tuvimos y convertirla en presente y futuro, de esa forma haremos de esas fiestas algo inolvidable. ¿Cuál es la mejor Navidad de la que tengo recuerdo? Definitivamente la de aquella que estuvo dormida en mi corazón, retornó y se quedó para siempre"

*1 Camino presuroso entre la multitud que se congregó en la decorada Princes Street. En estos tiempos es usual ver el rostro de las personas ansiosas por correr contra el tiempo y encontrar el regalo ideal, supongo que el fin de la guerra y las nuevas esperanzas exacerban la alegría burbujeante que percibo inclusive a mis espaldas. Continúo mi andar por el sendero de tiendas ―en especial Jeener's― que atrae la atención de su público con grandes coronas de acebo satinado, llamativos muñecos, festones, muérdagos, velas y adornos de oropel. La humedad del rocío que bañaban los pinos en venta dejaron un perfume rústico inconfundible en toda la calle, el sonar de cascabeles en cada rincón y los acordes de un gaitero es el símbolo de que está pronto a llegar: la Navidad. Una melodía tan familiar resuena en mis oídos, era un villancico tan antiguo y popular llamado: "Come my children dere" *2 trae a mi memoria tantos recuerdos.

Lo sacudo de manera instintiva, no quiero que la melancolía me persiga, aunque mi último viaje me ha traído de manera impetuosa a mis raíces: Escocia. La "Edina" de mis inolvidables sueños pasados.

Me refugio en la casa que conserva el calor que estuvo atesorado por años, me quito el abrigo y los guantes. Voy directo a la cocina por un café caliente y me dispongo a ordenar algunos adornos que bajé esa mañana y dormían apilados en el ático. El frondoso árbol espera que finalice la tarea con su decoración.

—Señor Albert, ¿quiere que le ayude? —me dice George, al verme intentar colocar la estrella en ese sencillo árbol de Navidad.

—No, gracias. Ya hiciste suficiente con dejarme este árbol acá y ayudarme a colocar esos adornos.

―¿Necesita usted alguna otra cosa?

Me giro y sé que está cansado, con solo mirarle es evidente. No ha tenido paz, ni vacaciones con los asuntos financieros de los Ardley. Sonrió a mi incondicional amigo y palmoteo su espalda. Sé perfectamente lo que le preocupa.

―Puedes tomarte el resto de la tarde libre, George. Mañana debes volver a Estados Unidos. ¿No?

―Sí, la señora Elroy me ha solicitado que lleve de regreso los documentos que usted ya firmó.

―…

—Señor Ardley… ¿de verdad que no necesita de mi ayuda?

—No. Ya te lo dije, puedes irte tranquilo —le insisto. Sé por sus pasos vacilantes que lo que le preocupa es dejarme solo —. George, estaré bien. Por favor, ve a descansar.

—Buenas noches, señor William —me responde con una sonrisa.

―Buenas noches, George.

Mi buen amigo respeta esos minutos en que quiero estar a solas y se lo agradezco. "Mi soledad" le comento al eco de esa habitación vacía. "No será la primera vez" le digo al silencio. Dentro de mi corazón, tras cada cumpleaños, un brindis o un deseo a alguna estrella fugaz en mis minutos con la naturaleza…reconozco que anhelé que fuese el último año en compañía de esta eterna soledad.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

Los días pasaron con rapidez y me encuentro respondiendo a una rutina distendida y silente. En algún momento del día, llevo la compañía de un buen libro y termino sentado en el histórico: White Hart inn, que ha reabierto con nueva decoración, tornándose mucho más acogedor o es que tal vez yo lo siento así desde hace unos días. Dejo de lado la lectura y me abandono en los brazos de esta "saudade", esa palabra que me fue enseñada en Brasil para explicar ese cocktail de sentimientos nostálgicos que invaden a los solitarios en estas fechas. Entre el sabor del blended que se me ofrece, brindo por la felicidad que espero llegue algún día y se quede en mi vida. Es un deseo sin velas, sin estrella fugaz. Improbable, quizá.

Miro alrededor, las mismas personas que comienzan a saludarme por convertirme en un rostro anónimo, tan familiar. En una mesa alejada y cerca de la ventana, sola otra vez, está esa joven que lleva días llamando mi atención. Reconozco que he llegado hasta ahí por ella. ¿Qué es lo que me incita a buscarla en esta rutina? Algo más allá de toda explicación lógica, ya que la reconozco sin saber dónde la he visto antes. Quizás, sus grandes y expresivos ojos verdinegro. Tal vez, su armonioso rostro níveo entre su cabello castaño que cae libre sobre sus hombros o esas graciosas frases que le escuché pronunciar al conversar con un conocido. Mi escrutinio impertinente la hicieron sentir incomoda y lo noto. Disimulo avergonzado. ¿Cuál será su nombre? Casi por destino o casualidad el mesero la llama.

—Señorita Michelle. ¿Se le ofrece algo más?

"Lindo nombre" le comento a mi soledad.

—No, muchas gracias. Ya estoy por marcharme ―dijo cerrando el libro que leía: "Escritos sobre el arte de escribir" de Kafka.

—Como guste. Qué tenga un buen día.

—Ya lo quisiera yo, tener un día…feliz ―murmuró y se alistó para marcharse.

Guiado por instinto me voy tras ella, cuya estela de jazmines, violetas silvestres, sándalo y miel que despide el perfume de su frágil silueta son los que me guían, aunque estuviera ciego, sabría reconocer ese exquisito camino. Seguí sus pasos, curioso, hipnotizado ante ese magnetismo que terminé por averiguar donde vivía. Cuando entré en razón, me sentí un invasor de esos minutos privados; pero la necesidad de volver a verla me hizo ser puntual con una cita sin invitación al bar de siempre.

Paulatinamente, cada día que la observé, cada paso que di en esta fría nieve pude identificarme con la expresión de sus ojos, con sus silenciosos pensamientos y hasta con su caminar pausado y alegre. Sentí su compañía solo con estar cerca y mi soledad comenzó a hacer su retirada de mi morada y de mis pensamientos.

Esa noche no pude dormir. El compás de las doce del Grandfather, además del murmullo de mis impetuosos pensamientos sobre mi almohada me espantó el sueño. Busqué una pausa, así que tomé un libro y leí solo una página más. No funcionó. Terminé por levantarme, caminé por el pasillo hasta llegar frente al árbol, encendí un par de velas y me senté en el suelo apoyando mi espalda contra el frio muro. Me quedé viendo el reflejo de la luz en los adornos y en el fanal que estaba junto a la mesa de luz. Cerré mis ojos y evoqué una de las tantas navidades de hace años. El recuerdo vino a mí…

*3 Una tradición familiar, de la cual no tenía recuerdos tan nítidos, sólo de aquellos días en que viví en Escocia junto a mi hermana: Pauna, quien se dio el trabajo de refrescar mi memoria sobre ciertas vivencias con mis padres ya que yo era mucho más pequeñocon la firme intención de que no los olvidara jamás.

Él, mi padre: William Ardley, decía que no había que esperar ni el día ni la hora para lograr la sonrisa de un tercero. Conforme a eso, salía con nosotros en esos días previos a Navidad en busca del árbol perfecto; no sólo del árbol sino de las personas indicadas. Se mezclaba libre gozando del anonimato, saludando, conversando y observando mucho. Con una empatía única y mágica podía ir descifrando en miradas, sonrisas, suspiros y frases lo que pasaba en la vida de cada obrero, mujer y gente de pueblo. Se nutría con ese cúmulo de historias y salía sólo en busca de pequeños tesoros, era lo que me decía para que no curioseara más de lo debido.

Al día siguiente nos llevaba a Pauna y a mí a recorrer: "La Edina mágica de sus sueños", como le gustaba llamarle a Edimburgo en su fiel admiración al poeta Robert Burnsse iba silbando alegre el villancico: "Silent night" Puerta tras puerta y en el suelo, dejaba un pequeño paquete, golpeaba la aldaba y nos pedía que nos escondiéramos rápidamente.

¿Por qué estamos escondidos? —preguntó en un susurro, Pauna.

Porque de esta manera podremos presenciar nuestra paga —respondió con una sonrisa.

¿Qué cosa?…—intervine yo, siendo mucho más pequeño, pero no menos curioso.

Tú, sólo observa.

La puerta se abrió y la persona miraba alrededor en busca de alguien. Sus ojos curiosos se dirigían al paquete que estaba en el suelo. Al tomarlo y abrirlo, el rostro que en un comienzo era triste, cambiaba mágicamente, se iluminaba y muchas veces se llenaba de lágrimas que no entendía. ¿Acaso la gente no llora cuando tiene mucha pena? Si el regalo era de su gusto ¿Por qué entonces lloraban? Y al intentar preguntarle eso a mi padre, me llevaba una sorpresa al descubrir que no sólo había lágrimas en los ojos de la persona escogida, sino que también en los él que atribuía siempre que era por el frío o alguna basurita que cayó en sus ojos celestes.

Sí. La sonrisa y el fulgor de los ojos de personas anónimas nos retribuían la alegría a nosotros, fieles espectadores de la emoción. Con Pauna nos preguntábamos qué era lo que le regalaba para lograr eso. A simple vista no eran regalos ostentosos, más bien eran muy sencillos.

Esa mujer de allá, necesitaba unos zapatos nuevos. La de aquella casa tiene dos niños que aprendieron a leer, pero su madre no tiene dinero para regalarles algo lindo… —explicó sin tener que leer eso en ninguna parte.

Esos son sus regalos —concluí con una sonrisa.

Sí, regalos. La joven madre de allá tiene a su pequeña hija enferma y la de aquella casa será madre por décima vez. Difícil misión…

Mi padre hacía magia, eso creí. No sólo se esmeró en una determinada persona sino que en las necesidades de muchas. Año a año, eran otras y la que recuerdo muy lucidamente, se volvió inolvidable… fue la historia de la medalla.

Pago lo que sea por ella. ¿Me la dará?—insistió mi padre al vendedor callejero, extendiendo una suma nada despreciable.

Ante tamaño dinero que me ofrece, sería un estúpido de mi parte negarme —respondió sin dar crédito al negocio que estaba haciendo y entregó la medalla.

No entendí la razón de por qué mi padre creía que había invertido bien, era muy evidente que esa medalla no tenía el valor monetario por el cual él había pagado. Quise preguntárselo, pero se esmeró en depositarla en una cajita y nos fuimos otra vez en esa entrega de obsequios navideños de otro año... El último.

Nos detuvimos en una casa antigua, no quise invadir ese momento con preguntas. Hizo todo el procedimiento de siempre y observamos escondidos. El hombre salió, al ver la cajita la sostuvo en sus manos y la abrió, de manera inmediata sus ojos se llenaron de lágrimas y de felicidad. Mirando con devoción la medalla que tenía entre sus dedos, como si fuera un tesoro. Salió una chica a su encuentro, su hija tal vez y lo abrazó contenta. Juraría que esa niña me vio y temí por instantes haber arruinado la sorpresa; pero ella sólo me sonrió y no dijo nada.

Su mirada se grabó en mi memoria, que decidí dejarle un pequeño obsequio, uno que estuve buscando por muchos meses en los jardines de la casa y en los alrededores de toda Escocia. Lo traía conmigo y antes de irnos, lo deposité en una cajita.

Siempre se puede hacer algo por la dicha de otro. ¿Lo sabías? y cuando eso pasa, se convierte en tu dicha… —dijo mi padre al verme dejar un regalo a la niña.

¿Tú eres feliz con eso, papá? —interrogué al verlo sonreír.

Por supuesto, se puede ser todo un Dédalo con un pequeño detalle.

¿Si?¿Quién es Dédalo? —le pregunté en un susurro a Pauna.

Es el padre de Ícaro ¿No te acuerdas que te lo leí el otro día, William? —me respondió Pauna y lo recordé.

Dédalo fue quién construyó un laberinto para Minos y no comprendí nada. Mi padre lo notó y sonrió.

Quise decir que se puede ser un magnifico constructor, pero de una grandiosa emoción, con estas manos y con esto que llevas aquí —indicó su pecho con júbilo —. Ese será mi legado, para el día en que ya no esté. Quiero que Pauna y tú lo recuerden siempre.

¡Lo haremos! exclamé casi como un juramento infantil.

Muy bien. Nunca dejen de ser sentir empatía por el dolor ajeno, eso les hará sentir vivos y humanos… quiero que sepan que: "Cuando tus actos son de buena fe, siempre se devuelve con mas amor" —sonrió frotando su mano en mi cabello.

Es decir… ¿Hay que esperar?—pregunté con inocencia, arreglando mi melena.

No esperes, hijo. Vive y no pierdas la fe en ti y en las personas —nos dijo mirando los rostros dubitativos de sus hijos —. No entienden, bueno no importa algún día lo harán…

Como niños que éramos, las sabias palabras de un hombre noble no se comprendieron de manera inmediata, para eso debía pasar tiempo y saber descifrarlas en algún momento. Comprendí que mi padre, un hombre rico y poderoso, nunca dejó de ser el artífice de la felicidad de muchas personas, ocultado en el anonimato, dotado de un corazón tan grande… que entendí la razón de por qué esas personas se van tan temprano.

En una misa en su honor, tras su fallecimiento, se llenó de personas del pueblo y no sólo mi madre, Pauna y yo le lloramos en su despedida. A todas esas personas les había devuelto la vida, la alegría y esperanza en la Navidad, y muchos lo habían llamado: su ángel de la guarda, en momentos difíciles.

Abrí mis ojos llenos de lágrimas con ese recuerdo fresco y es que la pena de extrañarle nunca cesó. Comprendí muchas cosas en ese viaje involuntario a mis raíces. Decidí cómo quería seguir viviendo y seguro de eso le dije a mi soledad: "Ya sé lo que debo hacer"

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

Sin pensarlo mucho, al día siguiente me fui en busca de esas personas anónimas, que ya antes habían llamado mi atención. Por lo menos, a más de alguno le conocía sus nombres y con unos pocos sostuve una conversación trivial. En un paseo pausado por una plaza. Escuché. Camino para ir por las compras de comestibles. Observé. Finalmente me quedé en el bar a ordenar mis ideas mientras las escribía en un cuaderno. Una lista de pequeños detalles y volví a la tienda a comprarlos.

Regresé a casa con todo eso y los envolví contento, completamente seguro de que era lo indicado; sin conocer muy a fondo las necesidades de las personas escogidas. Sólo instinto y con eso reviviría el legado de mi padre.

Me marché con esos regalos y los dejé en distintas casas esa misma noche, cuidando siempre de no ser descubierto.

Al llegar al "más especial de todos" el de aquella joven, esperé por la reacción y poco a poco su sonrisa se fue dibujando, quedando atrás el dejo de tristeza que alguna vez divise. Entendí que sí fueron de su agrado. Yo regresaba a casa con el frío a cuestas, pero sintiendo un calor tan gratificante en mi pecho.

—A Michelle le gustó mi regalo de hoy —le conté feliz a mi soledad.

El eco del silencio repitió su nombre y me pareció que siempre habitó ahí, junto a mí. Quería repetir el legado con ella, aunque eso no fuera parte de las reglas del juego. Lo decidí en ese minuto, aunque ya sabía qué cosas iba a regalarle sin haberlo meditado tanto.

Al día siguiente volví a hacerlo con el resto de personas que me quedaban, así fue por un par de días. El más especial siempre iba al final… para ella.

Durante el día, en el bar de siempre, me pasaba horas con la excusa de un libro en el que nunca avance en su lectura. Mi compañía era ella y un futuro se abría a mis ojos con sólo observarla y descubrir pequeños detalles de su vida: gustaba de tararear una melodía navideña, jugaba con su cabello, tenía modismos divertidos, le encantaba la comida italiana, la lectura, adoraba las poinsettias y los tulipanes y tenía un acento tan particular… había vivido en Chile. Me marchaba con eso a mi casa, conociendo hoy más de ella en sus gestos y palabras, en su mirada y la interacción con su entorno. En una de las noches estrelladas y frías al llegar a la puerta, en el tapete de la entrada de mi casa, había algo. Ahora el sorprendido era yo.

—¿Qué es esto?… Un regalo —dije con asombro.

Una sencilla cajita verde con una cinta roja. Miré a todos lados y no vi a nadie, decidí abrirlo. Mis recuerdos viajaron raudos al minuto aquel junto a la última Navidad con mi padre y ese regalo que sostenía en mis manos. Se trataba de un trébol de cuatro hojas. Alguna vez lo tuve, si bien dicen que en Escocia abunda ese amuleto de la suerte, para mí fue una búsqueda incansable de meses y cuando por fin lo tuve me había desprendido desinteresadamente para obsequiárselo a esa niña. Entré a casa con ese tesoro y lo guardé entre mis cosas en el escritorio cercano a la biblioteca. ¿Sería posible que quien me lo haya regalado supiese el significado que tiene ese amuleto escocés para mí y la historia que había detrás? Le comenté al silencio. No tuve la respuesta, no todavía.

El legado tuvo una alteración de mi parte. Cumplí con gusto con la rutina de mi padre, pero día tras día fui dejando un obsequio con un sentido especial en la puerta de Michelle, sin siquiera cuestionarme el porqué. Cinco, para ser exactos. Así mismo y de manera recíproca recibí un obsequio, sin saber quién los enviaba. ¿Quién se estaba tomando esa molestia conmigo? No se esmeraba en dar algo costoso sino que en entregar algo con una validez emocional...incalculable. Con ese gesto me devolvía los retazos de mi niñez en detalles.

* . * . * . * . * . * . * . * . * . *

La noche previa a la Navidad había llegado; muy evidente en los pasos atolondrados de las personas persiguiendo los detalles faltantes y los villancicos que seguían entonándose en cada esquina.

Hoy, sería éste mi último regalo junto al de una invitación a un baile navideño, organizado por una parroquia cercana. Muy atrevido de mi parte, si es que lo analizaba. "No, no me arrepentiré" le comenté a mi soledad dispuesto a desafiarla. Seguí con mis cavilaciones y las dudas que esperaban que desertara de la idea. "No, no les daré el gusto". Vestí para la ocasión, nada muy elegante y me perfumé. No tenía ningún otro asunto pendiente y no sabía si ella iría, era una invitación. Nada más. ¿Podría interpretarse como una cita? Casi me arrepiento, no tuve tiempo de revocar mi osado acto y ya me encontraba deslizando la invitación bajo la puerta y dejando el presente. Me marché, pero antes me detuve para ir a comprar algunos víveres. "Seguro que ella no saldría con un desconocido como yo" me dije preparando mi corazón para la decepción. En el retorno a mi casa, logro ver la silueta que estaba dejando el ya habitual obsequio en las afueras de la casa. Era una mujer.

—¡Espere un momento!… —grité desesperado.

La menuda muchacha se escabulló de mi alcance y mi corazón, más que de mis propios pasos que la persiguen. No quiero que se vaya, no sin agradecerle sus regalos, no sin cerciorarme de quien se trataba. Tenía mucho para decir y es que…mi esencia estaba tatuada en cada uno de sus obsequios con una precisión que me asombraba y esa mujer lo había percibido de manera tangible. No se trataba de cualquier mujer, de eso estaba completamente seguro. Cuando la veo trastabillar, evito su caída atrapándola en mis brazos sin siquiera ver su rostro. Apego mi pecho con el latir de mi corazón acelerado sobre su espalda. Quiero que voltee a verme, su aroma se hace reconocible de manera inmediata: jazmines, violetas silvestres, sándalo y miel.

—¡Es usted! —exclamé con una sonrisa que apenas pude disimular.

—¿Me conoce? —respondió con una interrogante y sonrojada con mi mirada perdida en su rostro.

—No. ¿Se encuentra bien?

—Sí, gracias.

—Entonces es usted la que me deja esos obsequios, eso es lo que quise decir —me excusé volviendo a la realidad.

—Sí, bueno…Yo… lo siento…

—¿Lo siente? —repetí preocupado.

—Sí, disculpe no quise importunarle.

—No, no me ha importunado —aclaré de inmediato.

—¿No? Puede ser extraño… raro.

—No.

—¿No? Bueno…yo sólo. Lo hacía porque se trataba de un legado… —dijo mirándome directo a los ojos.

—¿Cómo dijo? ―pregunté un poco aturdido.

*4 No me había dado cuenta que mis manos seguían sosteniendo su brazo, si ella no desvía la mirada de mi contacto no me doy por aludido. La suelto y guardo distancia; pero vuelvo a repetir sus palabras en mi mente: Un legado…

—Es un legado. Recuerdo eso de alguien que conocí siendo muy niña.

—Continúe, por favor.

—¿Le sucede algo? —preguntó mirándome con curiosidad.

—No, quiero que siga contándome…por favor.

—Mi padre me hablaba de un "ángel", el cual nunca supo su nombre. Él nos regaló algo muy importante para una navidad de hace más de veinte años. Yo sólo recuerdo que se trataba de un niño de ojos celestes, sonrisa amable y de cabellos rubios. Como usted.

La joven me enseña la medalla que llevaba colgada en su cuello, tiene un pequeño dibujo de la flor del cardo, un emblema muy común en tierras escocesas y que ya había visto años atrás. Se trataba del último regalo de mi padre a un desconocido y Michelle era esa niña, a la que le había regalado mi primer tesoro: Un trébol de cuatro hojas. ¿Lo recordaría?

—No es valiosa lo sé, pero tiene otro sentido para mi padre quien la tuvo que empeñar para poder comprar su última esperanza. Si bien había valido la pena, el dolor de haber tenido que empeñarla siempre lo entristecía para la Navidad…hasta que la vio de vuelta de manos de ese hombre.

—¿Lo conoce?

—No, pero su legado me inspiró para esta Navidad…

—Entiendo… ¿Y por qué? —pregunté mirándola directo a los ojos.

—¿Por que qué?

—¿Por qué me eligió a mí?

—Bueno… porque…usted tenía una mirada muy triste, quise devolverle algo de felicidad en esos obsequios. A juzgar por su apariencia puede que no hayan sido a lo que está usted acostumbrado —dijo inspeccionando en mi atuendo de esa noche.

—Se equivoca.

—…Yo…le dije que sonaría raro. Y lo es.

—No, no me lo parece.

―Quién sabe qué pensará de mi ―comentó con una mueca graciosa y ruborizada.

―Se lo agradezco mucho. En esta época es molesto escuchar el eco de la soledad y conversar largo rato con el silencio. Éste nunca responde…

—Entonces sí se sentía solo.

—¿Lo ha notado?

—Sí. Porque ya lo he visto en el bar. ¿Lo notó?

¿Qué si lo noté? ―pensé, pero no lo dije. Sólo me reí como un tonto.

—¿De qué se ríe?

―De nada. Entonces, es bueno que sepa que usted ha hecho mucho por mí. Ha desterrado esa soledad de mi vida —declaré sin apartar la mirada en sus ojos.

—¿Qué? —preguntó nerviosa y sonrojada aún más con esa declaración.

—En resumen. Creo que ambos compartimos lo mismo…de alguna manera ha existido una conexión.

—¿Cómo? ¿Conexión?

—¿Le ha gustado el trébol de cuatro hojas? Me tomó mucho tiempo encontrarlo, a juzgar por las apariencias y sus detalles…pienso que debe de conservarlo muy bien —la joven me miró atónita y no respondió así que decido seguir con la revelación —. Espero que también haya sido de su agrado el ramo de tulipanes, los chocolates, el libro de poemas, esa cajita musical y…veo que ha aceptado mi invitación al baile.

Describo mis regalos. Los del pasado y el presente. Puedo verme reflejado en sus hermosos ojos, su sonrisa ilumina su rostro y su cabello hace el marco perfecto para que enmudezca admirándola. La nieve vuelve a caer en medio de ese silencio y le ofrezco mi brazo para que camine junto a mí en esta larga ruta hacia la fiesta que al juzgar por su apariencia y lo hermoso que le quedaba ese vestido, si había optado por asistir. Fue una velada inolvidable donde conversamos largo rato sobre los presentes que nos habíamos entregado dos perfectos desconocidos que tenían mucho en común. La invité a bailar al son de una melodía de fox trot, rodeados de personas, pero revelándonos un mundo secreto con nuestras miradas.

—Es curioso…

—¿Qué cosa?

—Nunca me olvide del rostro de ese niño y hoy me encuentro con el mismo rostro, pero el de un hombre con la misma esencia de esa Navidad —confesó.

Sonreí. Nos seguimos mirando sin darnos cuenta que la música ha cambiado. Un espectacular saxofonista que toca: "Silent Night" * 5 la melodía favorita de mi padre.

Comprendí por qué me esmeraba en hacer esos presentes, por qué me llamaba poderosamente la atención…tampoco había olvidado a esa niña y la volví a descubrir en los ojos de la hermosa mujer que se había convertido y que me atreví esa misma noche a besar.

No fue la última cita con Michelle, existieron muchas más renovando mi vida, sintiendo que la felicidad no era esquiva para William Albert Ardley. No quise separarme nunca más de ella…no hasta que no aceptara ser mi esposa cuando se lo pedí a solas en una de los viajes a sus raíces: Chile. Nuestro legado no termino ahí, se lo enseñamos a nuestros hijos ―dos varones y una niña― para que ellos la continuaran motivados por el mismo inolvidable recuerdo que nos dejó mi padre.

Fin


Lista de música:

*1 "Bells" – Helen Jane Long.

*2 "Come my children dere" villancico escocés: que data del siglo XVll. Si lo quieren escuchar. Escúchenlo en la versión de Hortus Musicus.

*3 "Forgotten places" – David Nevue.

*4 "Gift of a Thistle" – London Symphony orchestra (Braveheart soundtrack)

*5 "Silent night" – Kenny G

Notas de autor: Los detalles de época son verídicos: La tienda Jeener's, el bar White Hart Inn, el mencionado trébol de cuatro hojas, la flor del Cardo, el poeta escocés Burns y la mencionada Edina que fue como bautizó el poeta a la ciudad de Edimburgo.

La música "oh, la belle musique"… no sería lo mismo el fic sin esos audios maravillosos que he seleccionado para ustedes. Este minific tiene ya 9 años y estaba guardado entre mis cosillas, fue escrito como regalo para mi amiga secreta del grupo Candy Blanca: Daniela. Ahora lo presento acá con algunos cambios. A mí me parece intenso, empático con su estilo de vida, argumentativo en sus raíces y respetando su alma noble. Sí, lo reconozco el melenudo viene haciéndome guiños y desplegando todo su sex appeal hace rato. Este será el único trabajo de esta Antología que podré postear, los demás que he estado escribiendo no han sido terminados. Lo siento.

Les deseo a todos una feliz Navidad y que disfruten al máximo estos días en compañía de sus seres queridos. Mucha luz y bendiciones para ti, que me lees…estés donde estés, yo te pienso y te percibo. Gracias por sus mensajes, los leo todos.

Ladyzafiro