Bueno, pues ya teneis el nuevo cap, espero que os guste
Law golpeó la gruesa puerta de roble por enésima vez. Llevaba ya dos horas en el pasillo que daba a la habitación del rubio menor, llamando al chico que se había encerrado dentro completamente. Los sirvientes que habían estado paseando por la zona, habían huido hacia rato cuando habían escuchados sus gritos y órdenes desesperadas porque el chico abriese la puerta, por lo que ahora ya estaba totalmente solo en el alfombrado corredor repleto de antiguas armaduras y cuadros de olvidadas batallas.
—Doflamingo abre la puerta—gritó por enésima vez Law golpeando la puerta con sus puños cerrados que empezaban ya a doler.
Pero nada se escuchó desde dentro de la habitación aparte de los ligeros jadeos que Law se imaginaban serían el llanto silencioso del rubio. El conde se odió aún más. Aun recordaba la última vez en que casi había hecho llorar al chico y como le había revuelto algo dentro el ver como a duras penas contenía las lágrimas. Y el volver a vivirlo ahora, que se había enamorado del menor irremediablemente, era como si le atravesasen el pecho una y otra vez con cada jadeo ahogado que llegaba a sus oídos.
—Doflamingo—dijo con voz baja, mientras caía de rodillas frente a la puerta derrotado—por favor...abre la puerta—
Porque que necesitaba hablar con él, porque necesitaba mirarle a los ojos y decirle que lo que había oído era mentira y que solo lo había dicho en el calor de una pelea. Law necesitaba disculparse frente al otro, necesitaba abrazarle hasta que le perdonase y jurar que nunca que le volvería a hacer daño ni a decir algo como aquello.
Y Law nunca se había arrodillado en frente de nadie, nunca había suplicado ni se había arrepentido de algo que hubiese hecho. Ni siquiera al atravesar a su hermano con una espada de parte a parte hacía ya años. Pero allí estaba ahora, arrodillándose frente a la puerta del otro y suplicando sin siquiera dudar.
—Por favor—pidió de nuevo desesperado.
Porque no sabía qué pasaría si el otro nunca conseguía perdonarle por aquello, si no salía de la habitación y Law no pudiese nunca volver a mirar aquellos ojos violetas.
Por eso Law siguió insistiendo. Se tiraría allí todo el tiempo que fuese necesario hasta poder volver a hablarle directamente, suplicándole para que saliese.
De repente un golpe sonó al otro lado de la puerta. Como si alguien se hubiera dejado caer contra la pesada madera.
Law contuvo la respiración y esperó a que el otro hablase o hiciese algo. No quería asustarle, no quería forzarle, ni quería que volviese a huir de él, le necesitaba a su lado. El moreno en cambio apoyó las palmas de las manos y la frente contra la madera esperando.
Podía oír la respiración del rubio, podía ver su sombra por debajo del marco de la puerta e incluso juraba que podía sentir aquel delicado aroma a tierra mojada y flores del campo que el otro siempre llevaba encima.
Law cerró los ojos fuertemente. Estaban tan cerca, tan jodidamente cerca, pero aun así se sentía como si el otro se fuera alejando más y más a cada segundo que pasaba.
—¿Por qué debería abrir la puerta?—preguntó entonces el rubio —¿para qué me grites otra vez? ¿Para qué me insultes y me desprecies aún más recordándome la escoria que soy?—
Y Law tembló al escucharle. Se había esperado que el otro gritase o que llorase entre gemidos lastimeros. Simplemente no se había esperado aquella frialdad. El otro no parecía afectado en lo más mínimo a pesar de los jadeos de antes, su voz no sonaba rota ni cansada, solamente parecía mantener una conversación normal y tranquila con un conocido.
Law tembló aterrado ante aquella falta de sentimientos y aquella voz muerta.
¿Que había hecho?
—No voy a insultarte—le respondió con voz tensa pero amable, como si se dirigiese a un niño pequeño— sólo quiero pedirte perdón por lo que has escuchado, no es así como pienso realmente, Doflamingo, en verdad yo te...—
Una risa sarcástica cortó sus palabras acallando cualquier confesión que hubiese esperado poder hacer. Una carcajada seca, fría, y sin sentido del humor que retumbo por el oscurecido pasillo tétricamente.
Law volvió a guardar silencio sin saber qué decir o cómo reaccionar.
—Estoy cansado de todo esto Conde—dijo el rubio al otro lado de la puerta—estoy cansado de las mentiras, de los secretos y las intrigas—
Law abrió los ojos como platos.
—No estoy mintiendo, te digo la...—
—¿Y por qué debería creerte?—siguió el rubio —dame un solo motivo—
—Yo...—
Pero tenía razón. ¿Por qué debería creerle?¿Que había hecho Law para ganarse la confianza del rubio? ¿Chillarle? ¿Ridiculizarle? No, todo aquello era culpa suya, aquello era el universo vengándose de él, dándole a probar de su propia medicina y haciéndole pagar por sus actos.
Haciéndole sufrir por la primera persona de la que se enamoraba en la vida.
Con voz ahogada susurró un simple:
—Lo siento—
Pero de nuevo se escuchó una suave risa sarcástica.
—Por supuesto que lo sientes, seguramente creas que me acabaré yendo de tu lado si no te disculpas—empezó a montar la retorcida teoría el otro— y no puedes tolerar eso ¿verdad? La corte se burlaría de ti y tú perderías tu querido estatus si yo me fuera—
Law volvió a temblar desesperado. Tenía todo en su contra, el otro le malinterpretaría dijese lo que dijese, por su propia culpa y sus propias intrigas el chico ya no confiaba para nada en él...por su propia culpa le iba a perder.
—No...—jadeó desesperado.
—Pero esta vez te equivocas en una cosa...—siglo el rubio con aquella voz muerta ignorando sus protestas—esta vez no pienso perdonarte hagas lo que hagas. Ya he tenido suficiente de todo esto y estas conspiraciones absurdas. Pensé en quedarme por respeto a la decisión de mi padre y por deferencia a ti, pero ahora ya me da igual. Se acabó—
Law escuchó como el otro se levantaba del suelo elegantemente. Law miró la nudosa madera desesperadamente, quería echar la puerta abajo, quería atrapar al menor y quería gritarle al otro lo que sentía, que le entendiese y lo comprendiese.
Pero era demasiado tarde y la puerta demasiado gruesa.
—Me marcho con Eustass Kidd—anunció el rubio al otro lado de la puerta. Y Law sintió como si le pulverizasen el corazón Aprenderé lo necesario con él y no tendré que soportar más insultos de este tipo...adiós conde, espero no volver a verte—
Law escuchó como el otro se iba alejando lentamente paso a paso. Y volvió a golpear la puerta con ganas.
¿Que tenía que hacer? ¿Que debía decir?
—¡No!—gritó de nuevo.
Y esta vez se escuchó desde dentro una risa, aunque mucho más amarga y desdichada que las de antes. Una risa vengativa más bien.
—¿Tanto miedo te da perder tu estatus?¿Tanto miedo te da convertirte en un "plebeyo" como yo?—sus palabras sonaron amargas y llenas y odio—Bueno, tal vez de esta manera aprendas algo—susurro por lo bajo con la voz rota por fin.
Como derramando al fin las lágrimas que había contenido y quebrando la coraza fría y muerta que se había puesto para poder mantener esta conversación con él. Como si no hubiese querido que el conde supiese lo que todo aquello le estaba afectando y hubiese querido aparentar fortaleza.
Una mezcla de orgullo y ligera esperanza se esparcieron por el pecho de Law. Así que le había dolido, así que no estaba muerto, así que...
Pero entonces el moreno escuchó una puerta cerrarse de golpe y supo que el rubio se había encerrado en el baño para no tener que hablar más con él.
La oportunidad había desaparecido.
Law jadeo sin aire. Sintiendo como si le arrancaran el corazón del pecho. Sintiéndose perdido por primera vez en su vida.
—No—volvió a susurrar en la oscuridad del pasillo dejando por fin escapar los sentimientos que había estado conteniendo en forma de amargas lágrimas.
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Doflamingo se dio la vuelta en la cama estirándose aún más sobre las desechas mantas. Llevaba horas en la misma posición mirando el techo y sus músculos ya empezaban a doler, pero aun así, por mucho que cambiase de postura, no podía dejar de sentirse como la mierda.
Una cosa era sospechar que la persona por la que sentías tanta admiración, aprecio y respeto te odiase. Otra cosa era escuchárselo gritar.
Cerró los ojos cansado.
Hacía horas que el conde se había ido, le había oído desde la puerta del baño, levantándose y susurrándole de nuevo un amargo "lo siento". Doflamingo sabía que le estaba haciendo daño con aquella decisión, que le podía destruir la vida y sus expectativas de futuro.
Y por primera vez desde que le había conocido le había dado igual.
Por primera vez había obviado el mundo exterior y todos los sentimientos, preocupaciones y anhelos que tenía. Por primera vez simplemente había dejado de sentir.
Y la calma le había rodeado. El silencio, y una sensación de tranquilidad, le había inundado relajándole y llevándose todo por delante. Llevaba horas en aquel estado frío y aislado, mirando el techo de la habitación y obligándose simplemente a dejar de pensar y lamentarse.
Sabía que se había perdido la cena, y sabía que se estaba perdiendo el desayuno en aquellos momentos. Bepo había llamado a la puerta hacia tiempo diciendo que le podía traer toda la comida que pidiese pero que necesitaba comer algo. Doflamingo solo había seguido mirando el techo sin hacer nada.
Porque no quería hacer nada, solo quería volver a casa, quería ver a Corazón y que su hermano le consolase. Solo quería que todo volviese a ser como antes.
De repente dos golpes sonaron en la puerta.
Y el rubio cerró los ojos frustrado. ¿Por qué no podían dejarle en paz?¿Por qué no podían olvidarse de él?
—Enano—gritó entonces la voz ya conocida de Kidd.
Doflamingo abrió los ojos sorprendido, definitivamente se había esperado a todo el mundo menos al general en aquel momento.
Los golpes volvieron a repetirse impacientes.
El rubio pensó en el comandante en su puerta, en lo que le había ayudado y en la amistad que mantenían, pero aun así su cuerpo no se decidía a levantarse a abrir al otro. Así que Doflamingo solo esperó a que se fuese al cabo de un rato, como habían hecho todos.
Pero como siempre aquel general hacías las cosas a su manera y nunca hacía lo que se consideraba normal.
—Chico, si estas cerca de la puerta apártate, la voy a abrir a patadas y no quiero que te hagas daño—
Doflamingo abrió los ojos como platos mientras un fuerte ruido sonaba contra la puerta. ¿En serio? ¿No podía ni siquiera insistirle un poco para que abriese la maldita puerta? Pero otro nuevo golpe sonó por la habitación y por fin la cerradura saltó por los aires y la puerta se abrió de par en par.
El pelirrojo entró en el lugar y cerró la puerta a sus espaldas como si aquella habitación le perteneciera.
Doflamingo hundió aún más la cara en las mantas. El pelirrojo a su espalda río sonoramente repasando la habitación hasta encontrarle en la cama. Mirándole entonces con un aire triunfante pero preocupado, por fin se acercó a él. El rubio le sintió tumbándose a su lado en la cama y pasándole una mano por la cintura hasta que le tuvo estrangulado contra su pecho.
El menor gruñó molesto con el otro por no dejarle hundirse en paz en su propia mierda.
—Venga venga, que tampoco es para tanto—empezó Kidd acariciándole el pelo posesivo—no te deprimas por algo así—
—Muérete —susurro el rubio con voz ronca del llanto.
—Venga chico, sabes que no pasa nada, no estás solo en esto—y luego, como quien no quiere la cosa, susurro—mi oferta sigue en pie ¿Lo sabes no?—
Y de repente el tono juguetón y amigable desapareció y el ambiente serio volvió a llenar la habitación con el pelirrojo preocupándose por el chico.
Y Doflamingo no pudo más, no pudo con la amabilidad desbordante del otro, ni con su insistencia y cariño, y dándose la vuelta se apretó contra el pecho del otro abrazándole fuertemente de vuelta.
Asintió contra el pecho del otro sintiéndose perdido.
Kidd suspiró contra su pelo y le devolvió el abrazo fuertemente mientras llenaba su pelo rubio y desordenado de besos.
—Deja de contenerte chico—susurro el mayor—puedes desahogarte, no es bueno reprimir estas cosas—
Y como por arte de magia Doflamingo comenzó a llorar contra su pecho sin ser capaz de contenerse.
Y Kidd le sostuvo, consolándole, acariciándole, y dándole su silencioso apoyo durante todo el tiempo que necesito hasta liberarlo todo.
Cuando al cabo de un rato, el rubio se separó de su pecho tímidamente, había empapado la fina camisa del mayor con tanta lágrima. Pero el pelirrojo solo le limpio el rastro de humedad con el dorso de la mano y le dio un casto beso en la comisura de los labios. Algo tan simple y rápido que el rubio no pudo sacar ninguna conclusión extraña, aunque tampoco es como si se hubiese sentido tan mal.
Más bien el rubio quiso que lo hiciese de nuevo, y que volviese a acariciarle como hacía un rato estrujándole entre sus brazos. Se sentía tan a gusto, tan protegido..
El pelirrojo sin embargo no profundizo nada y solo apoyó sus labios contra la frente del menor y le sujetó la nuca delicadamente con mano firme. Le mantuvo abrazado en aquella postura protectoramente un rato más, sin lamentarse, sin querer irse y sin hacer nada. Solamente enfocado en aliviar la angustia del otro.
Y solamente con aquel gesto Doflamingo se decidió del todo.
Alzando la mirada y separándose del pelirrojo le miró a los ojos intensamente. Sin dudas ya en sus ojos y sin pizca de arrepentimiento.
—Creo que...voy a aceptar tu oferta—dijo con voz cansada.
El pelirrojo le acarició en respuesta una mejilla con delicados dedos. Doflamingo cerró los ojos ante la caricia e inclinó la cabeza acercándose más al pelirrojo, a su calor, a su seguridad, a aquella mirada repleta de cariño y aprecio.
—Está bien—dijo el mayor con una sonrisa triste—Lo que tú quieras—
Y esta vez, cuando Kidd se inclinó a besarle, lo hizo sobre sus labios.
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La puerta de la habitación estaba ligeramente entreabierta cuando Kidd entró en el despacho de Law. Había visto salir al viejo mayordomo hacía un momento, así que sabía que moreno estaría solo en el despacho.
Y que era el momento perfecto para hablar con él.
Sin embargo al entrar el pelirrojo se quedó ligeramente impresionado por lo que encontró. El despacho, por lo general una de las habitaciones más pulcras y cuidadas de la casa, se encontraba hecha una mierda literalmente. Los libros y papeles de acuerdos comerciales estaban tirados por escritorios y asientos, los sillones estaban descolocados y varias tazas de té se apilaban en el escritorio en un precario equilibrio, como si alguien se hubiese tirado toda la noche trabajando sin descanso.
Y en medio de todo aquello estaba el conde.
Kidd contuvo ligeramente la respiración cuando lo vio, y, con cuidado, cerró la puerta a sus espaldas dejándole ver su presencia en la estancia.
Pero aun así el conde ni se movió, estaba sentado en la silla de su escritorio, delante de la enorme ventana y tenía las manos entrecruzadas sobre el escritorio apoyando la frente sobre estas.
Y ocultando su cara de Kidd.
—¿Qué quieres?—preguntó entonces el conde sin moverse todavía. Y con la voz más plagada de odio que nunca le había oído.
Kidd se acercó al escritorio y se detuvo delante del otro cruzándose de brazos. Bueno, había sabido que aquella charla iba a ser complicada, así que cuando antes acabasen mejor.
—Me voy mañana—empezó Kidd.
—Ya iba siendo hora, llevas aquí casi un mes viviendo del cuento- y tocándome las narices-siguió Law con un suspiro satisfecho.
—...y me llevó al chico—le interrumpió Kidd rápidamente.
Y con esas simples palabras vio como el otro se tensaba en un segundo.
Kidd entonces se preparó para los gritos y los insultos, se preparó para pelear por el chico que aquella mañana se había agotado de llorar entre sus brazos por culpa del hombre que tenía delante hasta quedarse dormido. El comandante se preparó para pelear por lo que quería.
Pero el otro solo se echó hacia atrás en el escritorio y tomó unos papeles de un montón mirándolos por encima.
Kidd seguía verle la cara, pero aquella actitud tranquila y calmada le puso los pelos de punta.
—Entiendo...—empezó el moreno— bueno, espero que os vaya bien—
Y el pelirrojo se quedó de piedra. ¿No iba a pelear? ¿No iba a insultarle y amenazarle como siempre hasta conseguir lo que quería? Kidd por un momento se quedó en blanco sin saber cómo responder. Y luego la rabia lo inundó, ¿Tan poco valía el chico que ni merecía que pelease por él? ¿Tan idiota era que le dejaría llevárselo a cambio de conservar su orgullo?
Aquel hombre era simplemente despreciable se dio cuenta Kidd, el pelirrojo aun recordaba las lágrimas del rubio en su camisa y su mirada perdida, y a aquel hombre le daba totalmente igual.
Y pensar que hasta hace un momento le había considerado un amigo. A un tipo así.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?—preguntó incrédulo, y con el desprecio más puro en su voz.
—Sí—respondió duramente el otro aun sin mirarle a la cara.
Kidd apretó los dientes fuertemente. ¿Por qué había venido siquiera a decirle nada al idiota? Lo que tenía que haber hecho había sido coger al chico y llevárselo de allí desde el principio, el moreno no se merecía ni un adiós.
Girándose indignado en su sitio el pelirrojo se dio la vuelta y comenzó a andar en dirección a la puerta, pero la voz del otro le detuvo un momento mas
—Una última pregunta—dijo de repente el moreno. Kidd apretó los puños aguantándose el volverse a partirle la cara.—¿Lo hicisteis a posta?—
Kidd se giró a mirarle por encima del hombro.
—¿El qué?—
Law entonces se levantó del escritorio lentamente y encaro la ventana dándole al pelirrojo la espalda, pensando seguramente en cómo hacer la pregunta.
Y Kidd sin embargo esperó a que el otro hablase mientras en su mente trazaba mil planes para descuartizarle ahora que le daba la espalda.
—Pregunto...que si sabias que Doflamingo estaba en la puerta. Que sí sabías que estaba oyendo lo que decía, y que si me provocaste aposta para que lo oyera y todo esto pasara—dijo aun con aquel tono calmado.
Kidd entonces se giró del todo a encararle, y el moreno a continuación también se giró a su vez. Se miraron de frente como hacía mucho tiempo que no hacían. Y por primera vez Kidd pudo ver su ceño fruncido, y sus labios apretados y las ojeras bajo sus ojos, fruto de la noche en vela.
—Yo no hice nada—dijo sin embargo el pelirrojo—... no hizo falta, tu, tu maldito orgullo y tu estúpido miedo a confiar en la gente lo hicieron todo solos—
Y lo peor es que ambos sabían que aquello era verdad. Que la culpa era sólo y únicamente de Law y su estupidez.
Pero Law le miró entonces con más odio que nunca y apretó los puños con rabia.
A Kidd le dio igual, su objetivo ahora era irse y no volver nunca a aquella fría mansión.
—Largo de mi casa—siseo Law agarrando la enorme espada que siempre llevaba y que reposaba tranquilamente en el escritorio— ¡Largo!—
Kidd se dio de nuevo la vuelta sin preocuparse en lo más mínimo de lo que el otro decía o hacía.
Ya estaba hecho. No tenía nada de lo que arrepentirse.
—Será un placer—gruño en respuesta mientras cerraba la puerta a su espalda de un golpe y escuchaba el característico sonido del metal atravesando la madera.
