CAP5

Brian Shaw, se encontraba frente a la mansión Vince cuando ya había transcurrido media hora de las dos que Mia dedicaba a recibir visitas. Desmontó antes de que pudiese cambiar de opinión y entregó las riendas de su montura a uno de los lacayos que había fuera; después, subió los escalones de dos en dos hasta llegar a la puerta principal. Contuvo las ganas que tenía de colocarse bien el pañuelo de cuello, que se había atado con un sencillo nudo. Estaba tan nervioso que se había pasado horas intentando decidir qué chaleco conjuntaba mejor con la chaqueta azul oscuro que llevaba y todo porque ella le había dicho en una ocasión que el azul oscuro le favorecía.

En cuestión de segundos, lo hicieron pasar al salón en el que había media docena más de visitas. Mia estaba sentada en una butaca, en el centro de su corte, y se la veía tan frágil y bella como siempre.

—Lord Brian—lo saludó, tendiéndole ambas manos sin levantarse.

Brian atravesó la alfombra oriental con paso firme y besó el dorso de aquellas delicadas manos.

—Lady Mia. Mi día resplandece sólo por haberlo empezado con su presencia.

Y palidecería cuando se fuese, igual que si saliera del sol para adentrarse en las sombras. Brian estaba convencido de que Mia estaba hecha para él, de hecho, lo creía con tanta certeza que ni una sola vez se había planteado la posibilidad de casarse con otra. De joven, pensaba que sería perfecto que los dos hermanos Shaw se casasen con las dos hermanas y viviesen juntos y felices. Sin embargo su padre tenía grandes planes para sus hijas y, dado que Brian era tan sólo el hijo segundo, su posición social no era lo bastante elevada como para que el padre de Mia lo tuviese en cuenta.

Nunca había tenido la más mínima posibilidad de casarse con ella.

Y, para empeorar las cosas, Mia, al igual que su hermana, ni siquiera pudo disfrutar de una Temporada como es debido. La comprometieron casi al mismo tiempo que se presentaba en sociedad.

—Pensaba que se había olvidado de mí —dijo ella—. Hacía una eternidad que no me visitaba.

—Jamás podría olvidarme de usted.

Aunque había noches en que deseaba que tal hazaña fuese posible.

Mia miró por encima del hombro de Brian y un lacayo se apresuró a colocar una butaca adamascada junto a su señora. El resto de los invitados respondieron al breve saludo que les hizo Brian con amplias sonrisas.

Él tomó asiento y, con la mirada, devoró ávidamente el rostro de Mia. Ésta llevaba la melena recogida tal como dictaba la moda, con unos rizos sueltos en la frente y otros colgándole por encima de las orejas, e iba ataviada con un precioso vestido rosa y con un camafeo sujeto alrededor del cuello por una amplia cinta negra.

—He venido a decirle que Letty está en buenas manos. Dominic Toretto aceptó cuidar de ella durante su viaje. Él ha vivido en República Dominicana los últimos años y sabe moverse entre la buena sociedad del lugar.

—¿El señor Toretto, dice? - Mia frunció el cejo—. No estoy segura de que a mi hermana le cayese demasiado bien.

—Me temo que el sentimiento puede ser mutuo. En las pocas ocasiones en que los vi juntos, era obvio que los dos se incomodaban. Sin embargo, ahora ambos son personas adultas y Letty necesita ayuda en un ámbito en que Dom es un experto. Además, ella quiere vender la plantación y la propiedad de él linda con «Calipso», así que lo más probable es que eso la ayude a concluir sus asuntos con rapidez, de modo que pueda volver pronto con usted.

—Milord —los preciosos ojos de Mia resplandecieron con ternura—, es usted muy astuto. Adoro esa característica en un hombre.

Esas últimas palabras hicieron que Brian sintiese una punzada en el pecho. Adoración era una minúscula parte de lo que él sentía por ella.

—El mérito no es todo mío. La verdad es que Dom prácticamente se ofreció voluntario. Lo único que hice yo fue pedírselo en el momento oportuno y saber aprovecharme.

—Es usted como un regalo caído del cielo. —La sonrisa de Mia se desvaneció—. Ya echo terriblemente de menos a mi hermana y sólo hace un día que se ha ido. Sé que parezco una egoísta. Letty se esforzó mucho por ocultármelo, pero la verdad es que tenía muchas ganas de hacer este viaje. De hecho, estaba impaciente por partir. Supongo que al menos tendría que intentar alegrarme por ella.

—Por eso mismo he venido a verla hoy. Sé lo unidas que están y lo mucho que le está doliendo su ausencia. Quiero que sepa que, hasta que ella vuelva..., estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite.

—Usted siempre ha sido muy amable conmigo. —Alargó una mano y, por un instante demasiado breve, le tocó el antebrazo. La melancolía que desprendía el gesto dejó a Brian muy preocupado—. Pero ya tiene usted demasiadas preocupaciones como para que además yo me convierta en una de ellas.

—Usted nunca será una preocupación para mí. Será todo un privilegio poder ayudarla siempre que lo necesite.

—Quizá algún día se arrepienta de haberme hecho este ofrecimiento —se burló ella, animándose de nuevo—. Estoy segura de que pueden ocurrírseme varias formas de torturarlo.

Aunque la frase fue inocente, la reacción de Brian al escucharla no lo fue tanto.

—Adelante, no se contenga —la retó con voz ronca—. Estoy ansioso por demostrarle que estoy más que preparado para el desafío.

Un delicado rubor rosado tiñó las pálidas mejillas de Mia.

—Milady —los interrumpió el mayordomo, acercándose con una bandeja de plata en la que había una cajita con una lazada. Parecía un regalo.

Una de las invitadas de Mia, la marquesa de Grayson, bromeó diciendo que tenía un admirador secreto y lo celoso que se pondría Vince.

De todos era sabido que su marido era muy posesivo. De hecho, estaba tan pendiente de ella que rozaba el mal gusto.

Mia leyó primero la pequeña tarjeta que acompañaba el regalo y después la dejó en el reposabrazos de la butaca. Brian se dio cuenta de que le temblaban las manos al abrir la cajita y descubrir un broche de piedras preciosas que era sin duda muy caro.

Al ver la tristeza que empañaba los ojos de ella, Brian desvió la vista hacia la tarjeta, que sólo estaba parcialmente doblada. No pudo leer entero su contenido, pero el «perdóname» lo leyó sin ninguna dificultad. Apretó la mandíbula para contener la avalancha de preguntas que se le amontonaron en los labios.

—¿Y bien? —preguntó lady Bencott—. No nos tengas en ascuas. ¿Qué es y quién te lo ha mandado?

Mia depositó la cajita en la expectante palma de la condesa.

—Vince, por supuesto.

Mientras el broche iba de mano en mano, recibiendo la aprobación de todas las invitadas, Brian pensó que la sonrisa de la joven se veía muy forzada y estaba demasiado pálida como para que él no se preocupase.

Se puso en pie y se disculpó, incapaz de seguir allí teniendo el presentimiento de que algo iba muy mal en el mundo de Mia y consciente de que él carecía del derecho de hacer nada para evitarlo.