CAPITULO 8

Isabella

Había avisado con dos semanas de antelación de que me marchaba, pero no iban a retenerme allí los catorce días completos. Edward estaría encantado cuando se enterase, aunque todavía no se lo había dicho. Lo había organizado todo para que se llevasen mis cosas de mi apartamento y había puesto el resto en Craiglist para venderlo. Todos mis objetos de valor estaban siendo adoptados pieza a pieza por estudiantes universitarios.

Edward se dedicaba a trabajar desde el despacho que incluía su habitación de hotel mientras yo estaba en el hospital. Cuando volvía al hotel por la mañana al acabar mi turno, él ya solía estar despierto y al teléfono, hablando sobre su boyante negocio de whisky. Parecía que ya no movía mucho su negocio de información, pero nunca le había preguntado al respecto. No quería saber nada.

Cuando entré en la habitación, lo vi sentado a su mesa junto a las ventanas de cuerpo entero, a través de las cuales entraba la luz natural. Estaba vestido de modo informal, con una camiseta y unos vaqueros, ya que no lo iba a ver nadie.

Prefería sus atuendos más casuales; así podía enseñar sus bonitos brazos y los hombros esculpidos. Su trasero siempre tenía una pinta increíble bajo la tela vaquera, y los colores oscuros que llevaba asiduamente resaltaban sus ojos marrones. Su apariencia era magnífica cuando llevaba traje, por supuesto, pero cuando no lo llevaba podía ver más del hombre que había debajo.

Entré y lo saludé con la mano.

Estaba al teléfono, pero clavó los ojos en mí.

—Sí, estoy de acuerdo. —Retiró la silla de la mesa y se dio una palmada en el muslo para que fuese hacia él a pesar de encontrarse en medio de una conversación—. Incrementemos la producción. Cuanta más visibilidad tengamos en todo el mundo, más publicidad tendremos.

Me senté en su muslo y le abracé los hombros.

Edward me abrazó la cintura con el brazo libre y me sostuvo la mirada hasta acabar la llamada.

—Hágamelo saber. —Colgó y lanzó el teléfono sobre la mesa.

—¿Quién era?

—Pias.

Me sorprendió que no fuese Siobhan.

—Es mis ojos y mis oídos en la destilería. Mi distribuidor.

—Ah, vale. Creo que lo vi una vez.

—Es posible. ¿Qué tal el trabajo? —No le interesaba mucho mi trabajo, posiblemente porque no le gustaba que estuviese fuera durante doce horas seguidas y encima en mitad de la noche. Si pudiese salirse con la suya, me quedaría en casa todo el día y le serviría como si fuera una puta en un prostíbulo.

—Frenético. Esta noche se han encontrado dos bandas rivales, así que hemos tenido algunos pacientes con heridas de bala.

Edward asintió, pero tensó la mandíbula. Ya lo conocía lo suficiente como para saber en qué pensaba: que no le gustaba que trabajase en un entorno que él consideraba inseguro. Pero no podía hacer nada al respecto, así que se guardó su opinión.

—Anoche me costó mucho dormir sin ti.

—Bueno, no deberías tener más problemas a partir de ahora. Hoy era mi último día.

—¿De verdad? —Entrecerró los ojos, interesado.

—Hace un tiempo que avisé de que me iba, pero organizan los turnos semanalmente y no me han incluido en el siguiente.

No sonrió con los labios, pero sí mostró alivio en la mirada.

—Entonces, ¿podemos irnos ya cuando queramos?

—Eso creo.

—Bien. Estoy impaciente por volver a casa. No es por ofender, pero no me gusta demasiado tu país.

—Pues entonces está claro que no has visto mucho de él. ¿Dónde has estado?

—En Nueva York y Los Ángeles.

—Tú prefieres la naturaleza y estar al aire libre; no me extraña que no te gustase. Cuando tengamos tiempo, te enseñaré algunos de los lugares más bonitos que hayas visto nunca.

Le apareció una gran sonrisa en la cara.

—Trato hecho.

—Genial.

Su teléfono empezó a sonar encima de la mesa, mostrando el nombre de Siobhan en la pantalla. Edward silenció la llamada y volvió a prestarme atención.

—¿Debería preparar ya el avión o prefieres irte mañana?

—¿Qué te parece un vuelo nocturno? Necesito dormir un poco.

—Me parece bien.

—Además, tienes trabajo. —Miré el teléfono de soslayo antes de levantarme.

—Yo siempre tengo trabajo. No pasa nada por tomarse un descanso de vez en cuando. —Se levantó y caminó a mi lado, irguiéndose sobre mí con su altura y constitución masculina. Me siguió al dormitorio, donde me quité la ropa del trabajo y la dejé caer al suelo.

—Pero no quiero ser una distracción, y parece que siempre lo soy. —Entré en el baño, que conectaba con el dormitorio, y luego en la ducha.

Edward me observó a través de la mampara de cristal y se apoyó contra la pared con los tobillos y los brazos cruzados. Observó cómo el agua me golpeaba el cuerpo desnudo y desaparecía por el desagüe.

—¿Es que vas a mirarme sin pestañear todo el tiempo?

—Exactamente.

—Piensa en todo el trabajo que podrías estar haciendo.

—Ahora mismo no me importa un comino el trabajo. —Me observó de arriba abajo—. En cuanto estés limpia y seca, atacaré. Lo que no sé aún es cómo. Voy a tomarme mi tiempo averiguándolo.

—Ah, ¿sí? —Me masajeé el champú en el pelo y eché la cabeza hacia atrás para enjugármelo—. ¿Alguna idea?

—Creo que quiero que me pongas el culo en la cara. Las vistas son maravillosas.

—Tal vez podamos ponernos delante de un espejo… Así podrías ver toda la mercancía.

Su sonrisa desapareció al instante y su expresión se endureció.

Me gustaba burlarme de él. Era facilísimo. Frené el ritmo y me tomé más tiempo del necesario, haciendo que todo el asunto se alargara indefinidamente.

—¿Sabías ya que eres una calienta braguetas?

—Tú me calientas a mí todo el tiempo. Ahora me toca a mí.

—Si sigues calentándome, me meteré ahí contigo.

—El sexo en la ducha no está mal. —Prefería hacer el amor en la cama, donde teníamos todo el espacio que queríamos y podíamos cambiar de postura y no sentirnos culpables por malgastar agua. La ducha era para echar un polvo rapidito antes de irse a trabajar por las mañanas.

Por fin terminé y me sequé con una toalla. Tenía el pelo húmedo, pero no creí que fuese a importarle.

Edward estuvo observándome todo el tiempo, esperando a que saliese de la ducha para poder emboscarme. Cuanto más se veía obligado a esperar, más enfadado parecía. Era el tipo de persona que nunca había tenido que esperar por nada en su vida, pero conmigo su paciencia se ponía seriamente a prueba.

Por fin abrí la puerta y pisé la esterilla.

La puerta de la ducha ni siquiera tuvo tiempo de cerrarse a mi espalda antes de que Edward me cogiese en brazos y me llevase a la cama. Me dejó caer sobre el colchón y me arrancó la toalla del cuerpo, revelándome. No hubo ningún calentamiento previo, aunque tampoco es que lo necesitara. Sus pantalones y bóxers desaparecieron y, un instante después, se hundió profundamente en mí, con su palpitante miembro cubierto de mi humedad.

—Monada. —Me sujetó por la nuca y me apretó la cara contra el colchón, forzándome a elevar más el trasero.

Me gustaba cuando se mostraba tranquilo y cariñoso, pero también cuando era brusco como estaba siendo en aquel momento. Me gustaba que Edward me follara como si sólo quisiera correrse y nada más, como si necesitase darme su semen con tanta desesperación como yo quería recibirlo.

—Edward.

Me embistió con fuerza, entregándome cada centímetro de él a toda velocidad.

—Voy a hacerte esto. Todo. El puto. Día.

Me aferré a sus muñecas cuando me llevó hasta un poderoso orgasmo.

—Por favor, sí.

...

EL AVIÓN ya era espacioso con toda la tripulación a bordo, pero cuando sólo se trataba de nosotros dos y de algunos de sus hombres, parecía todo un palacio en el cielo. Edward estaba a mi lado, con la tablet entre las manos, trabajando con sus correos electrónicos mientras el avión se preparaba para despegar.

Había supuesto que, tras haber volado tanto, ya me habría acostumbrado a aquello, pero en cuanto los motores se pusieron en marcha y recorrimos la pista, me aferré a la mano de Edward. El avión se elevó del suelo y nos alzamos hacia el cielo, introduciéndonos en el azul profundo que había sobre nosotros.

Edward dejó la tablet en su regazo y me agarró la mano con más fuerza.

—¿Quieres saber algo?

Sabía que intentaba distraerme.

—Claro.

—He volado por lo menos doscientas veces en toda mi vida. Con aviones y compañías diferentes, y también en aviones de otras personas, y nunca he tenido ni un solo problema.

—Eso es porque eres un duque.

—Y tú estás viajando con uno, así que te aseguro que no le pasará nada a este avión. ¿Vale?

—Sé que no nos vamos a estrellar. Es sólo que me hace sentir insegura. Me gustaría superarlo de una vez por todas, pero nunca lo consigo.

Se llevó mi mano a los labios y me la besó con cariño.

—Todos le tenemos miedo a algo, monada. Es normal.

—¿A qué le temes tú? —La pregunta me vino a la mente sin más. El avión seguía acelerando por el cielo y tardaría un rato en llegar a la altura óptima.

Sus ojos no reflejaron la habitual nube de molestia que solía aparecer en situaciones como aquella.

—A la traición y a la deslealtad.

—¿No temes a nada que pueda acabar con tu vida?

—Morir no me asusta —dijo sin más—. En mi opinión, la muerte es el comienzo de la paz. Los momentos más bajos de mi vida siempre han sido causados por la traición de alguien. El primero fue causado por el hombre que asesinó a mis padres. El segundo fue Tanya. Y el tercero… ya sabes cuál fue el tercero.

No le había preguntado sobre Tanya porque nunca había sido el momento apropiado, pero ahora estábamos en un avión con doce horas de viaje por delante. Justo en aquel instante el aparato llegó por fin a la altura apropiada.

Edward dejó de ejercer tanta fuerza sobre mi mano, pero no la soltó.

—¿Estabais prometidos? —No sabía cómo abordar el tema de otro modo.

—Sí. —Solía ser muy parco con el tema. En realidad, solía ser bastante parco con cualquier cosa que no fuera el sexo.

—¿Qué pasó?

—Ya te dije lo que pasó.

—Sabes a qué me refiero. —Momentos como aquél me hacían añorar su sinceridad. Cuando estábamos más unidos se había abierto mucho más a mí. En aquella época seguramente podría habérselo preguntado, de haber sabido por dónde iban los tiros.

—Nos presentaron unos amigos en común. Ella me gustó, y yo a ella. Era una buena pareja para mí porque tiene muchos contactos con los negocios africanos. Su riqueza supera la mía. Pero cuando la conocí, empezó a gustarme por quien era. Cuando le dije que la amaba, lo dije de verdad. Cuando le pedí que se casase conmigo, no sólo estaba interesado en sus conexiones, pero seis meses después de nuestro compromiso, decidió abandonarme por sir Henry, un hombre que tiene más posibilidades de llegar a ser rey algún día si juega bien sus cartas. Y me dejó.

Maldita sea, menuda estúpida.

—Volvió a mí hace unos meses y me preguntó si podíamos hacer las paces. Le dije que eso no ocurriría jamás, pero siguió insistiendo hasta que te vio.

Y más le valía no volver a acercarse, o le daría un puñetazo en la cara a aquella zorra.

—¿Sigues enamorado de ella?

Edward sostuvo mi mirada sin pestañear.

—No creo que se pueda amar a dos mujeres al mismo tiempo.

Fue respuesta suficiente para mí.

—Cuando te dijo que volvieses con ella, ¿todavía la querías?

—No. Dejé de quererla en cuanto me dejó. Todos los sentimientos que profesaba por ella fueron succionados de mi alma de un plumazo. Me dejó por un hombre más rico, así que nunca me quiso de verdad. Me estaba usando. Me considero un hombre con suerte.

Le acaricié los nudillos con el pulgar; ahora sabía toda la historia. No me extrañaba que Edward estuviese tan herido por lo que le había hecho. Lo habían traicionado no hacía mucho, y yo no había hecho más que reabrir la herida.

—Lo siento…

—No hay razón para sentirlo, monada. Sé que te duele mi sufrimiento, pero te aseguro que ya no siento dolor alguno por aquello. En este momento soy muy feliz. —Se inclinó hacia mí y juntó nuestras frentes. No me besó en la frente ni frotó la nariz contra la mía, pero aquella muestra de cariño seguía siendo especial. Nos conectaba de un modo nuevo.

—Por si sirve de algo, esa mujer es una idiota.

Edward sonrió mientras se apartaba.

—Sí, lo es… pero no por esa razón.

—¿Le gusta siquiera el tipo con el que está?

—No lo parece. Y sé que él se acuesta con otras.

¿Le ponía los cuernos?

—¿Y a ella le parece bien?

—No puede hacer gran cosa. No puede abandonarlo por otro. Un escándalo ya fue demasiado, y cualquier otro hombre que no sea él o yo supondría bajar en el escalafón social para ella. Ahora le toca aguantarse y aceptar las consecuencias.

Si se hubiera tratado de cualquier otra mujer que tuviese que casarse con un hombre que no la quisiera me habría sentido mal, pero no sentía lástima alguna por aquella en concreto. Las propiedades de Edward, su título y sus negocios no habían sido suficientes para ella. Y lo que era más: su corazón no había sido suficiente para ella.

—Eres demasiado bueno para ella, Edward.

—¿Eso crees? —Todavía tenía una ligera sonrisa en la cara.

—No lo creo, lo sé. Yo sería la mujer más feliz del mundo si pudiese pasar el resto de mi vida contigo. —Era uno de aquellos escasos momentos en los que vivía en el presente y decía exactamente lo que pensaba en cuanto me pasaba por la cabeza. Pero las palabras no estaban a la altura, lo que quería decir era demasiado inmenso para poder expresarlo. Era un futuro que Edward había dicho que nunca podríamos tener, y no quería que pensase que lo estaba presionando para hacer algo que no quería.

Su sonrisa se esfumó, pero no apartó la mirada ni mostró signos de incomodidad. Me sostuvo la mirada con la misma confianza de siempre, y no retrocedió ante la tensión.

Fui la primera en apartar la vista; mis palabras me habían avergonzado. Nunca le había dicho aquello a otro hombre, ni siquiera tras años saliendo juntos. Todo lo que podía hacer era cambiar de tema y esperar que fuera suficiente para aligerar la situación.

—¿Todavía te dedicas a la compra venta de información?

Edward seguía teniendo la misma expresión en la cara, así que no estaba segura de si iba a contestar.

—Últimamente no mucho. He estado distraído con la segunda destilería. ¿Por qué preguntas?

—Por curiosidad. Nunca hablas de ello.

—Hay mucha gente centrada en las hostilidades de Oriente Medio. Mientras ellos miren a otro lado, yo podré obtener información sobre lo que está pasando por el oeste de Europa. Eso conlleva que asista a más eventos sociales, o al menos que envíe a alguien en mi lugar. Últimamente no me he movido de Escocia.

—Ya veo… ¿Vamos a volver a la isla Fair?

—¿Te gusta aquello?

—Es preciosa, pero también me encanta Edimburgo. Ese castillo es increíble…

—A mí me gustan los dos lugares —dijo—. También Italia.

—¿Qué tal les va a Jacob y a Jared?

Bajó la mirada y simplemente negó con la cabeza. Esperaba que no significase lo que yo creía. —¿No pudieron salvar a Vanessa?

Volvió a negar con la cabeza.

—Está muerta.

—Oh… —Unas lágrimas inesperadas me anegaron los ojos, alimentadas por la tristeza que sentía por una mujer que nunca había llegado a conocer. Ni siquiera sabía el aspecto que había tenido. No tenía cara a la que poner nombre—. Lo siento. Me siento fatal por ellos.

—Jacob me contó lo ocurrido, pero no mucho más. No he vuelto a saber nada de él después de esa llamada. Lo llamé hace unas semanas y no contestó; seguramente querrá estar a solas.

—¿Cómo puedes hacer negocios con un monstruo como ése? —Bones violaba y mataba a mujeres inocentes por placer—. Estás por encima de eso, Edward.

—Los negocios son negocios —dijo simplemente—. En cuanto intentas aplicar tus normas morales, te quedas sin negocio. Hice lo que pude para ayudar a los hermanos Barsetti; no soy responsable de lo que le ocurrió a su hermana.

—Pero tus manos siguen sucias.

—Bones me consigue mucha información en el ámbito de las armas. Es una pieza clave.

Me resultaba imposible mostrarme de acuerdo con él.

—No puedes hacer esto eternamente. Un día tendrás esposa e hijos; no puedes arriesgar sus vidas con este negocio secreto tuyo.

—Cuando llegue ese momento, tendré que repensarme algunas cosas. Pero por ahora no es nada personal. No olvides que nunca dije que fuera una buena persona, por favor. Nunca te he dado razones para esperar grandes cosas de mí.

Intenté no poner los ojos en blanco.

—Pero eres una buena persona, Edward. No pretendamos lo contrario.

—Quizás contigo lo soy, pero eso es todo.

No me lo creía. Había visto de primera mano cuáles eran sus valores morales, y eran más correctos que los de muchos.

—Tienes tanto dinero que ni sabes qué hacer con él. ¿Para qué necesitas este negocio?

—No se trata del dinero. Nunca se ha tratado del dinero.

—¿Entonces de qué se trata?

—De poder. —Mis lágrimas dejaron de caer, y Edward me pasó el pulgar por la mejilla, atrapando la última gota que tenía en la piel—. La información es el arma más poderosa que se puede tener. Conseguí averiguar que habían planeado asesinar a la reina. De no haberlo descubierto, ahora mismo podría estar muerta. Uso la información para ganar ventaja, pero también la uso para el bien.

—Pero nunca conseguirás información buena de un hombre como Bones.

—De hecho, fue él el que me contó lo de la reina.

No estaba consiguiendo transmitir bien mi punto de vista, especialmente puesto que Edward tenía respuesta para todo.

—Sigo creyendo que deberías apartarte de esa vida. Ahora, no después. Estoy segura de que estás haciéndote muchos enemigos con lo que haces.

—La vida es aburrida sin unos cuantos enemigos. —Sonrió con su belleza habitual.

No me gustaron sus palabras, pero nada de lo que yo dijese marcaría diferencia alguna. Dejó de sonreír al ver la molestia en mi rostro.

—Antes tenía una vida mediocre, pero perdí a mi familia de todas formas. Traté a Tanya como a una reina, y aun así no fue suficiente para conseguir que se quedase. Te traté bien a ti, y recibí un disparo en el pecho de todas formas. Jugar sin arriesgarme nunca me ha garantizado nada, así que no lo hago.

Le pasé la mano por el brazo, con el corazón lleno de lástima.

—Que el mundo se vuelva oscuro no significa que tú también tengas que hacerlo.

—Te equivocas. Hacer que todo el mundo te tema es la mejor forma de mantener a la gente en su sitio. En cuanto me vuelvo blando, todo se va a la mierda. Para que un rey gobierne su reino, sus súbditos deben temer su ira. Es así como funciona.

Aquello me hizo sentirme peor por él.

—¿Sabes lo que creo que estaría bien?

Me miró sin decir nada.

—Vivir en soledad en la isla Fair. Sin conexiones con el mundo exterior, sin gente. Sólo nosotros dos. No necesitamos poder ni riquezas, sólo un techo sobre nuestras cabezas y que Liam cocine para nosotros. No tendríamos súbditos ni razones para acumular poder. Sería… silencioso, tranquilo, todo el tiempo.

Su mano aflojó su agarre sobre la mía, pero no la soltó. Su pulgar calloso me rozó la piel y sus ojos no abandonaron mi rostro. Desvió la vista hacia el lugar que había tocado para secarme aquella última lágrima antes de volver a mirarme a los ojos.

—Suena agradable… muy agradable.

Ahora que estábamos juntos no dejaba de soltar cosas que no debería. Había llegado a pronunciar ideas que ni sabía que me pasaban por la mente. Había hablado de un futuro que nunca podríamos tener juntos, un futuro que ni siquiera había sabido que quería. Yo quería ejercer la medicina, cumplir con el sueño que había tenido desde niña, pero cuanto más tiempo pasaba con Edward, más sacrificaba mis deseos. Me estaba mudando a Escocia para matricularme en un programa de medicina que no me permitiría ejercer en América. Estaba entregándolo todo por un hombre.

Pero no me importaba.

Todo estaba cambiando, incluida yo. No estaba segura de si aquello era algo bueno.

Edward me hizo ladear la cabeza hacia él y me besó en la comisura de los labios. El asomo de barba que le cubría la mandíbula resultaba áspero, pero aun así me gustaba la sensación que provocaba en mi piel. Mantuvo la boca en aquel punto durante unos segundos más de lo necesario, absorbiendo mi atracción a través de mis labios. Cuando se separó de mí, lo hizo con los ojos cargados de decepción, como si quisiese seguir besándome.

Pero no lo hizo.

Quizás porque nos encontrábamos en un avión con algunos de sus hombres merodeando por allí, o quizás por otra razón diferente.

—¿Puedo preguntarte algo? No estoy segura de si quiero hacerlo o no…

—Pregunta. Pero no estoy seguro de si contestaré. —Elevó la comisura de los labios en una ligera sonrisa.

—Se trata de mi hermano. ¿A qué se dedica realmente?

—¿Te refieres a su trabajo criminal? —preguntó.

—Sí. No es como Bones, ¿verdad? —Joseph había estado planeando hacer prisionera a Siobhan, y yo esperaba que no fuese para hacerle cosas horribles. Quizás sólo había pretendido tenerla retenida para usarla a modo de rehén en un rescate o algo así… O al menos eso esperaba.

—En realidad todos somos como él.

—No, no lo eres. —Estar con Bones era encontrarse en presencia del diablo. Nunca me había sentido así con Edward, ni siquiera cuando estaba encerrada en el sótano de la isla Fair.

—¿De verdad quieres saberlo? No sé si te gustará la respuesta.

—Tú sólo dime que no mata a nadie.

Negó con la cabeza.

—Todos matamos, monada.

—Pero sólo a las malas personas, ¿no?

Se encogió de hombros.

—Eso es subjetivo. Joseph se gana el sueldo hackeando cuentas bancarias. Descubre el momento en el que se realizará un gran depósito de mano de un príncipe árabe o de un director ejecutivo chino, y cuando lo hace intercepta la transferencia. Es un tipo de robo cibernético bastante complicado. Se apoya en la información que vendo para saber cuándo se realizan los intercambios, pero ya no tiene esa opción.

Aunque las acciones de mi hermano eran ilegales, me sentía aliviada de que no se dedicase a algo peor. En su trabajo había víctimas limitadas; no entraba en un banco con una pistola en la mano ni disparaba a trabajadores inocentes en sus puestos. Estaba cometiendo crímenes internacionales, pero al menos no eran asesinatos.

—Qué alivio. —Me pasé la mano por el pecho mientras la adrenalina desaparecía y me relajaba.

—¿Te alivia que tu hermano sea un ladrón? —preguntó Edward con una risita.

—Me alivia que no sea un asesino.

—Al menos ves las cosas por el lado positivo. —Ahora que el avión iba a una velocidad constante y no había turbulencias, Edward se quitó el cinturón—. Voy a hacer algunas llamadas en mi despacho. Duerme un poco.

—¿Puedes llamar desde el avión?

—Aquí puedo hacer de todo. —Guiñó un ojo—. Incluso hacerlo contigo en el dormitorio.

Era un vuelo de doce horas; podía pasar.

—¿Puedo tumbarme?

—Claro. Ven conmigo.