―Siendo el magi de Al Thamen, ¿Cómo conseguiste infiltrarte en Sindria y qué pretendes hacer aquí?
La pregunta del mago rubio fue seguida por el respectivo silencio. El canto de las aves nativas además del resto de sonidos procedentes de las criaturas del bosque se volvió súbitamente más presente en la densa atmosfera, confiriéndole un matiz más irreal a la situación de lo que ya era desde la perspectiva de Judar.
El rostro se le había desencajado al escucharle; era una pregunta que no tenía nada de extraordinario, y no obstante, el simple hecho de oírla salir de la boca de alguien que ni siquiera conocía fue equivalente a recibir una patada en la cara. Su mirada se perturbó a tal grado que incluso su interlocutor mostró un ápice de reticencia.
―Es imposible que seas esa vieja de Sheherezade, así que sólo puedes ser Yunan el errante ―dijo al fin en lugar de contestar lo que se le preguntaba, el rukh negro remontó el vuelo y rodeó su figura―, pero en realidad no me interesa que seas un magi como yo. Te mataré si te interpones en mi camino.
Sin sorprenderse de que averiguase tan deprisa su identidad, el otro hombre negó ante su amenaza.
―Acertaste, pero no pienso intervenir ―repuso―, me dedico a observar lo que ocurre en muchas partes. Conozco a Sinbad desde hace tiempo y quise verte ahora que sé que te has convertido en su magi.
La última oración había surtido un efecto desfavorable en el descompuesto Judar; el rukh convulsionó con violencia y antes de que pudiera decirle lo que pensaba acerca de sus motivos y lo que podía hacer con ellos, Yunan se vio en la necesidad de rectificarse:
―Eso no significa que quiera robar tu lugar, si es lo que estás pensando. ―Eligió cuidadosamente sus palabras antes de continuar―. Una noche, en medio del océano, algo sucedió entre tú y la organización, eso es lo que sé. Y ahora estás aquí, lo que es algo sorpren-
Antes de que pudiera terminar, Judar lanzó un sorpresivo ataque sobre él; debió esquivarlo y hacer uso de su borg para protegerse de las implacables lanzas de hielo. El ínfimo autocontrol del muchacho había desaparecido ante la mención de la noche en que tuvo lugar su estúpida derrota.
―Bastardo entrometido ―siseó, preparándose para dejar caer la siguiente ronda sobre él―, si lo sabes debes estar al tanto también de que ya no tengo nada que ver con esos viejos. Pero ni creas que dejaré que vayas y le cuentes tonterías a Sinbad. ―Le miró de arriba abajo y en sus labios apareció una sonrisa mezquina. ―Si mal no recuerdo escuché que estás bastante debilitado, ¿cierto? Déjame ver cuánto aguantas.
―¿No te importa llamar la atención? ―inquirió Yunan, levantando su propio bastón de madera para hacerle frente, aunque sin verdaderos deseos de pelear contra él. Entonces fijó su mirada sobre un punto lejano entre los árboles; detrás de la figura del magi oscuro. Repentinamente una sombra de disgusto cruzó su semblante al reparar en algo. ―Es mejor que me vaya, supongo que no fue buena idea venir, después de todo ―dijo, cambiando de parecer.
―¿Intentas escaparte ahora? ―Elevó una vez más la varita por sobre su cabeza y envió una lluvia de carámbanos de hielo detrás de él. Yunan los esquivó y alcanzó mayor altura antes de que pudiera embestirle con un nuevo ataque.
―Vamos a retomar esta conversación la siguiente vez que nos veamos ―le habló, como si no estuviese casi siendo acribillado a través del aire por sus proyectiles, igual que si fuese una diana―, hasta entonces al menos intenta ser más cuidadoso.
―¡¿Qué diantres?! ―Fue tras él hasta que su figura desapareció más allá de las nubes bajas, y por lo tanto traspasando a su vez la barrera. No conforme con ese desenlace disparó repetidas veces seguidas hacia la dirección por la que se había esfumado―. ¡Asegúrate de no volver!
Poco después del incidente, pequeñas esquirlas de hielo llovieron sobre la zona. Ofuscado, Judar se reprochó por no haberle perseguido fuera de la isla; estaría acabado si ese tipo le revelaba a Sinbad todo lo que sabía sobre él y en cuyo caso no importaría cuánto se esforzara en no ser detectado por sus antiguos colegas. De nuevo su destino descansaba en manos de alguien más, la impotencia que aquello le hacía sentir era tangible en la espesa cortina de rukh negro que como una capa le cubría de la inclemente luz de la tarde.
Ese día cuando regresó al palacio lo hizo sintiendo como si la muerte misma le pisara los talones. Quizás estuviera maldito en un sentido literal, y lo prefería a tener que cargar por el resto de su vida con la asfixiante incertidumbre respecto a qué le depararía el siguiente momento, temiendo la llegada del día en que un sujeto como Yunan lo delatara. Nunca pensó que ostentar tanto poder pudiera hacerle sentir tan inútil. ¿El Rey le había dicho que su existencia era imprescindible para él? Seguro que ya no pensaría lo mismo cuando conociera la historia completa.
•••••
Que Judar acudiera en su busca hizo a Yamuraiha sentirse tan emocionada como sorprendida. Desde que comenzase a convivir con todos en la isla, el magi oscuro se mostraba distante y reacio respecto a estrechar lazos con cualquiera de los ocho generales de Sinbad (incluyéndola a ella); no prestaba oído a nadie que no fuera el mismísimo Rey y hacía lo que le placía. Aun con todo, la maga había estado esperando por la oportunidad de tener una buena charla con él para intercambiar conocimientos y opiniones sobre una materia que tanto le apasionaba como era la magia. Y ahora por fin parecía que el joven daba señales de tener intenciones de abrirse aunque fuera un poco a los demás.
―Sobre antes de que yo llegara aquí ―empezó a decir Judar, después de un rato en que se había limitado a permanecer callado y con gesto ausente mientras Yamuraiha parloteaba sin descanso sobre algunos de los avances en sus últimas investigaciones y creaciones mágicas―, ¿hubo algún otro magi que cooperara con Sinbad?
Había sonado bastante casual, sin embargo se apresuró a añadir una explicación antes de que la mujer dijera nada:
―Sería lo más lógico para alguien que ha acumulado tantos contenedores de metal, como ese tipo.
Incómodo ante la mirada curiosa de la mujer, se arrellanó en su asiento. Permanecían en uno de los entonces solitarios pisos superiores de la enorme biblioteca del palacio de Sindria.
A Yamuraiha su pregunta no le causó extrañeza; pues tal como sugería el muchacho, no hubiese sido sorprendente que su Rey formase mucho antes una alianza con alguno de los otros dos magi restantes en el mundo. No obstante, ese no fue el caso y así se lo hizo saber.
―Aunque no niego que me habría encantado trabajar en conjunto con uno de ustedes desde mucho antes ―agregó sin reservas, encandilada con la posibilidad―, tengo tantas ideas que podríamos realizar de ahora en adelante, estoy segura de que nuestro Rey estará complacido.
Con una expresión un tanto sombría, Judar musitó para sí algo en voz baja que la joven no pudo a captar. De pronto se levantó de la mesa de lectura que compartían y se dio la vuelta hacia las interminables escaleras.
―Espera, ¿Ya te vas? ―preguntó ella, desilusionada al verlo marcharse― Todavía hay cosas que quería discutir.
―Tal vez luego ―dijo el magi, sin demasiado interés―, nos vemos.
Solo tiempo después de que se hubo ido Yamuraiha cayó en la cuenta de lo insólito que resultaba el hecho de que Judar le preguntase a alguien más, en este caso a ella, sobre algo relacionado con Sinbad en vez de recurrir directamente a él. A pesar de ello no le dio tanta importancia a lo que no consideró más que un curioso detalle dentro de la amena plática que habían mantenido, y tampoco encontró razones para no comentárselo al Rey cuando más tarde le habló con entusiasmo acerca de su encuentro con el joven magi.
Ahora bien, Sinbad no solo no manifestó ni la más leve sorpresa al escucharle, sino que por el contrario pareció ver confirmado algo que ya supiera. Y con la mirada extraviada más allá del punto en que el sol se hundía bajo el lejano horizonte marcado por el mar, a través de la ventana de su despacho cuando la maga ya se retiraba y solo Ja´far alcanzaba a oírle, simplemente comentó:
―En efecto, le haría falta ser más cuidadoso.
•••••
Cuando Sinbad le anunció que dentro de una semana partiría rumbo al imperio de Parthevia por asuntos diplomáticos y que él le acompañaría en calidad de su magi, la noticia no le complació cómo estaba seguro de que lo habría hecho en otras circunstancias. Cerca de un mes había pasado desde su amargo encuentro con Yunan, pero la advertencia que aquel suceso representaba seguía arrebatándole la tranquilidad. La certeza acerca de la precariedad de su situación era un espectro que no dejaba de acecharle, por mucho que se esforzara en mantener la confianza que profesaba hacia sí mismo. El momento de sincerarse se le antojaba inminente, y todo lo que podía hacer era mentalizarse para ello mientras se ocupaba de retrasarlo lo máximo posible. Si tenía alguna oportunidad en un millón de no caer en la desgracia ésa sería si en futuro próximo lograba convencer a Sinbad de que se uniera a su causa contra Gyokuen y Al Thamen.
La relación entre los dos marchaba sin aparentes obstáculos, como su magi hacía lo que se le pedía por insignificante que considerara la faena, y como su amante pasaba más noches en sus aposentos que durmiendo en su propia recámara. Se había vuelto dependiente de una felicidad que solo podía concederle aquel hombre; en cuyas manos su incompleto ser era maleable al tiempo que dejaba de sentirse insatisfecho. Era como perder la lucidez respecto a la realidad y las problemáticas que la componían, incluso si vivía evitando cuestionarse cuáles serían los verdaderos sentimientos de Sinbad hacia él. Si tan solo la confianza fuera equiparable a la pasión que se tenían entonces no tendría nada que temer a la hora de desvelarle la historia que traía a cuestas.
Una calurosa noche de celebración poco antes de dejar Sindria cometió la insensatez de ir más lejos de lo que luego podría retroceder. Turbado por los celos ocasionados a raíz de ver al Rey rodeado por el acostumbrado séquito de mujeres, se le había lanzado en cuanto le encontró a solas, desembocando en el apresurado encuentro sexual dentro de la primera sala que hallaron en las inmediaciones del palacio. No se esmeró en esconder su escandalosa manera de comportarse; llegó a desear ser oído y descubierto mientras sobre la alfombra abría su cuerpo para él y a su vez redescubría sus formas. Al terminar se le subió sobre el regazo, deteniéndole de levantarse para arreglarse las ropas, y empezó a hablar sin pensar en las futuras consecuencias.
―Dijiste que Parthevia era tu país natal, ¿cierto? ―Recordó que le había comentado tiempo atrás. ―Ahora sé muchas cosas sobre ti, pero tú no has vuelto a preguntarme nada.
―Creí que eso era lo que querías, te pones de un humor terrible cuando sale el tema ―dijo Sinbad, tomando su barbilla en la oscuridad y acercándole hacia sí― ¿Cuánto alcohol bebiste para tener este cambio de actitud? Debí empezar por ahí para hacerte hablar.
―No tomé nada, idiota. El borracho habitual aquí eres tú.
―¿Esto tiene algún punto? Si hay algo que quieras decirme, te estoy escuchando.
―¡A eso voy! ―exclamó el joven con creciente nerviosismo. Le agobiaban tantas dudas que abordar la cuestión era para él cercano a una odisea― Cuando regresemos a Sindria te diré lo que quieres saber sobre mí…, si es que todavía te interesa.
A su declaración le siguió el alarmante mutismo de Sinbad, haciéndole arrepentirse de arriesgarse de esa manera siendo que en medio de la penumbra ni siquiera podía distinguir bien su expresión. La tibieza de su aliento contra su cuello le arrancó de las garras de la desesperación cuando comenzaba a dar vueltas en círculos dentro su mente, al no hallar las palabras para desdecirse. El hombre le había estrechado de forma tan intempestiva que su corazón se debatió entre la inmediata sorpresa y el sosiego que siguió a su respuesta:
―Estaré esperándolo ―afirmó el Rey con complicidad, y Judar evitó por poco suspirar del alivio―, ahora veo por qué lucías tan pensativo. La carga debe ser más pesada de lo que imaginé.
Prefirió no decir nada y dejarse consolar, se sentía demasiado cansado mental y físicamente para tolerar más aprensión. A final de cuentas sí experimentó cierto atisbo de liberación, aunque todavía no le hubiese confesado nada y todo fuera incierto. Ni siquiera el rukh batiéndose sin misericordia contra sus tímpanos pudo llamar su atención, ni esa noche ni las siguientes.
Recalaron en Parthevia después de un viaje largo exento de contratiempos. Como la vez pasada en que le conociera durante otra jornada en un país extranjero, esta vez también le acompañaron Ja´far y Masrur como parte de su escolta, y después de ser recibidos por funcionarios de la corona como dictaba el protocolo, partieron rumbo al hotel donde se hospedarían durante lo que durara su estancia. Judar contempló distraído el paisaje de la capital por la ventanilla del carruaje. Tenía conocimiento de que en el pasado Al Thamen había estado operando en aquella nación, pero eso había sido antes de su incorporación involuntaria así que desconocía los detalles de lo sucedido. Se atrevió a mirar de reojo a Sinbad, que ajeno a sus silenciosas consideraciones dialogaba con Ja´far acerca de las actividades previstas para el día siguiente. Decidió desterrar tales pensamientos; sería cauto mientras permaneciera lejos de Sindria pero no le concedería a la maldita organización más atención de la que ya le había dado.
Se desplomó boca abajo sobre la suave cama, anhelando más horas de sueño de las que había tenido con anterioridad. Después de instalarse e ir cenar había regresado a su habitación, a diferencia del Rey que prefirió quedarse y beber un par de copas en compañía de unos sujetos estirados con los que entabló conversación por cortesía cuando les abordaron durante la cena. Ni siquiera se molestó en cerrar la ventana, de modo que el fresco aire nocturno calándole fue lo primero que percibió al emerger del estado de duermevela en que hubo caído sin notarlo.
La reserva de aceite de la lamparilla junto a la mesa de noche debía estar cerca de acabarse, puesto que la luz proyectada lucía más débil y pequeña de lo que recordaba había estado. Bostezando, se levantó para cerrar las persianas de madera y de paso apagar la llama para después meterse bajo las sábanas como corresponde, pero cuando estuvo inclinado sobre el marco algo interrumpió sus desganados movimientos. Sumida en las silenciosas horas nocturnas, la ciudad de Csitephon a primera vista lucía estática y desprovista de vida; pero bajo la confidencialidad de sus sombras se escondía una corriente de rukh negro que serpenteaba en el aire cual víbora alada. Sin demora, las negras partículas se posaron a su alrededor, y al entrar en contacto con el rukh que emanaba de su ser, el zumbido que emitían se intensificó hasta convertirse en sonidos comprensibles que solo él podría escuchar.
―Cuánto tiempo, Judar. ―resonó mediante el rukh la inconfundible voz de la mujer que había conducido su vida a la perdición. ―Es estupendo comprobar que sigues vivo y en tan buenas condiciones.
El instinto de retroceder hacia el interior del cuarto predominó por sobre el estupor que amenazaba con paralizarle. Mientras se armaba deprisa con la varita la luz de la lámpara feneció, dejándole al amparo de la luna.
―Gyokuen. ―A pesar del nerviosismo escupió su nombre como si fuera el peor de los insultos. ―¿Qué es lo que te traes? Ya no soy uno más de los imbéciles bajo tu poder, si quieres hablar conmigo tendrás que esperar hasta que vaya a por ti para matarte.
―Así que continúas empeñándote en acabar conmigo, incluso después de lo que te pasó ―dijo ella con fingida lástima, Judar no necesitaba ver su rostro para imaginar la clase de sonrisa que estaría escondiendo tras la manga de su túnica de seda―. No me importaría, pero, ¿creías que podríamos pasar por alto que te hayas aliado con Sinbad? Ese hombre es nuestro enemigo declarado, si insistes en elegirle como tu Rey también tú lo serás y te trataremos como tal a partir de ahora.
―¡No me jodas! ―exclamó el magi, aunque su advertencia le había causado gracia―, me considero enemigo de ustedes desde hace ya bastante, el Rey estúpido nada tiene que ver en eso. No importa lo que hagas, jamás volveré a mezclarme con la organización.
Hubo un corto silencio en que las aves oscuras revolotearon de manera impetuosa, alebrestadas por su espíritu. La sagaz mujer retomó la palabra sin inmutarse por su insolencia:
―¿Y estás seguro de que eso es lo más conveniente para ti? Alguien como tú no encontrará aceptación en ningún lugar; nadie verá el mundo de la manera en que lo haces. Tu rey Sinbad y los suyos no confiarán en ti a no ser que caigan en la depravación junto contigo.
Sus palabras dieron de lleno contra el punto más débil de su resolución. Iba a mandarla a la mierda como había intentado hacer desde el principio, pero su incapacidad para refutar aquello permitió que su enemiga prosiguiera con lo que había comenzado.
―Deberías saber que nos resultaría beneficioso que un candidato a Rey como él cayera en la depravación, independiente de sus acciones. ―Su risa se escuchó distante a través del vínculo―. De un modo u otro ganamos, ¿no te parece? Aunque digas que no trabajarás para mí es igual que si lo siguieras haciendo.
Extendió el brazo y dispersó por la fuerza el cúmulo de rukh negro para con ello poner fin a la comunicación. La ira arreciándole le hacía temblar y el pulso se le había disparado.
―Piensa lo que quieras, anciana ―repuso el magi con acritud mientras aquella aún podía escucharle―. No seguiré soportando tu mierda, ya he hecho mi elección. Piérdete tú y el resto de los viejos.
―Ya que es así espero que seas capaz de mantenerla, Judar. Sin importar lo que suceda y lo solo que te encuentres. Pero si cambias de parecer, siempre puedes traicionarle y entregarnos su cabeza.
La burlona voz de Gyokuen Ren fue devorada por el viento hasta extinguirse una vez que el rukh se disipó; con todo, había cumplido su objetivo y permaneció en la mente de Judar imposibilitándole conciliar otra vez el sueño. Siempre fue consciente de que debido a los alcances de Al Thamen era cuestión de tiempo para que le descubrieran, pero había albergado la ilusa esperanza de que la confrontación no ocurriese de inmediato. Y ahora que esa mujer estaba al tanto de su nexo con Sinbad y el reino cualquier cosa podía acontecer; inclusive retornar a la isla sería en vano. No se limitaría a proferir amenazas que cayeran en saco roto, la conocía lo suficiente como para saberlo.
Ni todo el ajetreo derivado de los eventos oficiales que tuvieron lugar durante los siguientes días bastó para distraerle de lo que preveía estaba a la vuelta de la esquina. Pero ya que no tenía opción, al menos esperaba estar desempeñando de manera aceptable su papel al lado del Rey a pesar de la inquietud que le inundaba. No había punto de comparación, pero en más de una oportunidad acabó rememorando la época en que cumplía funciones parecidas bajo órdenes de otros; por más tiempo del que le enorgullecía se había sentido indolente e incluso cómodo respecto a ser una pieza valiosa de la cual disponer con tal de ser retribuido con la falsa libertad que le proporcionaban. Por el contrario, esta vez sería utilizado solo por aquel al que le entregó su lealtad. Le obsesionaba la idea de demostrarse ante sí mismo que esa mujer se equivocaba al sentenciar que sus elecciones no le alejarían de su control; lo que le conducía de regreso a la noción de que más que nunca estaba perdiendo el tiempo en ese país, dentro de aquel palacio oyendo aburridas conversaciones que no le atañían. Creía que también para Sindria sería más beneficioso si tan solo dejaran esas tonterías a un lado y se concentraran en erradicar todos los escollos, partiendo con Gyokuen.
―Judar ―le llamó Sinbad cuando se encontraba en medio de estas cavilaciones. Tal era su estado nervioso que bastó para hacerle sobresaltar―, he quedado para reunirme con el emperador Ceylan en privado, puedes regresar primero.
El joven se tomó un momento para echar una ojeada alrededor del salón, la asamblea había concluido y los presentes se retiraban de la estancia. Dado el trato familiar que compartían, el emperador de Parthevia, del cual el magi no percibía ningún tipo de influencia destacable proveniente de su rukh, era al parecer un antiguo conocido de Sinbad. Asintió sin pensárselo demasiado. Veía la oportunidad que ello le significaba para poder recorrer la ciudad a solas y detectar antes que nadie cualquier irregularidad. Iba a desbaratar todas las trampas que la bruja estuviese preparándole.
En la semana que llevaban allí había estado escabulléndose por las noches, pero no volvió a detectar la presencia de la organización ni a ser contactado por ninguno de sus miembros. Semejante silencio le resultaba más preocupante a que si le hubiesen enfrentado de forma directa, ¿quizás esperaban que la visita concluyera para emboscarles durante el viaje de regreso a Sindria? Debía hacer cuanto pudiera para prevenir ese escenario.
―Tú quédate a esperarle si quieres ―le dijo a Ja´far una vez que estuvieron en el vestíbulo. El hombre le seguía pisándole los talones, renuente a dejarlo ir por su cuenta pese a las indicaciones de Sinbad―. No necesito que me acompañes, iré a dar una vuelta ―se excusó.
Con la impresión de que ya habían pasado por situaciones similares, Ja´far le observó alzando una ceja, desdeñoso.
―¿No tienes demasiada prisa? Recuerda que no estamos en Sindria. No vayas a meterte en líos ―Judar resopló y el fiel funcionario pudo ver en sus ojos la diatriba que se le avecinaba. Con la certeza de que no llegaría a ninguna parte discutiendo con el joven, sacudió los hombros e hizo un gesto cansino con la mano―. Regresa al hotel antes del anochecer, no te cubriré cuando Sin pregunte por ti.
Dejó el magno palacio real para internarse en las calles circundantes; a pesar de sus preferencias y a la comodidad, emprendió la marcha a pie para evitar llamar la atención más de lo conveniente. Intentó dejarse llevar por las fluctuaciones del rukh y sus instintos en lugar del pensamiento, y de forma natural fue alejándose del centro neurálgico de la ciudad, tomando callejuelas donde no se vislumbraba ni un alma y dando con barrios en que las viviendas a su paso deslucían hasta convertirse en poco más que casuchas corroídas por la miseria y el tiempo. Siguió el debilitado rastro e hizo caso omiso del hambre que comenzaba a importunarle. El sol se desplazaba imparable hacia el oeste.
Tiempo después detuvo su deambular frente a un páramo. Dejó de entrecerrar los ojos para clavar la vista en el firmamento, cerca de las montañas; un nauseabundo malestar prorrumpió en su pecho y creció mientras canalizaba el poder en torno a sus puños.
En un tris dio la vuelta sobre sus pasos, y con una sonrisa torciéndole la boca tomó la ofensiva lanzando su cólera transmutada en ríos de energía mágica. El sujeto que desde hacía rato venía pisándole los talones eludió su ataque y el haz de luz terminó por impactar en el terreno sobre el cual había estado, sin ocasionarle daño alguno, para desgracia de Judar. Escupió mirando el humeante socavón abierto en la tierra, a sus pies. Saber que nunca podría ser tan fácil no lo hacía menos detestable.
―¿Ya estás listo para volver, magi? ―dijo el hombre tras el característico velo, rebosando confianza y tranquilidad mientras se suspendía en el aire a una distancia razonable― Esta travesura tuya ya ha durado demasiado.
―¡Ya tienen mi maldita respuesta, pedazos de basura! ―vociferó y echó a volar en dirección a las montañas, buscando conducirles lejos de la ciudad. Las circunstancias hacían indispensable no ocasionar disturbios; en caso contrario podía ir ya despidiéndose de su plácida vida independientemente del resultado de la contienda. Ni estando fuera de sí olvidaba ese detalle.
Por supuesto, fue rodeado tan pronto como frenó más para atacar que para dialogar. De forma lógica, toda exigencia debía ir respaldada por la fuerza, e incluso si eso no funcionaba le era suficiente con forzarles a retirarse por el momento. Para lograrlo echó mano de la mayoría de su arsenal mágico; estando superado en número no daba abasto ni para respirar, a pesar de sus inconmensurables cantidades de magoi, y ni siquiera se trataba de Gyokuen en persona esta vez.
El inminente crepúsculo fue manchado por centellas y colores, un espectáculo sobrecogedor del que aun siendo artífice tal vez no iba a sobrevivir. Reconoció la posibilidad mientras el cansancio comenzaba a hacer mella en su resistencia, y en medio del caos que en otras ocasiones solía disfrutar y que ahora solo le impacientaba, pudo ver cómo otra vez pecaba de estúpido. Haber sobrevivido una vez a un enfrentamiento contra la organización le orilló a albergar la ridícula confianza de que no le asesinarían hiciera lo que hiciese, que para ellos valdría más vivo que muerto aun cuando se les opusiera con violencia una y otra vez. Se habría abofeteado a sí mismo si la oleada de ataques se hubiese detenido un instante. En tanto remontaba el vuelo después de precipitarse contra un barranco por culpa de un fogonazo que no pudo esquivar, se tomó la libertad de considerar cuál de los dos destinos que le aguardaban podría ser más patético: la muerte o ser capturado por aquellos a los que odiaba rayando en la obsesión. No logró decidirse y de conseguirlo tampoco habría hecho alguna diferencia, porque en cuanto emergió del todo desde las profundidades de la tierra dos de sus enemigos habían sido calcinados y yacían al pie de la montaña, reducidos a muñecos grotescos.
La espalda del responsable estaba cubierta por una majestuosa capa de escamas azules que reconocería incluso si Al Thamen le arrancase los ojos de las cuencas en castigo por su rebeldía.
―¿Estás bien, Judar? ―Inquirió Sinbad con voz sosegada, mirándole por sobre el hombro cuando percibió su presencia― Por poco creí que no había llegado a tiempo.
